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Title: La política de Austria — El debate sobre la guerra en la Cámara de los Comunes (1854)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune: cómo el tratado austro-turco sirve para echar a los turcos de Valaquia, restaurar a los hospodares prorrusos y desarmar a Serbia, preparando sin querer una revolución general; el empréstito «voluntario» impuesto a Lombardía, y el debate de los Comunes en que Herbert y Berkeley defendieron la dirección británica de la guerra y Russell se mostró tan arrogante como humilde había estado la víspera.
Author: Karl Marx
Date: 1854-07-28
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20La%20pol%C3%ADtica%20de%20Austria%20-%20El%20debate%20sobre%20la%20guerra%20en%20la%20C%C3%A1mara%20de%20los%20Comunes
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de julio de 1854 para el* New-York Daily Tribune*, que lo publicó en su número 4152, del 9 de agosto de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 364-374), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés de* The Eastern Question *(Londres, 1897, pp. 438-447), que lo titula «The Austro-Turkish Treaty — More Parliamentary Talk», omite lo relativo a Italia, al empréstito lombardo y al caso Peithmann y resume entre corchetes varias citas, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Die%20Politik%20%C3%96sterreichs%20-%20Die%20Kriegsdebatte%20im%20Unterhaus).*

Londres, viernes 28 de julio de 1854

En una de mis cartas anteriores les di un análisis del tratado austro-turco del 14 de junio[^1] y expliqué que el fin de este curioso arreglo diplomático era: primero, dar a los ejércitos aliados un pretexto para no cruzar el Danubio ni enfrentarse a los rusos; segundo, impedir que los turcos volvieran a ocupar toda Valaquia y echarlos de la parte que ya habían conquistado; tercero, restablecer en los Principados el viejo régimen reaccionario que Rusia impuso a los rumanos en 1848. Ahora sabemos, en efecto, por Constantinopla que Austria ha protestado contra la pretensión de Omer Bajá de cruzar el Danubio; que reclama para sí la ocupación exclusiva de los Principados y el derecho a cerrarlos no solo a las tropas anglofrancesas, sino igualmente a los turcos. Ante estas gestiones, la Puerta habría ordenado a Omer Bajá que por ahora no cruzara el Danubio, pero se habría negado a aceptar en principio la ocupación exclusiva de los Principados por Austria. El miserable Reshid Bajá, que ya ha aprendido algo de su maestro y protector lord Palmerston, no tiene mucho que objetar, naturalmente, a admitir de hecho lo que rechaza en principio. Quizá se piense que Austria ya violó o anuló de hecho el tratado del 14 de junio al no entrar en Valaquia en el momento en que el ejército ruso se retiraba en desorden en tres direcciones distintas y habría quedado expuesto por el flanco y la retaguardia a un ataque austriaco si no hubiera logrado replegarse en seguida tras el Siret. Pero recuérdese que, precisamente por la letra de ese famoso tratado, Austria no está obligada ni a entrar en seguida en los Principados, ni a dejarlos en una fecha determinada, ni siquiera a obligar a los rusos a evacuarlos en un plazo fijo. Ahora se informa de que los austriacos entran de verdad en la Pequeña Valaquia y de que los rusos retiran sus tropas de los pasos de los Cárpatos y las concentran en Focșani. Pero eso no significa otra cosa sino que los austriacos, en vez de expulsar a los rusos de la Gran Valaquia, han decidido echar a los turcos de la Pequeña Valaquia e impedir así sus operaciones a orillas del Olt. No podía haberse ideado mejor plan para provocar una insurrección militar en Turquía que expulsar a los turcos del territorio que ha conquistado el ejército turco y ocupar Bulgaria con tropas anglofrancesas que evitan cuidadosamente a los rusos y mantienen a los turcos en una especie de estado de sitio, como muestra la proclama común de los comandantes inglés y francés a los habitantes de Bulgaria, una proclama, por cierto, copiada casi al pie de la letra de un Budberg, un Gorchakov *e tutti quanti*. Hace tiempo que les predije que las potencias occidentales prestarían un servicio al progreso: el de revolucionar Turquía, esa clave de bóveda del caduco sistema europeo.

Austria no solo protesta contra la pretensión de Turquía de ocupar territorio turco, sino que exige además la restitución de los dos hospodares que se encuentran ahora en Viena;[^2] el señor von Bruck[^3] ha anunciado a la Puerta su regreso a Valaquia y Moldavia junto con las primeras tropas austriacas. Reshid Bajá responde que la Puerta considerará si procede restituirlos; pero el señor von Bruck, por su parte, insiste en que se cumpla el artículo 3 del tratado, que estipula el restablecimiento del antiguo gobierno. Se recordará que llamé la atención sobre la interpretación ambigua que podía darse a este artículo. Reshid Bajá replica que la restitución no podrá tener lugar hasta que la Puerta se haya asegurado de que los hospodares no faltaron a su deber de súbditos leales. Contra el príncipe Ghica de Moldavia la Puerta no tendría objeciones serias, pero la conducta de Știrbei, el hospodar de Valaquia, había sido muy provocadora; se había revelado de la manera más escandalosa como partidario de Rusia, de modo que su destitución se le había impuesto a la Puerta como un deber. El señor von Bruck apeló entonces al sultán, que convocó una sesión extraordinaria del Consejo de Estado, en la que se llegó al compromiso de que ambos hospodares volverían a sus puestos *provisionalmente*, mientras la Puerta nombraba a un alto comisario para que investigara a fondo su conducta, tras lo cual se tomaría una decisión definitiva. Se comprende, naturalmente, que el príncipe Ghica, contra el que Reshid dice no tener objeciones serias, solo vuelve de nombre, ya que Moldavia sigue en manos de los rusos. En cambio, la vuelta del príncipe Știrbei, al que la propia Puerta echó y marcó como agente ruso, es una restauración efectiva, porque una parte de Valaquia ya ha sido evacuada por los rusos y la otra probablemente lo será en breve.

Pero la actividad de la diplomacia austriaca no se detiene aquí. En el *Morning Post* de ayer leemos un despacho fechado en Belgrado el 19 de julio:

> «Ayer llegó de Constantinopla la orden de suspender todos los armamentos y ejercicios militares. Se comunica confidencialmente que hay otra orden de desarme. La noticia se transmitió en el acto al príncipe Alejandro.»[^4]

Esta es, pues, la respuesta de la Puerta a la protesta serbia contra una ocupación austriaca. Así se impide al miserable gobierno turco desafiar a su enemigo declarado y, al mismo tiempo, se le empuja a actos hostiles y arbitrarios contra sus propios territorios leales. Con el tratado del 14 de junio Turquía rompió su convenio con los Principados, y con la orden de desarme rompe ahora las leyes fundamentales de Serbia.[^5] El mismo golpe político empuja al ejército turco a la sublevación y a Serbia y los Principados a los brazos de Rusia. La intimación austriaca para evacuar los Principados resulta ser una prohibición a los turcos de entrar en ellos, y los tan alabados armamentos de Austria resultan ser el desarme de Serbia.

La obtusa Austria, mero instrumento en manos del zar y de sus aliados ingleses, no hace con todo esto más que preparar los elementos de una revolución general cuya primera víctima será ella misma, y cuyo estallido solo pueden lamentar reaccionarios utópicos como David Urquhart.[^6] Ya están ustedes informados de los primeros movimientos en Italia. Los periódicos hablan de disturbios en Génova, Módena, Parma, etc.; pero, a mi juicio, las escenas ocurridas en Ferrara recuerdan más que todas las demás el levantamiento general de 1848.

Que juzgué acertadamente desde el principio el empréstito patriótico y voluntario del arrogante y quebrado gobierno austriaco lo verán ustedes por el bando que el caballero Burger[^7] ha dirigido hace poco a los leales súbditos de Lombardía. Les informa de que la cuota que ha de pagar el territorio lombardo por el empréstito voluntario será de 40.000.000 de florines, cantidad que equivale a 104.400.000 francos, lo que, repartido entre la población, da 40 francos por cabeza.

> «Este empréstito voluntario —dice *L'Unione*— resulta ser una confiscación gigantesca: a cada provincia, a cada municipio y a cada particular se le asigna una cuota que *tiene que* pagar *voluntariamente*.»

Para no dejar duda alguna sobre el verdadero sentido de este empréstito voluntario, el bando del caballero Burger termina con estas palabras:

> «Ha de ser más que evidente que, si el empréstito voluntario no tuviera éxito, habría que imponer a las distintas clases de rentas de la tierra, el capital, el comercio y la industria una contribución extraordinaria y forzosa en las proporciones más convenientes.»

En la sesión del lunes de la Cámara de los Comunes, caso nunca visto en los anales del Parlamento, el presidente del Consejo privado y jefe de la Cámara se levantó con el pretexto de hacer una exposición detallada de las intenciones del gabinete, que retiró por completo seis horas después en el mismo lugar. A las 7 de la tarde, según sus palabras, Sebastopol estaba bombardeada, arrasada, destruida y separada de Rusia. A la una y cuarto de la madrugada, la flota rusa de Sebastopol quedaba reducida en uno o dos navíos de línea y «Rusia no quedaba en absoluto menoscabada en su rango y posición actuales». Durante seis horas el pequeño Johnny alborotó, fanfarroneó, bravuconeó, tronó, baladroneó, vitoreó, felicitó y exageró ante sus diputados; durante seis horas tuvo a su Parlamento regodeándose en un «país de Jauja»,[^8] y luego bastó una palabrita de la aguda lengua del señor Disraeli para pinchar la pompa de jabón, y el falso león tuvo que echarse otra vez sobre los hombros su habitual piel de cordero. Aquel fue un «día de penitencia» para el ministerio, pero sacó adelante sus tres millones de libras.

En la sesión del martes se celebró el debate sobre la moción de lord Dudley Stuart contra la suspensión de las sesiones del Parlamento. Habían votado el dinero del país; ahora no les quedaba más remedio que votar su confianza al ministerio. Para los honorables miembros esto era evidente, y por eso la Cámara estaba poco concurrida, el debate fue soñoliento, el ministerio se mostró más provocador que nunca y la moción de Dudley fue rechazada sin votación. El ministerio se las arregló para convertir su propia vergüenza en una victoria sobre los diputados. Ese fue el «día de penitencia» del Parlamento. Sin embargo, la sesión resultó notable por la defensa de la dirección de la guerra que hizo el señor Herbert, el secretario de la Guerra británico y cuñado de Vorontsov,[^9] por las indiscreciones de Berkeley, el lord del Almirantazgo, y por las arrogantes declaraciones del pequeño Johnny sobre el estado interno del ministerio inglés.

El señor Herbert, un antiguo joven tory de cabeza pequeña, respondió a las quejas sobre la deficiente organización de la intendencia con un prolijo panegírico del comisario general Filder,[^10] que era sin duda el hombre más idóneo para el puesto, ya que hacía unos cincuenta años había gozado de la confianza del Duque de Hierro[^11] y había ocupado altos cargos a sus órdenes. A las desagradables cartas de los corresponsales de prensa opuso los informes de color de rosa de «los mejores pagadores del ejército» y los corteses cumplidos de algunos oficiales franceses. No dijo una palabra de la falta absoluta de medios de transporte en el ejército, que no dispone ni de mulas ni de caballos para llevar el equipaje y el agua y las demás cosas necesarias a un ejército que marcha de Varna y Devnia hacia el Danubio. No dijo una palabra de que el ejército carecía de medios para abastecerse. No negó el hecho de que no se nombró una intendencia hasta que ya se habían enviado varias divisiones y las flotas estaban en Constantinopla. No se atrevió a contradecir la afirmación de que el propio lord Raglan[^12] había dicho que sus tropas llevaban casi dos meses estacionadas en un mismo lugar sin poder avanzar por la insuficiencia de la intendencia, aunque estaban casi a tiro de cañón de un enemigo medio muerto de hambre.

Del mismo modo despachó el ingenioso cuñado del príncipe Vorontsov las quejas sobre la artillería. Contestó largamente a un reproche que nadie sino él mismo había formulado, a saber, que el ejército en Turquía solo llevaba piezas de seis libras; en cambio, pasó por alto con obstinado silencio que el ejército no llevaba artillería de sitio, que la infantería apenas tenía apoyo de caballería, el arma más eficaz para operar en las llanuras de Valaquia, y que los 40.000 hombres de Varna no tenían 40 cañones que oponer a los rusos, en cuyo ejército cada cuerpo de 40.000 hombres dispone de 120 piezas.

A los ataques contra la negligencia del gobierno en proveer al ejército de los medios necesarios, el cuñado de Vorontsov respondió con una indignada defensa de los jefes militares, que no tenían culpa alguna.

En cuanto a los funestos accidentes y al monopolio británico de los funestos accidentes, que nunca le ocurrieron a la expedición francesa, el honorable señor Herbert declaró, primero, que era cierto que un barco que llevaba a bordo parte del 6.º regimiento de dragones había ardido, pero que el comandante, «un noble anciano, miró de frente la muerte más terrible que puede sufrir un hombre y se negó a abandonar el barco, como le aconsejaba su gente, hasta que, ¡ay!, fue demasiado tarde, y murió en su puesto». Los simples diputados aclamaron esta respuesta necia. En cuanto a la pérdida del *Tiger*,[^13] pertenecía al capítulo de los accidentes. «Y el triste incidente del Báltico... en fin, no hacía más que probar la temeridad de nuestros marinos.»

El caballero de la cabeza pequeña pasó luego a responder a la pregunta de «si nuestras flotas y ejércitos habían logrado algún resultado práctico», y se jactó del «bloqueo completo, eficaz e irresistible de los puertos rusos». Este bloqueo fue tan eficaz que, por ejemplo, ocho vapores de guerra rusos llegaron de Sebastopol a Odesa pese a todos los bombardeos, combates y obstáculos. Fue tan eficaz que el comercio de Rusia por el Báltico sigue en tal medida que los productos rusos se venden en Londres a un precio apenas superior al de antes de la guerra; que en Odesa se comercia exactamente igual que el año pasado, y que hasta el bloqueo meramente nominal del mar Negro y del mar Blanco tuvo que imponérselo Bonaparte a los ingleses hace solo unos días.

Pero, exclama el noble joven llamado Herbert, el gobierno inglés ha hecho más. ¿No ha quitado a Rusia la posibilidad de transportar suministros por el mar Negro y no le ha cortado todo acceso al mar? Olvidaba que durante cuatro meses dejó a los rusos el dominio del Danubio; que les permitió apoderarse con solo 15.000 hombres de los graneros europeos de Moldavia y Valaquia; que entregó a Rusia, casi delante de sus ojos, los ricos rebaños de la Dobrudja, y que impidió a la flota turca aniquilar a la escuadra rusa en Sinope.

En los éxitos militares de los turcos habían tenido los ingleses una amplia parte, porque, al formar su reserva, les habían permitido emplear cada hombre y cada cañón contra el ejército invasor. ¿Tengo que repetir a sus lectores que, mientras los rusos no pudieron concentrar una fuerza superior en los Principados, el gobierno británico prohibió a Omer Bajá aprovechar su propia superioridad numérica y los frutos de sus primeras victorias?

¿Qué más han hecho las tropas inglesas?

> «¿Cuántas libras esterlinas ha gastado Rusia en levantar una línea de fuertes a lo largo de la costa circasiana? En una breve campaña todas esas plazas fortificadas, que formaban la cadena con que estaban atados los circasianos, han caído, salvo una, en nuestras manos o en las de nuestros aliados.»

¡Vorontsov, Vorontsov! ¿Has olvidado que, cuando al comienzo de la legislatura se te aconsejó tomar esos fuertes, te negaste y permitiste así a los rusos retirar sus guarniciones a Sebastopol? Solo has tomado los fuertes que los rusos prefirieron abandonar, y la única «excepción», que no has destruido, ni tomado, ni siquiera atacado, es el único fuerte que valía la pena tomar, el único que los rusos juzgaron digno de conservar y el único que permite comunicar con los circasianos: Anapa.

Pero el señor Herbert alcanzó la cumbre de su insulsa palabrería al afirmar que Inglaterra tenía parte en la gloriosa defensa de Silistra, que ni socorrió ella misma ni permitió socorrer a Omer Bajá, gracias a un joven muerto, un capitán llamado Butler. Al teniente Nasmyth, que sigue vivo, naturalmente no se le menciona. El capitán Butler, debo decirlo, fue a Silistra después de que el gobierno se negara a enviarlo allí, razón de más para que el mariscal Herbert alabe su conducta. En cuanto al teniente Nasmyth, pertenece a esa clase de gente que pronto ha de ser expulsada del campamento británico. Por eso fue a Silistra como corresponsal de periódico.

Cuando lord Dudley Stuart atacó al gobierno por no haberse procurado vapores de solo tres pies de calado, armados con una o dos piezas pesadas, el almirante Berkeley,[^14] que habló después del general Herbert, rogó al noble lord que «tuviera la bondad de enseñar al inspector de construcción naval a construir esos barcos». Esta fue la respuesta del valiente almirante whig a la pregunta de cómo podía el Almirantazgo equipar una flota del Báltico sin procurarse un gran número de cañoneras. El bravo Berkeley y su sabio inspector de construcción naval harían mejor en pedir instrucciones a los almirantazgos sueco y ruso que al pobre y burlado Dudley Stuart.

Dejemos ya la defensa de la dirección británica de la guerra por el elegante Herbert y el valiente Berkeley, y pasemos a las indiscretas revelaciones de ese mismo Berkeley. Anoche el pequeño Johnny hizo estallar la pompa de jabón de Sebastopol; hoy fue Berkeley quien hizo estallar la pompa de jabón de Kronstadt. Como los austriacos van a dirimir solos el asunto de los Principados, a «los más formidables ejércitos y flotas, con sus vapores de hélice, sus cañones Paixhans[^15] y demás gigantescos poderes de destrucción, que jamás haya armado y enviado país alguno» no les queda campo de acción. El valiente Berkeley citó de una carta del valiente comandante de la flota del Báltico lo siguiente:

> «No ha estado en mi mano hacer nada con esta poderosa flota, pues cualquier ataque a Kronstadt o a Sveaborg[^16] habría sido la ruina segura.»

Pero no fue eso todo. El audaz Berkeley, exultante por lo que la flota más poderosa no había podido hacer, siguió charlando alegremente:

> «El almirante Chads,[^17] el hombre más sabio de su tiempo, escribió también: "Tras dos días de inspección desde el faro y de completo reconocimiento de los fuertes y los barcos, los primeros resultan demasiado sólidos para la artillería de los buques. Son grandes masas de granito. Un ataque a los barcos en su posición actual está descartado."»

Sobre Napier, el bravo Berkeley concluyó con estas palabras:

> «Nunca hubo un oficial británico con *carte blanche* más completa para obrar según su criterio. Lejos de atarle las manos, el gobierno lo animó, al contrario, en todos los sentidos a seguir adelante»: de Bomarsund a Kronstadt y de Kronstadt a Bomarsund.

Cuando el señor Hildyard, un tory, observó que «en toda su vida no había oído semejantes indiscreciones», que Berkeley había hablado como un agente manifiesto de Rusia y que, sin embargo, todas las fanfarronadas sobre Kronstadt habían contado con su tácita aprobación, el bravo Berkeley retiró sus indiscreciones hasta el punto de declarar que Napier solo había hablado de su posición actual, en la que solo disponía de barcos y no podía apoyarse en ninguna fuerza de tierra. Que en el Báltico no se podía hacer nada sin tropas de tierra y sin una alianza con Suecia se lo he venido repitiendo a ustedes todo el tiempo desde que Napier dejó las costas inglesas, y todos los entendidos en cuestiones militares compartían mi opinión.

Llego ahora al último punto de este memorable debate, las arrogantes declaraciones de lord John Russell. Una vez obtenida su libranza de tres millones de libras, se mostró tan desvergonzado como apocado se había mostrado veinte horas antes, retorciéndose bajo los sarcasmos de Disraeli. «No consideraba en absoluto necesario explicar más sus declaraciones de ayer.» En cuanto a las «penosas distinciones» que algunos partidos trataban de establecer entre Aberdeen y sus colegas, solo quería decir que

> «las medidas generales de guerra las habían decidido paso a paso aquellos consejeros de Su Majestad a los que suele llamarse el gabinete, y que de las decisiones tomadas todos los colegas de lord Aberdeen eran tan responsables ante el Parlamento y el país como este noble lord».

Se atrevió incluso, aunque sin riesgo alguno, a decir a la Cámara:

> «Si somos los ministros idóneos de la Corona, está en nuestra mano convocar o no al Parlamento; si se nos discute esa decisión, entonces ya no somos idóneos para ser ministros de la Corona.»

Después de asistir a estas sesiones del Parlamento inglés del lunes y el martes, confieso que fue un error por mi parte estigmatizar en 1848, en la *Neue Rheinische Zeitung*, las asambleas de Berlín y de Fráncfort como lo más bajo de la vida parlamentaria.[^18]

Divertirá a sus lectores ver opuestos a las declaraciones del cuñado británico de Vorontsov, a las insulsas bravatas de un Russell y a los altisonantes editoriales del *Times* los siguientes extractos de las últimas cartas del corresponsal del *Times* en el campamento británico cerca de Varna, del 13 de julio:

> «Anoche reinaba la convicción general de que pronto se declararía la paz, porque se había dicho que un enviado austriaco había comido con el general Brown;[^19] este enviado austriaco iba de camino de Shumla, donde habría tenido largas conversaciones con Omer Bajá, a Varna, donde había de deliberar con lord Raglan y el mariscal Saint-Arnaud. Se dijo que el duque de Cambridge[^20] había afirmado que la caballería estaría en casa hacia noviembre y la infantería hacia mayo. Desde luego, no puede afirmarse que estemos en guerra, ni que los ejércitos aliados hayan adoptado la posición de una parte beligerante, ni que tengan que mostrar acción de guerra alguna desde su desembarco en Turquía. Nuestros desfiles, revistas, ejercicios e inspecciones son tan inofensivos, tan inocentes, como si tuvieran lugar en Satory o en Chobham,[^21] y todas nuestras operaciones en tierra se han limitado: primero, a una excursión de reconocimiento de lord Cardigan; segundo, al envío de algunos oficiales de ingenieros y zapadores a Silistra y Ruse; tercero, a la marcha de unos pocos pontoneros franceses en la misma dirección, y cuarto, al envío de otra compañía de zapadores y 150 marineros a Ruse para tender un puente desde la orilla a las islas y de ellas a la otra orilla.»

En Inglaterra no hay Bastilla, pero hay manicomios en los que cualquier persona mal vista en la corte, o que estorbe el arreglo de ciertos asuntos de familia, puede ser encerrada sin más mediante una *lettre de cachet*. En el debate del miércoles el señor Otway, apoyado por el señor Henley, lo demostró sobradamente con el caso del doctor Peithmann. Bastaron unas palabras de lord Palmerston, el *civis Romanus*[^22] y conocido abogado de los «derechos y privilegios del súbdito británico», para que el asunto se abandonara. Palmerston ni siquiera afirmó que Peithmann estuviera realmente loco, sino solo que «parecía imaginarse que tenía alguna reclamación contra el gobierno» y que pensaba presentarla de un modo muy molesto a la reina, o más bien a esa persona anónima llamada príncipe Alberto. Los Coburgo están en todas partes; precisamente en este momento se proponen apoderarse de España.

> «Se trata —dice el ministerial *Globe*— de los derechos del doctor y de los derechos de la reina, y creemos que no hay nadie, dentro ni fuera del Parlamento, que pueda vacilar al sopesar esos derechos.»

No es de extrañar, pues, que en este país libre y bendito se quemaran públicamente los *Derechos del hombre* de Thomas Paine.[^23]

Aquel miércoles por la noche se representó otra pequeña comedia parlamentaria. En la sesión del viernes pasado el señor Butt[^24] había presentado la resolución de que se prohibiera a los súbditos británicos, bajo ciertas penas, negociar con títulos del Estado ruso; este proyecto de ley solo se refería a los empréstitos del gobierno ruso durante la presente guerra. El gobierno británico no había presentado el proyecto, pero apenas se atrevía a oponerse a él, porque Bonaparte ya había anunciado falsamente en el *Moniteur* que el gobierno británico consideraba, como él, ilegales las suscripciones al empréstito ruso. Palmerston apoyó, pues, la moción de Butt, pero encontró una oposición nada amable en el señor Wilson,[^25] el sagaz director del *Economist* y secretario del Tesoro. El mismo Palmerston que el lunes había defendido al gabinete de coalición y que el martes se abstuvo de hablar, asegurando así el éxito de la coalición, no pudo dejar escapar el miércoles la ocasión de volver a hacer de «inocencia perseguida» del gabinete. Habló con el tono y los gestos de una sibila masculina, como si lo arrastrara el estallido espontáneo de sus sentimientos patrióticos, que él, pobre hombre, había tenido que reprimir las dos noches anteriores, encadenado como estaba por la férrea coacción de un cargo oficial. Provocó los inevitables vítores de sus honorables y embaucados oyentes al declarar:

> «El proyecto no hacía más que afirmar el principio de que los súbditos británicos no debían poner a disposición de Rusia los medios para continuar la guerra. Los argumentos aducidos por el secretario del Tesoro vendrían a probar que deberíamos abolir nuestras leyes sobre la alta traición. Esos argumentos eran puro disparate.»

Obsérvese que es el mismo hombre que durante veinticuatro años impuso a Inglaterra el empréstito ruso-holandés[^26] y que en este momento es el miembro más influyente de un gabinete que sigue pagando el capital y los intereses de ese empréstito y da así a Rusia «medios para continuar la guerra».

*Karl Marx*

[^1]: Por el convenio firmado en Constantinopla el 14 de junio de 1854, Austria se comprometía con la Puerta a obtener la evacuación de los Principados del Danubio, por negociación o por la fuerza, y a ocuparlos mientras durase la guerra.

[^2]: Grigore Alexandru Ghica (1807-1857), hospodar de Moldavia, y Barbu Știrbei (1799-1869), hospodar de Valaquia, que dejaron los Principados al empezar la guerra.

[^3]: Karl Ludwig von Bruck (1798-1860), internuncio, es decir, enviado de Austria en Constantinopla.

[^4]: Alejandro Karađorđević (1806-1885), príncipe de Serbia de 1842 a 1858.

[^5]: Serbia era entonces un principado autónomo bajo soberanía otomana, con derechos garantizados por la Puerta.

[^6]: David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista escocés, turcófilo y enemigo implacable de Rusia y de Palmerston.

[^7]: Friedrich von Burger, lugarteniente (*Statthalter*) austriaco de Lombardía.

[^8]: En la versión inglesa de 1897, «a fool's paradise», un paraíso de tontos.

[^9]: Sidney Herbert (1810-1861), peelita, secretario de la Guerra (*Secretary at War*). Su madre era hermana del príncipe Mijaíl Vorontsov, gobernador ruso del Cáucaso; era, pues, sobrino de este y no cuñado, como dice el texto.

[^10]: William Filder, comisario general del ejército británico de Oriente; había servido en la intendencia de Wellington en la guerra de la Península.

[^11]: Wellington.

[^12]: FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe del ejército británico de Oriente.

[^13]: La fragata de vapor británica *Tiger* encalló en mayo de 1854 cerca de Odesa y fue destruida bajo el fuego ruso; su tripulación fue hecha prisionera.

[^14]: Maurice Berkeley (1788-1867), almirante y diputado whig, miembro de la junta del Almirantazgo.

[^15]: Cañones de obús para granadas explosivas, ideados por el general francés Henri-Joseph Paixhans.

[^16]: Fortaleza marítima que protegía Helsinki (hoy Suomenlinna).

[^17]: Henry Ducie Chads (1788-1868), contraalmirante de la flota británica del Báltico.

[^18]: La Asamblea Nacional prusiana de Berlín y la Asamblea Nacional alemana de Fráncfort, de 1848-1849.

[^19]: George Brown (1790-1865), general británico, jefe de la División Ligera.

[^20]: Jorge, duque de Cambridge (1819-1904), primo de la reina Victoria, mandaba una división del ejército de Oriente.

[^21]: Satory, campo de maniobras cerca de Versalles; Chobham, campamento de maniobras del ejército británico en Surrey, en 1853.

[^22]: Alusión al discurso de Palmerston de junio de 1850 en el asunto Don Pacifico: así como el romano podía decir *civis Romanus sum* («soy ciudadano romano»), el súbdito británico debía sentirse protegido en cualquier parte del mundo por Inglaterra.

[^23]: *Rights of Man* (1791-1792), defensa de la Revolución francesa por Thomas Paine, que en 1792 fue condenado en rebeldía por libelo sedicioso.

[^24]: Isaac Butt (1813-1879), abogado y diputado irlandés.

[^25]: James Wilson (1805-1860), fundador y director de *The Economist*, secretario financiero del Tesoro.

[^26]: Empréstito contraído por Rusia en Holanda durante las guerras napoleónicas; por un convenio de 1815, Inglaterra y Holanda se comprometieron a pagar parte de él. En 1831 Palmerston hizo aprobar que Inglaterra siguiera pagando, aunque la separación de Bélgica había anulado la condición del pago.
