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Title: Bolívar y Ponte (1858)
Description: Artículo biográfico de Marx para la New American Cyclopaedia sobre Simón Bolívar: un retrato demoledor del «libertador» de Colombia como caudillo militar, cuyas victorias atribuye a otros (Ribas, Piar, Páez, Brion, la legión británica) y cuya carrera presenta como una sucesión de fugas, proclamas y dictaduras.
Author: Karl Marx
Date: 1858-01-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Bol%C3%ADvar%20y%20Ponte
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*Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 8 de enero de 1858 y publicado sin firma en* The New American Cyclopaedia *(Nueva York, Appleton), tomo III (1858), págs. 440-446. Traducido del texto de la Cyclopaedia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels,* Werke*, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 217-231, por la Escuela de marxismo, 2026. Los párrafos siguen la MEW. Las notas son nuestras. Marx se apoya sobre todo en las memorias, muy hostiles a Bolívar, de Ducoudray-Holstein, Hippisley y Miller, que cita al final; varios de sus juicios y datos no los comparte la historiografía posterior.* [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Bolivar%20y%20Ponte)

BOLÍVAR Y PONTE, Simón, el «libertador» de Colombia, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783, muerto en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Era hijo de una de las *familias mantuanas*, que en tiempos de la dominación española formaban la nobleza criolla de Venezuela. Conforme a la costumbre de los americanos ricos de la época, a la temprana edad de 14 años lo enviaron a Europa. De España pasó a Francia y vivió algunos años en París. En 1802 se casó en Madrid y volvió a Venezuela, donde su mujer murió de repente de fiebre amarilla. Después visitó Europa por segunda vez y asistió a la coronación de Napoleón como emperador, en 1804, y a la ceremonia en que se ciñó la corona de hierro de Lombardía, en 1805. En 1809 volvió a su país y, pese a la insistencia de su primo José Félix Ribas, se negó a sumarse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810; pero, consumado el hecho, aceptó una misión en Londres para comprar armas y solicitar la protección del Gobierno británico. Aparentemente bien recibido por el marqués de Wellesley, entonces secretario de Asuntos Exteriores, no obtuvo más que el permiso de exportar armas al contado y pagando fuertes derechos. A su regreso de Londres volvió a retirarse a la vida privada, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, entonces comandante en jefe de las fuerzas insurgentes de tierra y mar, lo convenció de que aceptara el grado de teniente coronel del estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la fortaleza más fuerte de Venezuela.

Cuando los prisioneros de guerra españoles que Miranda solía enviar a Puerto Cabello para encerrarlos en la ciudadela lograron reducir por sorpresa a sus guardianes y apoderarse de la ciudadela, Bolívar, aunque ellos estaban desarmados y él disponía de una guarnición numerosa y de grandes almacenes, se embarcó precipitadamente de noche con 8 de sus oficiales, sin avisar a sus propias tropas, llegó al amanecer a La Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Al enterarse de la fuga de su comandante, la guarnición abandonó en buen orden la plaza, que ocuparon inmediatamente los españoles al mando de Monteverde. Este suceso inclinó la balanza a favor de España y obligó a Miranda, con la autorización del congreso, a firmar el tratado de La Victoria, el 26 de julio de 1812, que devolvía Venezuela a la dominación española. El 30 de julio Miranda llegó a La Guaira, donde se proponía embarcar en un buque inglés. En su visita al comandante de la plaza, el coronel Manuel María Casas, encontró una numerosa compañía, entre ella don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo convencieron de quedarse, al menos una noche, en casa de Casas. A las 2 de la madrugada, mientras Miranda dormía profundamente, Casas, Peña y Bolívar entraron en su habitación con 4 soldados armados, se apoderaron con cautela de su espada y su pistola, lo despertaron, le ordenaron bruscamente que se levantara y se vistiera, lo cargaron de grillos y acabaron entregándolo a Monteverde, que lo envió a Cádiz, donde murió encadenado tras algunos años de cautiverio. Este acto, cometido con el pretexto de que Miranda había traicionado a su patria con la capitulación de La Victoria, valió a Bolívar el favor especial de Monteverde, de modo que, cuando pidió su pasaporte, Monteverde declaró: «Hay que atender la petición del coronel Bolívar, en recompensa por haber servido al rey de España entregando a Miranda».

Así se le permitió embarcar para Curazao, donde pasó 6 semanas, y desde allí se dirigió con su primo Ribas a la pequeña república de Cartagena. Antes de su llegada se había refugiado en Cartagena gran número de soldados que habían servido a las órdenes del general Miranda. Ribas les propuso emprender una expedición contra los españoles en Venezuela y aceptar a Bolívar como comandante en jefe. La primera propuesta la abrazaron con entusiasmo; ante la segunda se resistieron, pero al fin cedieron, a condición de que Ribas fuera el segundo en el mando. Manuel Rodríguez Torices, presidente de la república de Cartagena, añadió a los 300 soldados así alistados a las órdenes de Bolívar 500 hombres mandados por su primo Manuel Castillo. La expedición partió a comienzos de enero de 1813. Al estallar entre Bolívar y Castillo disensiones sobre el mando supremo, este último se marchó de pronto con sus granaderos. Bolívar, por su parte, se propuso seguir el ejemplo de Castillo y volver a Cartagena, pero Ribas lo convenció por fin de proseguir al menos hasta Bogotá, entonces sede del congreso de Nueva Granada. Allí fueron bien recibidos y apoyados en todo, el congreso los nombró generales a ambos y, tras dividir su pequeño ejército en dos columnas, marcharon por caminos distintos sobre Caracas. Cuanto más avanzaban, más crecían sus recursos; los crueles excesos de los españoles hacían en todas partes de sargentos reclutadores para el ejército de los independientes. La capacidad de resistencia de los españoles quedó quebrada, en parte porque ⅘ de su ejército se componían de nativos, que en cada encuentro se pasaban a las filas contrarias, y en parte por la cobardía de generales como Tíscar, Cagigal y Fierro, que en toda ocasión abandonaban a sus propias tropas. Así ocurrió que Santiago Mariño, un joven ignorante, logró expulsar a los españoles de las provincias de Cumaná y Barcelona al mismo tiempo que Bolívar avanzaba por las provincias occidentales. La única resistencia seria de los españoles se dirigió contra la columna de Ribas, que, sin embargo, derrotó al general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a encerrarse en Puerto Cabello con el resto de sus tropas.

Al enterarse de la aproximación de Bolívar, el general Fierro, gobernador de Caracas, envió parlamentarios para proponer una capitulación, que se concluyó en La Victoria; pero Fierro, presa de un pánico repentino y sin esperar el regreso de sus propios emisarios, huyó en secreto de noche, dejando a más de 1.500 españoles a merced del enemigo. Bolívar recibió entonces los honores de un triunfo público. De pie en un carro triunfal tirado por 12 señoritas vestidas de blanco, adornadas con los colores nacionales y escogidas todas entre las primeras familias de Caracas, Bolívar, con la cabeza descubierta, en uniforme de gala y blandiendo un pequeño bastón en la mano, fue arrastrado en una media hora desde la entrada de la ciudad hasta su residencia. Tras proclamarse «dictador y libertador de las provincias occidentales de Venezuela» —Mariño había adoptado el título de «dictador de las provincias orientales»—, creó la «orden del libertador», formó un cuerpo escogido de tropas con el nombre de guardia de corps y se rodeó del boato de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era reacio a todo esfuerzo prolongado, y su dictadura pronto resultó una anarquía militar que dejaba los asuntos más importantes en manos de favoritos, los cuales dilapidaban las finanzas del país y luego recurrían a medios odiosos para restablecerlas. El nuevo entusiasmo del pueblo se convirtió así en descontento, y se dejó que las fuerzas dispersas del enemigo se rehicieran. Mientras que a comienzos de agosto de 1813 Monteverde estaba encerrado en la fortaleza de Puerto Cabello y el ejército español reducido a la posesión de una pequeña franja de tierra en el noroeste de Venezuela, tres meses después, en diciembre, el prestigio del libertador se había esfumado y la propia Caracas estaba amenazada por la aparición repentina en sus cercanías de los españoles victoriosos de Boves. Para afianzar su poder vacilante, Bolívar reunió el 1 de enero de 1814 una junta de los habitantes más influyentes de Caracas y se declaró dispuesto a no soportar por más tiempo la carga de la dictadura. Hurtado de Mendoza, por su parte, defendió en un largo discurso

«la necesidad de dejar el poder supremo en manos del general Bolívar hasta que pudiera reunirse el congreso de Nueva Granada y Venezuela quedara unida bajo un solo gobierno».

La propuesta fue aceptada, y la dictadura quedó así revestida de cierta sanción legal.

La guerra con los españoles se llevó durante algún tiempo en una serie de pequeñas acciones, sin ventaja decisiva para ninguna de las partes. En junio de 1814 Boves marchó con sus fuerzas reunidas desde Calabozo sobre La Puerta, donde los dos dictadores, Bolívar y Mariño, se habían reunido; les salió al encuentro y ordenó un ataque inmediato. Tras alguna resistencia, Bolívar huyó hacia Caracas, mientras Mariño desaparecía en dirección a Cumaná. Puerto Cabello y Valencia cayeron en manos de Boves, que destacó entonces dos columnas (una de ellas al mando del coronel González) por caminos distintos sobre Caracas. Ribas intentó en vano oponerse al avance de González. Al rendirse Caracas a González el 17 de julio de 1814, Bolívar evacuó La Guaira, ordenó a los buques que había en su puerto que zarparan para Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas sobre Barcelona. Tras la derrota que Boves infligió a los insurgentes el 8 de agosto de 1814 en Aragua,[^1] Bolívar abandonó a sus tropas esa misma noche para dirigirse en secreto, por caminos apartados, a Cumaná, donde, pese a las airadas protestas de Ribas, se embarcó en el acto en el *Bianchi*, junto con Mariño y algunos otros oficiales. Si Ribas, Páez y otros generales hubieran seguido a los dictadores en su fuga, todo se habría perdido. Tratados como desertores por el general Arismendi a su llegada a Juan Griego, en la isla de Margarita, y conminados a marcharse, zarparon hacia Carúpano, de donde, al encontrar una acogida parecida por parte del coronel Bermúdez, pusieron rumbo a Cartagena. Allí, para disculpar su fuga, publicaron una memoria justificativa en un lenguaje altisonante.

Por haberse sumado a un complot para derribar al gobierno de Cartagena, Bolívar tuvo que abandonar aquella pequeña república y se dirigió a Tunja, donde se reunía el congreso de la república federal de Nueva Granada. La provincia de Cundinamarca estaba entonces a la cabeza de las provincias independientes que se negaban a adoptar el pacto federal granadino, mientras Quito, Pasto, Santa Marta y otras provincias seguían en poder de los españoles. Bolívar, que llegó a Tunja el 22 de noviembre de 1814, fue nombrado por el congreso comandante en jefe de las fuerzas federales y recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de Cundinamarca a reconocer la autoridad del congreso y de marchar luego contra Santa Marta, el único puerto fortificado que los españoles conservaban en Nueva Granada. Lo primero se consiguió fácilmente, porque Bogotá, la capital de la provincia disidente, era una ciudad indefensa. Pese a su capitulación, Bolívar la dejó saquear por sus tropas durante 48 horas. En Santa Marta, el general español Montalvo, que tenía una débil guarnición de menos de 200 hombres y una fortaleza en un estado de defensa lamentable, había contratado ya un buque francés para asegurar su propia huida, mientras los habitantes de la ciudad mandaban decir a Bolívar que en cuanto apareciera abrirían las puertas y expulsarían a la guarnición. Pero en lugar de marchar contra los españoles de Santa Marta, como le había ordenado el congreso, dio rienda suelta a su rencor contra Castillo, comandante de Cartagena, y se arrogó la decisión de conducir sus tropas contra esta última ciudad, que formaba parte integrante de la república federal. Rechazado, acampó en La Popa, una colina grande a un tiro de cañón de Cartagena, y emplazó un solo cañoncito como batería contra una plaza provista de unos 80 cañones. Más tarde convirtió el sitio en bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo sin otro resultado que reducir su ejército, por la deserción y las enfermedades, de 2.400 hombres a unos 700. Entretanto, una gran expedición española procedente de Cádiz había llegado el 25 de marzo de 1815, al mando del general Morillo, a la isla de Margarita, y había podido enviar poderosos refuerzos a Santa Marta y poco después tomar la propia Cartagena. Antes, sin embargo, Bolívar se había embarcado para Jamaica el 10 de mayo de 1815, con una docena de sus oficiales, en un bergantín armado inglés. Llegado a su refugio, publicó otra proclama en la que se presentaba como víctima de algún enemigo o facción secretos y defendía su fuga ante la llegada de los españoles como una renuncia al mando por deferencia a la paz pública.

Durante los 8 meses que pasó en Kingston, los generales que había dejado en Venezuela, y el general Arismendi en la isla de Margarita, se mantuvieron firmes frente a las armas españolas. Pero, muerto Ribas, a quien Bolívar debía su reputación, fusilado por los españoles tras la toma de Maturín, apareció en escena en su lugar otro hombre de dotes aún mayores, que, incapaz como extranjero de desempeñar un papel independiente en la revolución sudamericana, resolvió al fin actuar a las órdenes de Bolívar. Era Luis Brion. Para ayudar a los revolucionarios había zarpado de Londres hacia Cartagena con una corbeta de 24 cañones, equipada en gran parte a sus expensas, con 14.000 fusiles y gran cantidad de pertrechos militares. Llegado demasiado tarde para ser útil en aquella parte, volvió a embarcarse para Los Cayos, en Haití, adonde se habían refugiado muchos patriotas emigrados tras la rendición de Cartagena. Bolívar, entretanto, también había partido de Kingston hacia Puerto Príncipe, donde, a cambio de su promesa de emancipar a los esclavos, Pétion, presidente de Haití, le ofreció grandes recursos para una nueva expedición contra los españoles de Venezuela. En Los Cayos se encontró con Brion y los demás emigrados, y en una reunión general se propuso como jefe de la nueva expedición, a condición de reunir en su persona el poder civil y el militar hasta que se convocara un congreso general. Aceptadas sus condiciones por la mayoría, la expedición zarpó el 16 de abril de 1816, con él como comandante y Brion como almirante. En Margarita, Bolívar logró ganarse a Arismendi, comandante de la isla, que había reducido a los españoles al solo punto de Pampatar. Ante la promesa formal de Bolívar de convocar un congreso nacional en Venezuela en cuanto fuera dueño del país, Arismendi reunió una junta en la catedral de La Villa del Norte y lo proclamó públicamente comandante en jefe de las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada. El 31 de mayo de 1816 Bolívar desembarcó en Carúpano, pero no se atrevió a impedir que Mariño y Piar se separaran de él y emprendieran por su cuenta una guerra contra Cumaná. Debilitado por esta separación, por consejo de Brion se hizo a la vela hacia Ocumare, adonde llegó el 3 de julio de 1816 con 13 buques, de los que solo 7 iban armados. Su ejército sumaba apenas 650 hombres, que con el alistamiento de los negros cuya emancipación había proclamado llegaron a unos 800. En Ocumare publicó otra proclama en la que prometía «exterminar a los tiranos» y «convocar al pueblo para que nombrara a sus diputados al congreso». En su avance en dirección a Valencia se encontró, no lejos de Ocumare, con el general español Morales, al frente de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los tiradores de Morales dispersaron su vanguardia, perdió, como cuenta un testigo presencial,

«toda presencia de ánimo, no dijo palabra, volvió rápidamente grupas y huyó a toda brida hacia Ocumare, atravesó el pueblo al galope tendido, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se metió en un bote y se embarcó en el *Diana*, ordenando a toda la escuadra que lo siguiera a la islita de Buen Ayre[^2] y dejando a todos sus compañeros sin medio alguno de socorro».

Ante los reproches y las amonestaciones de Brion, volvió a unirse a los demás jefes en la costa de Cumaná, pero, recibido con dureza y amenazado por Piar con someterlo a un consejo de guerra como desertor y cobarde, desanduvo enseguida el camino hacia Los Cayos. Tras meses de esfuerzos, Brion logró por fin convencer a la mayoría de los jefes militares venezolanos, que sentían la falta de un centro siquiera nominal, de que llamaran a Bolívar como general en jefe, con la condición expresa de que reuniera un congreso y no se inmiscuyera en la administración civil. El 31 de diciembre de 1816 llegó a Barcelona con las armas, las municiones y las provisiones suministradas por Pétion. Unido a Arismendi el 2 de enero de 1817, proclamó el día 4 la ley marcial y la reunión de todos los poderes en su sola persona; pero 5 días después, cuando Arismendi cayó en una emboscada tendida por los españoles, el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se rehicieron en esta ciudad, adonde Brion le envió también cañones y refuerzos, de modo que pronto reunió un nuevo cuerpo de 1.100 hombres. El 15 de abril[^3] los españoles se apoderaron de la ciudad de Barcelona, y las tropas patriotas se retiraron hacia la casa de misericordia, un edificio aislado de Barcelona y atrincherado por orden de Bolívar, pero que no podía proteger a una guarnición de 1.000 hombres de un ataque serio. Bolívar abandonó el puesto en la noche del 5 de abril, informando al coronel Freites, a quien transfirió el mando, de que iba en busca de más tropas y volvería pronto. Confiado en esa promesa, Freites rechazó la oferta de capitulación y, tras el asalto, fue pasado a cuchillo con toda la guarnición por los españoles.

Piar, hombre de color y nativo de Curazao, concibió y llevó a cabo la conquista de las provincias de Guayana, con el apoyo de las cañoneras del almirante Brion. El 20 de julio, evacuadas por los españoles todas aquellas provincias, Piar, Brion, Zea, Mariño, Arismendi y otros reunieron un congreso provincial en Angostura y pusieron al frente del ejecutivo un triunvirato, del que Brion, que odiaba a Piar y tenía gran interés en Bolívar, en cuyo éxito había arriesgado su gran fortuna privada, consiguió que este último fuera nombrado miembro pese a su ausencia. Al saberlo, Bolívar abandonó su refugio y se dirigió a Angostura, donde, alentado por Brion, disolvió el congreso y el triunvirato para sustituirlos por un «consejo supremo de la nación», con él mismo como jefe y con Brion y Antonio Francisco Zea como directores, el primero de la sección militar y el segundo de la política. Sin embargo, Piar, el conquistador de Guayana, que ya una vez lo había amenazado con un consejo de guerra como desertor, no ahorraba sus sarcasmos contra el «Napoleón de las retiradas», y Bolívar aceptó, en consecuencia, un plan para deshacerse de él. Bajo la falsa acusación de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, Piar fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brion, declarado culpable, condenado a muerte y fusilado el 16 de octubre de 1817. Su muerte llenó de terror a Mariño. Plenamente consciente de su propia nulidad sin Piar, calumnió públicamente en una carta de lo más abyecta a su amigo asesinado, se arrepintió de sus intentos de rivalizar con el libertador y se entregó al inagotable fondo de magnanimidad de Bolívar.

La conquista de Guayana por Piar había cambiado por completo la situación a favor de los patriotas: aquella sola provincia les proporcionaba más recursos que las otras 7 provincias de Venezuela juntas. Se esperaba, pues, en general, que una nueva campaña, anunciada por Bolívar con una nueva proclama, acabara con la expulsión definitiva de los españoles. Su primer boletín, que describía a unas pequeñas partidas españolas de forrajeo que se retiraban de Calabozo como «ejércitos que huyen ante nuestras tropas victoriosas», no estaba hecho para enfriar esas esperanzas. Contra unos 4.000 españoles, cuya concentración Morillo aún no había efectuado, reunió más de 9.000 hombres, bien armados, equipados y abundantemente provistos de todo lo necesario para la guerra. Sin embargo, a finales de mayo de 1818 había perdido una docena de batallas y todas las provincias situadas al norte del Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas superiores, siempre eran batidas por partes. Dejando la dirección de la guerra a Páez y a sus otros subordinados, se retiró a Angostura. Las defecciones se sucedían, y todo parecía encaminarse a la ruina total. En este momento crítico, una nueva combinación de casualidades afortunadas volvió a cambiar el rumbo de los acontecimientos. En Angostura se encontró con Santander, nativo de Nueva Granada, que le pidió medios para invadir aquel territorio, cuya población estaba dispuesta a un levantamiento general contra los españoles. Bolívar atendió en cierta medida esta petición, mientras de Inglaterra llegaban poderosos socorros en hombres, buques y municiones, y oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos acudían en tropel a Angostura. Por último, el doctor Germán Roscio, consternado por la suerte declinante de la revolución sudamericana, se adelantó, se adueñó del ánimo de Bolívar y lo indujo a convocar para el 15 de febrero de 1819 un congreso nacional, cuyo solo nombre bastó para crear un nuevo ejército de unos 14.000 hombres, de modo que Bolívar se vio en condiciones de reanudar la ofensiva.

Los oficiales extranjeros le sugirieron el plan de aparentar la intención de atacar Caracas y liberar Venezuela del yugo español, para inducir así a Morillo a debilitar Nueva Granada y concentrar sus fuerzas en Venezuela, mientras él (Bolívar) giraba de pronto hacia el oeste, se unía a las guerrillas de Santander y marchaba sobre Bogotá. Para ejecutar este plan, salió de Angostura el 24 de febrero de 1819, tras nombrar a Zea presidente del congreso y vicepresidente de la república durante su ausencia. Gracias a las maniobras de Páez, Morillo y La Torre fueron derrotados en Achaguas, y habrían sido destruidos si Bolívar hubiera unido sus tropas a las de Páez y Mariño. En todo caso, las victorias de Páez llevaron a la ocupación de la provincia de Barinas,[^11] que abrió a Bolívar el camino de Nueva Granada. Como allí lo tenía todo preparado Santander, las tropas extranjeras, formadas sobre todo por ingleses, decidieron la suerte de Nueva Granada con las sucesivas victorias del 1 y el 23 de julio y del 7 de agosto en la provincia de Tunja.[^4] El 12 de agosto Bolívar hizo una entrada triunfal en Bogotá, mientras los españoles, alzadas contra ellos todas las provincias granadinas, se encerraban en la ciudad fortificada de Mompós.

Tras organizar el congreso granadino en Bogotá e instalar al general Santander como comandante en jefe, Bolívar marchó hacia Pamplona, donde pasó unos 2 meses en fiestas y bailes. El 3 de noviembre llegó a Mantecal, en Venezuela, adonde había ordenado acudir con sus tropas a los caudillos patriotas de aquel territorio. Con un tesoro de unos 2.000.000 de dólares, sacado a los habitantes de Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y una fuerza disponible de unos 9.000 hombres, la tercera parte de ellos ingleses, irlandeses, hannoverianos y otros extranjeros bien disciplinados, tenía ahora frente a sí a un enemigo despojado de todos sus recursos y reducido a una fuerza nominal de unos 4.500 hombres, ⅘ de los cuales eran nativos y, por tanto, poco de fiar para los españoles. Como Morillo se retiraba de San Fernando de Apure a San Carlos, Bolívar lo siguió hasta Calabozo, de modo que los cuarteles generales enemigos solo estaban a 2 días de marcha uno de otro. Si Bolívar hubiera avanzado resueltamente, sus tropas europeas por sí solas habrían aplastado a los españoles; pero prefirió prolongar la guerra 5 años más.

En octubre de 1819 el congreso de Angostura había obligado a Zea, nombrado por él, a renunciar a su cargo y había elegido a Arismendi en su lugar. Al recibir la noticia, Bolívar marchó de improviso con su legión extranjera sobre Angostura, sorprendió a Arismendi, que solo tenía 600 nativos, lo desterró a la isla de Margarita y restituyó a Zea en sus dignidades. El doctor Roscio, fascinándolo con las perspectivas de un poder centralizado, lo llevó a proclamar la «república de Colombia», que comprendía Nueva Granada y Venezuela, a promulgar para el nuevo Estado una ley fundamental redactada por Roscio y a consentir en el establecimiento de un congreso común para ambas provincias. El 20 de enero de 1820 estaba de nuevo en San Fernando de Apure. La repentina retirada de la legión extranjera, más temida por los españoles que diez veces su número de colombianos, había dado a Morillo una nueva ocasión de reunir refuerzos, mientras la noticia de una formidable expedición que iba a salir de España al mando de O'Donnell levantaba los ánimos abatidos del partido español. Pese a sus fuerzas muy superiores, Bolívar se las arregló para no conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de Europa la noticia de que la revolución de la isla de León había puesto fin por la fuerza a la proyectada expedición de O'Donnell.[^5] En Nueva Granada, 15 provincias de 22 se habían adherido al gobierno de Colombia, y los españoles solo conservaban allí las fortalezas de Cartagena y el istmo de Panamá. En Venezuela, 6 provincias de 8 obedecían las leyes de Colombia. Así estaban las cosas cuando Bolívar se dejó enredar por Morillo en unas negociaciones que desembocaron, el 25 de noviembre de 1820, en la conclusión en Trujillo de una tregua de 6 meses. En la tregua no se mencionaba siquiera la república de Colombia, aunque el congreso había prohibido expresamente concluir tratado alguno con el comandante español antes de que este reconociera la independencia de la república.

El 17 de diciembre Morillo, deseoso de desempeñar su papel en España, se embarcó en Puerto Cabello, dejando el mando en jefe a Miguel de la Torre, y el 10 de marzo de 1821 Bolívar notificó por carta a La Torre que las hostilidades se reanudarían al cabo de 30 días. Los españoles habían tomado una posición fuerte en Carabobo, una aldea situada más o menos a medio camino entre San Carlos y Valencia; pero La Torre, en lugar de reunir allí todas sus fuerzas, solo había concentrado su 1.ª división, 2.500 infantes y unos 1.500 jinetes, mientras que Bolívar tenía unos 6.000 infantes, entre ellos la legión británica, de 1.100 hombres, y 3.000 llaneros a caballo a las órdenes de Páez. La posición enemiga le pareció a Bolívar tan formidable que propuso a su consejo de guerra concertar un nuevo armisticio, cosa que, sin embargo, rechazaron sus subordinados. Al frente de una columna formada sobre todo por la legión británica, Páez envolvió por una senda el ala derecha del enemigo, y tras el éxito de esta maniobra La Torre fue el primero de los españoles en salir corriendo, sin detenerse hasta llegar a Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. El propio Puerto Cabello habría tenido que rendirse ante un avance rápido del ejército victorioso, pero Bolívar perdió el tiempo exhibiéndose en Valencia y Caracas. El 21 de septiembre de 1821 la fuerte plaza de Cartagena capituló ante Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela, el combate naval de Maracaibo, en agosto de 1823, y la rendición forzada de Puerto Cabello, en julio de 1824, fueron ambos obra de Padilla. La revolución de la isla de León, que impidió la salida de la expedición de O'Donnell, y la ayuda de la legión británica habían inclinado evidentemente la balanza a favor de los colombianos.

El congreso colombiano abrió sus sesiones en enero de 1821 en Cúcuta, promulgó el 30 de agosto una nueva constitución y, después de que Bolívar fingiera una vez más dimitir, le renovó sus poderes. Firmada la nueva constitución, obtuvo permiso para emprender la campaña de Quito (1822), provincia a la que se habían retirado los españoles después de que un levantamiento general del pueblo los expulsara del istmo de Panamá. Esta campaña, que terminó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, la dirigieron nominalmente Bolívar y el general Sucre, pero los pocos éxitos de aquel cuerpo se debieron por entero a oficiales británicos, como el coronel Sands. Durante las campañas de 1823-1824 contra los españoles en el Alto y el Bajo Perú, ya no creyó necesario guardar las apariencias de generalato, sino que, dejando toda la tarea militar al general Sucre, se limitó a entradas triunfales, manifiestos y proclamaciones de constituciones. Mediante su guardia colombiana dominó las votaciones del congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823[^6] le transfirió la dictadura, mientras se aseguraba la reelección como presidente de Colombia con un nuevo ofrecimiento de dimisión. Su posición se había fortalecido entretanto, tanto por el reconocimiento formal del nuevo Estado por Inglaterra como por la conquista de las provincias del Alto Perú por Sucre, que las unió en una república independiente con el nombre de Bolivia. Aquí, donde las bayonetas de Sucre eran soberanas, Bolívar dio rienda suelta a sus inclinaciones al poder arbitrario introduciendo el «Código Boliviano», imitación del Código Napoleón. Su plan era trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y del Perú a Colombia, y mantener sujetos a los dos primeros Estados con tropas colombianas, y al último con la legión extranjera y soldados peruanos. Por la fuerza, mezclada con la intriga, consiguió en efecto, al menos durante algunas semanas, imponer su código al Perú. Presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado ahora la cumbre de su fama. Pero en Colombia había estallado un grave antagonismo entre los centralistas o bolivaristas y los federalistas, nombre bajo el que los enemigos de la anarquía militar se habían coaligado con sus rivales militares. Cuando el congreso colombiano, a instigación suya, propuso un acta de acusación contra Páez, vicepresidente de Venezuela, este se alzó en rebelión abierta, sostenido y empujado en secreto por el propio Bolívar, que quería insurrecciones para tener un pretexto con que derribar la constitución y reasumir la dictadura. Además de su guardia, trajo a su regreso del Perú 1.800 peruanos,[^7] en apariencia contra los rebeldes federalistas. Pero en Puerto Cabello, donde se encontró con Páez, no solo lo confirmó en el mando de Venezuela y publicó una proclama de amnistía para todos los rebeldes, sino que tomó abiertamente su partido y reprendió a los amigos de la constitución; y por decreto dado en Bogotá el 23 de noviembre de 1826 asumió poderes dictatoriales.

En el año 1827,[^8] a partir del cual data la decadencia de su poder, logró reunir un congreso en Panamá con el objeto aparente de establecer un nuevo código internacional democrático. Acudieron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata, Bolivia, México, Guatemala, etc. Lo que realmente perseguía era erigir toda Sudamérica en una sola república federal con él como dictador. Mientras daba así rienda suelta a sus sueños de ligar medio mundo a su nombre, su poder real se le escapaba rápidamente de las manos. Las tropas colombianas del Perú, informadas de sus preparativos para introducir el código boliviano, promovieron una violenta insurrección. Los peruanos eligieron al general La Mar presidente de su república, ayudaron a los bolivianos a expulsar a las tropas colombianas e incluso libraron una guerra victoriosa contra Colombia, que terminó con un tratado que reducía a esta a sus límites primitivos, estipulaba la igualdad de ambos países y separaba sus deudas. El congreso de Ocaña, convocado por Bolívar con vistas a modificar la constitución en favor de su poder arbitrario, se abrió el 2 de marzo de 1828 con un extenso mensaje que insistía en la necesidad de nuevos privilegios para el ejecutivo. Pero cuando se vio claro que el proyecto enmendado de constitución saldría de la convención muy distinto de su forma original, sus amigos abandonaron sus escaños, con lo que la asamblea quedó sin quórum y se extinguió. Desde una casa de campo a unas millas de Ocaña, adonde se había retirado, publicó otro manifiesto en el que fingía indignarse por el paso dado por sus propios amigos, pero al mismo tiempo atacaba a la convención, llamaba a las provincias a recurrir a medidas extraordinarias y se declaraba dispuesto a soportar cualquier carga de poder que se le echara encima. Bajo la presión de sus bayonetas, asambleas populares de Caracas, Cartagena y Bogotá, adonde se había trasladado, volvieron a investirlo de poder dictatorial. Un atentado contra su vida en su dormitorio de Bogotá, del que solo escapó saltando a oscuras desde el balcón de la ventana y escondiéndose bajo un puente, le permitió introducir durante algún tiempo una especie de terror militar. No puso, sin embargo, la mano encima a Santander, aunque había participado en la conspiración, mientras que hizo ejecutar al general Padilla, cuya culpa no se probó en absoluto, pero que, como hombre de color, no podía resistir.

Como en 1829 violentas luchas de facciones agitaban la república, Bolívar, en un nuevo llamamiento a los ciudadanos, los invitó a expresar con franqueza sus deseos sobre las modificaciones que convenía introducir en la constitución. Una asamblea de notables de Caracas respondió denunciando su ambición, poniendo al desnudo la debilidad de su administración, declarando la separación de Venezuela de Colombia y poniendo a Páez al frente de aquella república. El senado de Colombia apoyó a Bolívar, pero estallaron otras insurrecciones en diversos puntos. Tras dimitir por quinta vez, en enero de 1830, volvió a aceptar la presidencia y salió de Bogotá para hacer la guerra a Páez en nombre del congreso colombiano. Hacia finales de marzo de 1830 avanzó al frente de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había sublevado, y se volvió luego contra la provincia de Maracaibo, donde Páez lo esperaba con 12.000 hombres en una posición fuerte. En cuanto se dio cuenta de que Páez iba a combatir en serio, se le vino abajo el valor. Por un momento pensó incluso en someterse a Páez y declararse contra el congreso; pero la influencia de sus partidarios en el congreso se desvaneció, y se vio obligado a presentar su dimisión, notificándosele que esta vez tendría que atenerse a ella y que se le concedería una pensión anual a condición de que se marchara al extranjero. En consecuencia, envió su dimisión al congreso el 27 de abril de 1830. Pero con la esperanza de recobrar el poder gracias a la influencia de sus partidarios, y como se producía una reacción contra Joaquín Mosquera, el nuevo presidente de Colombia, efectuó su retirada de Bogotá con gran lentitud y se las arregló, con toda clase de pretextos, para prolongar su estancia en San Pedro hasta finales de 1830, en que murió de repente.

El retrato que de él da Ducoudray-Holstein[^10] es el siguiente:

«Simón Bolívar mide 5 pies y 4 pulgadas de estatura; tiene la cara alargada, las mejillas hundidas y la tez de un moreno lívido; los ojos, de tamaño mediano, muy hundidos en la cabeza, cubierta de escaso pelo. El bigote le da un aire sombrío y feroz, sobre todo cuando se encoleriza. Todo su cuerpo es delgado y enjuto. Aparenta 65 años. Al andar mueve sin cesar los brazos. No puede caminar mucho, sino que se fatiga pronto. Le gusta su hamaca, donde se sienta o se tumba. Se deja llevar por repentinos arrebatos de resentimiento y en un instante se vuelve un loco furioso, se arroja a la hamaca y prorrumpe en maldiciones e imprecaciones contra todos los que le rodean. Le gusta lanzar sarcasmos contra los ausentes, solo lee literatura francesa ligera, es un jinete audaz y le apasiona el vals. Le gusta oírse hablar y pronunciar brindis. En la adversidad, y privado de ayuda exterior, está completamente libre de pasión y de arrebatos de genio. Entonces se vuelve suave, paciente, dócil y hasta sumiso. Oculta en gran medida sus defectos bajo la cortesía de un hombre educado en el llamado *beau monde*, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce a los hombres mejor que la mayoría de sus compatriotas».

Por decreto del congreso de Nueva Granada, sus restos fueron trasladados en 1842 a Caracas, donde se le erigió un monumento.

Véase *Histoire de Bolivar, par Gén. Ducoudrey-Holstein, continuée jusqu'à sa mort, par Alphonse Viollet* (París, 1831); *Memoirs of Gen. John Miller (in the service of the Republic of Peru)*; coronel Hippisley, *Account of his Journey to the Orinoco* (Londres, 1819).

[^1]: El original dice «Anguita»; la batalla de Aragua de Barcelona fue el 18 de agosto de 1814.
[^2]: Bonaire, en las Antillas neerlandesas.
[^3]: De 1817. Así en el original y en la MEW, aunque la fuga de Bolívar que se cuenta a continuación («la noche del 5 de abril») resulta anterior.
[^4]: Las acciones de Gámeza, el Pantano de Vargas y Boyacá (7 de agosto de 1819).
[^5]: El pronunciamiento de Riego en Cabezas de San Juan (1 de enero de 1820), que dio paso al Trienio Liberal, sublevó a las tropas reunidas en la isla de León (Cádiz) para embarcar hacia América.
[^6]: En realidad, el 10 de febrero de 1824; el original y la MEW dan 1823.
[^7]: La MEW da 800.
[^8]: El congreso de Panamá se reunió en 1826, año que da la MEW.
[^10]: H. L. V. Ducoudray-Holstein, oficial francés que sirvió a las órdenes de Bolívar y se convirtió en su enemigo; sus *Memoirs of Simon Bolivar* aparecieron en Boston en 1829. El original escribe «Ducoudrey».
[^11]: El original dice «Barima».
