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Title: La crisis financiera en Europa (1857)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el crac de Hamburgo, ciudad de circulación puramente metálica, la ayuda del Estado a los comerciantes como un «comunismo» de reciprocidad unilateral y la crisis agraria que amenaza a Inglaterra tras la abolición de las leyes de cereales.
Author: Karl Marx
Date: 1857-12-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20La%20crisis%20financiera%20en%20Europa
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 4 de diciembre de 1857 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5202, del 22 de diciembre de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 339-343), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Die%20Finanzkrise%20in%20Europa).*

Con el correo que llegó ayer por la mañana con el *Canada* y el *Adriatic* ha llegado a nuestras manos una crónica semanal de la crisis financiera europea. Esa historia puede resumirse en pocas palabras. Hamburgo seguía siendo el centro de la fiebre de la crisis, que repercutió con mayor o menor violencia en Prusia y devolvió poco a poco el mercado monetario inglés al estado de inseguridad del que parecía estar saliendo. Un eco lejano de la tormenta llegó de España y de Italia. La paralización de la actividad industrial y la miseria de la clase obrera que de ella resulta se extendieron con rapidez por toda Europa. En cambio, la cierta resistencia que Francia ha opuesto hasta ahora al contagio ha planteado a quienes se ocupan de economía política un enigma que, según se dice, es más difícil de resolver que la propia crisis general.

Se había pensado que la crisis de Hamburgo había pasado su punto culminante el 21 de noviembre, cuando se fundó el Garantie-Disconto-Verein,[^1] para el que se habían suscrito en total 12.000.000 de marcos banco,[^2] con el fin de asegurar la circulación de las letras y billetes que llevaran el sello de la asociación. Pero algunas quiebras y sucesos como el suicidio del corredor de cambios Gowa anunciaron unos días después nuevas desgracias. El 26 de noviembre el pánico volvía a estar en pleno apogeo, y, como antes el Disconto-Verein, ahora entró en escena el gobierno para detener su curso. El 27, el Senado propuso, y obtuvo además la aprobación de la Erbgesessene Bürgerschaft[^3] de la ciudad, emitir títulos con interés (billetes de la Kämmerei, la tesorería municipal) por un importe de 15.000.000 de marcos banco, para conceder anticipos sobre mercancías de naturaleza duradera o sobre fondos públicos, anticipos que debían ascender al 50 o al 66 2/3 por ciento del valor correspondiente de las mercancías dadas en prenda. Este segundo esfuerzo por devolver el comercio a la normalidad fracasó como el primero: ambos se parecían a las vanas llamadas de socorro que preceden al hundimiento de un barco. La garantía del Disconto-Verein resultó necesitar a su vez una nueva garantía; además, los anticipos del Estado, limitados tanto en su cuantía como en las clases de mercancías sobre las que se concedían, se volvieron relativamente inútiles precisamente a causa de las condiciones en que se daban, y en la medida en que bajaban los precios. Para sostener los precios y conjurar así la causa propiamente dicha de la desgracia, el Estado habría tenido que pagar los precios que regían antes del estallido del pánico comercial y descontar letras que ya no representaban más que bancarrotas extranjeras. Dicho de otro modo, la fortuna de toda la sociedad, a la que representa el gobierno, tendría que resarcir las pérdidas de los capitalistas privados. Esta clase de comunismo, en el que la reciprocidad es completamente unilateral, les parece bastante atractiva a los capitalistas europeos. El 29 de noviembre quebraron veinte grandes casas comerciales de Hamburgo y numerosas firmas de Altona; se suspendió el descuento de letras, los precios de las mercancías y de los valores se volvieron nominales y la vida de los negocios entró en un callejón sin salida. De la lista de las quiebras se desprende que cinco de ellas se produjeron en operaciones bancarias con Suecia y Noruega, y que las deudas de la casa Ulberg & Cramer ascendían a 12.000.000 de marcos banco; hubo cinco quiebras en el comercio de productos coloniales, cuatro en el comercio del Báltico, dos en la exportación de productos industriales, dos en compañías de seguros, una en la Bolsa y una en la construcción naval. Suecia depende tan por completo de Hamburgo como exportador, corredor de cambios y banquero suyo, que la historia del mercado de Hamburgo es también la del mercado de Estocolmo. En consecuencia, un telegrama anunció dos días después del crac que las quiebras de Hamburgo habían provocado quiebras en Estocolmo y que también allí la ayuda del gobierno había resultado inútil. Lo que en este aspecto vale para Suecia vale todavía más para Dinamarca, cuyo centro comercial, Altona,[^4] no es más que un arrabal de Hamburgo. El 1 de diciembre se produjeron numerosas suspensiones de pagos, entre ellas las de dos casas muy antiguas: la de Conrad Warneke, en el comercio colonial, sobre todo de azúcar, con un capital de 2.000.000 de marcos banco y amplias relaciones con Alemania, Dinamarca y Suecia, y la de Lorent am Ende & Co., que comerciaba con Suecia y Noruega. Un armador y gran comerciante se suicidó a causa de sus apuros de dinero.

La envergadura general del comercio de Hamburgo puede verse por el hecho de que en este momento hay almacenadas, en depósitos y en el puerto, mercancías de toda clase por valor de unos 500.000.000 de marcos banco por cuenta de los comerciantes hamburgueses. La república recurre ahora al único remedio contra la crisis: dispensar a sus ciudadanos de la obligación de pagar sus deudas. Probablemente se dicte una ley que conceda un mes de prórroga a todas las letras vencidas. En cuanto a Prusia, los periódicos apenas se dan por enterados de la difícil situación de los distritos fabriles de Renania y Westfalia, porque todavía no ha provocado numerosas quiebras; estas se han limitado a los exportadores de grano de Stettin y Danzig y a unos cuarenta fabricantes de Berlín. El gobierno prusiano ha intervenido autorizando al Banco de Berlín a conceder anticipos sobre mercancías almacenadas y derogando las leyes contra la usura. La primera medida resultará tan vana en Berlín como en Estocolmo y Hamburgo, y la segunda no hace más que poner a Prusia al nivel de los demás países comerciales.

El crac de Hamburgo da una respuesta concluyente a esos espíritus imaginativos que suponen que la crisis actual nace de unos precios inflados artificialmente por el papel moneda. En lo que toca a la circulación monetaria, Hamburgo es el polo opuesto de este país. Allí, en efecto, no hay más que moneda de plata. No hay en absoluto circulación de papel moneda, y se jactan de tener como medio de circulación únicamente dinero metálico puro. Y, sin embargo, el pánico actual hace allí estragos muy grandes; más aún, desde que aparecieron las crisis comerciales generales, cuyo descubrimiento no es tan antiguo como el de los cometas, Hamburgo ha sido su escenario predilecto. Durante el último tercio del siglo XVIII ofreció dos veces el mismo espectáculo que ahora, y si por algún rasgo característico se distingue de los demás grandes centros comerciales del mundo, es por la frecuencia y la violencia de las oscilaciones del tipo de interés.

Si pasamos de Hamburgo a Inglaterra, observamos que el humor del mercado monetario de Londres fue mejorando continuamente desde el 27 de noviembre hasta el 1 de diciembre, cuando volvió a iniciarse una contracorriente. El 28 de noviembre el precio de la plata había bajado, en efecto, pero después del 1 de diciembre volvió a subir, y probablemente seguirá subiendo, porque Hamburgo necesita grandes cantidades. Dicho de otro modo, se volverá a sacar oro de Londres para comprar plata continental, y esa salida repetida de oro exigirá que el Banco de Inglaterra vuelva a apretar las tuercas. Junto a la demanda repentina de Hamburgo, se avecina en un futuro no muy lejano el empréstito indio, al que el gobierno tendrá que recurrir forzosamente, por mucho que se esfuerce en aplazar el día terrible. El hecho de que desde el 1 de este mes se hubieran producido nuevas quiebras contribuyó a disipar el error de que el mercado monetario había superado lo peor. Lord Overstone (el banquero Loyd) observó en la sesión de apertura de la Cámara de los Lores:

> «La próxima presión sobre el Banco de Inglaterra se producirá probablemente antes de que se hayan corregido los tipos de cambio, y entonces la crisis será mayor que aquella de la que ahora nos hemos librado. Nuestro país está amenazado por dificultades serias y peligrosas».

La catástrofe de Hamburgo todavía no se ha hecho sentir en Londres. La mejoría de la situación del mercado de crédito había influido favorablemente en el mercado de mercancías, pero, prescindiendo de la eventual nueva reducción de la masa de dinero, es evidente que la gran caída de los precios de las mercancías en Stettin, Danzig y Hamburgo hará bajar sin falta las cotizaciones de Londres. El decreto francés que levantó la prohibición de exportar grano y harina obligó en el acto a los molineros de Londres a bajar sus precios en tres chelines por cada 280 libras, para contener la importación de harina de Francia. Se ha informado de algunas quiebras en el comercio de grano, pero se han limitado a casas pequeñas y a especuladores en grano con entregas a largo plazo.

Los distritos industriales ingleses no traen nada nuevo, salvo el hecho de que los tejidos de algodón adaptados a la demanda india, como el *shirting* crudo, el jaconet y el madapolán, así como los hilados apropiados para ese mismo mercado, han obtenido por primera vez desde 1847 precios favorables en la India. Desde 1847, los beneficios que los fabricantes de Manchester obtenían en este comercio no procedían de la venta de sus mercancías en las Indias Orientales, sino solo de la venta en Inglaterra de las mercancías que importaban de las Indias Orientales. El estrangulamiento casi completo de la exportación a la India desde junio de 1857, causado por la sublevación, permitió al mercado indio consumir las mercancías inglesas acumuladas y lo hizo incluso capaz de absorber nuevos envíos a precios más altos. En circunstancias ordinarias, semejante acontecimiento habría tenido un efecto extraordinariamente estimulante sobre el comercio de Manchester. En la actualidad, como sabemos por cartas particulares, apenas ha hecho subir los precios de los artículos más solicitados y, en cambio, ha volcado sobre la fabricación de esos artículos concretos una cantidad tal de fuerza productiva en busca de empleo que bastaría para inundar de mercancías tres Indias en el plazo más breve. El aumento general de la fuerza productiva en los distritos industriales británicos en los últimos diez años ha sido tal que los fabricantes, aun con el trabajo reducido a menos de dos tercios de su volumen anterior, solo pueden mantenerlo acumulando en sus almacenes un gran excedente de mercancías. La casa Du Fay & Co. escribe en su informe comercial mensual de Manchester que

> «este mes ha habido una pausa en el comercio, se han hecho muy pocos negocios y los precios han sido en general bajos. Nunca antes había sido tan bajo como en noviembre el total de los negocios realizados en un mes».

Quizá sea este el lugar de llamar la atención sobre el hecho de que en 1858 la abolición de las leyes de cereales británicas[^5] se someterá por primera vez a una prueba seria. Tanto por la influencia del oro australiano y la prosperidad industrial como por los resultados naturales de las malas cosechas, el precio medio del trigo fue más alto en el periodo de 1847 a 1857 que en el de 1826 a 1836. Ahora habrá que soportar una fuerte competencia de la agricultura extranjera y de sus productos al mismo tiempo que un descenso de la demanda interior, y es probable que reaparezca una crisis agraria que parecía enterrada en los anales de la historia británica de 1815 a 1832. Es verdad que la subida de los precios del trigo y la harina franceses que siguió a los decretos imperiales resultó solo pasajera e incluso desapareció antes de que empezara una exportación extensa a Inglaterra. Pero con una nueva presión sobre el mercado monetario francés, Francia se verá obligada a arrojar su grano y su harina sobre Inglaterra, que al mismo tiempo se verá acosada por una venta creciente de productos alemanes. Luego, en primavera, llegarán cargamentos de los Estados Unidos y asestarán un golpe definitivo al mercado británico de cereales. Si, como toda la historia de los precios nos hace suponer, se suceden ahora varias buenas cosechas, veremos hasta el final las verdaderas consecuencias de la abolición de las leyes de cereales: en primer lugar para los jornaleros agrícolas, en segundo lugar para los arrendatarios y, por último, para todo el sistema de la propiedad territorial británica.

[^1]: Asociación de garantía del descuento, creada por los comerciantes de Hamburgo durante la crisis de 1857.

[^2]: Moneda de cuenta del Banco de Hamburgo, basada en un peso fijo de plata, en la que se llevaban los grandes negocios de la ciudad.

[^3]: Asamblea de los ciudadanos propietarios de bienes raíces de Hamburgo, que compartía con el Senado el gobierno de la ciudad libre.

[^4]: Altona, junto a Hamburgo, pertenecía entonces al ducado de Holstein, bajo la corona danesa.

[^5]: Las leyes de cereales (Corn Laws), que gravaban la importación de grano en beneficio de los terratenientes, se derogaron en 1846, con efecto pleno desde 1849.
