---
Title: La dimisión de Russell — Sobre los asuntos de Crimea (1855)
Description: Correspondencia de Marx y Engels para la Neue Oder-Zeitung sobre la dimisión de lord John Russell, forzada por la cola de su propio partido, y sobre la inacción de los aliados en Crimea, que dejaron pasar el momento favorable para la guerra en campo abierto mientras se acercan los refuerzos rusos.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1855-07-14
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20La%20dimisi%C3%B3n%20de%20Russell%20-%20Sobre%20los%20asuntos%20de%20Crimea
---


*Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 14 de julio de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núm. 327, del 17 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 358-361), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Russells%20Resignation%20-%20%C3%9Cber%20die%20Angelegenheiten%20in%20der%20Krim).*

*Londres*, 14 de julio. En nuestra penúltima correspondencia[^1] tratamos la *dimisión de lord John Russell*, voluntaria o forzada, como un *fait accompli*, un hecho consumado. Se produjo ayer por la tarde, y es además una dimisión *sintética*, voluntaria y forzada a la vez. Palmerston, en efecto, empujó a la parte más hambrienta de cargos de los whigs, bajo la dirección de Bouverie,[^2] a un motín subalterno. Declararon que tendrían que votar a favor de la moción de Bulwer si lord John no dimitía. A eso no había forma de resistirse. No contenta con esta hazaña, la desleal chusma whig recogió firmas en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes para una petición a Palmerston de que convenciera a la reina de aceptar la dimisión ya presentada por Russell. En todo caso, Russell saca de estas bajas maniobras una satisfacción: la de haber creado un partido a su imagen y semejanza.

La dimisión del hombre que, como dice Urquhart,[^3] «suele tener las manos a la espalda para darse a sí mismo un sostén moral», apenas influiría en la continuidad del gabinete si la mayoría de la Cámara de los Comunes no se agarrara con avidez a todo pretexto que le permita aplazar la suerte de la disolución. Y la disolución de la Cámara es inseparable de la aprobación de la moción de Bulwer. Si Palmerston siguiera a pesar del voto de desconfianza, tendría que disolver; si le sucediera Derby,[^4] también este tendría que disolver. La Cámara no parece muy inclinada a sacrificarse en el altar de la patria.

Sir George Grey[^5] ha nombrado una comisión para investigar las brutalidades de la policía. La forman los *recorders*, los jueces municipales, de Londres, Liverpool y Manchester, y abrirá sus sesiones el martes próximo.

Si en el comercio el tiempo es dinero, en la guerra el tiempo es victoria. Dejar escapar el momento favorable, el momento en que puede lanzarse sobre el enemigo una fuerza superior, es el mayor error posible en la conducción de la guerra. El error se duplica si no se comete en la defensiva, donde las consecuencias del descuido pueden repararse, sino en la ofensiva, en una guerra de invasión, donde semejante falta de atención puede acarrear la pérdida del ejército. Todo esto son lugares comunes que cualquier alférez sabe que se entienden por sí mismos. Y, sin embargo, contra ninguna otra regla de la estrategia o de la táctica se peca con tanta frecuencia, y parece como si el general Pélissier, el impetuoso hombre de acción, el «mariscal Adelante» del ejército de Crimea,[^6] estuviera llamado a ilustrar en su persona este descuido trivial de las trivialidades.

El camino de Sebastopol pasa por Inkerman hacia el lado norte de la fortaleza. Pélissier y su estado mayor lo saben mejor que nadie. Pero para ganar el lado norte, el ejército aliado tiene que salir a campo abierto con el grueso de sus fuerzas, batir a los rusos, cercar el lado norte y destacar un cuerpo que mantenga alejado al ejército ruso de campaña. El momento favorable para ello había llegado cuando arribaron el cuerpo sardo y los turcos de Omer Bajá.[^7] Los aliados eran entonces bastante más fuertes que los rusos. Pero no se hizo nada de eso. Se emprendió la expedición a Kerch y al mar de Azov y se intentó un asalto tras otro. Las operaciones de campaña se limitaron a reconocimientos y a extender el campamento hasta la entrada del valle de Baidar. Ahora, por fin, se revela el supuesto motivo de esta inactividad: *faltan medios de transporte*, ¡y tras quince meses de campaña los aliados siguen tan encadenados al mar, a Kamysh y Balaklava,[^8] como siempre! Esto es, en efecto, insuperable. Crimea no es una isla desierta perdida en algún lugar del polo sur. Es un país cuyos recursos alimenticios pueden agotarse, sin duda, pero que siempre sigue siendo capaz de suministrar una masa de forraje, animales de tiro y carros, si hay habilidad y audacia para tomarlos. Unos movimientos medrosos y lentos hacia adelante y hacia atrás en un radio de unas pocas millas inglesas en torno al Chernaya no son, naturalmente, el medio de hacerse con ellos. Pero aun dejando del todo a un lado los camellos, los ponis y las *arbas*[^9] de Crimea, queda una abundancia de medios de transporte en las costas europeas y asiáticas del mar Negro, a dos días de navegación en vapor. ¿Por qué no se requisan para el servicio de los aliados? Los rusos les han dado, en efecto, lecciones de sobra de cómo habría que actuar. Los cuerpos de ejército 3.º, 4.º y 5.º, junto con diversas divisiones de reserva, fueron transportados a Crimea en una época en que los aliados desesperaban de llevar provisiones desde Balaklava hasta las trincheras. Las tropas fueron llevadas en parte en carros a través de las estepas, y la falta de víveres parece haber sido clamorosa entre ellas. Y, sin embargo, la región en torno a Perekop, en un semicírculo de 200 millas, está escasamente poblada. Pero se pusieron a contribución los recursos de las provincias más lejanas, y es sin duda más difícil para los rusos enviar carros a Crimea desde Ekaterinoslav, Poltava, Járkov, etc., que para los aliados procurarse medios de transporte de Anatolia y Rumelia para Crimea. En todo caso, se dejó escapar la conquista de Crimea hasta Simferópol con el pretexto de la falta de medios de transporte. Ahora las cosas están de otro modo. Los rusos han formado entre Odesa y Jersón un ejército de reserva para Crimea. La fuerza de este ejército solo podemos calcularla por los destacamentos del ejército del Oeste: todo el 2.º cuerpo de ejército y dos divisiones de granaderos. Esto suma en total 5 divisiones de infantería (82 batallones), 1 división de caballería (32 escuadrones) y 80 cañones. A ello se añaden reservas de infantería y de caballería. Descontadas todas las pérdidas durante la marcha, el ejército reunido entre Odesa y Perekop y destinado a Crimea puede estimarse, pues, en unos 70.000 a 80.000 hombres. Las vanguardias de sus columnas tienen que haber pasado ya Perekop por estas fechas, y antes de que acabe julio los aliados las sentirán.

¿Qué tienen ahora los aliados que oponer a estos refuerzos? Sus filas vuelven a diezmarse por el cólera y las fiebres no menos que por los diversos intentos de asalto. Los refuerzos británicos llegan con lentitud: en realidad zarpan muy pocos regimientos. Los 13.000 hombres cuya partida anunciamos hace algún tiempo resultan ser un bulo ministerial. El gobierno francés, por su parte, declara que no se propone enviar divisiones nuevas, sino solo destacamentos de los depósitos para cubrir los huecos causados en el teatro de la guerra. Si estos refuerzos llegan a tiempo, apenas bastarán para devolver al ejército aliado la fuerza que tenía en junio, es decir, 200.000 hombres, turcos y sardos incluidos. Probablemente no lo llevarán a más de 180.000 hombres, frente a los cuales habrá a comienzos de agosto por lo menos 200.000 rusos, en buenas posiciones, dominando el país a sus espaldas y en posesión del lado sur de Sebastopol como cabeza de puente. Si en estas circunstancias el ejército aliado volviera a quedar encerrado en la estrecha meseta detrás del Chernaya, esta tendría que convertirse en un cementerio bajo el peso de semejante masa humana.

Todavía no se ha perdido el tiempo para salir a campo abierto. Es cierto que el mejor momento ha pasado, pero aun así, todavía ahora, un avance audaz aseguraría al ejército aliado un espacio más amplio en que subsistir. Pero no parece que piensen aprovechar esta oportunidad.

En descargo de Pélissier puede aducirse, por último, que la opinión pública, aquí como en París, busca y encuentra en la intromisión de Luis Bonaparte, el general a distancia, la explicación de toda la miseria de la segunda campaña de Crimea.

[^1]: «Del Parlamento — Las mociones de Roebuck y Bulwer», fechada el 11 de julio de 1855.

[^2]: Edward Pleydell-Bouverie (1818-1889), diputado whig, vicepresidente de la Junta de Comercio (*Board of Trade*).

[^3]: David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista conservador, turcófilo, que denunciaba a Palmerston como agente de Rusia.

[^4]: Edward Smith-Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe de los tories.

[^5]: Sir George Grey (1799-1882), whig, ministro del Interior en el gabinete Palmerston.

[^6]: «Mariscal Adelante» era el apodo del mariscal prusiano Blücher en las guerras contra Napoleón.

[^7]: El cuerpo expedicionario del reino de Cerdeña, unos 15.000 hombres al mando del general La Marmora, desembarcó en Crimea en mayo de 1855; las tropas turcas de Omer Bajá habían llegado a comienzos de ese año.

[^8]: Las bahías de Kamysh, base de aprovisionamiento francesa, y de Balaklava, base británica, al sur de Sebastopol.

[^9]: Carros tártaros de dos ruedas.
