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Title: Derrota del ministerio Palmerston (1857)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el voto de censura de los Comunes por la guerra de China: la dictadura de Palmerston, nacida de la impotencia de los viejos partidos y de la guerra de Crimea, y los documentos que prueban que la matanza de Cantón la planeó él mismo.
Author: Karl Marx
Date: 1857-03-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Derrota%20del%20ministerio%20Palmerston
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 6 de marzo de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4970, del 25 de marzo de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 143-148), por la Escuela de marxismo, 2026. La transcripción omite el encabezamiento con lugar y fecha. La MEW lo titula «Una derrota del gabinete Palmerston». Se corrigen pequeñas erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Defeat%20of%20the%20Palmerston%20Ministry).*

Después de haber rugido durante cuatro noches, los debates sobre China se apaciguaron por fin en un voto de censura de la Cámara de los Comunes contra el ministerio Palmerston.[^1] Palmerston replica a la censura con una «disolución de castigo». Castiga a los Comunes mandándolos a casa.

La inmensa agitación que reinó la última noche de los debates, tanto dentro de los muros de la Cámara como entre las masas que se habían reunido en las calles adyacentes, no se debía solo a la magnitud de los intereses en juego, sino todavía más al carácter de la parte procesada. La administración de Palmerston no era la de un gabinete corriente. Era una dictadura. Desde el comienzo de la guerra con Rusia, el Parlamento casi había abdicado de sus funciones constitucionales; y después de concluida la paz nunca se había atrevido a reivindicarlas de nuevo. Por una decadencia gradual y casi imperceptible había llegado a la posición de un *Corps Législatif*,[^2] que solo se distinguía del artículo genuino, del bonapartista, por sus falsos pretextos y sus pretensiones altisonantes. La mera formación del gabinete de coalición[^3] había revelado el hecho de que los viejos partidos, de cuyo roce depende el movimiento de la máquina parlamentaria, se habían extinguido. Esta impotencia de los partidos, que expresó primero el gabinete de coalición, la guerra ayudó a encarnarla en la omnipotencia de un solo individuo que, en medio siglo de vida política, nunca había pertenecido a ningún partido, sino que siempre se había servido de todos. Si no hubiera mediado la guerra con Rusia, el agotamiento mismo de los viejos partidos oficiales habría llevado a una transformación. El cuerpo parlamentario habría recibido nueva vida con la infusión de sangre nueva, con la admisión a los derechos políticos de al menos algunas fracciones de las masas del pueblo que todavía carecen de voto y de representación. La guerra cortó en seco este proceso natural. Impidiendo que la neutralización de los viejos antagonismos parlamentarios redundara en beneficio de las masas, la guerra la hizo redundar en provecho exclusivo de un solo hombre. En lugar de la emancipación política del pueblo británico, hemos tenido la dictadura de Palmerston. La guerra fue el poderoso instrumento con que se produjo este resultado, y la guerra era el único medio de asegurarlo. La guerra se había convertido, por tanto, en la condición vital de la dictadura de Palmerston. La guerra rusa era más popular entre el pueblo británico que la paz de París. ¿Por qué, entonces, el Aquiles británico, bajo cuyos auspicios se habían producido la vergüenza del Redán y la rendición de Kars,[^4] no aprovechó esa oportunidad? Evidentemente, porque la alternativa escapaba a su control. De ahí su tratado de París,[^5] respaldado por sus malentendidos con los Estados Unidos,[^6] su expedición a Nápoles, sus ostensibles riñas con Bonaparte, su invasión de Persia y sus matanzas chinas.

Al votar una censura contra estas últimas, la Cámara de los Comunes le cortó los medios de su poder usurpado. Su voto no fue, por tanto, un simple voto parlamentario, sino una rebelión, un intento por la fuerza de recuperar las atribuciones constitucionales del Parlamento. Ese era el sentimiento que impregnaba la Cámara, y, fueran cuales fueran los motivos particulares que movían a las diversas fracciones de la heterogénea mayoría (compuesta de derbistas, peelitas, hombres de Manchester,[^7] russellistas y los llamados independientes), todos eran sinceros al afirmar que no era ninguna vulgar conspiración antiministerial lo que los había unido en el mismo vestíbulo de votación. Ese fue, sin embargo, el núcleo de la defensa de Palmerston. Encubrió la debilidad de su causa con un *argumentum ad misericordiam*, presentándose como víctima de una conspiración sin principios. Nada podía ser más feliz que la réplica del señor Disraeli a ese alegato, tan común entre los presos del Old Bailey.[^8]

«El primer ministro —dijo— es de todos los hombres el que no puede soportar una coalición. ¡Pero, señor, si es el arquetipo de las coaliciones políticas sin principios declarados! Vean cómo está formado su gobierno. Fue apenas el año pasado cuando todos los miembros de su gabinete en esta Cámara apoyaron un proyecto de ley presentado, creo, por un antiguo colega. En la otra Cámara se opuso a él un miembro del gobierno que, para excusar su aparente incoherencia, declaró con descaro que, cuando entró en el gabinete, el primer ministro no le exigió compromiso alguno sobre ningún asunto (risas). ¡Y, sin embargo, el noble lord se alarma y se escandaliza de esta combinación sin principios! ¡El noble lord no puede soportar las coaliciones! ¡El noble lord solo ha actuado con aquellos entre quienes nació y se crió en política (aplausos y risas)! A ese Hércules niño [...] (señalando a lord Palmerston) se lo sacó de la cuna whig, ¡y qué coherente ha sido su vida política! (Nuevas risas). Mirando hacia atrás, al último medio siglo, durante el cual ha profesado casi todos los principios y se ha unido a casi todos los partidos, el noble lord ha alzado esta noche una voz de advertencia contra las coaliciones, porque teme que una mayoría de la Cámara de los Comunes, que cuenta en sus filas con algunos de los miembros más eminentes de la Cámara, hombres que han sido colegas del noble lord, no apruebe una política respecto de China que empezó en el ultraje y que, si se prosigue, terminará en la ruina (grandes aplausos). Esa, señor, es la posición del noble lord. ¿Y qué defensa de esa política nos ha dado el noble lord? ¿Ha sentado un solo principio del que deban depender nuestras relaciones con China? ¿Ha enunciado una sola máxima política que deba guiarnos en este momento de peligro y perplejidad? Al contrario, ha encubierto una causa débil y renqueante diciendo... ¿qué?, que es víctima de una conspiración (aplausos y risas). No entró en ninguna defensa viril ni propia de un estadista de su conducta. Reprodujo observaciones mezquinas hechas en el curso del debate, que yo creía realmente agotadas y caducas, y luego se volvió y dijo que todo era una conspiración. Acostumbrado a mayorías que se han obtenido sin afirmar un solo principio, que han sido de hecho consecuencia de una posición ocasional y que se han originado en realidad en que el noble lord se sentaba en ese banco sin necesidad de expresar opinión alguna sobre ningún asunto, exterior o interior, que pueda interesar al corazón del país o influir en la opinión de la nación, el noble lord descubrirá por fin que ha llegado el momento en que, si es un estadista, tiene que tener una política (aplausos); y que no basta, en cuanto se descubren los desatinos de su gabinete y todos los hombres acostumbrados a influir en la opinión de la Cámara se unen para condenarlos, con quejarse ante el país de que es víctima de una conspiración (aplausos).»

Sería, sin embargo, un gran error suponer que los debates fueron interesantes porque de ellos dependían intereses tan apasionados. Hubo un debate nocturno tras otro, y seguía sin haber votación. Durante la mayor parte de la batalla, las voces de los gladiadores quedaron ahogadas en el murmullo y el barullo de las conversaciones privadas. Noche tras noche los hombres del gobierno hablaron para ganar tiempo, a fin de conseguir otras veinticuatro horas para la intriga y la acción subterránea. La primera noche el señor Cobden pronunció un discurso hábil. También Bulwer y lord John Russell; pero el fiscal general[^9] tenía ciertamente razón al decirles que «no podía comparar ni por un momento sus deliberaciones o sus argumentos sobre un asunto como este con los argumentos que se habían expuesto en otro lugar».[^10] La segunda noche quedó lastrada por los pesados alegatos de los abogados de ambas partes, el lord abogado,[^11] el señor Whiteside[^12] y el fiscal general. Sir James Graham hizo, es cierto, un intento de elevar el debate, pero fracasó. Cuando este hombre, el verdadero asesino de los Bandiera,[^13] exclamó con unción que «se lavaría las manos de la sangre inocente que se había derramado», una risa irónica medio contenida hizo eco a su patetismo. La tercera noche fue más aburrida todavía. Estuvo sir F. Thesiger, el fiscal general *in spe*, contestando al fiscal general *in re*, y el *serjeant* Shee esforzándose por contestar a sir F. Thesiger.[^14] Estuvo la elocuencia agrícola de sir John Pakington.[^15] Estuvo el general Williams de Kars,[^16] escuchado en silencio solo unos minutos, pero al cabo de esos pocos minutos abandonado espontáneamente por la Cámara, que comprendió del todo que no era el hombre por quien lo habían tomado. Estuvo, por último, sir Sidney Herbert.[^17] Este elegante vástago de la política peelita pronunció un discurso que fue, en efecto, conciso, incisivo, antitético, pero que se burlaba de los argumentos de los hombres del gobierno más que aportar argumentos nuevos propios. Pero la última noche el debate se elevó a una altura compatible con la medida natural de los Comunes. Roebuck,[^18] Gladstone, Palmerston y Disraeli estuvieron grandes, cada uno a su manera.

El punto difícil era quitarse de encima a sir J. Bowring, el señuelo del debate, y hacer recaer la cuestión sobre el propio lord Palmerston, haciéndolo personalmente responsable de la «matanza de los inocentes». Eso se logró por fin. Como las inminentes elecciones generales en Inglaterra girarán principalmente en torno a este punto, no estará de más condensar en el menor espacio posible los resultados de la discusión. Al día siguiente de la derrota del ministerio, y la víspera del anuncio ministerial de la disolución de la Cámara de los Comunes, el *Times* de Londres se aventuró a hacer las siguientes afirmaciones:

«La nación [...] se verá más bien en apuros para saber cuál es exactamente la pregunta que ha de contestar [...]. ¿Ha perdido el gabinete de lord Palmerston la confianza del pueblo por una serie de actos cometidos al otro lado del mundo seis semanas antes de que aquí se tuviera siquiera noticia de ellos, y por servidores públicos nombrados por una administración anterior?»

(Fue en Navidad cuando los ministros se enteraron del asunto, y entonces sabían tan poco como todo el mundo).

«De hecho, si el escenario del relato hubiera sido la luna, o si se hubiera tratado de un capítulo de *Las mil y una noches*, el gabinete actual no podría tener menos que ver con ello [...]. ¿Hay que condenar y desplazar a la administración de lord Palmerston por lo que nunca hizo ni podía hacer, por lo que solo supo cuando lo supieron todos, por lo que hicieron hombres que no nombró ella y con los que todavía no ha podido tener comunicación alguna?»

A esta impúdica fanfarronada de un periódico que desde el principio ha defendido la matanza de Cantón como un golpe maestro de la diplomacia palmerstoniana podemos oponer unos cuantos hechos sacados a duras penas a la luz durante un largo debate y que ni Palmerston ni sus subordinados refutaron una sola vez. En 1847, cuando estaba al frente del Foreign Office, el primer despacho de lord Palmerston sobre la admisión de las autoridades británicas de Hong Kong en Cantón estaba redactado en términos amenazadores. Sin embargo, sus ardores los enfrió su colega el conde Grey, entonces ministro de las Colonias, que envió a los oficiales que mandaban las fuerzas navales, no solo en Hong Kong sino en Ceilán, una prohibición de lo más perentoria, ordenándoles que en ninguna circunstancia permitieran movimiento ofensivo alguno contra los chinos sin autorización expresa de Inglaterra. Sin embargo, el 18 de agosto de 1849, poco antes de su destitución en el gabinete Russell,[^19] lord Palmerston escribió el siguiente despacho al plenipotenciario británico en Hong Kong:

«No se engañen los altos funcionarios de Cantón ni el gobierno de Pekín [...]. La paciencia que el gobierno británico ha mostrado hasta ahora no nace de un sentimiento de debilidad, sino de la conciencia de una fuerza superior. El gobierno británico sabe bien que, si la ocasión lo requiriese, la fuerza militar británica sería capaz de destruir la ciudad de Cantón sin dejar en pie una sola casa, y podría infligir así el castigo más señalado a la población de esa ciudad.»

Así, el bombardeo de Cantón ocurrido en 1856, con lord Palmerston de primer ministro, lo anunció en 1849 la última misiva que envió a Hong Kong lord Palmerston como ministro de Asuntos Exteriores del gabinete Russell. Todos los gobiernos intermedios se negaron a permitir relajación alguna de la prohibición impuesta a los representantes británicos en Hong Kong de exigir su admisión en Cantón. Así ocurrió con el conde de Granville bajo el ministerio Russell, el conde de Malmesbury bajo el ministerio Derby y el duque de Newcastle bajo el ministerio Aberdeen.[^20] Por fin, en 1852, el doctor Bowring, hasta entonces cónsul en Cantón, fue nombrado plenipotenciario.[^21] Su nombramiento, según declara el señor Gladstone, lo hizo lord Clarendon,[^22] instrumento de Palmerston, sin conocimiento ni consentimiento del gabinete Aberdeen. Cuando Bowring planteó por primera vez la cuestión que ahora se debate, Clarendon, en un despacho fechado el 5 de julio de 1854, le dijo que tenía razón, pero que debía esperar a que hubiera fuerzas navales disponibles para su propósito. Inglaterra estaba entonces en guerra con Rusia. Cuando surgió la cuestión de la *Arrow*, Bowring acababa de saber que se había restablecido la paz, y en efecto se le estaban enviando fuerzas navales. Entonces se buscó la querella con Ye. El 10 de enero, tras haber recibido un relato de todo lo ocurrido, Clarendon comunicó a Bowring que «el gobierno de Su Majestad aprobaba por completo la conducta adoptada por sir M. Seymour y por usted». Esta aprobación, expresada en esas pocas palabras, no iba acompañada de ninguna otra instrucción. Al contrario, al señor Hammond,[^23] que escribía al secretario del Almirantazgo, lord Clarendon le encargó expresar al almirante Seymour la admiración del gobierno por «la moderación con que había actuado y el respeto que había mostrado por las vidas y las propiedades de los chinos».

No puede haber duda, pues, de que la matanza china la planeó el propio lord Palmerston. Bajo qué colores espera ahora reunir a los electores del Reino Unido es una pregunta que espero me permitirán contestar en otra carta, pues esta ha excedido ya los límites debidos.

[^1]: La moción de Cobden se aprobó el 3 de marzo de 1857 por 263 votos contra 247. Palmerston anunció el 5 de marzo la disolución de la Cámara y la convocatoria de elecciones generales.
[^2]: El Cuerpo Legislativo del Segundo Imperio francés, asamblea sin iniciativa ni poder real.
[^3]: El gabinete de whigs y peelitas presidido por lord Aberdeen (1852-1855).
[^4]: El fracasado asalto británico al Gran Redán de Sebastopol, el 8 de septiembre de 1855, y la rendición de la fortaleza turca de Kars, en Armenia, a los rusos, en noviembre de 1855, sin que los aliados acudieran en su socorro.
[^5]: La paz de París, de 30 de marzo de 1856, que puso fin a la guerra de Crimea.
[^6]: En 1855-1856 Gran Bretaña y los Estados Unidos chocaron por el reclutamiento clandestino de voluntarios para el ejército británico en territorio norteamericano y por la rivalidad en Centroamérica; Washington expulsó al ministro británico, John Crampton.
[^7]: Los librecambistas de la escuela de Manchester, encabezados por Cobden y Bright.
[^8]: El tribunal penal central de Londres.
[^9]: Sir Richard Bethell (1800-1873), fiscal general (*attorney general*) en el gabinete Palmerston.
[^10]: Fórmula parlamentaria para referirse a la otra Cámara, aquí la de los Lores.
[^11]: James Moncreiff (1811-1895), lord abogado, es decir, fiscal de la Corona para Escocia.
[^12]: James Whiteside (1804-1876), abogado irlandés y diputado conservador.
[^13]: Los hermanos Attilio y Emilio Bandiera, patriotas venecianos, fusilados en Calabria en 1844 tras un desembarco fracasado; se acusó a Graham, entonces ministro del Interior, de haber abierto las cartas de los emigrados italianos en Londres y haber pasado la información a los gobiernos de Austria y Nápoles.
[^14]: Sir Frederic Thesiger (1794-1878), abogado conservador, fiscal general «en esperanza» (*in spe*) frente al que lo era «de hecho» (*in re*); William Shee (1804-1868), abogado irlandés, diputado liberal.
[^15]: Sir John Pakington (1799-1880), diputado conservador, ministro de las Colonias en el gabinete Derby de 1852.
[^16]: Sir William Fenwick Williams (1800-1883), general británico que dirigió la defensa de Kars en 1855; tras su liberación fue recibido como un héroe y elegido diputado.
[^17]: Sidney Herbert (1810-1861), peelita, ministro de la Guerra en el gabinete de coalición.
[^18]: John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical.
[^19]: Palmerston fue destituido como ministro de Asuntos Exteriores en diciembre de 1851 por haber aprobado sin consultar al gabinete el golpe de Estado de Luis Bonaparte.
[^20]: Ministros de Asuntos Exteriores (Granville y Malmesbury) y de la Guerra y las Colonias (Newcastle) de 1851 a 1854.
[^21]: Bowring fue cónsul en Cantón desde 1849 y plenipotenciario y gobernador de Hong Kong desde 1854.
[^22]: George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores de 1853 a 1858.
[^23]: Edmund Hammond (1802-1890), subsecretario permanente del Foreign Office.
