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Title: El tratado con Persia (1857)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el tratado de paz con Persia firmado en París el 4 de marzo de 1857: lo que aporta a Inglaterra apenas va más allá de lo que Farruj Jan había ofrecido antes de la guerra, mientras las tropas quedan atadas al clima mortífero del golfo.
Author: Karl Marx
Date: 1857-06-12
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20El%20tratado%20con%20Persia
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 12 de junio de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5048, del 24 de junio de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 226-229), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Der%20persische%20Vertrag).*

Londres, 12 de junio de 1857

Cuando hace algún tiempo se dirigió a lord Palmerston, en su propia Cámara de los Comunes, una pregunta acerca de la guerra de Persia, respondió con sorna: «En cuanto se haya ratificado la *paz*, la Cámara podrá dar su opinión sobre la *guerra*». Ahora se ha presentado a la Cámara el tratado de paz firmado en París el 4 de marzo de 1857 y ratificado en Bagdad el 2 de mayo de 1857. Consta de quince artículos, ocho de los cuales van cargados con el lastre habitual de los tratados de paz. El artículo V dispone que las tropas persas se retiren del territorio y de la ciudad de Herat, así como de todas las demás partes de Afganistán, en un plazo de tres meses a partir del día del canje de las ratificaciones del tratado. En el artículo XIV, el gobierno británico se compromete, en cuanto se haya cumplido la condición antedicha, a «retirar sin demora las tropas británicas de todos los puertos, lugares e islas que pertenecen a Persia».

Conviene recordar, sin embargo, que el enviado persa Farruj Jan,[^1] antes incluso de que se tomara Bushehr, había propuesto por propia iniciativa, en las largas negociaciones con lord Stratford de Redcliffe[^2] en Constantinopla, retirar de Herat las tropas persas. La única ventaja nueva que este acuerdo reporta a Inglaterra se reduce, pues, al privilegio de que sus tropas queden encadenadas, durante la estación más insalubre, al lugar más infestado del Imperio persa. Los terribles estragos que el sol, los pantanos y el mar causan en los meses de verano incluso entre la población nativa de Bushehr y Mohammerah los han descrito escritores antiguos y modernos; pero ¿para qué remitirse a ellos, si hace solo unas semanas un conocedor muy competente, y además partidario de Palmerston, sir Henry Rawlinson,[^3] declaró públicamente que las tropas angloindias sucumbirán sin duda a los horrores del clima? El *Times* de Londres, en cuanto recibió la noticia de la victoria de Mohammerah, llamó en seguida la atención sobre la necesidad, pese al tratado de paz, de avanzar sobre Shiraz para salvar a las tropas. También los suicidios, tanto el del almirante británico como el del general,[^4] los dos que estaban a la cabeza de la expedición, se debieron a su grave preocupación por la suerte probable de las tropas, con las que, por orden del gobierno, no debían avanzar más allá de Mohammerah. Así, cabe esperar con seguridad una repetición de la catástrofe de Crimea a menor escala, una catástrofe que esta vez no provocarán las exigencias de la guerra ni los graves errores del gobierno, sino un tratado escrito con la espada del vencedor. En los artículos citados del tratado figura una frase que, si a Palmerston le conviene, puede convertirse en «una pequeña manzana de la discordia».

Según el artículo XIV, las «tropas británicas se retirarán de todos los puertos, lugares e islas *que pertenecen a Persia*». Ahora bien, es cuestión discutida si la ciudad de Mohammerah *pertenece* o no a Persia. Los turcos nunca han renunciado a su derecho sobre ese lugar, que, situado en el delta del Éufrates, era su único puerto siempre accesible en ese río, puesto que el puerto de Basora es, en ciertas estaciones, demasiado poco profundo para los barcos de gran tonelaje. De este modo, Palmerston puede, si le place, conservar Mohammerah con el pretexto de que no «pertenece» a Persia y de que espera el arreglo definitivo de la cuestión fronteriza entre Turquía y Persia.

El artículo VI dice que Persia consiente en

> «renunciar a toda pretensión de soberanía sobre el territorio y la ciudad de Herat y sobre los países de Afganistán; abstenerse de toda injerencia en los asuntos internos de Afganistán»; «reconocer la independencia de Herat y de todo Afganistán y renunciar para siempre a todo intento de atentar contra la independencia de esos Estados»; en caso de diferencias con Herat y Afganistán, «recurrir para resolverlas a la mediación amistosa del gobierno británico y no tomar las armas, salvo que esa mediación amistosa no dé resultado».

El gobierno británico, por su parte, se compromete

> «a ejercer en todo momento su influencia sobre los Estados de Afganistán para prevenir toda causa de recelo que pudieran dar» y «a hacer cuanto pueda para zanjar las diferencias de un modo justo y honroso para Persia».

Si se despoja este artículo de su estilo de cancillería, no significa otra cosa que el reconocimiento por Persia de la independencia de Herat, concesión a la que Farruj Jan se había declarado dispuesto en las negociaciones de Constantinopla. Es verdad que, en virtud de este artículo, el gobierno británico queda oficialmente designado para intervenir en las relaciones entre Persia y Afganistán, pero ese papel lo ha desempeñado siempre desde comienzos del siglo. Que sea capaz o no de seguir desempeñándolo no es cuestión de derecho, sino de poder. Por lo demás, si el sah tuviera en la corte de Teherán a un Hugo Grocio,[^5] este le haría notar que todo acuerdo por el que un Estado independiente concede a un gobierno extranjero el derecho a inmiscuirse en sus relaciones internacionales es nulo de pleno derecho según el *ius gentium*, y que esto vale sobre todo para el acuerdo con Inglaterra, ya que trata a Afganistán, denominación puramente poética de diversas tribus y Estados, como un país real. El país Afganistán existe en sentido diplomático tan poco como el país Paneslavia.

El artículo VII, que dispone que, en caso de violación de la frontera persa por los Estados afganos,

> «el gobierno persa tendrá derecho a tomar medidas militares para reprimir y castigar a los agresores», pero «que deberá retirarse a su propio territorio en cuanto haya alcanzado su objetivo»,

no es más que la repetición literal de aquella cláusula del tratado de 1853[^6] que dio el pretexto inmediato para la expedición de Bushehr.

Según el artículo IX, Persia permite el establecimiento de cónsules generales, cónsules, vicecónsules y agentes consulares británicos y los acredita, y estos disfrutarán de los privilegios de la nación más favorecida. Por el artículo XII, en cambio, el gobierno británico renuncia

> «al derecho de tomar en adelante bajo su protección a ningún súbdito persa que no esté efectivamente al servicio de la misión británica o de los cónsules generales, cónsules, vicecónsules y agentes consulares británicos».

Como Farruj Jan ya había consentido en el establecimiento de consulados británicos en Persia antes de que empezara la guerra, el tratado actual solo contiene el añadido de que Inglaterra renuncia a su derecho de poner a súbditos persas bajo su protección, derecho que había servido de uno de los motivos oficiales de la guerra. Austria, Francia y otros Estados han impuesto el establecimiento de sus consulados en Persia sin recurrir a expediciones de rapiña.

Por último, el tratado impone a la corte de Teherán la readmisión del señor Murray[^7] y le prescribe que se disculpe ante ese caballero por haberlo calificado, en una carta del sah al sadr azam,[^8] de «persona estúpida, ignorante y loca», de «simplón» y de autor de un «documento grosero, absurdo y repugnante». La disculpa al señor Murray la había ofrecido también en su día Farruj Jan, pero entonces la rechazó el gobierno británico, que insistía en la destitución del sadr azam y exigía la entrada solemne del señor Murray en Teherán «al son de la bocina, la flauta, el arpa, el sacabuche, el salterio, la cítara y toda clase de música».[^9] Como el señor Murray, siendo cónsul general en Egipto, había aceptado regalos personales del señor Barrot,[^10] como a su primera llegada a Bushehr había mandado vender en el bazar el tabaco que se le había regalado entonces en nombre del sah y había hecho de caballero andante de una dama persa de virtud dudosa, el señor Murray no logró infundir a los orientales una opinión demasiado alta de la probidad o la dignidad británicas. Su readmisión forzosa en la corte persa ha de considerarse, pues, un éxito bastante dudoso. En conjunto, el tratado contiene, aparte de las ofertas que hizo Farruj Jan antes del estallido de la guerra, estipulaciones que no valen el papel en que están escritas, y mucho menos el dinero gastado y la sangre derramada. El resultado indudable de la expedición de Persia puede resumirse así: el odio que Gran Bretaña se ha ganado en toda el Asia central; el descontento de la India, aumentado por el envío de tropas indias y por las nuevas cargas impuestas al tesoro indio; el retorno casi inevitable de una nueva catástrofe de Crimea; el reconocimiento de la mediación oficial de Bonaparte entre Inglaterra y los Estados asiáticos; y, por último, la apropiación por Rusia de dos franjas de territorio de gran importancia, una en el mar Caspio y la otra en la frontera costera septentrional de Persia.

[^1]: Farruj Jan (Ferukh Khan en las grafías de la época), embajador del sah, que negoció la paz en Constantinopla y en París.

[^2]: Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla.

[^3]: Sir Henry Creswicke Rawlinson (1810-1895), orientalista y diplomático británico, buen conocedor de Persia.

[^4]: El general Foster Stalker y el comodoro Richard Ethersey, jefes de las fuerzas británicas en el golfo Pérsico, se suicidaron en marzo de 1857.

[^5]: Hugo Grocio (1583-1645), jurista holandés, fundador del derecho internacional moderno.

[^6]: El acuerdo anglo-persa de enero de 1853, por el que Persia se comprometía a no ocupar Herat; la ocupación persa de la ciudad en 1856 dio a Gran Bretaña el pretexto para la guerra.

[^7]: Charles Augustus Murray (1806-1895), ministro británico en Teherán, que había roto relaciones con el gobierno persa a finales de 1855.

[^8]: El gran visir de Persia, entonces Mirza Aqa Jan Nuri.

[^9]: Palabras del libro de Daniel (3, 5), donde la música da la señal para adorar la estatua de oro de Nabucodonosor.

[^10]: Adolphe Barrot (1801-1870), diplomático francés, cónsul general en Egipto.
