---
Title: Artillería (1857)
Description: El gran artículo de Engels para la New American Cyclopaedia sobre la artillería: su origen oriental, su desarrollo en Europa desde el siglo XIV hasta Gribeauval, Napoleón y la guerra de Crimea, el estado de la artillería en los ejércitos europeos de 1857, la ciencia del tiro y la táctica de la artillería de campaña.
Author: Friedrich Engels
Date: 1857-11-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Artiller%C3%ADa
---


*Escrito en inglés por Friedrich Engels entre mediados de octubre y el 26 de noviembre de 1857 y publicado sin firma en* The New American Cyclopaedia *(Nueva York, Appleton), tomo II (1858), págs. 179-189. Traducido del texto de la Cyclopaedia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels,* Werke*, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 187-212, por la Escuela de marxismo, 2026. Los párrafos que la Cyclopaedia separa con rayas dentro de un mismo bloque se dan aparte, como en la MEW. Las notas son nuestras.* [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Artillery)

ARTILLERÍA. Hoy se admite casi en general que la invención de la pólvora y su aplicación a lanzar cuerpos pesados en una dirección dada son de origen oriental. En China y en la India el salitre aflora espontáneamente en el suelo, y es muy natural que los habitantes conocieran pronto sus propiedades. En China se fabricaron desde muy antiguo fuegos artificiales hechos con mezclas de esta sal y otros cuerpos combustibles, que se usaban tanto con fines de guerra como en las fiestas públicas. No sabemos en qué momento se conoció la mezcla particular de salitre, azufre y carbón vegetal cuya capacidad explosiva le ha dado tan inmensa importancia. Según algunas crónicas chinas que cita el señor Paravey en un informe presentado a la Academia francesa en 1850, los cañones se conocían ya en el año 618 a. C.; en otros escritos chinos antiguos se describen bolas de fuego lanzadas con tubos de bambú y una especie de granada explosiva. En todo caso, el uso de la pólvora y del cañón con fines bélicos no parece haberse desarrollado de verdad en los periodos más antiguos de la historia china, pues el primer caso comprobado de su empleo extenso es tan tardío como el año 1232 de nuestra era, cuando los chinos, sitiados por los mongoles en Kai-fang-fu,[^1] se defendieron con cañones que lanzaban balas de piedra y emplearon granadas explosivas, petardos y otros artificios a base de pólvora.

Los hindúes parecen haber tenido algún tipo de fuegos de guerra ya en tiempos de Alejandro Magno, según el testimonio de los escritores griegos Eliano, Ctesias, Filóstrato y Temistio. No era, desde luego, pólvora, aunque el salitre entrara en gran proporción en su composición. Las leyes hindúes parecen aludir a una especie de armas de fuego; la pólvora se menciona en ellas con toda certeza, y, según el profesor A. N. Wilson,[^2] su composición se describe en antiguas obras médicas hindúes. La primera mención del cañón, sin embargo, coincide aproximadamente con la fecha más antigua segura de su aparición en China. Los poemas de Chased,[^3] hacia 1200, hablan de máquinas de fuego que lanzaban balas cuyo silbido se oía a una distancia de 10 coss (1.500 yardas). Hacia 1258 se habla de fuegos artificiales sobre carros pertenecientes al rey de Delhi. Cien años más tarde el uso de la artillería era general en la India, y cuando los portugueses llegaron allí, en 1498, encontraron a los indios tan adelantados en el uso de las armas de fuego como ellos mismos.

De los chinos y los hindúes recibieron los árabes el salitre y los fuegos artificiales. Dos de los nombres árabes del salitre significan sal de China y nieve de China. Sus antiguos autores mencionan el fuego chino rojo y blanco. Los fuegos incendiarios datan también, aproximadamente, de la época de la gran invasión árabe de Asia y África. Por no hablar del maujanit, un arma de fuego algo mítica que Mahoma habría conocido y usado, es seguro que los griegos bizantinos recibieron su primer conocimiento de los fuegos artificiales (que luego se desarrollaron en el fuego griego) de sus enemigos árabes. Un escritor del siglo IX, Marco Graco,[^4] da una mezcla de 6 partes de salitre, 2 de azufre y 1 de carbón, que se acerca mucho a la composición correcta de la pólvora. Esta la expone con bastante exactitud, antes que ningún otro escritor europeo, Roger Bacon, hacia 1216, en su *Liber de Nullitate Magiae*; pero aún durante un siglo entero las naciones occidentales siguieron ignorando su uso. Los árabes, en cambio, parecen haber mejorado pronto los conocimientos recibidos de los chinos. Según la historia de los moros en España de Conde,[^5] en 1118 se usaron cañones en el sitio de Zaragoza, y en 1132 se fundió en España, entre otros cañones, una culebrina de 4 libras de calibre. Se cuenta que Abd el-Mumen tomó con armas de fuego, en 1156, Mehdia, cerca de Bona, en Argelia, y al año siguiente Niebla, en España, se defendió contra los castellanos con máquinas de fuego que lanzaban saetas y piedras. Si la naturaleza de los ingenios empleados por los árabes en el siglo XII está aún por investigar, es del todo seguro que en 1280 se empleó la artillería contra Córdoba, y que a comienzos del siglo XIV su conocimiento había pasado de los árabes a los españoles. Fernando IV tomó Gibraltar con cañones en 1308. Baza, en 1312 y 1323, Martos, en 1326, y Alicante, en 1331, fueron atacadas con artillería, y en algunos de estos sitios se lanzaron carcasas con cañones.

De los españoles el uso de la artillería pasó a las demás naciones europeas. Los franceses tenían cañones en el sitio de Puy Guillaume en 1338, y ese mismo año los usaron los caballeros teutónicos en Prusia. Hacia 1350 las armas de fuego eran corrientes en todos los países de Europa occidental, meridional y central. Que la artillería es de origen oriental lo prueba también la fabricación de las piezas europeas más antiguas. El cañón se hacía con barras de hierro forjado soldadas a lo largo unas con otras y reforzadas con gruesos aros de hierro metidos a presión. Se componía de varias piezas, y la recámara móvil se fijaba al vuelo[^6] después de cargar. Los cañones chinos e indios más antiguos están hechos exactamente igual y son tan antiguos como los europeos más viejos, o más. Tanto los cañones europeos como los asiáticos del siglo XIV eran de construcción muy rudimentaria, lo que muestra que la artillería estaba aún en su infancia. Así pues, si no se sabe con certeza cuándo se inventaron la composición de la pólvora y su aplicación a las armas de fuego, podemos al menos fijar el periodo en que se convirtió por primera vez en un instrumento importante de guerra: la misma tosquedad de los cañones del siglo XIV, dondequiera que aparecen, prueba su novedad como máquinas de guerra regulares. Los cañones europeos del siglo XIV eran artefactos muy pesados. Los de gran calibre solo podían moverse desmontándolos, y cada pieza era la carga de un carro. Hasta los de pequeño calibre eran pesadísimos, porque no se había establecido aún una proporción adecuada entre el peso de la pieza y el del proyectil, ni entre el proyectil y la carga. Cuando se los ponía en posición, se levantaba para cada uno una especie de armazón o andamio de madera desde el que se disparaba. La ciudad de Gante tenía un cañón que, con su armazón, medía 50 pies de largo. Las cureñas eran todavía desconocidas. Los cañones se disparaban casi siempre con una elevación muy grande, como nuestros morteros, y por eso tuvieron muy poco efecto hasta que se introdujeron las granadas. Los proyectiles eran por lo general balas redondas de piedra; para los pequeños calibres, a veces saetas de hierro.

Pese a todos estos inconvenientes, el cañón no solo se empleaba en los sitios y en la defensa de las ciudades, sino también en campaña y a bordo de los buques de guerra. Ya en 1386 los ingleses apresaron dos buques franceses armados con cañones. Si las piezas recuperadas del *Mary Rose* (hundido en 1545)[^7] pueden servir de indicio, aquellos primeros cañones de marina iban simplemente encastrados y sujetos en un tronco vaciado para ello, de modo que no podían elevarse.

En el curso del siglo XV se hicieron mejoras considerables tanto en la construcción como en el empleo de la artillería. Se empezaron a fundir cañones de hierro, cobre o bronce. La recámara móvil iba cayendo en desuso, y la pieza se fundía entera de una vez. Las mejores fundiciones estaban en Francia y Alemania. En Francia se hicieron también los primeros intentos de acercar los cañones y colocarlos a cubierto durante un sitio. Hacia 1450 se introdujo una especie de trinchera, y poco después los hermanos Bureau construyeron las primeras baterías de brecha, con cuya ayuda el rey de Francia, Carlos VII, recuperó en un año todas las plazas que le habían tomado los ingleses.

Las mayores mejoras, sin embargo, las hizo Carlos VIII de Francia. Suprimió definitivamente la recámara móvil, hizo fundir sus cañones de bronce y de una sola pieza, introdujo los muñones y las cureñas de ruedas y no usó más que balas de hierro. Simplificó además los calibres y llevó regularmente a campaña los más ligeros. De estos, el cañón doble iba en una cureña de cuatro ruedas tirada por 35 caballos; los demás tenían cureñas de dos ruedas, cuya contera arrastraba por el suelo, y eran tirados por 24 caballos y hasta por 2. A cada pieza se le asignaba un cuerpo de artilleros, y el servicio se organizó de modo que formó el primer cuerpo distinto de artillería de campaña; los calibres más ligeros eran lo bastante móviles para cambiar de sitio con las demás tropas durante la acción, y aun para seguir a la caballería. A esta nueva arma debió Carlos VIII sus sorprendentes éxitos en Italia. La artillería italiana seguía siendo arrastrada por bueyes; las piezas se componían aún de varios trozos y había que montarlas en sus armazones al llegar a la posición; disparaban balas de piedra y eran en conjunto tan torpes que los franceses disparaban un cañón más veces en una hora que los italianos en un día. La batalla de Fornovo (1495), ganada por la artillería de campaña francesa, sembró el terror en Italia, y la nueva arma se tuvo por irresistible. El *Arte della guerra* de Maquiavelo se escribió expresamente para indicar los medios de contrarrestar su efecto mediante una disposición hábil de la infantería y la caballería.

Los sucesores de Carlos VIII, Luis XII y Francisco I, siguieron mejorando y aligerando su artillería de campaña. Francisco organizó la artillería como un servicio distinto, a las órdenes de un gran maestre de la artillería. Sus cañones de campaña rompieron en Marignano, en 1515, las masas hasta entonces invencibles de los piqueros suizos, desplazándose rápidamente de una posición de flanco a otra, y así decidieron la batalla.

Los chinos y los árabes conocían el uso y la fabricación de las granadas, y es probable que este conocimiento pasara de los segundos a las naciones europeas. Sin embargo, la adopción de este proyectil, y del mortero con que hoy se dispara, no se produjo en Europa antes de la segunda mitad del siglo XV, y suele atribuirse a Pandolfo Malatesta, príncipe de Rímini.[^8] Las primeras granadas consistían en dos hemisferios huecos de metal atornillados; el arte de fundirlas huecas fue una invención posterior.

El emperador Carlos V no se quedó atrás de sus rivales franceses en la mejora de los cañones de campaña. Introdujo el avantrén, con lo que convertía el cañón de dos ruedas, cuando había que moverlo, en un vehículo de cuatro ruedas capaz de ir a mayor velocidad y de salvar los obstáculos del terreno. Así, sus cañones ligeros pudieron avanzar al galope en la batalla de Renty, en 1554.[^9]

También caen en este periodo las primeras investigaciones teóricas sobre el tiro y la trayectoria de los proyectiles. Se dice que el italiano Tartaglia descubrió que el ángulo de elevación de 45° da en el vacío el mayor alcance. Los españoles Collado y Ufano se ocuparon también de investigaciones parecidas. Así se sentaron las bases teóricas de la ciencia del tiro.

Hacia la misma época, las investigaciones de Vannoccio Biringuccio sobre el arte de la fundición (1540) trajeron un progreso considerable en la fabricación de cañones, mientras que la invención de la escala de calibres por Hartmann, que medía cada parte de la pieza por su proporción con el diámetro del ánima, dio una norma segura para la construcción de la artillería y preparó el camino para la introducción de principios teóricos fijos y de reglas experimentales generales.

Uno de los primeros efectos de la artillería perfeccionada fue un cambio total del arte de la fortificación. Desde los tiempos de las monarquías asiria y babilónica, este arte apenas había progresado. Pero ahora la nueva arma de fuego abría brecha en todas partes en las murallas de mampostería del viejo sistema, y hubo que inventar uno nuevo. Las defensas tenían que construirse de modo que expusieran la menor mampostería posible al fuego directo del sitiador y permitieran colocar una artillería fuerte en los terraplenes. La vieja muralla de mampostería fue sustituida por un terraplén de tierra revestido solo de mampostería, y la pequeña torre de flanqueo[^10] se convirtió en un gran baluarte pentagonal. Poco a poco toda la mampostería empleada en la fortificación se cubrió contra el fuego directo con obras de tierra exteriores, y a mediados del siglo XVII la defensa de una plaza fuerte volvió a ser relativamente más fuerte que el ataque, hasta que Vauban dio otra vez la superioridad a este.

Hasta entonces la operación de cargar se hacía con pólvora suelta, echada con una pala en la pieza. Hacia 1600 la introducción de los cartuchos, saquetes de tela que contenían la cantidad prescrita de pólvora, abrevió mucho el tiempo necesario para cargar y aseguró mayor precisión de tiro gracias a la mayor igualdad de la carga. Hacia la misma época se hizo otro invento importante, el de la metralla de racimo y el bote de metralla. A este periodo pertenece también la construcción de cañones de campaña adaptados para lanzar proyectiles huecos.

Los numerosos sitios que hubo durante la guerra de España contra los Países Bajos contribuyeron mucho a mejorar la artillería empleada en la defensa y el ataque de las plazas, sobre todo en lo que respecta al uso de morteros y obuses, de granadas, carcasas y balas rojas, y a la composición de las espoletas y otros artificios militares. Los calibres en uso a comienzos del siglo XVII eran todavía de todos los tamaños, desde la pieza de 48 libras hasta los falconetes más pequeños, de ánima para balas de 4 libras.

Pese a todas las mejoras, la artillería de campaña era aún tan imperfecta que se necesitaba toda esa variedad de calibres para obtener algo parecido al efecto que hoy logramos con unos pocos cañones de tamaño medio entre los de 6 y los de 12 libras. Los calibres ligeros de entonces tenían movilidad, pero no efecto; los grandes calibres tenían efecto, pero no movilidad; los intermedios no tenían ni lo uno ni lo otro en grado suficiente para todos los fines. Por eso se conservaban todos los calibres, revueltos en una sola masa, y cada batería constaba por lo general de un surtido regular de piezas.

La elevación se daba a la pieza con una cuña de puntería. Las cureñas eran todavía toscas, y como es natural cada calibre requería un modelo distinto, de modo que era casi imposible llevar a campaña ruedas y cureñas de repuesto. Los ejes eran de madera y de un tamaño diferente para cada calibre. Además, las dimensiones de los cañones y de las cureñas ni siquiera eran las mismas para un mismo calibre, pues en todas partes había gran número de piezas de construcción antigua y muchas diferencias de construcción entre los diversos talleres de un país.

Los cartuchos seguían limitados a los cañones de las plazas; en campaña el cañón se cargaba con pólvora suelta, introducida con una pala, sobre la cual se atacaban el taco y la bala. La pólvora suelta se metía igualmente en el oído, y todo el proceso era lentísimo.

Los artilleros no se consideraban soldados regulares, sino que formaban un gremio propio, que se reclutaba entre los aprendices y juraba no divulgar los secretos y misterios de su oficio. Cuando estallaba una guerra, los beligerantes tomaban a su servicio a cuantos podían conseguir, aparte de su dotación de paz. Cada uno de estos artilleros o bombarderos recibía el mando de una pieza, tenía un caballo de silla, un aprendiz y cuantos ayudantes del oficio necesitaba, además del número necesario de hombres para mover las piezas pesadas. Su paga era cuatro veces la de un soldado. Los caballos de la artillería se contrataban al estallar una guerra; el contratista ponía también los arneses y los conductores.

En la batalla los cañones se colocaban en fila delante de la línea y se desenganchaban del avantrén; los caballos se sacaban de las varas. Cuando se ordenaba un avance, se enganchaban los avantrenes y se montaban en ellos las piezas; a veces los calibres más ligeros se movían a brazo en distancias cortas. La pólvora y las balas se llevaban en carros aparte; los avantrenes no tenían aún cajas de munición. Las maniobras, la carga, el cebado, la puntería y el disparo eran operaciones de gran lentitud según nuestras ideas actuales, y el número de impactos, con una maquinaria tan imperfecta y la falta casi total de ciencia del tiro, debía de ser realmente escaso.

La aparición de Gustavo Adolfo en Alemania, durante la guerra de los Treinta Años, marca un inmenso progreso de la artillería. Este gran guerrero suprimió los calibres extremadamente pequeños y los sustituyó, primero, por sus llamados cañones de cuero, ligeros tubos de hierro forjado forrados de cuerdas y cuero. Estaban destinados a disparar solo metralla, que así se introdujo por primera vez en la guerra de campaña; hasta entonces su uso se había limitado a la defensa del foso en las plazas. Junto con la metralla de racimo y el bote de metralla, introdujo también los cartuchos en su artillería de campaña. Como los cañones de cuero no resultaron muy duraderos, los sustituyó por piezas ligeras de 4 libras de hierro colado, de 16 calibres de largo, que pesaban 6 quintales con la cureña y eran tiradas por dos caballos. A cada regimiento de infantería se asignaban dos de estas piezas. Así nació la artillería de regimiento, que se conservó en muchos ejércitos hasta comienzos de este siglo, sustituyendo a los viejos cañones de pequeño calibre, pero relativamente torpes; al principio estaba destinada solo al bote de metralla, aunque muy pronto se la hizo disparar también bala rasa. Las piezas pesadas se mantenían aparte y se agrupaban en poderosas baterías que ocupaban posiciones favorables en las alas o delante del centro del ejército.

Así, con la separación de la artillería ligera de la pesada y con la formación de baterías, se fundó la táctica de la artillería de campaña. Fue el general Torshenson,[^11] inspector general de la artillería sueca, quien más contribuyó a estos resultados, por los que la artillería de campaña se convirtió por primera vez en un arma independiente, sujeta a reglas propias para su empleo en la batalla.

Hacia esta época se hicieron otros dos inventos importantes: hacia 1650, el del tornillo de puntería horizontal, tal como se usó hasta los tiempos de Gribeauval, y hacia 1697, el de los tubos llenos de pólvora para cebar, en lugar de echar la pólvora en el oído. Con ello se facilitaron mucho tanto la puntería como la carga. Otra gran mejora fue la invención de la prolonga, para maniobrar a cortas distancias.

El número de cañones que se llevaban a campaña durante el siglo XVII era muy grande. En Greifenhagen, Gustavo Adolfo tenía 80 piezas para 20.000 hombres, y en Fráncfort del Óder, 200 piezas para 18.000 hombres. Los trenes de artillería de 100 a 200 cañones eran muy corrientes en las guerras de Luis XIV. En Malplaquet se emplearon por ambas partes cerca de 300 piezas, la mayor masa de artillería reunida hasta entonces en un solo campo de batalla. Por esta época se llevaban muy en general morteros a campaña.

Los franceses seguían manteniendo su superioridad en artillería. Fueron los primeros en acabar con el viejo sistema gremial y alistar a los artilleros como soldados regulares, formando en 1671 un regimiento de artillería y regulando los distintos deberes y grados de los oficiales. Así se reconoció esta rama del servicio como un arma independiente, y el Estado se hizo cargo de la instrucción de oficiales y soldados. En 1690 se fundó en Francia una escuela de artillería, durante 50 años por lo menos la única que existió. En 1697 publicó Saint-Rémy un manual de ciencia artillera muy bueno para su época. Pero el secreto que rodeaba el «misterio» del tiro era aún tan grande que muchas mejoras adoptadas en otros países seguían siendo desconocidas en Francia, y la construcción y composición de cada artillería europea difería mucho de las demás. Así, los franceses no habían adoptado aún el obús, que se había inventado en Holanda y se había adoptado en la mayoría de los ejércitos antes de 1700. Las cajas de munición en el avantrén, introducidas por Mauricio de Nassau, eran desconocidas en Francia y, de hecho, poco adoptadas en general. El cañón, la cureña y el avantrén eran demasiado pesados para cargarlos además con el peso de la munición. Los calibres muy pequeños, hasta el de 3 libras inclusive, se habían suprimido ciertamente, pero la artillería ligera de regimiento era desconocida en Francia.

Las cargas que se empleaban en la artillería de los periodos que hemos considerado eran, para los cañones, por lo general muy pesadas; al principio, iguales en peso a la bala. Aunque la pólvora era de calidad inferior, esas cargas eran aún de efecto mucho más fuerte que las que hoy se usan, por lo que fueron una de las causas principales del tremendo peso de las piezas. Para resistir tales cargas, el peso de un cañón de bronce era a menudo de 250 a 400 veces el de la bala. Poco a poco, sin embargo, la necesidad de aligerar las piezas obligó a reducir la carga, y hacia comienzos del siglo XVIII la carga era por lo general solo la mitad del peso de la bala. Para los morteros y los obuses, la carga se regulaba según la distancia, y por lo general era muy pequeña.

Finales del siglo XVII y comienzos del XVIII fueron el periodo en que la artillería, en la mayoría de los países, se incorporó definitivamente al ejército, despojada de su carácter medieval de gremio y reconocida como arma, y quedó así en condiciones de un desarrollo más regular y rápido. La consecuencia fue un progreso casi inmediato y muy notable. La irregularidad y variedad de calibres y modelos, la inseguridad de todas las reglas empíricas existentes, la falta total de principios bien establecidos se hicieron entonces evidentes e insoportables. En consecuencia, se hicieron en todas partes experimentos a gran escala para averiguar los efectos de los calibres, la relación del calibre con la carga y con el peso y la longitud de la pieza, la distribución del metal en el cañón, los alcances, los efectos del retroceso sobre las cureñas, etc. Entre 1730 y 1740, Bélidor dirigió experimentos de este tipo en La Fère, en Francia; Robins, en Inglaterra, y Papacino d'Antoni, en Turín. El resultado fue una gran simplificación de los calibres, una mejor distribución del metal de la pieza y una reducción muy general de las cargas, que pasaron a estar entre ⅓ y ½ del peso de la bala.

Al mismo paso que estas mejoras avanzaba la ciencia del tiro. Galileo había creado la teoría parabólica; Torricelli, su discípulo, Anderson, Newton, Blondel, Bernoulli, Wolff y Euler se ocuparon de determinar con más precisión la trayectoria de los proyectiles, la resistencia del aire y las causas de sus desviaciones. Los artilleros experimentales antes mencionados contribuyeron también sustancialmente al progreso de la parte matemática del tiro.

Con Federico el Grande, la artillería de campaña prusiana volvió a aligerarse considerablemente. Se vio que los cañones cortos y ligeros de regimiento, de no más de 14, 16 o 18 calibres de largo y con un peso de 80 a 150 veces el de la bala, tenían alcance suficiente para las batallas de aquellos días, decididas sobre todo por el fuego de la infantería. En consecuencia, el rey hizo fundir todas sus piezas de 12 libras con la misma longitud y el mismo peso proporcionales. Los austriacos, en 1753, siguieron este ejemplo, como la mayoría de los demás Estados; pero el propio Federico, en la última parte de su reinado, volvió a dotar a su artillería de reserva de cañones largos y potentes, porque su experiencia en Leuthen lo había convencido de su efecto superior. Federico el Grande introdujo una nueva arma al montar a caballo a los artilleros de algunas de sus baterías, creando así la artillería a caballo, destinada a prestar a la caballería el mismo apoyo que la artillería a pie prestaba a la infantería. La nueva arma resultó sumamente eficaz y pronto la adoptaron la mayoría de los ejércitos; algunos, como el austriaco, montaban en su lugar a los artilleros en carros aparte.

La proporción de cañones en los ejércitos del siglo XVIII era todavía muy grande. Federico el Grande tenía en 1756, para 70.000 hombres, 206 cañones; en 1762, para 67.000 hombres, 275; en 1778, para 180.000 hombres, 811. Estos cañones, salvo los de regimiento, que seguían a sus batallones, estaban organizados en baterías de diverso tamaño, de 6 a 20 piezas cada una. Los cañones de regimiento avanzaban con la infantería, mientras las baterías disparaban desde posiciones escogidas y a veces avanzaban a una segunda posición, pero por lo general esperaban allí el desenlace de la batalla; en cuanto a movilidad, dejaban todavía mucho que desear, y en Kunersdorf la pérdida de la batalla se debió a la imposibilidad de traer la artillería en el momento decisivo. El general prusiano Tempelhof introdujo también baterías de morteros de campaña, cuyos morteros ligeros se llevaban a lomo de mulo; pero pronto se suprimieron de nuevo, una vez probada su inutilidad en la guerra de 1792 y 1793.

La parte científica de la artillería se cultivó en este periodo sobre todo en Alemania. Struensee y Tempelhof escribieron obras útiles sobre la materia, pero el principal artillero de su tiempo fue Scharnhorst. Su manual de artillería es el primer tratado completo y verdaderamente científico de la materia, y su manual para oficiales, publicado ya en 1787, contiene el primer desarrollo científico de la táctica de la artillería de campaña. Sus obras, aunque anticuadas en muchos aspectos, siguen siendo clásicas. En el servicio austriaco, el general Vega; en el español, el general Morla, y en el prusiano, Hoyer y Rouvroy hicieron valiosas aportaciones a la literatura artillera.

Los franceses habían reorganizado su artillería según el sistema de Vallière en 1732; conservaron las piezas de 24, 16, 12, 8 y 4 libras y adoptaron el obús de 8 pulgadas. Seguía habiendo, con todo, gran variedad de modelos de construcción; los cañones tenían de 22 a 26 calibres de largo y pesaban unas 250 veces lo que la bala correspondiente. Por fin, en 1774, el general Gribeauval, que había servido con los austriacos en la guerra de los Siete Años y conocía la superioridad de las nuevas artillerías prusiana y austriaca, logró introducir su nuevo sistema. La artillería de sitio quedó definitivamente separada de la de campaña. Se formó con todas las piezas de más de 12 libras y con todas las viejas piezas pesadas de 12. La artillería de campaña se compuso de cañones de 12, de 8 y de 4 libras, todos de 18 calibres de largo y de un peso de 150 veces el de la bala, y de un obús de 6 pulgadas. La carga de los cañones se fijó definitivamente en un tercio del peso de la bala, se introdujo el tornillo de puntería vertical, y cada parte de una pieza o de una cureña se hizo según un modelo fijo, de modo que pudiera reponerse fácilmente de los almacenes. Siete modelos de ruedas y 8 de ejes bastaban para todos los vehículos de la artillería francesa. Aunque el uso de cajas de avantrén para llevar una dotación de munición lo conocían la mayoría de los artilleros, Gribeauval no las introdujo en Francia. Las piezas de 4 se repartieron con la infantería, a razón de 2 por batallón; las de 8 y de 12 se repartieron en baterías separadas como artillería de reserva, con una fragua de campaña para cada batería. Se organizaron compañías de tren y de obreros, y esta artillería de Gribeauval fue en conjunto el primer cuerpo de su clase establecido sobre bases modernas. Resultó superior a todas las de su época por las proporciones que regían sus construcciones, por su material y por su organización, y durante muchos años sirvió de modelo.

Gracias a las mejoras de Gribeauval, la artillería francesa fue superior a todas durante las guerras de la Revolución, y pronto se convirtió, en manos de Napoleón, en un arma de una potencia hasta entonces desconocida. No se hizo más cambio que suprimir definitivamente en 1799 el sistema de cañones de regimiento y, con el inmenso número de piezas de 6 y de 8 conquistadas en toda Europa, introducir también estos calibres en el servicio. Toda la artillería de campaña se organizó en baterías de 6 piezas, de las cuales una era por lo general un obús y las demás cañones. Pero si en el material hubo pocos cambios o ninguno, en la táctica de la artillería hubo uno inmenso. Aunque el número de cañones disminuyó algo con la supresión de las piezas de regimiento, el efecto de la artillería en la batalla aumentó gracias a su empleo hábil. Napoleón usaba cierto número de cañones ligeros, agregados a las divisiones de infantería, para entablar la batalla, obligar al enemigo a mostrar sus fuerzas, etc., mientras la masa de la artillería se mantenía en reserva hasta que se determinaba el punto decisivo del ataque; entonces se formaban de pronto enormes baterías que actuaban todas sobre ese punto y preparaban así, con un cañoneo tremendo, el ataque final de las reservas de infantería. En Friedland se formaron así en línea 70 cañones, en Wagram 100; en Borodino, una batería de 80 cañones preparó el ataque de Ney contra Semiónovskoie. Por otra parte, las grandes masas de caballería de reserva formadas por Napoleón requerían para su apoyo una fuerza correspondiente de artillería a caballo, arma que de nuevo recibió la máxima atención y estuvo muy numerosamente representada en los ejércitos franceses, donde se estableció por primera vez en la práctica su adecuado empleo táctico. Sin las mejoras de Gribeauval, este nuevo empleo de la artillería habría sido imposible, y con la necesidad de la táctica modificada esas mejoras fueron pasando poco a poco, con ligeros cambios, a todos los ejércitos del continente.

La artillería británica, a comienzos de la guerra de la Revolución francesa, estaba muy descuidada y muy por detrás de la de otras naciones. Tenían dos cañones de regimiento por batallón, pero ninguna artillería de reserva. Los cañones se enganchaban en tiro sencillo, con los conductores caminando al lado con largos látigos. Caballos y conductores eran alquilados. El material era de construcción muy anticuada y, salvo en distancias muy cortas, las piezas solo podían moverse al paso. La artillería a caballo era desconocida. Pero después de 1800, cuando la experiencia había mostrado la insuficiencia de este sistema, el comandante Spearman reorganizó la artillería a fondo. Los avantrenes se adaptaron para tiro doble, los cañones se agruparon en baterías de 6 piezas y en general se introdujeron las mejoras que ya llevaban algún tiempo en uso en el continente. Como no se reparó en gastos, la artillería británica fue pronto la más cuidada, la más sólida y la más lujosamente equipada de su clase; se prestó gran atención al cuerpo de artillería a caballo recién creado, que pronto se distinguió por la audacia, la rapidez y la precisión de sus maniobras. En cuanto a nuevas mejoras del material, se limitaron a la construcción de los vehículos; la cureña de contera de bloque y el carro de municiones con avantrén se han adoptado desde entonces en la mayoría de los países del continente.

La proporción de la artillería respecto a las demás armas de un ejército quedó algo más fijada en este periodo. La mayor proporción de artillería en un ejército de entonces fue la de los prusianos en Pirmasens: 7 cañones por cada 1.000 hombres. Napoleón consideraba de sobra suficientes 3 cañones por cada 1.000 hombres, y esta proporción se ha convertido en regla general. Se fijó también el número de disparos por pieza: 200 por lo menos, de los cuales ¼ o ⅕ eran de metralla. Durante la paz que siguió a la caída de Napoleón, las artillerías de todas las potencias europeas fueron mejorando poco a poco. Los calibres ligeros de 3 y 4 libras se suprimieron en todas partes, y las cureñas y carros mejorados de la artillería inglesa se adoptaron en la mayoría de los países. La carga se fijó casi en todas partes en ⅓; el metal de la pieza, en unas 150 veces el peso de la bala, y la longitud de la pieza, entre 16 y 18 calibres.

Los franceses reorganizaron su artillería en 1827. Los cañones de campaña se fijaron en los calibres de 8 y 12 libras, de 18 calibres de largo, con carga de ⅓ y un peso de metal 150 veces el de la bala. Se adoptaron las cureñas y los carros ingleses y se introdujeron por primera vez en el servicio francés las cajas de avantrén. Se asignaron respectivamente a las baterías de 8 y de 12 dos clases de obuses, de 15 y 16 centímetros de ánima. Este nuevo sistema de artillería de campaña se distingue por una gran simplicidad. Solo hay 2 tamaños de cureña, 1 de avantrén, 1 de rueda y 2 de eje para todos los vehículos de las baterías de campaña francesas. Además se introdujo una artillería de montaña aparte, con obuses de 12 centímetros de ánima.

La artillería de campaña inglesa tiene hoy como calibre casi exclusivo la pieza de 9 libras, de 17 calibres de largo, con un peso de 1½ quintales por cada libra de bala y una carga de ⅓ del peso de la bala. En cada batería hay 2 obuses de 24 libras y 5½ pulgadas. En la última guerra con Rusia no se enviaron en absoluto cañones de 6 ni de 12 libras. Hay en uso 2 tamaños de rueda. Tanto en la artillería a pie inglesa como en la francesa, los sirvientes van montados durante las maniobras en el avantrén y en los carros de municiones.

El ejército prusiano lleva cañones de 6 y de 12 libras, de 18 calibres de largo, que pesan 145 veces la bala y se cargan con ⅓ de su peso. Los obuses son de 5½ y 6½ pulgadas de ánima. Cada batería tiene 6 cañones y 2 obuses. Hay 2 ruedas, 2 ejes y 1 avantrén. Las cureñas son de construcción Gribeauval. En la artillería a pie, para las maniobras rápidas, 5 sirvientes, suficientes para servir la pieza, montan en la caja del avantrén y en los caballos de fuera; los 3 restantes siguen como pueden. Por eso los carros de municiones no van con las piezas, como en el servicio francés y el británico, sino que forman una columna aparte y se mantienen fuera de tiro durante la acción. El carro de municiones inglés mejorado se adoptó en 1842.

La artillería austriaca tiene cañones de 6 y de 12 libras, de 16 calibres de largo, que pesan 135 veces la bala y se cargan con ¼ de su peso. Los obuses son parecidos a los del servicio prusiano. Seis cañones y 2 obuses forman una batería.

La artillería rusa tiene cañones de 6 y de 12 libras, de 18 calibres de largo, que pesan 150 veces la bala, con una carga de ⅓ de su peso. Los obuses son de 5 y 6 pulgadas de ánima. Según el calibre y el destino, 8 o 12 piezas forman una batería, la mitad cañones y la otra mitad obuses.

El ejército sardo tiene cañones de 8 y de 16 libras, con obuses del tamaño correspondiente. Los ejércitos alemanes menores tienen todos piezas de 6 y de 12; los españoles, de 8 y de 12; los portugueses, suecos, daneses, belgas, holandeses y napolitanos, de 6 y de 12.

El impulso que dio a la artillería británica la reorganización del comandante Spearman, junto con el interés por nuevas mejoras que despertó en ese servicio y el amplio campo que ofrecía al progreso artillero la inmensa artillería naval de Gran Bretaña, han contribuido a muchos inventos importantes. Las composiciones británicas para artificios, lo mismo que su pólvora, son superiores a todas las demás, y la precisión de sus espoletas de tiempo no tiene igual. El principal invento hecho últimamente en la artillería británica son las granadas de shrapnel (proyectiles huecos llenos de balas de fusil, que estallan durante el vuelo), con las que el alcance eficaz de la metralla se ha igualado al de la bala rasa. Los franceses, por hábiles que sean como constructores y organizadores, son casi el único ejército que aún no ha adoptado este nuevo y terrible proyectil; no han sido capaces de averiguar la composición de la espoleta, de la que todo depende.

Luis Napoleón ha propuesto un nuevo sistema de artillería de campaña, que al parecer está en vías de adoptarse en Francia. Los 4 calibres de cañones y obuses hoy en uso serían sustituidos por un cañón ligero de 12 libras, de 15½ calibres de largo, que pesa 110 veces la bala y se carga con ¼ del peso de la bala maciza. Una granada de 12 centímetros (la misma que hoy usa la artillería de montaña) se dispararía con la misma pieza con una carga reducida, lo que sustituiría a los obuses en el empleo especial de proyectiles huecos. Los experimentos hechos en 4 escuelas de artillería de Francia han tenido mucho éxito, y se dice que estos cañones mostraron en Crimea una marcada superioridad sobre los cañones rusos, en su mayoría de 6 libras. Los ingleses, sin embargo, sostienen que su cañón largo de 9 es superior en alcance y precisión a este nuevo cañón, y hay que observar que fueron los primeros en introducir, aunque lo abandonaron muy pronto, un cañón ligero de 12 libras con una carga de ¼ del peso de la bala, que evidentemente sirvió de modelo a Luis Napoleón. El disparo de granadas con cañones ordinarios está tomado del servicio prusiano, donde en los sitios se hace que las piezas de 24 disparen granadas para ciertos fines. Con todo, las capacidades del cañón de Luis Napoleón están aún por determinar por la experiencia, y como no se ha publicado nada especial sobre sus efectos en la última guerra, no puede esperarse que aquí juzguemos definitivamente sus méritos.

Las leyes y las máximas experimentales para lanzar con el cañón proyectiles macizos, huecos o de otra clase, las proporciones comprobadas de alcance, elevación y carga, los efectos del viento[^12] y de otras causas de desviación, las probabilidades de dar en el blanco y las diversas circunstancias que pueden presentarse en la guerra constituyen la ciencia del tiro.

Aunque el hecho de que un cuerpo pesado lanzado en el vacío en una dirección distinta de la vertical describe en su vuelo una parábola es el principio fundamental de esta ciencia, la resistencia del aire, que aumenta con la velocidad del cuerpo en movimiento, altera muy sustancialmente la aplicación de la teoría parabólica en la práctica del tiro. Así, en los cañones que lanzan su bala con una velocidad inicial de 1.400 a 1.700 pies por segundo, la trayectoria se aparta considerablemente de la parábola teórica, tanto que con ellos el mayor alcance se obtiene con una elevación de solo unos 20 grados, mientras que según la teoría parabólica debería ser con 45 grados. Los experimentos prácticos han determinado con cierta precisión estas desviaciones y fijado así las elevaciones adecuadas para cada clase de piezas, con una carga y un alcance dados. Pero hay otras circunstancias que influyen en el vuelo del proyectil. Está, ante todo, el viento, es decir, la diferencia en que el diámetro de la bala ha de ser menor que el del ánima para facilitar la carga. Causa, primero, un escape del gas en expansión durante la explosión de la carga, es decir, una pérdida de fuerza, y, segundo, una irregularidad en la dirección de la bala, que produce desviaciones en sentido vertical u horizontal.

Está luego la inevitable desigualdad en el peso de la carga, o en su estado en el momento de usarla; la excentricidad de la bala, cuyo centro de gravedad no coincide con el centro de la esfera, lo que causa desviaciones que varían según la posición relativa de los centros en el momento del disparo, y muchas otras causas que producen resultados irregulares en condiciones de vuelo en apariencia idénticas.

Hemos visto que para los cañones de campaña se ha adoptado casi universalmente la carga de ⅓ del peso de la bala y una longitud de 16 a 18 calibres. Con tales cargas, en el tiro de punto en blanco (con la pieza en posición horizontal) la bala tocará el suelo a unas 300 yardas, y elevando la pieza puede aumentarse ese alcance hasta 3.000 o 4.000 yardas. Pero con semejante alcance no cabe ni hablar de probabilidad de dar en el blanco, y en la práctica real y eficaz el alcance de los cañones de campaña no pasa de 1.400 o 1.500 yardas, distancia a la que apenas puede esperarse que 1 disparo de cada 6 u 8 dé en el blanco. Los alcances decisivos, únicos en los que el cañón puede contribuir al desenlace de una batalla, están, para la bala rasa y la granada, entre 600 y 1.100 yardas, y a estas distancias la probabilidad de alcanzar el objetivo es, en efecto, mucho mayor. Así, se calcula que a 700 yardas un 50 por ciento, a 900 yardas un 35 por ciento y a 1.100 yardas un 25 por ciento de los disparos de una pieza de 6 libras darán en un blanco que represente el frente de un batallón en columna de ataque (34 yardas de largo por 2 de alto). Las piezas de 9 y de 12 darán resultados algo mejores. En unos experimentos hechos en Francia en 1850, las piezas de 8 y de 12 entonces en uso dieron los siguientes resultados contra un blanco de 30 metros por 3 (que representaba un escuadrón de caballería), a:

| | 500 m | 600 m | 700 m | 800 m | 900 m |
| --- | --- | --- | --- | --- | --- |
| Piezas de 12, impactos | 64 % | 54 % | 43 % | 37 % | 32 % |
| Piezas de 8, ídem | 67 % | 44 % | 40 % | 28 % | 28 % |

Aunque el blanco era la mitad más alto, el tiro quedó aquí por debajo del promedio antes indicado.

Con los obuses de campaña la carga es considerablemente menor, en proporción al peso del proyectil, que con los cañones. La causa es la poca longitud de la pieza (de 7 a 10 calibres) y la necesidad de dispararla con grandes elevaciones. El retroceso de un obús disparado con mucha elevación, que actúa tanto hacia abajo como hacia atrás, forzaría la cureña, si se usara una carga pesada, hasta inutilizarla al cabo de pocos disparos. Por eso en la mayoría de las artillerías del continente se usan varias cargas en un mismo obús de campaña, de modo que el artillero obtiene un alcance dado con distintas combinaciones de carga y elevación. Donde no es así, como en la artillería británica, la elevación que se toma es forzosamente muy baja y apenas supera la de los cañones; las tablas de tiro del obús británico de 24 libras, con 2½ libras de carga, no pasan de 1.050 yardas con 4° de elevación, mientras que el cañón de 9, con la misma elevación, alcanza 1.400 yardas. En la mayoría de los ejércitos alemanes se usa un obús corto especial, que admite una elevación de 16 a 20 grados y actúa así un poco como un mortero; su carga es, por fuerza, pequeña; tiene sobre el obús largo común la ventaja de que sus granadas pueden hacerse caer en posiciones cubiertas, detrás de ondulaciones del terreno, etc. Esta ventaja es, sin embargo, dudosa contra objetivos móviles como las tropas, aunque de gran importancia cuando el objetivo cubierto del fuego directo es inmóvil; y para el fuego directo estos obuses, por su cortedad (de 16 a 7 calibres)[^13] y su pequeña carga, son casi inútiles. La carga, para obtener distintos alcances con una elevación fijada según el fin perseguido (tiro directo o lanzamiento de granadas), varía por fuerza muchísimo; en la artillería de campaña prusiana, donde aún se usan estos obuses, hay no menos de doce cargas distintas. Por lo demás, el obús no es sino una pieza muy imperfecta, y cuanto antes lo sustituya un cañón de granada de campaña eficaz, mejor.

Las piezas pesadas que se usan en las plazas, en los sitios y en los armamentos navales son de muy diversa clase. Hasta la última guerra con Rusia no era costumbre emplear en la guerra de sitio piezas más pesadas que las de 24 libras o, a lo sumo, unas pocas de 32. Pero desde el sitio de Sebastopol los cañones de sitio y los de marina son los mismos, o más bien el efecto de los pesados cañones de marina en las trincheras y en las defensas de tierra ha resultado tan inesperadamente superior al de las ligeras piezas de sitio habituales que la guerra de sitios tendrá que decidirse en adelante, en gran medida, con esa pesada artillería naval.

Tanto en la artillería de sitio como en la naval suele haber varios modelos de cañón para un mismo calibre. Hay cañones ligeros y cortos, y los hay largos y pesados. Como la movilidad importa menos, para fines particulares se hacen a menudo cañones de 22 a 25 calibres de largo, y algunos de ellos son, por esa mayor longitud, tan precisos como fusiles en su tiro. Uno de los mejores de esta clase es el cañón prusiano de bronce de 24 libras, de 10 pies y 4 pulgadas, o 22 calibres, de largo y 60 quintales de peso; para el tiro de desmonte en un sitio no hay otro igual. Para la mayoría de los fines, sin embargo, basta de sobra una longitud de 16 a 20 calibres, y como, por término medio, el tamaño del calibre será preferible a la precisión extrema, una masa de 60 quintales de hierro o de bronce estará por regla general mejor empleada en una pieza pesada de 32 libras de 16 a 17 calibres. El nuevo cañón largo de hierro de 32 libras, uno de los mejores de la marina británica, de 9 pies de largo y 50 quintales, mide solo 16½ calibres. El cañón largo de 68 libras, de 112 quintales, pieza de colisa de todos los grandes buques de hélice de 131 cañones, mide 10 pies y 10 pulgadas, poco más de 16 calibres; otra clase de pieza de colisa, el cañón largo de 56 libras, de 98 quintales, mide 11 pies, o 17½ calibres. Todavía hoy forman parte del armamento naval gran número de piezas menos eficaces, cañones reabiertos de solo 11 o 12 calibres y carronadas de 7 a 8 calibres de largo.

Pero hay otra clase de cañón naval, introducida hace unos 35 años por el general Paixhans y que desde entonces ha cobrado una inmensa importancia: el cañón de granada. Esta clase de pieza ha experimentado mejoras considerables, y el cañón de granada francés es todavía el más parecido al construido por el inventor; ha conservado la recámara cilíndrica para la carga. En el servicio inglés la recámara es un corto tronco de cono, que reduce muy poco el diámetro del ánima, o no hay recámara en absoluto; mide de largo de 10 a 13 calibres y está destinado exclusivamente a proyectiles huecos; pero los cañones largos de 68 y de 56 antes mencionados disparan indistintamente balas macizas y granadas.

En la marina de los Estados Unidos, el capitán Dahlgren ha propuesto un nuevo sistema de cañones de granada, consistente en piezas cortas de calibre muy grande (11 y 9 pulgadas de ánima), que se ha adoptado en parte en el armamento de varias fragatas nuevas. El valor de este sistema ha de fijarlo aún la experiencia, que debe decidir si el tremendo efecto de granadas tan enormes puede obtenerse sin sacrificar la precisión, que no puede sino resentirse de la gran elevación necesaria a grandes distancias.

En los sitios y en el tiro naval las cargas son tan variables como la construcción de las propias piezas y los fines que se persiguen. Para abrir brecha en la mampostería se usan las cargas más fuertes, que en algunas piezas muy pesadas y macizas llegan a la mitad del peso de la bala. En conjunto, sin embargo, puede considerarse un cuarto como una buena carga media para los sitios, que a veces se aumenta a un tercio y otras se reduce a un sexto. A bordo suele haber 3 clases de cargas para cada pieza: la carga alta, para el tiro lejano, la caza, etc.; la media, para las distancias eficaces corrientes de los combates navales, y la reducida, para la corta distancia y el tiro con doble bala. Para los cañones largos de 32 libras equivalen a 5/16, 1/4 y 3/16 del peso de la bala.[^14] En los cañones cortos y ligeros y en los de granada estas proporciones son, naturalmente, aún menores; pero también en estos últimos el proyectil hueco no alcanza el peso del macizo.

Además de los cañones y de los cañones de granada, forman parte de la artillería de sitio y de marina los obuses pesados y los morteros. Los obuses son piezas cortas destinadas a lanzar granadas con una elevación de hasta 12 o 30 grados y montadas en cureñas; los morteros son piezas aún más cortas, fijadas en afustes de bloque y destinadas a lanzar bombas con una elevación por lo general superior a 20 grados, que llega incluso a 60. Ambos son piezas con recámara, es decir, la recámara o parte del ánima destinada a recibir la carga tiene menor diámetro que el vuelo o ánima general. Los obuses rara vez pasan de 8 pulgadas de calibre, pero los morteros llegan a 13, 15 y más pulgadas. El vuelo de una bomba de mortero, por la pequeñez de la carga (de 1/20 a 1/40 del peso de la bomba) y por su considerable elevación, sufre menos la resistencia del aire, y aquí puede usarse la teoría parabólica en los cálculos de tiro sin una desviación sustancial de los resultados prácticos. Las bombas de mortero están destinadas a actuar ya estallando y, como carcasas, incendiando objetos combustibles con el chorro de llama de las espoletas, ya también por su peso, atravesando techos abovedados o protegidos de otro modo; en este último caso se prefiere la elevación mayor, que da la trayectoria más alta y el mayor impulso de caída. Las granadas de obús están destinadas a actuar primero por el choque y luego estallando. Por su gran elevación, la poca velocidad inicial que se imprime a la bomba y la consiguiente poca resistencia que le opone el aire, el mortero lanza su proyectil más lejos que ninguna otra clase de pieza; como el objetivo es por lo general toda una ciudad, se requiere poca precisión, y así ocurre que el alcance eficaz de los morteros pesados llega a 4.000 yardas y más, distancia desde la que las bombarderas anglofrancesas bombardearon Sveaborg.

El empleo de estas diferentes clases de piezas, proyectiles y cargas durante un sitio se tratará en la voz correspondiente; el uso de la artillería naval constituye casi toda la parte combativa de la táctica elemental naval y, por tanto, no pertenece a este tema; así, solo nos queda hacer algunas observaciones sobre el uso y la táctica de la artillería de campaña.

La artillería no tiene armas para el combate cuerpo a cuerpo; todas sus fuerzas se concentran en el efecto a distancia de su fuego. Además, solo está en condiciones de combatir mientras está en posición; en cuanto engancha el avantrén o coloca la prolonga para moverse, queda momentáneamente inutilizada. Por ambas razones es la más defensiva de las tres armas; su capacidad de ataque es muy limitada, pues el ataque es movimiento hacia delante, y su punto culminante es el choque del acero contra el acero. El momento crítico de la artillería es, pues, el avance, la toma de posición y la preparación para la acción bajo el fuego enemigo. Sus despliegues en línea y sus movimientos preliminares tendrán que ocultarse tras obstáculos del terreno o tras líneas de tropas. Así ganará una posición paralela a la línea que ha de ocupar y avanzará luego a su posición en línea recta contra el enemigo, para no exponerse a un fuego de flanco.

La elección de una posición es cosa de la máxima importancia, tanto por el efecto del fuego de una batería como por el del fuego enemigo sobre ella. Colocar las piezas de modo que su efecto sobre el enemigo sea lo más contundente posible es lo primero; resguardarse del fuego enemigo, lo segundo. Una buena posición debe ofrecer un suelo firme y llano para las ruedas y las conteras de las piezas; si las ruedas no están a nivel, no es posible un buen tiro, y si la contera se clava en el suelo, la cureña pronto se romperá por la fuerza del retroceso. Debe ofrecer además una vista libre del terreno que ocupa el enemigo y permitir la mayor libertad de movimiento posible.

Por último, el terreno de delante, entre la batería y el enemigo, debe ser favorable al efecto de nuestras armas y, si es posible, desfavorable al de las suyas. El terreno más favorable es firme y llano, porque permite el tiro de rebote y hace que las balas que se quedan cortas alcancen al enemigo después del primer bote. Es asombrosa la diferencia que produce la naturaleza del terreno en el tiro de la artillería. En terreno blando las balas, al botar, se desviarán o rebotarán irregularmente, si no se quedan clavadas en él de inmediato. La dirección de los surcos en una tierra arada influye mucho, sobre todo en el tiro de bote de metralla y de shrapnel; si van de través, la mayoría de las balas se enterrarán en ellos. Si el terreno es blando, ondulado o quebrado inmediatamente delante de nosotros, pero llano y duro más allá, hacia el enemigo, favorecerá nuestro tiro y nos protegerá del suyo. Disparar pendiente abajo o arriba con inclinaciones de más de 5 grados, o desde la cima de una colina a la de otra, es muy desfavorable.

En cuanto a nuestra seguridad frente al fuego enemigo, la aumentan objetos muy pequeños. Una cerca delgada que apenas oculte nuestra posición, un grupo de arbustos o un trigal alto le impedirán apuntar con acierto. Un pequeño ribazo abrupto sobre el que estén colocadas nuestras piezas detendrá los más peligrosos de sus proyectiles. Un dique es un parapeto excelente, pero la mejor protección es la cresta de una ligera ondulación del terreno, detrás de la cual retiramos nuestras piezas tanto que el enemigo no vea más que las bocas; en esta posición toda bala que dé en el suelo por delante botará muy por encima de nuestras cabezas. Mejor aún si podemos excavar en la cresta un asiento para las piezas, de unos 2 pies de hondo, que se aplane hacia atrás con la pendiente, de modo que domine todo el talud exterior de la colina. Los franceses de Napoleón eran sumamente hábiles en la colocación de sus piezas, y de ellos han aprendido este arte todas las demás naciones. Respecto al enemigo, la posición debe elegirse libre de fuegos de flanco o de enfilada; respecto a nuestras propias tropas, no debe estorbar sus movimientos. La distancia usual entre pieza y pieza en línea es de 20 yardas, pero no hay ninguna necesidad de atenerse estrictamente a estas reglas de plaza de armas. Una vez en posición, los avantrenes permanecen cerca detrás de sus piezas, mientras los carros, en algunos servicios, se quedan a cubierto. Donde los carros sirven para montar a los sirvientes, tienen que correr también el riesgo de entrar en el alcance eficaz.

La batería dirige su fuego contra la parte de las fuerzas enemigas que en ese momento amenaza más nuestra posición; si nuestra infantería va a atacar, dispara contra la artillería contraria, si aún hay que acallarla, o contra las masas de infantería, si se exponen; pero si una parte del enemigo avanza a un ataque efectivo, ese es el punto al que hay que apuntar, sin hacer caso de la artillería enemiga que nos dispara. Nuestro fuego contra la artillería será más eficaz cuando esta no pueda contestar, es decir, cuando esté enganchando, moviéndose o desenganchando. Unos pocos disparos certeros causan gran confusión en esos momentos.

La vieja regla de que la artillería, salvo en momentos apremiantes de importancia, no debe acercarse a la infantería a menos de 300 yardas, es decir, del alcance de las armas portátiles, pronto estará anticuada. Con el alcance creciente de los fusiles modernos, la artillería de campaña, para ser eficaz, ya no puede mantenerse fuera del alcance de la fusilería; y una pieza con su avantrén, sus caballos y sus sirvientes forma un grupo de sobra grande para que los tiradores le disparen a 600 yardas con el fusil Minié o el Enfield. La idea arraigada de que quien quiera vivir mucho debe alistarse en la artillería parece haber dejado de ser cierta, pues es evidente que el tiroteo a distancia será en adelante la manera más eficaz de combatir la artillería; ¿y dónde está el campo de batalla en el que no pueda encontrarse un abrigo excelente para tiradores a menos de 600 yardas de cualquier emplazamiento posible de artillería?

Contra líneas o columnas de infantería que avanzan, la artillería ha tenido hasta ahora siempre la ventaja; unos pocos disparos eficaces de metralla, o un par de balas rasas que surcan una columna profunda, tienen un efecto terriblemente refrescante. Cuanto más se acerca el ataque, más eficaz se vuelve nuestro tiro, y aun en el último momento podemos retirar fácilmente nuestras piezas ante un adversario tan lento; aunque está por ver si una línea de cazadores de Vincennes avanzando a paso gimnástico no se nos echaría encima antes de haber enganchado.

Contra la caballería, la sangre fría da la ventaja a la artillería. Si esta reserva su metralla hasta las 100 yardas y suelta entonces una descarga bien apuntada, la caballería estará bastante lejos cuando se disipe el humo. En todo caso, enganchar e intentar escapar sería el peor de los planes, porque la caballería alcanzaría sin duda a las piezas.

En el combate de artillería contra artillería deciden el terreno, los calibres, el número relativo de piezas y el uso que hacen de ellas los contendientes. Hay que observar, sin embargo, que aunque el calibre grande tiene una ventaja indudable a grandes distancias, el más pequeño se acerca en sus efectos a los del grande a medida que disminuyen las distancias, y a distancias cortas casi lo iguala. En Borodino, la artillería de Napoleón constaba sobre todo de piezas de 3 y de 4, mientras los rusos se ufanaban de sus numerosas piezas de 12; pero los pequeños cañoncitos franceses llevaron decididamente la mejor parte.

Al apoyar a la infantería o a la caballería, la artillería tendrá siempre que ganar una posición en su flanco. Si la infantería avanza, la artillería avanza por medias baterías o secciones en línea con los tiradores, o más bien por delante; en cuanto las masas de infantería se preparan para atacar a la bayoneta, se adelanta al trote hasta 400 yardas del enemigo y prepara la carga con un fuego rápido de metralla. Si el ataque es rechazado, la artillería reanudará el fuego contra el enemigo que persigue hasta que se vea obligada a retirarse; pero si el ataque triunfa, su fuego contribuye mucho a completar el éxito, disparando la mitad de las piezas mientras avanza la otra.

La artillería a caballo, como arma de apoyo de la caballería, a la que presta algo del elemento defensivo que por naturaleza le falta por completo, es hoy una de las ramas favoritas de todos los ejércitos y ha alcanzado gran perfección en todos los ejércitos europeos. Aunque destinada a actuar en terreno de caballería y en compañía de la caballería, no hay en el mundo artillería a caballo que no esté dispuesta a galopar a campo traviesa por donde su propia caballería no la seguiría sin sacrificar su orden y su cohesión. La artillería a caballo de cada país reúne a los jinetes más audaces y diestros de su ejército, que en cualquier gran revista se precian de salvar, con piezas y todo, obstáculos ante los que la caballería se detiene.

La táctica de la artillería a caballo consiste en la audacia y la sangre fría. Rapidez, aparición repentina, prontitud de fuego, disposición a retirarse en cualquier momento y a tomar el camino que es demasiado difícil para la caballería: tales son las principales cualidades de una buena artillería a caballo. De elección de posición hay poco en este constante cambio de lugar; toda posición es buena con tal de que esté cerca del enemigo y fuera del camino de la caballería; y es en el flujo y reflujo de los combates de caballería donde la artillería, bordeando las olas que avanzan y retroceden, tiene que mostrar a cada momento su superior destreza ecuestre y su presencia de ánimo para salir de ese mar embravecido a través de toda clase de terrenos por donde no toda caballería se atreve a seguirla ni gusta de hacerlo.

En el ataque y la defensa de puestos, la táctica de la artillería es parecida. Lo principal es siempre hacer fuego contra el punto desde el que, en la defensa, amenaza el peligro más próximo y directo, o, en el ataque, desde el que puede detenerse con más eficacia nuestro avance. La destrucción de obstáculos materiales forma también parte de sus tareas, y aquí se aplican los diversos calibres y clases de piezas según su naturaleza y su efecto: los obuses, para incendiar casas; los cañones pesados, para batir puertas, muros y barricadas.

Todas estas observaciones se refieren a la artillería que en todo ejército va agregada a las divisiones. Pero los resultados más grandiosos los obtiene la artillería de reserva en las batallas grandes y decisivas. Retenida fuera de la vista y fuera de tiro durante la mayor parte del día, se lanza en masa sobre el punto decisivo en cuanto llega el momento del esfuerzo final. Formada en media luna de una milla o más de extensión, concentra su fuego destructor sobre un punto relativamente pequeño. Si no hay allí una fuerza equivalente de cañones que le haga frente, media hora de fuego rápido decide el asunto. El enemigo empieza a marchitarse bajo la granizada de balas que aúllan; las reservas intactas de infantería avanzan —una última lucha, áspera y breve—, y la victoria está ganada. Así preparó Napoleón el avance de Macdonald en Wagram, y la resistencia quedó rota antes de que las 3 divisiones que avanzaban en columna hubieran disparado un tiro o cruzado una bayoneta. Y solo desde aquellos grandes días puede decirse que existe una táctica de la artillería de campaña. (Véase también CAÑÓN.)

[^1]: Kaifeng, en la provincia china de Henan; el original escribe «Kai-fang-fu».
[^2]: Así en el original; se trata del orientalista Horace Hayman Wilson (1786-1860), como corrige la MEW («H. H. Wilson»).
[^3]: Así en el original; la MEW da «Hased». Probablemente el poeta indio Chand Bardai, autor del *Prithviraj Raso*.
[^4]: Así en el original («Marcus Gracchus»); se trata de Marco Greco (Marcus Graecus), a quien se atribuye el *Liber ignium*.
[^5]: José Antonio Conde, *Historia de la dominación de los árabes en España* (1820-1821).
[^6]: El «vuelo» (*flight*) es la parte del ánima por delante de la recámara.
[^7]: La MEW da 1543; el *Mary Rose* se hundió en 1545.
[^8]: El original dice «Rimia».
[^9]: El original dice «Rémi»; la MEW, «Renty». La batalla de Renty, entre franceses e imperiales, se libró en 1554.
[^10]: El original dice «flanking town», sin duda errata por *tower*; la MEW traduce «Turm».
[^11]: Así en el original; se trata de Lennart Torstensson (1603-1651), general sueco de la guerra de los Treinta Años.
[^12]: El «viento» es la diferencia entre el diámetro del ánima y el del proyectil (*windage*).
[^13]: Así en el original; la MEW corrige «6-7 calibres».
[^14]: La MEW da 3/10 para la última fracción; el original dice claramente 3/16.
