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Title: El Crédit mobilier francés (1857)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la nueva caída de las acciones del Crédit mobilier, que sigue una ley descendente, la quiebra del director Thurneyssen y el enriquecimiento de unos directores cuyas fortunas sobrevivirán a la sociedad.
Author: Karl Marx
Date: 1857-09-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20El%20Cr%C3%A9dit%20mobilier%20franc%C3%A9s
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 8 de septiembre de 1857 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5128, del 26 de septiembre de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 289-292), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Der%20franz%C3%B6sische%20Cr%C3%A9dit%20mobilier).*

La decadencia del Crédit mobilier, tal como la previmos hace ya algunos meses al examinar su ampuloso informe de 1856,[^1] ha vuelto a empezar, y esta vez llena de considerable inquietud el mundo financiero de Europa. En pocos días las acciones de la sociedad han caído de 950 francos a unos 850, y esta última cotización está lejos todavía del punto más bajo al que probablemente descenderán. Las subidas y bajadas de las acciones del Crédit mobilier no tienen para el político menos interés que el ascenso y descenso de las aguas primitivas para el geólogo. En las oscilaciones de estas acciones hay que distinguir diferentes periodos. La sociedad había organizado hábilmente su primera emisión en 1852. Las acciones se repartieron en tres series, y los tenedores de la primera tenían derecho a adquirir a la par la segunda y la tercera. Por consiguiente, los afortunados poseedores de la primera serie disfrutaron de toda la ventaja que resulta de una oferta limitada en un mercado de valores muy animado, así como de la exagerada expectativa de que el capital en acciones de la sociedad alcanzaría pronto una prima elevada. De los 250 francos desembolsados en la primera emisión, el precio de mercado de las acciones subió en el acto a 1.775 francos. Sus oscilaciones durante los años 1852, 1853 y 1854 tienen menos interés político, porque indican más bien las diferentes fases por las que tuvo que pasar la institución en formación que las tentativas de la empresa ya desarrollada. En 1855 el Crédit mobilier había alcanzado su apogeo, pues la cotización pasajera de sus acciones a 1.900 francos significaba su máxima distancia de los negocios terrenales ordinarios. Si se mira más de cerca, desde entonces las oscilaciones de la cotización de las acciones del Crédit mobilier, tomando siempre la media de, digamos, cuatro meses, muestran una línea descendente que, pese a desviaciones accidentales, se rige por una ley constante e inexorable. Esa ley consiste en que las cotizaciones descienden, en cada uno de estos periodos, de su punto más alto al punto medio más bajo, que a su vez se convierte en el punto de partida más alto del periodo siguiente. Así, las cifras de 1.400, 1.300 y 1.100 francos señalan, por este orden, el punto medio más bajo de un periodo y el punto medio más alto del siguiente. Durante todo este verano las acciones no han sido capaces de alcanzar por mucho tiempo el nivel de 1.000 francos, y la crisis actual, si no tiene consecuencias aún peores, hará bajar la cotización media más alta de las acciones a unos 800 francos, desde donde acabará descendiendo a un nivel medio todavía más bajo. Este proceso no puede continuar, naturalmente, *ad infinitum*, como tampoco es compatible con las leyes internas del Crédit mobilier que sus acciones bajen a su valor nominal de 500 francos. Una desproporción enorme entre capital y operaciones, la consiguiente realización de beneficios extraordinarios y, por tanto, una subida insólita de la cotización bursátil de sus acciones por encima de su valor original no son para el Crédit mobilier condiciones de su prosperidad, sino de su existencia. No necesitamos detenernos más en este punto, pues lo aclaramos de sobra al examinar la reducción de sus beneficios del 40 por ciento en 1855 al 23 por ciento en 1856.

La depreciación actual de las acciones del Crédit mobilier va unida a circunstancias que pueden tomarse equivocadamente por causas, aunque no son más que efectos. El señor A. Thurneyssen, uno de los directores sumamente «honorables» del Crédit mobilier, ha sido declarado en quiebra, pues, según resolución judicial, responde de una deuda de 15.000.000 de francos contraída por su sobrino, el señor Charles Thurneyssen, que el pasado mes de mayo abandonó Francia con intenciones fraudulentas. Que la simple quiebra de un director no puede ser en modo alguno responsable de la situación actual del Crédit mobilier se ve claro en cuanto se recuerda que también la quiebra del señor Place pasó sin sacudir sensiblemente este baluarte bonapartista. Pero la opinión pública se inclina más a ocuparse de la caída repentina de un individuo que a seguir la lenta decadencia de una institución. El pánico no se apodera de las masas hasta que el peligro toma una forma grande y palpable. Las acciones y los billetes de Law,[^2] por ejemplo, gozaron en Francia de una confianza supersticiosa mientras el regente y sus consejeros se contentaron con depreciar el dinero metálico que los billetes representaban supuestamente. El público no comprendía que el billete que representaba una cantidad determinada de libras de plata se depreciaba a la mitad cuando la Casa de la Moneda acuñaba con un marco de plata el doble de libras que antes. Pero en el momento en que, por orden del Consejo real, se rebajó el valor nominal oficial del propio billete y hubo que cambiar un billete de 100 libras por uno de 50, el proceso quedó claro en el acto para todo el mundo, y la estafa reventó. Del mismo modo, la caída de casi el 50 por ciento de los beneficios del Crédit mobilier no atrajo ni un momento la atención de los autores de los artículos financieros ingleses, mientras que ahora toda la prensa europea arma un gran alboroto por la quiebra del señor A. Thurneyssen. Este suceso va acompañado, es cierto, de circunstancias agravantes. Cuando el señor Charles Thurneyssen dejó de cumplir sus obligaciones el pasado mes de mayo, el señor Isaac Péreire[^3] desplegó en la prensa de Londres más que su habitual indignación virtuosa y negó solemnemente toda relación del señor A. Thurneyssen y del Crédit mobilier con el infame quebrado. La resolución actual del tribunal francés ha desmentido, pues, directamente a este altisonante caballero.

Además, parece reinar el pánico en el propio Crédit mobilier. El señor Ernest André, uno de los directores, ha creído oportuno desligarse públicamente de toda responsabilidad futura y romper por vía legal todos sus vínculos con la institución. Se dice que otros, entre ellos la casa Hottinger, se han retirado también. Cuando hasta el timonel echa mano del bote salvavidas, los pasajeros pueden dar con razón el barco por perdido. Por último, la estrecha relación de los Thurneyssen con la casa bancaria Stieglitz, de San Petersburgo, y con los grandes proyectos ferroviarios rusos da sin duda que pensar al mundo financiero europeo.

Si los directores del Crédit mobilier se dignan «crear crédito en Francia», «fomentar las fuerzas productivas de la nación» y apoyar el juego de bolsa en el mundo entero, sería un gran error creer que lo hacen gratis. Además del tipo de interés medio de alrededor del 25 por ciento anual sobre el capital representado por sus acciones, cada uno de ellos recibió con regularidad, durante los cinco primeros años de la institución, una bonificación del 5 por ciento del beneficio bruto, una suma de unos 275.000 francos o 55.000 dólares. Además, las compañías ferroviarias y otras empresas de obras públicas que gozan del patronazgo especial del Crédit mobilier están constantemente enredadas, de un modo u otro, en los negocios privados de los directores. Así, no era ningún secreto que los Péreire tienen una gran participación en las nuevas acciones del ferrocarril del Mediodía francés.[^4] Ahora, al repasar los informes publicados, encontramos que la sociedad, en su conjunto, ha suscrito no menos de 62.300.000 francos en acciones de ese mismo ferrocarril. Pero los quince directores no solo solían dirigir las operaciones de la sociedad según sus intereses privados; además, podían aprovechar para sus especulaciones privadas el hecho de que siempre conocían de antemano los grandes *coups de bourse*[^5] que su sociedad preparaba, y, por último, podían ampliar su propio crédito en la misma proporción que las enormes sumas que pasaban oficialmente por sus manos. De ahí el enriquecimiento maravillosamente rápido de estos directores; de ahí la inquietud nerviosa del público europeo ante los reveses financieros que sufren estos directores; de ahí también el estrecho vínculo entre sus fortunas privadas y el crédito público de la sociedad, aunque algunas de esas fortunas están sin duda colocadas de tal modo que sobrevivirán con seguridad a la sociedad.

[^1]: Marx había analizado el informe del Crédit mobilier sobre el ejercicio de 1856 en un artículo publicado en el *New-York Daily Tribune* el 30 de mayo de 1857. El Crédit mobilier, banco de inversiones fundado en 1852 por los hermanos Péreire con el apoyo de Luis Bonaparte, financiaba ferrocarriles y otras grandes empresas.

[^2]: John Law (1671-1729), financiero escocés, controlador general de las finanzas de Francia bajo la regencia de Felipe de Orleans; su sistema de banco emisor y de la Compañía del Misisipi se hundió en 1720.

[^3]: Isaac Péreire (1806-1880), banquero francés, fundador del Crédit mobilier con su hermano Émile (1800-1875).

[^4]: La Compagnie des chemins de fer du Midi, fundada en 1852 por los Péreire.

[^5]: En francés, «golpes de bolsa».
