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Title: La lucha europea (1855)
Description: Editorial del New-York Daily Tribune sobre la ruptura de las conferencias de Viena, las vacilaciones de Austria y la amenaza rusa de poner al zar al frente del movimiento paneslavista; versión inglesa, alterada por la redacción, de los artículos de Engels sobre el paneslavismo.
Author: Friedrich Engels
Date: 1855-05-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20La%20lucha%20europea
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*Editorial publicado sin firma en el* New-York Daily Tribune*, n.º 4382, 5 de mayo de 1855, p. 4; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/14), que lo describe como la versión inglesa, alterada por la redacción de la* Tribune*, de sus artículos sobre el paneslavismo. Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20The%20European%20Struggle).*

Los hechos que lo absorben todo en las noticias traídas por el *Atlantic* son la ruptura de las conferencias de Viena y la separación parcial, si no total, de Austria respecto de los aliados. Ninguno de los dos acontecimientos nos ha cogido desprevenidos. Que Rusia rechazara cualquier plan de arreglo que no admitiera en lo sustancial todo lo que reclamaba antes de la guerra era, en el estado actual de esa guerra, cosa natural. La vuelta de Austria a su antigua política expectante y vacilante ha sido también el resultado de ciertas circunstancias de gran importancia, que pasamos a explicar.

El gobierno francés descubrió hace algún tiempo, y el gabinete británico no pudo negarlo, que lord John Russell había cometido un gran desatino en Viena al permitir que se resolvieran primero los puntos sometidos a la conferencia en los que Austria tenía un interés directo. Esos puntos eran la libertad del Danubio y la cuestión de los Principados. Desde ese momento Austria pareció satisfecha. Como espera, en efecto, tener parte tarde o temprano en el reparto de Turquía, Serbia, Bosnia y Albania son provincias que no puede permitir que caigan en otras manos que las suyas. Le interesa mantener abierta la cuestión de los cristianos de Turquía. Y como nunca puede esperar medirse con el poder naval de Rusia en el mar Negro, tiene poco interés en humillarla en ese terreno. Desde este punto de vista, pues, Austria tiene todos los motivos para estar satisfecha con lo que ha obtenido y para volcar el peso de su arbitraje, en apariencia imparcial, contra Inglaterra y Francia. Pero este éxito diplomático tiene muy poco que ver con sus vacilaciones actuales. La causa de estas es de naturaleza mucho más poderosa.

Hace unos seis meses aludimos al despacho privado y confidencial con que Nicolás comunicó a Austria y a Prusia que, si se aliaban con Occidente contra él, respondería a semejante tratado de alianza con la proclamación de la independencia húngara y de la restauración de Polonia. Entonces, y siempre que hemos examinado las probabilidades de una guerra en Polonia y en Volinia, hemos tenido en cuenta la gran ventaja militar que semejante proclamación podría dar a Rusia si la lanzaba después de conquistar Galitzia y desde las alturas de los Cárpatos, con Hungría abierta a sus ejércitos victoriosos. Por esa razón, sobre todo, hemos señalado siempre que Austria no podía emprender una guerra contra Rusia a menos que estuviera en condiciones de tomar en el acto la ofensiva y de parar, con batallas victoriosas y un avance sobre Rusia, los efectos de semejante proclamación. Mientras el ejército austriaco de Galitzia y de los Principados fuera lo bastante fuerte para marchar sobre Varsovia o Kiev, había poco peligro inmediato de que se diera ese paso.

Sin embargo, según sabemos ahora, a ese despacho de Nicolás le ha seguido hace poco otro de su sucesor que contiene amenazas muy distintas y mucho más serias. En cuanto Austria se alíe irrevocablemente con Occidente, dice, o cometa cualquier acto abierto de hostilidad contra Rusia, Alejandro II *se pondrá a la cabeza del movimiento paneslavista* y cambiará su título de emperador de todas las Rusias por el de *emperador de todos los eslavos*.

¡Por fin! Que Alejandro dé ese paso, y la lucha por los cristianos de Turquía, la independencia de la Puerta, Sebastopol, los Principados y otras bagatelas locales por el estilo podrán darse ya por terminadas. Esta declaración de Alejandro es la primera palabra franca desde que empezó la guerra; es el primer paso para trasladar la guerra al teatro continental y darle, franca y abiertamente, ese carácter europeo que hasta ahora se escondía detrás de toda clase de pretextos y excusas, protocolos y tratados, frases de Vattel y citas de Pufendorf. Turquía, su independencia y su existencia, pasa a segundo plano. La cuestión ya no sería entonces quién ha de gobernar en Constantinopla, sino quién ha de mandar en toda Europa. La raza eslava, largo tiempo dividida por luchas internas, rechazada hacia el este por los alemanes, sojuzgada en parte por turcos, alemanes y húngaros, y que desde 1815 ha ido reuniendo rápidamente sus ramas con el auge gradual del paneslavismo, afirmaría entonces por primera vez su unidad y, al hacerlo, declararía la guerra a muerte a las razas romano-celtas y germánicas que hasta ahora han dominado el continente. El paneslavismo no es un movimiento que aspire simplemente a la independencia nacional: es un movimiento que, actuando así sobre Europa, tendería a deshacer lo que han creado mil años de historia; que no podría realizarse sin borrar del mapa a Hungría, Turquía y gran parte de Alemania. Además, tendría que sojuzgar a Europa para asegurar la estabilidad de esos resultados, si es que alguna vez llegara a obtenerlos. El paneslavismo ha pasado ahora de credo a programa político, o mejor dicho, a una vasta amenaza política, con 800.000 bayonetas para respaldarla.

Y esos 800.000 soldados no son todas las fuerzas de que podría disponer. Una palabra del emperador ruso, a la cabeza de un ejército que marchara sobre los Cárpatos, y nueve o diez millones de eslavos de Austria se agitarían como en 1848; una victoria sobre los austriacos, y estarían en plena insurrección, mientras que Hungría e Italia no estarían menos removidas por la agitación revolucionaria. He aquí un peligro que bien podría hacer reflexionar a Francisco José, porque, a menos que pudiera derrotar en el acto al gran ejército eslavo en sus fronteras y llevar la guerra al país enemigo, más le valdría renunciar a la contienda antes de salir a la liza.
