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Title: La toma de Delhi (1857)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune: análisis militar sobrio del asedio y el asalto de Delhi en septiembre de 1857 frente al coro británico de autoalabanza, con el ejército angloindio comparado con el de Crimea y los cipayos sin mando ni ciencia militar.
Author: Friedrich Engels
Date: 1857-11-16
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20La%20toma%20de%20Delhi
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels el 16 de noviembre de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5188, del 5 de diciembre de 1857, como editorial. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del* Tribune *hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 327-334), por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores modernos. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana de la MEW. Dos palabras que faltan en la transcripción se suplen, entre corchetes en el original, según la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20The%20Capture%20of%20Delhi).*

No vamos a sumarnos al ruidoso coro que en Gran Bretaña pone ahora por las nubes la bravura de las tropas que tomaron Delhi por asalto. Ningún pueblo, ni siquiera el francés, puede igualar a los ingleses en alabarse a sí mismos, sobre todo cuando se trata de bravura. Sin embargo, el análisis de los hechos reduce muy pronto, en noventa y nueve casos de cada cien, la grandeza de ese heroísmo a proporciones muy corrientes; y a todo hombre de sentido común tiene que repugnarle esta especulación desmedida con el valor ajeno, con el que el *paterfamilias* inglés, que vive tranquilamente en su casa y siente una aversión poco común por todo lo que pueda amenazarle con la más remota probabilidad de alcanzar gloria militar, intenta hacerse pasar por partícipe de la bravura, indudable pero desde luego no tan extraordinaria, que se demostró en el asalto de Delhi.

Si comparamos Delhi con Sebastopol, convenimos desde luego en que los cipayos no eran rusos; en que ninguna de sus salidas contra el acantonamiento británico se pareció en nada a Inkerman; en que en Delhi no había ningún Totleben,[^1] y en que los cipayos, por valientemente que lucharan en la mayoría de los casos cada hombre y cada compañía, carecían por completo de mando, no solo para brigadas y divisiones, sino casi para batallones; en que su cohesión, por lo tanto, no iba más allá de las compañías; en que les faltaba del todo el elemento científico sin el cual un ejército está hoy indefenso y la defensa de una ciudad es por completo desesperada. Aun así, la desproporción de efectivos y de medios de acción, la superioridad de los cipayos sobre los europeos para resistir el clima y la extrema debilidad a que quedaron reducidas por momentos las fuerzas que estaban ante Delhi compensan muchas de esas diferencias y hacen posible un paralelo justo entre los dos asedios (si se puede llamar asedios a estas operaciones). Tampoco consideramos el asalto de Delhi un acto de bravura poco común o superheroica, aunque, como en toda batalla, se produjeran sin duda en uno y otro bando actos individuales de gran arrojo; pero sostenemos que el ejército angloindio ante Delhi ha mostrado más perseverancia, fuerza de carácter, juicio y habilidad que el ejército inglés cuando pasó su prueba entre Sebastopol y Balaklava. Este, después de Inkerman, estaba dispuesto y deseoso de reembarcar, y sin duda lo habría hecho de no ser por los franceses. Aquel, cuando la estación del año, las enfermedades mortíferas que trae consigo, la interrupción de las comunicaciones, la falta de toda posibilidad de refuerzos rápidos y el estado de toda la India superior invitaban a retirarse, consideró ciertamente la conveniencia de este paso, pero, a pesar de todo, se mantuvo en su puesto.

Cuando la insurrección estaba en su punto culminante, lo primero que hacía falta en la India superior era una columna móvil. Solo había dos fuerzas que pudieran emplearse así: la pequeña fuerza de Havelock,[^2] que pronto resultó insuficiente, y la fuerza que estaba ante Delhi. Que en estas circunstancias fue un error militar quedarse ante Delhi, consumiendo las fuerzas disponibles en combates inútiles con un enemigo inatacable; que el ejército en movimiento habría valido cuatro veces más que en reposo; que se habría conseguido limpiar la India superior, con la excepción de Delhi, restablecer las comunicaciones y aplastar todo intento de los insurrectos de concentrar una fuerza, y con ello la caída de Delhi como consecuencia natural y fácil, son hechos indiscutibles. Pero razones políticas mandaban que no se levantara el campamento ante Delhi. Son los sabihondos del cuartel general que enviaron el ejército a Delhi quienes merecen reproche, no la perseverancia del ejército en resistir una vez allí. Al mismo tiempo, no debemos omitir que el efecto de la estación de las lluvias sobre este ejército fue mucho más suave de lo que cabía prever, y que con una proporción de enfermos que se acercara siquiera a la media que traen consigo las operaciones activas en tal época, la retirada o la disolución del ejército habrían sido inevitables. La situación peligrosa del ejército duró hasta finales de agosto. Empezaron a llegar los refuerzos, mientras las disensiones seguían debilitando el campamento rebelde. A principios de septiembre llegó el tren de sitio, y la posición defensiva se convirtió en ofensiva. El 7 de septiembre abrió fuego la primera batería, y la tarde del 13 estaban abiertas dos brechas practicables. Examinemos ahora qué ocurrió en ese intervalo.

Si para ello tuviéramos que fiarnos del parte oficial del general Wilson,[^3] estaríamos francamente mal servidos. Este informe es tan confuso como lo fueron siempre los documentos salidos del cuartel general inglés en Crimea. Ningún ser vivo podría deducir de ese informe la posición de las dos brechas, ni la posición relativa y el orden en que estaban dispuestas las columnas de asalto. En cuanto a los informes particulares, son, naturalmente, todavía más irremediablemente confusos. Por fortuna, uno de esos hábiles oficiales científicos que merecen casi todo el mérito del éxito, un miembro de los Ingenieros y la Artillería de Bengala, ha publicado en la *Bombay Gazette* un relato de lo ocurrido tan claro y práctico como sencillo y sin pretensiones. En toda la guerra de Crimea no se encontró un solo oficial inglés capaz de escribir un informe tan sensato como este. Por desgracia, cayó herido el primer día del asalto, y ahí se interrumpe su carta. En cuanto a lo que siguió, seguimos, pues, completamente a oscuras.

Los ingleses habían reforzado las defensas de Delhi hasta el punto de que pudieran resistir un asedio de un ejército asiático. Según nuestras ideas modernas, Delhi apenas podía llamarse una fortaleza, sino solo una plaza asegurada contra el asalto a viva fuerza de un cuerpo de campaña. Su muralla de mampostería, de 16 pies de altura y 12 de espesor, coronada por un parapeto de 3 pies de grueso y 8 de alto, ofrecía, además del parapeto, 6 pies de mampostería no cubiertos por el glacis y expuestos al fuego directo del atacante. La estrechez de este terraplén de mampostería impedía colocar cañones en ninguna parte, salvo en los bastiones y en las torres Martello.[^4] Estas flanqueaban la cortina de un modo muy imperfecto, y como un parapeto de mampostería de tres pies de grueso se derriba fácilmente con cañones de sitio (podrían hacerlo piezas de campaña), era muy fácil acallar el fuego de la defensa, y en particular los cañones que flanqueaban el foso. Entre la muralla y el foso había una berma ancha o camino llano que facilitaba abrir una brecha practicable, y el foso, en estas circunstancias, en lugar de ser una ratonera para cualquier fuerza que se enredara en él, se convertía en un lugar de descanso donde volver a formar las columnas que se hubieran desordenado al avanzar por el glacis.

Avanzar contra una plaza así con trincheras regulares, según las reglas de los asedios, habría sido una locura, aun cuando no hubiera faltado la primera condición, a saber, una fuerza suficiente para cercar la plaza por todos sus lados. El estado de las defensas y la desorganización y el desánimo creciente de los defensores habrían hecho de cualquier otra forma de ataque que la seguida una falta absoluta. Esta forma la conocen muy bien los militares con el nombre de ataque a viva fuerza (*attaque de vive force*). Las defensas, que solo bastan para hacer imposible un ataque abierto sin artillería pesada, quedan liquidadas sumariamente por la artillería; mientras tanto se bombardea el interior de la plaza, y en cuanto las brechas son practicables las tropas avanzan al asalto.

El frente atacado fue el del norte, justo enfrente del campamento inglés. Este frente se compone de dos cortinas y tres bastiones, y forma un ángulo ligeramente entrante en el bastión central, el de Cachemira. El tramo oriental, del bastión de Cachemira al bastión del Agua, es el más corto y se adelanta un poco respecto del occidental, entre el bastión de Cachemira y el bastión Moree. El terreno situado delante de los bastiones de Cachemira y del Agua estaba cubierto de matorral bajo, huertos, casas, etc., que los cipayos no habían arrasado y que daban abrigo al atacante. (Esta circunstancia explica cómo fue posible que los ingleses pudieran perseguir tan a menudo a los cipayos hasta debajo de los mismos cañones de la plaza, cosa que en su momento se consideró sumamente heroica, pero que en realidad entrañaba poco peligro mientras tuvieran ese abrigo.) Además, a unas 400 o 500 yardas de ese frente corría un barranco profundo en la misma dirección que la muralla, de modo que formaba una paralela natural para el ataque. Como, por otra parte, el río ofrecía una base excelente a la izquierda inglesa, se eligió con mucho acierto como punto principal de ataque el ligero saliente que formaban los bastiones de Cachemira y del Agua. La cortina y los bastiones occidentales se sometieron a la vez a un ataque simulado, y esta maniobra tuvo tanto éxito que la fuerza principal de los cipayos se dirigió contra ese sector. Reunieron un cuerpo fuerte en los arrabales de fuera de la puerta de Kabul, para amenazar la derecha inglesa. Esta maniobra habría sido perfectamente correcta y muy eficaz si la cortina occidental, entre los bastiones Moree y de Cachemira, hubiera sido la más amenazada. La posición de flanco de los cipayos habría sido excelente como medio de defensa activa, porque toda columna de asalto habría quedado tomada de flanco en el acto por un avance de esa fuerza. Pero el efecto de esta posición no podía llegar tan al este como la cortina entre los bastiones de Cachemira y del Agua; y así, su ocupación apartó del punto decisivo la mejor parte de la fuerza defensora.

La elección del emplazamiento de las baterías, su construcción y armamento y el modo en que se sirvieron merecen el mayor elogio. Los ingleses tenían unos 50 cañones y morteros, concentrados en baterías potentes, tras buenos parapetos sólidos. Los cipayos tenían, según los datos oficiales, 55 cañones en el frente atacado, pero dispersos por pequeños bastiones y torres Martello, incapaces de una acción concentrada y apenas protegidos por el mísero parapeto de tres pies. Sin duda un par de horas debieron de bastar para acallar el fuego de la defensa, y después quedaba poco por hacer.

El 8, la batería número 1, de 10 cañones, abrió fuego a 700 yardas de la muralla. Durante la noche siguiente se convirtió el barranco mencionado en una especie de trinchera. El 9 se ocuparon sin resistencia el terreno quebrado y las casas que había delante de ese barranco, y el 10 se desenmascaró la batería número 2, de 8 cañones, que estaba a 500 o 600 yardas de la muralla. El 11, la batería número 3, construida con mucha audacia y habilidad a 200 yardas del bastión del Agua, en un terreno quebrado, abrió fuego con seis cañones, mientras diez morteros pesados bombardeaban la ciudad. La tarde del 13 se informó de que las brechas —una en la cortina contigua al flanco derecho del bastión de Cachemira y la otra en la cara izquierda y el flanco del bastión del Agua— eran practicables para el escalo, y se ordenó el asalto. Los cipayos habían hecho el 11 una contraaproche en el glacis entre los dos bastiones amenazados y abrieron una trinchera para tiradores unas trescientas cincuenta yardas por delante de las baterías inglesas. También avanzaron desde su posición de fuera de la puerta de Kabul para atacar de flanco. Pero estos intentos de defensa activa se llevaron a cabo sin unidad, sin coordinación y sin ánimo, y no condujeron a nada.

Al rayar el día 14, cinco columnas británicas avanzaron al ataque. Una, a la derecha, para entretener a la fuerza de fuera de la puerta de Kabul y atacar, en caso de éxito, la puerta de Lahore. Una contra cada brecha, otra contra la puerta de Cachemira, que había que volar, y otra para actuar de reserva. Con la excepción de la primera, todas estas columnas tuvieron éxito. Las brechas estaban apenas defendidas, pero la resistencia en las casas cercanas a la muralla fue muy tenaz. El heroísmo de un oficial y tres sargentos de los Ingenieros (porque aquí sí hubo heroísmo) consiguió volar la puerta de Cachemira, y así entró también esa columna. Al anochecer, todo el frente norte estaba en poder de los ingleses. Aquí, sin embargo, el general Wilson se detuvo. Se contuvo el asalto indiscriminado y se acercaron cañones que se dirigieron contra cada posición fuerte de la ciudad. Con la excepción del asalto al polvorín, parece que hubo muy pocos combates de verdad. Los insurrectos estaban desmoralizados y abandonaron la ciudad en masa. Wilson avanzó con cautela por la ciudad, no encontró apenas resistencia después del 17 y la ocupó por completo el 20.

Nuestra opinión sobre la conducción del ataque ya está expuesta. En cuanto a la defensa, los intentos de contramovimientos ofensivos, la posición de flanco en la puerta de Kabul, las contraaproches y los pozos de tiradores muestran todos que algunas nociones de guerra científica habían penetrado entre los cipayos; pero o no eran bastante claras o no tenían fuerza bastante para llevarse a cabo con algún efecto. Si se originaron entre los indios o entre algunos de los europeos que están con ellos es, naturalmente, difícil de decidir; pero una cosa es segura: que esos intentos, aunque imperfectos en la ejecución, se parecen mucho en su fundamento a la defensa activa de Sebastopol, y que su ejecución hace pensar que algún oficial europeo trazó para los cipayos un plan correcto, pero que estos no fueron capaces de entender del todo la idea, o que la desorganización y la falta de mando convirtieron proyectos prácticos en intentos débiles e impotentes.

[^1]: Eduard Totleben (1818-1884), ingeniero militar ruso, director de las fortificaciones de Sebastopol durante el asedio de 1854-1855.

[^2]: Henry Havelock (1795-1857), general británico que mandó la columna que marchó sobre Cawnpore y Lucknow en el verano de 1857.

[^3]: Archdale Wilson (1803-1874), general británico, al mando de las fuerzas que sitiaron y tomaron Delhi en septiembre de 1857.

[^4]: Torres de artillería redondas, de muros gruesos, llamadas así por las que los británicos construyeron en sus costas a imitación de una torre de la punta Mortella, en Córcega.
