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Title: Las atrocidades inglesas en China (1857)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el caso de la lorcha Arrow: la guerra contra Cantón descansa en pretextos, mientras la prensa inglesa calla el contrabando de opio, el tráfico de culíes y los abusos de los extranjeros en China.
Author: Karl Marx
Date: 1857-03-22
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Las%20atrocidades%20inglesas%20en%20China
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*Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 22 de marzo de 1857 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4984, del 10 de abril de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción de los artículos de Marx sobre China del Marxists Internet Archive («Whose Atrocities?»), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 162-165), que omite la última frase, por la Escuela de marxismo, 2026. El título coincide con el que pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20English%20Atrocities%20in%20China).*

Hace algunos años, cuando se denunció en el Parlamento el espantoso sistema de tortura vigente en la India, sir James Hogg,[^1] uno de los directores de la Muy Honorable Compañía de las Indias Orientales, afirmó con audacia que las acusaciones carecían de fundamento. Investigaciones posteriores probaron, sin embargo, que se basaban en hechos que los directores debían conocer bien, y a sir James no le quedó más que admitir o «ignorancia deliberada» o «conocimiento culpable» de la horrible acusación lanzada contra la Compañía. Lord Palmerston, actual primer ministro de Inglaterra, y el conde de Clarendon, ministro de Asuntos Exteriores, parecen hallarse ahora en una situación igual de poco envidiable. En el reciente banquete del lord alcalde, el primer ministro dijo en su discurso, al intentar justificar las atrocidades cometidas contra los chinos:

> «Si el gobierno hubiera aprobado en este caso actos injustificables, habría seguido sin duda una conducta merecedora de la censura del Parlamento y del país. Nosotros estábamos persuadidos, por el contrario, de que esos actos eran necesarios y vitales. Sentimos que se había infligido una gran ofensa a nuestro país. Sentimos que nuestros compatriotas, en un lugar lejano del globo, habían estado expuestos a una serie de insultos, ultrajes y atrocidades que no podían pasarse en silencio (aplausos). Sentimos que se habían violado los derechos que los tratados conceden a este país, y que quienes estaban encargados allí de defender nuestros intereses en aquella parte del mundo no solo tenían derecho, sino la obligación de responder a esos ultrajes en la medida en que el poder que tenían en sus manos se lo permitiera. Sentimos que habríamos traicionado la confianza que los ciudadanos de este país habían depositado en nosotros si no hubiéramos aprobado unos actos que teníamos por justos y que, puestos en las mismas circunstancias, habríamos considerado nuestro deber llevar a cabo (aplausos)».

Ahora bien, por mucho que el pueblo de Inglaterra y el mundo entero se dejen engañar por declaraciones tan especiosas, su señoría desde luego no las cree verdaderas, y si las cree, ha dado muestras de una ignorancia deliberada casi tan injustificable como el «conocimiento culpable». Desde que nos llegó la primera noticia de las hostilidades inglesas en China, los periódicos gubernamentales de Inglaterra y una parte de la prensa norteamericana no han dejado de lanzar denuncias en bloque contra los chinos: acusaciones generales de violación de las obligaciones de los tratados, de insultos a la bandera inglesa, de humillación de los extranjeros residentes en su suelo, y cosas por el estilo; y sin embargo no se ha formulado ni una sola acusación concreta ni se ha aducido un solo hecho en apoyo de esas denuncias, salvo el caso de la lorcha *Arrow*,[^2] y en cuanto a este caso, las circunstancias se han tergiversado y maquillado de tal modo con retórica parlamentaria que extravían por completo a quienes de verdad desean entender el fondo de la cuestión.

La lorcha *Arrow* era una pequeña embarcación china, tripulada por chinos, pero al servicio de unos ingleses. Se le había concedido temporalmente una licencia para llevar la bandera inglesa, licencia que había caducado antes del supuesto «insulto». Se dice que la empleaban para el contrabando de sal, y llevaba a bordo a unos individuos de muy mala reputación —piratas y contrabandistas chinos— a los que las autoridades, como viejos infractores de las leyes, llevaban mucho tiempo intentando detener. Mientras estaba anclada frente a Cantón, con las velas recogidas y sin enarbolar bandera alguna, la policía se enteró de que esos delincuentes estaban a bordo y los detuvo: exactamente lo que habría ocurrido aquí si la policía de nuestros muelles hubiera sabido que en un barco nacional o extranjero fondeado cerca se escondían ladrones de río y contrabandistas. Pero como esa detención estorbaba los negocios de los propietarios, el capitán acudió al cónsul inglés y presentó una queja. El cónsul, un hombre joven recién nombrado y, según se nos informa, de carácter vivo e irritable, se precipita a bordo *in propria persona*,[^3] se enzarza en un acalorado altercado con la policía, que no ha hecho más que cumplir con su simple deber, y por consiguiente no obtiene satisfacción. De allí vuelve a toda prisa al consulado, escribe al gobernador general de la provincia de Kwangtung[^4] una perentoria exigencia de restitución y disculpas, y una nota a sir John Bowring y al almirante Seymour,[^5] en Hong Kong, en la que expone que él y la bandera de su país han sido insultados más allá de lo tolerable, y da a entender en términos bastante claros que ha llegado el momento de una demostración contra Cantón como la que desde hacía tiempo se venía esperando.

El gobernador Ye[^6] responde cortés y tranquilamente a las arrogantes exigencias del exaltado joven cónsul británico. Expone el motivo de la detención y lamenta que haya podido producirse un malentendido en el asunto; al mismo tiempo, niega sin reservas la menor intención de insultar a la bandera inglesa y devuelve a los hombres, a los que, aunque detenidos legalmente, no quería retener a costa de un malentendido tan grave. Pero esto no satisface al señor cónsul Parkes: ha de tener una disculpa oficial y una restitución más formal, o el gobernador Ye tendrá que atenerse a las consecuencias. Llega luego el almirante Seymour con la flota británica, y comienza otra correspondencia, dogmática y amenazadora por parte del almirante; fría, desapasionada y cortés por parte del funcionario chino. El almirante Seymour exige una entrevista personal dentro de las murallas de Cantón. El gobernador Ye dice que eso es contrario a todos los precedentes y que sir George Bonham[^7] había convenido en que no se exigiría. Consentiría de buen grado en una entrevista, como de costumbre, fuera de la ciudad amurallada si fuera necesario, o en satisfacer los deseos del almirante de cualquier otro modo que no fuera contrario a los usos chinos y a la etiqueta heredada. Pero eso no convenía al belicoso representante del poder británico en Oriente.

Por los motivos aquí expuestos brevemente —y los informes oficiales que ahora tiene ante sí el pueblo de Inglaterra confirman plenamente esta exposición— se ha emprendido esta guerra injustísima. Los inofensivos ciudadanos y pacíficos comerciantes de Cantón han sido masacrados, sus viviendas arrasadas a cañonazos y los derechos de la humanidad violados con el endeble pretexto de que «la vida y la propiedad inglesas están en peligro por los actos agresivos de los chinos». El gobierno británico y el pueblo británico —al menos quienes se han tomado la molestia de examinar la cuestión— saben cuán falsas y huecas son esas acusaciones. Se ha intentado desviar la investigación del asunto principal e inculcar en la opinión pública la idea de que una larga serie de agravios anteriores al caso de la lorcha *Arrow* constituye por sí sola un *casus belli* suficiente. Pero esas afirmaciones generales carecen de fundamento. Por cada agravio del que se quejan los ingleses, los chinos tienen al menos noventa y nueve de los que quejarse.

¡Qué silenciosa está la prensa de Inglaterra sobre las escandalosas violaciones del tratado que cometen a diario los extranjeros que viven en China bajo la protección británica! No oímos nada del comercio ilícito de opio, que año tras año alimenta el tesoro británico a costa de vidas humanas y de la moral. No oímos nada del soborno constante de funcionarios subalternos, con el que se defrauda al gobierno chino en sus legítimos ingresos sobre las mercancías que entran y salen. No oímos nada de los agravios infligidos «hasta la muerte» a los emigrantes engañados y sujetos por contrato, vendidos a algo peor que la esclavitud en la costa del Perú y a la servidumbre en Cuba.[^8] No oímos nada del espíritu matón que a menudo se ejerce contra la naturaleza tímida de los chinos, ni del vicio que los extranjeros introducen en los puertos abiertos a su comercio. No oímos nada de todo esto, ni de mucho más, en primer lugar porque a la mayoría de la gente fuera de China le importa poco la situación social y moral de ese país, y en segundo lugar porque la política y la prudencia aconsejan no agitar asuntos de los que no resultaría ninguna ventaja pecuniaria. Así, el pueblo inglés, que en su casa no mira más allá de la tienda de comestibles donde compra el té, está dispuesto a tragarse todas las tergiversaciones que el ministerio y la prensa tengan a bien meterle por la garganta.

Entretanto, en China, los fuegos latentes del odio contra los ingleses, encendidos durante la guerra del opio, han estallado en una llamarada de hostilidad que muy probablemente ninguna oferta de paz y amistad podrá apagar. Por el bien de las relaciones cristianas y comerciales con China, es sumamente deseable que nos mantengamos al margen de esta disputa y que no se lleve a los chinos a considerar a todas las naciones del mundo occidental unidas en una conspiración contra ellos.[^9]

[^1]: James Weir Hogg (1790-1876), político conservador británico, presidente de la junta de directores de la Compañía de las Indias Orientales en varias ocasiones.

[^2]: En octubre de 1856 la policía china detuvo en Cantón a doce tripulantes de la lorcha *Arrow*, una embarcación de tipo mixto, chino y europeo, matriculada en Hong Kong. El cónsul británico Harry Parkes tomó el incidente como ofensa a la bandera británica, y la escuadra británica bombardeó Cantón: fue el comienzo de la segunda guerra del opio (1856-1860).

[^3]: En persona.

[^4]: Guangdong.

[^5]: Sir John Bowring (1792-1872), gobernador de Hong Kong y plenipotenciario británico en China; sir Michael Seymour (1802-1887), almirante al mando de la escuadra británica en aguas chinas.

[^6]: Ye Mingchen (1807-1859), gobernador general de Guangdong y Guangxi.

[^7]: Sir Samuel George Bonham (1803-1863), gobernador de Hong Kong y plenipotenciario británico en China de 1848 a 1854.

[^8]: Se refiere al tráfico de culíes chinos, enrolados con engaños o por la fuerza y enviados con contratos de servidumbre a las guaneras del Perú y a las plantaciones de Cuba.

[^9]: Esta última frase falta en la versión alemana de la MEW.
