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Title: Lord John Russell (1855)
Description: Seis correspondencias de Marx para la Neue Oder-Zeitung que recorren la carrera de lord John Russell, desde la reforma electoral de 1832 hasta la guerra de Crimea, como una vida entera «de falsos pretextos»: un retrato del whiggismo moderno y una historia del Parlamento reformado.
Author: Karl Marx
Date: 1855-07-25
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Lord%20John%20Russell
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*Escrito por Karl Marx en Londres entre el 25 de julio y el 12 de agosto de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núms. 347, 359, 363, 365, 369 y 377, del 28 de julio y el 4, el 7, el 8, el 10 y el 15 de agosto de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 383-401), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen unas pocas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Lord%20John%20Russell).*

## I (núm. 347, 28 de julio de 1855)

*Londres*, 25 de julio. Es un viejo axioma whig, que lord *John Russell* gustaba de citar, que «los partidos se parecen a los caracoles, en los que es la cola la que mueve la cabeza». Difícilmente sospechaba él que la cola, para salvarse, cortaría la cabeza.[^1] Si no la cabeza del *«último de los gabinetes whigs»*, era sin discusión la cabeza del *partido whig*. Burke dijo una vez:[^2]

> «El número de fincas, casas solariegas, castillos, bosques, etc., que los *Russell* han arrancado al pueblo inglés es del todo *increíble*» (*quite incredible*).

Más increíble sería la fama de que goza lord John Russell, y el papel eminente que ha osado desempeñar desde hace más de un cuarto de siglo, si el «número de fincas» que su familia ha usurpado no diera la clave del enigma.

Durante toda su vida, lord John pareció solo cazar *cargos* y aferrarse a los cargos cazados con tal obstinación que perdía todo derecho al *poder*. Así de 1836 a 1841, cuando le había tocado el puesto de jefe de los Comunes. Así de 1846 a 1852, cuando se llamaba primer ministro. La apariencia de fuerza que lo rodeaba como jefe de una oposición al asalto del erario desaparecía cada vez el día en que llegaba al poder. En cuanto pasaba de *out* a *in*, se *acababa* con él. En ningún otro estadista inglés se convirtió nunca el poder en impotencia en el mismo grado. Pero ningún otro supo tampoco elevar así su impotencia a poder.

Además de por la influencia de la familia ducal de Bedford, de la que lord John es hijo menor, el poder aparente de que disponía periódicamente se apoyaba en la falta de todas las cualidades que en general capacitan a un hombre para dominar a otros hombres. Su visión diminuta de todas las cosas se comunicaba a los demás como por contagio y contribuía más a confundir el juicio de sus oyentes que la tergiversación más genial. Su verdadero talento consiste en la capacidad de reducir todo lo que toca a sus propias dimensiones enanas, de contraer el mundo exterior a una escala infinitesimal y convertirlo en un microcosmos vulgar de su propia invención. Su instinto para empequeñecer lo grandioso solo lo supera su arte de hacer parecer grande lo mezquino.

Toda la vida de lord John Russell ha sido una vida de falsos pretextos: falsos pretextos de reforma parlamentaria, falsos pretextos de libertad religiosa, falsos pretextos de librecambio. Tan sincera era su fe en la suficiencia de los falsos pretextos que tuvo por perfectamente factible hacerse, con falsos pretextos, no solo estadista británico, sino también poeta, pensador e historiador. Solo así se puede dar cuenta de la existencia de bagatelas como su tragedia *Don Carlos, o la persecución*, o su *Ensayo de una historia del gobierno y la constitución ingleses desde el reinado de Enrique VII hasta nuestros días*, o sus *Memorias sobre los asuntos de Europa desde la paz de Utrecht*. Para la estrechez egoísta de su ánimo, todo objeto no es más que una *tabula rasa* en la que es libre de escribir su propio nombre. Sus opiniones nunca dependieron de la realidad de los hechos; al contrario, para él los hechos mismos dependen del orden en que los dispone en frases. Como orador no ha dejado una sola ocurrencia digna de mención, ni una máxima profunda, ni una observación sólida, ni una descripción vigorosa, ni un pensamiento bello, ni una alusión viva, ni un cuadro humorístico, ni un sentimiento verdadero. La *«más mansa mediocridad»*, como confiesa Roebuck en su historia del ministerio reformista,[^3] sorprendió a sus oyentes incluso cuando realizó el acto más grande de su vida pública, al presentar en la Cámara de los Comunes su llamado proyecto de reforma. Tiene una manera peculiar de unir su exposición seca, cansina, monótona, de subastador, a ilustraciones escolares sacadas de la historia y a cierta jerigonza solemne sobre «las bellezas de la Constitución», las «libertades generales del país», la «civilización» y el «progreso». Solo se acalora de verdad cuando, irritado personalmente o aguijoneado por sus adversarios, pasa de la actitud fingida de arrogancia y suficiencia a todos los síntomas de una debilidad apasionada. En Inglaterra se ha convenido en general explicar sus innumerables saltos en falso por cierta precipitación instintiva. En realidad, también esa precipitación es un falso pretexto. Se reduce al roce inevitable de evasivas y recursos de emergencia, calculados solo para la hora presente, con la constelación desfavorable de la hora siguiente. Russell no es instintivo, sino calculador; pero su cálculo es pequeño como el hombre: nunca más que un apaño para la hora siguiente. De ahí las constantes vacilaciones y rodeos, los avances rápidos, las retiradas ignominiosas, las palabras provocadoras sabiamente tragadas de nuevo, las prendas orgullosas rescatadas con mezquindad y, cuando nada más sirve, las lágrimas y los sollozos para ablandar al mundo. Por eso toda su vida puede considerarse o bien un *sham*, un engaño sistemático, o bien un desatino ininterrumpido.

Puede parecer asombroso que un personaje público haya sobrevivido a semejantes ejércitos de medidas nacidas muertas, proyectos abatidos y planes abortados. Pero así como el pólipo medra con la amputación, lord John Russell medra con el aborto. La mayoría de sus planes solo se presentaron con el propósito de calmar el descontento de sus aliados, los llamados radicales, mientras que un entendimiento con sus adversarios, los conservadores, le aseguraba que esos planes serían *«burkeados»*.[^4] Desde los días del Parlamento reformado, ¿quién podría nombrar una sola de sus «medidas amplias y liberales», de sus «grandes pagos a cuenta de la reforma», de cuya suerte hubiera hecho depender la suerte de su gabinete? Al contrario. Lo que más que nada contribuyó a sostener y prolongar su ministerio fue proponer medidas para contentar a los liberales y retirarlas para contentar a los conservadores. Hay períodos de su vida en los que Peel lo mantuvo deliberadamente al timón para no verse obligado a *hacer* cosas de las que sabía que Russell solo *charlaría*. En tales épocas de entendimiento secreto con el adversario oficial, Russell desplegaba insolencia contra sus aliados oficiales. Se volvía valiente: con falsos pretextos.

Echaremos una mirada retrospectiva a sus obras desde 1830 hasta hoy. Este *genio de lo trivial* lo merece.

## II (núm. 359, 4 de agosto de 1855)

*Londres*, 1 de agosto.

> «Si yo fuera pintor», decía Cobbett,[^5] «pondría allí la Constitución inglesa con la figura de un viejo roble, podrido en la raíz, con la raíz muerta, el tronco hueco, tambaleándose sobre su base, sacudido de acá para allá por cada golpe de viento, y aquí pondría a lord John Russell, con la figura de un reyezuelo, afanado en ponerlo todo en orden picoteando en busca de algún resto de bichitos en la corteza medio podrida de una de las ramas más bajas. Algunos sospechan incluso que roe los brotes con el pretexto de limpiar la corteza de insectos dañinos».

Así de diminutos eran los intentos reformistas de Russell en su período antediluviano de 1813 a 1830; pero, diminutos como eran, ni siquiera eran sinceros. No vaciló un instante en renegar de ellos al simple olor de una cartera ministerial.

Desde 1807, los whigs habían suspirado en vano por participar en la función de devorar impuestos, cuando en 1827 la formación del gabinete de Canning,[^6] con el que pretendían simpatizar en materia de comercio y de política exterior, pareció ofrecerles la ocasión largamente buscada. Russell tenía entonces en el orden del día una de sus mociones de reyezuelo sobre la reforma parlamentaria, cuando Canning declaró su firme resolución de oponerse a toda reforma del Parlamento hasta el final de su vida. Se levantó lord John para retirar su moción.

> «La reforma parlamentaria», dijo, «era una cuestión sobre la que reinaba gran diversidad de opiniones entre quienes la defendían, y los jefes whigs siempre se habían resistido a reconocerla como cuestión de partido. Era *la última vez* que presentaba esta cuestión».

Terminó su discurso con la insolente declaración: «El pueblo ya no desea la reforma parlamentaria». Él, que siempre había presumido de su ruidosa oposición a las seis infames leyes de excepción de Castlereagh de 1819,[^7] se abstuvo ahora de toda votación sobre una moción de Hume[^8] para derogar una de esas leyes, la que exponía a un hombre a la deportación de por vida por cualquier impreso en el que se hallara siquiera *la tendencia* a exponer al desprecio a una de las Cámaras del Parlamento.

Así, al final del primer período de su vida parlamentaria, encontramos a lord John Russell desmintiendo sus más de diez años de profesiones de fe reformista y en completo acuerdo con la frase que Horace Walpole, ese prototipo de los whigs, dirigió a Conway:[^9]

> «¡Los proyectos de ley populares nunca se proponen en serio, sino siempre solo como instrumento de partido, y no como prenda de la realización de ideas tan extravagantes!».

No fue, pues, en modo alguno culpa de Russell si, en vez de presentar su moción reformista en mayo de 1827 por *última vez*, tuvo que repetirla cuatro años más tarde, el 1 de marzo de 1831, en la forma del famoso proyecto de reforma.[^10] Este proyecto, en el que todavía funda su derecho a la admiración del mundo en general y de Inglaterra en particular, no tenía en modo alguno a Russell por autor. En sus rasgos principales —la supresión de la mayor parte de los burgos electorales, la adición de diputados de condado, el derecho de voto para los *copyholders*, los *leaseholders* y 24 de las más importantes ciudades comerciales y fabriles de Inglaterra—,[^11] era una copia del proyecto que el conde Grey (el jefe del ministerio reformista de 1830) había presentado a la Cámara de los Comunes en 1797, cuando estaba en la oposición, pero que había olvidado prudentemente cuando se encontró en el gabinete en 1806. Es el mismo proyecto, modificado superficialmente. La expulsión de Wellington del gabinete por haberse declarado contra la reforma parlamentaria, la revolución francesa de julio, las amenazadoras grandes uniones políticas formadas por las clases medias y obreras en Birmingham, Manchester, Londres, etc., la guerra campesina en los condados agrícolas, el gallo rojo que paseaba su fuego por los distritos más fértiles de Inglaterra:[^12] todas estas circunstancias obligaron a los whigs a proponer algún proyecto de reforma. Cedieron, de mala gana, vacilantes, tras repetidos intentos vanos de asegurar sus cargos mediante un compromiso con los tories. Se lo impidieron a la vez la actitud temible del pueblo y la rígida intransigencia de los tories. Pero apenas el proyecto de reforma se convirtió en ley y entró en vigor cuando, por decirlo con palabras de Bright (del 6 de junio de 1849), el pueblo «empezó a sentir que lo habían engañado».

Quizá nunca un movimiento popular poderoso y, a todas luces, triunfante se diluyó en resultados aparentes más mezquinos. No solo quedaron excluidas las clases obreras de toda influencia política; las propias clases medias descubrieron pronto que no era una figura retórica cuando lord Althorp,[^13] el alma del gabinete reformista, gritaba a sus adversarios tories:

> «El proyecto de reforma es la medida más aristocrática que jamás se haya ofrecido a la nación».

La nueva representación rural superaba con mucho el aumento de votos concedido a las ciudades. El derecho de voto que se dio a los arrendatarios revocables[^14] hizo de los condados instrumentos todavía más completos de la aristocracia. La sustitución de los contribuyentes de los impuestos locales por los propietarios de casas de 10 libras esterlinas de renta anual privó del voto a una gran parte de la población urbana. La concesión y la supresión del derecho de voto estaban calculadas en conjunto no para aumentar la influencia de las clases medias, sino para excluir la influencia tory y fomentar la whig. Mediante una serie de rodeos, trampas y fraudes de lo más extraordinario se mantuvo la desigualdad de los distritos electorales y se restableció la enorme desproporción entre el número de representantes y la población e importancia de los cuerpos electorales. Si se suprimieron unos 56 burgos podridos, cada uno con un puñado de habitantes, condados enteros y ciudades populosas se convirtieron en burgos podridos. El propio John Russell confiesa en una carta a sus electores de Stroud «sobre los principios del proyecto de reforma» (1839) que «el voto de 10 libras quedó trabado por reglamentos de toda clase y el registro anual de los electores se convirtió en una fuente de vejaciones y gastos». Donde no pudieron perpetuarse la intimidación y la influencia tradicional, se sustituyeron por el soborno, que desde la aprobación del proyecto de reforma se convirtió en la piedra angular de la Constitución británica. Esta fue la ley de reforma de la que Russell fue la trompeta sin ser su autor. Las únicas cláusulas que se deben probadamente a su invención son la que exige a todos los *freeholders*, salvo a los clérigos, un año de posesión de su finca, y la otra cláusula, por la que Tavistock, el «burgo podrido» de la familia Russell, conserva intactos sus privilegios.

Russell solo fue miembro subalterno del ministerio reformista (de 1830 a noviembre de 1834), a saber, pagador del ejército sin voto en el gabinete. Era quizá el más insignificante de sus colegas, pero, con todo, el hijo menor del influyente duque de Bedford. Se convino, pues, en dejarle el honor de presentar el proyecto de reforma en la Cámara de los Comunes. Un obstáculo se oponía a este arreglo de familia. Durante el movimiento reformista anterior a 1830, Russell había figurado siempre como *«Henry Brougham's little man»* (el hombrecito de Henry Brougham).[^15] No se podía dejar a Russell la exposición del proyecto de reforma mientras Brougham se sentara a su lado en la Cámara Baja. El obstáculo se eliminó arrojando al vanidoso plebeyo a la Cámara de los Lores, al saco de lana.[^16] Como los miembros más importantes del gabinete reformista original pasaron pronto a la Cámara Alta (así Althorp en 1834), murieron o se pasaron a los tories, a Russell no solo le tocó toda la herencia del ministerio reformista, sino que pronto pasó por padre de la criatura de la que solo había sido padrino. Medró con el falso pretexto de ser el autor de un proyecto de reforma que era él mismo una falsificación y un escamoteo. Por lo demás, en los años 1830-1834 solo se distinguió por la enojosa acritud con que se opuso a toda investigación de la lista de pensiones.

## III (núm. 363, 7 de agosto de 1855)

*Londres*, 3 de agosto. Volvemos a la *caracterización de Russell*. Nos detendremos más tiempo en él, primero porque es *el representante clásico del whiggismo moderno*, y luego porque su historia abarca, al menos por un lado, *la historia del Parlamento reformado* hasta nuestros días.

En la presentación del proyecto de reforma, Russell hizo la siguiente declaración a propósito del *ballot* (el voto secreto con bolas) y de los *Parlamentos cortos*[^17] (los whigs, como es sabido, convirtieron los Parlamentos anuales de Inglaterra en trienales en 1694 y en septenales en 1717):

> «No cabe duda de que el *ballot* tiene mucho que lo recomiende. Las razones aducidas en su favor son tan agudas y contundentes como cualesquiera que haya oído jamás sobre cualquier punto de controversia. Pero la Cámara debe guardarse de llegar a una decisión precipitada... La cuestión de los *Parlamentos cortos* es de la mayor importancia. Dejo a otro miembro de la Cámara presentarla en el futuro, pues no debo recargar de detalles mi gran asunto».

El 6 de junio de 1833 afirmó

> «haberse abstenido de proponer estas dos *medidas* para evitar un choque con la Cámara de los Lores, aunque eran *opiniones* (!) profundamente arraigadas en su pecho. Estaba convencido de que eran esenciales para la felicidad, la prosperidad y el bienestar del país». (Se tiene aquí a la vez una muestra de su clase de retórica.)

A consecuencia de esta «convicción profundamente arraigada», se mostró durante toda su carrera ministerial enemigo constante e implacable del *ballot* y de los Parlamentos cortos. En el momento en que se hicieron, estas declaraciones servían de doble recurso de emergencia. Tranquilizaban a los desconfiados demócratas de la Cámara Baja; amedrentaban a los aristócratas recalcitrantes de la Cámara Alta. Pero en cuanto Russell se hubo asegurado la nueva corte de la reina Victoria (véase la respuesta de *Brougham* a la carta de Russell a los electores de Stroud, 1839) y se creyó ya propietario inmortal de su cargo, salió con su declaración de noviembre de 1837, en la que justificaba «la extrema extensión a que había llegado el proyecto de reforma» diciendo que cerraba la posibilidad de ir más allá.

> «*El fin* del proyecto de reforma», dijo, «era *aumentar la preponderancia del interés de la propiedad territorial*, y se concibió como la *solución permanente* de una gran cuestión constitucional».

En suma, salió con su declaración de cierre, que le valió el título de *«Finality John»*, «Juan el del Punto Final». Pero no iba más en serio con la *finality*, con el quedarse quieto, que con el ir más allá. Es verdad. Se opuso en 1848 a la moción de Hume para la reforma parlamentaria. Con el poder unido de whigs, tories y peelitas volvió a derrotar a Hume, cuando este presentó una moción parecida en 1849, por una mayoría de 268 contra 82. Envalentonado por la reserva conservadora, desafiaba con arrogancia:

> «Cuando concebimos y propusimos el proyecto de reforma, quisimos *adaptar* la representación de esta Cámara a los demás poderes del Estado y mantenerla en armonía con la Constitución. El señor Bright y quienes piensan como él son tan *extraordinariamente estrechos de miras*, su juicio y su entendimiento están confinados en límites tan estrechos, que es del todo imposible hacerles comprender los grandes principios sobre los que nuestros antepasados fundaron la Constitución del país y que nosotros, sus sucesores, admiramos con humildad y tratamos de imitar. La Cámara de los Comunes, en los 17 años transcurridos desde el proyecto de reforma, ha satisfecho todas las expectativas justas. El sistema vigente, aunque algo irregular, funciona bien, y funciona bien precisamente por su irregularidad».

Pero como en 1851 Russell sufrió una derrota con ocasión de la moción de Locke King[^18] para extender el derecho de voto en los condados a los propietarios de fincas de 10 libras esterlinas de renta anual, y se vio obligado a dimitir por unos días, a su entendimiento «de miras amplias» se le hizo de pronto evidente la necesidad de un *nuevo proyecto de reforma*. Se comprometió ante la Cámara a presentarlo. Calló en qué había de consistir su «medida», pero libró una letra contra ella, *pagadera en la próxima sesión del Parlamento*.

> «La pretensión del actual ministerio al puesto que ocupa», declaraba entonces la *Westminster Review*, el órgano de los llamados radicales aliados de Russell, «se había convertido en motivo de burla y de reproche, y por último, cuando su caída y el aniquilamiento de su partido parecían inevitables, lord John salió con la promesa de un nuevo proyecto de reforma para 1852. Aguantad en vuestro puesto, grita, hasta ese plazo, y yo satisfaré vuestros anhelos con una amplia y liberal medida de reforma».

En 1852 propuso, en efecto, un proyecto de reforma, esta vez de su más propia invención, pero de contornos tan curiosamente liliputienses que ni los conservadores lo consideraron digno de ser atacado ni los liberales de ser defendido. En todo caso, el aborto reformista ofreció al hombrecito, cuando por fin tuvo que dejar el ministerio, el pretexto para lanzar a su victorioso sucesor, el conde Derby, una flecha escita en la huida.[^19] Hizo mutis con la pomposa amenaza de que «*insistiría en la extensión del derecho de voto*». La extensión del derecho de voto se había convertido ahora para él en «cosa del corazón». Apenas expulsado del gabinete, este hijo del recurso de emergencia, apodado ahora por sus propios partidarios *«Foul weather Jack»* (Juanillo el del mal tiempo), invitó a su residencia privada de Chesham Place a las distintas fracciones de cuyo matrimonio nació el endeble monstruo de la coalición. No se olvidó de mandar llamar a los «extraordinariamente estrechos de miras» Bright y Cobden, para pedirles perdón en asamblea solemne por su propia amplitud de miras y librarles una nueva letra por un pago a cuenta «mayor» de la reforma. Como miembro del gabinete de coalición, en 1854, divirtió a los Comunes con un nuevo proyecto de reforma del que sabía que estaba destinado a ser sacrificado como otra Ifigenia por él, otro Agamenón, en provecho de otra expedición a Troya. Consumó el sacrificio en el estilo melodramático de Metastasio, con los ojos llenos de lágrimas, que sin embargo se secaron en cuanto el asiento «sin sueldo» que ocupaba en el gabinete quedó cambiado, mediante una mísera intriga contra el señor Strutt,[^20] uno de sus propios partidarios, por la presidencia del Consejo, con un sueldo de 2.000 libras esterlinas.

El segundo plan de reforma debía sostener su gabinete en caída; el tercero, derribar el gabinete tory. El segundo era una escapatoria; el tercero, una chicana. El segundo lo dispuso de modo que nadie quisiera agarrarlo; el tercero lo presentó en un momento en que nadie podía agarrarlo. En ambos demostró que, si el destino lo había hecho ministro, la naturaleza lo había destinado a calderero, como a Christopher Sly.[^21] Incluso del primer proyecto de reforma, el único realizado, solo comprendió el truco oligárquico, no el quid histórico.

## IV (núm. 365, 8 de agosto de 1855)

*Londres*, 4 de agosto. Con el estallido de la guerra antijacobina,[^22] la influencia de los whigs en *Inglaterra* entró en un período de reflujo que fue bajando cada vez más. Volvieron por eso los ojos hacia *Irlanda*, decidieron echarla en la balanza y escribieron en su bandera de partido: *emancipación irlandesa*. Cuando en 1806 llegaron por un momento al gobierno, presentaron en efecto a la Cámara de los Comunes un pequeño proyecto de emancipación irlandesa, lo hicieron pasar la segunda lectura y luego lo retiraron voluntariamente para halagar la idiotez beata de Jorge III. En 1812 trataron de imponerse al príncipe regente (más tarde Jorge IV), aunque en vano, como los únicos instrumentos posibles de la reconciliación con Irlanda. Antes y durante la agitación por la reforma se arrastraron ante O'Connell y a su alrededor, y las «esperanzas de Irlanda» les sirvieron de poderosa máquina de guerra. Y, sin embargo, en la primera reunión del primer Parlamento reformado, el primer acto del ministerio reformista consistió en una declaración de guerra contra Irlanda, en la medida «brutal y sanguinaria» del «proyecto de coerción», que sometía a Irlanda a la ley marcial.[^23] Los whigs cumplieron sus viejas promesas «con fuego, cárcel, deportación y hasta con la muerte». O'Connell fue perseguido y condenado por sedición. Pero los whigs solo habían presentado y solo habían sacado adelante el proyecto de coerción contra Irlanda con el compromiso expreso de presentar otro proyecto, un proyecto sobre la *Iglesia oficial inglesa en Irlanda*. Este proyecto —se habían comprometido además— contendría una cláusula que pondría a disposición del Parlamento ciertos *excedentes* de las rentas de la Iglesia oficial en Irlanda. El Parlamento, por su parte, dispondría de ellos en interés de Irlanda. La importancia de esta cláusula estaba en que reconocía el principio de que el Parlamento tiene poder para expropiar a la Iglesia oficial, un principio del que lord John Russell debía de estar tanto más convencido cuanto que toda la inmensa fortuna de su familia consiste en antiguos bienes de la Iglesia. Los whigs prometieron mantenerse o caer con aquel proyecto eclesiástico. Pero en cuanto se votó el proyecto de coerción, retiraron, con el pretexto de evitar un choque con la Cámara de los Lores, la cláusula mencionada, la única que daba valor a su proyecto eclesiástico. Derrotaron con sus votos su propia propuesta. Esto ocurrió en 1834.[^24] Pero hacia finales de ese mismo año, una sacudida eléctrica pareció reavivar las simpatías irlandesas de los whigs. En efecto, en el otoño de 1834 habían tenido que dejar el gabinete a sir Robert Peel. Se veían arrojados de nuevo a los bancos de la oposición. Y enseguida encontramos a nuestro John Russell afanosamente ocupado en la obra de reconciliación con Irlanda. Fue el principal agente en las negociaciones del pacto de Lichfield House, concluido en enero de 1835. En él los whigs dejan a O'Connell el patronazgo (la provisión de cargos, etc.) en Irlanda, mientras que O'Connell les asegura los votos irlandeses dentro y fuera del Parlamento. Pero hacía falta un *pretexto* para expulsar a los tories de Downing Street. Russell, con característica «desvergüenza», eligió como campo de batalla las *rentas eclesiásticas* de Irlanda y, como consigna de combate, la misma *cláusula* —que se había hecho famosa con el nombre de *cláusula de apropiación*— que él y sus colegas del ministerio reformista habían retirado y sacrificado *ellos mismos* poco antes. Peel fue en efecto derrotado bajo la consigna de la «cláusula de apropiación». Se formó el gabinete Melbourne, y lord John Russell se instaló como ministro del Interior y jefe de la Cámara de los Comunes. Ahora se alababa a sí mismo, por un lado, por su firmeza intelectual, porque, aun estando ahora en el cargo, seguía aferrado a sus *opiniones* sobre la cláusula de apropiación; por otro, por su moderación moral, porque se abstenía de *actuar* conforme a esas opiniones. Nunca las tradujo de las palabras a los actos. Como primer ministro, en 1846, su moderación moral triunfó hasta tal punto sobre su firmeza intelectual que renegó también de la «opinión». No conocía, exclamó, medidas más funestas que las que amenazaran a la Iglesia oficial en su raíz sustancial, sus rentas.

En febrero de 1833, John Russell denunció en nombre del ministerio reformista la *agitación por la derogación de la Unión* (*Repeal*) en Irlanda.

> «Su verdadero fin», gritó a los Comunes, era «derribar sin más el Parlamento unido y poner en lugar del rey, los Lores y los Comunes del Reino Unido un Parlamento cuyo director y cabeza sería O'Connell».

En febrero de 1834 la agitación por la derogación volvió a ser denunciada en el discurso de la Corona, y el ministerio reformista propuso un mensaje para

> «declarar de la manera más solemne que es resolución irrevocable del Parlamento mantener intacta e imperturbada la unión legislativa de los tres reinos».

Pero apenas arrojado a los bancos de arena de la oposición, John Russell declaró:

> «En cuanto a la *derogación de la Unión*, este asunto está sujeto a enmienda y a discusión como cualquier otro acto de la legislatura»,

o sea, ni más ni menos que cualquier ley sobre la cerveza.

En marzo de 1846, John Russell derriba la administración de Peel mediante una coalición con los tories, que ardían en deseos de castigar la deserción de su jefe en el asunto de las leyes cerealistas. Prestó el pretexto el *«proyecto de armas»* irlandés de Peel,[^25] contra el que Russell, moralmente indignado, protestó sin reservas. Se convierte en primer ministro. Su primer acto consiste en proponer el mismo «proyecto de armas». Pero hace el ridículo inútilmente. O'Connell acababa de convocar mítines monstruo contra el proyecto de Peel, había hecho firmar peticiones de 50.000 firmas; se encontraba en Dublín, desde donde accionaba todos los resortes de la agitación. *King Dan* (el rey Dan, el título popular de Daniel O'Connell) perdía reino y renta si en ese momento aparecía como cómplice de Russell. Por eso avisó amenazadoramente al hombrecito de que retirara en el acto su proyecto de armas. Russell lo retiró. O'Connell, como sabía hacerlo magistralmente pese a su juego secreto con los whigs, añadió la humillación a su derrota. Para que no quedara ninguna duda de *por orden de quién* se tocaba retirada, anunció en Dublín a los partidarios de la derogación, en el Conciliation Hall, la retirada del proyecto de armas el 17 de agosto, el *mismo* día en que John Russell la anunció a la Cámara de los Comunes. En 1844 Russell denunció a sir Robert Peel porque «había llenado Irlanda de tropas y no gobernaba el país, sino que lo ocupaba militarmente». En 1848 Russell ocupó militarmente Irlanda, le impuso la ley de alta traición, proclamó la suspensión del *habeas corpus* y se jactó de las «medidas enérgicas» de Clarendon.[^26] También esa energía era un falso pretexto. En Irlanda estaban, de un lado, los o'connellistas y los curas, en entendimiento secreto con los whigs; del otro, Smith O'Brien y sus partidarios.[^27] Estos últimos eran simplemente *dupes*, unos ingenuos que tomaban en serio el juego de la derogación y por eso tuvieron un final cómico. Las «medidas enérgicas» tomadas y las brutalidades puestas en práctica por el gobierno de Russell no las imponían, pues, las circunstancias. Su fin no era afirmar el dominio inglés en Irlanda, sino prolongar el régimen whig en Inglaterra.

## V (núm. 369, 10 de agosto de 1855)

*Londres*, 6 de agosto. Las *leyes cerealistas* se introdujeron en Inglaterra en 1815 porque tories y whigs se habían puesto de acuerdo para elevar su renta de la tierra mediante un impuesto sobre la nación. No se consiguió solo porque las leyes cerealistas —las leyes contra la importación de grano del extranjero— elevaran artificialmente en algunos años los precios del grano. Considerando el período medio de 1815 a 1846, quizá fue aún más importante la ilusión de los arrendatarios de que las leyes cerealistas eran capaces de mantener los precios del grano en cualquier circunstancia a una altura determinada *a priori*. Esta ilusión influía en los contratos de arrendamiento. Para refrescarla constantemente, encontramos al Parlamento ocupado sin cesar en nuevas ediciones, corregidas, de la ley cerealista de 1815. Si los precios del grano se mostraban rebeldes, si bajaban a pesar de los dictados de las leyes cerealistas, se nombraban comisiones parlamentarias para indagar las causas de la *agricultural distress* (la miseria de los distritos agrícolas). La *agricultural distress*, en la medida en que era objeto de las investigaciones parlamentarias, se reducía de hecho a la desproporción entre los precios que el arrendatario pagaba al terrateniente por la tierra y los precios a que vendía al público sus productos agrícolas: a la *desproporción entre la renta de la tierra y los precios del grano*. Se podía resolver, pues, simplemente rebajando la renta de la tierra, la fuente de ingresos de la aristocracia terrateniente. En lugar de eso, esta prefería naturalmente «rebajar» por vía legislativa los precios del grano; una ley cerealista era desplazada por otra ligeramente modificada; el fallo se explicaba por detalles secundarios que una nueva ley del Parlamento podía corregir. Si así el precio del grano se mantenía en ciertas circunstancias por encima del nivel natural, el precio de la *renta de la tierra* se mantenía por encima de él en todas las circunstancias. Como aquí se trataba de «los intereses más sagrados» de la aristocracia terrateniente, de los ingresos contantes, sus dos fracciones, tories y whigs, estaban igual de dispuestas a venerar «las leyes cerealistas» como estrellas fijas elevadas *por encima* de sus luchas de partido. Los whigs resistieron incluso la tentación de abrigar «opiniones» liberales sobre este asunto, tanto más cuanto que entonces parecía lejana la perspectiva de cubrir posibles mermas en el arriendo de la tierra recuperando el arriendo hereditario de los puestos de gobierno. Las dos fracciones, para asegurarse el voto de la aristocracia financiera, votaron la ley bancaria de 1819,[^28] por la que deudas del Estado contraídas en moneda depreciada tuvieron que pagar intereses en moneda de pleno valor. La nación, que había recibido prestadas quizá 50 libras esterlinas, tenía que devolver 100. Así se negoció el asentimiento de la aristocracia financiera a las leyes cerealistas. Aumento fraudulento de las rentas de la deuda pública a cambio de aumento fraudulento de la renta de la tierra: así rezaba el acuerdo entre la aristocracia financiera y la aristocracia terrateniente. No asombrará entonces que lord *John Russell*, en las elecciones parlamentarias de 1835 y 1837, condenara como herejía toda *reforma de las leyes cerealistas* por dañina, absurda, impracticable e innecesaria. Desde el comienzo de su carrera ministerial rechazó toda propuesta de ese tipo, primero con altivez, luego con apasionamiento. En su defensa de los altos aranceles sobre el grano dejó muy atrás a sir Robert Peel. La perspectiva del hambre en los años 1838 y 1839 no logró conmoverlo ni a él ni a los demás miembros del gabinete Melbourne. Lo que no logró la penuria de la nación lo logró la penuria del gabinete. Un déficit en el Tesoro de 7.500.000 libras esterlinas y la política exterior de Palmerston, que amenazaba con provocar una guerra con Francia,[^29] llevaron a la Cámara de los Comunes a votar, a propuesta de Peel, la desconfianza al gabinete Melbourne. Esto ocurrió el 4 de junio de 1841. Los whigs, siempre tan ávidos de atrapar cargos como incapaces de desempeñarlos y reacios a dejarlos, intentaron, aunque en vano, escapar a su destino disolviendo el Parlamento. Entonces despertó en el fondo del alma de John Russell la idea de escamotear la agitación contra las leyes cerealistas, como había ayudado a escamotear el movimiento reformista. Se declaró, pues, de repente a favor de un «arancel fijo moderado» en lugar de la escala móvil de aranceles,[^30] amigo como es de la castidad política «moderada» y de las reformas «moderadas». No se avergonzó de desfilar por las calles de Londres en una procesión de los candidatos del gobierno, acompañada de abanderados que llevaban ensartados en sus astas dos panes en clamoroso contraste, uno un pan de dos peniques con la inscripción *«Pan de Peel»* y el otro un pan de un chelín con la inscripción *«Pan de Russell»*. Pero esta vez la nación no se dejó engañar. Sabía por experiencia que los whigs prometían pan y pagaban con piedras. Pese a la ridícula mascarada de Russell, las nuevas elecciones dieron al gobierno whig una minoría de 76. Por fin tuvo que levantar el campo. Russell se vengó del mal servicio que le había prestado el arancel fijo moderado en 1841 dejando en 1842 que la «escala móvil» de Peel cristalizara tranquilamente en ley. Ahora despreciaba el «arancel fijo moderado»; le volvió la espalda; lo dejó caer sin dejar caer una palabra sobre él.

Durante los años 1841-1845 la *Anti-Corn-Law League*, la Liga contra las leyes cerealistas,[^31] creció hasta dimensiones colosales. El viejo pacto entre la aristocracia terrateniente y la aristocracia financiera ya no aseguraba las leyes cerealistas, porque la burguesía industrial, en lugar de la aristocracia financiera, se había convertido cada vez más en la parte dirigente de las clases medias. Y para la burguesía industrial la abolición de las leyes cerealistas era cuestión de vida o muerte. Reducción de los costes de producción, ampliación del comercio exterior, aumento del beneficio, reducción de la principal fuente de ingresos y, por tanto, del poder de la aristocracia terrateniente, aumento del propio poder político: eso era para la burguesía industrial la derogación de las leyes cerealistas. En el otoño de 1845 encontró aliados temibles en la enfermedad de la patata en Irlanda, la carestía del grano en Inglaterra y una mala cosecha en la mayor parte de Europa. Sir Robert Peel, intimidado por la amenazadora coyuntura, celebró por eso a finales de octubre y en las primeras semanas de noviembre de 1845 una serie de consejos de ministros en los que propuso suspender las leyes cerealistas e incluso aludió a la necesidad de su derogación definitiva. La tenaz resistencia de su colega Stanley (hoy lord Derby) causó un retraso en las decisiones del gabinete.

John Russell, que se encontraba entonces, durante las vacaciones parlamentarias, en un viaje de recreo en Edimburgo, se olió lo que ocurría en el gabinete de Peel. Decidió aprovechar el retraso causado por Stanley para adelantarse a Peel en una posición popular, darse a sí mismo la apariencia de haber decidido a Peel y privar así de todo peso moral el acto previsible de este. En consecuencia, el 22 de noviembre de 1845 dirigió desde Edimburgo a sus electores de la City una carta llena de alusiones enojosas y malignas a Peel, con el pretexto de que los ministros tardaban demasiado en tomar una decisión sobre la penuria irlandesa. El hambre periódica de Irlanda en los años 1831, [18]35, [18]37 y [18]39 nunca había logrado quebrantar la fe de Russell y de sus colegas en las leyes cerealistas. Pero ahora era todo fuego. Incluso una desgracia tan monstruosa como el hambre de dos naciones no evocaba ante los ojos del hombrecito más que visiones de ratoneras para el rival «en el cargo». En su carta trató de esconder el verdadero motivo de su repentina conversión al librecambio bajo la siguiente confesión de pobre pecador:

> «Confieso que mis opiniones sobre el asunto en general han experimentado un gran cambio en el curso de 20 años. Solía opinar que el grano constituía una excepción a las reglas generales de la economía política; pero la observación y la experiencia me han convencido de que debemos abstenernos de *toda injerencia* en el abastecimiento de víveres».

En la *misma* carta reprochaba a Peel que *no* se hubiera injerido todavía en el abastecimiento de víveres a Irlanda. Peel cazó al hombrecito en su propia trampa. Dimitió, pero dejó a la reina una nota en la que prometía a Russell su apoyo si este se encargaba de llevar a cabo la abolición de las leyes cerealistas. La reina hizo llamar a Russell y le encargó formar un nuevo gabinete. Llegó, vio y se declaró *incapaz*, aun con el apoyo de su rival. No lo había entendido así. ¡Para él aquello no era más que un *falso pretexto*, y amenazaban con tomarle la palabra! Peel volvió y abolió las leyes cerealistas. El partido tory quedó roto y disuelto por su acto. Russell se alió con él para derribar a Peel. Tales son sus títulos al nombre de «ministro del librecambio», del que todavía hace unos días hacía alarde en el Parlamento.

## VI (núm. 377, 15 de agosto de 1855)

*Londres*, 12 de agosto. Volvemos una vez más a *lord John Russell* para concluir su caracterización. Al comienzo de su carrera se ganó una especie de nombre con el pretexto de la tolerancia, y al final de su carrera con el pretexto del fanatismo; la primera vez, con su moción para la *«derogación de las leyes de la Prueba y de las Corporaciones»*;[^32] la otra, con su *Ecclesiastical Titles Bill* (proyecto sobre los títulos eclesiásticos). Las leyes de la Prueba y de las Corporaciones impedían a los disidentes ocupar cargos públicos. Hacía tiempo que eran letra muerta cuando Russell presentó en 1828 su conocida moción de derogación. La defendió con el argumento de que estaba convencido de que «la derogación de las leyes aumentaría la seguridad de la Iglesia oficial». Un escritor contemporáneo nos cuenta: «Nadie se asombró más de la aprobación de la moción que el propio autor de la moción». El enigma se resuelve simplemente observando que el *ministerio tory* propuso un año más tarde (1829) el proyecto de emancipación de los católicos, de modo que necesariamente tenía que desear librarse de antemano de las «leyes de la Prueba y de las Corporaciones». Por lo demás, los disidentes no han obtenido de lord John más que promesas, siempre que estaba en la oposición. En el ministerio se opuso incluso a la abolición del impuesto eclesiástico (*church rates*).

Pero su *grito antipapista* es todavía más característico de la vaciedad del hombre y de la pequeñez de sus motivos. Hemos visto que en los años 1848 y 1849 aplastó las mociones de reforma de sus propios aliados mediante una unión de los whigs con los peelitas y los tories. Tan dependiente de la oposición conservadora, su ministerio se había vuelto muy frágil y vacilante en 1850, cuando la bula papal para el establecimiento de una jerarquía católica romana en Inglaterra y el nombramiento del cardenal Wiseman como arzobispo de Westminster[^33] provocaron una agitación superficial en la parte más hipócrita y necia del pueblo inglés. Russell, en todo caso, no fue sorprendido por los pasos del papa. Su suegro, lord Minto, se encontraba en Roma cuando la *Gaceta Romana* publicó en 1848 el nombramiento de Wiseman. Más aún, por la *Carta al pueblo inglés* del cardenal Wiseman sabemos que el papa había comunicado ya en 1848 a lord Minto la bula para el establecimiento de la jerarquía en Inglaterra. El propio Russell dio algunos pasos preparatorios, haciendo que Clarendon y Grey reconocieran oficialmente en Irlanda y en las colonias los títulos del clero católico. Ahora, en cambio, en vista de la debilidad de su gabinete, inquieto por el recuerdo histórico de que el grito antipapista había echado del gobierno a los whigs en 1807, temiendo que Stanley imitara a Perceval[^34] y se le adelantara incluso durante las vacaciones del Parlamento, como él había intentado adelantarse a sir Robert Peel con la derogación de las leyes cerealistas, perseguido por todos estos presentimientos y fantasmas, el hombrecito saltó con un *salto mortale* a una desenfrenada pasión protestante. El 4 de noviembre de 1850 publicó la famosa «Carta al obispo de Durham», en la que asegura al obispo:

> «Coincido con usted en considerar la última agresión del papa contra nuestro protestantismo insolente e insidiosa, y me siento por ello tan indignado como pueda estarlo usted por este asunto».

Habla de «los intentos activos que en este momento trabajan por limitar el espíritu y esclavizar el alma». Llama a las ceremonias católicas «mascaradas de la superstición, que la gran masa de la nación mira con desprecio», y promete por último al obispo promover nuevas leyes contra la usurpación papal si las viejas fueran insuficientes. El mismo lord John había declarado en 1845, entonces, es verdad, fuera del gobierno:

> «Creo que podemos derogar aquellas cláusulas que impiden a un obispo católico romano atribuirse títulos que llevan los obispos de la Iglesia oficial. Nada puede ser más absurdo y pueril que mantener tales distinciones».

En 1851 presentó su proyecto sobre los títulos eclesiásticos para mantener esas «distinciones absurdas y pueriles». Pero como durante ese año fue derrotado por una combinación de la Brigada Irlandesa con peelitas, hombres de Manchester, etc. —con ocasión de la moción de Locke King para extender el derecho de voto—, su celo protestante se evaporó y prometió una modificación del proyecto, que vino al mundo, en efecto, muerta.

Como su celo antipapista era un falso pretexto, lo era también su celo por la emancipación de los judíos. Todo el mundo sabe que su *Jewish Disabilities Bill*, su proyecto para levantar las incapacidades de los judíos, es una farsa anual: un cebo para los votos de los que dispone en la City el barón austriaco Rothschild.[^35] Falsos pretextos, sus declaraciones antiesclavistas.

> «Su oposición», le escribe lord Brougham, «a todas las mociones en favor de los negros y su resistencia incluso al mero intento de frenar la trata de esclavos restablecida ensancharon la ruptura entre usted y el país. Imaginar que usted, el adversario de todas las mociones antiesclavistas en el año 1838, el enemigo de toda injerencia en las asambleas coloniales formadas por esclavistas, se hubiera enamorado de repente de los negros hasta el punto de arriesgar sus cargos en el año 1839 por un proyecto en su favor, revelaría una notable disposición a engañarse a sí mismo».

Falsos pretextos, sus *reformas judiciales*. Cuando en 1841 el Parlamento votó la desconfianza al gabinete whig y la inminente disolución de la Cámara de los Comunes prometía poco éxito, Russell intentó hacer pasar a toda prisa por la Cámara un *Chancery Bill*, un proyecto sobre la Cancillería, para

> «curar uno de los males más apremiantes de nuestro sistema, la dilación en los *Courts of Equity*, mediante la creación de dos nuevos *judges of equity*» (jueces que no se guían por el derecho estricto, sino por la equidad).

Russell llamó a este proyecto suyo «un gran pago a cuenta de la reforma judicial». Su verdadero fin era colar a dos amigos whigs en los puestos de nueva creación *antes* de la previsible formación de un gabinete tory. Sir Edward Sugden (hoy barón St. Leonards),[^36] que lo caló, presentó la enmienda de que el proyecto no entrara en vigor hasta el 10 de octubre (es decir, *después* de la reunión de la Cámara recién elegida). Aunque no se cambió lo más mínimo el contenido del proyecto, que Russell tenía por tan «urgente», lo retiró en el acto tras aprobarse la enmienda. Se había convertido en una «farsa» y había perdido la sal.

Reformas coloniales, planes de educación, «libertades del súbdito», prensa pública y mítines públicos, entusiasmo bélico y anhelo de paz: todo, falsos pretextos para lord John Russell. El hombre entero es un falso pretexto; su vida entera, una mentira; toda su actividad, una cadena ininterrumpida de intrigas mezquinas para alcanzar fines ruines: devorar los dineros públicos y usurpar la mera apariencia del poder. Nadie ha confirmado nunca de manera tan contundente la sentencia bíblica de que ningún hombre puede añadir una pulgada a su estatura.[^37] Puesto por el nacimiento, las relaciones y los azares sociales sobre un pedestal inmenso, siguió siendo siempre el mismo homúnculo: un enano que baila en la punta de una pirámide. Quizá la historia no ha exhibido nunca a otro hombre tan grande en la pequeñez.

[^1]: Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, dimitió el 13 de julio de 1855 como ministro de las Colonias del gabinete Palmerston, forzado por una parte de los diputados de su propio partido, tras revelarse que en la conferencia de Viena se había mostrado favorable a las propuestas de paz austriacas.

[^2]: Edmund Burke (1729-1797), político y escritor whig, que atacó las riquezas de los Russell, procedentes de donaciones de la Corona, en su *Carta a un noble lord* (1796), dirigida contra el duque de Bedford.

[^3]: John Arthur Roebuck, *History of the Whig Ministry of 1830* (1852).

[^4]: De William Burke, asesino de Edimburgo ahorcado en 1829, que ahogaba a sus víctimas para vender los cadáveres: «burkear», ahogar en silencio.

[^5]: William Cobbett (1763-1835), periodista y político radical.

[^6]: George Canning (1770-1827), tory, primer ministro de abril a agosto de 1827 con apoyo de una parte de los whigs.

[^7]: Las *Six Acts* de 1819, dictadas tras la matanza de Peterloo, que restringían el derecho de reunión y la prensa. Robert Stewart, vizconde de Castlereagh (1769-1822), era entonces ministro de Asuntos Exteriores y jefe del gobierno en los Comunes.

[^8]: Joseph Hume (1777-1855), diputado radical.

[^9]: Horace Walpole (1717-1797), escritor y diputado whig, en carta a su primo Henry Seymour Conway.

[^10]: El proyecto de reforma electoral (*Reform Bill*) presentado por Russell el 1 de marzo de 1831 y aprobado, tras dos legislaturas y una crisis política, en junio de 1832.

[^11]: Burgos (*boroughs*): los distritos electorales urbanos; los *copyholders* y *leaseholders* eran tenedores de tierras en régimen de censo y de arriendo a largo plazo.

[^12]: Los levantamientos de jornaleros agrícolas del sur de Inglaterra en 1830 («Swing riots»), con incendios de almiares y destrucción de trilladoras.

[^13]: John Charles Spencer, vizconde Althorp (1782-1845), whig, ministro de Hacienda y jefe de los Comunes en el ministerio Grey; en 1834 heredó el título de conde Spencer y pasó a los Lores.

[^14]: La cláusula Chandos, que daba el voto en los condados a los arrendatarios que pagaban una renta de 50 libras anuales, aunque su arriendo fuera revocable a voluntad del terrateniente.

[^15]: Henry Brougham (1778-1868), abogado y político whig, uno de los jefes del movimiento reformista; lord canciller de 1830 a 1834.

[^16]: El saco de lana (*woolsack*) es el asiento del lord canciller en la Cámara de los Lores.

[^17]: El voto secreto y los Parlamentos anuales eran dos de las reivindicaciones de la Carta del Pueblo de los cartistas.

[^18]: Peter John Locke King (1811-1885), diputado radical.

[^19]: Russell dimitió como primer ministro en febrero de 1852; le sucedió un gabinete tory presidido por el conde de Derby. La flecha de los partos o de los escitas se disparaba fingiendo la huida.

[^20]: Edward Strutt (1801-1880), diputado whig, canciller del ducado de Lancaster en el gabinete de coalición.

[^21]: El calderero borracho del prólogo de *La fierecilla domada* de Shakespeare, al que unos nobles hacen creer que es un gran señor.

[^22]: La guerra de Inglaterra contra la Francia revolucionaria, a partir de 1793.

[^23]: La ley de coerción de 1833 para Irlanda.

[^24]: La cláusula de apropiación se había retirado del proyecto de ley sobre la Iglesia de Irlanda en 1833; en 1834 la cuestión volvió a plantearse y dividió al gabinete Grey.

[^25]: El gabinete Peel cayó el 25 de junio de 1846, al ser derrotado en los Comunes su proyecto de ley de coerción para Irlanda.

[^26]: George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), lord lugarteniente de Irlanda de 1847 a 1852.

[^27]: William Smith O'Brien (1803-1864), jefe de la Joven Irlanda, que intentó una insurrección en julio de 1848; condenado a muerte, se le conmutó la pena por la deportación.

[^28]: La ley de 1819, propuesta por Peel, que obligaba al Banco de Inglaterra a volver a cambiar sus billetes por oro, suspendido desde 1797.

[^29]: La crisis de Oriente de 1840, en la que Palmerston se alió con Rusia, Austria y Prusia contra el protegido de Francia, Mehmet Alí de Egipto.

[^30]: La escala móvil, introducida en 1828, hacía variar el arancel sobre el grano importado en sentido inverso al precio del grano en el interior.

[^31]: Fundada en 1838-1839 en Manchester por Cobden y Bright, la organización de los fabricantes librecambistas que obtuvo en 1846 la abolición de las leyes cerealistas.

[^32]: Las leyes del siglo XVII (*Test Act*, *Corporation Act*) que exigían comulgar según el rito anglicano para ocupar cargos públicos y municipales.

[^33]: La bula de Pío IX del 29 de septiembre de 1850 restableció la jerarquía católica en Inglaterra; Nicholas Wiseman (1802-1865) fue nombrado arzobispo de Westminster y cardenal.

[^34]: Spencer Perceval (1762-1812), tory, que en 1807 encabezó la campaña «No Popery» contra el gabinete whig de Grenville, caído por su proyecto en favor de los oficiales católicos.

[^35]: Lionel de Rothschild (1808-1879), elegido diputado por la City de Londres desde 1847, no pudo ocupar su escaño hasta 1858 porque se negaba a jurar «por la verdadera fe de un cristiano». Los Rothschild ostentaban un título de barón austriaco.

[^36]: Edward Sugden (1781-1875), jurista tory, lord canciller en 1852 con el título de barón St. Leonards.

[^37]: Mateo 6, 27, donde se dice que nadie, por mucho que se afane, puede añadir un codo a su estatura.
