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Title: Prusia (1856)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune: la fiebre especulativa del Segundo Imperio prende también en Prusia, cuya industria ha crecido deprisa desde 1849, mientras el Estado ha caído en manos de los junkers, que humillan a la burguesía y abruman a campesinos y obreros; cuando estalle la burbuja, Prusia será un cuadro de discordia general y de clases desheredadas en rebeldía.
Author: Karl Marx
Date: 1856-04-15
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20Prusia
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 15 de abril de 1856 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4694, del 5 de mayo de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 636-640), que lo titula «Preußen [im Jahre 1856]», sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1856%20Preu%C3%9Fen).*

El inaudito agiotaje que convirtió Francia en una casa de juego e identificó el Imperio napoleónico con la Bolsa no se ha detenido, ni mucho menos, en las fronteras de la Galia. Sin que las fronteras políticas la contengan, la epidemia ha cruzado los Pirineos, los Alpes y el Rin y, por asombroso que parezca, se ha adueñado de la sólida Alemania, donde la especulación en el terreno de las ideas ha tenido que ceder el sitio a la especulación con valores bursátiles; el *summum bonum*, a la prima;[^1] la misteriosa jerga de la dialéctica, a la no menos misteriosa jerga de la Bolsa, y el afán de unidad, a la pasión por los dividendos. La Prusia renana, por su vecindad con Francia y gracias al desarrollo de su industria y de su comercio, fue la primera en caer enferma. Los banqueros de Colonia no solo sellaron una alianza en toda regla con los grandes estafadores de París, con quienes compraron *L'Indépendance Belge* como órgano común,[^2] y, fundando un banco internacional en Luxemburgo, arrastraron a todo el sudoeste de Alemania al torbellino del *Crédit mobilier*,[^3] sino que en la Prusia renana y en el ducado de Westfalia tuvieron tal éxito que a estas horas todas las capas de la sociedad, salvo las clases trabajadoras y los pequeños campesinos, están presas de la fiebre del oro; hasta el capital de la pequeña burguesía, desviado de sus cauces habituales, busca aventuras disparatadas, y cada tendero se convierte en alquimista. Que tampoco el resto de Prusia ha escapado al contagio se desprende del siguiente extracto de la *Preußische Correspondenz*, una hoja del Gobierno:

«Las últimas observaciones del mercado de dinero permiten concluir que se avecina de nuevo una de esas terribles crisis comerciales que vuelven con regularidad. El movimiento febril de una especulación desmedida, venido del extranjero, se ha extendido el año pasado por Alemania, y no solo la Bolsa de Berlín y los capitalistas prusianos se han visto arrastrados a este torbellino, sino también clases enteras de la sociedad que en todas las ocasiones anteriores se habían abstenido de participar directamente en el juego de azar de la Bolsa.»

Fue este temor a una crisis financiera inminente lo que movió al Gobierno prusiano a negarse a autorizar un *Crédit mobilier*, tras cuyo deslumbrante barniz se sospechaban intenciones fraudulentas. Pero lo que no se permite bajo una forma puede consentirse bajo otra, y lo que no se admite en Berlín puede tolerarse en Leipzig o en Hannover. La última fase de la locura especulativa empezó al acabar la guerra, y, aparte del impulso comercial que es inseparable de toda paz, como se vio en 1802 y en 1815,[^4] tiene esta vez la particularidad de que Prusia ha expresado formalmente su deseo de abrir sus mercados al capital y a la especulación de Occidente. Pronto oiremos hablar, pues, de la gran línea troncal de Irkutsk, con ramales a Pekín, y de otros proyectos no menos colosales, en los que no se trata de lo que de verdad vaya a construirse, sino del nuevo material que pueda ofrecerse como pasto al espíritu de especulación. Solo faltaba la paz para precipitar el gran crac que temía el Gobierno prusiano.

Esta participación, insólita en Prusia, en el movimiento especulativo europeo no habría sido posible sin el gran auge de su industria en los últimos años. Solo el capital invertido en ferrocarriles ha pasado, de 1840 a 1854-1855, de 19 a 154 millones de táleros prusianos. Hay en construcción otras líneas, cuyo coste se calcula en 54 millones, y además el Gobierno ha autorizado el tendido de líneas nuevas por valor de 57 millones. Desde 1849 han surgido 87 sociedades anónimas con un capital de 83 millones. De 1854 a 1856 se registraron nueve compañías de seguros con un capital de 22 millones. En estos dos últimos años, además, seis sociedades anónimas con un capital de 10,5 millones han levantado hilaturas. Por el informe sobre el algodón puede verse en qué proporción ha variado de 1853 a 1856 la cantidad de algodón llegada a los distintos puertos europeos. Según ese informe, la exportación de algodón, en balas, en los siete primeros meses de cada año fue:

|  | 1853 | 1854 | 1855 | 1856 |
|---|---|---|---|---|
| a Inglaterra | 1.100.000 | 840.000 | 963.000 | 1.131.000 |
| a Francia | 255.000 | 229.000 | 249.000 | 354.000 |
| a otros puertos europeos | 204.000 | 179.000 | 167.000 | 346.000 |

De aquí se sigue que el continente, que en 1853 recibía solo un tercio, más o menos, del algodón exportado a Inglaterra, en 1856 ha recibido cinco octavos. A eso hay que sumar el algodón que Inglaterra reexpidió al continente. La gran exportación a Francia lo es solo en apariencia, porque una parte considerable va de El Havre a Suiza, Baden, Fráncfort y Amberes. El desarrollo de la industria continental que revelan estas cifras significa, por tanto, ante todo el crecimiento de la industria alemana, y principalmente de la prusiana. La riqueza que la burguesía industrial ha acumulado en los últimos años casi la superan los beneficios que han obtenido los terratenientes durante el período de la guerra, en los años de malas cosechas y precios altos. El precio de los caballos, del ganado vacuno y del ganado vivo en general, por no hablar del precio del grano, se ha mantenido en la propia Alemania a un nivel tan alto que los grandes terratenientes apenas necesitan ya el influjo de los mercados extranjeros para nadar en oro. Es la riqueza, este rápido aumento de la riqueza que ninguna de estas dos clases había conocido nunca, lo que ha puesto la base de la epidemia especulativa que hoy hace estragos en Prusia.

Cuando estalle esta pompa de jabón, el Estado prusiano pasará por una dura prueba. Las diversas contrarrevoluciones que ha atravesado desde 1849 han tenido por resultado poner al Gobierno bajo la dependencia de la poco numerosa clase de los terratenientes nobles, frente a la cual el rey, que ha hecho todo lo posible por establecer su preponderancia, se encuentra hoy en la misma situación que en otro tiempo Luis XVIII frente a la *Chambre introuvable*.[^5] Federico Guillermo nunca se resignó a la reseca maquinaria burocrática de gobierno que le dejó su padre.[^6] Toda su vida soñó con embellecer el edificio del Estado prusiano con alguna decoración romántico-gótica. Pero la breve experiencia que tuvo con su Cámara de los Señores (*Herrenhaus*)[^7] tuvo que convencerle de que, en realidad, los terratenientes, o los *Krautjunker*,[^8] como los llaman en Prusia, lejos de cifrar su dicha en servir de ornamento medieval a la burocracia, hacen todo lo que está en su mano por degradarla y convertirla en simple ejecutora de sus intereses de clase. De ahí el conflicto entre los junkers y el Gobierno, entre el rey y el príncipe de Prusia.[^9] Para mostrar al Gobierno cuán en serio van, los junkers acaban de negar, cosa inaudita en la Prusia constitucional, la prórroga de un impuesto suplementario que se había establecido durante la guerra. Con frialdad y decisión han proclamado el principio de que en sus pequeñas posesiones son tan reyes como el rey mismo en todo el país. Insisten en que la Constitución siga siendo, para todas las demás clases, un espejismo, pero para ellos tiene que ser una realidad. Sustrayéndose a todo control de la burocracia, quieren que esa burocracia pese con fuerza redoblada sobre las clases inferiores.

La burguesía, que traicionó la revolución de 1848, tiene ahora la certeza de verse aniquilada políticamente en la misma hora en que alcanza su triunfo social mediante una acumulación ilimitada de capital. Más aún: los *Krautjunker* se deleitan en encontrar cada día nuevas ocasiones de humillarla y no guardan con ella ni las reglas más elementales de la etiqueta. Cuando los oradores burgueses se levantan a hablar en la Cámara de Diputados, los junkers abandonan en masa sus escaños, y cuando se les ruega que al menos escuchen opiniones que no son las suyas, se ríen en la cara de los señores de la izquierda. Si estos se quejan de los obstáculos que se les ponen en las elecciones, se les da a entender que es sencillamente deber del Gobierno preservar a las masas de la seducción. Si oponen el desenfreno de la prensa aristocrática a las trabas que se imponen a la liberal, se les recuerda que la libertad en un Estado cristiano no consiste en hacer lo que a uno le place, sino lo que place a Dios y a la autoridad. Un día se les da a entender que el «honor» es monopolio de la aristocracia; al siguiente se les hiere en lo más hondo con una ilustración práctica de las teorías, rechazadas hace mucho, de los Haller, los Bonald y los De Maistre.[^10] Orgulloso de sus luces filosóficas, el burgués prusiano tiene el disgusto de ver expulsados de las universidades a los científicos más eminentes y confiada la educación a una banda de oscurantistas; los tribunales eclesiásticos se inmiscuyen en sus asuntos de familia, y los domingos tiene que dejarse llevar a la iglesia por la policía. No contentos con eximirse a sí mismos de los impuestos en la mayor medida posible, los junkers han encerrado a la burguesía en gremios y corporaciones, han falseado sus instituciones municipales, han suprimido la independencia y la inamovilidad de sus jueces, han anulado la igualdad de derechos de las distintas confesiones religiosas, etc. Si a veces la ira que la ahoga vence a su miedo, y si de vez en cuando reúne el valor suficiente para asustar a los junkers desde sus escaños de la Cámara con una revolución que se avecina, se le responde con sorna que la revolución tiene con la burguesía una cuenta tan grande que saldar como con la nobleza.

En efecto, no es probable que la gran burguesía vuelva a ponerse, como en 1848, al frente de una revolución en Prusia. Los campesinos de la Prusia oriental no solo han perdido toda la emancipación que les había traído la revolución, sino que siguen, tanto en lo administrativo como en lo judicial, bajo el yugo directo de la nobleza. En la Prusia renana, donde el capital se ha visto atraído por las empresas industriales, se han ido enredando cada vez más en la servidumbre de las hipotecas, con la misma rapidez con que subían los intereses de los préstamos. Mientras que en Austria se ha intentado al menos apaciguar a los campesinos, en Prusia no se ha dejado de hacer nada que pudiera llevarlos a la desesperación. En cuanto a la clase obrera, el Gobierno le ha impedido participar en los beneficios de sus patronos castigándola por tomar parte en huelgas, y la mantiene sistemáticamente apartada de la vida política. Una dinastía desunida, un Gobierno dividido en campos enemigos, una burocracia en pugna con la aristocracia, la aristocracia en discordia con la burguesía, una crisis comercial general y las clases desheredadas llenas de espíritu de rebelión contra todas las capas superiores de la sociedad: ese es, a estas horas, el cuadro de Prusia.

[^1]: *Summum bonum*: «el bien supremo», en latín. Donde decimos «la prima», la versión alemana de la MEW pone *beni*, sin traducir, y lo glosa como «prima» (*Prämie*).

[^2]: *L'Indépendance Belge*, diario de Bruselas fundado en 1843, muy leído en toda Europa.

[^3]: La Société générale du Crédit mobilier, banco por acciones fundado en París en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Pereire, con la protección de Napoleón III; financiaba ferrocarriles y empresas industriales y fue el gran instrumento de la especulación bajo el Segundo Imperio. Marx le dedicó en junio y julio de 1856 una serie de artículos en el *New-York Daily Tribune*.

[^4]: La paz de Amiens (1802) entre Francia y Gran Bretaña, y la paz que siguió a la caída de Napoleón en 1815. La guerra de Crimea había terminado con el tratado de París del 30 de marzo de 1856.

[^5]: La Cámara de Diputados elegida en Francia en agosto de 1815, de mayoría ultrarrealista, más realista que el propio Luis XVIII, que la llamó «introuvable» («inencontrable»: no podría hallarse otra igual); el rey la disolvió en 1816.

[^6]: Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840, hijo de Federico Guillermo III.

[^7]: La Cámara alta prusiana, transformada en 1854 en una cámara de pares hereditarios y vitalicios, dominada por la nobleza terrateniente. Marx escribió *Herrenhaus* en alemán, según la MEW.

[^8]: Literalmente, «junkers de la col»: nombre despectivo de los hidalgos rurales del este del Elba. Marx escribió esta palabra, como luego «Junker», en alemán, según la MEW.

[^9]: Guillermo (1797-1888), hermano del rey y heredero del trono, regente desde 1858, rey de Prusia desde 1861 y emperador alemán desde 1871; en estos años se le tenía por próximo a la oposición liberal moderada.

[^10]: Karl Ludwig von Haller (1768-1854), Louis de Bonald (1754-1840) y Joseph de Maistre (1753-1821), teóricos de la Restauración, del Estado patrimonial y de la monarquía de derecho divino.
