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Title: La Cámara de los Lores y el monumento al duque de York (1856)
Description: Artículo de Marx para The People's Paper: ante la defensa del monumento al duque de York en la Cámara de los Lores, repaso sarcástico de la vida del príncipe, general derrotado en Flandes y en el Helder y comandante en jefe que vendía ascensos a través de su amante, la señora Clarke.
Author: Karl Marx
Date: 1856-04-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20La%20C%C3%A1mara%20de%20los%20Lores%20y%20el%20monumento%20al%20duque%20de%20York
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*Escrito en inglés por Karl Marx y publicado en* The People's Paper*, núm. 208, del 26 de abril de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 5-14), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen tres erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1856%20Das%20Oberhaus%20und%20das%20Denkmal%20des%20Herzogs%20von%20York).*

Precisamente en el momento en que lord John Russell,

> «el enano hecho de estorbosa centinodia»,[^1]

divertía a la Cámara de los Comunes con uno de sus pigmeos planes de bufón para educar a ese gigante llamado pueblo,[^2] sus colegas de la Cámara de los Lores daban un ejemplo práctico de la educación que han recibido los gobernantes de Gran Bretaña por la gracia de Dios. Era objeto de su debate el informe de una comisión de la Cámara de los Comunes que, por intereses locales, recomendaba retirar de Waterloo Place el monumento al duque de York.[^3] En aquella ocasión dijo el marqués de Clanricarde[^4]

> que «el duque de York no solo era excelso por su ilustre nacimiento, sino que había prestado también grandes servicios militares a la Corona y a la patria... El duelo por su fallecimiento no se limitó a su círculo de amigos, sino que fue general. El celo que mostró en el cumplimiento de los deberes que se le encomendaron fue atestiguado unánimemente por todas partes».

Según las palabras del marqués de Lansdowne,[^5]

> «un monumento erigido hace algunos años en honor de una ilustre personalidad, respetada por todos, no debería ser apartado ni retirado tan a la ligera».

Aberdeen, el *thane* viajero,[^6] calificó el monumento de «en cierto modo *consagrado*». El conde de Malmesbury[^7]

> «estaba completamente de acuerdo con las palabras del noble conde en lo que podría llamarse el aspecto sentimental del asunto».

Repasemos la vida de este héroe real, al que los lores han canonizado de este modo.

El acontecimiento más memorable de la vida del duque de York —su nacimiento— tuvo lugar en 1763. Veintiséis años después supo atraer la atención del mundo sobre su persona renunciando a la dichosa soltería y haciéndose marido. La guerra antijacobina dio al príncipe real la ocasión de convertirse en comandante real. Aunque el ejército inglés fue derrotado regularmente en su siempre gloriosa empresa de Flandes y en la no menos gloriosa empresa del Helder,[^8] tuvo sin embargo la constante satisfacción de ver regresar sano y salvo a su comandante real. Es sabido con qué habilidad huyó de Houchard en Hondschoote y cómo su sitio de Dunkerque superó en cierto modo en bufonadas al sitio de Troya.[^9] Tan grande fue la excelsa gloria que conquistó en su campaña de Flandes que Pitt, preocupado por su reputación, hizo que el ministro de la Guerra, Dundas,[^10] transmitiera por la vía más rápida a su alteza real el urgente aviso de que regresara a casa, de que reservara las pruebas de valor personal para tiempos de mayor peligro y de que recordara la vieja máxima de Fabio: «famae etiam iactura facienda est pro patria».[^11] Un oficial llamado Cochrane Johnstone,[^12] sobre el que volveremos más adelante, fue el elegido para llevar estos despachos y —según cuenta un autor de aquellos tiempos pasados—

> «Johnstone prestó este servicio con una rapidez y una decisión que le valieron con justicia la admiración del ejército».

Aún mayores que sus hazañas militares durante esta campaña resultaron las que el duque realizó en el terreno financiero: un oportuno incendio en cada depósito saldó de una vez para siempre las cuentas de todos sus oficiales de intendencia, proveedores e inspectores. A pesar de estos éxitos, encontramos de nuevo a su alteza real en 1799 al frente de la expedición del Helder, que los periódicos británicos, abiertamente protegidos por Pitt, presentaban como un simple paseo dominical, pues se tenía por cosa bastante antinatural que un ejército de 45.000 hombres, con una escuadra a la espalda que dominaba el Zuiderzee y mandado por un vástago de la casa real de Brunswick, no fuera capaz de dispersar con su sola presencia a una chusma de unos 20.000 franceses

> «al mando de un aprendiz de impresor del Lemosín, un tal Brune, que había recibido su formación militar y política en los juegos de pelota de la Revolución francesa»,[^13]

a los cuatro vientos. Pero el aprendiz de impresor del Lemosín tuvo la desvergüenza —con el grosero cinismo propio de aquellos generales jacobinos— de hacer trizas a su alteza real en cada encuentro, y cuando su alteza real se esforzaba por volver al Helder, porque consideraba más meritorio vivir por su patria que morir por ella, ese Brune fue lo bastante descortés para no dejarla pasar hasta que hubo firmado la famosa capitulación de Alkmaar, que estipulaba la entrega de ocho mil marineros franceses y holandeses que se hallaban entonces prisioneros de guerra de los ingleses.[^14]

El duque de York tuvo de momento bastante de campañas y, escarmentado, se dignó por un tiempo ocultar su persona en la oscuridad que rodea de suyo al *commander-in-chief at the Horse Guards*.[^15] Pero en ese puesto se vio a la cabeza de un departamento que costaba al pueblo 23.000.000 de libras al año, y revestido del poder absoluto, solo vigilado por el rey, de ascender o licenciar a cualquiera de los 12.000 oficiales de carrera y de estado mayor.

Su alteza real no dejó de cosechar abundante gratitud pública por sus ilustradas órdenes del día, que disponían medidas como la supresión de la coleta para todos los soldados y suboficiales, el complemento de su equipo con una esponja para mantener limpia la cabeza, la alineación a derecha e izquierda, el paso de marcha y el paso de desfile, el cerrar y abrir filas, los giros y las conversiones, el echar atrás la llave de chispa, el corte de pelo y la limpieza de las polainas, el bruñido de armas y correajes, así como la orden de que John Bull embutiera su ancho pecho en una chaqueta estrecha, coronara su cabeza de chorlito con una gorra austriaca y cubriera su ancha espalda con un capote sin vueltas, y todas las demás cosas trascendentales de que se compone la ciencia de un sargento instructor de reclutas. Al mismo tiempo mostró las cualidades superiores de un estratega y un táctico en su campaña privada contra el coronel Cochrane Johnstone, el oficial al que Pitt había encargado poner fin repentino a sus victoriosas empresas en Flandes. En 1801 Johnstone, por entonces coronel del 8.º regimiento de las Indias Occidentales (negros) y gobernador de la isla de Dominica, fue llamado a Inglaterra a raíz de un motín estallado en su regimiento. Presentó una denuncia contra el mayor de su regimiento, John Gordon, que tenía el mando inmediato de este en el momento del motín. Ese mayor Gordon, así como un coronel Gordon, secretario del duque, pertenecían a aquella excelente familia que ha bendecido al mundo con grandes hombres como el chalán diplomático Gordon de Adrianópolis y como Aberdeen, el *thane* viajero, y su no menos ilustre hijo, el coronel Gordon, cuyo nombre se recuerda en relación con la guerra de Crimea.[^16] El duque de York no solo tenía, pues, que vengarse de un calumniador de los Gordon, sino sobre todo del portador de aquel delicado despacho. A pesar de todas las instancias del coronel Johnstone, John Gordon no compareció ante un consejo de guerra hasta enero de 1804. Aunque el tribunal juzgó su conducta irregular, culpablemente negligente y en extremo reprobable, el duque de York le permitió conservar su grado y su sueldo íntegro, mientras omitía inscribir el nombre del coronel Johnstone en la lista de oficiales que debían ser ascendidos a general de división honorario en octubre de 1803. Así tuvo este que ver cómo se le anteponían oficiales de grado inferior. A su queja al duque recibió Johnstone, al cabo de nueve semanas, el 10 de diciembre de 1803, la respuesta de su alteza real de que no había entrado en el ascenso general honorario porque «había acusaciones contra él cuyo punto principal aún no se había aclarado». Tampoco logró ninguna otra satisfacción hasta que el 28 de mayo de 1804 supo que su acusador era el mayor Gordon. Su proceso se aplazó de una fecha a otra; el consejo de guerra que debía examinar su caso fue convocado una vez en Canterbury y otra en Chelsea, y no abrió el proceso hasta marzo de 1805. Johnstone fue absuelto completamente y con todos los honores y solicitó que se le restituyera su antiguo grado, pero el 16 de mayo tropezó con la negativa de su alteza real. El 28 de junio el general Fitzpatrick, de la camarilla de Fox, anunció en el Parlamento que al comienzo de la siguiente legislatura pediría en interés de Johnstone que se abriera un procedimiento especial, ya que la injusticia hecha a Johnstone había «provocado la mayor inquietud en todo el ejército». Se abrió la siguiente legislatura, pero Fitzpatrick se había transformado entretanto en ministro de la Guerra[^17] y declaró desde el banco del gobierno que no presentaría la moción anunciada. Algún tiempo después el duque de York entregó a ese ministro de la Guerra —un león de salón que en su vida había visto la cara a un enemigo, que veinte años antes había vendido su compañía de la Guardia y desde entonces no había servido ni un solo día— un regimiento; así Fitzpatrick, el ministro de la Guerra, tuvo que arreglar los asuntos de Fitzpatrick, el coronel. Gracias a tales artimañas logró el duque de York aplastar al coronel Johnstone y afirmar su talento de estratega.

Que el duque, a pesar de cierta torpeza de espíritu que la ilustre casa de Brunswick lleva como tara hereditaria, era a su manera un tipo astuto quedó suficientemente probado por el hecho de que figurara como jefe de la cancillería secreta y del consejo de familia de Jorge III, el llamado gabinete doméstico, y como cabeza del partido de la corte, llamado los Amigos del Rey. Se reveló igualmente en que, con unos ingresos anuales de 61.000 libras, consiguió arrancar al ministerio un préstamo de 54.000 libras y, pese a ese crédito público, no pagar sus deudas privadas. Hace falta un espíritu bastante ágil para realizar tales proezas. Como, según es sabido, «muchas miradas se dirigen a la posición y a la grandeza», se comprenderá sin dificultad que el gobierno de Grenville[^18] no se avergonzara de proponer a su alteza real que se descargara de algunos de sus cargos accesorios, con lo que el duque —según se quejaba un panfleto pagado por él— habría quedado reducido de comandante en jefe a un mero cero. Hay que observar que Lansdowne servía en aquel mismo gabinete con el nombre de lord Henry Petty. Aquel mismo gobierno amenazó con poner al glorioso guerrero un colegio militar ante las narices, alegando hipócritamente que «la nación» estaría perdida si el comandante en jefe no era asistido en su inexperiencia por un colegio de oficiales. Tanto acosó al duque esta indigna cábala que llegó a pedirse una investigación sobre su actuación en Horse Guards. Por fortuna, esta intriga del partido de Grenville fue desbaratada por una intervención inmediata —mejor dicho, por una orden— de Jorge III, que, aunque era un idiota notorio, tenía sin embargo suficiente juicio para reconocer el genio de su hijo.

En 1808 el real caudillo —movido por sentimientos valientes y patrióticos— pidió el mando de las tropas británicas en España y Portugal; pero entonces el horror general de las masas ante la idea de ver a Inglaterra privada, en hora tan grave, de su comandante en casa estalló en manifestaciones sumamente ruidosas, faltas de tacto y casi indecentes. Se le exhortó a recordar sus anteriores desgracias en el extranjero, se le aconsejó reservarse para los encuentros con el enemigo en su propio país y guardarse de la maldición pública. Nada desanimado, el magnánimo duque hizo publicar un panfleto para demostrar su derecho hereditario a ser derrotado en Portugal y en España igual que lo había sido en Flandes y en Holanda. Pero, ¡ay!, el *Morning Chronicle* de aquellos días hacía constar que

> «en este caso es evidente que ministros y pueblo, gobierno y oposición, están completamente de acuerdo en su opinión».

Sí, el rumor del nombramiento del duque pareció amenazar a Inglaterra con un verdadero tumulto. Así, por ejemplo, se lee en un semanario londinense de aquellos días:

> «La conversación sobre este asunto no se ha limitado a las tabernas, los cafés, los mercados, los paseos y los centros habituales de chismorreo. Ha penetrado en todos los círculos privados; se ha convertido en plato fijo de las mesas de la comida y del té; la gente se para en la calle a discutir si el duque de York irá a España; hasta el atareado londinense se detiene camino de la Bolsa para preguntar si es verdad que el duque de York va a ir a España. Sí, hasta a las puertas de las iglesias del campo se ve a los políticos de aldea, cuya conversación sobre los asuntos públicos rara vez pasaba de la cuestión del reparto de los impuestos, juntar las cabezas hasta casi tocarse para cerciorarse con toda exactitud de si el duque de York va a ser enviado de verdad a España.»

Es evidente, pues, que a pesar de todos los esfuerzos de sus envidiosos detractores no se logró ocultar al mundo las anteriores hazañas del duque. ¡Qué satisfacción para un solo hombre esa preocupación unánime de todo un pueblo por retenerlo en casa! El duque no pudo, naturalmente, hacer otra cosa que herir gravísimamente su ánimo valeroso enfriando su ardor guerrero y permaneciendo quieto en Horse Guards.

Antes de pasar al periodo más brillante de esta monumental vida, tenemos que detenernos todavía un momento en sus años de juventud para mostrar que el duque gozaba ya en 1806 de la alta y pública estima de los leales súbditos de su padre. En su *Political Register* de aquel año escribía Cobbett:[^19]

> «Solo se hizo famoso por sus huidas y por la vergüenza que arrojó sobre las armas de Inglaterra; era medio tonto y a la vez maestro de la más baja perfidia; sobresalía tanto por su debilidad afeminada como por su crueldad diabólica, por su soberbia como por su servilismo, por su prodigalidad como por su codicia. Mientras tuvo el mando de las tropas, abusó de esa posición de confianza para hacer negocios infames y la utilizó para robar vergonzosamente al pueblo que se le pagaba con creces para defender. Tras sobornar o intimidar de antemano a todo aquel de quien pudiera temer que lo pusiera en evidencia, dio rienda suelta a sus numerosos y contradictorios vicios y se expuso a las maldiciones generales, aunque susurradas, del público.»

El 27 de enero de 1809 el coronel Wardle[^20] se levantó en la Cámara de los Comunes para pedir

> «el nombramiento de una comisión que investigue la conducta del comandante en jefe en lo que respecta a los ascensos y los cambios de destino en el ejército»

mediante una moción en regla.

En un discurso falto de toda delicadeza, en el que expuso con todo detalle todos los casos que tenía que aducir en apoyo de su moción y en el que nombró a todos los testigos a los que pensaba llamar para confirmar sus acusaciones, el coronel acusó al héroe idolatrado por la actual Cámara de los Lores de que su concubina, una tal señora Clarke,[^21] tenía poder para decidir los ascensos militares; de que también los cambios de mando en el ejército quedaban a su disposición; de que su influencia se extendía a los nombramientos del estado mayor del ejército; de que estaba investida del privilegio de aumentar las fuerzas armadas del país; de que de todas esas fuentes recibía dinero; de que el comandante en jefe no solo era socio tácito de todas sus transacciones, de que no solo ahorraba su propio bolsillo gracias a los ingresos de ella, sino que había intentado incluso sacar por su mediación ventajas financieras para sí mismo, independientes de las de la señora Clarke. En una palabra, afirmó que el real caudillo no solo mantenía a su querida a costa del ejército británico, sino que le permitía a ella mantenerlo a él a su vez. A raíz de esta moción, la Cámara decidió oír a los testigos. Estos interrogatorios, que se prolongaron hasta el 17 de febrero, confirmaron punto por punto la desagradable diatriba del coronel Wardle. Se probó que el verdadero oficial de Horse Guards no vivía en Whitehall, sino en la residencia de la señora Clarke en Gloucester Street, un establecimiento que constaba de una casa espléndida, una selección de carruajes y un largo séquito de criados, músicos, cantantes, actores, bailarines, parásitos, chulos y alcahuetas. Esta Horse Guard personal la había formado el real caudillo en 1803. Aunque un hogar de esa clase no podía sostenerse con 20.000 libras al año —sobre todo porque le pertenecía además una casa de campo en Weybridge—, se probó por las declaraciones de los testigos que la señora Clarke nunca había recibido del bolsillo del duque más de 12.000 libras al año, suma que apenas habría bastado para pagar los salarios y las libreas. El resto del dinero se obtenía con el tráfico amoroso general de despachos de oficial. Se presentó al Parlamento una lista escrita de los precios de la señora Clarke. El precio reglamentario de un puesto de mayor era de 2.600 libras, mientras que la señora Clarke lo vendía por 900; una compañía podía obtenerse de ella por 700 libras en lugar del precio reglamentario de 1.500, etc. Sí, había incluso en la City una oficina pública donde se vendían despachos de oficial a los mismos precios rebajados, y cuyos funcionarios principales eran conocidos como los comisionistas de la favorita. Cada vez que ella se quejaba de apuros de dinero, el duque le decía que tenía «más influencia que la reina y debía hacer uso de ella». En un caso, el celoso comandante en jefe castigó a un hombre, por no haber cumplido un contrato inicuo concertado con su querida, poniéndolo a media paga. En otro, se quedó sin más con una gratificación de 5.000 libras. En otro más, a instancias de su querida, cubrió puestos de teniente con colegiales y llamó al servicio militar a médicos que nunca habían recibido la orden de dejar su consulta. Un tal coronel French recibió de la señora Clarke una patente de reclutamiento, es decir, la facultad de levantar 5.000 hombres para el ejército. Se informó a la Cámara de los Comunes de que con ese motivo había tenido lugar la siguiente conversación entre el duque y su querida:

> Duque: El señor French me molesta continuamente con este reclutamiento. Siempre está pidiendo nuevos favores. ¿Cómo se porta contigo, cariño?

> Señora Clarke: Regular, no muy bien.

> Duque: Que el joven señor French piense bien lo que hace, o pronto acabaré con él y con su reclutamiento.

Se presentaron además algunas cartas de amor del ilustre duque, que trataban también de transacciones mercantil-militares. Una de esas cartas, fechada el 4 de agosto de 1803, comienza así:

> «¿Cómo podré expresar como es debido a mi dulcísimo, a mi queridísimo tesoro el embeleso que me ha causado su querida, su linda carta, o cuánto siento todas las cosas amables que me dice en ella? Por ello, un millón de gracias, ángel mío.»

Tras esta muestra del estilo literario de su alteza real, apenas sorprenderá ya que los doctos caballeros del St. John's College de Oxford concedieran a su alteza real el diploma de doctor en Derecho. No contentos con los despachos de oficial, los dos tortolitos dieron además en traficar con obispados y deanatos.

Salieron a la luz otras cosas no menos gloriosas para el ilustre vástago de la casa de Brunswick. Por ejemplo, un oficial llamado Dowler había sido durante muchos años amante de la señora Clarke, y en su compañía había buscado ella compensación por la repugnancia, el asco y el horror que le inspiraba el trato con el duque.

Los amigos del duque, que llamaban a su ángel «mujerzuela vil, desvergonzada», alegaron en favor de su tierno mozo de unos cincuenta años, del hombre que había pasado veinte años en el digno estado del matrimonio, el poder omnímodo de la pasión. Pasión que, dicho sea de paso, no impidió al duque negar a la señora Clarke, siete meses después de su separación, la renta anual convenida entre ellos y amenazarla, cuando sus reclamaciones se hicieron apremiantes, con la picota y la Torre. Fue precisamente esta amenaza la que dio ocasión inmediata a las revelaciones de la señora Clarke al coronel Wardle.

Sería demasiado fatigoso vadear todo el procedimiento en la Cámara de los Comunes con todos sus sucios detalles, o detenerse en el memorial del valiente duque (del 23 de febrero de 1809) en el que declaraba solemnemente a la Cámara, «por su honor de príncipe», que no sabía nada de nada, ni siquiera de cosas que probaban cartas de su puño y letra. Baste señalar que el general Ferguson declaró en la Cámara que «no honraría al ejército que el duque conservara el mando»; que el canciller del Exchequer, el señor Perceval,[^22] anunció el 20 de marzo la dimisión del duque de su cargo, y que entonces la Cámara aprobó la moción de lord Althorp según la cual «la Cámara no juzga necesario, ahora que su alteza real el duque de York ha dimitido de su cargo de comandante del ejército, dar ningún otro paso», etc. Lord Althorp[^23] fundó su moción en el deseo de

> «hacer constar en las actas de la Cámara la dimisión del duque, para dejar documentado que el duque había perdido para siempre la confianza del país y que, por consiguiente, debía abandonar toda esperanza de volver jamás a aquel puesto».

En reconocimiento de su valiente actuación contra el duque, el coronel Wardle se vio inundado de mensajes de agradecimiento de todos los condados, ciudades, pueblos y parroquias de Gran Bretaña.

Uno de los primeros actos de gobierno del príncipe de Gales —el futuro Jorge IV— en 1811 fue restituir al duque de York como comandante en jefe:[^24] un primer paso que correspondía por completo a todo el reinado de aquel real Calibán al que, por ser el último de los hombres, se llamó el primer caballero de Europa.

Pues bien, este duque de York, cuyo monumento adornaría un estercolero, es el «eminente comandante» del marqués de Clanricarde, la «ilustre personalidad, respetada por todos» de lord Lansdowne, y el mismo hombre que representa el «monumento consagrado» del conde de Aberdeen; en una palabra, el ángel de la guarda de la Cámara de los Lores. Los adoradores son dignos de su santo.

[^1]: En el original, en inglés: «The minimus of hind'ring knot-grass made», verso adaptado de *El sueño de una noche de verano* de Shakespeare (acto III, escena 2), donde Lisandro insulta así a Hermia («You minimus, of hindering knot-grass made»): la centinodia es una hierba rastrera a la que se atribuía la virtud de impedir el crecimiento.

[^2]: Lord John Russell (1792-1878), jefe whig, presentó en marzo de 1856 en los Comunes unas resoluciones sobre la educación popular que la Cámara rechazó en abril.

[^3]: La Duke of York Column, columna de granito con la estatua de Federico Augusto, duque de York (1763-1827), segundo hijo de Jorge III y comandante en jefe del ejército británico, levantada en 1831-1834 en Waterloo Place, Londres. El debate de los Lores tuvo lugar en abril de 1856; el monumento sigue en su sitio.

[^4]: Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), político whig.

[^5]: Henry Petty-Fitzmaurice, marqués de Lansdowne (1780-1863), político whig, ministro sin cartera en el gabinete de Palmerston; como lord Henry Petty fue canciller del Exchequer en el gobierno de Grenville (1806-1807).

[^6]: George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro de 1852 a 1855. El mote, «the travell'd thane, Athenian Aberdeen», es de Byron, *English Bards and Scotch Reviewers* (1809), por los viajes de juventud de Aberdeen a Grecia; *thane* es el título de los antiguos señores escoceses.

[^7]: James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), político tory, ministro de Asuntos Exteriores en 1852.

[^8]: El duque de York mandó las tropas inglesas en Flandes en 1793-1795, en la guerra de la primera coalición contra la Francia revolucionaria, y en 1799 la expedición anglo-rusa desembarcada en el Helder, en el norte de Holanda.

[^9]: En septiembre de 1793 el duque de York sitiaba Dunkerque cuando el general francés Jean-Nicolas Houchard derrotó en Hondschoote al ejército de cobertura, y el duque levantó el sitio abandonando su artillería.

[^10]: William Pitt el Joven (1759-1806), primer ministro de 1783 a 1801 y de 1804 a 1806; Henry Dundas (1742-1811), ministro de la Guerra de 1794 a 1801.

[^11]: «Por la patria hay que sacrificar incluso la fama.» La máxima alude al general romano Quinto Fabio Máximo, llamado *Cunctator* («el Contemporizador»), que soportó la fama de cobarde por su táctica de evitar la batalla con Aníbal.

[^12]: Andrew Cochrane-Johnstone (1767-1833), oficial y político británico, gobernador de Dominica de 1797 a 1803.

[^13]: Guillaume Brune (1763-1815), general francés, más tarde mariscal del Imperio; había sido oficial de imprenta en París antes de la Revolución. Los «juegos de pelota» aluden al juramento del Juego de Pelota (20 de junio de 1789).

[^14]: La convención de Alkmaar (18 de octubre de 1799), que permitió a las tropas anglo-rusas evacuar Holanda.

[^15]: «Comandante en jefe en Horse Guards»: el edificio de Whitehall donde tenía su sede el mando supremo del ejército británico, cargo que el duque de York ocupó de 1795 a 1809 y de 1811 a 1827.

[^16]: Sir Robert Gordon (1791-1847), hermano de Aberdeen, era embajador británico en Constantinopla cuando se firmó la paz ruso-turca de Adrianópolis (1829). El hijo de Aberdeen al que se alude es Alexander Hamilton-Gordon (1817-1890), que sirvió como oficial en la guerra de Crimea.

[^17]: Richard Fitzpatrick (1748-1813), general y político whig, amigo de Charles James Fox, fue secretario de la Guerra (*Secretary at War*) en el gobierno de Grenville, en 1806-1807.

[^18]: William Wyndham Grenville, barón Grenville (1759-1834), presidió en 1806-1807 el llamado «ministerio de todos los talentos».

[^19]: William Cobbett (1763-1835), periodista radical, editor del semanario *Cobbett's Weekly Political Register*.

[^20]: Gwyllym Lloyd Wardle (hacia 1762-1833), coronel y diputado radical.

[^21]: Mary Anne Clarke (1776-1852), amante del duque de York desde 1803 hasta 1806.

[^22]: Spencer Perceval (1762-1812), canciller del Exchequer en 1807-1809 y primer ministro de 1809 a 1812.

[^23]: John Charles Spencer, vizconde Althorp (1782-1845), político whig, más tarde canciller del Exchequer (1830-1834).

[^24]: El príncipe de Gales fue regente desde 1811, por la locura de Jorge III, y reinó como Jorge IV de 1820 a 1830.
