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Title: Perspectivas en Crimea (22 de enero de 1855)
Description: Editorial del New-York Daily Tribune sobre la ruina del ejército británico ante Sebastopol, comparada con la organización del ejército francés, y sobre las fuerzas rusas que se concentran en Crimea: la expedición de Walcheren repetida y aun mejorada.
Author: Friedrich Engels
Date: 1855-01-22
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Perspectivas%20en%20Crimea%20%2822%20de%20enero%20de%201855%29
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*Editorial publicado sin firma en el* New-York Daily Tribune*, n.º 4310, 10 de febrero de 1855, p. 4, con el título «Crimean Prospects»; fechado el 22 de enero de 1855 y atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/14). Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Crimean%20Prospects.%20January%2022%2C%201855).*

Cuando la expedición aliada —tarde en la estación y con fuerzas demasiado grandes para un golpe de mano y demasiado pequeñas para una campaña, o siquiera para un sitio— zarpó hacia Crimea, y la prensa británica y francesa se recreaba en el presentimiento de las victorias que ese ejército iba a conseguir, nosotros recordamos la desastrosa expedición de los británicos a Walcheren en 1809. Mostramos que en las expediciones que se apoyan en la presencia de una flota, en cuanto degeneran en una campaña prolongada, hay que temer más a las enfermedades que a la espada del enemigo, y que, con la mala administración ya evidente en el ejército británico, era probable un resultado semejante al de Walcheren. Las noticias que nos llegan desde hace algún tiempo han ido mostrando que la suerte de la expedición de Walcheren se acercaba de manera constante, aunque no inevitable, al ejército británico en Crimea. Pero ahora, por nuestra correspondencia y los periódicos que trajo ayer el *Atlantic*, tenemos casi la certeza de que Walcheren se está repitiendo, y hasta mejorando, ante Sebastopol.

*The London Times* del 20 de enero, en un editorial del que la semana pasada dimos un extracto recibido por telégrafo desde Halifax y que esta mañana reproducimos entero, declara que, ante la creciente mala gestión en Crimea y la impotencia del gobierno en casa, sería criminal seguir ocultando al público británico toda la verdad. Y entonces sobresalta a John Bull con la noticia de que de los 50.000 o 60.000 hombres que fueron a Oriente no están en condiciones de servicio más de 14.000 de infantería y quizá 1.500 de artillería y zapadores y minadores, y el resto está muerto, enfermo o herido, mientras que la caballería, como fuerza, está deshecha, porque se han entregado los caballos a la intendencia de artillería para llevar cañones y provisiones a las trincheras. Y aun de esos 15.000 hombres, la gran mayoría solo por cortesía está en condiciones de servicio; están débiles y agotados y llevan dentro el germen de la enfermedad; las enfermedades dejan fuera de combate a mil por semana, y los muertos son de 300 a 400 por semana; no hay ninguna probabilidad de que esta mortalidad disminuya, porque el trabajo que tiene que hacer una fuerza que cada día es más débil sigue siendo el mismo, y el exceso de trabajo es una causa de enfermedad entre estos soldados tan grande como cualquier otra; y de los menos de dos mil hombres que, según se informa, estaban realmente sanos el 1 de enero, muchísimos habrán caído ya a estas horas en la fiebre y la disentería sin remedio. Otro artículo del mismo periódico, del 25 de enero, que también reproducimos, resume los terribles hechos del caso diciendo que, al ritmo actual de mengua, lord Raglan y su estado mayor serían a mediados de marzo los únicos supervivientes de la expedición; y lord John Russell, en su discurso en el Parlamento para explicar su dimisión, declaró que las noticias de Sebastopol eran «no solo penosas, sino horribles y desgarradoras». Lord John cifra además los muertos en el campamento en 90 a 100 diarios. Es imposible, por tanto, suponer que lo que afirman los periódicos de Londres sobre este asunto sean meras exageraciones partidistas, como se ha pretendido en algunos medios.

Está claro, entonces, que si no fuera por los franceses, el miserable resto del ejército británico habría sido aniquilado y destruido hace mucho. Pero la admirable gestión del ejército francés ha logrado en todo caso mantener intacto ese ejército. Esta gestión no es mérito de ninguna administración concreta: es consecuencia del espíritu guerrero de los franceses; de esa otra cualidad en que sobresalen, la de ordenar los detalles de la manera más armoniosa y práctica, y, finalmente, de veinticinco años de experiencia de la guerra de Argelia. Este sistema no lo creó ni Luis Felipe, ni la República, ni Luis Bonaparte; es el resultado de las circunstancias, de una serie continuada de necesidades y del trabajo de muchos generales de división y de brigada y de sus subordinados.

Los franceses, aunque apostados en el extremo del Quersoneso, donde dependen por completo de su flota —mientras que, con habilidad y valor, los británicos habrían podido sacar forraje del fértil valle de Baidar—, tienen de todo en abundancia, porque en el servicio francés nueve de cada diez hombres conocen su oficio, cosa que en el británico ocurre quizá con uno de cada cien, y a ese individuo excepcional se le coloca por lo general en una posición en la que parecería presuntuoso e indisciplinado si se le ocurriera dar su consejo. Si a los británicos se les ahorra la deshonra de reembarcarse sin haber tomado Sebastopol, o sin poder llevarse sus cañones, tendrán que agradecérselo a los franceses. Apenas cabe ya duda de que pronto sabremos que parte de las líneas británicas se ha entregado a los franceses y que el ejército británico ha quedado reducido a una mísera división, compuesta de unos pocos miles de hombres de un valor indomable, pero enfermos e impotentes, que se mantendrán en el puesto de honor aunque sean incapaces de sostenerlo sin el apoyo constante de sus aliados, más fuertes y más hábiles.

Quien haya visto algo de guerra efectiva sabe que el valor individual del soldado es una gran cosa, pero que, sin embargo, es relativamente insignificante allí donde faltan la organización, los buenos oficiales, y sobre todo los buenos mandos y una buena intendencia y un buen servicio médico. Pero nunca hubo una ilustración tan llamativa de este hecho como esta expedición británica a Crimea. La admirable audacia de los soldados se vuelve peor que inútil por la incapacidad y la indolencia del comandante, por la ignorancia de los oficiales, por la impotencia de cada hombre del ejército y por la falta total de cualquier organización más allá de la que exige el patio de armas. Esta combinación de valor individual y de habilidad individual en los soldados, de ciencia militar y de experiencia práctica en los oficiales, de una división del trabajo bien definida y completa entre todos los servicios, de sencillez y de eficacia en la administración, es lo que hace del ejército francés, en conjunto, el mejor del mundo, y permite a los franceses mantener la reputación de nación militar por excelencia.

Con todo, no hay que imaginar que los franceses se encuentran en una situación envidiable ante Sebastopol. El mero hecho de que se hayan enviado nueve divisiones completas, de las cuales ocho y media (17 brigadas) están en Crimea, ocupando un espacio de terreno muy pequeño, basta para mostrar que también ellos deben de haber sufrido mucho. Una brigada francesa de infantería suele contar dos regimientos de dos batallones de campaña cada uno y un batallón de cazadores, o sea, cinco batallones en total. El batallón francés, en pie de guerra, cuenta por término medio 1.100 hombres. Así, cada brigada asciende a 5.500 y cada división a 11.000 hombres por lo menos, sin contar caballería y artillería, zapadores y minadores. Toda la infantería francesa enviada a Crimea debería, por tanto, sumar unos 94.000 hombres, y toda la fuerza, con artillería, caballería y tropas de ingenieros, al menos 110.000 hombres. Ahora bien, es materialmente imposible que haya en este momento más de 65.000 franceses en el Quersoneso Heracleótico. No podrían vivaquear en ese pequeño trozo de terreno, en la parte cuya ocupación corresponde a los franceses. Así pues, los franceses han sufrido una pérdida de 45.000 hombres entre muertos, heridos y enfermos, y si consideramos que las pérdidas en Varna y durante la expedición a la Dobrudja ascendieron a unos 10.000 hombres, que el Almá, Balaklava e Inkerman les costaron unos 4.500 y que las pérdidas en las trincheras deben de ser de unos 1.500, quedarán unos 29.000 que hay que contar como víctimas de las enfermedades. Esta pérdida, aunque grande, no es en absoluto extraordinaria en una campaña de cuatro meses acompañada de penalidades y sufrimientos como los de Crimea en la estación actual. Un diez por ciento al mes es una deducción muy comúnmente admitida de la fuerza efectiva de un ejército en campaña, y los franceses apenas han superado esa proporción; pero, a pesar de todo, 110.000 hombres enviados desde Francia equivalen a solo 65.000 en condiciones de servicio en Crimea; y un ejército así, aunque unas disposiciones juiciosas le hayan permitido mantenerse en bastante buena salud, no hacer más servicio del que los hombres pueden soportar, evacuar a sus enfermos a los hospitales y mantener en buen estado caminos, trincheras y baterías, un ejército así no es en modo alguno lo bastante fuerte para tomar Sebastopol, ni siquiera el lado sur, y al mismo tiempo tener a raya al ejército ruso de campaña.

¡Pero los turcos están desembarcando al norte del Almá! En efecto, y harán bien si consiguen volver a embarcarse sin sufrir daños importantes. Los turcos, que se espera que desembarquen en el curso de enero en número de unos 60.000 (algunos de los cuales, sin embargo, no están concentrados aún), ya no son los hombres de la reciente campaña del Danubio. Aquellos han seguido el camino de toda carne junto con la guardia británica. Las actuales fuerzas turcas son en su mayoría un rebaño de reclutas bisoños o de reservistas (*redifs*): los primeros, demasiado novatos; los segundos, demasiado echados a perder por la vida de familia para hacer buenos soldados. La mala gestión y la desorganización de la administración del ejército turco son peores aún que las del británico; y si los rusos no aniquilan a los turcos en una batalla, su propia mala gestión y su descuido fatalista harán el trabajo con la misma eficacia. Además, la estrategia defectuosa de los aliados, que, como ya hemos dicho, les hace operar con dos cuerpos separados, incapaces de apoyarse mutuamente frente a un enemigo activo y hábil, invita a los rusos a caer sobre los turcos por separado y arrojarlos de nuevo al mar antes de que los franceses puedan salir de su ratonera del Quersoneso.

Entretanto, los rusos están lejos de permanecer inactivos. El sexto cuerpo y parte del quinto formaban la guarnición originaria de Crimea; el cuarto cuerpo llegó pocos días antes de la batalla de Balaklava; ahora el tercer cuerpo está en la península: la octava división entró en Bajchisarái el 28 del mes pasado, fecha en la que la séptima y la novena divisiones, con la primera división de dragones, unos 140 cañones y cuatro regimientos de cosacos, habían tomado posición en el cuello de la península, en Perekop. La división de caballería ligera (la tercera) perteneciente a este cuerpo ha avanzado hacia Eupatoria, a la que vigila. Así, cerca de la mitad del ejército activo ruso (sin contar las reservas) está ahora empleado en Crimea o guarneciendo Odesa, Jersón y Nikoláyev, y se dice que partes del segundo cuerpo, al mando de Paniutin, marchan en su apoyo. Qué número efectivo representan en realidad estas doce divisiones de infantería y seis de caballería, después de las pérdidas de una campaña desgraciada y de marchas inmensas, es por supuesto imposible decirlo, pues no podemos saber si se han cubierto algunas de esas bajas. Pero en todo caso deben de representar al menos 100.000 hombres disponibles en campaña, sin contar los soldados que pueda haber en Sebastopol, además de los marineros y la infantería de marina. Ahora bien, con los dos cuerpos del enemigo separados e incapaces de apoyarse mutuamente, con los hombres de Inkerman pudriéndose por las enfermedades y con Sebastopol reconstruida más fuerte que nunca, esta fuerza difícilmente dejará de arrojar a los aliados al mar, a menos que a los rusos se los dirija con un desprecio de la estrategia hasta ahora sin igual.

Y ahora vean de qué curiosa manera va a reparar Inglaterra sus pasadas deficiencias. Sale una expedición para construir un ferrocarril —sí, un ferrocarril, con doble vía, máquinas fijas y todo— de Balaklava a Sebastopol. ¡Un ferrocarril!, mientras a nadie parece habérsele ocurrido el plan, más sencillo y práctico, de construir una buena carretera. No contento con esto, está ya en camino un telégrafo submarino que se tenderá de Varna a Balaklava, mientras que el telégrafo de Bucarest a Varna no está ni en vías de terminarse. Después de poner el carro delante de los bueyes y de cerrar la cuadra cuando ya le habían robado el caballo, John Bull se ha enardecido hasta tal punto que, en su ajetreo, ya no sabe en absoluto lo que hace. Ha dejado que sus soldados se murieran de hambre, pero construye un ferrocarril para llevarse los cadáveres. Ha llevado mal el servicio médico y ha enviado hombres incompetentes en todos los ramos del servicio, pero dentro de dos meses el médico jefe podrá informar directamente por telégrafo. Su general en jefe es un imbécil, y sus oficiales, según confiesa su propio secretario de Guerra, son del todo ineptos para sus funciones. Pero ¿quién sabe si en este momento una suerte infinitamente más miserable que la muerte en combate no los ha sustraído ya para siempre a la censura y al castigo de los hombres? Es un espectáculo melancólico, terrible, que casi entristece la crítica y casi acalla la voz de la verdad misma.
