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Title: Sobre la historia de la alianza francesa (1855)
Description: Dos correspondencias de Marx para la Neue Oder-Zeitung sobre los síntomas de desconfianza hacia el aliado francés en Inglaterra, el precedente de Palmerston, que ya rompió dos veces la alianza con Francia, y el giro de los tories hacia la paz ante la «campaña del prestigio» de Luis Bonaparte.
Author: Karl Marx
Date: 1855-03-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Sobre%20la%20historia%20de%20la%20alianza%20francesa
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*Escrito por Karl Marx en Londres el 6 y el 24 de marzo de 1855 y publicado en la* Neue Oder-Zeitung *(Breslau), núms. 115 y 145, del 9 y el 27 de marzo de 1855. La MEW da las dos correspondencias, con el mismo título, como artículos separados. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 110-112 y 155-157), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Zur%20Geschichte%20der%20franz%C3%B6sischen%20Allianz).*

## N.º 115, 9 de marzo de 1855

*Londres*, 6 de marzo. El *Morning Herald* de hoy sorprende a Londres con el siguiente anuncio:

> «Tenemos excelente autoridad para creer que el emperador de los franceses ha protestado contra la comisión investigadora sobre la dirección de la guerra y ha declarado que, si sigue actuando, los ejércitos de las dos naciones no podrán seguir operando juntos, aunque los dos quisieran operar por el mismo fin. Por eso, para dar satisfacción a Luis Napoleón sin ofender al pueblo inglés, se disolverá el Parlamento lo antes posible».

Sin dar especial importancia a este párrafo del *Herald*, lo registramos como uno de los muchos síntomas de *que fuerzas secretas a este y al otro lado del Canal* trabajan *en la disolución de la alianza anglo-francesa*.

Recuérdense las declaraciones del ministro dimisionario sir *James Graham*: bajo la coacción de la comisión investigadora, nuestro almirante se vería obligado a revelar todas las razones que llevaron a aplazar el bloqueo, y la investigación llegaría hasta nuestra relación con nuestro grande y poderoso aliado, en un momento en que es de la mayor importancia que no haya el más mínimo malentendido.

*Sidney Herbert*: desafiaba a la comisión a ir al fondo del asunto sin correr el peligro de injuriar a nuestro ejército de Crimea y quizá de quebrantar la confianza de nuestros aliados. Si no había un miembro de la comisión capaz de detenerla donde excavara en terreno peligroso, se cometería una gran injusticia, y hasta los oficiales a los que citara quizá serían sacrificados, porque podrían hacérseles preguntas acusadoras sin que se les permitiera responder, ya que con ello tendrían que arriesgar revelaciones peligrosas y delicadas. Por su parte, consideraba su deber impedir que se pusiera a los oficiales del ejército británico en una situación en la que se les hiciera objeto de acusaciones mientras tenían las manos atadas y eran incapaces de defenderse.

*Gladstone*: entre otras cosas, una comisión tendría que averiguar por qué no se construyó antes un camino desde Balaklava. Si la comisión no lo investigaba, no haría nada. Si lo investigaba, la respuesta sería: falta de brazos. Si seguía preguntando de dónde venía esa falta de brazos, se le respondería que los hombres estaban cavando en las trincheras y que estas *eran muy extensas a causa de la proporción en que se repartieron las líneas entre franceses e ingleses*. Declaro también que una investigación sería un vano simulacro si no averiguáis la cuestión de los caminos, y si la averiguáis, la defensa de las partes acusadas tocará directamente las relaciones más íntimas entre Inglaterra y Francia.

Se comprende que estas declaraciones ministeriales hagan crecer como en invernadero las semillas de desconfianza ya esparcidas. La relegación del ejército inglés de Crimea al servicio de centinela en Balaklava ya había herido sensiblemente el sentimiento nacional. Luego vino el artículo semioficial del *Moniteur* con sus consideraciones «imperatorias» sobre la Constitución inglesa. Provocó réplicas mordaces en la prensa semanal de aquí. Luego, la publicación de la «Memoria» de Bruselas,[^1] en la que se presenta a Luis Bonaparte como autor, por un lado, de la expedición de Crimea y, por otro, de las concesiones a Austria. Los comentarios que aparecieron sobre esta memoria, por ejemplo en el *Morning Advertiser*, recuerdan por su falta de miramientos las «Cartas del *Englishman*» sobre el golpe de Estado del 2 de diciembre.[^2] Qué eco encuentra todo esto en la prensa propiamente popular puede verse en el siguiente extracto del *People's Paper*, el órgano cartista:[^3]

> «Bonaparte atrajo a Inglaterra a Crimea... Una vez nuestro ejército en esa trampa, lo colocó en tal posición que quebró el filo de la fuerza rusa antes de que ese filo pudiera alcanzar a su propio ejército. En el Alma, en Balaklava, en Inkerman, en Sebastopol, los británicos fueron llevados con maña a los puestos de peligro. A ellos les tocó soportar el calor del combate, a ellos sufrir las pérdidas principales. Por el tratado, Inglaterra solo tenía que poner un tercio de los hombres en proporción con Francia. Ese tercio tuvo que librar casi todas las batallas. Ese tercio tuvo que ocupar más de la mitad de las líneas ante Sebastopol. Nuestro ejército fue aniquilado porque no podía llegar a los víveres y a la ropa que se pudrían en Balaklava. No podía porque no había camino de Balaklava a Sebastopol, y ese camino no existía porque Napoleón se empeñó en que los ingleses, con menos de un tercio de la fuerza total, hicieran más de la mitad del trabajo en las trincheras; y por eso no les sobraban hombres para construir caminos. Este es el secreto al que aludían Graham, Herbert y Gladstone... Así ha asesinado Napoleón deliberadamente a 44.000 de nuestros soldados, etc., etc.».

Todos estos indicios de un resentimiento receloso contra el aliado francés cobran importancia porque al frente del gobierno está lord Palmerston, un hombre que siempre ha trepado a su puesto por la escalera de la alianza francesa y luego, de repente, ha convertido la alianza en una guerra casi inevitable entre Francia e Inglaterra. Así ocurrió en el asunto turco-sirio de 1840 y con el tratado del 15 de julio, con el que coronó su alianza de diez años con Francia.[^4] Sir Robert Peel observó a este respecto en 1842:

> «*Nunca había entendido claramente* por qué se había roto la alianza con Francia, de la que el noble lord fingía estar siempre tan orgulloso».

Así ocurrió otra vez en 1847, con ocasión de los matrimonios españoles.[^5] Palmerston —al que en 1846 solo se le permitió volver a su puesto después de haber presentado sus respetos a Luis Felipe, haberse reconciliado con él con gran ostentación y haber halagado a los franceses en un discurso en la Cámara de los Comunes— afirmó entonces que Luis Felipe había roto la alianza, porque se había violado el tratado de Utrecht[^6] (un tratado extinguido desde 1793 y nunca renovado desde entonces) y porque había cometido una «deslealtad» contra la Corona inglesa. Lo de la deslealtad era cierto, pero, como probaron los documentos publicados después, Palmerston había empujado con las maquinaciones más refinadas a la corte francesa a esa deslealtad para obtener un *pretexto* para la ruptura. Mientras el astuto Luis Felipe creía burlarlo, no hizo más que caer en la trampa cuidadosamente tendida por el «chistoso» vizconde. Solo la revolución de febrero impidió entonces el estallido de la guerra entre Inglaterra y Francia.

## N.º 145, 27 de marzo de 1855

*Londres*, 24 de marzo. El *Press*, el órgano de Disraeli, provocó la semana pasada una tempestad en un vaso de agua al afirmar que el «emperador Luis» era el único obstáculo para la conclusión de la paz y que había atado a sí a Austria por un «acuerdo» secreto del que ella procuraba librarse. Hasta ahora los tories habían reivindicado la alianza anglo-francesa como obra suya. ¿No había sellado su lord Malmesbury la alianza con Bonaparte?[^7] ¿No había derramado Disraeli en el Parlamento sus sarcasmos sobre Graham y Wood, que sacrílegamente habrían calumniado ante sus electores el golpe de Estado del 2 de diciembre? ¿No habían sido los tories, desde hacía dos años, en la tribuna y en la prensa, los heraldos más ruidosos de la guerra? ¿Y ahora, de repente, sin transición, sin ninguna circunstancia atenuante, insinuaciones contra la alianza francesa, alusiones malignas al «emperador Luis» y homilías de paz? El decrépito órgano de los viejos tories, el *Morning Herald*, no iniciado en el secreto de los jefes del partido, meneó la cabeza con preocupación y murmuró violentas protestas contra las alucinaciones del *Press*, que no lograba comprender. Este, sin embargo, vuelve hoy sobre el fatídico tema. En su cabecera aparece fijado, en letra grande, el siguiente anuncio:

> «Han trascendido circunstancias importantes. Cuando escribimos el otro día, había la perspectiva de que el congreso se disolviera *re infecta*[^8] y de que lord John Russell regresara de repente a Inglaterra. El cambio de tono de Austria respecto a Rusia desde la muerte del emperador Nicolás[^9] —y en particular la declaración del emperador de Austria a Alejandro II— han contribuido sin duda a este resultado. Tenemos razones para creer que el emperador de los franceses ha eliminado los obstáculos que se oponían a una pacificación general y que Francia está dispuesta a consentir la evacuación completa de Crimea sin condición alguna sobre la destrucción o reducción de las fortificaciones de esa provincia».

Para aclarar este oráculo, el *Press* remite a «los detalles auténticos de su editorial». Curiosamente, son precisamente esos detalles los que refutan la conclusión fundada en ellos y puesta por delante.

> «Los asuntos de Viena», dice el editorial, «se vuelven de hora en hora menos racionales y satisfactorios; y es importante que la opinión ilustrada de ambos lados del Canal ejerza su influencia para evitar resultados que podrían ser igualmente enojosos y lamentables... Si la alianza anglo-francesa hubiera sido sincera por parte de nuestros ministros en 1853, probablemente habría faltado la ocasión de la guerra; pero, de ser necesaria, su dirección habría sido con toda probabilidad victoriosa y afortunada. En lugar de esa alianza cordial con Francia, el gobierno británico malgastó un año en lo que llamaba la *adhesión de los grandes Estados alemanes*. Nada podía justificar una guerra contra Rusia por parte de las potencias occidentales sino la firme resolución de reducir materialmente su imperio en el sur. Esa es la única solución de la cuestión de Oriente. En 1853 la ocasión era favorable; se ha perdido. Tiempo, tesoros, ejércitos y reputación se han derrochado por igual. Si en 1853 hubiéramos actuado cordialmente con Francia, las potencias alemanas habrían tenido que seguir nuestros pasos. ¿Qué ha ocurrido ahora? El emperador de Austria ha asegurado al emperador Alejandro de Rusia “que Austria no pretende reducir las fronteras de su imperio ni infligir ninguna afrenta a su territorio”. Estas palabras solo admiten una interpretación. En cuanto al acuerdo secreto entre Francia y Austria al que aludimos antes, una alta autoridad nos asegura que, aunque apunta a una unión probablemente permanente entre los dos imperios, no contiene nada que tenga que llevar necesariamente a una invasión de Rusia por Austria. El emperador de Rusia está dispuesto a aceptar condiciones de paz que, si bien no ofrecen ninguna solución de la cuestión de Oriente, son sin duda la confesión de una agresión frustrada y, en cierta medida, una expiación por el acto de violencia. Creemos que se ha perdido la ocasión de una política más grandiosa y que la combinación de circunstancias que podría haber asegurado la independencia de Europa no volverá tan pronto; pero todavía puede obtenerse una paz ventajosa en su conjunto para Europa, útil para Turquía y no deshonrosa para las potencias occidentales. Tenemos motivos para temer que no se negociará semejante paz. ¿Cuál es el obstáculo?... El emperador de los franceses. Si, pese a las circunstancias ahora desfavorables, siguiera pensando que hay que emprender la solución de la cuestión de Oriente, no diríamos que Inglaterra deba retirarse; pero sabemos que las opiniones del emperador son de muy distinta índole... Entre la reducción de las fronteras rusas y la negociación de la paz proyectada, el emperador de los franceses ha ideado un *mezzo termine*[^10] que es peligroso y puede resultar funesto. Se propone una campaña llena de hazañas brillantes que restablezcan el *prestige*» (brillo) «y luego terminar con una paz que no cambiaría la organización territorial de Europa ni de Asia ni un ápice más que las propuestas austro-rusas a las que estaba dispuesto a adherirse el plenipotenciario extraordinario inglés en Viena. Aparte de la parte del plan que quiere sacrificar muchos miles de vidas humanas por la mera restauración del *prestige*..., consideramos la impolítica de este proyecto tan escandalosa como su inmoralidad. ¿Y si la campaña del *prestige* no tiene éxito?... Además de los obstáculos que opone el ejército ruso en Crimea, amenaza la peste tanto como las armas. Si fracasa la campaña del *prestige*, ¿qué será de Inglaterra y de Francia? ¿De qué lado estarán entonces las grandes potencias alemanas? La perspectiva no es otra que la decadencia y la caída de Europa. Aun cuando las probabilidades no estuvieran en contra nuestra, ¿estamos justificados para correr semejantes peligros, ni siquiera en favor de una política determinada, sino de una mera demostración? Puede ser un tormento para el soberano de Francia que se haya perdido una gran ocasión; no lo es menos para el pueblo inglés. Pero los estadistas tienen que tomar las circunstancias como son. Ni Francia, ni Inglaterra, ni Rusia están en 1855 en las mismas posiciones que en 1853. ¡Ay de los hombres que han traicionado los intereses supremos de Europa! Que les alcance la suerte que merecen. El soberano de Francia y la reina de Inglaterra no tienen culpa; pero no deben, como jugadores enloquecidos, empeñarse en forzar su mala suerte en una locura de desengaño y un paroxismo de desesperación».

En el mismo periódico se alude al panfleto de Girardin *La Paix*,[^11] en el que se celebra el desarme simultáneo de Sebastopol y de Gibraltar como la verdadera solución de paz.

> «¡Pensad», exclama el *Press*, «que este panfleto, o más bien su venta, está autorizado por el gobierno francés y que su autor es el querido e íntimo amigo, consejero y compañero del presunto heredero del trono!».

Aquí solo indicaremos que los derbistas, cuyo órgano es el *Press*, trabajan en una coalición con la (pacífica) escuela de Manchester, y que el ministerio, por su parte, intenta ganarse a la escuela de Manchester con la ley del timbre de los periódicos (sobre la que volveremos).[^12] La idea de una campaña de mera demostración, de una guerra europea no para poner en peligro la potencia enemiga, sino para salvar el propio *prestige*, de una guerra de espectáculo, tiene desde luego que sacar de quicio a cualquier inglés sensato. Pregunta: ¿no es una de las *idées napoléoniennes*,[^13] tal como el Imperio restaurado las entiende y tiene que entenderlas?

[^1]: El folleto anónimo *De la conduite de la guerre d'Orient* («Sobre la dirección de la guerra de Oriente»), publicado en Bruselas en 1855 y atribuido al príncipe Napoleón, primo de Napoleón III.
[^2]: Serie de cartas firmadas «An Englishman» que *The Times* publicó contra Luis Bonaparte tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.
[^3]: Semanario cartista publicado en Londres de 1852 a 1858 y dirigido por Ernest Jones; Marx colaboró en él.
[^4]: El tratado de Londres del 15 de julio de 1840 entre Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia para obligar al bajá de Egipto, Mehmet Alí, protegido de Francia, a devolver Siria al sultán; se firmó a espaldas de Francia y la puso al borde de la guerra con Inglaterra. Palmerston era ministro de Asuntos Exteriores desde 1830.
[^5]: En octubre de 1846 la reina Isabel II de España se casó con su primo Francisco de Asís de Borbón, y su hermana, la infanta Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe, contra lo convenido con Inglaterra; Palmerston había vuelto a Asuntos Exteriores en julio de 1846.
[^6]: La paz de Utrecht (1713), que puso fin a la guerra de Sucesión española; Felipe V renunció en ella a sus derechos a la corona de Francia.
[^7]: James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores del gabinete tory de Derby en 1852, que reconoció el Segundo Imperio.
[^8]: Sin haber concluido nada.
[^9]: El zar Nicolás I murió el 2 de marzo de 1855; le sucedió su hijo Alejandro II.
[^10]: Término medio.
[^11]: Émile de Girardin, periodista y político francés; *La Paix* («La paz») se publicó en París en 1855.
[^12]: Véase «Napoleón y Barbès — El timbre de los periódicos».
[^13]: «Ideas napoleónicas», alusión al libro de Luis Bonaparte *Des idées napoléoniennes* (1839).
