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Title: El castigo corporal de los soldados (1855)
Description: Crónica de Marx y Engels para la Neue Oder-Zeitung sobre la pena de azotes en el ejército británico: el gato de nueve colas, que empuja a los soldados a desertar ante Sebastopol y guarda, como un cancerbero, el carácter aristocrático del ejército.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1855-08-28
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20El%20castigo%20corporal%20de%20los%20soldados
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*Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en Londres el 28 de agosto de 1855) y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núm. 405, del 31 de agosto de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 509-511), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Z%C3%BCchtigung%20der%20Soldaten).*

*Londres*, 28 de agosto. Una institución del ejército británico basta para caracterizar a la clase de la que se recluta el soldado británico. Nos referimos a la *pena de azotes*. El castigo corporal ya no existe en el ejército francés, en el prusiano ni en varios ejércitos menores. Incluso en Austria, donde la mayor parte de los reclutas son semibárbaros, se tiende a todas luces a suprimirlo; así, hace poco se borró del código militar austriaco el castigo de las baquetas. En Inglaterra, en cambio, el *cat-o'-nine-tails* (el gato de nueve colas) se mantiene en plena vigencia, un instrumento de tortura que en nada desmerece del knut ruso. Cada vez que en el Parlamento se proponía una reforma de la legislación militar, todos los viejos penachos se acaloraban en defensa del *cat*, y ninguno con más pasión que el viejo Wellington. Para ellos, un soldado sin azotar era un ser incomprensible. La valentía, la disciplina y la invencibilidad eran a sus ojos atributos exclusivos de hombres que llevan en las posaderas las cicatrices de por lo menos 50 latigazos, como los antiguos vasallos llevaban el escudo de armas.

La única reforma fue limitar a 50 el número de latigazos. La eficacia de esta reforma puede juzgarse por el hecho de que hace cosa de una semana, en Aldershot, un soldado raso exhaló el último aliento poco después de recibir 30 latigazos. En esa ocasión se empleó el método predilecto de empapar en orina el *cat-o'-nine-tails*. La aplicación de orina sobre la carne viva y sangrante es una receta infalible para torturar al paciente hasta la locura. El gato de nueve colas no es solo un instrumento de suplicio: deja cicatrices imborrables, marca a un hombre para toda la vida. Incluso en el ejército inglés semejante marca es una vergüenza que pesa para siempre. El soldado azotado cae por debajo del nivel de sus camaradas. Pero según el código militar británico, la pena ante el enemigo consiste casi exclusivamente en los azotes, y así el castigo que sus defensores ensalzan como el único medio de mantener la disciplina en el momento decisivo es el medio más seguro de destruir la disciplina, porque quebranta la moral y el *point d'honneur* del soldado. Esto explica dos hechos singulares. Primero: *el gran número de desertores ingleses ante Sebastopol*. En invierno, cuando los soldados británicos tenían que hacer esfuerzos sobrehumanos para vigilar las trincheras, a los que no lograban mantenerse despiertos de 48 a 60 horas se los azotaba. ¡Imagínese! ¡Azotar a héroes como los soldados británicos, que habían dado prueba de sí en las trincheras ante Sebastopol y en la víspera de Inkerman! Pero los artículos de guerra no dejaban elección. Los mejores hombres del ejército, cuando los vencía el cansancio, eran azotados y, deshonrados como estaban, desertaban a los rusos. No cabe una condena del sistema mejor fundada que estos hechos. En ninguna guerra anterior desertaron a los rusos tropas de ninguna nación en número apreciable. Sabían que serían peor tratadas que en sus filas nacionales. Le estaba reservado al ejército inglés aportar el primer contingente fuerte de tales desertores, y, según el testimonio de los propios ingleses, fue el *cat-o'-nine-tails* el que reclutó a estos desertores para Rusia.

El otro hecho es la dificultad con que tropieza Inglaterra en cada intento de formar legiones extranjeras. Ya durante la guerra antijacobina,[^1] aunque los artículos de guerra británicos regían nominalmente para los cuerpos extranjeros, hubo que abandonar de hecho la pena de azotes. A comienzos de este siglo, algunos generales ingleses heterodoxos, entre ellos sir Robert Wilson,[^2] publicaron folletos críticos contra el castigo corporal de los soldados. Sir Francis Burdett,[^3] durante más de diez años, tronó en el Parlamento contra el *cat-o'-nine-tails* y llamó a la nación inglesa *a flogged nation* (una nación azotada). Encontró en la Cámara de los Comunes enérgicos padrinos en lord Folkestone y en el célebre lord Cochrane[^4] (hoy almirante conde de Dundonald). En la prensa, Cobbett libró una terrible polémica contra el *cat*, que pagó con dos años de cárcel.[^5] En un momento dado, durante los últimos años de la guerra contra Napoleón, la exasperación en la nación y en el ejército alcanzó tal grado que el duque de York, tan célebre por su beato apego a la rutina cuartelera como por sus huidas ante los franceses y por sus amoríos con madame Clarke,[^6] se vio obligado a dictar una orden del día en la que se advertía a todos los oficiales de que la frecuencia de los azotes en sus respectivas unidades sería un obstáculo para su ascenso.

¿Cómo explicar entonces que el *cat-o'-nine-tails* haya superado victorioso todas estas tormentas de medio siglo? Muy sencillo. Es el instrumento con el que se mantiene el carácter aristocrático del ejército inglés, con el que todos los puestos superiores, desde el de alférez, quedan asegurados como patrimonio de los hijos menores de la aristocracia y de la *gentry*. Con la desaparición del *cat-o'-nine-tails* desaparece la enorme distancia entre soldados y oficiales que divide al ejército en dos razas formalmente distintas. Al mismo tiempo, sus filas se abren a capas del pueblo superiores a aquellas de las que se ha reclutado hasta ahora. Sería el fin de la vieja constitución del ejército inglés. Quedaría revolucionado de arriba abajo. El gato de nueve colas es el cancerbero que guarda el tesoro de la aristocracia.

[^1]: Las guerras de Inglaterra contra la Francia revolucionaria y napoleónica, de 1793 a 1815.

[^2]: Robert Thomas Wilson (1777-1849), general británico, autor de escritos contra los castigos corporales en el ejército.

[^3]: Francis Burdett (1770-1844), diputado radical.

[^4]: William Pleydell-Bouverie, vizconde de Folkestone (1779-1869), y Thomas Cochrane (1775-1860), marino y diputado radical, conde de Dundonald desde 1831.

[^5]: William Cobbett (1763-1835), publicista radical, fue condenado en 1810 a dos años de prisión por un artículo contra los azotes infligidos a unos milicianos.

[^6]: Federico, duque de York (1763-1827), hijo de Jorge III, comandante en jefe del ejército británico; en 1809 tuvo que dimitir por el escándalo del tráfico de ascensos de su amante, Mary Anne Clarke.
