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Title: Los asuntos financieros británicos (1857)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la investigación de la quiebra del Royal British Bank: el interrogatorio de su director y antiguo diputado Humphrey Brown como retrato de la sociedad respetable.
Author: Karl Marx
Date: 1857-05-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Los%20asuntos%20financieros%20brit%C3%A1nicos
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 1 de mayo de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5015, del 16 de mayo de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 198-201), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Die%20britischen%20Finanzaff%C3%A4ren).*

Londres, 1 de mayo de 1857

La investigación de los secretos del Royal British Bank[^1] por el tribunal de quiebras toca a su fin, y quizá no se haya visto desde los tiempos de la caída de Hudson, el rey de los ferrocarriles,[^2] una revelación más completa de la desconsideración, la hipocresía, los fraudes y las infamias que se ocultan tras la fachada dorada de una sociedad respetable. Uno de los caballeros que han acabado en la picota de la opinión pública es el señor Humphrey Brown, antiguo diputado por Tewkesbury, a quien el *Dod's Parliamentary Companion for 1855*[^3] describe «como comerciante», «activo promotor de los ferrocarriles», «conocido estadístico de los ferrocarriles y experto en transportes», «promotor de los principios del librecambio en el sentido *más verdadero*» y, «por añadidura, liberal». Inmediatamente después de la quiebra del Royal British Bank se supo que esta influyente personalidad había aprovechado su puesto de director para estafar al banco unas 70.000 libras esterlinas, lo que no le impidió, sin embargo, seguir ejerciendo sus habituales funciones públicas. Humphrey Brown siguió compareciendo tranquilamente en la Cámara de los Comunes y en los estrados de los «Great Unpaid».[^4] Incluso dio expresión pública a su elevado sentido de la responsabilidad social imponiendo, como juez de paz de un condado, la pena más dura que permitía la ley a un pobre carretero que por casualidad se había apropiado de una pequeña cantidad de patatas, y largando al acusado un untuoso sermón sobre lo abominable de abusar de la confianza. Un periódico de Tewkesbury se creyó autorizado a censurar en esa ocasión aquella singularidad de las instituciones británicas que hace a los grandes ladrones jueces de los pequeños. Entonces el señor Brown amenazó no solo con llevar a juicio al infortunado periodista, sino también con dar la espalda para siempre a la buena ciudad de Tewkesbury si sus habitantes no expiaban el crimen contra la inocencia ofendida con un acto solemne de arrepentimiento. Después tuvo lugar una solemne procesión que entregó a la «víctima de una conspiración sin escrúpulos» un obsequio honorífico que compensaba sus defectos artísticos con su peso en metal, a juzgar por las descripciones que aparecieron entonces en los periódicos. El señor Brown arengó a la multitud desde su balcón, se embolsó el obsequio, declaró que solo el juramento que le obligaba a guardar silencio sobre los asuntos del British Bank impedía que su inocencia brillara tan clara como el sol del mediodía, y terminó su discurso llamándose a sí mismo un hombre contra quien se pecaba más de lo que él pecaba.[^5] En las últimas elecciones parlamentarias volvió a presentarse como candidato por su cómodo distrito, pero el gabinete, del que siempre se había mostrado leal partidario, fue tan desagradecido que lo dejó caer.

El 29 de abril este pomposo caballero se sintió por fin libre del yugo del juramento que hasta entonces había sellado sus labios y le había condenado a soportar el oprobio de una calumnia ignominiosa, y el juez comisionado del tribunal de quiebras le sirvió de confesor. En las sociedades por acciones rige como regla general que sus directores deben poseer cierta parte de sus acciones. El señor Brown invirtió el orden habitual de las cosas y se hizo primero director y después accionista; pero, una vez en posesión de las acciones, se ahorró pagarlas. Llegó a poseerlas mediante el siguiente método, muy sencillo: el señor Cameron, el gerente prófugo del British Bank, le entregó veinte acciones por valor de 1.000 libras esterlinas, mientras que él (Brown) entregaba al señor Cameron un pagaré por 1.000 libras esterlinas, guardándose bien de pagar nunca un solo chelín a cuenta de él. Hecho director en febrero de 1853, comenzó en marzo sus operaciones bancarias. Depositó en el banco la modesta suma de 18 libras y 14 chelines, y ese mismo día tomó prestadas sobre ella 2.000 libras esterlinas contra un pagaré, demostrando a la vez que no era un novato en la dirección de sociedades por acciones. De hecho, antes y después de su vinculación con el Royal British Bank honró con su gestión directiva a la privilegiada Compañía Australiana de Importación y Refino, a la Sociedad de Ladrillos y Baldosas Impermeables Patentados y de Ladrillos y Baldosas Comunes, a la Compañía de Aguas del Wandle, a una sociedad inmobiliaria, a una sociedad de astilleros; en una palabra, a sociedades para los cuatro elementos. Cuando el señor Linklater, abogado de los cesionarios,[^6] le preguntó qué había sido de todas esas sociedades, Brown respondió acertadamente: «Entretanto han ido a pique». Su cuenta en el British Bank, que abrió con un saldo a favor de 18 libras y 14 chelines, terminó con una deuda de 77.000 libras esterlinas. Todos esos préstamos los concedió el señor Cameron sin «haber recabado el consentimiento de los demás directores».

> «El funcionario gerente de la sociedad», dice el señor Brown, «es, qué le vamos a hacer, aquel por cuyas manos pasan todos los negocios. Ese era el procedimiento habitual de este banco, y», añade aleccionador, «es un procedimiento muy sano».

Evidentemente, toda la empresa —gobernadores, directores, gerentes, abogados y contables— se hacía el juego mutuamente según un plan premeditado, y cada cual aparentaba no saber nada de la parte del botín que correspondía a cada socio. Es más, el señor Brown casi quisiera dar a entender que, como director del banco, apenas era consciente de sus propios actos como cliente del mismo. En cuanto a los clientes que no pertenecían al personal directivo, el señor Brown parece sufrir todavía durante su interrogatorio la dolorosa impresión de que algunos de ellos se atrevieran a arrogarse los privilegios de los directores. Así dice de un tal señor Oliver:

> «No tengo reparo en decir que Oliver estafó al banco 20.000 libras esterlinas. Es una expresión muy dura, pero no dudo de que está justificada. Era un estafador».

A la pregunta del señor Linklater: «¿Y qué era usted?», responde tranquilamente: «Por desgracia, un director insuficientemente informado». Todas sus respuestas las da con la misma calma. Por ejemplo, la ridícula desproporción entre sus depósitos y los créditos que recibió en letras da lugar al siguiente curioso diálogo entre él y el señor Linklater:

> Señor Linklater: «¿No era una de las condiciones habituales del banco que nadie tuviera cuenta de descuento si no tenía también cuenta corriente, y que en la cuenta corriente se mantuviera siempre un saldo de una cuarta parte de las letras que corrían en su descuento?».

> Señor Brown: «Es cierto; era el sistema escocés, según me dijeron».

> Señor Linklater: «¿Y usted no adoptó ese sistema?».

> Señor Brown: «No, no era fiable».

Siempre que el señor Brown se dignaba ofrecer garantías al banco, consistían en pagarés o en barcos, y al mismo tiempo se cuidaba mucho de pignorarlos ante otras personas; en general disponía con bastante desenvoltura de las garantías, cosa que el juez llamó sin rodeos «transacciones sumamente fraudulentas». En el fondo, el señor Brown había cerrado su cuenta en el banco el 1 de marzo de 1856, o, mejor dicho, la dirección había decidido no permitirle seguir inflando sus deudas. Pero observamos que el 7 de junio vuelve a sacar 1.020 libras esterlinas. A la pregunta del señor Linklater de «por qué arte de birlibirloque había logrado ese asunto», responde con sangre fría: «No fue difícil».

De la siguiente carta, que dirigió a su amigo del alma, el señor Cameron, puede deducirse su innoble opinión sobre la tormenta de indignación que han provocado en la prensa pública las revelaciones sobre el Royal British Bank:

> *«Little Smith Street, Westminster, 5 de octubre de 1856*

> *Estimado señor Cameron:* Como no sé dónde se encuentra usted en este momento, aprovecho la ocasión de enviarle esta carta por medio de un miembro de su familia. Como las malas noticias corren deprisa, supongo que no le serán ajenos los improperios con que nos colman todos los periódicos, grandes y pequeños, y de los que usted y yo nos llevamos la parte del león. Tengo algún motivo para creer que los artículos sumamente violentos del *Times* los han instigado uno o dos de nuestros accionistas, y con ayuda del contable. Ignoro por completo lo que está ocurriendo, salvo por los informes públicos, de cuya lectura casi debo deducir que nunca antes nadie debió dinero alguno a un banco, que todas las noticias anteriores se dieron por error y que toda la furia del *Times* se ha reservado expresamente para ofendernos personalmente a nosotros… No me he reunido con ninguno de los demás directores desde que el banco suspendió sus actividades, cosa que se hizo de un modo bastante chapucero.

> Su afectísimo, *Humphrey Brown*».

¡Como si «nunca antes nadie debió dinero alguno a un banco»! El señor Brown considera evidentemente toda la indignación moral dirigida contra él y sus socios como mera hipocresía convencional. «¡Todo es ladrón!». Eso dice Timón,[^7] y lo mismo dice el señor Brown, que parece convencido en lo más hondo de su alma de que cada miembro de la llamada sociedad respetable dice lo mismo. Todo consiste en no ser un ladrón pequeño.

[^1]: Banco por acciones fundado en Londres en 1849, que quebró en septiembre de 1856; sus directores fueron procesados por fraude.

[^2]: George Hudson (1800-1871), magnate de los ferrocarriles cuya ruina en 1849 destapó grandes fraudes contables.

[^3]: Anuario biográfico de los miembros del Parlamento, publicado por Charles Dod desde 1832.

[^4]: «Los grandes no pagados»: apodo de los jueces de paz, que ejercían el cargo sin sueldo.

[^5]: Eco de las palabras del rey Lear: «Soy un hombre contra quien se ha pecado más de lo que él ha pecado» (Shakespeare, *El rey Lear*, acto III, escena 2).

[^6]: Los síndicos a quienes se había cedido el activo de la quiebra.

[^7]: Shakespeare, *Timón de Atenas*, acto IV, escena 3: «Each thing's a thief».
