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Title: La agitación fuera del Parlamento (1855)
Description: Correspondencia de Marx para la Neue Oder-Zeitung: la burguesía reformista quiere un compromiso con la aristocracia y teme la entrada de las masas en la lucha, como muestra la maniobra de la Asociación para la Reforma Administrativa para neutralizar a los cartistas y a Ernest Jones en el mitin de la London Tavern.
Author: Karl Marx
Date: 1855-05-16
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20La%20agitaci%C3%B3n%20fuera%20del%20Parlamento
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*Escrito por Karl Marx en Londres el 16 de mayo de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núm. 229, del 19 de mayo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 224-227), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Die%20Aufregung%20au%C3%9Ferhalb%20des%20Parlaments).*

Londres, 16 de mayo. El rencor de la oposición burguesa por la votación de la Cámara de los Lores con motivo de la moción de Ellenborough es un síntoma de debilidad. Al contrario, debería haber celebrado el rechazo de la moción como una victoria. Obligar a la Cámara de los Lores, al alto consejo de la aristocracia, a declararse satisfecha, en un debate público y solemne, con la manera en que se ha llevado la guerra hasta ahora, a reconocer en voz alta a Palmerston como su paladín y representante y a rechazar definitivamente los meros deseos piadosos de reforma administrativa, de toda clase de reforma: ¿qué resultado más favorable podían esperar de la moción de Ellenborough los *enemigos de la aristocracia*? Ante todo tenían que tratar de desacreditar la Cámara de los Lores, el último baluarte de la aristocracia inglesa. ¿Y se quejan de que la Cámara de los Lores desdeñe una popularidad pasajera a costa, no de sus privilegios, sino del gabinete existente? Que se queje el *Morning Herald*, el órgano tory, el órgano de todos los prejuicios de «nuestra insuperable Constitución», está en el orden de las cosas. Para el *Morning Herald* era una perspectiva consoladora, después de que los oligarcas whigs hubieran hecho durante siglo y medio de amigos de la burguesía y del «progreso liberal», ver que se cambiaban los papeles y que durante otro siglo y medio se encomendaba a los *tories* el papel de representantes «aristocráticos» de la burguesía y del «progreso liberal». El *Morning Herald* tiene derecho a quejarse, pleno y buen derecho. Pero ¿la oposición burguesa? ¿Se imaginaba acaso que una manifestación moderada de los comerciantes de la City bastaba para obligar a la aristocracia al suicidio, a la abdicación? Pero la verdad es que la burguesía desea un compromiso, que espera condescendencia del otro lado para poder ser condescendiente ella misma, que, si es posible, quisiera evitar una lucha de verdad. En cuanto la lucha se hace real, «el millón», como llaman a las clases «bajas», se mete también en la arena, no solo como espectador, no solo como árbitro, sino como parte. Y eso es lo que la burguesía quisiera eludir a toda costa. Fue una razón parecida la que mantuvo a los whigs fuera del gabinete de 1808 a 1830. Querían echar a sus adversarios a cualquier precio, salvo al precio de concesiones reales a la burguesía, sin cuya ayuda no se podía echar a los tories; salvo al precio de una reforma parlamentaria. Hemos visto de qué manera ambigua, encogiéndose de hombros, con reservas, irónica e insustancial, se erigieron Ellenborough y Derby en partidarios de la reforma administrativa burguesa, mientras rechazaban con pies y manos a sus supuestos aliados. Veamos ahora, por otro lado, con qué angustiosa perfidia los comerciantes reformistas de la City trataron primero de prevenir toda oposición por parte de los cartistas y de asegurarse provisionalmente su silencio, para luego escamotearlos de las posiciones que ellos mismos les habían cedido voluntariamente. En el caso de los tories, no menos que en el de los comerciantes de la City, el miedo y la aversión al supuesto aliado pesan más que la enemistad con el supuesto adversario. El curso de los hechos fue, en pocas palabras, el siguiente.

La Asociación para la Reforma Administrativa temía la oposición de los cartistas, que, como recordará el lector, en dos grandes mítines, en St. Martin's Hall y en Southwark, habían derrotado a la «Asociación Nacional y Constitucional» y la habían obligado a retirarse del terreno que ella misma había escogido. El 26 de abril enviaron al señor James Acland (antiguo conferenciante de la Liga contra las Leyes de Cereales) a casa de Ernest Jones,[^1] donde se presentó como «enviado» de la Asociación para la Reforma Administrativa, que contaba con el apoyo de los cartistas, puesto que su deseo era acabar con la «legislación de clase» e implantar un gobierno popular. Invitó a Ernest Jones a una reunión al día siguiente con el comité de dicha asociación. Jones declaró que no era competente para responder en nombre del partido cartista. Tenía que declinar la reunión hasta haber consultado al comité ejecutivo cartista de Londres, que se reunía el domingo siguiente.

El domingo 29 de abril, por la noche, Jones comunicó todo el asunto al comité cartista. Se le autorizó a continuar la negociación. A la mañana siguiente Jones tuvo una reunión con el señor Ingraham Travers, el dirigente del movimiento de la City, que acreditó personalmente al señor James Acland como agente autorizado y representante de su partido. El señor I. Travers aseguró a Jones que se proponían fundar un gobierno popular. Las resoluciones, tal como se habían impreso en el *Times*, eran solo *provisionales*; sobre los medios para alcanzar el fin decidiría el comité ejecutivo que había de elegirse en el mitin de la London Tavern. Los cartistas, como prueba de su simpatía por la causa de la reforma administrativa, debían nombrar un orador que los representara en el mitin. El presidente le daría la palabra para apoyar una de las resoluciones. Los cartistas debían nombrar además un representante que en el mitin de la Tavern, a propuesta del comité provisional de los comerciantes de la City, sería nombrado miembro permanente del comité ejecutivo de la Asociación para la Reforma. Se convino por último que, como solo se admitía a los asistentes con entrada, los cartistas recibirían la parte que les correspondía de esas entradas. Jones se negó a dejar el asunto en un simple acuerdo verbal y declaró al señor Ingraham [Travers] que debía proponer todos los puntos mencionados en una carta dirigida al comité ejecutivo cartista.

Así se hizo. Llegó la carta, rebosante de protestas de buena fe. Pero cuando llegó el momento de enviar las entradas, solo llegaron doce. A la queja del comité cartista por la palabra incumplida se respondió con la excusa de que no habían sobrado entradas. Ahora bien, si el comité cartista quería apostar a dos de sus miembros a las puertas de la Tavern, recibirían poderes para dejar entrar a quien quisieran, aun sin entrada. Los cartistas eligieron con este fin a los señores Slocombe y Workman, que recibieron sus poderes del señor Travers. Para alejar toda sospecha, la Asociación para la Reforma Administrativa envió todavía el mismo día del mitin, unas horas antes de su apertura, un mensajero especial con una carta a Jones para recordarle que el presidente le invitaría a apoyar la cuarta resolución y que sería propuesto al mitin como miembro del comité ejecutivo en su calidad de representante de los cartistas.

Aproximadamente una hora antes de la apertura del mitin se habían reunido ante la Tavern grandes masas de cartistas. En cuanto se abrieron las puertas, se prohibió a los señores Slocombe y Workman dejar entrar a nadie sin entrada. Se repartieron a regañadientes ocho entradas para *ganar tiempo* en un momento en que la presión de fuera parecía ponerse seria. El tiempo ganado se aprovechó para meter dentro a un destacamento de policía que esperaba en una calle lateral. Desde ese momento no se dejó entrar a nadie más que a «los comerciantes y banqueros conocidos». Más aún, se rechazó a la gente en *ropa de obrero*, con las conocidas chaquetas de pana, aunque llevaran entrada. Para engañar a la masa de obreros que esperaba en la calle, se cerraron de repente las puertas y se pegaron carteles que decían: «La sala está llena. No puede entrar nadie más». Pero en ese momento la sala no estaba ni medio llena, y a los *gentlemen* que llegaban en sus coches se les dejaba entrar por las ventanas y por una puerta trasera a través de la cocina. La masa de obreros se dispersó tranquilamente, porque no sospechaba nada de la traición. Aunque Ernest Jones mostró durante el mitin su «entrada de tribuna», no se le dejó subir a la tribuna y, naturalmente, todavía menos hablar. La Asociación había conseguido dos fines: impedir la oposición de los cartistas y poder señalar a la masa de la calle como *sus partidarios*. Pero esa masa solo había de figurar en la calle, como comparsa.

Ernest Jones, en un llamamiento a los obreros de Inglaterra, cuenta el desarrollo de esta comedia de intrigas y arroja el guante a la Asociación para la Reforma Administrativa en nombre de los cartistas.

[^1]: Ernest Jones (1819-1869), poeta y dirigente cartista, amigo de Marx y Engels.
