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Title: Cartas de Napier — El comité de Roebuck (1855)
Description: Correspondencia de Marx para la Neue Oder-Zeitung con la primera carta del almirante Napier contra sir James Graham, noticias del comité Roebuck y de un mitin con entradas de la Asociación para la Reforma Administrativa, y una crítica del brindis del príncipe Alberto, que pide confianza ciega en el gabinete y al que Palmerston responde cortejando al pueblo.
Author: Karl Marx
Date: 1855-06-15
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Cartas%20de%20Napier%20-%20El%20comit%C3%A9%20de%20Roebuck
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*Escrito por Karl Marx en Londres el 15 de junio de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núm. 277, del 18 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 297-300), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Briefe%20von%20Napier%20-%20Roebucks%20Komitee).*

*Londres*, 15 de junio. Sir *Charles Napier* abre una serie de cartas sobre la flota del Báltico con la siguiente, la n.º 1:

> «Se pregunta por qué nuestra escuadra del Báltico no hizo nada digno de mención el año pasado y probablemente tampoco lo hará este año. La pregunta tiene fácil respuesta, a saber: *porque* sir James Graham no se ocupó de los planes que le envié en junio pasado y de los que fingió no saber nada; y además porque el Almirantazgo negó su atención a los planes que le envié el pasado septiembre. Si al almirante Dundas[^1] se le hubiera equipado con los medios que yo indiqué, Sveaborg[^2] podría estar ya bombardeada y probablemente destruida. En lugar de hacer eso, derrocharon cerca de un millón en baterías flotantes de hierro, que flotan a duras penas y que, si se envían al Báltico, probablemente nunca volverán; y eso después de que en Portsmouth quedara probado que los cañones de 68 libras las destruirían a 400 yardas de distancia, mientras que todo el mundo sabe que ellas no pueden dañar murallas de granito a 800 yardas. Si ese mismo dinero se hubiera invertido en bombardas, cabría esperar algo; o si solo se hubiera gastado la mitad en ejecutar los planes de lord Dundonald,[^3] que él me comunicó, no dudo de que habrían conducido al éxito tanto en el Báltico como en el mar Negro. Llegará mi hora, y pronto, en que podré poner al descubierto toda la conducta de sir James Graham conmigo. El señor Duncombe[^4] le probó» (en el asunto Bandiera) «que había abierto cartas privadas. Intentó echar sobre el señor Layard la culpa de la muerte del pobre capitán Christie,[^5] y yo lo he acusado de haber tergiversado mis cartas. Se me impide aportar la prueba con el pretexto de que su publicación daría información al enemigo. Ese pretexto desaparecerá pronto, y el país sabrá de qué medios se valió el honorable baronet para inducir al almirante Berkeley y al almirante Richards[^6] a firmar unas instrucciones que, de haberse ejecutado, habrían causado la pérdida de la flota real. El país sabrá si el primer lord del Almirantazgo tiene el poder de convertir las cartas privadas de un oficial en públicas e impedirle luego hacer lo mismo con las cartas del primer lord. Sir *Ch. Napier*».

*El comité de Roebuck* volvió a reunirse ayer, por 49.ª vez, para llegar a un acuerdo sobre el informe que ha de rendir a la Cámara de los Comunes. Tras cuatro horas de debate, sus miembros fueron tan incapaces de conciliar sus opiniones como en las sesiones anteriores. Volvieron a aplazarse hasta el lunes, con la «esperanza» de poder anunciar por fin la conclusión de su procedimiento.

La «Asociación para la Reforma Administrativa» celebró ayer un gran mitin en el teatro de Drury Lane; pero, ojo, no un mitin *público*, sino un *ticket meeting*, un mitin al que solo tenían acceso los agraciados con tarjetas de entrada. Los señores estaban, pues, completamente a sus anchas, *«au sein de leur famille»*.[^7] Se habían reunido, según confesión propia, para dar aire a la «opinión pública». Pero, para proteger la opinión pública de las corrientes de aire de fuera, se había apostado media compañía de agentes de policía a las puertas de Drury Lane. ¡Qué opinión pública de organización tan delicada, que solo se atreve a ser pública bajo la protección de agentes de policía y de tarjetas de entrada! El mitin fue, ante todo, una manifestación a favor de Layard, que esta noche presenta por fin su moción de reforma en la Cámara.

En un mitin público celebrado anteayer en Newcastle upon Tyne, David Urquhart denunció «el ministerio traidor y el Parlamento imbécil».

De los mítines que preparan ahora los cartistas en las provincias, otro día.

Mientras desde lados distintos y desde distintos puntos de vista se ejerce así la crítica de lo existente, el *príncipe Alberto*[^8] ha traído por los pelos la ocasión de una comida en *Trinity House*[^9] para expresar la posición de la *corte* ante la fermentación general. También él tiene una panacea para la crisis. Se llama: *«¡Confianza patriótica y abnegada en el gabinete!»*. Solo el despotismo del gabinete, opina el príncipe Alberto, puede capacitar a la Inglaterra constitucional para plantar cara a Rusia y hacer la guerra al despotismo del Norte. Los contrastes que trazó entre Inglaterra y Rusia no fueron ni contundentes ni afortunados. Por ejemplo: ¡la reina no tiene poder para reclutar tropas, ni dispone de más tropas que las que le ofrecen su servicio voluntario! El príncipe Alberto olvida que la reina dispone de unos 30 millones de libras esterlinas para *comprar* tropas. ¿Desde cuándo es más productivo el *trabajo forzado* que el *trabajo asalariado*? ¡Qué se diría de un fabricante de Manchester que se quejara de la competencia de los fabricantes de Moscú porque él solo dispone de obreros que le ofrecen voluntariamente sus servicios! En lugar de destacar que el emperador de Rusia hace proclamar desde los púlpitos a su pueblo, clara y precisamente, el fin de su guerra «santa», mientras que Inglaterra lleva dos años haciendo una guerra de la que el primer ministro confiesa en el Parlamento que «nadie puede decir su *objeto*», el príncipe Alberto se queja de que

> «el Gobierno de la reina no puede tomar *ninguna medida* para la continuación de la guerra sin haberse explicado antes sobre ella en el Parlamento».

¡Como si el comité de Roebuck no se hubiera nombrado *después* de sacrificadas dos terceras partes del ejército inglés! ¡Como si las conferencias de Viena no se hubieran debatido *después* de clausuradas! De hecho, no hubo en el Parlamento una sola explicación sobre una sola medida de guerra, salvo el anuncio vocinglero y no provocado de la expedición de Sebastopol por Russell, que evidentemente no pretendía más que dar al gabinete de San Petersburgo un oportuno aviso. Y, si se debatió el bloqueo, no fue porque el ministerio tomara esa medida, sino porque la proclamó sin tomarla. El príncipe Alberto, en lugar de quejarse de que las intrigas parlamentarias hubieran obligado a la Corona a dejarse imponer, en una guerra contra Rusia, la dictadura de un gabinete reconocidamente rusófilo y notoriamente pacífico, se quejó, al contrario, de que una votación desfavorable en el Parlamento «obliga» a la reina «a despedir a sus servidores de confianza». En lugar de quejarse con razón de que errores, debilidades y vilezas que en Rusia harían a generales, ministros y diplomáticos dignos de Siberia, en Inglaterra traen consigo a lo sumo algunos chismes indiferentes en la prensa y en el Parlamento, el príncipe Alberto se queja, al contrario, de que

> «no puede producirse ningún desacierto, por insignificante que sea, ni existir ninguna carencia, ninguna debilidad, que no se denuncie en el acto, y a veces incluso se exagere, con una especie de satisfacción morbosa».

Estas expectoraciones de morbosa irritación las colocó el príncipe Alberto en un brindis por su viejo enemigo lord Palmerston. Pero Palmerston no entiende de magnanimidad. Aprovechó en el acto la posición falsa que había adoptado el príncipe para golpearse el pecho frente a él y asegurar en voz alta: «Me veo obligado a declarar que el pueblo inglés nos ha prestado el apoyo más generoso». Fue más allá. Declaró sin rodeos que posee «la confianza» del pueblo inglés. Rechazó las importunas amonestaciones del príncipe al pueblo. Cortejó al pueblo después de que el príncipe lo hubiera cortejado a él. Ni siquiera consideró que valiera la pena responder con un cumplido a la Corona. El príncipe Alberto había querido erigirse en protector del ministerio y por eso había proclamado la *«independencia»* del gabinete respecto del Parlamento y del pueblo; Palmerston responde constatando la *«dependencia»* de la Corona respecto del gabinete.

[^1]: Richard Saunders Dundas (1802-1861), almirante, jefe de la flota británica del Báltico en 1855.

[^2]: La fortaleza que protegía Helsingfors (Helsinki), en el golfo de Finlandia.

[^3]: Thomas Cochrane, conde de Dundonald (1775-1860), almirante, que proponía desde hacía años un ataque a las fortalezas con barcos incendiarios y humo de azufre.

[^4]: Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical, que en 1844 denunció que Graham, entonces ministro del Interior, había hecho abrir las cartas de Mazzini; por esa vía, se dijo, llegó a Austria la noticia de la expedición de los hermanos Bandiera, que fueron fusilados en Calabria.

[^5]: Peter Christie, capitán de la marina y agente principal de transportes en Balaklava, a quien Layard había acusado en el Parlamento por el desorden del abastecimiento; murió en 1855.

[^6]: Maurice Berkeley y Peter Richards, almirantes y lores del Almirantazgo.

[^7]: «En el seno de su familia» (en francés).

[^8]: Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), esposo de la reina Victoria.

[^9]: La corporación encargada de los faros y del pilotaje en Inglaterra; su banquete anual reunía a ministros y miembros de la familia real.
