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Title: La guerra europea (1856)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune: tras la caída de Kars, la guerra «cortés» que han hecho las potencias occidentales y Rusia, sin recurrir a sus armas extremas —las nacionalidades oprimidas y el paneslavismo— y concentrada en Crimea con un derroche inútil de valor, ha llegado a su fin.
Author: Friedrich Engels
Date: 1856-01-18
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20La%20guerra%20europea
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 18 de enero de 1856 y publicado en el* New-York Daily Tribune *como editorial, núm. 4616, del 4 de febrero de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 584-587), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1856%20Der%20europ%C3%A4ische%20Krieg).*

El sistema de hacer la guerra que hasta ahora han aplicado las potencias occidentales contra Rusia se ha venido abajo por completo. No será posible proseguir la campaña de este año, si es que llega a haber campaña, según el plan seguido hasta aquí. Concentrar todas las fuerzas de Francia, Inglaterra, Turquía y Cerdeña contra un punto determinado de Crimea, un punto que empleando medios indirectos se habría podido ganar de paso; combatir once largos meses por ese punto y conseguir luego solo la mitad; desaprovechar todas las demás ocasiones favorables de asestar golpes eficaces al enemigo hasta el punto de que Rusia pudiera compensar con la conquista de Kars la pérdida de la parte sur de Sebastopol: todo eso podía pasar en una o dos campañas de una guerra en la que los puntos más vulnerables de las partes contendientes estaban cubiertos por la neutralidad de Europa central. Pero ya no puede pasar. El consejo de guerra que acaba de reunirse en París[^1] es la mejor prueba de que ahora vamos a tener en serio algo parecido a una guerra, si es que la guerra ha de continuar.

La guerra, tal como se ha hecho hasta ahora, ha sido un estado de hostilidades oficiales templado por una cortesía extraordinaria. No nos referimos aquí a las cortesías que caracterizan las negociaciones inevitables bajo bandera blanca, sino a las cortesías que hasta los consejos de guerra de las partes beligerantes tienen con sus adversarios. La culpa de que la guerra llegara a estallar hay que buscarla en un error de cálculo del emperador Nicolás. Nunca había esperado que Francia e Inglaterra se unieran para oponerse a sus designios sobre Turquía; buscaba una guerrita tranquila con el sultán, una guerra que llevara a sus tropas por segunda vez ante los muros de Constantinopla[^2] y que despertara a la diplomacia europea cuando ya fuera demasiado tarde, y que finalmente diera a sus diplomáticos ocasión de ganar, como de costumbre, en conferencias y congresos el doble de lo que sus tropas habrían podido ganar con la espada. Por desgracia, de manera inesperada y contra su voluntad, Rusia y las potencias occidentales se encontraron, antes de darse cuenta, enredadas en una guerra, y a la guerra tuvieron que ir, aunque ninguna de ellas lo deseaba. Pero cada parte tenía en perspectiva un último recurso de guerra con el que creía disuadir a la otra de llegar a los extremos. Sería una guerra de principios y de carácter más o menos revolucionario, en la que habrían de tomar parte Alemania y los territorios dependientes de ella, Hungría, Polonia, Italia. La *ultima ratio* de Occidente consistía en desencadenar una lucha de las nacionalidades oprimidas de Hungría, Polonia, Italia y, más o menos, también de Alemania. La *ultima ratio* de Rusia era la apelación al paneslavismo, la realización del sueño que los entusiastas de la población eslava de Europa han acariciado durante los últimos cincuenta años.

Pero ni el gobierno ruso ni el de Luis Bonaparte (por no hablar del de Palmerston) se decidieron a recurrir a tales medios antes de que llegara el caso de extrema necesidad, y en consecuencia la guerra se ha hecho con una indulgencia y una amabilidad mutuas que apenas se estilan entre monarcas legítimos de antiquísimo linaje, y mucho menos entre advenedizos y usurpadores como los Románov, los Hannover y los seudo-Bonaparte. La costa rusa del Báltico apenas se tocó; no se hizo ningún intento de poner pie en ella. Allí, como en el mar Blanco, la propiedad privada estuvo mucho más expuesta al peligro que la del Estado; y sobre todo en la costa de Finlandia las flotas británicas no parecían perseguir otro fin que reconciliar a los finlandeses con el dominio ruso. En el mar Negro se procedió con principios parecidos. Las tropas aliadas enviadas allí parecían haber ido con la intención de hacer que los turcos suspiraran por una invasión rusa, porque esa es la única conclusión que se puede sacar de su conducta desde 1854 hasta hoy. La parte más inofensiva del tiempo que pasaron en Turquía fue su estancia en Varna, donde, incapaces de hacer nada útil, por lo menos no causaron daños dignos de mención, salvo entre ellos mismos.[^3] Y por último partieron para Crimea. Consiguieron hacer la guerra de tal manera que el gobierno ruso tenía todos los motivos para estar sumamente satisfecho de ellos. El duque de Cambridge[^4] ha repartido hace poco muchas medallas entre los soldados franceses que han vuelto de Crimea; pero ni todas las medallas, cruces, grandes cruces, estrellas y bandas que tiene para repartir el gobierno ruso bastarán para expresar la gratitud que este debe a los directores de la campaña de 1854 y 1855. Cuando la guarnición rusa abandonó la parte sur de Sebastopol, ello les había costado a los aliados 250.000 hombres entre muertos y heridos, y además millones y más millones de dinero. Los rusos, siempre vencidos en las batallas, habían superado regularmente a sus enemigos en resolución y actividad y en la habilidad de su ingeniero jefe.[^5] Si Inkerman fue una vergüenza indeleble para los rusos, la construcción por los rusos de reductos en el Sapún y en el Mamelón, en las mismas narices de sus adversarios, fue una vergüenza indeleble tanto para los ingleses como para los franceses. Y, sin embargo, parece que Sebastopol no agotó tanto las fuerzas de Rusia como las de los aliados, porque no impidió a los rusos tomar Kars.

Esta toma de Kars fue, en efecto, lo más vergonzoso que podía ocurrirles a los aliados. Con el enorme poder naval de que disponían, y con fuerzas superiores en campaña a las de los rusos desde junio de 1855, no atacaron nunca el punto más débil de Rusia, las provincias transcaucásicas. Más aún, permitieron incluso a los rusos organizar en aquella región una base de operaciones independiente, una especie de lugartenencia capaz de resistir algún tiempo el ataque de fuerzas superiores aunque quedaran cortadas las comunicaciones con la metrópoli. No contentos con eso, sin escarmentar con las continuas derrotas que el ejército turco de Asia había sufrido en 1853 y 1854, impidieron al ejército turco de Omer Bajá hacer nada sensato en Asia reteniéndolo en Crimea, donde no le dieron otra cosa que hacer que cortar leña y sacar agua para sus aliados. Así, después de que toda la costa, desde el estrecho de Kerch hasta Batum, quedara cuidadosamente limpia de todos los asentamientos rusos y se hubiera ganado con ello una línea en la que se podían escoger diez o quince puntos como bases principales para cualesquiera operaciones contra el Cáucaso o la Transcaucasia, la parte más débil de Rusia, como hemos mostrado a menudo, no se emprendió nada hasta que por fin Kars se vio en grave aprieto y, como el ejército de Erzurum no servía para nada, se permitió a Omer Bajá emprender su desdichada expedición a Mingrelia; pero ya era demasiado tarde para que sirviera de algo.

Esta obstinación en concentrar el peso de la guerra en una península del tamaño aproximado de Long Island ha servido sin duda para eludir todas las cuestiones desagradables. No han aparecido nacionalidades, ni paneslavismo, ni dificultades con Europa central, ni necesidad de hacer conquistas, ni grandes resultados decisivos que dificulten las negociaciones posteriores porque obliguen a imponer sacrificios reales a una de las partes. Pero para los soldados que están en la campaña propiamente dicha esto es menos agradable. Para ellos, por lo menos del sargento primero para abajo, la guerra es un hecho duro e inexorable. Desde que hay guerras, nunca se ha derrochado una valentía tan grandiosa para resultados tan pobres como en esta campaña de Crimea. Nunca se han sacrificado tales masas de soldados de primera, y además en tan poco tiempo, para lograr éxitos tan dudosos. Está claro que no se puede volver a exigir a los ejércitos semejantes sufrimientos. Hay que alcanzar resultados más tangibles que una vana «gloria». No se puede seguir combatiendo con un gasto de dos grandes batallas y cuatro o cinco asaltos generales al año y quedarse siempre en el mismo sitio. No hay ejército que lo aguante a la larga. Ninguna flota soportará una tercera campaña tan estéril como las dos anteriores en el Báltico y en el mar Negro. Si la guerra continúa, oiremos, pues, que es inminente la invasión de Finlandia, Estonia y Besarabia; se nos prometen tropas auxiliares suecas y demostraciones austriacas. Pero al mismo tiempo nos enteramos de que Rusia ha aceptado las propuestas austriacas como base de negociación,[^6] y aunque esto dista mucho de resolver la cuestión de la paz, da por lo menos la posibilidad de alcanzar ese fin.

Existe, pues, la perspectiva de que no se emprenda una nueva campaña; pero si se llega a ella, podemos suponer que tendrá que ser mucho más extensa y fecunda en resultados que las anteriores,[^7]

[^1]: El consejo de guerra de los aliados reunido en París en enero de 1856 para establecer el plan de la campaña siguiente.

[^2]: Como en la guerra ruso-turca de 1828-1829, que terminó con la paz de Adrianópolis cuando el ejército ruso de Díbich estaba a pocas jornadas de Constantinopla.

[^3]: En el verano de 1854 los ejércitos aliados acampados en Varna sufrieron una epidemia de cólera.

[^4]: Jorge, duque de Cambridge (1819-1904), primo de la reina Victoria, que había mandado una división en Crimea.

[^5]: Eduard Todleben (1818-1884), ingeniero militar que dirigió las obras de defensa de Sebastopol.

[^6]: El ultimátum austriaco de diciembre de 1855, cuyas condiciones aceptó Rusia el 16 de enero de 1856 como preliminares de paz.

[^7]: El texto de la MEW, tal como lo da su edición digital, termina aquí, en mitad de la frase.
