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Title: Revelaciones interesantes (1857)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el discurso de O'Donnell en el Senado español del 18 de mayo de 1857, que deja a Narváez al descubierto como cómplice secreto del pronunciamiento de 1854, con una traducción del discurso.
Author: Karl Marx
Date: 1857-05-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1857%20Revelaciones%20interesantes
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 26 de mayo de 1857 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5038, del 12 de junio de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 216-221), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El discurso de O'Donnell, que Marx tradujo al inglés, se da aquí según esa versión y no según el texto original español. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1857%20Interessante%20Enth%C3%BCllungen).*

Londres, 26 de mayo de 1857

El discurso de O'Donnell del 18 de mayo en el Senado español contiene revelaciones sumamente curiosas sobre la historia secreta de la España contemporánea. Después de que su traición a Espartero y su golpe de Estado[^1] abrieran el camino a Narváez,[^2] los polacos[^3] intentan ahora, a su vez, librarse de este. Con ese fin, el 18 de mayo, durante los debates del Senado sobre la contestación al discurso de la Corona, se hizo salir al general Calonge, que había participado él mismo en 1843 en el pronunciamiento militar de los partidarios de Cristina y era capitán general de Pamplona al estallar la revolución de 1854,[^4] para que propusiera una serie de enmiendas al párrafo que recomendaba una amnistía general. Atacó con violencia los levantamientos militares en general y el de 1854 en particular, y pidió «que la política de reconciliación no llegara al extremo de alentar a *perturbadores incorregibles* concediéndoles una impunidad absoluta». Este golpe, urdido por los amigos de Sartorius, iba dirigido tanto contra O'Donnell como contra el duque de Valencia (Narváez). Los polacos se habían enterado, en efecto, de que O'Donnell aprovecharía la primera ocasión para denunciar a Narváez como su cómplice secreto en el alzamiento del Campo de Guardias.[^5] Por consiguiente, el general Calonge brindó a O'Donnell esa ocasión. Para conjurar la explosión que amenazaba, Narváez se arriesgó a una maniobra desesperada. Él, el hombre del orden, justificó la revolución de 1854, que, según dijo, «estuvo animada del más sublime patriotismo y fue provocada por los excesos de los gabinetes anteriores». Así, Narváez, el jefe del gobierno, apareció en el Senado como *advocatus diaboli*, como defensor de la revolución y del levantamiento militar, en el mismo momento en que el señor Nocedal,[^6] ministro de la Gobernación, proponía a las Cortes una draconiana ley de imprenta. Pero en vano. En la siguiente sesión del Senado, el 18 de mayo,[^7] Narváez, obligado por los polacos a retirar su censura de los «gabinetes anteriores», tuvo que retorcerse a la vez bajo las indiscretas revelaciones de O'Donnell, cuya verdad él mismo reconoció al quejarse de que «O'Donnell había divulgado conversaciones privadas y confidenciales» y al preguntar «¡qué confianza podía ponerse ya en la amistad!». A los ojos de la corte, Narváez es ahora un rebelde convicto, y dentro de poco tendrá que ceder el sitio a Bravo Murillo y Sartorius, seguros precursores de una nueva revolución.

Lo que sigue es una traducción literal del discurso de O'Donnell:

> «*O'Donnell*: No puedo seguir callado en esta discusión eminentemente política, tras los importantes acontecimientos ocurridos desde la última sesión del Senado. El papel que he desempeñado en esos acontecimientos me obliga a hablar. Como jefe del alzamiento del Campo de Guardias, como autor del programa de Manzanares, como ministro de la Guerra en el gabinete del duque de la Victoria,[^8] llamado dos años después por la Corona en circunstancias solemnes para salvar a la Corona y a la sociedad en peligro, y lo bastante afortunado para alcanzar ese fin sin verme obligado, después de la lucha, a derramar una gota de sangre ni a dictar una sola sentencia de destierro, me habría sentido obligado de todos modos a tomar parte en la discusión en curso. Pero sería un crimen guardar silencio tras las acusaciones que el general Calonge ha dirigido contra mí y contra los dignos generales que estuvieron unidos a mí durante dos años y ayudaron en los días de la crisis a salvar a la sociedad y a la Corona. El general Calonge ha calificado de rebelión el alzamiento del Campo de Guardias. ¿Por qué razón? ¿Tan pronto ha olvidado todos los acontecimientos que lo precedieron y que, llegado el momento, habrían arrojado al país a una revolución que no habría podido sofocarse? Doy las gracias al presidente del Consejo por la energía con que ha rechazado la acusación del general Calonge. Es cierto que con ello ha mostrado la energía de un hombre que defiende su propia causa». (Gran sensación). «Como me veo obligado a entrar en detalles indispensables para justificar este hecho, y como deseo sobre todo excluir de estos debates todo lo que pudiera tener un aire personal, agradecería que el presidente del Consejo tuviera a bien responder a las siguientes preguntas: ¿Es verdad que el duque de Valencia estaba unido desde 1852 por estrechos lazos con los generales de Vicálvaro? ¿Es verdad que desde el cierre del Senado tras la votación de los ciento cinco[^9] estaba informado de todas sus empresas? ¿Es verdad que tenía la intención de unirse a ellos para ejecutar sus planes? ¿Es verdad que, aunque se lo impidieron motivos que respeto, envió después a uno de sus ayudantes para felicitarnos por nuestra victoria?

> *Narváez*: Tras las palabras que me ha dirigido el conde de Lucena,[^10] debo declarar que no tuve parte alguna en todo lo que él planeó y después ejecutó, en la forma en que lo planeó y lo ejecutó, fueran cuales fueran nuestras relaciones anteriores.

> *O'Donnell*: El presidente del Consejo ha respondido del modo que ha creído más oportuno. Me habría gustado no verme obligado a dar más explicaciones, pero, puesto que se me apremia a ello, las daré. Todo el mundo sabe que en 1852 reinaba en la política la más profunda calma. Por desgracia para el gobierno y para el país, empezó entonces a susurrarse por primera vez la palabra “reforma constitucional”. Los señores senadores recordarán la agitación que provocó el temor a un golpe de Estado. No habrán olvidado las numerosas reuniones que se celebraron entonces entre personalidades políticas y en las que se acordó una exposición a la reina. Esa exposición reunió muchas firmas, pero no se entregó. Se convocaron las Cortes, y a los pocos días la *Gaceta* publicó los proyectos que causaron tal efecto en esta misma Cámara que el gobierno sufrió una grave derrota en la elección del presidente. Las Cortes fueron entonces disueltas. Se reunieron luego los hombres más importantes del partido moderado para protestar contra esa medida, y el duque de Valencia fue nombrado presidente de la reunión. Por temor a que el gobierno impidiera esas reuniones, se formó un comité, de cuya presidencia volvió a ser elegido el duque de Valencia y en el que los señores Mon, Pidal[^11] y otras personalidades importantes fueron los miembros más activos. Además de la protesta, en ese comité se discutió la legalidad de las nuevas elecciones. Dos o tres días después de la partida del duque de Valencia hacia Bayona dimitió el gabinete de Bravo Murillo. Al señor Bravo Murillo le sucedió el conde de Alcoy. La oposición siguió siendo la misma, y cuando se reunieron las Cortes se presentó al Senado un manifiesto redactado por el duque de Valencia. El Senado lo rechazó, pero después se vio claramente que la oposición estaba adquiriendo ya grandes proporciones. Al gabinete del conde de Alcoy le siguió el del general Lersundi, y después se formó el ministerio del conde de San Luis.[^12] Lamento verme obligado a entrar en ciertos detalles, pero ha llegado el momento en que debo hablar de mis propias relaciones políticas con quienes se unieron a mí en el Campo de Guardias. Antes del regreso del duque de Valencia a España recibí —y todos recibimos— a uno de sus hombres de confianza, con el que había tenido una larga conversación y al que, lamentando la deplorable situación a que se había llevado al país y expresando sus temores por los peligros que amenazaban al trono y a la Constitución, había dicho que solo quedaba una salida: la apelación a la fuerza». (Gran agitación). «El ministerio de Sartorius autorizó el regreso del duque de Valencia a España. Fue primero a Madrid y después se retiró a Aranjuez. Allí tuvimos una entrevista con él. Nos comunicó sus sentimientos patrióticos, que estoy dispuesto a admirar, aunque no pueda apoyar al gabinete que actualmente preside. Nos declaró que la situación hacía inevitable el empleo de la fuerza, que por motivos particulares no podía ser el primero en presentarse, pero que la segunda espada que se desenvainara sería la suya, y añadió que, en el estado actual de las cosas, el levantamiento de dos regimientos de caballería bastaría para decidir la revolución. Esta declaración se nos hizo del modo más categórico. Se abrieron las Cortes. Plenamente convencido de que todos los medios legales serían inútiles, el duque de Valencia, en lugar de acudir al Senado y ponerse al frente de la oposición, se retiró a Loja. Todo el mundo sabe lo que ocurrió entonces en las Cortes; todos recuerdan la famosa votación de los ciento cinco. Pese a ello, el gobierno no creyó oportuno dimitir. Se cerraron las Cortes, y entonces empezó un régimen de persecuciones inauditas. Los generales que habían votado contra el gabinete, los políticos más destacados, los periodistas de la oposición fueron desterrados; se anunciaron cambios esenciales en todos los terrenos, se decretó el empréstito forzoso; en una palabra, el gobierno se puso a sí mismo fuera de la ley. Ahora yo les pregunto: ¿se atreven a afirmar que en este país, donde todos los partidos, cuando están en la oposición, han conspirado siempre, haya habido jamás una revolución más legítima que la de 1854? En cuanto a mí, salí de la modesta vivienda en que había permanecido escondido seis meses. Salí a caballo, acompañado de algunos generales y de algunos regimientos, con el propósito de derribar a un gobierno que pisoteaba tan vergonzosamente una Constitución que yo había jurado defender como general y como senador. Llegamos a Vicálvaro, donde, para gran pesar mío, se había entablado el combate. No hubo vencedores ni vencidos. En ambos bandos los soldados lucharon admirablemente. La guarnición tuvo que volver a Madrid, mientras nosotros nos quedábamos en Vicálvaro. Al día siguiente, como estaba convenido con el duque de Valencia, marchamos por Aranjuez en dirección a Andalucía. En la provincia de Jaén se encontraba el general Serrano,[^13] que nos había prometido su apoyo. Llegamos a Manzanares, donde se nos unió, declarando que todos los que habían prometido seguirle se habían escabullido y que venía solo a compartir nuestra suerte. Precisamente en ese momento publiqué un manifiesto, y, como no tengo la costumbre de renegar de mis propios actos, contaré lo que se preparaba en ese momento. Por medio de emisarios estaba informado de todos los sucesos de Madrid. Todos los hombres importantes del partido moderado tenían parte en el movimiento. Solo que ocurrió lo que suele ocurrir: que al planear una cosa se puede contar con la adhesión de un gran número de personas, de las cuales las más celosas desaparecen cuando suena la hora de actuar. Se me dijo que no era probable que nos apoyara el pueblo, al que el ministerio intentaba convencer de que el movimiento había nacido de rencillas puramente personales y carecía de todo principio político firme. Ese fue el motivo de la publicación del manifiesto de Manzanares, que contenía dos puntos importantes:

> la *reforma constitucional*, tal como la propuse después en mi calidad de presidente del Consejo de Su Majestad, y la

> *Milicia Nacional*, no como se organizó en realidad, sino como yo quería configurarla, como un verdadero elemento de orden.

> Salimos de Manzanares y escribimos al duque de Valencia una carta firmada por mí y por otros cuatro generales en la que declarábamos que, si se ponía a nuestra disposición, lo nombraríamos nuestro comandante en jefe. El duque nos envió a un ayudante con el recado de que había caído enfermo y estaba estrechamente vigilado. Se ha dicho que estábamos decididos a huir a Portugal. Es falso. Habíamos decidido, por el contrario, retirarnos a Sierra Morena, situar nuestra caballería en Barrios, detener todos los carros cargados de provisiones y aprovechar la primera ocasión para presentarnos ante Madrid, cuando de pronto se nos comunicó la noticia de la caída del gabinete de Sartorius y del llamamiento de la reina al duque de la Victoria. Desde ese momento mi misión había terminado. El general San Miguel,[^14] ministro interino, me envió la orden de volver a Madrid. Obedecí con la firme resolución de no entrar en el gabinete. La Corona había llamado[^15] al duque de la Victoria, con quien yo había roto toda relación desde 1840. Los mismos hombres que me acusaron después de haber entrado en su gabinete vinieron a verme la misma noche de mi llegada a Madrid y me conjuraron a aceptar el cargo de ministro de la Guerra como único medio de salvar el orden y la sociedad. Todos esos hombres pertenecían al partido moderado. Fui a ver al duque de la Victoria, y en este punto de mi relato me encontraría muy apurado si su propio manifiesto no me autorizara a rechazar acusaciones malintencionadas. Espartero me abrazó cordialmente y me dijo que había llegado el momento de enterrar toda discordia entre españoles, que se había vuelto imposible gobernar con un solo partido y que era su firme resolución dirigirse a todos los hombres de influencia y de moralidad. Observé la situación de Madrid. Las barricadas seguían en pie, la guarnición era muy pequeña, pero el pueblo, siempre sensato, me inspiraba gran confianza. Mi segundo encuentro con Espartero fue bastante frío; me ofreció la cartera de Estado y la de Ultramar. Le di a entender que, si entraba en el gabinete, rechazaría cualquier otro puesto que no fuera el de ministro de la Guerra. Entonces me dijo que yo era el hombre más indicado de todos para desempeñar las funciones de capitán general de Cuba. Le respondí que no deseaba volver a La Habana, puesto que ya había servido allí en ese cargo,[^16] y que antes me retiraría a la vida privada; pero le rogué encarecidamente que formara de inmediato un ministerio y no expusiera más tiempo a la nación a los peligros de una situación provisional. Poco después, el general Salanza, nombrado en un principio ministro de la Guerra, me invitó en nombre de Espartero a aceptar el cargo de ministro de la Guerra, y esa misma noche juré el cargo junto con mis colegas. Para mí solo había dos caminos: o abandonar la revolución a sí misma hasta que sus propios excesos provocaran una reacción, o detenerla en su curso. El primer papel era el más fácil; mi honor y el interés del país me hicieron asumir el segundo. No me arrepiento. Nuestra primera discusión versó sobre las Cortes Constituyentes. El señor Collado, que se encuentra entre nosotros, conoce todas nuestras discusiones sobre este punto. Nuestros esfuerzos fracasaron. Se firmó el decreto de convocatoria de las Cortes. Las elecciones generales no se hicieron, como dijo el señor Pidal, bajo la presión del gobierno, sino con una libertad ilimitada. La mayoría de los diputados eran hombres que deseaban sinceramente el bien del país. Con un gobierno resuelto, la Constitución se habría implantado en cuatro meses. Pero la proverbial debilidad de carácter de Espartero, no como militar, sino como político, hizo imposible toda acción del gobierno. No seguí en el ministerio porque quisiera traicionar a mis colegas, como cree equivocadamente el duque de la Victoria. Me mantuve en mi puesto por los mismos motivos por los que lo había aceptado: me quedé para impedir el desbordamiento de la revolución».

Tras una defensa muy torpe de su golpe de Estado, O'Donnell terminó su discurso declarando que no podía apoyar al gabinete del mariscal Narváez «desde que había anunciado su intención de seguir una línea política que no está en consonancia con el régimen representativo».

[^1]: En julio de 1856 O'Donnell, ministro de la Guerra del gobierno de Espartero, provocó la caída de este, aplastó la resistencia de la Milicia Nacional en Madrid y puso fin al bienio progresista; en octubre la reina lo sustituyó por Narváez.

[^2]: Ramón María Narváez (1799-1868), duque de Valencia, jefe del partido moderado, presidente del Consejo de ministros desde octubre de 1856.

[^3]: Apodo de los seguidores de José Luis Sartorius (1820-1871), conde de San Luis, jefe del gobierno moderado derribado por la revolución de 1854.

[^4]: La revolución de julio de 1854, que empezó con el pronunciamiento de O'Donnell en Vicálvaro (la Vicalvarada) y llevó a Espartero al poder. El pronunciamiento de 1843, de progresistas disidentes y moderados, había derribado la regencia de Espartero; María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, había sido regente de 1833 a 1840.

[^5]: El 28 de junio de 1854 O'Donnell y Dulce sacaron las tropas sublevadas del Campo de Guardias, junto a Madrid, y al día siguiente combatieron en Vicálvaro.

[^6]: Cándido Nocedal (1821-1885), ministro de la Gobernación en el gabinete de Narváez de 1856-1857.

[^7]: La MEW da dos veces la fecha del 18 de mayo.

[^8]: Baldomero Espartero (1793-1879), duque de la Victoria, presidente del Consejo de 1854 a 1856.

[^9]: En diciembre de 1853 el Senado votó contra el gobierno de Sartorius por 105 votos; el gobierno suspendió las Cortes y desterró a varios de los generales que habían votado en contra.

[^10]: Leopoldo O'Donnell (1809-1867), conde de Lucena.

[^11]: Alejandro Mon (1801-1882) y Pedro José Pidal (1799-1865), dirigentes del partido moderado.

[^12]: Juan Bravo Murillo (1803-1873) presidió el gobierno de 1851 a diciembre de 1852; le sucedieron Federico Roncali, conde de Alcoy, Francisco Lersundi y, en septiembre de 1853, Sartorius, conde de San Luis.

[^13]: Francisco Serrano (1810-1885), luego duque de la Torre.

[^14]: Evaristo San Miguel (1785-1862), que encabezó en Madrid la junta formada durante las jornadas de julio de 1854.

[^15]: La MEW dice «entfernt» («había apartado»), lo que no encaja con el sentido; se traduce según el contexto.

[^16]: O'Donnell había sido capitán general de Cuba de 1843 a 1848.
