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Title: La revolución en España, 18 de agosto (1856)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la derrota de la revolución española de 1856: la extensión del movimiento, los combates de Madrid y Barcelona y el fin del carácter dinástico y militar de las revoluciones españolas.
Author: Karl Marx
Date: 1856-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20La%20revoluci%C3%B3n%20en%20Espa%C3%B1a%2C%2018%20de%20agosto
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*Escrito en inglés por Karl Marx a principios de agosto de 1856 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4783, del 18 de agosto de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 43-48), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW; la fecha añadida, la de su publicación, lo distingue del editorial del mismo título del 8 de agosto de 1856. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1856%20Die%20Revolution%20in%20Spanien%2C%2018.%20August).*

Zaragoza se rindió el 1 de agosto a la una y media de la tarde, y con ello desapareció el último centro de resistencia contra la contrarrevolución española. Desde el punto de vista militar, tras las derrotas de Madrid y Barcelona, la acción solo débil de los sublevados en Andalucía y el avance concéntrico de fuerzas abrumadoras desde las Provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña, Valencia y Castilla, había pocas perspectivas de éxito. Pero la que todavía pudiera existir quedó anulada por el hecho de que mandara las fuerzas de la resistencia precisamente el general Falcón, antiguo ayudante de Espartero; de que se diera como consigna de lucha «Espartero y la libertad», y de que los habitantes de Zaragoza se hubieran enterado del fiasco inmensamente ridículo de Espartero en Madrid. Hubo además una orden directa del cuartel general de Espartero a sus auxiliares de Zaragoza para que pusieran fin a toda resistencia, como puede verse por el siguiente extracto del *Journal de Madrid* del 29 de julio:

> «Uno de los exministros de Espartero tomó parte en las negociaciones entabladas entre el general Dulce[^1] y las autoridades de Zaragoza, y Juan Martínez Alonso,[^2] esparterista de las Cortes, se encargó de comunicar a los jefes sublevados que la reina, sus ministros y sus generales estaban animados del más conciliador de los espíritus.»

El movimiento revolucionario se había extendido casi por completo a toda España. Madrid y La Mancha en Castilla; Granada, Sevilla, Málaga, Cádiz, Jaén, etc., en Andalucía; Murcia y Cartagena en Murcia; Valencia, Alicante, Alcira, etc., en Valencia; Barcelona, Reus, Figueras y Gerona en Cataluña; Zaragoza, Teruel, Huesca, Jaca, etc., en Aragón; Oviedo en Asturias y La Coruña en Galicia. No hubo levantamientos en Extremadura, León y Castilla la Vieja, donde el partido revolucionario había sido aplastado ya dos meses antes bajo la dirección conjunta de Espartero y O'Donnell;[^3] las Provincias Vascongadas y Navarra permanecieron también tranquilas. Las simpatías de estas últimas provincias estaban, sin embargo, con la causa revolucionaria, aunque ante el ejército francés de observación no pudieran manifestarse tan abiertamente. Esto es tanto más notable si se considera que veinte años antes precisamente estas provincias fueron el baluarte del carlismo, que entonces apoyaba el campesinado de Aragón y Cataluña; esta vez, en cambio, los campesinos estuvieron con gran pasión del lado de la revolución y habrían resultado un elemento de resistencia sumamente poderoso si la estupidez de los jefes de Barcelona y Zaragoza no hubiera impedido el despliegue de sus energías. Hasta el *Morning Herald* de Londres, el defensor ortodoxo del protestantismo, que hace unos veinte años rompía lanzas por don Carlos, el Don Quijote del auto de fe,[^4] ha tropezado con este hecho, y lo reconoce con bastante honradez. Es uno de los muchos síntomas de progreso que ha revelado la última revolución de España, un progreso cuya lentitud solo extrañará a quienes no conozcan los usos y costumbres peculiares de un país donde «mañana» es la consigna de la vida diaria y donde todo el mundo tiene preparada la respuesta de que «nuestros antepasados necesitaron ochocientos años para expulsar a los moros».

A pesar de la extensión general de los pronunciamientos, la revolución quedó limitada a Madrid y Barcelona. En el sur la quebró la epidemia de cólera; en el norte, la peste esparterista. Desde el punto de vista militar, los levantamientos de Madrid y Barcelona ofrecen poco interés y apenas rasgos nuevos. De un lado —el del ejército—, todo estaba preparado desde hacía tiempo; del otro, todo se improvisó, y la ofensiva no pasó a sus manos ni por un instante. De un lado, un ejército bien equipado, que obedecía sin dificultad las órdenes de sus generales; del otro, jefes que solo de mala gana y por la presión de un pueblo insuficientemente armado se dejaban empujar adelante. En Madrid los revolucionarios cometieron desde el principio el error de encerrarse en los barrios interiores de la ciudad, en una línea que une los arrabales del este con los del oeste; pero esos arrabales los dominaban O'Donnell y Concha,[^5] que estaban en comunicación entre sí y con la caballería de Dulce por las rondas exteriores. Así se aislaron ellos mismos y se expusieron al ataque concéntrico concertado de antemano entre O'Donnell y sus cómplices. A O'Donnell y Concha les bastó con efectuar su unión para que las fuerzas revolucionarias quedaran dispersas en los barrios del norte y del sur de la ciudad y privadas de toda cohesión ulterior. Fue un rasgo especialmente característico de la insurrección de Madrid que se usaran pocas barricadas, y solo en esquinas importantes, mientras las casas se convertían en centros de resistencia, y —cosa nunca vista en la lucha callejera— que las columnas de asalto del ejército fueran recibidas con cargas a la bayoneta. Pero si los sublevados aprovecharon las experiencias de las insurrecciones de París y Dresde,[^6] los soldados no habían aprendido menos de ellas. Se perforaban una tras otra las paredes de las casas y se atacaba a los sublevados de flanco y por la espalda, mientras las salidas de las calles se barrían con fuego de cañón. Otro rasgo destacado de esta batalla de Madrid fue que Pucheta, empujado tras la unión de Concha y O'Donnell a la parte sur de la ciudad (Toledo), trasladó la guerra de guerrillas de las montañas españolas a las calles de Madrid. Dispersos, los sublevados hacían frente al enemigo bajo el arco de una iglesia, en cualquier callejón, en la escalera de una casa, y allí se defendían hasta la muerte.

En Barcelona la lucha fue aún más intensa, sin que hubiera allí dirección alguna. Militarmente, esta insurrección fracasó, como todos los levantamientos anteriores de Barcelona, por el hecho de que la ciudadela, el castillo de Montjuich, quedó en manos del ejército. La violencia de la lucha la caracteriza el hecho de que en Gracia, un arrabal que los sublevados disputaron encarnizadamente después de haber sido expulsados ya de Barcelona, murieron quemados 150 soldados en su cuartel. Merece mencionarse lo siguiente: mientras en Madrid, como mostramos en el artículo anterior, los proletarios fueron traicionados y abandonados por la burguesía, los tejedores de Barcelona declararon desde el principio que no querían tener nada que ver con un movimiento puesto en marcha por los esparteristas, e insistieron en que se proclamara la república. Al negárseles, se quedaron, con excepción de algunos que no pudieron resistir el olor de la pólvora, como espectadores pasivos de la batalla, que con ello estaba ya perdida, porque todas las insurrecciones de Barcelona las deciden los 20.000 tejedores de la ciudad.

La revolución española de 1856 se distingue de todas sus predecesoras por la falta de todo carácter dinástico. Es sabido que el movimiento de 1808 a 1814 fue nacional y dinástico. Aunque las Cortes proclamaron en 1812 una Constitución casi republicana, lo hicieron en nombre de Fernando VII. El movimiento tímidamente republicano de 1820-1823 fue inmaduro en su conjunto y tuvo en contra a las masas, a cuyo apoyo apelaba, porque esas masas estaban por completo ligadas a la Iglesia y a la Corona. Tan hondas raíces tenía la realeza en España que la lucha entre la vieja y la nueva sociedad, para librarse en serio, necesitó un testamento de Fernando VII y la encarnación de los principios antagónicos en dos ramas dinásticas, la de los carlistas y la de Cristina.[^7] Hasta para luchar por un principio nuevo necesitaba el español un estandarte venerable. Bajo esas banderas se libró la lucha de 1833 a 1843. Luego la revolución terminó, y de 1843 a 1854 se concedió a la nueva dinastía su periodo de prueba. La revolución de julio de 1854 implicaba, pues, necesariamente un ataque a la nueva dinastía, pero a la inocente Isabel la protegió el hecho de que el odio se concentrara en su madre; y el pueblo se embriagó no solo con su propia emancipación, sino también con la de Isabel respecto de su madre y de la camarilla.

En 1856 había caído el velo, e Isabel misma se puso contra el pueblo con el golpe de Estado que provocó la revolución. Se mostró como digna hija, fríamente cruel y cobardemente hipócrita, de Fernando VII, tan entregado a la mentira que, a pesar de su beatería, nunca pudo llegar —ni siquiera con ayuda de la Santa Inquisición— a convencerse de que personajes tan excelsos como Jesucristo y sus apóstoles hubieran dicho la verdad. Hasta la matanza de madrileños por Murat en 1808[^8] palidece hasta parecer un exceso insignificante en comparación con las carnicerías del 14 al 16 de julio, ante cuyo espectáculo la inocente Isabel no hizo más que sonreír. Esos días tocaron a muerto por la realeza española. Solo los legitimistas imbéciles de Europa viven en la ilusión de que don Carlos[^9] pueda subir una vez caída Isabel. Están eternamente presos de la creencia de que la última manifestación de un principio solo se extingue para dar nueva vida a su manifestación originaria.

En 1856 la revolución española ha perdido no solo su carácter dinástico, sino también su carácter militar. Por qué el ejército desempeñó un papel tan destacado en las revoluciones españolas puede decirse en muy pocas palabras. La antigua institución de las capitanías generales, que hacía de los capitanes generales los bajás de sus respectivas provincias; la guerra de independencia contra Francia, que convirtió al ejército no solo en el principal instrumento de la defensa nacional, sino también en la primera organización revolucionaria y en el centro de la acción revolucionaria en España; las conspiraciones de 1814-1819, que partieron todas del ejército; la guerra dinástica de 1833-1840, que dependió de los ejércitos de ambos bandos; el aislamiento de la burguesía liberal, que la obligaba a emplear las bayonetas del ejército contra el clero y el campesinado; la necesidad imperiosa de Cristina y la camarilla de emplear bayonetas contra los liberales, como los liberales habían empleado bayonetas contra los campesinos; la tradición surgida de todos estos precedentes: tales fueron las causas que dieron a la revolución en España un carácter militar y al ejército un carácter pretoriano. Hasta 1854 la revolución había tenido siempre su origen en el ejército, y sus diversas formas de expresión no ofrecían hasta entonces más rasgo distintivo visible que el grado del escalafón en que nacían. Aún en 1854 el primer impulso partió del ejército, pero el manifiesto de O'Donnell en Manzanares[^10] atestigua cuán débil se había vuelto la base del predominio militar en la revolución española. ¿En qué condiciones se permitió por fin a O'Donnell detener su paseo, apenas equívoco, de Vicálvaro a la frontera portuguesa y devolver el ejército a Madrid? Solo tras la promesa de reducirlo sin demora, de sustituirlo por la Guardia Nacional y de no consentir que los generales se repartieran entre sí los frutos de la revolución. Si la revolución de 1854 se limitó, pues, a manifestar su desconfianza, solo dos años después tuvo que ver cómo ese ejército la atacaba abierta y directamente; un ejército que ahora se ha puesto dignamente al lado de los croatas de Radetzky, los africanos de Bonaparte y los pomeranos de Wrangel.[^11] Lo bien que sabe apreciar el ejército español la gloria de su nueva posición lo prueba la rebelión de un regimiento en Madrid el 29 de julio, que, no contento todavía con los cigarros de Isabel, se puso en huelga por las piezas de cinco francos y las salchichas de Bonaparte,[^12] y acabó por obtenerlas.

Esta vez, pues, el ejército ha estado enteramente contra el pueblo o, más exactamente, solo ha luchado contra el pueblo y la Guardia Nacional. En suma, la misión revolucionaria del ejército español ha terminado. El hombre en quien se concentraba el carácter militar, dinástico y liberal burgués de la revolución española, Espartero, ha caído aún más bajo de lo que sus *connoisseurs* más íntimos podían prever según la ley común del destino. Si, como corre el rumor general y como es muy probable, los esparteristas se proponen agruparse bajo O'Donnell, habrán confirmado su suicidio con un acto oficial propio. A él, en cambio, no lo salvarán.

La próxima revolución europea encontrará a España madura para colaborar con ella. Los años 1854 y 1856 fueron fases de transición que el país tenía que atravesar para alcanzar esa madurez.

[^1]: Domingo Dulce (1808-1869), general, director general de Caballería.

[^2]: Juan Martínez Alonso, diputado progresista.

[^3]: En mayo-junio de 1856 se reprimieron con el ejército motines y quemas de fábricas y almacenes de grano en Valladolid, Palencia y otras ciudades de Castilla la Vieja.

[^4]: Don Carlos María Isidro de Borbón (1788-1855), hermano de Fernando VII y pretendiente al trono, cuyos partidarios sostuvieron la primera guerra carlista (1833-1840), apoyada por la prensa tory inglesa.

[^5]: Manuel Gutiérrez de la Concha (1808-1874), general, uno de los jefes de la represión de Madrid en julio de 1856.

[^6]: Las insurrecciones de junio de 1848 en París y de mayo de 1849 en Dresde.

[^7]: Fernando VII, por la Pragmática Sanción de 1830 y su último testamento, dejó el trono a su hija Isabel, excluyendo a su hermano don Carlos; los partidarios de este (carlistas) y los de la regente María Cristina (cristinos) se enfrentaron en la primera guerra carlista.

[^8]: El 2 de mayo de 1808 las tropas francesas mandadas por Joachim Murat reprimieron el levantamiento de Madrid.

[^9]: Aquí, el pretendiente carlista de 1856, Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolín (1818-1861), hijo del anterior.

[^10]: El manifiesto de Manzanares (7 de julio de 1854), redactado por Cánovas del Castillo, con el que O'Donnell, tras el pronunciamiento de Vicálvaro (28 de junio), prometió reformas liberales y la Milicia Nacional para ganarse el apoyo popular.

[^11]: Las tropas croatas de Radetzky reprimieron la revolución en Italia y en Viena en 1848-1849; los generales y las tropas venidos de Argelia sirvieron a Luis Bonaparte en el golpe de Estado de 1851; el general prusiano Friedrich von Wrangel ocupó Berlín en noviembre de 1848.

[^12]: Alusión a los obsequios de dinero, salchichón y vino con que Luis Bonaparte se ganó a las tropas en las revistas de Satory de 1850, antes del golpe de Estado.
