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Title: La Tribune y la guerra (1855)
Description: Editorial del New-York Daily Tribune que señala cómo The Times (los obuses rusos de 24 y 32 libras en Inkerman) y la nueva edición de la Artillería naval de sir Howard Douglas confirman los juicios de sus artículos militares sobre la guerra de Crimea.
Author: Friedrich Engels
Date: 1855-02-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20La%20Tribune%20y%20la%20guerra
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*Editorial publicado sin firma en el* New-York Daily Tribune*, n.º 4304, 3 de febrero de 1855, p. 4; la MEGA² (I/14) lo da en su apéndice como de atribución dudosa: un artículo de Friedrich Engels reelaborado por la redacción de la* Tribune*. Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20The%20Tribune%20and%20the%20War).*

Que sepamos, *The Tribune* es el único periódico de Europa o de América que ha intentado regularmente juzgar los acontecimientos de la guerra según los principios de la ciencia militar y poner a sus lectores en condiciones de entender y apreciar esos acontecimientos desde un punto de vista tanto militar como político. Al asumir esta tarea sabíamos que, aunque pudiéramos ganarnos la aprobación, si no siempre el acuerdo, de todas las personas competentes, no dejarían de salirnos al paso con sus desdenes los ignorantes y los quisquillosos, a quienes por fuerza ha de parecerles una gran presunción que unos periodistas norteamericanos, a tal distancia del teatro de operaciones, critiquen los movimientos de generales consumados y de ejércitos veteranos. En esta previsión no nos hemos equivocado; y aunque los burlones han ido callando a medida que los acontecimientos corroboraban nuestras conclusiones y que el público inteligente reconocía el valor y la utilidad de nuestro humilde trabajo, no estará quizá de más que aduzcamos algunos casos en que nuestras afirmaciones y nuestras críticas encuentran una confirmación notable en fuentes indiscutibles.

Se recordará que los oficiales británicos y los corresponsales de los periódicos británicos, no contentos con la gloria real e indiscutida que sus soldados habían ganado en Inkerman, intentaron exagerar el combate afirmando que los rusos tenían aquel día en batería no solo piezas de 24 libras, sino incluso cañones de campaña de 32, contra cuyos enormes calibres nada podían los cañones británicos de nueve y de doce libras. Se habló mucho del descuido y la incapacidad del gobierno británico por no tener una artillería de campaña igual a la de sus adversarios, y se alzó un clamor pidiendo cañones de campaña de 24 y de 32 libras, tanto más vehemente cuanto que la gente empezaba entonces a descubrir los enormes desatinos que habían presidido todos los preparativos de la campaña. En aquel momento, *The Tribune* fue el único de todos los órganos públicos que dijo claramente que era absurdo hablar de cañones de campaña de un calibre tan pesado; que todo el error provenía de la ignorancia general de los oficiales británicos, unida a su afición a la jactancia; que las piezas rusas de 24 y de 32 libras no eran ni más ni menos que obuses de campaña, con el ánima de las piezas de 24 y de 32 libras respectivamente, y que esos obuses, que lanzan un proyectil hueco de poco peso y requieren solo una pequeña carga, podían hacerse de metal muy ligero y correspondían en peso y alcance a los cañones de campaña de 6 y de 12 libras; que, de hecho, toda batería británica de campaña, fuera de piezas de 6, de 9 o de 12 libras, tenía agregado uno de esos obuses, de modo que lo mismo que se exigía al gobierno británico se había hecho ya hacía mucho tiempo. Mientras nosotros publicábamos esta información en Nueva York, la discusión sobre esos cañones de campaña de nuevo cuño seguía animada en Londres. Los mismos escritores de *The London Times* y de otras partes, que ignoraban por completo que no hacían sino clamar por la restauración de un sistema de artillería abandonado desde comienzos del siglo XVIII (antes de 1700 se llevaban a campaña calibres tan pesados, pero se abandonaron con el progreso del arte de la guerra), esa misma gente pretendía saber de fuentes particulares que los rusos *realmente* no llevaban a campaña piezas más ligeras que las de 16, 24 y 32 libras, y hasta daba el número de caballos (hasta veinticuatro) que iban enganchados, de cuatro en fondo, a cada una de esas piezas. Ahora bien, aunque el material de la artillería rusa de campaña está fijado por reglamentos publicados y aunque los horribles caminos de Rusia son bien conocidos, uno podía empezar a dudar ante afirmaciones tan detalladas. Pero resulta que *The London Times* del 15 de enero trae una carta que zanja la cuestión. Un capitán de artillería británico, presente ante Sebastopol, que midió por orden superior los proyectiles rusos, ha visto algunas de esas afirmaciones asombrosas y no permite que pasen sin corrección. Las piezas en cuestión no eran en realidad sino la clase de obuses a la que nos referimos. *The Tribune* había adivinado el secreto de la mistificación bajo la que vivió toda Gran Bretaña durante casi dos meses.

Más de una vez hemos tenido ocasión de citar la obra de sir Howard Douglas sobre la artillería naval, la obra clásica reconocida en la materia. Sir Howard, aunque escribe sobre un tema naval, es oficial de la Artillería Real e igualmente competente para opinar sobre la guerra en tierra. Su célebre libro acaba de publicarse en una nueva edición, aumentada con un apéndice en el que se expone hasta qué punto la experiencia de la presente guerra ha confirmado o verificado las ideas sostenidas hasta ahora sobre la guerra naval, y que incluye también una crítica general de las operaciones militares en Oriente. Podemos decir con justicia que, a excepción de algunos hechos desconocidos hasta ahora y accesibles al autor solo por su posición oficial, no hay en su tratado una sola palabra que no se adelantaran hace meses los artículos militares de *The Tribune*. La ineficacia de las flotas contra los fuertes casamatados, si están bien construidos y bien defendidos, se afirma especial y destacadamente en el caso de Bomarsund y en el de Sebastopol. La inutilidad de las granadas contra la mampostería, que nosotros expusimos hace mucho, mientras que ninguna de las ediciones anteriores de sir Howard decía una palabra sobre el asunto, se afirma ahora sobre la base de los informes oficiales de Bomarsund. Nuestra opinión de que en las torres y los fuertes casamatados como los de Bomarsund solo podía abrirse brecha con pesadas baterías de sitio, de piezas de 32 libras como mínimo, cañones largos lo bastante pesados para soportar cargas fuertes con bala sólida y disparando siempre sobre el mismo punto, como en el viejo método de abrir brecha, mientras que la inseguridad de la puntería desde a bordo nunca podría abrir brecha antes de que los barcos fueran destruidos, esta opinión la confirma por completo Douglas en una serie de detalles del mayor interés militar, que nos abstenemos de repetir porque la toma de Bomarsund es ya un asunto muy viejo. En cuanto a la campaña de Crimea, Douglas no hace más que reiterar nuestras críticas, suavizadas, por supuesto, por la influencia de su posición de inglés y de oficial británico a las órdenes del comandante en jefe. Aun así llega al mismo resultado: la expedición se emprendió con fuerzas demasiado débiles, de ahí la victoria incompleta del Almá y la marcha de flanco hacia Balaklava, un error en sí misma, pero motivada por la aparente necesidad de situar al ejército en una sólida posición defensiva contra cualquier ataque por la retaguardia, con lo cual, sin embargo, el lado norte de la fortaleza quedó sin cercar y los sitiadores se vieron a su vez en la situación de sitiados. De hecho, tomando todos los puntos principales de la crítica de Douglas, incluso los basados en hechos sepultados en la correspondencia oficial inédita, se ve que, con datos incompletos y contradictorios con que trabajar y cuando los acontecimientos no habían desarrollado aún todas sus consecuencias, *The Tribune* consiguió llegar a los mismos resultados que él obtiene ahora *después* de los hechos y a partir de fuentes de información superiores e inéditas. Esta corroboración de nuestro juicio en cuestiones de tan gran importancia militar puede comprobarse examinando el apéndice de la nueva edición de la obra de sir Howard. El apoyo de una autoridad tan eminente nos produce una satisfacción, y se nos perdonará sin duda que lo mencionemos así.
