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Title: El Crédit Mobilier francés — Tercer artículo (1856)
Description: Tercer artículo de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el Crédit Mobilier: el agio como eje de su actividad, la inmovilización del capital circulante, las sociedades por acciones y el «feudalismo industrial», y unas obligaciones que llevan a la bancarrota.
Author: Karl Marx
Date: 1856-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20El%20Cr%C3%A9dit%20Mobilier%20franc%C3%A9s%20-%20Tercer%20art%C3%ADculo
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*Escrito en inglés por Karl Marx a finales de junio de 1856 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4751, del 11 de julio de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 31-36), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen tres erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW; la indicación del artículo es de sus editores. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1856%20Der%20franz%C3%B6sische%20Cr%C3%A9dit%20mobilier%20-%20Dritter%20Artikel).*

El hundimiento que se avecina de las finanzas bonapartistas sigue anunciándose por muchos caminos. Cuando el conde de Montalembert[^1] se opuso el 31 de mayo a un proyecto de ley que elevaba el franqueo de todos los impresos, libros y similares, dio la alarma en este tono:

> «Toda vida política está suprimida, ¿y con qué se la ha sustituido? Con el torbellino de la especulación. La gran nación francesa no podía entregarse al sueño, a la inacción. La vida política ha sido sustituida por la fiebre de la especulación, la avidez de ganancia, la pasión del juego. Por todas partes, aun en nuestras pequeñas ciudades, aun en nuestros pueblos, la gente está poseída por la manía de alcanzar esas riquezas ganadas deprisa de las que tantos ejemplos hay, riquezas adquiridas sin esfuerzo, sin trabajo y a menudo sin honra. No necesito buscar otra prueba que el proyecto de ley contra las *sociétés en commandite* que se os acaba de presentar. Las copias se nos acaban de repartir; aún no he tenido tiempo de examinarlo; con todo, me inclino a apoyarlo, a pesar de las disposiciones algo draconianas que creo haber descubierto en él. Si el remedio es tan urgente y tan importante, el mal ha de ser igual de grave. La verdadera causa de este mal es que todo espíritu político se ha dormido en Francia... Y el mal que señalo no es el único que brota de esa misma fuente. Mientras las clases altas —esas antiguas clases políticas— se entregan a la especulación, se manifiesta otra actividad en las clases bajas de la sociedad, de donde han partido casi todas las revoluciones que ha sufrido Francia. Ante esa terrible manía especulativa, que ha hecho de casi toda Francia una inmensa casa de juego, una parte de las masas, caída bajo la influencia de los socialistas, se ha dejado seducir más que nunca por la avidez de ganancia. De ahí un crecimiento indudable de las sociedades secretas, un desarrollo mayor y más profundo de esas pasiones salvajes que calumnian al socialismo cuando reclaman su nombre, y que se han puesto al descubierto hace poco con toda su violencia en los procesos de París, Angers[^2] y otros lugares.»

¡Así habla Montalembert, uno de los primeros accionistas de la empresa bonapartista para salvar el orden, la religión, la propiedad y la familia!

Hemos oído de labios de Isaac Péreire que uno de los secretos del Crédit Mobilier consistía en el principio de multiplicar su actividad y reducir el riesgo participando en todas las empresas posibles y retirándose de ellas en el menor tiempo posible. ¿Qué significa esto, despojado del florido lenguaje del sansimonismo? Suscribir acciones en la mayor escala, especular con ellas en masa, embolsarse el agio y luego deshacerse de las acciones lo antes posible. La especulación bursátil ha de ser, pues, la base del desarrollo industrial o, mejor dicho, toda actividad industrial ha de convertirse en mero pretexto para la especulación bursátil. ¿Y con qué instrumento ha de alcanzar el Crédit Mobilier este fin? ¿Por qué medios ha de verse en condiciones de «multiplicar su actividad» y de «reducir el riesgo»? Son los mismos medios que empleó Law. Como el Crédit Mobilier es una compañía privilegiada que goza del apoyo del gobierno y dispone de relativamente mucho capital y crédito, no cabe la menor duda de que las acciones de cada nueva empresa fundada por él darán un agio en la Bolsa en su primera emisión. Ha aprendido lo bastante de Law para adjudicar a sus propios accionistas las nuevas acciones a la par, en proporción al número de acciones que poseen en la sociedad matriz. El beneficio que así se les asegura repercute en primer lugar en el valor de las acciones del propio Crédit Mobilier, mientras que la alta cotización de estas asegura a su vez un alto valor a las acciones que se emitan de nuevo. De este modo el Crédit Mobilier se hace con el poder de disponer de una gran parte del capital prestable destinado a invertirse en empresas industriales.

Dejando aparte el hecho de que el agio es así el verdadero eje en torno al cual gira la actividad del Crédit Mobilier, su objetivo consiste, pues, evidentemente en actuar sobre el capital de un modo que es exactamente lo contrario de la función de los bancos comerciales. Un banco comercial, con sus descuentos, sus préstamos y su emisión de billetes, libera temporalmente capital fijo, mientras que el Crédit Mobilier fija precisamente capital circulante. Por ejemplo, las acciones de ferrocarriles pueden ser muy líquidas, pero el capital que representan, es decir, el capital invertido en la construcción del ferrocarril, es fijo. Si la parte del capital que un fabricante ha invertido en edificios y máquinas no guardara la debida proporción con la parte reservada al pago de salarios y a la compra de materias primas, el fabricante vería muy pronto parada su fábrica. Lo mismo vale para una nación. Casi todas las crisis comerciales de nuestro tiempo han estado ligadas a una ruptura de la debida proporción entre capital circulante y capital fijo. ¿Qué resultado tendrá entonces la actuación de una institución como el Crédit Mobilier, cuyo fin inmediato es inmovilizar todo lo posible del capital prestable del país en ferrocarriles, canales, minas, astilleros, buques de vapor, ferrerías y otras empresas industriales, sin consideración alguna a las posibilidades de producción del país?

Según sus estatutos, el Crédit Mobilier solo puede favorecer a las empresas industriales explotadas por sociedades anónimas o sociedades por acciones de responsabilidad limitada. Por consiguiente, tenía que surgir la tendencia a fundar el mayor número posible de tales sociedades y, además, a dar la forma de esas sociedades a todas las empresas industriales. Ahora bien, no puede negarse que la aplicación de las sociedades por acciones a la industria marca una nueva época en la vida económica de las naciones modernas. Por un lado, ha revelado las potencias productivas de la asociación, antes insospechadas, y ha dado vida a creaciones industriales en una escala inalcanzable para los esfuerzos de capitalistas individuales. Por otro lado, no hay que olvidar que en las sociedades por acciones no se asocian los individuos, sino los capitales. Con esta manipulación, los propietarios se han convertido en accionistas, es decir, en especuladores. La concentración del capital se ha acelerado y, como consecuencia natural, también la ruina de la pequeña burguesía. Ha surgido una especie de reyes de la industria cuyo poder está en razón inversa de su responsabilidad, pues solo responden hasta el importe de sus acciones, mientras disponen de todo el capital de la sociedad. Forman un elemento más o menos estable, mientras que la masa de los accionistas pasa por un proceso incesante de cambio en su composición; y como disponen precisamente de toda la influencia y la riqueza de la sociedad, están en condiciones de sobornar a los miembros rebeldes de esta. Por debajo de este directorio oligárquico está un cuerpo burocrático de gerentes y agentes para el trabajo práctico, e inmediatamente por debajo de ellos una masa enorme y cada día creciente de simples asalariados, cuya dependencia e impotencia crecen con las dimensiones del capital que los emplea, pero que también se vuelven más peligrosos en proporción directa al número decreciente de los representantes de ese capital. Es mérito inmortal de Fourier[^3] haber predicho esta forma de la industria moderna bajo el nombre de *feudalismo industrial*. Desde luego, ni el señor Isaac Péreire ni el señor Émile Péreire, ni el señor Morny ni el señor Bonaparte podían inventarlo. También antes de su tiempo había bancos que concedían su crédito a sociedades industriales por acciones. Lo que ellos inventaron fue un banco por acciones que aspiraba al monopolio de la actividad, antes dispersa y variada, de los prestamistas privados, y cuyo principio rector había de ser la fundación de un número enorme de sociedades industriales, no con vistas a inversiones productivas de capital, sino simplemente por las ganancias de la especulación. La idea nueva que han aportado consiste en hacer del feudalismo industrial un tributario de la especulación bursátil.

Según los estatutos, el capital del Crédit Mobilier se fija en 60.000.000 de francos. Los mismos estatutos permiten aceptar depósitos en cuenta corriente por el doble de esa suma, es decir, por 120.000.000. La suma a disposición de la sociedad asciende, pues, en total a 180.000.000 de francos. Comparada con el audaz plan de conseguir el patronazgo sobre toda la industria de Francia, es sin duda una suma muy pequeña. Pero dos tercios de esa suma —por haberse recibido a la vista— apenas pueden emplearse en comprar acciones industriales u otros valores de los que no hay garantía de que puedan realizarse de inmediato. Por eso los estatutos abren al Crédit Mobilier otra fuente. Está autorizado a emitir obligaciones hasta diez veces el importe de su capital social, es decir, hasta 600.000.000 de francos; o, en otras palabras, la institución pensada como auxilio de todo el mundo tiene la facultad de presentarse en el mercado como prestataria de una suma diez veces mayor que su capital propio.

> «Nuestras obligaciones —dice el señor Péreire— serán de dos clases. Unas, emitidas a corto plazo, han de corresponder a nuestras diversas inversiones temporales.»

Las obligaciones de esta clase no nos interesan aquí, ya que, según el artículo VIII de los estatutos, solo han de emitirse para cubrir el déficit probable hasta los 120.000.000 que han de recibirse en cuenta corriente, que se han recaudado íntegramente de ese modo. La otra categoría de obligaciones

> «se emitirá a largo plazo, será reembolsable por vía de amortización y corresponderá a las inversiones del mismo carácter que habremos hecho, bien en efectos públicos, bien en acciones y obligaciones de sociedades industriales. Según la economía del sistema en que se basa nuestra sociedad, a estas obligaciones no solo les servirá de garantía un número correspondiente de títulos, adquiridos bajo la vigilancia del gobierno, que, reunidos según el principio de la mutualidad, ofrecerán las ventajas de la compensación y de la división del riesgo, sino que estarán cubiertas también por un capital que para ese fin hemos elevado a una cuantía considerable».

Estas obligaciones del Crédit Mobilier son, pues, simples imitaciones de los bonos de ferrocarril: obligaciones reembolsables en un momento determinado y en determinadas condiciones, que rinden un interés fijo. Hay, sin embargo, una diferencia. Los bonos de ferrocarril están a menudo garantizados por una hipoteca sobre el propio ferrocarril; ¿en qué consiste, en cambio, la garantía de las obligaciones del Crédit Mobilier? En los efectos públicos, acciones, obligaciones y similares que el Crédit Mobilier adquiere con sus propias obligaciones. ¿Qué se gana entonces con su emisión? La diferencia entre el interés que se debe por las obligaciones del Crédit Mobilier y el interés de las acciones y demás títulos en que ha invertido su préstamo. Para que esta operación sea lo bastante lucrativa, el Crédit Mobilier tiene que colocar el capital obtenido con la emisión de sus obligaciones en las inversiones que prometan la ganancia más remuneradora, es decir, en acciones sujetas a grandes oscilaciones y cambios de cotización. La principal garantía de sus obligaciones consistirá, por tanto, en las acciones precisamente de las sociedades industriales fundadas por la propia sociedad.

Así, mientras los bonos de ferrocarril están garantizados por un capital al menos dos veces mayor, estas obligaciones del Crédit Mobilier lo están por un capital solo nominalmente igual, que además ha de disminuir con cada movimiento a la baja de la Bolsa. Los tenedores de estas obligaciones comparten, por consiguiente, todos los riesgos de los accionistas sin participar en sus beneficios.

> «Pero los tenedores de las obligaciones —dice el último informe anual— no solo están cubiertos por las inversiones en que» (el Crédit Mobilier) «ha colocado sus préstamos, sino también por su capital social.»

El capital social de 60.000.000, que responde de los 120.000.000 de depósitos, se ofrece a servir de garantía de 600.000.000 de obligaciones, además de las garantías que sin duda tendrá que proporcionar al número ilimitado de empresas que el Crédit Mobilier está autorizado a fundar. Si la sociedad lograra cambiar las acciones de todas las sociedades industriales por sus propias obligaciones, se convertiría en efecto en director supremo y propietario de toda la industria de Francia, mientras la masa de los antiguos propietarios se encontraría jubilada con una renta fija equivalente al interés de las obligaciones. Pero la bancarrota, que se sigue de las condiciones económicas antes expuestas, detendrá a los audaces aventureros en el camino hacia ese fin. Este pequeño percance no se ha pasado por alto, sin embargo. Al contrario, los verdaderos fundadores del Crédit Mobilier lo han incluido en sus cálculos. Si ese hundimiento llega cuando los intereses de un número enorme de franceses se hayan visto envueltos en él, el gobierno de Bonaparte parecerá autorizado a intervenir en los negocios del Crédit Mobilier, como hizo el gobierno inglés en 1797 con el Banco de Inglaterra.[^4] El regente de Francia, aquel honorable antepasado de Luis Felipe, intentó librarse de la deuda pública convirtiendo las obligaciones del Estado en obligaciones del banco de Law;[^5] Luis Bonaparte, el socialista imperial, intentará adueñarse de la industria francesa convirtiendo las obligaciones del Crédit Mobilier en obligaciones del Estado. ¿Será más solvente que el Crédit Mobilier? Esa es la cuestión.

[^1]: Charles de Montalembert (1810-1870), publicista y político católico, diputado del Cuerpo Legislativo.

[^2]: En 1856 se juzgó en Angers a los obreros pizarreros de Trélazé, organizados en la sociedad secreta republicana la Marianne, que se habían levantado en agosto de 1855; por las mismas fechas hubo en París procesos contra sociedades secretas.

[^3]: Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés.

[^4]: En febrero de 1797, ante el pánico causado por el temor a una invasión francesa, el gobierno de Pitt dispensó al Banco de Inglaterra de canjear sus billetes por oro (*Bank Restriction Act*); la convertibilidad no se restableció hasta 1821.

[^5]: Felipe de Orleans (1674-1723), regente durante la minoría de Luis XV (1715-1723), tatarabuelo de Luis Felipe; bajo su regencia, el sistema de John Law canjeó deuda pública por acciones de la Compañía de las Indias.
