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Title: Una política singular (1855)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune: el tratado de Viena de 1815 como fundamento de la supremacía rusa en Europa, el memorial del mariscal prusiano Knesebeck, que quería conservar a los turcos y acabar con Polonia, y la ironía de un Napoleón III que hace la guerra para extender ese tratado a Turquía.
Author: Karl Marx
Date: 1855-06-19
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1855%20Una%20pol%C3%ADtica%20singular
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 19 de junio de 1855 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4437, del 10 de julio de 1855, con el título «Eccentricities of Politics». El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 305-308), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen tres erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1855%20Eine%20sonderbare%20Politik).*

En su libro sobre el *Congrès de Vienne*, el abate De Pradt[^1] acusa con razón a ese congreso danzante, como lo llamó el príncipe de Ligne,[^2] de haber puesto los cimientos de la supremacía rusa en Europa y de haberla sancionado además.

> «Así ha sucedido», exclama, «que la guerra de la independencia de Europa contra Francia ha terminado con el sometimiento de Europa por Rusia. No valía la pena esforzarse tanto para semejante resultado».

Como la guerra contra Francia era a la vez una guerra contra la revolución, una guerra antijacobina, condujo naturalmente a un desplazamiento de la influencia política del oeste hacia el este, de Francia hacia Rusia. El Congreso de Viena fue el vástago natural de la guerra antijacobina; el tratado de Viena, el producto legítimo del Congreso de Viena, y la supremacía rusa, el hijo natural del tratado de Viena. Por eso no se puede permitir a la masa de los escritores ingleses, franceses y alemanes echar toda la culpa a los prusianos porque Federico Guillermo III, con su ciega devoción al emperador Alejandro y con las instrucciones categóricas a sus embajadores de ir de acuerdo con Rusia en todas las cuestiones importantes, frustró los planes, astutamente urdidos, del infame triunvirato, Castlereagh, Metternich y Talleyrand,[^3] de levantar barreras territoriales seguras contra las intromisiones rusas en los derechos de otros y de conjurar así las consecuencias desagradables, pero inevitables, del sistema que con tanto celo impusieron al continente. Ni siquiera a un cónclave tan falto de escrúpulos le fue dado falsear la lógica de los acontecimientos.

Como la preponderancia de Rusia en Europa es inseparable del tratado de Viena, una guerra contra esa potencia, si no se proclama desde el principio la abolición del tratado, no puede ser más que un mero enredo de engaño, bribonería y connivencia secreta. La guerra actual, sin embargo, no se emprende con el objetivo de abolir el tratado de Viena; se hace, al contrario, para consolidarlo con la incorporación adicional de Turquía al protocolo de 1815. De ello se espera que amanezca el milenio conservador y que el esfuerzo unido de los Gobiernos les permita dedicarse exclusivamente a «tranquilizar» la opinión europea. Por los notables pasajes siguientes, traducidos del folleto del mariscal prusiano Knesebeck[^4] «sobre la situación de equilibrio de Europa a la reunión del Congreso de Viena», se verá que ya en tiempos de ese congreso los actores principales eran perfectamente conscientes de que la conservación de Turquía es una parte tan integrante de su «sistema» como el reparto de Polonia.

> «¡Los turcos en Europa! ¿Qué os han hecho los turcos? Son un pueblo vigoroso y leal. Tranquilos en su casa desde hace siglos, con tal que no los molestéis. Se puede confiar en ellos; ¿os han engañado alguna vez?, ¿no son honrados y francos en su política? Valientes y belicosos, sí; pero eso, por más de una razón, es saludable y bueno. Son el mejor antemural contra la presión de la superpoblación asiática; y precisamente porque tienen un pie en Europa contienen esa presión. Si se los expulsara, ellos mismos empujarían. Imaginaos que no están. ¿Qué surgiría? O Rusia o Austria se quedaría con esos países, o se fundaría allí un Estado griego particular. ¿Queréis, pues, hacer a Rusia más poderosa todavía, echaros encima al coloso también por ese lado? ¿No os basta con que haya adelantado el pie del Volga al Niemen, del Niemen al Vístula, y ahora probablemente lo ponga en el Warta? Y, si no es eso, ¿queréis dar a la fuerza de Austria la dirección de Asia y volverla así débil o indiferente para la conservación del centro, para la presión que viene del oeste? Recordad la situación de otros tiempos, los tiempos de Juan Sobieski, de Eugenio de Saboya y de Montecuccoli.[^5] ¿Cómo ganó Francia terreno por primera vez sobre Alemania, sino porque la fuerza de Austria tenía que hacer frente siempre a la presión de Asia? ¿Queréis volver a traer esa situación y agravarla acercando más a Austria a Asia?

> ¡Fundar, pues, un Estado griego o bizantino propio! ¿Mejoraría eso la situación de Europa? Con la flojedad en que ha caído este pueblo» (los griegos), «¿no tendría Europa, al contrario, que estar siempre en armas para protegerlo contra los turcos que volverían? ¿No haría siempre la influencia de Rusia sobre ese Estado, por la religión, el comercio y el interés, que Grecia no fuera más que una colonia de Rusia? Dejad, pues, mejor a los turcos donde están y no despertéis la fuerza inquieta cuando descansa.

> ¡Pero, exclama un filántropo bienintencionado, allí se maltrata a la humanidad! ¡La parte más bella de la tierra, la antigua Atenas y Esparta, está habitada por bárbaros!

> Es verdad, amigo mío; allí se estrangula ahora, o se estrangulaba hasta hace poco, a la humanidad; pero también en otras partes se la azota con el knut, se la apalea, se la flagela y se la vende. Antes de cambiar, piensa si también mejorarías, si el knut, la vara del cabo y la falsedad griega serán más suaves en sus golpes que el cordón de seda y un firmán de los turcos. Quítame, pues, primero de Europa esas cosas y la trata de esclavos, y tranquilízate sobre la rudeza del turco. Su rudeza tiene fuerza, su fe da valor, y necesitamos fuerza y valor para ver con calma al moscovita adelantarse hasta el Warta.

> ¿Así que los turcos han de conservarse y los polacos, en cambio, desaparecer como nación? Sí, ni más ni menos.

> Lo que tiene fuerza para sostenerse se sostiene; donde todo está podrido, perece. Y así es. Pregúntese uno solamente qué subsistiría si la nación polaca se conservara independiente en su carácter natural. Borrachera, glotonería, servilismo, desprecio de todo lo mejor y de cualquier otro pueblo, soberbia que se burla de todo orden y costumbre, despilfarro, libertinaje, venalidad, astucia, falsedad, vida disoluta desde el palacio hasta la choza: ese es el elemento en que vive el polaco. A cambio canta su canción, toca el violín y la guitarra, besa a su muchacha y bebe en su zapato, desenvaina el sable, se atusa el bigote, monta a caballo, va a la guerra con Dumouriez[^6] y con Bonaparte o con cualquier otro en la tierra, se excede con el aguardiente y el ponche, pelea con valor con amigos y enemigos, maltrata a su mujer y a su campesino, vende sus bienes, se va al extranjero, alborota medio mundo y jura por Kościuszko y por Poniatowski[^7] que esto no ha de perecer, tan cierto como que es polaco.

> Ahí tenéis lo que queréis conservar cuando decís: Polonia tiene que restablecerse.

> ¿Merece subsistir una nación así? ¿Está maduro semejante pueblo para una constitución? Una constitución presupone sentido del orden, pues no hace otra cosa que ordenar, que asignar a cada miembro de la sociedad el lugar que le corresponde. Por eso determina los estamentos de que ha de componerse el Estado y el lugar, rango, orden, derechos y deberes de cada estamento, así como la marcha de la máquina del Estado y los rasgos principales de su administración. Que alguien ponga orden donde nadie quiere orden. Ya un rey polaco (Esteban Báthory)[^8] exclamó: “¡Polacos!: no al orden, que no conocéis ninguno; no al gobierno, que no respetáis ninguno; a la mera suerte debéis vuestra conservación”.

> Y así sigue siendo. El desorden, la vida disoluta, es el elemento del polaco. No, dejad que esos hombres pasen bajo el knut; la Providencia lo quiere así, ¡y el cielo sabe lo que le conviene al hombre!

> Por ahora, pues, ¡se acabó Polonia!».

Así pues, las opiniones del viejo mariscal Knesebeck han de hacerse realidad mediante la guerra actual, una guerra que se hace para ampliar y consolidar el tratado de Viena de 1815. Durante todo el periodo de la Restauración y de la monarquía de Julio en Francia estuvo extendida la ilusión de que el napoleonismo significaba la abolición del tratado de Viena, que había puesto a Europa bajo la tutela oficial de Rusia y a Francia bajo la *surveillance publique*[^9] de Europa. Ahora el actual imitador de su tío, perseguido por la ironía implacable de su fatal situación, demuestra al mundo que el napoleonismo significa la guerra, no para liberar a Francia *del* tratado de Viena, sino para someter también a Turquía al tratado. ¡La guerra en interés del tratado de Viena y con el pretexto de tener a raya el poder de Rusia!

Esa es la verdadera *idée napoléonienne*[^10] en la interpretación de los resurreccionistas[^11] de París. Como los ingleses son orgullosos aliados del segundo Napoleón, se sienten naturalmente autorizados a tratar las sentencias del viejo Napoleón como su sobrino trata sus ideas. No debemos extrañarnos, por tanto, de leer en un autor inglés reciente (Dunlop) que Napoleón predijo que la próxima lucha con Rusia incluiría la gran cuestión de si Europa ha de ser «constitucional o cosaca». Antes de los días del Bajo Imperio, Napoleón habría dicho: «republicana o cosaca».[^12] El mundo, sin embargo, vive y aprende.

¡Y porque la *Tribune* sabe apreciar la gloria del tratado de Viena y del «sistema» europeo que en él se funda, se la acusa de infidelidad a la causa de los derechos del hombre y de la libertad!

[^1]: Dominique Dufour de Pradt (1759-1837), arzobispo de Malinas y publicista francés, autor de *Du Congrès de Vienne* (1815).

[^2]: Charles-Joseph, príncipe de Ligne (1735-1814), mariscal austriaco, autor de la frase «le congrès danse, mais il ne marche pas» («el congreso baila, pero no avanza»).

[^3]: Robert Stewart, vizconde de Castlereagh (1769-1822), ministro británico de Asuntos Exteriores; Klemens von Metternich (1773-1859), canciller austriaco; Charles-Maurice de Talleyrand (1754-1838), ministro francés de Asuntos Exteriores, representantes de sus países en el Congreso de Viena.

[^4]: Karl Friedrich von dem Knesebeck (1768-1848), general y después mariscal de campo prusiano, consejero militar del rey en 1813-1815.

[^5]: Juan III Sobieski (1629-1696), rey de Polonia, que liberó Viena del sitio turco en 1683; el príncipe Eugenio de Saboya (1663-1736) y Raimondo Montecuccoli (1609-1680), generales al servicio de Austria que vencieron a los turcos.

[^6]: Charles-François Dumouriez (1739-1823), general francés, que combatió en 1770-1771 junto a los confederados polacos de Bar.

[^7]: Tadeusz Kościuszko (1746-1817), jefe de la insurrección polaca de 1794; el príncipe Józef Poniatowski (1763-1813), general polaco y mariscal de Napoleón.

[^8]: Esteban Báthory (1533-1586), rey de Polonia desde 1576.

[^9]: La «vigilancia pública» de la policía a la que se sometía a los delincuentes excarcelados.

[^10]: Alusión al libro de Luis Bonaparte *Des idées napoléoniennes* (1839).

[^11]: Juego de palabras: en Inglaterra se llamaba *resurrectionists* a los ladrones de cadáveres; aquí, los que resucitan el Imperio.

[^12]: El «Bajo Imperio» es el Segundo Imperio de Napoleón III. En el *Memorial de Santa Elena* de Las Cases se atribuye a Napoleón la predicción de que en cincuenta años Europa sería «republicana o cosaca».
