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Title: Asuntos parlamentarios — Sobre la cuestión de la guerra o la paz (1855)
Description: Correspondencia de Marx para la Neue Oder-Zeitung sobre la maniobra de Palmerston tras el fin de la Conferencia de Viena para eludir todo debate sobre el objeto de la guerra, y sobre los discursos de Molesworth, Milner Gibson, Bulwer, Cobden, Graham y Russell, para quien la guerra debe encontrar ella misma su objeto.
Author: Karl Marx
Date: 1855-06-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Asuntos%20parlamentarios%20-%20Sobre%20la%20cuesti%C3%B3n%20de%20la%20guerra%20o%20la%20paz
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*Escrito por Karl Marx en Londres el 6 de junio de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núm. 263, del 9 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 270-273), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, que añadió el subtítulo. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Parlamentarisches%20-%20Zur%20Frage%20Krieg%20oder%20Frieden).*

*Londres*, 6 de junio. Palmerston ha vuelto a acreditar su vieja maestría en manejar la diplomacia por medio del Parlamento y el Parlamento por medio de la diplomacia. La política del ministerio debía discutirse sobre la base de las enmiendas de Baring, Heathcote y Lowe.[^1] Todas las enmiendas descansaban sobre la base de la Conferencia de Viena. Durante la semana de Pentecostés, Palmerston escamotea la Conferencia de Viena invocando ante Austria el pasado debate parlamentario, y ante el Parlamento, de nuevo reunido, escamotea el debate invocando la Conferencia *pasada*, que ya solo existiría en la leyenda.[^2] Con la Conferencia de Viena caen las enmiendas que descansaban sobre su supuesto; con las enmiendas cae la discusión sobre la política del ministerio; con esa discusión, la necesidad de que el ministerio se pronuncie sobre la *tendencia, el fin y el objeto de la «nueva» guerra*. Ese fin, asegura *David Urquhart*, alias *David Bey*,[^3] no es otro que familiarizar a las tropas aliadas con las enfermedades de verano de Crimea, después de que hayan probado sus enfermedades de invierno. Y si Urquhart no lo entiende todo, entiende a su Palmerston. Solo se equivoca sobre el poder de la intención secreta sobre la historia pública. Así pues, Palmerston declara al Parlamento de nuevo reunido que ya no hay ningún asunto que deliberar y que la Cámara no puede hacer nada mejor que dirigir a la Corona un mensaje de guerra, es decir, dar al ministerio un *voto de confianza*. De momento fracasa ante la obstinación de los parlamentarios, que han ensayado largos discursos sobre las enmiendas y quieren colocar su mercancía. Pero con la disolución de la Conferencia les ha quebrado la punta a esos discursos, y el *horror vacui*, el aburrimiento, empujará al Parlamento a aceptar su mensaje. Para salvarse de los discursos, echará mano del mensaje.

La enmienda de Lowe había cambiado de sentido al cambiar la situación. Originalmente significaba la ruptura de la Conferencia de Viena. Ahora significa la sanción de la Conferencia de Viena y de la diplomacia ministerial, en cuanto eleva la reducción del poder naval ruso en el Ponto Euxino, tal como la formuló Russell, a *fin último*, a verdadero *objeto* de la guerra. Piedra de escándalo para el partido de la paz, en cuanto es demasiado, y para el partido de la guerra, en cuanto es demasiado poco, lo es para el ministerio en cuanto exige en general un objeto, un objeto confesado de la guerra. De ahí el fenómeno de que los hombres de la paz y los tories estuvieran ahora *a favor* y el ministerio *en contra* de continuar el *debate* sobre la enmienda de Lowe; de ahí el intento de Palmerston de echarla por la borda. El intento fracasó. Aplazó entonces el debate hasta el jueves por la noche. Un día de tiempo ganado. Entretanto se ha impreso el protocolo de clausura de Viena. Se presentará a la Cámara. Surge un nuevo punto incidental, y Palmerston puede esperar apartar de la vista del debate, con sus *dissolving views*,[^4] el verdadero objeto de que se trata.

La discusión parlamentaria de dos días fue tan aburrida, lenta y confusa como cabía esperar de unos discursos cuya punta se había quebrado de antemano.

Ofreció, sin embargo, el espectáculo característico de que, si antes de la votación de la resolución de Disraeli los hombres de la paz coqueteaban con el ministerio, ahora coqueteaban con la oposición, nos referimos a la oposición de oficio. Mostró además la *entente cordiale* entre los peelitas[^5] y la escuela de Manchester.[^6] Los peelitas se hacen por lo visto la ilusión de gobernar Inglaterra *después* de la paz a la cabeza de la burguesía industrial. Así, tras largas peregrinaciones, los peelitas tendrían por fin un verdadero partido detrás, y los industriales habrían encontrado por fin estadistas profesionales. Si los hombres de la paz han ganado así a Gladstone, Graham y compañía, han perdido al «radical» *sir William Molesworth*,[^7] amigo suyo desde hacía más de veinte años. Molesworth debe de haber leído en el Hobbes que editó «que el entendimiento entra por los oídos». Por eso no apeló al entendimiento, sino a los oídos. Hizo lo que Hamlet prohíbe hacer al actor. Superó en tiranía al tirano,[^8] fue más Russell que el propio Russell. También había leído en su Hobbes que todos los hombres son iguales porque cada uno puede quitarle la vida al otro. Como ahora se trata para él de prolongar su vida ministerial, habló en el sentido de los hombres que pueden quitársela. Resultaba curioso ver ditirambear a esa máquina de calcular. Eso no lo había previsto ni siquiera *Babbage*[^9] en su «Filosofía de las máquinas». *Milner Gibson*,[^10] el baronet de los alrededores de Manchester, estuvo monótono, soporífero, reseco y desecante. Por lo visto ha aprendido de la vecina metrópoli de la industria inglesa a entregar lo más posible con el menor coste de producción posible. Es un hombre cuyo aspecto entero delata que se aburre. ¿Por qué iba a procurar divertir a su prójimo? ¡Donde las dan, las toman! Además, cuenta sin duda el ingenio, la gracia y la vida entre los *faux frais de production*,[^11] y la primera ley de la escuela económica a la que pertenece es evitar los «gastos falsos». *Bulwer*[^12] osciló entre el talante heroico de su *Hacedor de reyes* y el contemplativo de su *Eugene Aram*. En el primero arrojó a Rusia el guante, y en el segundo trenzó una corona de mirto en torno a la cabeza de Metternich.

Milner Gibson, Molesworth y Bulwer fueron los corifeos de la primera noche; *Cobden, Graham y Russell*,[^13] los de la segunda. Solo el discurso de Cobden merece un análisis que el espacio y el tiempo no permiten en este momento. Señalemos únicamente que afirmó que Bonaparte había estado dispuesto a aceptar las últimas propuestas austriacas. El *dirty boy*[^14] del difunto sir Robert Peel, que últimamente se ha dado a los *sentiments*, a los «corazones rotos» y al «amor a la verdad», pronunció una autoapología de su prójimo, a saber, de sir James Graham. Había prohibido a Napier[^15] actuar en el mar Báltico hasta que llegara la estación en que toda acción resulta ruinosa para la flota inglesa. Había prohibido a Dundas[^16] bombardear Odesa. Así había neutralizado la flota inglesa tanto en el Báltico como en el mar Negro. Se justifica con la magnitud de las flotas que armó. La mera existencia de esas flotas era la prueba del poderío inglés. Su acción era, por tanto, superflua. Napier dirigió hace unos días una lacónica carta a un amigo de Urquhart, que Urquhart leyó en el mitin de Stafford. Esa carta dice literalmente: «¡Señor! Considero a sir James Graham capaz de cualquier vileza. *Charles Napier*».

*Russell*, por último, se superó a sí mismo. Declaró al comienzo de su discurso que la gran cuestión planteada era la siguiente:

> «Si queremos hacer la paz, ¿qué condiciones de paz podemos obtener? Si queremos continuar la guerra, ¿con qué fines la continuamos?».

En cuanto a la primera pregunta, su respuesta se encontraba en los protocolos de Viena. En cuanto a la segunda, el objeto de la guerra, su respuesta tenía que ser *muy general*, es decir, ninguna. Si se quería tomar como respuesta la frase «seguridad para Turquía», él no tenía nada que objetar. Una interpretación de esa «seguridad» se había dado en la *nota de Viena*;[^17] otra, en los *cuatro puntos*; encontrar una tercera no era asunto de Russell, sino de la *guerra*. Era principio de Napoleón que la guerra debía pagar sus propios gastos; es principio de Russell que la guerra debe encontrar ella misma su *objeto*.

[^1]: Enmiendas de los diputados Baring, Heathcote y Robert Lowe sobre la política de guerra y las negociaciones de Viena; el texto explica a continuación la de Lowe.

[^2]: La Conferencia de Viena de las potencias beligerantes y Austria (marzo-junio de 1855) se cerró sin acuerdo el 4 de junio de 1855.

[^3]: Urquhart había servido en Turquía y gustaba de presentarse a la turca; «bey» es un título turco de dignidad.

[^4]: «Vistas disolventes»: espectáculo de linterna mágica en que una imagen se funde en otra.

[^5]: Los conservadores librecambistas que siguieron a Robert Peel tras la derogación de las leyes de cereales (1846): Gladstone, Graham, Sidney Herbert y otros.

[^6]: Los librecambistas de la burguesía industrial, encabezados por Richard Cobden y John Bright, partidarios de la paz con Rusia.

[^7]: Sir William Molesworth (1810-1855), radical, editor de las obras de Thomas Hobbes (1839-1845), miembro del gabinete como primer comisario de Obras Públicas y, desde julio de 1855, ministro de las Colonias.

[^8]: *Hamlet*, acto III, escena 2: el actor que grita en exceso «out-herods Herod», supera a Herodes en tiranía.

[^9]: Charles Babbage (1791-1871), matemático, constructor de máquinas de calcular y autor de *On the Economy of Machinery and Manufactures* (1832).

[^10]: Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputado por Manchester, de la escuela de Manchester.

[^11]: «Gastos improductivos» (en francés): los costes que no añaden valor al producto.

[^12]: Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), novelista y diputado tory; *The Last of the Barons* (1843) tiene por héroe al «hacedor de reyes» Warwick, y *Eugene Aram* (1832) es la historia de un erudito asesino.

[^13]: Richard Cobden (1804-1865), jefe de la escuela de Manchester; sir James Graham (1792-1861), peelita, primer lord del Almirantazgo en el gabinete de Aberdeen y en el primero de Palmerston, del que dimitió en febrero de 1855.

[^14]: «Chico para los trabajos sucios»: así se llamaba a Graham, ministro del Interior de Peel de 1841 a 1846.

[^15]: Sir Charles Napier (1786-1860), almirante, jefe de la flota británica del Báltico en 1854.

[^16]: Sir James Whitley Deans Dundas (1785-1862), almirante, jefe de la flota británica del mar Negro en 1854.

[^17]: Propuesta de compromiso de las potencias reunidas en Viena en julio de 1853, que Rusia aceptó y Turquía rechazó.
