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Title: Introducción a la crítica de la economía política (1857)
Description: El borrador que Marx escribió en 1857 al empezar los manuscritos de los Grundrisse: la producción como punto de partida, su unidad con la distribución, el cambio y el consumo, el método que va de lo abstracto a lo concreto y el enigma del arte griego; el texto metodológico más denso de su obra económica.
Author: Karl Marx
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Introducci%C3%B3n%20a%20la%20cr%C3%ADtica%20de%20la%20econom%C3%ADa%20pol%C3%ADtica
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*Manuscrito inacabado, escrito por Karl Marx en Londres entre finales de agosto y mediados de septiembre de 1857 como introducción general a la gran obra económica que preparaba. Se encontró entre sus papeles en 1902 y Karl Kautsky lo publicó por primera vez en 1903 en* Die Neue Zeit*. Traducido de Marx-Engels-Werke, t. 13 (Berlín, 1961), pp. 615-642, que sigue el manuscrito, por la Escuela de marxismo, 2026. Los corchetes son complementos de los editores. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Einleitung%20zur%20Kritik%20der%20politischen%20%C3%96konomie).*

## I. Producción, consumo, distribución, cambio (circulación)

### 1. Producción

a) El objeto que tenemos delante es, para empezar, la *producción material*.

Individuos que producen en sociedad, y por tanto una producción de los individuos socialmente determinada: ese es, naturalmente, el punto de partida. El cazador y el pescador sueltos y aislados con los que empiezan Smith y Ricardo[^1] pertenecen a las fantasías sin imaginación de las robinsonadas del siglo XVIII,[^2] que en modo alguno expresan solo, como se imaginan los historiadores de la cultura, una reacción contra el exceso de refinamiento y un retorno a una vida natural mal entendida. Como tampoco descansa en semejante naturalismo el *contrato social* de Rousseau,[^3] que pone en relación y en vínculo por medio de un contrato a sujetos independientes por naturaleza. Esa es la apariencia, y solo la apariencia estética, de las robinsonadas grandes y pequeñas. Se trata más bien de la anticipación de la «sociedad burguesa»,[^4] que venía preparándose desde el siglo XVI y que en el XVIII dio pasos de gigante hacia su madurez. En esta sociedad de la libre concurrencia el individuo aparece desprendido de los lazos naturales, etc., que en épocas históricas anteriores hacían de él un accesorio de un conglomerado humano determinado y limitado. A los profetas del siglo XVIII, sobre cuyos hombros todavía se sostienen enteramente Smith y Ricardo, este individuo del siglo XVIII —producto, por un lado, de la disolución de las formas feudales de sociedad y, por otro, de las fuerzas productivas desarrolladas de nuevo desde el siglo XVI— se les presenta como un ideal cuya existencia pertenecería al pasado. No como un resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Porque lo ven como el individuo conforme a la naturaleza, adecuado a su idea de la naturaleza humana: no como algo que surge históricamente, sino como algo puesto por la naturaleza. Esta ilusión ha sido hasta ahora propia de toda época nueva. Steuart,[^5] que en muchos aspectos se opone al siglo XVIII y que, como aristócrata, pisa más terreno histórico, evitó esta simpleza.

Cuanto más retrocedemos en la historia, más aparece el individuo, y por tanto también el individuo que produce, como dependiente, como parte de un todo mayor: primero, de un modo todavía completamente natural, en la familia y en la familia ampliada hasta formar la tribu; después, en la comunidad, en sus diversas formas, que nace del enfrentamiento y de la fusión de las tribus. Solo en el siglo XVIII, en la «sociedad burguesa», las diversas formas de la conexión social se presentan ante el individuo como simple medio para sus fines privados, como necesidad exterior. Pero la época que engendra este punto de vista, el del individuo aislado, es precisamente la de las relaciones sociales (generales, desde este punto de vista) más desarrolladas hasta hoy. El hombre es, en el sentido más literal, un ζῷον πολιτικόν,[^6] no solo un animal social, sino un animal que solo puede aislarse en la sociedad. La producción del individuo aislado fuera de la sociedad —una rareza que bien puede ocurrirle a un hombre civilizado arrojado por azar a un lugar salvaje y que lleva ya en sí, en potencia, las fuerzas de la sociedad— es un absurdo tan grande como el desarrollo del lenguaje sin individuos que vivan *juntos* y hablen entre sí. No hay que detenerse más en esto. Ni siquiera habría que tocar este punto si la insulsez, que en la gente del siglo XVIII tenía sentido y razón de ser, no la volvieran a meter en serio en plena economía moderna Bastiat, Carey, Proudhon, etc.[^7] A Proudhon y a otros les resulta naturalmente cómodo desarrollar de manera histórico-filosófica el origen de una relación económica cuyo nacimiento histórico desconocen recurriendo al mito: a Adán o a Prometeo se les habría ocurrido la idea ya hecha y acabada, y después se habría implantado, etc.[^8] Nada hay más aburridamente seco que el lugar común (*locus communis*) cuando se pone a fantasear.

Así pues, cuando se habla de producción, se habla siempre de la producción en un determinado estadio del desarrollo social: de la producción de individuos sociales. Podría parecer, por eso, que para hablar de la producción en general tendríamos que seguir el proceso histórico de su desarrollo en sus diversas fases, o bien declarar de entrada que nos ocupamos de una época histórica determinada, por ejemplo de la moderna producción burguesa, que es en efecto nuestro verdadero tema. Pero todas las épocas de la producción tienen ciertos rasgos en común, determinaciones comunes. La *producción en general* es una abstracción, pero una abstracción razonable, en la medida en que realmente destaca y fija lo común y nos ahorra así la repetición. Sin embargo, este *elemento general*, o lo común separado mediante la comparación, es a su vez algo articulado de muchas maneras, que se despliega en diversas determinaciones. Algunas de ellas pertenecen a todas las épocas; otras son comunes solo a algunas. [Algunas] determinaciones serán comunes a la época más moderna y a la más antigua. Sin ellas no podrá concebirse ninguna producción; pero si las lenguas más desarrolladas tienen leyes y determinaciones en común con las menos desarrolladas, lo que constituye su desarrollo es precisamente lo que las distingue de ese elemento general y común. Las determinaciones que valen para la producción en general son precisamente las que hay que separar, para que por encima de la unidad —que se desprende ya del hecho de que el sujeto, la humanidad, y el objeto, la naturaleza, son los mismos— no se olvide la diferencia esencial. En ese olvido reside, por ejemplo, toda la sabiduría de los economistas modernos que demuestran la eternidad y la armonía de las relaciones sociales existentes. Por ejemplo: ninguna producción es posible sin un instrumento de producción, aunque ese instrumento sea solo la mano. Ninguna es posible sin trabajo pasado, acumulado, aunque ese trabajo sea solo la destreza que la práctica repetida ha acumulado y concentrado en la mano del salvaje. El capital es, entre otras cosas, también instrumento de producción, también trabajo pasado, objetivado. Luego el capital es una relación natural, general y eterna; es decir, si dejo de lado precisamente lo específico, lo que convierte al «instrumento de producción» y al «trabajo acumulado» en capital. Por eso toda la historia de las relaciones de producción aparece, por ejemplo en Carey, como una falsificación provocada malintencionadamente por los gobiernos.

Si no hay producción en general, tampoco hay una producción general. La producción es siempre una rama particular de la producción —por ejemplo, la agricultura, la ganadería, la manufactura, etc.— o es una *totalidad*. Pero la economía política no es tecnología. La relación de las determinaciones generales de la producción en un estadio social dado con las formas particulares de producción hay que desarrollarla en otro lugar (más adelante).

Por último, la producción tampoco es solo particular. Siempre es un cuerpo social determinado, un sujeto social, el que actúa en una totalidad más amplia o más pobre de ramas de la producción. La relación que la exposición científica guarda con el movimiento real tampoco tiene aquí todavía su lugar. Producción en general. Ramas particulares de la producción. Totalidad de la producción.

Está de moda anteponer a la economía una parte general —y es precisamente la que figura bajo el título de «Producción» (véase, por ejemplo, J. St. Mill)—[^9] en la que se tratan las *condiciones generales* de toda producción. Esta parte general consiste, o pretende consistir:

1. en las condiciones sin las cuales la producción no es posible. Es decir, en realidad, en no hacer otra cosa que indicar los momentos esenciales de toda producción. Pero esto se reduce en realidad, como veremos, a unas pocas determinaciones muy simples, que se estiran en tautologías insulsas;

2. en las condiciones que favorecen más o menos la producción, como, por ejemplo, el estado progresivo y el estado estacionario de la sociedad de Adam Smith.[^10] Para elevar a significación científica lo que en él tiene su valor como *aperçu*, harían falta investigaciones sobre los períodos de los *grados de productividad* en el desarrollo de los distintos pueblos, una investigación que queda fuera de los límites propios del tema y que, en la medida en que le pertenece, ha de exponerse al tratar el desarrollo de la concurrencia, de la acumulación, etc. Formulada en general, la respuesta desemboca en la generalidad de que un pueblo industrial alcanza la cima de su producción en el momento en que alcanza en general su cima histórica. *In fact*. La cima industrial de un pueblo llega mientras lo principal para él no es todavía la ganancia, sino el ganar. En eso los yanquis están por encima de los ingleses. O bien en que, por ejemplo, ciertas razas, aptitudes, climas, circunstancias naturales, como la situación junto al mar, la fertilidad del suelo, etc., son más favorables a la producción que otras. Lo cual desemboca de nuevo en la tautología de que la riqueza se crea con tanta mayor facilidad cuanto en mayor grado se dan, subjetiva y objetivamente, sus elementos.

Pero nada de esto es lo que de verdad les interesa a los economistas en esta parte general. Lo que se pretende más bien —véase, por ejemplo, Mill— es presentar la producción, a diferencia de la distribución, etc., como encuadrada en leyes naturales eternas, independientes de la historia, y aprovechar la ocasión para colar de tapadillo las relaciones burguesas como leyes naturales irrefutables de la sociedad *in abstracto*. Esa es la finalidad más o menos consciente de todo el procedimiento. En la distribución, por el contrario, los hombres se habrían permitido de hecho toda clase de arbitrariedades. Prescindiendo por completo de la burda separación entre producción y distribución y de su relación real, debería quedar claro de entrada que, por diversa que sea la distribución en los distintos estadios de la sociedad, tiene que ser igualmente posible, lo mismo que en la producción, extraer determinaciones comunes, e igualmente posible confundir o borrar todas las diferencias históricas en leyes *humanas generales*. Por ejemplo, el esclavo, el siervo y el asalariado reciben todos una cantidad de alimento que les permite existir como esclavo, como siervo, como asalariado. El conquistador que vive del tributo, o el funcionario que vive del impuesto, o el terrateniente que vive de la renta, o el monje que vive de la limosna, o el levita que vive del diezmo, reciben todos una cuota de la producción social que se determina por leyes distintas de las que determinan la del esclavo, etc. Los dos puntos principales que todos los economistas colocan bajo esta rúbrica son: 1) la propiedad; 2) su protección por la justicia, la policía, etc. A esto hay que responder muy brevemente:

*Ad* 1. Toda producción es apropiación de la naturaleza por parte del individuo dentro de una forma de sociedad determinada y por medio de ella. En este sentido es una tautología decir que la propiedad (la apropiación) es una condición de la producción. Pero es ridículo saltar de ahí a una forma determinada de la propiedad, por ejemplo, a la propiedad privada. (Que, además, presupone como condición una forma opuesta, la *no propiedad*.) La historia muestra más bien la propiedad común (por ejemplo, entre los indios, los eslavos, los antiguos celtas, etc.) como la forma originaria, una forma que bajo la figura de la propiedad comunal desempeña durante mucho tiempo un papel importante. Aquí todavía no se trata en absoluto de la cuestión de si la riqueza se desarrolla mejor bajo esta o aquella forma de propiedad. Pero que no pueda hablarse de producción, ni por tanto de sociedad, donde no exista ninguna forma de propiedad, es una tautología. Una apropiación que no hace nada propio es una contradicción en los términos (*contradictio in subjecto*).

*Ad* 2. Protección de lo adquirido, etc. Si se reducen estas trivialidades a su contenido real, dicen más de lo que saben sus predicadores. A saber, que cada forma de producción engendra sus propias relaciones jurídicas, su forma de gobierno, etc. La tosquedad y la falta de concepto consisten precisamente en relacionar de manera casual lo que forma un conjunto orgánico, en ponerlo en una mera conexión de reflexión. A los economistas burgueses solo se les ocurre que con la policía moderna se produce mejor que, por ejemplo, bajo el derecho del puño. Solo olvidan que también el derecho del puño es un derecho, y que el derecho del más fuerte sigue viviendo bajo otra forma en su «Estado de derecho».

Cuando los estados sociales correspondientes a un estadio determinado de la producción están naciendo, o cuando ya están desapareciendo, se producen naturalmente perturbaciones de la producción, aunque en distinto grado y con distinto efecto.

Para resumir: hay determinaciones comunes a todos los estadios de la producción, que el pensamiento fija como generales; pero las llamadas *condiciones generales* de toda producción no son más que estos momentos abstractos, con los cuales no se comprende ningún estadio histórico real de la producción.

### 2. La relación general de la producción con la distribución, el cambio y el consumo

Antes de entrar en un análisis ulterior de la producción, es necesario examinar las diversas rúbricas que los economistas colocan a su lado.

La idea superficial, la que salta a la vista, es esta: en la producción, los miembros de la sociedad se apropian (crean, dan forma a) los productos de la naturaleza para las necesidades humanas; la distribución determina la proporción en que cada individuo participa en estos productos; el cambio le procura los productos particulares en que quiere convertir la cuota que le ha correspondido por la distribución; por último, en el consumo los productos se convierten en objetos de disfrute, de apropiación individual. La producción crea los objetos que corresponden a las necesidades; la distribución los reparte según leyes sociales; el cambio vuelve a repartir lo ya repartido según la necesidad individual; por último, en el consumo el producto sale de este movimiento social, se convierte directamente en objeto y servidor de la necesidad individual y la satisface en el disfrute. La producción aparece así como el punto de partida; el consumo, como el punto final; la distribución y el cambio, como el término medio, que a su vez es doble, ya que la distribución se define como el momento que parte de la sociedad, y el cambio, como el momento que parte de los individuos. En la producción la persona se objetiva; en el consumo la cosa se subjetiviza; en la distribución la sociedad asume, en forma de determinaciones generales dominantes, la mediación entre la producción y el consumo; en el cambio, ambos están mediados por la determinación casual del individuo.

La distribución determina la proporción (la cantidad) en que los productos corresponden al individuo; el cambio determina los productos en los que el individuo reclama la parte que la distribución le ha asignado.

Producción, distribución, cambio y consumo forman así un silogismo en regla:[^11] la producción es la universalidad; la distribución y el cambio, la particularidad; el consumo, la singularidad en la que el todo se cierra. Es, sin duda, una conexión, pero superficial. La producción está determinada por leyes naturales generales; la distribución, por el azar social, y por eso puede influir más o menos favorablemente sobre la producción; el cambio se sitúa entre ambas como movimiento formalmente social; y el acto final del consumo, que se concibe no solo como meta final sino también como fin último, queda propiamente fuera de la economía, salvo en la medida en que vuelve a actuar sobre el punto de partida y da comienzo de nuevo a todo el proceso.

Los adversarios de los economistas políticos —ya sean adversarios de dentro o de fuera de su recinto— que les reprochan separar bárbaramente lo que va unido, o se sitúan en el mismo terreno que ellos o están por debajo. Nada más corriente que el reproche de que los economistas políticos consideran la producción de manera demasiado exclusiva, como un fin en sí misma. La distribución, dicen, importa igual. Este reproche descansa precisamente en la idea económica de que la distribución habita junto a la producción como una esfera autónoma, independiente. O bien en que los momentos no se conciben en su unidad. ¡Como si esta separación no hubiera pasado de la realidad a los manuales, sino al revés, de los manuales a la realidad, y como si se tratara aquí de una conciliación dialéctica de conceptos y no de la disolución de relaciones reales!

#### a) [Producción y consumo]

La producción es inmediatamente también consumo. Doble consumo, subjetivo y objetivo: el individuo que desarrolla sus capacidades al producir también las gasta, las consume en el acto de la producción, exactamente igual que la procreación natural es un consumo de fuerzas vitales. En segundo lugar: consumo de los medios de producción, que se usan y se desgastan y en parte (como, por ejemplo, en la combustión) se disuelven de nuevo en los elementos generales. También consumo de la materia prima, que no permanece en su forma y su constitución naturales, sino que estas quedan más bien consumidas. Por eso el propio acto de producción es también, en todos sus momentos, un acto de consumo. Pero esto lo admiten los economistas. A la producción como inmediatamente idéntica al consumo, al consumo como inmediatamente coincidente con la producción, lo llaman *consumo productivo*. Esta identidad de producción y consumo viene a parar a la proposición de Spinoza: *determinatio est negatio*, la determinación es negación.[^12]

Pero esta determinación del consumo productivo se establece precisamente solo para separar el consumo idéntico a la producción del consumo propiamente dicho, que se concibe más bien como la antítesis destructora de la producción. Consideremos, pues, el consumo propiamente dicho.

El consumo es inmediatamente también producción, igual que en la naturaleza el consumo de los elementos y de las sustancias químicas es producción de la planta. Que en la alimentación, por ejemplo, que es una forma del consumo, el hombre produce su propio cuerpo, está claro. Pero lo mismo vale para cualquier otra clase de consumo que, de un modo u otro, produce al hombre en algún aspecto. Producción consumidora. Solo que, dice la economía, esta producción idéntica al consumo es una segunda producción, que nace de la destrucción del primer producto. En la primera, el productor se cosificaba; en la segunda, se personifica la cosa creada por él. Así pues, esta producción consumidora —aunque es una unidad inmediata de producción y consumo— es esencialmente distinta de la producción propiamente dicha. La unidad inmediata en que la producción coincide con el consumo y el consumo con la producción deja subsistir su dualidad inmediata.

La producción es, pues, inmediatamente consumo, y el consumo es inmediatamente producción. Cada uno es inmediatamente su contrario. Pero al mismo tiempo se da entre ambos un movimiento mediador. La producción media el consumo, cuyo material crea y al que sin ella le faltaría el objeto. Pero también el consumo media la producción, al crear para los productos el sujeto para el cual son productos. El producto solo recibe su último *finish*, su acabado final, en el consumo. Un ferrocarril por el que no circula nadie, que por tanto no se desgasta, no se consume, es solo un ferrocarril δυνάμει, en potencia, no en la realidad. Sin producción no hay consumo; pero sin consumo tampoco hay producción, pues la producción carecería entonces de finalidad. El consumo produce la producción de dos maneras:

1. porque solo en el consumo el producto se convierte en producto real. Por ejemplo, un vestido solo se convierte realmente en vestido por el acto de llevarlo; una casa que no se habita no es *in fact* una casa real; así pues, como producto, a diferencia del mero objeto natural, el producto solo se acredita, solo *llega a ser* producto, en el consumo. El consumo, al disolver el producto, le da el *finishing stroke*, el último toque; porque el producto no es producto como actividad cosificada, sino solo como objeto para el sujeto activo;

2. porque el consumo crea la necesidad de una *nueva* producción, es decir, el motivo ideal, el impulso interno de la producción, que es su presupuesto. El consumo crea el impulso de la producción; crea también el objeto que actúa en la producción como determinante de su fin. Si está claro que la producción ofrece exteriormente el objeto del consumo, está igual de claro, por tanto, que el consumo *pone idealmente* el objeto de la producción, como imagen interior, como necesidad, como impulso y como fin. Crea los objetos de la producción bajo una forma todavía subjetiva. Sin necesidad no hay producción. Pero el consumo reproduce la necesidad.

A esto corresponde, por parte de la producción, que esta

1. proporcione al consumo el material, el objeto. Un consumo sin objeto no es consumo; así pues, en este aspecto, la producción crea, produce el consumo.

2. Pero no es solo el objeto lo que la producción crea para el consumo. Da también al consumo su determinación, su carácter, su *finish*. Del mismo modo que el consumo daba al producto su acabado como producto, la producción da su acabado al consumo. En *primer lugar*, el objeto no es un objeto en general, sino un objeto determinado, que tiene que consumirse de un modo determinado, que a su vez ha de estar mediado por la producción misma. El hambre es hambre, pero el hambre que se satisface con carne cocida, comida con cuchillo y tenedor, es un hambre distinta de la que devora carne cruda con ayuda de manos, uñas y dientes. Por eso la producción no produce solo el objeto del consumo, sino también el modo del consumo, no solo objetiva sino también subjetivamente. La producción crea, pues, al consumidor.

3. La producción no solo proporciona a la necesidad un material, sino que proporciona también al material una necesidad. Cuando el consumo sale de su primera tosquedad natural y de su inmediatez —y permanecer en ella sería a su vez resultado de una producción estancada en la tosquedad natural—, él mismo, como impulso, está mediado por el objeto. La necesidad que siente de él la crea la percepción del objeto. El objeto de arte —y lo mismo cualquier otro producto— crea un público sensible al arte y capaz de disfrutar de la belleza. La producción produce, por tanto, no solo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto.

La producción produce, pues, el consumo: 1) creándole el material; 2) determinando el modo del consumo; 3) generando en el consumidor como necesidad los productos que ella ha puesto primero como objetos. Produce, por tanto, el objeto del consumo, el modo del consumo y el impulso del consumo. Del mismo modo, el consumo produce la *disposición* del productor, solicitándolo como necesidad que determina el fin.

Las identidades entre consumo y producción se presentan, pues, de tres maneras:

1. *Identidad inmediata*: la producción es consumo; el consumo es producción. Producción consumidora. Consumo productivo. Los economistas llaman a ambas cosas consumo productivo. Pero hacen todavía una distinción. La primera figura como reproducción; la segunda, como consumo productivo. Todas las investigaciones sobre la primera son las investigaciones sobre el trabajo productivo o improductivo; las de la segunda, sobre el consumo productivo o no productivo.

2. Que cada uno aparece como medio del otro, está mediado por el otro, lo que se expresa como su dependencia recíproca; un movimiento por el que se relacionan entre sí y aparecen como mutuamente indispensables, pero en el que siguen siendo todavía exteriores el uno al otro. La producción crea el material como objeto exterior para el consumo; el consumo crea la necesidad como objeto interior, como fin para la producción. Sin producción no hay consumo; sin consumo no hay producción. Esto figura en la economía bajo muchas formas.

3. La producción no es solo inmediatamente consumo, ni el consumo inmediatamente producción; ni la producción es solo medio para el consumo, ni el consumo fin para la producción, es decir, que cada uno proporcione al otro su objeto, la producción el objeto exterior del consumo, el consumo el objeto representado de la producción; sino que cada uno de ellos no solo es inmediatamente el otro, ni solo media al otro, sino que cada uno de los dos, al realizarse, crea al otro; se crea como el otro. El consumo es lo que consuma el acto de la producción, al completar el producto como producto, al disolverlo, al consumir en él su forma de cosa independiente; al elevar a destreza, mediante la necesidad de la repetición, la disposición desarrollada en el primer acto de la producción; no es, pues, solo el acto final por el que el producto se hace producto, sino también aquel por el que el productor se hace productor. Por otra parte, la producción produce el consumo al crear el modo determinado del consumo y, después, al crear el estímulo del consumo, la capacidad misma de consumir, como necesidad. Esta última identidad, determinada en el punto 3, se explica de muchas maneras en la economía en la relación entre la demanda y la oferta, entre los objetos y las necesidades, entre las necesidades creadas por la sociedad y las naturales.

Después de esto, nada más sencillo para un hegeliano que identificar producción y consumo. Y eso lo han hecho no solo literatos socialistas, sino incluso economistas prosaicos, por ejemplo Say,[^13] en la forma de que, si se considera un pueblo, su producción es su consumo. O también la humanidad *in abstracto*. Storch[^14] le demostró a Say que eso es falso, ya que un pueblo, por ejemplo, no consume sin más su producto, sino que crea también medios de producción, etc., capital fijo, etc. Considerar la sociedad como un sujeto único es, además, considerarla falsamente, de manera especulativa. En un sujeto, producción y consumo aparecen como momentos de un acto. Lo más importante que hay que destacar aquí es solo que, ya se consideren la producción y el consumo como actividades de un sujeto o de individuos aislados, aparecen en todo caso como momentos de un proceso en el que la producción es el punto de partida real y, por eso, también el momento que predomina sobre los demás.[^15] El consumo como urgencia, como necesidad, es él mismo un momento interno de la actividad productiva. Pero esta es el punto de partida de la realización y, por tanto, también su momento predominante, el acto en el que todo el proceso vuelve a transcurrir. El individuo produce un objeto y, al consumirlo, vuelve a sí mismo, pero como individuo productivo y que se reproduce a sí mismo. El consumo aparece así como momento de la producción.

Pero en la sociedad la relación del productor con el producto, una vez terminado este, es exterior, y el regreso del producto al sujeto depende de las relaciones de este con otros individuos. No se apodera de él inmediatamente. Tampoco es su fin la apropiación inmediata del producto cuando produce en la sociedad. Entre los productores y los productos se interpone la *distribución*, que mediante leyes sociales determina su parte en el mundo de los productos; se interpone, pues, entre la producción y el consumo.

¿Se encuentra entonces la distribución como esfera autónoma al lado y fuera de la producción?

#### b) [Producción y distribución]

Si se examinan los tratados de economía corrientes, lo primero que llama la atención es que en ellos todo aparece puesto dos veces. Por ejemplo, en la distribución figuran la renta de la tierra, el salario, el interés y la ganancia, mientras que en la producción figuran la tierra, el trabajo y el capital como agentes de la producción. Con el capital salta a la vista desde el principio que está puesto dos veces: 1) como agente de la producción; 2) como fuente de ingresos; como forma de distribución determinada y determinante. Por eso el interés y la ganancia figuran como tales también en la producción, en la medida en que son formas en que el capital se acrecienta, crece; momentos, por tanto, de su propia producción. El interés y la ganancia como formas de distribución presuponen el capital como agente de la producción. Son modos de distribución que tienen por presupuesto el capital como agente de la producción. Son también modos de reproducción del capital.

El salario es igualmente el trabajo asalariado considerado bajo otra rúbrica: la determinación que el trabajo tiene aquí como agente de la producción aparece como determinación de la distribución. Si el trabajo no estuviera determinado como trabajo asalariado, el modo en que participa en los productos no aparecería como salario, como ocurre, por ejemplo, en la esclavitud. Por último, la renta de la tierra —por tomar enseguida la forma más desarrollada de la distribución con que la propiedad de la tierra participa en los productos— presupone como agente de la producción la gran propiedad de la tierra (propiamente, la gran agricultura), no la tierra sin más, del mismo modo que el salario no presupone el trabajo sin más. Las relaciones y los modos de distribución aparecen, pues, solo como el reverso de los agentes de la producción. Un individuo que participa en la producción en la forma del trabajo asalariado participa en los productos, en los resultados de la producción, en la forma del salario. La articulación de la distribución está enteramente determinada por la articulación de la producción. La distribución misma es un producto de la producción, no solo en cuanto al objeto, pues solo pueden distribuirse los resultados de la producción, sino también en cuanto a la forma, pues el modo determinado de participar en la producción determina las formas particulares de la distribución, la forma en que se participa en la distribución. Es pura ilusión poner la tierra en la producción y la renta de la tierra en la distribución, etc.

Por eso economistas como Ricardo, a quienes más se reprocha que solo tienen en cuenta la producción, han definido la distribución como el objeto exclusivo de la economía,[^16] porque concebían instintivamente las formas de distribución como la expresión más precisa en que se fijan los agentes de la producción en una sociedad dada.

Frente al individuo aislado, la distribución aparece naturalmente como una ley social que condiciona su posición dentro de la producción en cuyo seno produce, y que, por tanto, precede a la producción. El individuo no tiene de entrada capital ni propiedad de la tierra. Desde que nace, la distribución social lo destina al trabajo asalariado. Pero este verse destinado es a su vez el resultado [de] que el capital y la propiedad de la tierra existen como agentes autónomos de la producción.

Si se consideran sociedades enteras, la distribución parece preceder a la producción y determinarla todavía en otro aspecto; casi como un *fact* anterior a la economía, un hecho preeconómico. Un pueblo conquistador reparte la tierra entre los conquistadores e impone así un reparto y una forma determinados de la propiedad de la tierra: determina, por tanto, la producción. O convierte a los conquistados en esclavos y hace así del trabajo esclavo la base de la producción. O un pueblo, mediante una revolución, fragmenta en parcelas la gran propiedad de la tierra; da, por tanto, con esta nueva distribución, un carácter nuevo a la producción. O la legislación perpetúa la propiedad de la tierra en ciertas familias, o reparte el trabajo [como] privilegio hereditario y lo fija así a la manera de las castas. En todos estos casos, y todos son históricos, la distribución no parece articulada y determinada por la producción, sino, al revés, la producción por la distribución.

En la concepción más superficial, la distribución aparece como distribución de los productos y, por tanto, como alejada de la producción y casi independiente de ella. Pero antes de ser distribución de los productos, es: 1) distribución de los instrumentos de producción, y 2), lo que es una determinación ulterior de la misma relación, distribución de los miembros de la sociedad entre los diversos tipos de producción. (Subsunción de los individuos bajo relaciones de producción determinadas.) La distribución de los productos es evidentemente solo el resultado de esta distribución, que está incluida en el propio proceso de producción y determina la articulación de la producción. Considerar la producción prescindiendo de esta distribución incluida en ella es evidentemente una abstracción vacía, mientras que, a la inversa, la distribución de los productos está dada por sí misma con esta distribución, que forma originariamente un momento de la producción. Ricardo, a quien le importaba concebir la producción moderna en su articulación social determinada, y que es el economista de la producción *par excellence*, declara precisamente por eso que el verdadero tema de la economía moderna no es la producción, sino la distribución. Aquí se ve de nuevo la necedad de los economistas que desarrollan la producción como verdad eterna mientras destierran la historia al terreno de la distribución.

Qué relación guarda con la producción esta distribución que la determina es evidentemente una cuestión que cae dentro de la producción misma. Si se dijera que entonces, al menos, puesto que la producción tiene que partir de una cierta distribución de los instrumentos de producción, la distribución en este sentido precede a la producción y forma su presupuesto, habría que responder que la producción tiene, en efecto, sus condiciones y presupuestos, que forman momentos de ella. Estos pueden aparecer al principio como naturales, surgidos espontáneamente. Por el propio proceso de la producción se transforman de naturales en históricos, y si para un período aparecen como presupuesto natural de la producción, para otro fueron su resultado histórico. Dentro de la producción misma se modifican constantemente. Por ejemplo, el empleo de la maquinaria modificó la distribución tanto de los instrumentos de producción como de los productos. La propia gran propiedad moderna de la tierra es el resultado tanto del comercio y de la industria modernos como de la aplicación de esta última a la agricultura.

Las cuestiones planteadas más arriba se reducen todas, en última instancia, a cómo intervienen en la producción las relaciones histórico-generales y cuál es su relación con el movimiento histórico en general. La cuestión pertenece evidentemente al examen y al desarrollo de la producción misma.

Sin embargo, en la forma trivial en que se han planteado más arriba, pueden despacharse con la misma brevedad. En todas las conquistas caben tres posibilidades. El pueblo conquistador somete al conquistado a su propio modo de producción (por ejemplo, los ingleses en Irlanda en este siglo, y en parte en la India); o deja subsistir el antiguo y se contenta con el tributo (por ejemplo, los turcos y los romanos); o se produce una acción recíproca de la que nace algo nuevo, una síntesis (en parte, en las conquistas germánicas). En todos los casos, el modo de producción, ya sea el del pueblo conquistador, el del conquistado o el que resulta de la fusión de ambos, es determinante para la nueva distribución que se establece. Aunque esta aparece como presupuesto del nuevo período de producción, es así, a su vez, un producto de la producción, y no solo de la producción histórica en general, sino de una producción histórica determinada.

Los mongoles, por ejemplo, con sus devastaciones en Rusia, actuaban conforme a su producción, el pastoreo, para el cual las grandes extensiones deshabitadas son una condición principal. Los bárbaros germanos, para quienes la producción tradicional era la agricultura con siervos y la vida aislada en el campo, pudieron someter las provincias romanas a estas condiciones con tanta mayor facilidad cuanto que la concentración de la propiedad de la tierra que se había dado allí ya había trastornado por completo las antiguas relaciones agrarias.

Es una idea tradicional que en ciertos períodos se vivía solo del saqueo. Pero para poder saquear tiene que haber algo que saquear, es decir, producción. Y el modo del saqueo está determinado a su vez por el modo de la producción. Una *stockjobbing nation*, una nación de especuladores de bolsa, por ejemplo, no puede ser saqueada igual que una nación de vaqueros.

En el esclavo se roba directamente el instrumento de producción. Pero entonces la producción del país para el que se le roba tiene que estar articulada de modo que admita el trabajo esclavo, o (como en Sudamérica, etc.) tiene que crearse un modo de producción que corresponda al esclavo.

Las leyes pueden perpetuar en ciertas familias un instrumento de producción, por ejemplo, la tierra. Estas leyes solo adquieren significación económica cuando la gran propiedad de la tierra está en armonía con la producción social, como, por ejemplo, en Inglaterra. En Francia se practicaba la pequeña agricultura a pesar de la gran propiedad de la tierra, que por eso fue también destruida por la Revolución. ¿Pero y la perpetuación de la parcelación, por ejemplo, mediante leyes? A pesar de estas leyes, la propiedad vuelve a concentrarse. La influencia de las leyes en el mantenimiento de las relaciones de distribución, y con ello su efecto sobre la producción, hay que determinarla aparte.

#### c) Por último, cambio y circulación

La circulación misma es solo un momento determinado del cambio, o también el cambio considerado en su totalidad.

En la medida en que el *cambio* es solo un momento mediador entre la producción, con la distribución determinada por ella, y el consumo; pero en la medida en que este último aparece a su vez como un momento de la producción, el cambio está evidentemente incluido también en esta como momento.

Está claro, en primer lugar, que el cambio de actividades y capacidades que se da en la producción misma pertenece directamente a ella y la constituye esencialmente. Lo mismo vale, en segundo lugar, para el cambio de productos, en la medida en que es medio para elaborar el producto acabado, destinado al consumo inmediato. En esa medida, el cambio mismo es un acto incluido en la producción. En tercer lugar, el llamado *exchange* entre *dealers* y *dealers*, entre comerciantes, está enteramente determinado por la producción tanto en su organización como en cuanto actividad productiva él mismo. El cambio solo aparece independiente al lado de la producción e indiferente frente a ella en la última fase, en la que el producto se cambia directamente para el consumo. Pero: 1) no hay cambio sin división del trabajo, sea esta natural, espontánea, o sea ya un resultado histórico; 2) el cambio privado presupone la producción privada; 3) la intensidad del cambio, así como su extensión y su modo, están determinados por el desarrollo y la articulación de la producción. Por ejemplo, el cambio entre la ciudad y el campo, el cambio en el campo, en la ciudad, etc. El cambio aparece así en todos sus momentos o directamente incluido en la producción o determinado por ella.

El resultado al que llegamos no es que la producción, la distribución, el cambio y el consumo sean idénticos, sino que todos ellos forman miembros de una totalidad, diferencias dentro de una unidad. La producción predomina, tanto sobre sí misma, en la determinación opuesta de la producción, como sobre los demás momentos. A partir de ella el proceso empieza siempre de nuevo. Que el cambio y el consumo no pueden ser lo predominante es evidente por sí mismo. Lo mismo vale para la distribución como distribución de los productos. Pero como distribución de los agentes de la producción, es ella misma un momento de la producción. Una producción determinada determina, pues, un consumo, una distribución y un cambio determinados, así como las *relaciones determinadas de estos diversos momentos entre sí*. Ciertamente, también la producción, *en su forma unilateral*, está determinada a su vez por los demás momentos. Por ejemplo, cuando el mercado se amplía, es decir, la esfera del cambio, la producción crece en volumen y se divide más profundamente. Al modificarse la distribución se modifica la producción; por ejemplo, con la concentración del capital, con una distinta distribución de la población entre la ciudad y el campo, etc. Por último, las necesidades del consumo determinan la producción. Entre los diversos momentos se da una acción recíproca. Así ocurre en todo conjunto orgánico.

### 3. El método de la economía política

Cuando consideramos un país dado desde el punto de vista de la economía política, empezamos por su población, su división en clases, la ciudad, el campo, el mar, las diversas ramas de la producción, la exportación y la importación, la producción y el consumo anuales, los precios de las mercancías, etc.

Parece lo correcto empezar por lo real y concreto, por el presupuesto efectivo; en la economía, por ejemplo, por la población, que es la base y el sujeto de todo el acto social de producción. Sin embargo, mirándolo más de cerca, esto resulta [ser] falso. La población es una abstracción si dejo de lado, por ejemplo, las clases de que se compone. Estas clases son a su vez una palabra vacía si no conozco los elementos en que descansan, por ejemplo, el trabajo asalariado, el capital, etc. Estos suponen el cambio, la división del trabajo, los precios, etc. El capital, por ejemplo, no es nada sin trabajo asalariado, sin valor, dinero, precio, etc. Si empezara, pues, por la población, tendría una representación caótica del todo, y mediante una determinación más precisa llegaría analíticamente a conceptos cada vez más simples; de lo concreto representado a abstracciones cada vez más tenues, hasta llegar a las determinaciones más simples. Desde ahí habría que emprender de nuevo el viaje de vuelta, hasta llegar finalmente otra vez a la población, pero esta vez no como a la representación caótica de un todo, sino como a una rica totalidad de muchas determinaciones y relaciones. El primer camino es el que la economía siguió históricamente en sus orígenes. Los economistas del siglo XVII, por ejemplo, empiezan siempre por el todo vivo, la población, la nación, el Estado, varios Estados, etc.; pero acaban siempre descubriendo mediante el análisis unas cuantas relaciones abstractas, generales y determinantes, como la división del trabajo, el dinero, el valor, etc. En cuanto estos momentos aislados quedaron más o menos fijados y abstraídos, empezaron los sistemas económicos que ascienden desde lo simple, como el trabajo, la división del trabajo, la necesidad, el valor de cambio, hasta el Estado, el cambio entre las naciones y el mercado mundial. Este último camino es, evidentemente, el método científicamente correcto. Lo concreto es concreto porque es la síntesis de muchas determinaciones, es decir, unidad de lo diverso. Por eso en el pensamiento aparece como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el punto de partida real y, por tanto, también el punto de partida de la intuición y de la representación. En el primer camino, la representación plena se volatilizaba en determinación abstracta; en el segundo, las determinaciones abstractas conducen a la reproducción de lo concreto por la vía del pensamiento. Por eso Hegel[^17] cayó en la ilusión de concebir lo real como resultado del pensamiento que se sintetiza en sí mismo, que se ahonda en sí mismo y que se mueve por sí mismo, cuando el método de ascender de lo abstracto a lo concreto es solo el modo en que el pensamiento se apropia lo concreto, lo reproduce como un concreto pensado. Pero en modo alguno es el proceso de génesis de lo concreto mismo. Por ejemplo, la categoría económica más simple, digamos el valor de cambio, presupone la población, una población que produce en relaciones determinadas; también cierto tipo de familia, de comunidad o de Estado, etc. No puede existir nunca más que como relación abstracta, *unilateral*, de un todo concreto y vivo ya dado. Como categoría, por el contrario, el valor de cambio lleva una existencia antediluviana. Por eso, para la conciencia —y la conciencia filosófica está determinada así— para la cual el pensamiento que concibe es el hombre real y, por tanto, el mundo concebido como tal es lo único real, el movimiento de las categorías aparece como el acto real de producción —que, por desgracia, solo recibe un impulso de fuera— cuyo resultado es el mundo; y esto —lo cual vuelve a ser una tautología— es correcto en la medida en que la totalidad concreta como totalidad pensada, como un concreto pensado, es *in fact* un producto del pensamiento, del concebir; pero en modo alguno del concepto que piensa fuera o por encima de la intuición y la representación y que se engendra a sí mismo, sino de la elaboración de la intuición y la representación en conceptos. El todo, tal como aparece en la cabeza como un todo pensado, es un producto de la cabeza pensante, que se apropia el mundo del único modo que le es posible, un modo que es distinto de la apropiación artística, religiosa y práctico-espiritual de ese mundo. El sujeto real sigue existiendo, antes como después, fuera de la cabeza, en su independencia; mientras la cabeza, claro está, se comporte de manera solo especulativa, solo teórica. Por eso también en el método teórico el sujeto, la sociedad, tiene que estar siempre presente en la representación como presupuesto.

Pero ¿no tienen también estas categorías simples una existencia independiente, histórica o natural, anterior a las más concretas? *Ça dépend*: depende. Por ejemplo, Hegel empieza con razón la filosofía del derecho por la posesión,[^18] como la relación jurídica más simple del sujeto. Pero no existe posesión antes de la familia o de las relaciones de señorío y servidumbre, que son relaciones mucho más concretas. Sería correcto, por el contrario, decir que existen familias, conjuntos tribales, que solo *poseen*, pero no tienen *propiedad*. Frente a la propiedad, la categoría más simple aparece, pues, como relación de simples comunidades familiares o tribales. En la sociedad más elevada aparece como la relación más simple de una organización más desarrollada. Pero el sustrato más concreto, cuya relación es la posesión, se presupone siempre. Se puede uno imaginar a un salvaje aislado que posee. Pero entonces la posesión no es una relación jurídica. No es cierto que la posesión evolucione históricamente hasta la familia. Al contrario, presupone siempre esta «categoría jurídica más concreta». No obstante, siempre quedaría esto: que las categorías simples son expresión de relaciones en las que lo concreto no desarrollado puede haberse realizado sin haber puesto todavía la relación o vínculo más complejos que se expresan mentalmente en la categoría más concreta; mientras que lo concreto más desarrollado conserva la misma categoría como una relación subordinada. El dinero puede existir, y ha existido históricamente, antes de que existiera el capital, antes de que existieran los bancos, antes de que existiera el trabajo asalariado, etc. En este aspecto, pues, puede decirse que la categoría más simple puede expresar relaciones dominantes de un todo menos desarrollado o relaciones subordinadas de un todo más desarrollado, relaciones que ya existían históricamente antes de que el todo se desarrollara en el sentido que se expresa en una categoría más concreta. En esa medida, la marcha del pensamiento abstracto, que asciende de lo más simple a lo complejo, correspondería al proceso histórico real.

Por otra parte, puede decirse que hay formas de sociedad muy desarrolladas, pero históricamente menos maduras, en las que se dan las formas más elevadas de la economía, por ejemplo, la cooperación, una división del trabajo desarrollada, etc., sin que exista dinero alguno, por ejemplo, el Perú.[^19] También en las comunidades eslavas el dinero, y el cambio que lo condiciona, no aparece, o aparece poco, dentro de cada comunidad, sino en sus límites, en el tráfico con otras; del mismo modo que, en general, es falso situar el cambio en el centro de las comunidades como el elemento constitutivo originario. Al principio aparece más bien en la relación de las diversas comunidades entre sí que para los miembros dentro de una misma comunidad. Además, aunque el dinero desempeña un papel muy pronto y en todas partes, en la Antigüedad solo se le asigna como elemento dominante a naciones determinadas de forma unilateral, a las naciones comerciantes. E incluso en la Antigüedad más culta, entre griegos y romanos, su pleno desarrollo, que en la moderna sociedad burguesa se presupone, solo aparece en el período de su disolución. Así pues, esta categoría tan simple no aparece históricamente en toda su intensidad más que en los estados más desarrollados de la sociedad. En modo alguno atraviesa todas las relaciones económicas. Por ejemplo, en el Imperio romano, en su máximo desarrollo, la base siguió siendo el impuesto en especie y la entrega en especie. El sistema monetario, propiamente, solo se desarrolló por completo allí en el ejército. Tampoco se apoderó nunca del conjunto del trabajo. Así pues, aunque la categoría más simple pueda haber existido históricamente antes que la más concreta, en su pleno desarrollo intensivo y extensivo puede pertenecer precisamente a una forma de sociedad compleja, mientras que la más concreta estaba más plenamente desarrollada en una forma de sociedad menos desarrollada.

El trabajo parece una categoría muy simple. También la representación del trabajo en esta generalidad —como trabajo en general— es antiquísima. Y, sin embargo, concebido económicamente en esta simplicidad, el «trabajo» es una categoría tan moderna como las relaciones que engendran esta abstracción simple. El sistema monetario, por ejemplo, pone todavía la riqueza de manera completamente objetiva, como cosa exterior a sí, en el dinero. Frente a este punto de vista fue un gran progreso que el sistema manufacturero o comercial[^20] trasladara la fuente de la riqueza del objeto a la actividad subjetiva —el trabajo comercial y manufacturero—, aunque todavía concibiera esta actividad misma solo en su limitación, como actividad que hace dinero. Frente a este sistema, el fisiocrático, que pone como creadora de riqueza una forma determinada del trabajo —la agricultura— y pone el objeto mismo no ya bajo el disfraz del dinero, sino como producto en general, como resultado general del trabajo. Este producto, de acuerdo con la limitación de la actividad, sigue siendo un producto determinado por la naturaleza: producto agrícola, producto de la tierra *par excellence*.

Fue un progreso inmenso de Adam Smith desechar toda determinación particular de la actividad creadora de riqueza: trabajo sin más, ni trabajo manufacturero, ni comercial, ni agrícola, sino tanto el uno como el otro. Con la generalidad abstracta de la actividad creadora de riqueza, también la generalidad del objeto determinado como riqueza, el producto en general, o de nuevo el trabajo en general, pero como trabajo pasado, objetivado. Lo difícil y grande que fue este paso se ve en que el propio Adam Smith vuelve a caer de vez en cuando en el sistema fisiocrático. Podría parecer ahora que con ello solo se había encontrado la expresión abstracta de la relación más simple y más antigua en que los hombres —en cualquier forma de sociedad— aparecen como productores. En un sentido es cierto. En otro, no. La indiferencia frente a un tipo determinado de trabajo presupone una totalidad muy desarrollada de tipos reales de trabajo, ninguno de los cuales domina ya sobre todos los demás. Así, las abstracciones más generales solo surgen, en general, donde se da el desarrollo concreto más rico, donde una misma cosa aparece como común a muchos, como común a todos. Entonces deja de poder pensarse solo en una forma particular. Por otra parte, esta abstracción del trabajo en general no es solo el resultado mental de una totalidad concreta de trabajos. La indiferencia frente al trabajo determinado corresponde a una forma de sociedad en la que los individuos pasan con facilidad de un trabajo a otro y en la que el tipo determinado de trabajo les resulta casual y, por tanto, indiferente. El trabajo se ha convertido aquí, no solo en la categoría, sino en la realidad, en medio para crear la riqueza en general, y ha dejado de estar ligado como determinación a los individuos en una particularidad. Este estado de cosas está más desarrollado en la forma de existencia más moderna de las sociedades burguesas: los Estados Unidos. Aquí, pues, la abstracción de la categoría «trabajo», «trabajo en general», trabajo *sans phrase*, sin más, punto de partida de la economía moderna, se vuelve por primera vez verdadera en la práctica. Así pues, la abstracción más simple, que la economía moderna pone en cabeza y que expresa una relación antiquísima y válida para todas las formas de sociedad, solo aparece sin embargo prácticamente verdadera en esta abstracción como categoría de la sociedad más moderna. Podría decirse que lo que en los Estados Unidos aparece como producto histórico —esta indiferencia frente al trabajo determinado— aparece en los rusos, por ejemplo, como disposición natural. Pero, en primer lugar, hay una diferencia endiablada entre que unos bárbaros tengan disposición para que se les emplee en todo y que unos hombres civilizados se dediquen ellos mismos a todo. Y, además, en la práctica, a esta indiferencia de los rusos frente a la determinación del trabajo le corresponde su anquilosamiento tradicional en un trabajo completamente determinado, del que solo los sacan influencias exteriores.

Este ejemplo del trabajo muestra de manera contundente cómo incluso las categorías más abstractas, a pesar de su validez —precisamente por su abstracción— para todas las épocas, son sin embargo, en la determinación de esta abstracción misma, igualmente producto de relaciones históricas, y solo poseen su plena validez para estas relaciones y dentro de ellas.

La sociedad burguesa es la organización histórica de la producción más desarrollada y más diversa. Las categorías que expresan sus relaciones, la comprensión de su articulación, permiten por eso al mismo tiempo penetrar en la articulación y en las relaciones de producción de todas las formas de sociedad desaparecidas con cuyos escombros y elementos se ha edificado, algunos de cuyos restos aún no superados arrastra consigo, mientras que lo que en ellas eran meros indicios se ha desarrollado en ella hasta adquirir pleno significado, etc. La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Por el contrario, los indicios de algo superior en las especies animales inferiores solo pueden comprenderse cuando lo superior mismo ya es conocido. La economía burguesa proporciona así la clave de la antigua, etc. Pero en modo alguno a la manera de los economistas, que borran todas las diferencias históricas y ven en todas las formas de sociedad las burguesas. Se puede entender el tributo, el diezmo, etc., cuando se conoce la renta de la tierra. Pero no hay que identificarlos. Como, además, la sociedad burguesa misma no es más que una forma antagónica del desarrollo, en ella se encontrarán a menudo relaciones de formas anteriores solo de manera atrofiada, o incluso disfrazadas. Por ejemplo, la propiedad comunal. Por eso, si es cierto que las categorías de la economía burguesa poseen una verdad para todas las demás formas de sociedad, esto solo hay que tomarlo *cum grano salis*, con cierta reserva. Pueden contenerlas desarrolladas, atrofiadas, caricaturizadas, etc., pero siempre con una diferencia esencial. El llamado desarrollo histórico descansa en general en que la última forma considera las anteriores como etapas hacia sí misma y, como rara vez y solo en condiciones muy determinadas es capaz de criticarse a sí misma —aquí no se trata, naturalmente, de aquellos períodos históricos que se ven a sí mismos como épocas de decadencia—, las concibe siempre de manera unilateral. La religión cristiana solo fue capaz de ayudar a comprender objetivamente las mitologías anteriores cuando su autocrítica estuvo hasta cierto punto acabada, por así decirlo, δυνάμει, en potencia. Del mismo modo, la economía burguesa solo llegó a comprender la feudal, la antigua y la oriental cuando empezó la autocrítica de la sociedad burguesa. En la medida en que la economía burguesa no se identificó, mitificando, pura y simplemente con el pasado, su crítica de las sociedades anteriores, sobre todo de la feudal, con la que todavía tenía que luchar directamente, se pareció a la crítica que el cristianismo hizo del paganismo, o también el protestantismo del catolicismo.

Como en general en toda ciencia histórica y social, en la marcha de las categorías económicas hay que tener siempre presente que el sujeto, aquí la moderna sociedad burguesa, está dado, tanto en la realidad como en la cabeza, y que, por tanto, las categorías expresan formas de existencia, determinaciones de existencia, a menudo solo aspectos aislados de esta sociedad determinada, de este sujeto, y que, por tanto, esta sociedad, *también científicamente*, no empieza en modo alguno solo allí donde se habla de ella *como tal*. Hay que tenerlo presente porque proporciona enseguida algo decisivo para la división de la materia. Por ejemplo, nada parece más natural que empezar por la renta de la tierra, por la propiedad de la tierra, ya que está ligada a la tierra, fuente de toda producción y de toda existencia, y a la primera forma de producción de todas las sociedades mínimamente asentadas: la agricultura. Pero nada sería más falso. En todas las formas de sociedad hay una producción determinada que asigna a todas las demás su rango y su influencia, y cuyas relaciones, por tanto, asignan también a todas las demás su rango y su influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los demás colores y [que] modifica su particularidad. Es un éter particular que determina el peso específico de toda existencia que se manifiesta en él. Por ejemplo, entre los pueblos pastores. (Los meros pueblos de cazadores y pescadores quedan fuera del punto en que empieza el desarrollo real.) Entre ellos aparece cierta forma de agricultura, esporádica. La propiedad de la tierra está determinada por ello. Es común y conserva esta forma en mayor o menor grado según que esos pueblos se aferren más o menos todavía a su tradición; por ejemplo, la propiedad comunal de los eslavos. En los pueblos de agricultura sedentaria —este asentamiento es ya un gran paso—, donde esta predomina, como entre los antiguos y los feudales, incluso la industria y su organización, y las formas de propiedad que le corresponden, tienen un carácter más o menos propio de la propiedad de la tierra; o dependen por completo de ella, como entre los antiguos romanos, o, como en la Edad Media, imitan en la ciudad y en sus relaciones la organización del campo. En la Edad Media, el capital mismo —en la medida en que no es puro capital dinerario—, como herramienta artesanal tradicional, etc., tiene este carácter propio de la propiedad de la tierra. En la sociedad burguesa ocurre a la inversa. La agricultura se convierte cada vez más en una simple rama de la industria y está enteramente dominada por el capital. Lo mismo la renta de la tierra. En todas las formas en que domina la propiedad de la tierra, la relación con la naturaleza sigue siendo la predominante. En aquellas en que domina el capital, el elemento social, creado históricamente. La renta de la tierra no puede comprenderse sin el capital. Pero el capital sí puede comprenderse sin la renta de la tierra. El capital es la potencia económica de la sociedad burguesa que lo domina todo. Tiene que constituir tanto el punto de partida como el punto final, y hay que desarrollarlo antes que la propiedad de la tierra. Después de considerar ambos por separado, hay que considerar su relación recíproca.

Sería, pues, impracticable y falso hacer que las categorías económicas se sucedan en el orden en que fueron históricamente las determinantes. Su orden de sucesión está determinado más bien por la relación que guardan entre sí en la moderna sociedad burguesa, y que es exactamente la inversa de la que parece natural o de la que corresponde a la serie del desarrollo histórico. No se trata de la relación que las relaciones económicas ocupan históricamente en la sucesión de las diversas formas de sociedad. Menos aún de su orden de sucesión «en la idea» (*Proudhon*)[^21] (una representación nebulosa del movimiento histórico). Se trata de su articulación dentro de la moderna sociedad burguesa.

La pureza (la determinación abstracta) con que aparecieron en el mundo antiguo los pueblos comerciantes —fenicios, cartagineses— está dada precisamente por el predominio de los pueblos agricultores. El capital como capital comercial o dinerario aparece precisamente en esta abstracción allí donde el capital no es todavía el elemento dominante de las sociedades. Los lombardos y los judíos ocupan la misma posición frente a las sociedades medievales dedicadas a la agricultura.[^22]

Como otro ejemplo de la diversa posición que ocupan las mismas categorías en los diversos estadios de la sociedad: una de las últimas formas de la sociedad burguesa, las *joint-stock companies*, las sociedades por acciones. Pero aparecen también en sus comienzos, en las grandes compañías comerciales privilegiadas y dotadas de monopolio.

El concepto mismo de riqueza nacional se insinúa en los economistas del siglo XVII —idea que se prolonga en parte en los del XVIII— de tal modo que la riqueza se crea solo para el Estado, pero el poder de este es proporcional a esa riqueza. Era esta todavía la forma inconscientemente hipócrita en que la riqueza misma y su producción se anuncian como fin de los Estados modernos, y en que estos se consideran ya solo como medio para producir la riqueza.

La división hay que hacerla evidentemente así: 1) las determinaciones generales abstractas, que por eso corresponden más o menos a todas las formas de sociedad, pero en el sentido expuesto más arriba; 2) las categorías que constituyen la articulación interna de la sociedad burguesa y en las que descansan las clases fundamentales. Capital, trabajo asalariado, propiedad de la tierra. Su relación recíproca. Ciudad y campo. Las tres grandes clases sociales. Cambio entre ellas. Circulación. Crédito (privado); 3) la síntesis de la sociedad burguesa en la forma del Estado. Considerada en relación consigo misma. Las clases «improductivas». Impuestos. Deuda pública. Crédito público. La población. Las colonias. La emigración; 4) la relación internacional de la producción. División internacional del trabajo. Cambio internacional. Exportación e importación. Tipo de cambio; 5) el mercado mundial y las crisis.[^23]

### 4. Producción. Medios de producción y relaciones de producción. Relaciones de producción y relaciones de intercambio. Formas del Estado y de la conciencia en relación con las relaciones de producción y de intercambio. Relaciones jurídicas. Relaciones familiares[^24]

*Nota bene*, sobre puntos que hay que mencionar aquí y que no deben olvidarse:

1. La *guerra*, desarrollada antes que la paz; modo en que, por la guerra y en los ejércitos, etc., ciertas relaciones económicas como el trabajo asalariado, la maquinaria, etc., se desarrollaron antes que en el interior de la sociedad burguesa. También la relación entre fuerza productiva y relaciones de intercambio, especialmente visible en el ejército.

2. *Relación de la historiografía ideal habida hasta ahora con la real. En particular la llamada historia de la cultura*, la vieja historia de la religión y de los Estados. (Con esta ocasión puede decirse algo también sobre los diversos tipos de historiografía habidos hasta ahora. La llamada objetiva. La subjetiva (moral, entre otras). La filosófica.)

3. *Lo secundario y lo terciario*; en general, relaciones de producción *derivadas, trasladadas*, no originarias. Intervención aquí de las relaciones internacionales.

4. *Reproches sobre el materialismo de esta concepción. Relación con el materialismo naturalista.*

5. *Dialéctica de los conceptos de fuerza productiva* (*medios de producción*) *y relación de producción, una dialéctica* cuyos límites hay que determinar y que no suprime las diferencias reales.

6. *La relación desigual del desarrollo* de la *producción material con, por ejemplo, la artística.* En general, el concepto de progreso no hay que tomarlo en la abstracción habitual. El arte moderno, etc. Esta desproporción no es todavía tan importante ni tan difícil de captar como dentro de las propias relaciones práctico-sociales. Por ejemplo, en la educación. Relación de los *United States* con Europa. Pero el punto realmente difícil que hay que discutir aquí es cómo las relaciones de producción, en cuanto relaciones jurídicas, entran en un desarrollo desigual. Así, por ejemplo, la relación del derecho privado romano (en el derecho penal y en el público esto ocurre menos) con la producción moderna.

7. *Esta concepción aparece como un desarrollo necesario.* Pero justificación del azar. Cómo. (Entre otras cosas, también la libertad.) (Influencia de los medios de comunicación. La historia universal no ha existido siempre; la historia como historia universal es un resultado.)

8. *El punto de partida, naturalmente, en la determinación natural*; subjetiva y objetivamente. Tribus, razas, etc.

En el arte es sabido que determinados períodos de florecimiento no están en modo alguno en relación con el desarrollo general de la sociedad, ni, por tanto, con su base material, que es como el esqueleto de su organización. Por ejemplo, los griegos comparados con los modernos, o también Shakespeare. De ciertas formas del arte, como la epopeya, se admite incluso que nunca pueden producirse en su forma clásica, la que hizo época en la historia del mundo, una vez que aparece la producción artística como tal; es decir, que dentro del propio recinto del arte ciertas creaciones importantes solo son posibles en un estadio no desarrollado del desarrollo artístico. Si esto ocurre en la relación entre los distintos géneros artísticos dentro del dominio del arte mismo, ya resulta menos llamativo que ocurra en la relación del dominio entero del arte con el desarrollo general de la sociedad. La dificultad consiste solo en la formulación general de estas contradicciones. En cuanto se especifican, quedan ya explicadas.

Tomemos, por ejemplo, la relación del arte griego, y después de Shakespeare, con el presente. Es sabido que la mitología griega no fue solo el arsenal del arte griego, sino su suelo. ¿Es posible la visión de la naturaleza y de las relaciones sociales que está en la base de la fantasía griega y, por tanto, de la [mitología] griega, con las selfactinas, los ferrocarriles, las locomotoras y el telégrafo eléctrico?[^25] ¿Qué es Vulcano frente a Roberts & Co., Júpiter frente al pararrayos y Hermes frente al Crédit Mobilier?[^26] Toda mitología vence, domina y da forma a las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y por medio de la imaginación; desaparece, por tanto, con el dominio real sobre ellas. ¿Qué queda de la Fama al lado de Printing House Square?[^27] El arte griego presupone la mitología griega, es decir, la naturaleza y las propias formas sociales ya elaboradas de un modo inconscientemente artístico por la fantasía popular. Ese es su material. No una mitología cualquiera, es decir, no cualquier elaboración inconscientemente artística de la naturaleza (entendiendo aquí por naturaleza todo lo objetivo, incluida, por tanto, la sociedad). La mitología egipcia nunca habría podido ser el suelo o el seno materno del arte griego. Pero, en todo caso, *una* mitología. En ningún caso, pues, un desarrollo social que excluya toda relación mitológica con la naturaleza, toda relación mitificadora con ella, y que exija, por tanto, al artista una fantasía independiente de la mitología.

Desde otro ángulo: ¿es posible Aquiles con la pólvora y el plomo? ¿O, en general, la *Ilíada* con la prensa de imprimir, o incluso con la máquina de imprimir?[^28] ¿No cesan necesariamente el canto, la recitación épica y la musa con la barra de la prensa, no desaparecen, por tanto, condiciones necesarias de la poesía épica?

Pero la dificultad no está en comprender que el arte y la epopeya griegos estén ligados a ciertas formas del desarrollo social. La dificultad está en que todavía nos procuren goce artístico y en que, en cierto sentido, valgan como norma y como modelo inalcanzable.

Un hombre no puede volver a ser niño, o se vuelve infantil.

Pero ¿no le alegra la ingenuidad del niño, y no tiene él mismo que aspirar, en un nivel más alto, a reproducir su verdad? ¿No revive en la naturaleza infantil, en cada época, su carácter propio en su verdad natural? ¿Por qué la infancia histórica de la humanidad, allí donde se desplegó con más belleza, no habría de ejercer, como etapa que no volverá jamás, un encanto eterno? Hay niños maleducados y niños precoces. Muchos de los pueblos antiguos pertenecen a esta categoría. Los griegos eran niños normales. El encanto que su arte tiene para nosotros no está en contradicción con el estadio social poco desarrollado en que creció. Es más bien su resultado, y está más bien indisolublemente ligado a que las condiciones sociales inmaduras en que surgió, y en las únicas en que podía surgir, no pueden volver jamás.

[^1]: Adam Smith (1723-1790), *Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones* (1776); David Ricardo (1772-1823), *Principios de economía política y tributación* (1817). Ambos explican el valor con cazadores primitivos que cambian sus presas según el trabajo que les han costado: Smith, con el cazador de castores y el de ciervos (libro I, cap. 6); Ricardo, con el cazador y el pescador (cap. 1, sección 3).

[^2]: Relatos e hipótesis construidos a imitación de *Robinson Crusoe* (1719), de Daniel Defoe: el hombre aislado como modelo del individuo económico.

[^3]: Jean-Jacques Rousseau, *Del contrato social* (1762).

[^4]: *Bürgerliche Gesellschaft* significa a la vez «sociedad burguesa» y «sociedad civil», el término que el siglo XVIII y Hegel oponían al Estado. Marx juega aquí con ambos sentidos.

[^5]: Sir James Steuart (1712-1780), economista escocés, partidario de los Estuardo, autor de *An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy* (1767).

[^6]: «Animal político», es decir, animal que vive en la *polis*: la definición del hombre de Aristóteles, *Política*, libro I, cap. 2.

[^7]: Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés librecambista, autor de las *Harmonies économiques* (1850); Henry Charles Carey (1793-1879), economista estadounidense, defensor del proteccionismo y de la armonía de los intereses de clase; Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), socialista francés.

[^8]: Alusión al *Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria* (1846), donde Proudhon presenta a Prometeo como figura de la humanidad que inventa la división del trabajo y las demás categorías económicas. Marx lo criticó en *Miseria de la filosofía* (1847).

[^9]: John Stuart Mill (1806-1873), *Principles of Political Economy* (1848), cuyo libro primero se titula «Production».

[^10]: Smith, *La riqueza de las naciones*, libro I, cap. 8, distingue el estado progresivo, el estacionario y el decadente de la sociedad según crezca, se estanque o retroceda la riqueza.

[^11]: En la lógica de Hegel, el silogismo (*Schluss*) une los tres momentos del concepto: universalidad, particularidad y singularidad. *Schluss* es también «cierre», de ahí el juego con «se cierra».

[^12]: Baruch Spinoza, carta a Jarig Jelles del 2 de junio de 1674: «determinatio negatio est». Hegel la popularizó con la fórmula «omnis determinatio est negatio».

[^13]: Jean-Baptiste Say (1767-1832), economista francés, autor del *Traité d'économie politique* (1803).

[^14]: Heinrich Friedrich von Storch (1766-1835), economista alemán al servicio de Rusia; criticó a Say en sus *Considérations sur la nature du revenu national* (París, 1824).

[^15]: «Das übergreifende Moment»: el momento que se extiende sobre los demás y los abarca. Traducimos *übergreifen* por «predominar».

[^16]: En el prefacio de sus *Principios* (1817), Ricardo escribe que determinar las leyes que regulan la distribución del producto entre terratenientes, capitalistas y trabajadores es «el problema principal de la economía política».

[^17]: Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Para él, lo real es el desarrollo de la Idea, que se determina a sí misma en el pensamiento.

[^18]: Hegel, *Principios de la filosofía del derecho* (1821), cuya primera parte, «El derecho abstracto», empieza por la propiedad y la toma de posesión.

[^19]: El Imperio inca, que organizó una amplia división del trabajo sin usar dinero.

[^20]: El sistema monetario y el mercantil son las dos fases del mercantilismo (siglos XVI-XVIII). Los fisiócratas, la escuela francesa de François Quesnay (1694-1774), solo tenían por productivo el trabajo agrícola.

[^21]: Proudhon pretendía exponer las categorías económicas no según el orden histórico, sino «según la sucesión de las ideas». Marx lo criticó en *Miseria de la filosofía*, cap. II.

[^22]: Los «lombardos» eran los mercaderes y prestamistas del norte de Italia que dominaron el crédito en la Europa medieval.

[^23]: Este plan anticipa el que Marx anuncia en el prólogo de *Contribución a la crítica de la economía política* (1859): «capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado; Estado, comercio exterior, mercado mundial».

[^24]: *Verkehr* designa en Marx y Engels el intercambio en sentido amplio: el comercio, las comunicaciones y el trato entre los hombres. Como en nuestra traducción de *La ideología alemana* (1845-1846), de donde procede el término, traducimos *Verkehrsverhältnisse* por «relaciones de intercambio» y reservamos «cambio» para *Austausch*.

[^25]: La selfactina (*self-acting mule*) es la hiladora automática que patentó Richard Roberts en 1825-1830.

[^26]: Vulcano, dios romano del fuego y de la fragua; Júpiter, señor del rayo; Hermes, dios griego del comercio. Roberts & Co.: la fábrica de maquinaria de Richard Roberts en Mánchester. El Crédit Mobilier, banco por acciones fundado en París en 1852 por los hermanos Pereire, fue el símbolo de la especulación del Segundo Imperio.

[^27]: La Fama, divinidad del rumor. En Printing House Square, en Londres, estaban la redacción y la imprenta de *The Times*.

[^28]: Aquiles, héroe de la *Ilíada* de Homero. Marx contrapone la prensa de mano (*Druckerpresse*), cuya barra (*Preßbengel*) menciona después, a la máquina de imprimir de vapor de su época (*Druckmaschine*).
