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Title: Aspern (1858)
Description: Relato de Engels de la batalla de Aspern y Essling (mayo de 1809), la primera derrota de Napoleón, infligida por el archiduque Carlos.
Author: Friedrich Engels
Date: 1858
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Aspern
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels entre el 14 de julio y el 10 de agosto de 1857 y publicado sin firma en* The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge *(Nueva York, D. Appleton and Company), tomo II, 1858, págs. 221-223. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 61-67, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras.* [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Aspern)

ASPERN Y ESSLING, un pueblo y una aldea en la orilla norte del Danubio, aquel a una media legua y esta a unas 2 leguas aguas abajo de Viena, situados en la gran llanura de prados del Marchfeld, que se extiende desde el río hasta las alturas boscosas del Bisamberg; célebres por los 2 días de terribles combates entre franceses y austriacos del 21 y el 22 de mayo de 1809 y por la primera derrota del emperador Napoleón, que fue batido aquí y obligado a retirarse por el archiduque Carlos. Al comienzo de la campaña, Napoleón, con el Gran Ejército, se había abierto paso por el Tirol, remontando los ríos Inn e Isar; había derrotado al archiduque en Eckmühl; lo había obligado a pasar el Danubio, hacia las montañas de Bohemia, en Ratisbona, que tomó por asalto, interponiéndose así entre el ejército austriaco y la capital; y luego, destacando a Davout con 40.000 hombres para entretener al general imperial, había bajado por el Danubio y se había adueñado de Viena, mientras desde el lado de Italia sus lugartenientes, Eugène de Beauharnais y Macdonald, avanzaban victoriosos por Dalmacia, Carniola y el valle del Mur, donde Jellačić fue derrotado duramente, para reunirse con su jefe. Entretanto, el archiduque Carlos, que desde su derrota en Eckmühl había ido bajando despacio por la orilla norte del río, con la esperanza de encontrar ocasión de combatir con ventaja y salvar el imperio bajo los muros mismos de la capital, se apostó con su ejército en el Bisamberg, frente a la isla de Lobau y a otro islote menor que dividen aquí el Danubio en 4 brazos. El archiduque estaba al frente de 100.000 hombres y esperaba de un momento a otro la llegada de su hermano, el archiduque Juan, con otros 40.000, que habrían subido a 60.000 si ese príncipe se hubiera reunido, como se le había ordenado expresamente, con Kolowrat en Linz, y que habrían ocupado una posición de lo más dominante a retaguardia de Napoleón, sobre la línea principal de sus comunicaciones. El propósito de Napoleón, que había concentrado bajo sus órdenes directas 80.000 soldados admirables listos para entrar en campaña, entre ellos la guardia imperial y la caballería de reserva de Bessières, era cruzar el Danubio y dar batalla al archiduque, con la esperanza de aplastarlo antes de que le llegaran los refuerzos. Con este fin tendió sobre el río, desde la orilla derecha hasta la isla de Lobau, un puente de materiales muy sólidos, apoyado en 68 grandes barcas y 9 enormes balsas, y desde Lobau hasta el Marchfeld, a medio camino entre las aldeas de Aspern y Essling, otro más ligero de pontones; y en la mañana del 21 empezó a pasar sus tropas con la mayor presteza y diligencia. El general austriaco, desde su posición en la montaña, advirtió la temeridad de la maniobra, con la que el emperador hacía pasar su enorme hueste por un río ancho y rápido mediante un solo puente, que solo permitía un desfile lento y gradual de los hombres de todas las armas por su largo y estrecho camino, difícil para la caballería y más aún para la artillería, y que, si se veía obligado a retirarse, apenas ofrecía posibilidad de salvar el ejército; y, al advertirlo, resolvió aprovechar enseguida la ocasión de aplastar la mitad de la hueste francesa en la orilla norte mientras el resto del ejército estaba pasando o se hallaba aún en la orilla sur. Tras ordenar a Kolowrat, a Nordmann y a los demás oficiales que mandaban río arriba que prepararan barcas cargadas de materiales pesados y de combustibles para destruir los puentes llegado el momento, el archiduque mantuvo su gran ejército fuera de la vista, ordenando a su caballería y a sus puestos avanzados que opusieran solo una resistencia nominal y se replegaran luego ante el avance de los franceses, que mandaba Masséna, hasta que a las 12 el movimiento del enemigo estuvo lo bastante desarrollado, con más de 40.000 franceses ya en la orilla norte, para justificar que tomara la iniciativa. A esa hora, bajando de las alturas boscosas del Bisamberg con 80.000 hombres, de ellos 14.000 de espléndida caballería, y 288 cañones, se lanzó sobre el enemigo, haciendo de las 2 aldeas de Aspern y Essling, en los flancos de Napoleón, los puntos principales de su ataque; el espacio central entre esos 2 lugares fuertes, construidos de piedra, con tapias de huertos y muchos cercados, lo ocupaban las tremendas baterías austriacas, guardadas sobre todo por caballería, con la infantería de Hohenzollern en reserva detrás. La lucha en los dos ataques de flanco fue terrible, y la furia de los asaltos y la obstinación de la defensa casi no tienen igual en la historia de la guerra. Las dos aldeas fueron tomadas y perdidas varias veces, y tan terriblemente asolaba la artillería austriaca las líneas francesas que Napoleón ordenó una gran carga de caballería para tomar las baterías si era posible. Los soberbios coraceros franceses de la guardia cargaron con su habitual valor impetuoso, derrotaron a la caballería austriaca y se habrían apoderado de los cañones si no los hubieran retirado a toda prisa y si la infantería no hubiera formado en cuadros, que, como luego en Waterloo, desafiaron todos los intentos de romper su impenetrable formación y acabaron rechazando a los jinetes y obligándolos a volver, destrozados y diezmados, a sus propias líneas. Entretanto, los imperiales[^1] tomaron Aspern, y su centro ganaba terreno poco a poco pero de modo irresistible, pese a la valerosa abnegación de los coraceros, que cargaron una y otra vez con un número cada vez menor y fueron los únicos que impidieron que se rompieran las líneas francesas. La noche trajo una breve tregua; pero los franceses habían sufrido una derrota decidida en batalla campal: su flanco izquierdo estaba rebasado, su centro rechazado casi hasta los puentes, y aunque Essling, a su derecha, había sido defendido por la bravura de Lannes, estaba rodeado por los austriacos, que dormían sobre las armas entre los muertos franceses, esperando solo la vuelta de la luz para reanudar sus operaciones ofensivas. Durante toda la noche, sin embargo, fuerzas de refresco desfilaron por los puentes y desembocaron en el Marchfeld, y al amanecer, tras todas las pérdidas del día anterior, Napoleón tenía en línea 70.000 hombres cumplidos, mientras Davout empezaba a cruzar al frente de otros 30.000[^2]. La batalla comenzó con nuevos ataques contra las dos aldeas disputadas; los imperiales tomaron Essling y los franceses recuperaron Aspern. Ambas aldeas fueron escenario de combates desesperados todo el día, y las dos fueron tomadas y perdidas varias veces a la bayoneta, pero al final quedaron en manos de los austriacos, que por la tarde adelantaron su artillería más allá de ambos lugares y llegaron a cruzar sus fuegos sobre la retaguardia de los franceses. Pero durante estos sangrientos combates, Napoleón, a quien el enorme aumento de sus fuerzas liberaba de la necesidad de actuar a la defensiva, recurrió a su maniobra favorita de un ataque abrumador contra el centro. Al frente de una enorme columna de más de 20.000 infantes, precedidos por 200 cañones y con una tremenda fuerza de caballería detrás, lanzó a Lannes y a Oudinot directamente contra el centro austriaco, donde las líneas parecían más débiles, entre la izquierda de Hohenzollern y la derecha de Rosenberg. Al principio este tremendo ataque pareció tener un éxito completo: las líneas austriacas fueron forzadas; se abrió una enorme brecha entre Rosenberg y Hohenzollern, por la que irrumpió la caballería con espantosa furia y se abrió paso hasta las reservas del príncipe de Reuss, muy a retaguardia; y ya corría la voz de que la batalla estaba perdida. Pero el archiduque Carlos estuvo a la altura del peligro: los granaderos de reserva acudieron a paso ligero y formaron en cuadros al tresbolillo; los numerosos dragones del príncipe Liechtenstein llegaron al galope detrás de ellos, y, con la bandera del cuerpo de Zach en la mano, el valeroso príncipe restableció la batalla. La terrible columna de Lannes no pudo avanzar más; detenida, empezó a cambiar descargas con los cuadros, y, incapaz de desplegarse, fue aplastada por el fuego concentrado de las baterías, que tiraban sobre ella a media distancia de fusil. En vano la caballería cargó a fondo contra las bayonetas de los cuadros, pues ni un solo cuadro vaciló ni se rompió; y por fin los dragones austriacos de la reserva, llegando con grandes gritos, cargaron a su vez contra los coraceros, los derrotaron, los rechazaron en desorden sobre su infantería y completaron la confusión. Inmediatamente después de este rechazo, Hohenzollern rompió las líneas francesas a la derecha del centro con 6 regimientos húngaros de granaderos y lo arrolló todo hasta la retaguardia de Essling, que, como Aspern, fue tomada definitivamente por los imperiales. Desde estas aldeas, como el centro austriaco lo barría ya todo por delante pese a los esfuerzos sin igual del ejército francés, que estaba ya en plena retirada hacia la isla de Lobau, las baterías austriacas cruzaron sus fuegos con efecto mortal sobre los puentes, y cada disparo hacía blanco en las apiñadas masas de hombres y caballos. Entretanto, para aumentar los peligros de los franceses, el puente que unía la isla con la orilla sur fue roto por los brulotes y las balsas austriacos, y toda escapatoria de la isla se hizo por el momento imposible. Aun así, con una firmeza sin ejemplo, la retaguardia francesa contuvo a los austriacos hasta que, a medianoche, una vez retirados del campo de batalla a la isla los últimos enemigos, cesó el trueno de las baterías austriacas y los artilleros, exhaustos, se durmieron junto a sus piezas, rendidos por las fatigas de aquella jornada sin igual y gloriosa. Los vencedores enterraron en el campo de batalla a siete mil franceses; 29.793 fueron llevados a Viena, heridos y prisioneros. Lannes y Saint-Hilaire fueron heridos de muerte y murieron pocos días después. Por parte de los imperiales murieron 87 oficiales superiores y 4.200 soldados, además de 16.300 heridos. Pero la victoria, ganada bajo los muros mismos de la capital y casi a la vista de ella, fue completa; el enemigo, roto, derrotado y desmoralizado, quedó encerrado en los estrechos límites de la isla de Lobau, y si el archiduque Juan, obedeciendo sus órdenes, hubiera aparecido a retaguardia de los franceses con 60.000 hombres de refresco la mañana siguiente a la derrota de Aspern, sería difícil decir cuál no habría podido ser el resultado. Pero la hora de Napoleón no había llegado aún, y las naciones estaban todavía condenadas a sufrir 4 años más antes de que la caída final del coloso militar les devolviera la libertad perdida en los campos de Leipzig y de Waterloo.

[^1]: Las tropas del emperador de Austria.
[^2]: Esta cifra y las de 29.793 y 16.300 que siguen se dan como en la versión alemana de la MEW: en el escaneo de la enciclopedia el 3 y el 8 apenas se distinguen.
