---
Title: Las hazañas en el Báltico y en el mar Negro — El sistema de operaciones anglo-francés (1854)
Description: Artículo de Engels, firmado por Marx, para el New-York Daily Tribune: la toma del fuerte de Gustafsvärn por Napier, la falta de tropas de desembarco en el Báltico, la inacción de los ejércitos aliados en Gallípoli y el plan ruso de alejar a las potencias occidentales de su centro, frente al cual solo queda una fuerza: la revolución.
Author: Friedrich Engels
Date: 1854-05-23
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20Las%20haza%C3%B1as%20en%20el%20B%C3%A1ltico%20y%20en%20el%20mar%20Negro%20-%20El%20sistema%20de%20operaciones%20anglo-franc%C3%A9s
---


*Escrito en inglés por Friedrich Engels el 23 de mayo de 1854 y publicado con la firma de Karl Marx en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4101, del 9 de junio de 1854. Traducido del original inglés según* The Eastern Question *(Londres, 1897, pp. 360-366), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 240-246), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la edición de 1897; la MEW lo titula «Los hechos de armas en el Báltico y en el mar Negro — El sistema de operaciones anglo-francés». Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20The%20Exploits%20in%20the%20Baltic%20and%20Black%20Seas%20-%20Anglo-French%20System%20of%20Operations).*

Londres, 23 de mayo de 1854

Por fin tenemos que dar cuenta de una hazaña del «marinero británico».[^1]

La flota del almirante Napier[^2] ha destruido, tras ocho horas de bombardeo, el fuerte de Gustafsvärn (que, traducido del sueco, significa «defensa o baluarte de Gustavo», *Gustavs-Wehr*) y ha hecho prisionera a la guarnición, en número de 1.500 hombres. Es el primer ataque serio contra una propiedad imperial rusa y, comparado con el soñoliento y manso asunto de Odesa,[^3] demuestra al menos que Charles Napier no va a sacrificar su propia fama y la de su familia si puede evitarlo. El fuerte de Gustafsvärn está en el extremo de la península que forma el ángulo sudoeste de Finlandia, cerca del faro de Hangöudd, conocido como punto de referencia por todos los patrones que remontan el golfo de Finlandia. Su importancia militar no es muy grande; defiende un área muy pequeña de tierra o de agua, y la flota atacante podría haberlo dejado a su espalda sin riesgo alguno. El fuerte mismo no puede haber sido grande, como se ve por el número de su guarnición. Pero, dada la bendita ignorancia que reina hoy, incluso en el Almirantazgo y en el Ministerio de la Guerra británicos, sobre la fuerza y la importancia reales de las defensas costeras de Rusia en el Báltico, se nos disculpará que aplacemos todo comentario sobre los méritos tácticos del asunto hasta que lleguen detalles más completos.

Por ahora solo podemos decir esto. Las ocho horas de cañoneo prueban una defensa valiente, si no muy hábil, por parte de los rusos, y hacen prever en la defensa de la fortaleza de primer orden de ese mismo golfo una obstinación mayor de la que cabía esperar. Por otro lado, los mil quinientos prisioneros de guerra no son una pérdida apreciable para Rusia (equivalen más o menos a lo que se pierde por enfermedad en el Danubio en dos días corrientes), mientras que a Napier tienen que causarle un serio estorbo. ¿Qué diablos hará con ellos? No puede soltarlos bajo palabra ni sin ella, y no hay sitio más cercano que Inglaterra adonde llevarlos. Para transportar con seguridad a esos mil quinientos hombres necesitaría por lo menos tres navíos de línea, o el doble de fragatas de vapor. Los efectos mismos de su victoria lo paralizan durante quince días o tres semanas. Por último, como no tiene tropas de desembarco, ¿puede conservar el terreno que ha conquistado? No veo cómo podría hacerlo sin paralizar de nuevo su flota, escasa de dotación, debilitando todavía más el contingente de marineros y soldados de infantería de marina de cada buque. Esta circunstancia nos lleva a un asunto que ahora se discute con gran vehemencia en la prensa británica, aunque demasiado tarde, como de costumbre.

La prensa británica ha descubierto de golpe que una flota, por poderosa que sea, sirve de muy poco si no lleva a bordo tropas lo bastante fuertes para bajar a tierra y completar la victoria que los cañones de los barcos, en el mejor de los casos, solo pueden obtener muy incompletamente contra las defensas de tierra. Parece que no había un solo hombre en el mundo oficial británico que dirige la guerra, ni en el mundo oficial que dirige la opinión pública británica, a quien se le hubiera ocurrido esta idea hasta finales del mes pasado. Ahora todas las tropas y medios de transporte disponibles están comprometidos en el mar Negro; y toda la fuerza de tierra con órdenes para el Báltico, de la que no ha partido un solo hombre y cuyo estado mayor ni siquiera está organizado todavía, consiste en una brigada de 2.500 hombres. En cuanto a los franceses, se están quedando lamentablemente rezagados. Su flota del Báltico —recuerden ustedes el pomposo informe del ministro Ducos:[^4] «Vuestra Majestad ordenó el equipamiento de una tercera flota; las órdenes de Vuestra Majestad están cumplidas»—, esa espléndida armada que debía estar lista para hacerse a la mar a mediados de marzo con nada menos que diez navíos de línea, no ha pasado nunca de cinco navíos de línea, que, con una fragata y buques menores, se arrastran ahora lentamente por el Gran Belt, para llegar al cual, desde Brest, han tardado tres semanas enteras, aunque todo el tiempo soplaron vientos del oeste. El gran campamento de Saint-Omer, que debía albergar a 150.000 hombres, y en caso necesario a 200.000, destinados a una expedición al Báltico, se formó sobre el papel hace tres o cuatro semanas, y todavía no se ha concentrado allí ni una brigada. Los franceses, sin embargo, podrían prescindir fácilmente de unos 10.000 a 15.000 hombres de infantería y artillería de campaña de sus guarniciones costeras sin el alboroto y la pompa de grandes y teatrales exhibiciones de campamento; pero ¿dónde están los medios de transporte? Habría que fletar mercantes británicos; estos, al paso de la flota francesa, tardarían de cuatro a seis semanas en llegar uno tras otro al escenario de las operaciones; y ¿dónde podrían desembarcar las tropas, concentrarse las brigadas y divisiones, organizarse los estados mayores y las intendencias? Ese es el círculo vicioso en que se mueven los aliados. Para hacer un desembarco en el Báltico, primero tienen que conquistar una isla o península donde concentrarlo y organizarlo para el ataque; y para conquistar ese *desideratum*, primero tienen que tener sobre el terreno una fuerza de desembarco. No es difícil salir de este atolladero en cuanto se tenga un buen almirante que sepa de la guerra en tierra lo necesario para mandar una fuerza de tierra; y no hay duda de que Charles Napier está a la altura, porque ha combatido mucho en tierra. Pero con un Aberdeen y un Palmerston que reinan sin rival, con cuatro ministerios distintos entrometiéndose en la fuerza combatiente, con el eterno antagonismo entre el ejército y la marina, y con fuerzas francesas e inglesas aliadas y celosas de la gloria y las comodidades de las otras, ¿cómo se puede esperar nada parecido a la unidad de acción? Además, ya no se puede llevar al Báltico ninguna fuerza de tierra eficaz antes de finales de junio; y si en cuatro meses la guerra no está decidida y la paz concluida, habrá que renunciar a todas las conquistas: tropas, cañones, barcos, provisiones, todo habrá que retirarlo o abandonarlo, y durante siete meses de invierno los rusos volverán a estar en posesión de todo su territorio báltico. Esto muestra con bastante claridad que todo ataque serio y decisivo contra la Rusia báltica está descartado para este año. Es demasiado tarde. Solo cuando Suecia se una a las potencias occidentales tendrán estas en el Báltico una base de operaciones que les permita hacer una campaña de invierno en Finlandia. Pero aquí tenemos otra vez un círculo vicioso, aunque vicioso, como el anterior, solo para los pusilánimes. ¿Cómo pueden esperar que los suecos se les unan si no les demuestran, llevando una fuerza de tierra y tomando parte de Finlandia, que van en serio? Y, por otro lado, ¿cómo pueden enviar allá esa fuerza sin haberse asegurado a Suecia como base de operaciones?

En verdad, Napoleón el Grande, el «carnicero» de tantos millones de hombres, era un modelo de humanidad, con su manera audaz, decidida y certera de hacer la guerra, comparado con los vacilantes y «estadistas» directores de esta guerra rusa, que a la larga no podrán sino sacrificar vidas humanas y dinero contante en cantidad mucho mayor si siguen como hasta ahora.

Si nos volvemos al mar Negro, encontramos a las flotas combinadas ante Sebastopol entretenidas en un pequeño e inofensivo ejercicio de tiro a larga distancia contra unas cuantas obras exteriores insignificantes de esa fortaleza. Este juego inocente, se nos informa, lo ha practicado durante cuatro días la mayoría de los barcos, y durante todo ese tiempo los rusos, que solo tenían doce navíos de línea listos para hacerse a la mar, no asomaron la cara fuera del puerto, con gran asombro del almirante Hamelin[^5] (*vide* su informe, 1-5 de mayo). Ese heroico marino es, sin embargo, lo bastante viejo para recordar los tiempos en que escuadras inglesas de fuerza muy inferior no solo bloqueaban a las escuadras francesas, sino que hasta las atacaban en los puertos; y ciertamente es esperar un poco demasiado que la escuadra rusa, inferior, salga de Sebastopol para que la destroce y la hunda un número de barcos doble que el suyo, ofreciéndose así en expiación del «horrendo crimen de Sinope».[^6]

Entretanto, dos navíos de línea (de hélice) y siete fragatas de vapor van camino de Circasia. Debían explorar las costas de Crimea y después destruir los fuertes de la costa circasiana. Pero en este último ataque solo iban a participar tres fragatas de vapor, y las cuatro restantes tenían instrucciones de volver a la flota en cuanto se hubiera reconocido debidamente Crimea. Ahora bien, los tres fuertes que los rusos ocupan todavía en la costa circasiana, a saber, Anapa, Sujum Kale y Redut Kale, son, por lo que sabemos, de considerable fuerza y están construidos sobre alturas que dominan por completo el mar abierto (salvo Redut Kale), y cabe dudar de que la fuerza enviada baste para cumplir sus propósitos, sobre todo porque no la acompañan tropas de desembarco. La escuadra, que manda el contraalmirante Lyons,[^7] debe al mismo tiempo comunicarse con los circasianos, en especial con su jefe Shamil.[^8] Lo que el contraalmirante Lyons haya de comunicarle, el informe no lo dice; pero una cosa es segura: no puede llevarle lo que más necesita, es decir, armas y municiones, porque los buques de guerra en servicio activo no tienen sitio de sobra para mercancías embarcadas por encargo. Dos míseros bergantines o goletas mercantes cargados con esos valiosos artículos serían mucho mejor recibidos que todo el apoyo moral, pero perfectamente inútil, de cinco buques de guerra. Al mismo tiempo nos enteramos de que la flota turca ha zarpado hacia el mismo destino, llevando esta vez consigo los artículos necesarios para armar a los circasianos. Así pues, dos flotas aliadas van con el mismo encargo, sin que la una sepa de la otra. ¡Esto sí que es unidad de plan y de acción! Quizá cada una tome a la otra por rusa, ¡y menudo espectáculo para los circasianos, esas dos escuadras disparándose la una a la otra!

Entretanto, las fuerzas de tierra aliadas confraternizan a su manera en Gallípoli y en Scutari,[^9] aniquilando cantidades enormes del vino fuerte y dulce del país. Los que por casualidad están sobrios se ocupan en construir obras de campaña situadas y construidas de tal modo que o nunca serán atacadas o nunca serán defendidas. Si hiciera falta una prueba de que ni el gobierno británico ni el francés tenían intención alguna de causar un daño serio al amigo Nicolás, la manera en que emplean el tiempo de las tropas se la da hasta al más ciego. Para tener un pretexto con que mantener sus tropas lejos del campo de operaciones, los comandantes aliados las ponen a cavar una línea continua de obras de campaña a través del cuello del Quersoneso tracio. Todo el mundo, y en particular todo ingeniero francés, sabe que las líneas continuas de defensa deben rechazarse, casi en toda circunstancia, en la fortificación de campaña; pero estaba reservado al ejército anglo-francés de Gallípoli emplear líneas continuas en un terreno dominado en sus dos terceras partes por alturas situadas del lado por el que se espera al enemigo. Sin embargo, como el sistema de la diligencia lenta no puede seguir adelante sin hacer al menos un progreso como de caracol, se nos informa de que 15.000 franceses van a ir a Varna, ¿a formar allí qué?[^10] A morir de fiebres y tercianas.

Ahora bien, si hay algún sentido en esta manera de hacer la guerra, los jefes tienen que saber que aquello en que flaquean los turcos es el arte de maniobrar en campo abierto, en el que las tropas anglo-francesas son maestras; y que, por otra parte, los turcos sirven para defender muros, murallas y hasta brechas contra los asaltantes en un grado al que ni los británicos ni los franceses pueden aspirar. *Por eso*, y *porque* Varna, con una guarnición turca, hizo lo que ninguna fortaleza había hecho antes, es decir, resistir veintinueve días *después de abiertas en las murallas tres brechas practicables*,[^11] *por eso* se saca de Varna a los turcos, a medio disciplinar, y se los manda a enfrentarse a los rusos en campo abierto, mientras que a los franceses, bien instruidos, brillantes en el ataque pero poco firmes en una defensa larga, se los manda a guardar las murallas de Varna.

Otras noticias nos informan de que todas estas noticias son puro cuento. Dicen que se preparan grandes cosas. Las tropas combinadas no están destinadas a actuar en el mar Báltico, sino que han de ejecutar, con ayuda de las flotas, hazañas tremendas a espaldas de los rusos. Han de desembarcar en Odesa, cortar la retirada al enemigo y unirse a su espalda con los austriacos en Transilvania. Han de enviar además destacamentos a Circasia. Han de proporcionar, por último, de 15.000 a 20.000 hombres para atacar Sebastopol por tierra, mientras las flotas fuerzan el puerto. Si echan ustedes una ojeada a toda la historia pasada de la guerra y a las negociaciones diplomáticas que la precedieron, sin duda despacharán muy pronto estos rumores. Vinieron de Constantinopla poco después de la llegada del mariscal Leroy, llamado comúnmente Saint-Arnaud.[^12] Quien conozca la historia pasada de este digno personaje (se la mandaré a ustedes uno de estos días) reconoce en estas bravatas al hombre que a fuerza de fanfarronadas ha subido al grado que ocupa, aunque fue expulsado tres veces del ejército como oficial.

En resumidas cuentas, la guerra es esto: Inglaterra, y en particular Francia, se ven arrastradas, «inevitablemente aunque a disgusto», a emplear la mayor parte de sus fuerzas en Oriente y en el Báltico, es decir, en las dos alas avanzadas de una posición militar que no tiene centro más cercano que Francia. Rusia sacrifica sus costas, sus flotas y parte de sus tropas para inducir a las potencias occidentales a comprometerse por completo en este movimiento antiestratégico. En cuanto esto se haya hecho, en cuanto el número necesario de tropas francesas haya salido hacia países lejanos del suyo, Austria y Prusia se declararán a favor de Rusia y marcharán con fuerzas superiores sobre París. Si este plan sale bien, Luis Napoleón no tendrá a su disposición fuerza alguna para resistir el choque. Pero hay una fuerza que puede «movilizarse» ante cualquier emergencia, y que también puede «movilizar» a Luis Bonaparte y a sus secuaces, como ha movilizado antes a más de un soberano. Esa fuerza es capaz de resistir todas estas invasiones; ya lo ha demostrado una vez ante la Europa coaligada; y esa fuerza, la revolución, tengan ustedes la seguridad de que no faltará el día en que se requiera su acción.

[^1]: En inglés, *British Tar*: el marinero británico, apodado popularmente *Jack Tar*.

[^2]: Sir Charles Napier (1786-1860), almirante, jefe de la flota británica del Báltico en 1854.

[^3]: El bombardeo de Odesa por la flota anglo-francesa, el 22 de abril de 1854.

[^4]: Théodore Ducos (1801-1855), ministro de Marina de Luis Bonaparte. La edición de 1897 escribe «Ducas».

[^5]: Ferdinand Hamelin (1796-1864), almirante, jefe de la escuadra francesa del mar Negro.

[^6]: El 30 de noviembre de 1853 la flota rusa destruyó en Sinope una escuadra turca.

[^7]: Sir Edmund Lyons (1790-1858), contraalmirante, segundo jefe de la flota británica del mar Negro.

[^8]: Shamil (1797-1871), imán de Daguestán y Chechenia, jefe de la resistencia de los montañeses del Cáucaso contra Rusia.

[^9]: Hoy Üsküdar, en la orilla asiática del Bósforo, frente a Constantinopla.

[^10]: Según la versión alemana de la MEW, el texto del *Tribune* respondía aquí también: «como guarnición de la fortaleza».

[^11]: Los rusos sitiaron Varna de julio a octubre de 1828.

[^12]: Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), ministro de la Guerra en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 y comandante en jefe del ejército francés en Oriente.
