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Title: La caída del ministerio Aberdeen (1855)
Description: Artículo de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la derrota sin precedentes del gabinete de «todos los talentos» ante la moción de Roebuck, el debate sobre el desastre de Crimea y el ascenso de Palmerston, fabricado por su propia propaganda.
Author: Karl Marx
Date: 1855-02-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20La%20ca%C3%ADda%20del%20ministerio%20Aberdeen
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 2 de febrero de 1855 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4316, del 17 de febrero de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 33-39), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Der%20Sturz%20des%20Ministeriums%20Aberdeen).*

Londres, viernes 2 de febrero de 1855

En toda la historia del régimen representativo no ha tenido nunca un ministerio que retirarse de modo tan ignominioso como el celebrado gabinete de «todos los talentos» en Inglaterra. Quedar en minoría le puede pasar a cualquiera; pero ser derrotado por 305 votos contra 148, es decir, por más de dos a uno, y en una asamblea como la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña, esa distinción estaba reservada a la pléyade de cabezas geniales que encabezaba *ce cher* («este querido») *Aberdeen*.

Sin duda, el gabinete sabía que sus días estaban contados en cuanto se reuniera el Parlamento. Los escandalosos sucesos de Crimea, el hundimiento completo del ejército, la impotencia de todos los que tenían parte en la conducción de la guerra, la indignación del país, alimentada por las salidas del *Times*, la manifiesta resolución de John Bull de saber por fin a quién había que culpar, o por lo menos de desahogar su cólera con uno u otro: todo eso tenía que demostrar al gabinete que había llegado la hora de poner su casa en orden.

En seguida se anunciaron en gran número interpelaciones y mociones amenazadoras; sobre todo amenazaba la moción del señor Roebuck[^1] para nombrar una comisión que investigara la conducción de la guerra y la actuación de todas las personas responsables de algún modo de su dirección. Eso precipitó las cosas en el acto. El olfato político de lord John Russell[^2] le hizo comprender en seguida que la moción se aprobaría a pesar de las minorías, y un estadista como él, que puede presentar más minorías que años de vida, no podía permitirse ser derrotado otra vez en una votación. En consecuencia, lord John Russell, con la pusilanimidad y la vileza leguleya que le son propias —cualidades que se ven a lo largo de toda su carrera detrás de un envoltorio de locuacidad presuntuosa y estrechez de miras constitucional—, consideró que «la prudencia es la mejor parte del valor»[^3] y se escabulló de su cargo sin avisar siquiera a sus colegas. Aunque es un hombre que difícilmente puede esperar que se le eche de menos en ninguna parte, parece, sin embargo, que su súbita dimisión desconcertó por completo a «todos los talentos». La prensa inglesa condenó unánime al pequeño estadista, pero ¿qué importaba eso? Toda la prensa y todas sus condenas no podían poner fin al desbarajuste ministerial; y en ese estado de desorganización, cuando el duque de Newcastle había dejado el ministerio de la Guerra y lord Palmerston aún no había tomado posesión de él, el gabinete tuvo que hacer frente a la terrible moción del señor Roebuck.

El señor Roebuck es un pequeño abogado que sería un pequeño whig tan gracioso e inofensivo como lord John Russell si hubiera tenido más éxito en su carrera parlamentaria. Pero al *ci-devant* («antiguo») abogado sin clientes y actual charlatán parlamentario no le fue dado, con toda su astucia y su habilidad, acumular un capital político digno de mención. Aunque solía actuar como una especie de confidente secreto de todos los ministerios whigs, nunca logró alcanzar esa posición que asegura un «puesto», meta suprema de todos los liberales británicos. Defraudado en sus más dulces esperanzas, subestimado por su propio partido, escarnecido por sus adversarios, nuestro amigo Roebuck sintió que en su pecho la leche de los piadosos sentimientos[^4] empezaba poco a poco a agriarse, y se fue convirtiendo en el gozquecillo más rencoroso, más insociable, más desagradable y más irritado que haya ladrado jamás en la sala de sesiones de un Parlamento. En esa calidad sirvió sucesivamente a todos los que supieron servirse de él, sin ganarse nunca títulos a la gratitud ni al respeto de ningún partido; y nadie supo sacarle más provecho que nuestro viejo amigo Palmerston, a cuyo beneficio tuvo que salir de nuevo a escena el 26 del mes pasado.

La moción del señor Roebuck, tal como era, apenas podía tener sentido alguno en una asamblea como la Cámara de los Comunes británica. Todo el mundo sabe con qué pesadez, lentitud y pérdida de tiempo trabajan las comisiones de la Cámara de los Comunes; una investigación de la conducción de esta guerra por una comisión semejante no tendría el menor fin práctico, porque sus resultados llegarían con muchos meses de retraso para remediar nada, suponiendo que de la investigación saliera algo bueno. Solo en una asamblea revolucionaria y dictatorial, como fue por ejemplo la Convención Nacional francesa de 1793, podrían hacer algún bien tales comisiones. Pero allí el gobierno mismo no es otra cosa que una comisión así; sus representantes son los comisarios de la propia asamblea, y por eso en semejante asamblea tales mociones serían superfluas. Con todo, el señor Sidney Herbert no andaba del todo descaminado cuando señaló que la moción tenía un carácter algo anticonstitucional (sin duda sin intención alguna por parte del señor Roebuck), y cuando, con la exactitud histórica que le es habitual, preguntó si la Cámara de los Comunes pensaba enviar comisarios a Crimea, como había hecho el *Directorio* (¡*sic*!) con el general Dumouriez. Dicho sea de paso: esta misma deliciosa cronología hace que el Directorio (fundado en 1795) envíe a Dumouriez comisarios a los que este general ya había arrestado y entregado a Austria en 1793.[^5] Esta cronología forma digna pareja con la confusión de tiempo y espacio que reina en todos los actos del señor Sidney Herbert y de sus colegas. Pero, volviendo a la moción del señor Roebuck, el citado defecto de forma sirvió de pretexto a una multitud de cazadores de cargos para no votarla y mantenerse libres para cualquier combinación posible. ¡Y aun así la mayoría contra los ministros fue abrumadora!

El debate mismo se distinguió sobre todo por las disputas que libraron entre sí los distintos departamentos del gobierno. Cada uno intentaba echarle la culpa al otro. Sidney Herbert, el secretario de la Guerra (*Secretary at War*),[^6] dijo que toda la culpa era del servicio de transportes; Bernal Osborne,[^7] secretario del Almirantazgo, declaró que la causa de toda la desgracia era únicamente el sistema corrompido y podrido de los Horse Guards;[^8] el almirante Berkeley,[^9] uno de los lores del Almirantazgo, aconsejó al señor Herbert con bastante claridad que se mirara a sí mismo, etc. En la Cámara de los Lores se intercambiaban al mismo tiempo amabilidades parecidas entre el ministro de la Guerra, el duque de Newcastle, y el comandante en jefe, el vizconde Hardinge.[^10] La posición del señor Herbert la había hecho en efecto extraordinariamente difícil lord John Russell, quien, al explicar su dimisión, admitió que todo lo que la prensa había dicho sobre el estado del ejército de Crimea era en lo esencial cierto y que la situación de las tropas era «terrible y desgarradora». Ante eso a Sidney Herbert no le quedó más remedio que admitir los hechos sin rechistar y presentar una serie de excusas extraordinariamente cojas y en parte infundadas. Tuvo que reconocer incluso de manera muy expresa la completa incapacidad y desorganización de la administración militar. Nos había resultado relativamente fácil, dijo Herbert, llevar hasta Balaklava 240.000 toneladas de las más diversas provisiones y un ejército numeroso tras un viaje de tres mil millas; y aquí sigue una enumeración apasionada de todos los uniformes, las tiendas, los víveres y hasta los artículos de lujo que se enviaron en abundancia al ejército. Pero, ¡ay!, las cosas no hacían falta en Balaklava, sino seis millas más arriba, tierra adentro. Tres mil millas se pudieron transportar todas esas provisiones, pero tres mil seis, ¡imposible! ¡El hecho de que hubiera que llevarlas seis millas más lejos lo echó todo a perder!

Con todo, su actitud implorante de indulgencia habría podido despertar cierta compasión por él, de no haber sido por los discursos de Layard,[^11] de Stafford[^12] y de su propio colega Gladstone. Los dos primeros diputados acababan de volver de un viaje a Oriente; habían visto con sus propios ojos lo que contaban. Y lejos de repetir solo lo que ya habían publicado los periódicos, aportaron ejemplos de negligencia, de mala administración y de incapacidad, y describieron escenas atroces que superaban con mucho todo lo conocido hasta entonces. Se transportaban caballos en veleros de Varna a Balaklava sin forraje para ellos; las mochilas hacían cinco o seis veces el viaje de Crimea al Bósforo, mientras los soldados pasaban hambre y frío y estaban calados por falta de la ropa que llevaban las mochilas. Se devolvía a Crimea al servicio activo a «convalecientes» que todavía estaban demasiado débiles para tenerse en pie; los enfermos y heridos estaban expuestos en Scutari,[^13] lo mismo que en Balaklava y en los barcos de transporte, a un abandono, unas privaciones y una suciedad vergonzosos. Todo ello componía un cuadro junto al cual palidecen por completo las descripciones de los «corresponsales propios» o de las cartas privadas de Oriente.

Para borrar el efecto espantoso de estas descripciones tuvo que acudir a la brecha la sabia autocomplacencia del señor Gladstone, y, para desgracia de Sidney Herbert, retiró todas las confesiones que sus colegas habían hecho la primera noche del debate. Roebuck había preguntado sin rodeos a Herbert: Ustedes enviaron desde Inglaterra 54.000 hombres, ahora solo hay 14.000 en armas; ¿qué ha sido de los otros 40.000? Herbert respondió sencillamente a Roebuck recordando que algunos de ellos habían muerto ya en Galípoli y en Varna; nunca había puesto en duda la exactitud general de las cifras de muertos e incapacitados que se daban. Pero ahora Gladstone se muestra mejor informado que el secretario de la Guerra y afirma, «según la fecha de los últimos informes recibidos», que el número de las tropas no es de 14.000, sino de 28.200 hombres, sin contar los 3.000 o 4.000 soldados de marina y marineros que sirven en tierra. Gladstone se guarda mucho, naturalmente, de revelar «qué fecha llevan esos últimos informes». Pero, a la vista de la pereza sin igual que reina en todas las instancias, y en especial en los estados mayores de brigada, de división y general, y que se expresa en el retraso con que llegan las listas de bajas, tenemos sin duda derecho a suponer que los maravillosos informes del señor Gladstone llevan la fecha del 1 de diciembre de 1854, más o menos, y que incluyen todavía a gran número de hombres que en las seis semanas siguientes a esa fecha han quedado definitivamente deshechos por el mal tiempo y el agotamiento. Gladstone parece tener realmente esa fe ciega en los documentos oficiales que en ocasiones anteriores esperaba del público para sus cuentas financieras.

No quiero hacer un análisis más largo del debate. Además de una multitud de *dii minorum gentium* («dioses de rango menor»), hablaron también Disraeli, Walpole,[^14] el último ministro tory del Interior, y por último Palmerston, que salió «generosamente» en defensa de sus calumniados colegas. No había dicho una palabra en todo el curso del debate hasta asegurarse de hacia dónde iba el rumbo. Entonces, y solo entonces, se levantó. Los rumores que sus confidentes llevaban al banco ministerial y el estado de ánimo general de la Cámara daban por segura una derrota, una derrota que arruinaría a sus colegas pero que a él no podía hacerle nada. Aunque en apariencia tenía que retirarse con los demás, estaba tan seguro de su posición, tan convencido de sacar provecho de la retirada de ellos, que casi sintió como un deber de cortesía acompañarlos hasta la puerta. Y ese deber lo cumplió con su discurso inmediatamente antes de la votación.

Palmerston, en efecto, ha aprovechado con habilidad los medios que tenía a su alcance. Proclamado «ministro verdaderamente inglés» con ocasión del asunto Pacifico,[^15] desde entonces ha sabido siempre representar ese papel, y hasta tal punto que, pese a todas las revelaciones asombrosas, John Bull se creía vendido a una potencia extranjera cada vez que Palmerston dejaba el Foreign Office. Expulsado de ese cargo de la manera menos ceremoniosa por lord John Russell,[^16] arrancó a este hombrecillo, con amenazas, silencio sobre el motivo de la expulsión, y desde ese momento el «ministro verdaderamente inglés» despertó un nuevo interés como víctima inocente de colegas ambiciosos e incapaces, como el hombre al que los whigs habían traicionado. Tras la caída del ministerio Derby lo metieron en el ministerio del Interior, un puesto que volvía a hacerlo aparecer como víctima. No se podía prescindir del gran hombre al que todos odiaban, y como no se le quería dar un puesto adecuado, se le despachó con un cargo del todo indigno de semejante genio. Así pensaba John Bull, y estaba cada vez más orgulloso de su Palmerston al ver cómo este ministro genuinamente inglés se afanaba ruidosamente en su puesto subordinado, se peleaba con los jueces de paz, reñía con los cocheros de punto, censuraba a la junta de alcantarillado, ensayaba su elocuencia con el sistema de patentes, forcejeaba con la cuestión de la gran plaga del humo, aspiraba a centralizar la policía y ponía fin a los entierros dentro del recinto de la ciudad. ¡El genuino ministro inglés! Su norma de conducta, su fuente de información, su tesoro de nuevas medidas y reformas eran las inacabables cartas de «Paterfamilias» en el *Times*.[^17] Naturalmente, nadie se alegró de ello más que Paterfamilias, que es la viva imagen de la mayoría de los electores de la burguesía inglesa, cuyo ídolo pasó a ser ahora Palmerston. «¡Ved lo que puede hacer un gran hombre en un puesto pequeño! ¡Cuándo se había ocupado antes un ministro del Interior de suprimir tales males!». Y, sin embargo, ni mejoraron los coches de punto, ni se suprimió el humo, ni se eliminaron los cementerios de dentro de la ciudad, ni se centralizó la policía, ni se llevó a cabo ninguna de estas grandes reformas; pero eso no era culpa de Palmerston, ni mucho menos, sino solo de sus colegas envidiosos y testarudos. Y pronto este ajetreo, esta manía de meterse en asuntos ajenos, se tomó por prueba de gran energía y capacidad de acción. Y este estadista, el más inconstante de todos los ingleses, que nunca supo llevar a un resultado satisfactorio ni una negociación ni un proyecto de ley en el Parlamento, este político que actúa solo por pasatiempo y cuyas medidas acaban siempre por dejarse dormir dulcemente, este mismo Palmerston fue pregonado como el único hombre en quien su país podía confiar en los casos difíciles. En verdad, él mismo contribuyó en buena parte a esta propaganda de charlatán. No contento con ser copropietario del *Morning Post*, donde un día sí y otro también se le ensalzaba como el futuro salvador de su país, alquiló además a individuos como el caballero Wikoff[^18] para difundir su fama en Francia y en América, sobornó hace unos meses al *Daily News* pasándole despachos telegráficos y otras indicaciones útiles, y tenía metida la mano en la dirección de casi todos los periódicos de Londres. La mala conducción de la guerra trajo esa situación difícil en la que se proponía alzarse grande, sin igual e inalcanzable sobre las ruinas de la coalición. En este momento decisivo se procuró el apoyo sin reservas del *Times*. Cómo lo consiguió, qué contrato cerró con el señor Delane,[^19] no podemos decirlo, naturalmente. Pero al día siguiente de la votación toda la prensa diaria de Londres, con la única excepción del *Herald*, pedía unánime a Palmerston como primer ministro; y suponemos que pensó haber alcanzado ahora la meta de sus deseos. Por desgracia, la reina ha visto demasiado al ministro verdaderamente inglés y no cederá ante él si puede impedirlo.

Karl Marx

[^1]: John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical. Su moción para nombrar una comisión que investigara el estado del ejército ante Sebastopol y la conducta de los departamentos del gobierno se aprobó el 29 de enero de 1855.

[^2]: Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, presidente del Consejo Privado y jefe de la Cámara de los Comunes en el gabinete Aberdeen; dimitió al anunciarse la moción de Roebuck.

[^3]: Palabras de Falstaff en *Enrique IV*, primera parte (V, 4), de Shakespeare.

[^4]: Expresión de Schiller, *Guillermo Tell* (IV, 3).

[^5]: Dumouriez se pasó a los austriacos en abril de 1793 y les entregó a los comisarios que la Convención había enviado para arrestarlo. El Directorio no existía aún.

[^6]: Sidney Herbert (1810-1861), peelita, encargado como *Secretary at War* de la administración y las finanzas del ejército.

[^7]: Ralph Bernal Osborne (1808-1882), diputado liberal, secretario del Almirantazgo de 1852 a 1858.

[^8]: El cuartel general del mando del ejército británico en Londres, llamado así por el edificio en que se alojaba.

[^9]: Maurice Frederick Berkeley (1788-1867), almirante y diputado whig.

[^10]: Henry Hardinge, vizconde Hardinge (1785-1856), comandante en jefe del ejército británico de 1852 a 1856.

[^11]: Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado liberal, que había estado en Crimea en 1854.

[^12]: Augustus Stafford (1811-1857), diputado conservador, que había visitado los hospitales de Scutari.

[^13]: Üsküdar, en la orilla asiática del Bósforo, frente a Constantinopla, donde estaban los hospitales militares británicos.

[^14]: Spencer Horatio Walpole (1806-1898), ministro del Interior en el gabinete Derby de 1852.

[^15]: En 1850 Palmerston, ministro de Asuntos Exteriores, hizo bloquear el Pireo para exigir a Grecia una indemnización en favor de David Pacifico, comerciante judío de Gibraltar y súbdito británico; en el debate de junio de 1850 se presentó como el defensor de todo súbdito británico en cualquier lugar del mundo (*civis Romanus sum*).

[^16]: En diciembre de 1851, por haber aprobado ante el embajador francés el golpe de Estado de Luis Bonaparte sin consultar al gabinete.

[^17]: Cartas de lectores firmadas «Paterfamilias», tipo del padre de familia burgués que se queja de los males de la vida cotidiana.

[^18]: Henry Wikoff (1813-1884), aventurero y periodista norteamericano, que trabajó como agente de prensa de Palmerston.

[^19]: John Thadeus Delane (1817-1879), director del *Times* de 1841 a 1877.
