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Title: La retirada rusa (1854)
Description: Editorial de Marx y Engels para el New-York Daily Tribune: la retirada rusa de los Principados del Danubio, fruto de un acuerdo con Austria más que de la derrota de Silistra, los éxitos de Shamil en el Cáucaso y el doble juego de la diplomacia austriaca, que acabará traicionando a las potencias occidentales.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1854-06-23
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20La%20retirada%20rusa
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*Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels entre el 19 y el 23 de junio de 1854 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4126, del 10 de julio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 294-298), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Der%20russische%20R%C3%BCckzug).*

El movimiento de retirada de los rusos en Turquía es mucho más completo de lo que esperábamos, y más completo de lo que ahora, aun en el peor de los casos, parece necesario desde el punto de vista militar. Por lo visto, la garantía dada por el zar al emperador de Austria y las órdenes a sus generales comprenden también la evacuación completa de Moldavia y Valaquia, sin que quede un solo soldado ruso en suelo turco, mientras que un fuerte contingente austriaco ocupará en el acto su lugar y separará a los adversarios que hasta hace poco combatían entre sí. Sería un error, sin embargo, suponer que los rusos se retiran a causa de su derrota ante Silistra, o tomar al pie de la letra las afirmaciones jactanciosas de los periódicos ingleses, que presentan esa derrota como una huida y quisieran hacer creer al mundo que 15.000 o, a lo sumo, 17.000 soldados que salen de una fortaleza pueden poner en fuga a 100.000, o por lo menos a 90.000. Sin duda los rusos fueron rechazados una y otra vez, sangrienta y decisivamente, como merecían por sus ataques precipitados, mal pensados, contrarios a toda ciencia militar y confusos, por valerosamente que se llevaran a cabo; los turcos combatieron con un valor heroico, insuperable, y mostraron tal grado de pericia militar que este sitio pasará para siempre a la historia; pero en todo ello no vemos todavía razón para creer que obligaran al enemigo a levantar el sitio. De hecho, según nuestra información más digna de crédito, las baterías rusas de la orilla izquierda seguían ocupadas y disparando contra la fortaleza aun después de aquella última salida mortífera en la que, según algunas noticias exageradas, la guarnición se habría apoderado de esas baterías. La verdad, evidentemente, es que los rusos se retiraron de Silistra, en último término, sencillamente porque el zar había convenido con Austria retirar todas las tropas de los Principados antes de una fecha determinada. Había ordenado a sus tropas que tomaran antes Silistra, para salir de Turquía con el prestigio de una victoria por lo menos; no lo lograron y tuvieron que marcharse cargados con la vergüenza de un fracaso; pero su marcha no fue una huida ante un enemigo que les pisara los talones. No pudieron tomar Silistra, y probablemente tampoco lo habrían conseguido con un sitio en regla; seguramente no habrían podido ganar nada en esta campaña, y en ese caso habrían tenido que retirarse al Siret; aun así eran más fuertes que los aliados —los turcos y los demás—, o al menos eran mucho más fuertes a la defensiva. Además, todavía no se habían encontrado con los aliados ni se había librado aún ninguna batalla decisiva. Está fuera de duda, por tanto, que esta retirada hacia el Prut la dictan consideraciones diplomáticas y no una necesidad militar derivada de la superioridad numérica o estratégica de Omer Bajá y sus aliados en Turquía.

Si bien sería falso suponer que los rusos fueron realmente expulsados de delante de Silistra, igual de falso sería no comprender que las circunstancias de la guerra les son en general adversas y que la intervención austriaca les ofrece la mejor posibilidad de mejorar su suerte. No hablamos aquí de sus sucesivos reveses de Oltenița, Cetate, Karakal o Silistra,[^1] combates relativamente pequeños en los que los turcos los batieron y a los que en ninguna parte pudieron oponer éxitos igual de brillantes. En conjunto, todos estos combates no dieron resultados decisivos ni trascendentales; pero en Asia los rusos han perdido siempre la partida, y ahora los amenaza la pérdida definitiva. De sus numerosas fortalezas del mar Negro solo les quedan dos; y en el interior del país, Shamil y sus montañeses[^2] no solo han liberado del odiado moscovita las montañas y los valles más próximos, sino que han cortado al príncipe Vorontsov[^3] de Rusia y marchan sobre Tiflis, cooperando en el sur con los turcos, con tal fuerza que quizá obliguen al príncipe Vorontsov a rendirse con las posesiones transcaucásicas de Rusia, tan duramente conquistadas y tan trabajosamente conservadas. Perder estas provincias, que tanta sangre y tanto dinero han costado, sería para el zar una vergüenza mayor que la derrota en una batalla decisiva en Turquía; y no cabe duda de que, en cuanto sus ejércitos hayan vuelto a pasar el Prut, empleará en el acto todas las fuerzas que pueda retirar de la defensa de Crimea y de Sebastopol en reconquistar los pasos del Cáucaso y apoyar a Vorontsov. El éxito de Shamil ha contribuido con toda probabilidad mucho a que los rusos hayan atendido el requerimiento austriaco de evacuar los Principados.

En este importante acuerdo, que tanto cambia y complica las perspectivas de la guerra, Austria ocupa una posición muy importante y ventajosa. Es una gran victoria de su diplomacia y atestigua el respeto que todas las partes en lucha tienen a sus recursos militares. Interviene como amiga de ambos bandos; los rusos se retiran tranquilamente para dejarle sitio; y la Puerta no hace más que seguir el consejo de Francia e Inglaterra al firmar el tratado que permite a Austria ocupar los Principados.[^4] Es, por consiguiente, mediadora armada entre los contendientes con el consentimiento de ambos, porque cada uno considera la intervención ventajosa para sí. Las potencias occidentales declaran abiertamente que Austria obra así a su favor; pero el acuerdo que, como prueban los hechos, existía a este respecto entre San Petersburgo y Viena ya antes de que el mundo supiera que tal intervención iba a producirse, y antes de que el ejército de Paskévich fuera rechazado ante Silistra, no nos deja dudar de que también Rusia opina que Austria obra a su favor. ¿Quién es entonces el engañado, y a qué bando traicionará Austria?

Austria, naturalmente, como cualquier otra potencia, persigue exclusivamente sus propios intereses. Estos intereses exigen, por un lado, que Rusia no tenga ocupados los Principados ni controle los accesos al Danubio y al mar Negro, pues una parte grande y creciente del comercio austriaco va en esa dirección. Además, la anexión de Turquía, o de una parte de ella, por Rusia podría provocar disturbios entre las tribus eslavas del Imperio austriaco, entre las que el paneslavismo, o la idea de unirse con Rusia, tiene ya numerosos partidarios. Está claro, por tanto, que Austria nunca puede consentir que Rusia se anexione Turquía sin obtener al mismo tiempo en otra parte un aumento equivalente de territorio y de poder, lo cual es imposible. Pero, por otro lado, la política austriaca muestra al zar toda su simpatía, mientras que es hostil a Francia y a Inglaterra; en verdad, Austria estará siempre en contra de las potencias occidentales. Que Rusia haya sido humillada en castigo por haber empezado una guerra inútil no puede ser en Viena motivo de duelo; pero Austria nunca tolerará que Rusia quede seriamente debilitada, porque en ese caso los Habsburgo se quedarían sin un amigo que pudiera sacarlos del próximo torbellino revolucionario. Esta breve exposición nos parece contener los motivos que deben guiar al gabinete de Viena durante todo el desarrollo ulterior de la guerra. Traicionará a uno de los beligerantes o a los dos, y justo en la medida en que lo exijan los intereses de Austria y de la dinastía imperial, no más.

El hecho de que Rusia se retire y cese en sus atropellos y de que las provincias evacuadas se entreguen a Austria obliga a esta, al mismo tiempo, a impedir todo nuevo daño a Rusia. Austria podrá seguir siendo de nombre amiga de los aliados, pero le interesa que fracase todo nuevo ataque de estos contra el zar, y podemos estar seguros de que, salvo una declaración de guerra efectiva, a la que en ningún caso se atreverá a recurrir, hará todo lo posible para que tales ataques fracasen. Tiene, pues, que traicionar a las potencias occidentales; ellas son las engañadas en el tratado que permite a un ejército austriaco ocupar las provincias turcas, y en el curso de la guerra, a su debido tiempo, se darán cuenta.

Evidentemente, según el plan del primer ministro inglés, lord Aberdeen, la guerra no debía proseguir, sino que la disputa debía zanjarse ahora, como desea Austria, sobre la base del *statu quo*, transfiriendo a ser posible el protectorado de los Principados de Rusia a la casa de Habsburgo. Pero podemos dar por fracasado este plan a causa de lo que el propio lord Aberdeen dejó al descubierto en su famoso discurso y del debate parlamentario que lo siguió, del que damos un informe completo en este periódico.[^5] El pueblo británico, agitado por estas revelaciones, no consentirá, al menos por ahora, en hacer la paz sin que las sumas enormes que le cuesta la guerra hayan dado resultados determinados que signifiquen algo más que el mero restablecimiento de la situación anterior. El pueblo británico considera indispensable dejar a Rusia fuera de combate, para que no pueda volver pronto a inquietar así al mundo; espera con impaciencia algunos hechos de armas brillantes, como la conquista de Kronstadt o de Sebastopol. Sin una recompensa palpable de este tipo por su participación en la guerra, no consentirá ahora en hacer la paz. Este estado de ánimo del pueblo llevará probablemente muy pronto a un cambio de ministerio y a una prolongación de la guerra. Pero eso no significa en absoluto que Rusia vaya a recibir, al prolongarse la guerra, golpes más duros que los que ya ha sufrido, salvo que los turcos y los circasianos conquisten sus provincias transcaucásicas sin ayuda occidental alguna. Y si juzgamos por sus actos desde el comienzo de la guerra a los hombres que, una vez retirado lord Aberdeen a la vida privada, probablemente sigan en el poder en Londres, no habría motivo de sorpresa si un buen día los viéramos firmar un tratado de paz sobre la base misma por cuyo apoyo se está echando ahora del cargo a lord Aberdeen. Hasta ahora la diplomacia austriaca ha tenido éxito; es muy probable que se lleve también la victoria final.

[^1]: Combates de la guerra en el Danubio desde el otoño de 1853, entre ellos los de Oltenița (4 de noviembre de 1853) y Cetate (6 de enero de 1854).

[^2]: Shamil (1797-1871), imán de Daguestán y Chechenia, jefe de la resistencia de los montañeses del Cáucaso contra Rusia.

[^3]: Mijaíl Vorontsov (1782-1856), virrey ruso del Cáucaso de 1844 a 1854.

[^4]: El tratado del 14 de junio de 1854 entre Austria y la Puerta, por el que Austria se comprometía a ocupar los Principados del Danubio hasta el fin de la guerra.

[^5]: El discurso de Aberdeen en la Cámara de los Lores del 19 de junio de 1854 y el debate posterior, que Marx comenta en [«La guerra — Debate parlamentario»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20La%20guerra%20-%20Debate%20parlamentario), publicado en el mismo número del *Tribune*.
