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Title: Las próximas elecciones en Inglaterra (1857)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune tras la disolución de los Comunes: obispos, contrabandistas de opio y comerciantes de té con Palmerston, los fabricantes en contra, una campaña sin consigna y el peligro de que la apelación al pueblo prepare un golpe de Estado.
Author: Karl Marx
Date: 1857-03-13
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Las%20pr%C3%B3ximas%20elecciones%20en%20Inglaterra
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 13 de marzo de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4975, del 31 de marzo de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 149-152), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Die%20bevorstehenden%20Wahlen%20in%20England).*

Londres, 13 de marzo de 1857

> «Poneos entre dos clérigos, buen señor;  
> que sobre ese fondo haré un santo discante.»[^1]

Palmerston no sigue al pie de la letra el consejo que Buckingham dio a Ricardo III. Se pone entre el clérigo por un lado y el contrabandista de opio por el otro. Mientras los obispos de la Iglesia baja, cuyo nombramiento este experimentado embaucador dejó en manos de su pariente, el conde de Shaftesbury,[^2] dan fe de su «honradez», los contrabandistas de opio, los mercaderes del «dulce veneno para el paladar de la época», dan fe de su leal servicio a la «conveniencia, esa inclinación del mundo».[^3] Burke, el escocés, estaba orgulloso de los «resurreccionistas» de Londres.[^4] Igual de orgulloso está Palmerston de los «envenenadores» de Liverpool. Estos caballeros de cara lisa son los dignos representantes de una ciudad cuya grandeza puede remontarse directamente a la trata de esclavos. Liverpool, que por lo demás no es famosa por sus producciones poéticas, puede reclamar al menos el mérito original de haber enriquecido la poesía con odas a la trata de esclavos. Así como Píndaro empieza su himno a los vencedores olímpicos con el famoso «Lo mejor es el agua» (*Ariston men hydor*),[^5] cabría esperar, pues, de un Píndaro moderno de Liverpool que empezara su himno a los púgiles de Downing Street con la introducción más ingeniosa: «Lo mejor es el opio».

Del brazo de los santos obispos y de los nada santos contrabandistas de opio van los grandes comerciantes de té, que en su mayoría participan directa o indirectamente en el comercio del opio y están por ello interesados en echar abajo los tratados vigentes con China. Los mueven además motivos muy suyos. Como el año pasado se lanzaron a enormes especulaciones con el té, la prolongación de las hostilidades hará subir en el acto los precios de sus inmensas existencias y les permitirá aplazar los grandes pagos a sus acreedores de Cantón. Así, la guerra les permitirá engañar a la vez a sus compradores británicos y a sus vendedores chinos, y realizar con ello sus ideas de «gloria nacional» e «intereses comerciales». En general, los fabricantes británicos no están de acuerdo con las enseñanzas de este catecismo de Liverpool, en virtud del mismo principio sublime que opone al hombre de Manchester, que desea precios bajos del algodón, al señor de Liverpool, que los desea altos. Durante la primera guerra anglo-china, que se prolongó de 1839 a 1842, los fabricantes británicos se habían hecho falsas esperanzas de una extraordinaria expansión de sus exportaciones. Ya habían medido, yarda a yarda, los tejidos de algodón que habían de vestir los habitantes del Celeste Imperio. La experiencia hizo saltar el candado que los políticos palmerstonianos habían colgado de su entendimiento. De 1854 a 1857 las exportaciones británicas de manufacturas a China no pasaron de una media de 1.250.000 libras esterlinas, suma que a menudo se había alcanzado en los años anteriores a la primera guerra con China.

> «En efecto —declaró en la Cámara de los Comunes el señor Cobden, portavoz de los fabricantes británicos—, desde 1842 no hemos» (el Reino Unido) «añadido nada en absoluto a nuestras exportaciones a China, al menos en lo que toca a nuestras manufacturas. Hemos aumentado nuestro consumo de té; eso es todo.»

Por eso los fabricantes británicos están en condiciones de formarse ideas más claras sobre la política china que los obispos, los contrabandistas de opio y los comerciantes de té británicos. Si pasamos por alto a los devoradores de impuestos y cazadores de cargos que se cuelgan de los faldones de todo gobierno, y a los estúpidos patriotas de café que creen que bajo la dirección de Pam «la nación sacaría fuerzas de flaqueza», habremos enumerado en efecto a todos los partidarios *bona fide* de Palmerston. No debemos olvidar, sin embargo, al *Times* de Londres y al *Punch*, el Gran Copto[^6] de la prensa británica y su payaso, que están ambos firmemente unidos al gobierno actual por lazos dorados y oficiales y, en consecuencia, ensalzan con entusiasmo afectado al héroe de la matanza de Cantón. Pero hay que observar entonces que la votación de la Cámara de los Comunes señaló una rebelión no solo contra Palmerston, sino también contra el *Times*. Las próximas elecciones no tienen, por tanto, que decidir solo si Palmerston ha de apoderarse de todo el poder del Estado, sino también si el *Times* ha de obtener el monopolio de la fabricación de la opinión pública.

¿Con qué consigna, pues, lanzará Palmerston su llamamiento a las elecciones para la Cámara de los Comunes? ¿Con la de la expansión del comercio con China? ¡Pero si acaba de destruir el puerto del que dependía ese comercio! Ha desplazado ese comercio, por un tiempo más o menos largo, del mar a la tierra, de los cinco puertos[^7] a Siberia, de Inglaterra a Rusia. En el Reino Unido ha subido el derecho sobre el té, la mayor barrera contra la expansión del comercio con China. ¿Con la consigna de la seguridad del especulador comercial británico? Pero el libro azul «Correspondencia sobre los ultrajes en China», que el propio gabinete presentó en la Cámara de los Comunes, prueba que en los últimos siete años solo se produjeron seis casos de ultrajes, en dos de los cuales los agresores fueron los ingleses, mientras que en los otros cuatro las autoridades chinas se esforzaron, a plena satisfacción de las autoridades británicas, por castigar a los culpables. Si, pues, los bienes y la vida de los comerciantes británicos de Hong Kong, Singapur, etc., están hoy en peligro, sus sufrimientos los ha provocado el propio Palmerston. ¡Pero queda el honor de la bandera británica! Palmerston la ha vendido a 50 libras esterlinas la pieza a los contrabandistas de Hong Kong y la ha manchado con la «gigantesca matanza de clientes indefensos de los británicos». Con todo, estos argumentos de la expansión del comercio, la seguridad de los especuladores británicos y el honor de la bandera británica son los únicos con que los sabios del gobierno se han dirigido hasta ahora a sus electores. Se guardan prudentemente de tocar punto alguno de la política interior, porque las consignas de «Ninguna reforma» y «Más impuestos» no servirían de nada. Un miembro del gabinete Palmerston, lord Mulgrave, tesorero de la Casa Real,[^8] cuenta a sus electores que «no tiene teorías políticas que presentar». Otro, Bob Lowe,[^9] se burla en su discurso de Kidderminster del voto secreto, de la extensión del sufragio y de otras «patrañas» semejantes. Un tercero, el señor Labouchere,[^10] el mismo pícaro astuto que defendió el bombardeo de Cantón alegando que, si la Cámara de los Comunes lo tachaba de injusto, el pueblo inglés tendría que estar preparado para pagar una factura de unos 5.000.000 de libras esterlinas a los comerciantes extranjeros cuyos bienes se habían destruido en Cantón, ese mismo Labouchere, en su mensaje a sus electores de Taunton, ignora por completo la política y funda sus pretensiones simplemente en las grandes hazañas de Bowring, Parkes y Seymour.

La observación de un periódico británico de provincias de que Palmerston no solo no tiene «una buena consigna para la tribuna electoral, sino que no tiene consigna alguna», es, pues, del todo exacta. Pero su caso no es en absoluto desesperado. Desde la votación de la Cámara de los Comunes, las circunstancias han cambiado por completo. El crimen local contra Cantón ha llevado a una guerra general con China. Solo queda la pregunta: ¿quién ha de proseguir la guerra? ¿No está el hombre que afirma que esta guerra es justa en mejores condiciones de impulsarla con vigor que sus adversarios, que van a las elecciones condenándola?

¿No embrollará Palmerston las cosas durante su interregno de tal modo que siga siendo el hombre insustituible?

¿Y no decidirá entonces la cuestión en su favor el mero hecho de que se libre una batalla electoral? Para la mayor parte de los cuerpos electorales británicos, tal como están compuestos hoy, una batalla electoral significa una batalla entre whigs y tories. Ahora bien, como él es el jefe efectivo de los whigs, y como su caída llevaría al poder a los tories, ¿no votará la mayor parte de los llamados liberales por Palmerston para que fracase Derby? Esas son las verdaderas consideraciones que guían a los partidarios del gabinete. Si sus cálculos son acertados, la dictadura de Palmerston, tolerada hasta ahora en silencio, quedaría proclamada abiertamente. La nueva mayoría parlamentaria debería su existencia a la profesión expresa de obediencia pasiva al ministro. Al llamamiento de Palmerston del Parlamento al pueblo podría seguir entonces, a su debido tiempo, un *coup d'état*, igual que siguió al llamamiento de Bonaparte de la Asamblea Nacional a la nación.[^11] Las mismas personas podrían enterarse entonces, para su pesar, de que Palmerston es un antiguo colega del gabinete Castlereagh-Sidmouth, que amordazó a la prensa, suprimió las reuniones públicas, suspendió el *habeas corpus*, dio al gobierno facultades para encarcelar y deportar a su antojo y, por último, hizo pasar a cuchillo al pueblo de Manchester porque protestaba contra las leyes de cereales.[^12]

[^1]: En el original, en inglés: «Stand between two churchmen, good my Lord; / For on that ground I'll make a holy descant». Shakespeare, *Ricardo III*, acto III, escena 7: Buckingham aconseja a Gloucester presentarse ante el alcalde y los ciudadanos de Londres flanqueado por dos obispos.
[^2]: Anthony Ashley Cooper, conde de Shaftesbury (1801-1885), cabeza del partido evangélico de la Iglesia anglicana y yerno de lady Palmerston, influyó en los nombramientos de obispos durante el gobierno de Palmerston.
[^3]: Shakespeare, *El rey Juan*, acto I, escena 1, y acto II, escena 1.
[^4]: William Burke, ejecutado en Edimburgo en 1829 por asesinar a varias personas para vender sus cadáveres a los anatomistas; de su nombre viene el verbo inglés *to burke*. Los *resurrection men*, «resurreccionistas», desenterraban cadáveres con el mismo fin.
[^5]: Píndaro, *Olímpicas*, I, 1.
[^6]: Alusión a la comedia de Goethe *Der Groß-Cophta* (1791), sobre el estafador Cagliostro.
[^7]: Cantón, Amoy (Xiamen), Fuzhou, Ningbo y Shanghái, abiertos al comercio extranjero por el tratado de Nankín de 1842.
[^8]: George Phipps, conde de Mulgrave (1819-1890), diputado whig.
[^9]: Robert Lowe (1811-1892), vicepresidente de la Junta de Comercio en el gabinete Palmerston, adversario declarado de la reforma electoral.
[^10]: Henry Labouchere (1798-1869), ministro de las Colonias en el gabinete Palmerston.
[^11]: El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851, que disolvió la Asamblea Nacional y convocó un plebiscito.
[^12]: Palmerston fue secretario de la Guerra (sin puesto en el gabinete) de 1809 a 1828, también en el gobierno de lord Liverpool, del que formaban parte lord Castlereagh y lord Sidmouth. Ese gobierno suspendió el *habeas corpus* en 1817 y en 1819, tras la matanza de Peterloo, en Manchester (16 de agosto), hizo aprobar las «Seis Leyes» contra la libertad de reunión y de prensa.
