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Title: Caballería (1858)
Description: El estudio más extenso de Engels para la New American Cyclopaedia: la historia de la caballería desde los asirios, Alejandro y Aníbal hasta Federico el Grande, Napoleón y la guerra de Crimea, y un análisis de su reclutamiento, su armamento, su organización y su táctica, con la carga y la persecución como clave del arma.
Author: Friedrich Engels
Date: 1858-06-21
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Caballer%C3%ADa
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels entre principios de marzo y hacia el 21 de junio de 1858 y publicado sin firma en* The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge*, tomo IV (Nueva York, D. Appleton, 1858), págs. 600-611. Traducido del texto de la Cyclopaedia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels,* Werke*, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 286-314, por la Escuela de marxismo, 2026. Los cortes que el diccionario marca con una raya dentro del artículo se dan como párrafos. Las notas son nuestras.* [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Cavalry)

**Caballería** (en francés *cavalerie*, de *cavalier*, jinete, y este de *cheval*, caballo), cuerpo de soldados a caballo. El empleo del caballo como montura y la introducción de cuerpos de hombres montados en los ejércitos nacieron, naturalmente, en los países donde el caballo es indígena y donde el clima y los pastos del suelo favorecieron el desarrollo de todas sus facultades físicas. Mientras que en Europa y en el Asia tropical el caballo degeneró pronto en un animal pesado o en un poni de poca alzada, la raza de Arabia, Persia, Asia Menor, Egipto y la costa septentrional de África alcanzó gran belleza, velocidad, docilidad y resistencia. Pero parece que al principio solo se empleaba como animal de tiro; al menos en la historia militar el carro de guerra precede con mucho al jinete armado. Los monumentos egipcios muestran abundantes carros de guerra, pero, con una sola excepción, ningún jinete; y esa excepción parece pertenecer a la época romana. Sin embargo, es seguro que al menos un par de siglos antes de que los persas conquistaran el país los egipcios tenían una caballería numerosa, y el jefe de esta arma figura más de una vez entre los dignatarios más importantes de la corte. Es muy probable que los egipcios conocieran la caballería durante su guerra con los asirios, pues en los monumentos asirios aparecen a menudo jinetes, y su empleo en la guerra por los ejércitos asirios en época muy temprana está fuera de toda duda. También entre ellos parece haber nacido la silla de montar. En las esculturas más antiguas el soldado monta a pelo; en una época posterior encontramos una especie de almohadilla o cojín, y por último una silla alta parecida a la que se usa hoy en todo el Oriente. Los persas y los medos, cuando aparecen en la historia, eran un pueblo de jinetes. Aunque conservaron el carro de guerra, e incluso le dejaron su antigua precedencia sobre el arma más joven de la caballería, el gran número de hombres montados dio a esta una importancia que nunca había tenido en ningún ejército anterior. La caballería de los asirios, los egipcios y los persas era de la clase que todavía predomina en Oriente y que hasta tiempos muy recientes era la única empleada en el norte de África, en Asia y en la Europa oriental: la caballería irregular. Pero en cuanto los griegos mejoraron sus caballos cruzándolos con los orientales lo bastante para hacerlos aptos para la caballería, empezaron a organizar el arma según un principio nuevo. Ellos son los creadores tanto de la infantería regular como de la caballería regular. Formaron con las masas de combatientes cuerpos distintos, los armaron y equiparon según el fin al que se los destinaba y les enseñaron a actuar de concierto, a moverse en filas e hileras, a mantenerse juntos en una formación táctica definida y a lanzar así el peso de su masa concentrada y en avance sobre un punto determinado del frente enemigo. Organizados de este modo, demostraron en todas partes su superioridad sobre las turbas sin instrucción, pesadas e indisciplinadas que les oponían los asiáticos. No conocemos ningún combate de la caballería griega contra jinetes persas anterior al momento en que los propios persas formaron cuerpos de caballería de una clase más regular; pero no cabe duda de que el resultado habría sido el mismo que cuando la infantería de ambos pueblos se enfrentaba en batalla. Al principio solo organizaron caballería las regiones griegas criadoras de caballos, como Tesalia y Beocia; pero muy pronto los atenienses formaron un cuerpo de caballería pesada, además de arqueros montados para el servicio de puestos avanzados y de escaramuza. También los espartanos tenían la flor de su juventud formada en un cuerpo de guardias de a caballo, pero no tenían fe en la caballería y en la batalla les hacían echar pie a tierra y combatir como infantería. De los griegos de Asia Menor y de los mercenarios griegos que servían en su ejército aprendieron los persas a formar caballería regular, y no cabe duda de que una parte considerable de la caballería persa que combatió contra Alejandro Magno estaba más o menos adiestrada para actuar en cuerpos compactos de manera regular. Los macedonios, sin embargo, eran más que un rival para ella. En aquel pueblo la equitación era una habilidad indispensable para la joven nobleza, y la caballería ocupaba un rango elevado en su ejército. La caballería de Filipo y de Alejandro se componía de la nobleza macedonia y tesalia, con unos pocos escuadrones reclutados en la Grecia propiamente dicha. Estaba formada por jinetes pesados —*catafractos*— armados de casco y coraza, quijotes y una lanza larga. Por lo general cargaba en un cuerpo compacto, en una columna oblonga o en cuña, y a veces también en línea. La caballería ligera, compuesta de tropas auxiliares, era de clase más o menos irregular y servía, como hoy los cosacos, para el servicio de puestos avanzados y la escaramuza.

La batalla del Gránico (334 a. C.) ofrece el primer ejemplo de un combate en que la caballería desempeñó un papel decisivo. La caballería persa estaba situada a distancia de carga de los vados del río. En cuanto las cabezas de columna de la infantería macedonia hubieron pasado el río, y antes de que pudieran desplegarse, la caballería persa cayó sobre ellas y las arrojó de cabeza otra vez al río. Esta maniobra, repetida varias veces con éxito completo, muestra enseguida que los persas tenían caballería regular que oponer a los macedonios. Sorprender a la infantería en el momento mismo de su mayor debilidad, es decir, cuando pasa de una formación táctica a otra, exige una caballería bien en la mano y perfectamente sometida al mando de sus jefes. Las levas irregulares son incapaces de ello. Ptolomeo, que mandaba la vanguardia del ejército de Alejandro, no logró avanzar hasta que los coraceros macedonios pasaron el río y cargaron de flanco a los persas. Siguió un largo combate, pero los jinetes persas, dispuestos en una sola línea y sin reservas, y abandonados al final por los griegos asiáticos de su ejército, acabaron derrotados. La batalla de Arbela (331 a. C.) fue la más gloriosa para la caballería macedonia. Alejandro en persona mandaba la caballería macedonia, que formaba el extremo derecho de su orden de batalla, mientras la caballería tesalia formaba la izquierda. Los persas intentaron desbordarlo, pero en el momento decisivo Alejandro trajo tropas de refresco de la retaguardia para desbordarlos a su vez; ellos, al mismo tiempo, dejaron un hueco entre su izquierda y su centro. Alejandro se lanzó en el acto por ese hueco, separó la izquierda enemiga del resto del ejército, la arrolló por completo y la persiguió durante una distancia considerable. Luego, requerido para enviar auxilio a su propia izquierda amenazada, reunió a su caballería en muy poco tiempo y, pasando por detrás del centro enemigo, cayó sobre la retaguardia de su derecha. Así se ganó la batalla, y Alejandro figura desde aquel día entre los primeros generales de caballería de todos los tiempos. Y para coronar la obra, su caballería persiguió al enemigo en fuga con tal ardor que al día siguiente su vanguardia estaba 75 millas por delante del campo de batalla. Es muy curioso observar que los principios generales de la táctica de caballería se entendían entonces tan bien como hoy. Atacar a la infantería en formación de marcha o durante un cambio de formación; atacar a la caballería principalmente por el flanco; aprovechar cualquier abertura de la línea enemiga lanzándose por ella y conversando a derecha e izquierda para tomar de flanco y por la espalda a las tropas situadas junto al hueco; sacar partido de una victoria con una persecución rápida e implacable del enemigo roto: estas son algunas de las primeras y más importantes reglas que todo oficial de caballería moderno tiene que aprender. Tras la muerte de Alejandro no se vuelve a oír hablar de aquella espléndida caballería de Grecia y Macedonia. En Grecia volvió a imponerse la infantería, y en Asia y Egipto el servicio montado degeneró pronto.

Los romanos nunca fueron jinetes. La poca caballería que tenían con las legiones prefería combatir a pie. Sus caballos eran de raza inferior y los hombres no sabían montar. Pero en la orilla sur del Mediterráneo se formó una caballería que no solo rivalizó con la de Alejandro, sino que incluso la superó. Los generales cartagineses Amílcar y Aníbal habían conseguido formar, además de sus jinetes irregulares númidas, un cuerpo de caballería regular de primer orden, y crearon así un arma que les aseguró la victoria casi en todas partes. Los bereberes del norte de África siguen siendo hasta hoy un pueblo de jinetes, al menos en las llanuras, y el espléndido caballo berberisco que llevó a los espadachines de Aníbal contra las profundas masas de la infantería romana con una rapidez y un ímpetu desconocidos hasta entonces sigue montando hoy a los mejores regimientos de toda la caballería francesa, los *chasseurs d'Afrique*, que lo tienen por el mejor caballo de guerra que existe. La infantería cartaginesa era muy inferior a la romana, aun después de haberla adiestrado largo tiempo sus dos grandes jefes; no habría tenido la menor posibilidad frente a las legiones romanas de no ser por el auxilio de aquella caballería, que fue lo único que permitió a Aníbal sostenerse 16 años en Italia; y cuando esa caballería quedó gastada por el desgaste de tantas campañas, no por la espada del enemigo, ya no hubo lugar para él en Italia. Las batallas de Aníbal tienen en común con las de Federico el Grande que la mayoría de ellas las ganó la caballería sobre una infantería de primer orden; y, en efecto, en ninguna otra época ha realizado la caballería hazañas tan gloriosas como bajo esos dos grandes capitanes. No sabemos con precisión de qué pueblo ni según qué principios tácticos formaron Amílcar y Aníbal su caballería regular. Pero como su caballería ligera númida se distingue siempre claramente de la caballería pesada o regular, podemos concluir que esta no se componía de tribus bereberes. Seguramente había en ella muchos mercenarios extranjeros y algunos cartagineses; pero la gran masa la formaban con toda probabilidad españoles, ya que se organizó en su país, y ya que todavía en tiempos de César había jinetes españoles agregados a la mayoría de los ejércitos romanos. Como Aníbal conocía bien la civilización griega, y como antes de su tiempo habían servido bajo las banderas cartaginesas mercenarios y aventureros griegos, apenas puede dudarse de que la organización de la caballería pesada griega y macedonia sirvió de base a la de la cartaginesa. Ya el primer encuentro en Italia zanjó la cuestión de la superioridad de la caballería cartaginesa. En el Tesino (218 a. C.), el cónsul romano Publio Escipión, que hacía un reconocimiento con su caballería y su infantería ligera, se encontró con la caballería cartaginesa, que Aníbal conducía con el mismo fin. Aníbal atacó en el acto. La infantería ligera romana estaba en primera línea y la caballería formaba la segunda. La caballería pesada cartaginesa cargó contra la infantería, la dispersó y cayó enseguida de frente sobre la caballería romana, mientras los irregulares númidas la cargaban por el flanco y la espalda. La batalla fue breve. Los romanos combatieron con valor, pero no tuvieron la menor posibilidad. No sabían montar; sus propios caballos los vencieron: espantados por la huida de los tiradores romanos, que fueron rechazados sobre ellos y buscaron refugio entre sus filas, derribaron a muchos de sus jinetes y deshicieron la formación. Otros soldados, que no se fiaban de su equitación, echaron prudentemente pie a tierra e intentaron combatir como infantería. Pero los coraceros cartagineses estaban ya en medio de ellos, mientras los inevitables númidas galopaban alrededor de la masa confusa, acuchillando a todo fugitivo que se separaba de ella. Las pérdidas de los romanos fueron considerables, y el propio Publio Escipión resultó herido. En el Trebia, Aníbal logró atraer a los romanos a cruzar ese río, de modo que combatieran con ese obstáculo a la espalda. En cuanto lo hubieron cruzado, avanzó contra ellos con todas sus tropas y los obligó a combatir. Los romanos, como los cartagineses, tenían su infantería en el centro; pero frente a las dos alas romanas, formadas por caballería, Aníbal colocó sus elefantes, y empleó su caballería en desbordar y rebasar las dos alas de sus adversarios. Desde el comienzo mismo de la batalla, la caballería romana, así envuelta y en inferioridad numérica, fue completamente derrotada; pero la infantería romana hizo retroceder al centro cartaginés y ganó terreno. La caballería cartaginesa victoriosa la atacó entonces de frente y de flanco; la obligó a desistir de su avance, pero no pudo romperla. Aníbal, sin embargo, que conocía la solidez de la legión romana, había enviado por un rodeo a su retaguardia 1.000 jinetes y 1.000 infantes escogidos al mando de su hermano Magón. Estas tropas de refresco cayeron entonces sobre ella y consiguieron romper la segunda línea; pero la primera, 10.000 hombres, cerró filas, se abrió paso en masa compacta a través del enemigo y marchó río abajo hasta Placentia, donde lo cruzó sin ser molestada. En la batalla de Cannas (216 a. C.), los romanos tenían 80.000 infantes y 6.000 jinetes; los cartagineses, 40.000 infantes y 10.000 jinetes. La caballería del Lacio formaba el ala derecha romana, apoyada en el río Áufido; la de los aliados itálicos estaba a la izquierda, mientras la infantería formaba el centro. También Aníbal colocó su infantería en el centro, con las levas celtas y españolas formando de nuevo las alas, mientras entre ellas, un poco más atrás, estaba su infantería africana, equipada y organizada ahora según el sistema romano. De su caballería, puso a los númidas en el ala derecha, donde la llanura abierta les permitía esquivar, gracias a su mayor movilidad y rapidez, las cargas de la caballería pesada itálica que tenían enfrente; mientras que toda la caballería pesada, al mando de Asdrúbal, estaba situada a la izquierda, junto al río. En la izquierda romana, los númidas dieron mucho que hacer a la caballería itálica, pero por su misma naturaleza de caballería irregular no pudieron romper su formación cerrada con cargas regulares. En el centro, la infantería romana hizo retroceder pronto a celtas y españoles y se formó luego en una columna en cuña para atacar a la infantería africana. Pero esta conversó hacia dentro y, cargando en línea contra la pesada masa, quebró su ímpetu; y allí la batalla se convirtió en un combate a pie firme. Entretanto, sin embargo, la caballería pesada de Asdrúbal había preparado la derrota de los romanos. Tras cargar con furia contra la caballería romana del ala derecha, la dispersó después de una dura resistencia, pasó, como Alejandro en Arbela, por detrás del centro romano, cayó sobre la retaguardia de la caballería itálica, la rompió por completo y, dejándola como presa fácil a los númidas, se formó para una gran carga sobre los flancos y la retaguardia de la infantería romana. Esto fue decisivo. La pesada masa, atacada por todas partes, cedió, se abrió, se rompió y sucumbió. Nunca hubo destrucción tan completa de un ejército. Los romanos perdieron 70.000 hombres; de su caballería solo escaparon 70. Los cartagineses perdieron menos de 6.000, dos tercios de los cuales pertenecían a los contingentes celtas, que habían tenido que soportar el embate del primer ataque de las legiones. De los 6.000 jinetes regulares de Asdrúbal, que habían ganado toda la batalla, no hubo más de 200 muertos y heridos. La caballería romana de tiempos posteriores no fue mucho mejor que la de las guerras púnicas. Se agregaba a las legiones en pequeños cuerpos y nunca formó un arma independiente. Además de esta caballería legionaria, en tiempos de César había jinetes mercenarios españoles, celtas y germanos, todos ellos más o menos irregulares. Ninguna caballería al servicio de Roma hizo nunca nada digno de mención; y tan descuidada e ineficaz era esta arma que los irregulares partos del Jorasán siguieron siendo sumamente temibles para los ejércitos romanos. En la mitad oriental del imperio, sin embargo, la antigua pasión por los caballos y la equitación conservó su imperio, y Bizancio siguió siendo, hasta su conquista por los turcos, el gran mercado de caballos y la escuela de equitación de Europa. Por eso vemos que durante el renacimiento pasajero del Imperio bizantino bajo Justiniano su caballería estaba en un pie relativamente respetable; y se cuenta que en la batalla de Capua, en el año 554 d. C., el eunuco Narsés derrotó a los invasores teutones de Italia principalmente por medio de esta arma.

El establecimiento en todos los países de Europa occidental de una aristocracia conquistadora de origen germánico abrió una nueva era en la historia de la caballería. La nobleza se dedicó en todas partes al servicio montado con el nombre de hombres de armas (*gens d'armes*), y formó una caballería de la clase más pesada, en la que no solo los jinetes, sino también los caballos, iban cubiertos de armadura defensiva de metal. La primera batalla en que apareció esta caballería fue la de Poitiers, donde Carlos Martel, en 732, contuvo el torrente de la invasión árabe. Los caballeros francos, al mando de Eudes, duque de Aquitania, rompieron las filas moras y tomaron su campamento. Pero semejante cuerpo no servía para la persecución, y los árabes, al amparo de su infatigable caballería irregular, se retiraron sin ser molestados a España. De esta batalla data una serie de guerras en que la maciza pero pesada caballería regular de Occidente combatió con suerte diversa contra los ágiles irregulares de Oriente. Los caballeros alemanes cruzaron sus espadas durante casi todo el siglo X con los salvajes jinetes húngaros, y los derrotaron por completo gracias a su formación cerrada en Merseburg, en 933, y en el Lech, en 955. La caballería española combatió durante varios siglos a los invasores moros de su país y acabó por vencerlos. Pero cuando los «pesados» occidentales trasladaron el teatro de la guerra, en las cruzadas, a las tierras orientales de sus enemigos, fueron derrotados a su vez y en la mayoría de los casos destruidos por completo: ni ellos ni sus caballos podían soportar el clima, las marchas inmensamente largas y la falta de alimento y forraje adecuados. A las cruzadas siguió una nueva irrupción de jinetes orientales en Europa, la de los mongoles. Tras arrasar Rusia y las provincias de Polonia, se encontraron en 1241 en Wahlstatt, en Silesia, con un ejército polaco y alemán coaligado. Tras una larga lucha, los asiáticos derrotaron a los agotados caballeros revestidos de acero, pero la victoria les costó tan cara que quebró el poder de los invasores. Los mongoles no avanzaron más y pronto, por sus divisiones internas, dejaron de ser peligrosos y fueron rechazados. Durante toda la Edad Media la caballería siguió siendo el arma principal de todos los ejércitos: en los pueblos orientales, la caballería ligera irregular siempre había tenido ese rango; en los de Europa occidental, la caballería pesada regular formada por los caballeros fue en esta época el arma que decidía todas las batallas. Esta preeminencia del arma montada no se debía tanto a su propia excelencia, pues los irregulares de Oriente eran incapaces de un combate ordenado y los regulares de Occidente eran de una torpeza increíble en sus movimientos; se debía sobre todo a la mala calidad de la infantería. Asiáticos y europeos despreciaban por igual esta arma; la formaban quienes no podían permitirse presentarse montados, principalmente esclavos o siervos. No tenía una organización propiamente dicha; sin armadura defensiva y con la pica y la espada por únicas armas, podía de vez en cuando, gracias a su formación profunda, resistir las cargas furiosas pero desordenadas de los jinetes orientales; pero los invulnerables hombres de armas de Occidente la arrollaban sin remedio. La única excepción la formaba la infantería inglesa, que sacaba su fuerza de un arma temible, el arco largo. La proporción numérica de la caballería europea de aquellos tiempos respecto del resto del ejército no era, desde luego, tan alta como fue unos siglos más tarde, ni siquiera como es hoy. Los caballeros no eran tan sumamente numerosos, y en muchas grandes batallas vemos que no participaron más de 800 o 1.000. Pero por lo general bastaban para dar cuenta de cualquier número de infantes, en cuanto habían logrado expulsar del campo a los hombres de armas enemigos. El modo general de combatir de estos hombres de armas era en línea, en una sola fila, y la fila de detrás la formaban los escuderos, que llevaban por lo general una armadura menos completa y pesada. Estas líneas, una vez en medio del enemigo, se deshacían pronto en combatientes aislados y terminaban la batalla en pura lucha cuerpo a cuerpo. Más tarde, cuando empezaron a usarse las armas de fuego, se formaron masas profundas, por lo general cuadros; pero para entonces los días de la caballería feudal estaban contados. En el siglo XV no solo se introdujo la artillería en el campo de batalla, mientras una parte de la infantería, los tiradores de aquellos tiempos, se armaba de mosquetes, sino que se produjo un cambio general en el carácter de la infantería. Esta arma empezó a formarse con el alistamiento de mercenarios que hacían del servicio militar una profesión. Los lansquenetes alemanes y los suizos eran soldados profesionales de este tipo, y muy pronto introdujeron formaciones y movimientos tácticos más regulares. La antigua falange dórica y macedonia revivió en cierto modo; un casco y una coraza protegían un tanto a los hombres contra la lanza y la espada de la caballería; y cuando en Novara (1513) la infantería suiza expulsó literalmente del campo a la caballería francesa, ya no hubo utilidad para jinetes tan valerosos pero tan pesados. Por eso, tras la sublevación de los Países Bajos contra España, encontramos una nueva clase de caballería, los *Reiter* alemanes (los *reîtres* de los franceses), reclutados por alistamiento voluntario, como la infantería, y armados de casco y coraza, espada y pistolas. Eran tan pesados como los coraceros modernos, pero mucho más ligeros que los caballeros. Pronto demostraron su superioridad sobre los pesados hombres de armas. Estos desaparecen entonces, y con ellos la lanza; la espada y las armas de fuego cortas forman en adelante el armamento general de la caballería. Hacia la misma época (finales del siglo XVI) se introdujo el arma híbrida de los dragones, primero en Francia y después en los demás países de Europa. Armados de mosquetes, debían combatir, según las circunstancias, como infantería o como caballería. Alejandro Magno había formado un cuerpo semejante con el nombre de *dimachae*,[^1] pero no se había imitado hasta entonces. Los dragones del siglo XVI tuvieron una existencia más larga, pero hacia mediados del siglo XVIII habían perdido en todas partes su carácter híbrido, salvo en el nombre, y se empleaban por lo general como caballería. El rasgo más importante de su organización era que fueron el primer cuerpo de caballería regular privado por completo de armadura defensiva. La idea de unos dragones verdaderamente híbridos volvió a intentarla en gran escala el emperador Nicolás de Rusia; pero pronto se vio que ante el enemigo había que emplearlos siempre como caballería, y por eso Alejandro II los redujo muy pronto a simple caballería, sin más pretensiones de servicio a pie que los húsares o los coraceros. Mauricio de Orange, el gran capitán neerlandés, organizó por primera vez a sus *Reiter* de un modo parecido a nuestra organización táctica moderna. Les enseñó a ejecutar cargas y evoluciones en cuerpos separados y en más de una línea; a conversar, a romper, a formar en columna y en línea y a cambiar de frente sin desorden, por escuadrones y por secciones separados. Así, un combate de caballería ya no lo decidía una sola carga de toda la masa, sino las cargas sucesivas de escuadrones y líneas separados que se apoyaban unos a otros. Su caballería formaba por lo general en 5 filas. En otros ejércitos combatía en cuerpos profundos, y donde se adoptaba una formación en línea tenía todavía de 5 a 8 filas de fondo. El siglo XVII, al acabar por completo con los costosos hombres de armas, aumentó enormemente la fuerza numérica de la caballería. En ninguna otra época hubo en todos los ejércitos una proporción tan grande de esta arma. En la guerra de los Treinta Años, de dos quintas partes a casi la mitad de cada ejército se componía por lo general de caballería; en casos aislados había 2 jinetes por cada infante. Gustavo Adolfo está a la cabeza de los jefes de caballería de este periodo. Sus tropas montadas se componían de coraceros y dragones, y estos últimos combatían casi siempre como caballería. También sus coraceros eran mucho más ligeros que los del emperador, y pronto demostraron su indiscutible superioridad. La caballería sueca formaba en 3 filas; sus órdenes eran, al contrario del uso de los coraceros de la mayoría de los ejércitos, cuya arma principal era la pistola, no perder el tiempo disparando, sino cargar al enemigo sable en mano. En este periodo la caballería, que en la Edad Media se había colocado por lo general en el centro, volvió a situarse, como en la Antigüedad, en las alas del ejército, donde formaba en 2 líneas. En Inglaterra, la guerra civil dio lugar a dos jefes de caballería destacados. El príncipe Rupert, del lado realista, tenía tanto arrojo como cualquier general de caballería, pero casi siempre se dejaba llevar demasiado lejos, perdía el control de su caballería y se absorbía tanto en lo que tenía inmediatamente delante que el general desaparecía siempre detrás del «dragón audaz». Cromwell, en cambio, con tanto arrojo como él cuando hacía falta, era mucho mejor general: tenía a sus hombres bien en la mano, guardaba siempre una reserva para los imprevistos y los movimientos decisivos, sabía maniobrar y por eso salió casi siempre victorioso frente a su irreflexivo adversario. Ganó las batallas de Marston Moor y Naseby solo con su caballería.

En la mayoría de los ejércitos, el empleo del arma de fuego siguió siendo la principal actividad de la caballería en la batalla, con la sola excepción de los suecos y los ingleses. En Francia, Prusia y Austria se adiestraba a la caballería para usar la carabina exactamente como la infantería usaba el mosquete. Disparaban a caballo, con la línea parada todo el tiempo, por hileras, pelotones, filas, etc.; y cuando se hacía un movimiento para cargar, la línea avanzaba al trote, se detenía a poca distancia del enemigo, hacía una descarga, desenvainaba y entonces cargaba. El fuego eficaz de las largas líneas de infantería había quebrantado toda confianza en la carga de una caballería ya no protegida por la armadura; en consecuencia, se descuidó la equitación, no se podía ejecutar ningún movimiento a un aire vivo, y aun a un aire lento los accidentes de hombres y caballos se contaban por docenas. La instrucción era sobre todo a pie, y sus oficiales no tenían la menor idea de cómo manejar la caballería en la batalla. Los franceses, es verdad, cargaban a veces sable en mano, y Carlos XII de Suecia, fiel a la tradición de su país, cargaba siempre a toda velocidad sin disparar, dispersando a caballería e infantería y tomando a veces incluso obras de campaña de perfil débil. Pero estaba reservado a Federico el Grande y a su gran jefe de caballería, Seydlitz, revolucionar el servicio montado y elevarlo a la cima de la gloria. La caballería prusiana, hombres pesados en caballos torpes, adiestrados solo para hacer fuego, tal como el padre de Federico se la había dejado a su hijo, fue derrotada en un instante en Mollwitz (1741). Pero en cuanto terminó la primera guerra de Silesia, Federico reorganizó por completo su caballería. El fuego y la instrucción a pie pasaron a segundo plano y se atendió a la equitación. «Todas las evoluciones han de hacerse con la mayor rapidez, y todas las conversiones a galope corto. Los oficiales de caballería deben ante todo hacer de sus hombres jinetes perfectos; los coraceros han de ser tan diestros y hábiles a caballo como un húsar y estar bien ejercitados en el manejo del sable.» Los hombres debían montar todos los días. Los ejercicios principales eran montar en terreno difícil, salvando obstáculos, y la esgrima a caballo. En la carga no se permitía disparar en absoluto hasta que las líneas primera y segunda del enemigo estuvieran completamente rotas. «Todo escuadrón, al avanzar a la carga, ha de atacar al enemigo sable en mano, y no se permitirá a ningún comandante dejar disparar a su tropa, so pena de expulsión infamante; los generales de brigada responderán de ello. Al avanzar, primero pasan a un trote vivo y finalmente a galope tendido, pero bien cerrados; y si atacan de este modo, su majestad está seguro de que el enemigo será siempre roto.» «Todo oficial de caballería tendrá siempre presente que no hacen falta más que dos cosas para vencer al enemigo: primero, cargarlo con la mayor velocidad y fuerza posibles, y segundo, desbordarlo.» Estos pasajes de las instrucciones de Federico muestran suficientemente la revolución completa que llevó a cabo en la táctica de caballería. Lo secundó de manera admirable Seydlitz, que mandó siempre sus coraceros y dragones e hizo de ellos tales tropas que, en ímpetu y orden en la carga, rapidez de evoluciones, prontitud para los ataques de flanco y rapidez para reunirse y volver a formar tras una carga, ninguna caballería ha igualado nunca a la caballería prusiana de la guerra de los Siete Años. Los frutos se vieron pronto. En Hohenfriedberg, el regimiento de dragones de Bayreuth, 10 escuadrones, arrolló toda el ala izquierda de la infantería austriaca, rompió 21 batallones y tomó 66 banderas, 5 cañones y 4.000 prisioneros. En Zorndorf, cuando la infantería prusiana se había visto obligada a retroceder, Seydlitz, con 36 escuadrones, expulsó del campo a la victoriosa caballería rusa y cayó luego sobre la infantería rusa, a la que derrotó por completo con gran mortandad. En Rossbach, Striegau, Kesselsdorf, Leuthen y en otras diez batallas, Federico debió la victoria a su espléndida caballería.

Cuando estalló la guerra de la Revolución francesa, los austriacos habían adoptado el sistema prusiano, pero no así los franceses. La caballería de esta nación, en efecto, había quedado muy desorganizada por la revolución, y al principio de la guerra las nuevas formaciones resultaron casi inútiles. Cuando sus nuevas levas de infantería se encontraron con la buena caballería de ingleses, prusianos y austriacos, fueron derrotadas casi sin excepción en 1792 y 1793. La caballería francesa, del todo incapaz de medirse con tales adversarios, se mantuvo siempre en reserva hasta que unos cuantos años de campaña la mejoraron. Desde 1796 en adelante, cada división de infantería tuvo caballería como apoyo; aun así, en Würzburg, toda la caballería francesa fue derrotada por 59 escuadrones austriacos (1796). Cuando Napoleón tomó la dirección de los asuntos de Francia, hizo cuanto pudo por mejorar la caballería francesa. Encontró poco más o menos el peor material imaginable. Como nación, los franceses son sin duda los peores jinetes de Europa, y sus caballos, buenos para el tiro, no son muy adecuados para la silla. El propio Napoleón era un jinete mediocre y descuidaba la equitación en los demás. Aun así hizo grandes mejoras, y después del campamento de Boulogne su caballería, montada en gran parte en caballos alemanes e italianos, no era un adversario despreciable. Las campañas de 1805 y 1806-1807 permitieron a su caballería absorber casi todos los caballos de los ejércitos austriaco y prusiano, y además reforzaron el ejército de Napoleón con la excelente caballería de la Confederación del Rin y del gran ducado de Varsovia. Así se formaron aquellas enormes masas de jinetes con que Napoleón operó en 1809, en 1812 y en la segunda mitad de 1813, y que, aunque solían llamarse francesas, se componían en gran parte de alemanes y polacos. La coraza, que se había suprimido por completo en el ejército francés poco antes de la revolución, la devolvió Napoleón a una parte de la caballería pesada. Por lo demás, la organización y el equipo siguieron casi iguales, salvo que con sus auxiliares polacos recibió algunos regimientos de caballería ligera armados de lanza, cuyo uniforme y equipo pronto se imitaron en otros ejércitos. Pero en el empleo táctico de la caballería introdujo un cambio completo. Según el sistema de componer las divisiones y los cuerpos de ejército con las tres armas, se agregó a cada división o cuerpo una parte de la caballería ligera; pero la masa del arma, y sobre todo toda la caballería pesada, se mantenía reunida en reserva para asestar en un momento favorable un gran golpe decisivo o, en caso necesario, cubrir la retirada del ejército. Estas masas de caballería, apareciendo de pronto en un punto determinado del campo de batalla, actuaron a menudo de manera decisiva; aun así, nunca lograron éxitos tan brillantes como los jinetes de Federico el Grande. La causa hay que buscarla en parte en el cambio de táctica de la infantería, que, al elegir sobre todo terrenos quebrados para sus operaciones y recibir siempre a la caballería en cuadro, hizo más difícil a esta arma conseguir victorias tan grandes como las que los jinetes prusianos habían obtenido sobre las largas y delgadas líneas de infantería de sus adversarios. Pero también es cierto que la caballería de Napoleón no era igual a la de Federico el Grande, y que la táctica de caballería de Napoleón no fue en todos los casos un progreso respecto de la de Federico. La mediocre equitación de los franceses los obligaba a cargar a un aire relativamente lento, al trote o a galope corto reunido; son muy pocos los casos en que cargaron a galope. Su gran valor y sus filas cerradas compensaban muchas veces la merma de ímpetu, pero aun así su carga no era lo que hoy se consideraría buena. El viejo sistema de recibir a la caballería enemiga a pie firme, carabina en mano, lo conservó la caballería francesa en muchísimos casos, y en todos ellos fue derrotada. El último ejemplo se dio en Danigkow (5 de abril de 1813),[^2] donde unos 1.200 jinetes franceses esperaron así la carga de 400 prusianos y fueron completamente derrotados a pesar de su número. En cuanto a la táctica de Napoleón, el empleo de grandes masas de caballería se convirtió para él en una regla tan fija que no solo debilitó la caballería divisionaria hasta hacerla del todo inútil, sino que, al emplear esas masas, descuidó a menudo el empeño sucesivo de sus fuerzas, que es uno de los puntos principales de la táctica moderna y que se aplica aún más a la caballería que a la infantería. Introdujo la carga de caballería en columna, e incluso formó cuerpos de caballería enteros en una sola columna monstruosa, en formaciones tales que era absolutamente imposible sacar de ellas un solo escuadrón o regimiento y que cualquier intento de desplegar quedaba por completo descartado. Tampoco sus generales de caballería estaban a la altura, e incluso el más brillante de ellos, Murat, habría hecho un papel muy pobre frente a un Seydlitz. Durante las guerras de 1813, 1814 y 1815, la táctica de caballería de los adversarios de Napoleón mejoró decididamente. Aunque en gran medida seguían el sistema napoleónico de mantener la caballería en reserva en grandes masas, y por eso dejaban muy a menudo la mayor parte de ella completamente fuera de la acción, en muchos casos se intentó volver a la táctica de Federico. En el ejército prusiano revivió el viejo espíritu. Blücher fue el primero en emplear su caballería con más audacia, y por lo general con éxito. La emboscada de Haynau (1813), donde 20 escuadrones prusianos arrollaron 8 batallones franceses y tomaron 18 cañones, marca un punto de inflexión en la historia moderna de la caballería y contrasta favorablemente con la táctica de Lützen, donde los aliados mantuvieron 18.000 jinetes completamente en reserva hasta que la batalla estuvo perdida, aunque no podía encontrarse terreno más favorable para la caballería.

Los ingleses nunca habían adoptado el sistema de formar grandes masas de caballería, y por eso obtuvieron muchos éxitos, aunque el propio Napier[^3] reconoce que su caballería no era entonces tan buena como la francesa. En Waterloo (donde, dicho sea de paso, los coraceros franceses cargaron por una vez a toda velocidad), la caballería inglesa fue manejada de manera admirable y tuvo éxito en general, salvo cuando cedió a su debilidad nacional de írsele de las manos a sus jefes. Desde la paz de 1815, la táctica de Napoleón, aunque se conserva todavía en los reglamentos de la mayoría de los ejércitos, ha vuelto a dejar paso a la de Federico. Se atiende más a la equitación, aunque todavía ni de lejos en la medida necesaria. La idea de recibir al enemigo carabina en mano se rechaza con desprecio; en todas partes ha revivido la regla de Federico de que todo jefe de caballería que se deja cargar por el enemigo en vez de cargar él merece la expulsión. El galope vuelve a ser el aire de la carga, y el ataque en columna ha dejado paso a las cargas en líneas sucesivas, con disposiciones para el ataque de flanco y con posibilidad de maniobrar con destacamentos sueltos durante la carga. Aun así, queda mucho por hacer. Mayor atención a la equitación, sobre todo a campo traviesa, mayor aproximación de la silla y del asiento a los de la caza a caballo y, sobre todo, una reducción del peso que lleva el caballo son mejoras que se reclaman en todos los ejércitos sin excepción.

Pasemos ahora de la historia de la caballería a su organización y su táctica actuales. El reclutamiento de la caballería, en lo que se refiere a los hombres, no difiere en conjunto del modo en que se reclutan las demás armas en cada país. En algunos Estados, sin embargo, se destina a este servicio a los naturales de determinadas regiones: así, en Rusia, a los malorrusos (naturales de la Pequeña Rusia); en Prusia, a los polacos. En Austria, la caballería pesada se recluta en los territorios alemanes y en Bohemia, los húsares exclusivamente en Hungría y los lanceros sobre todo en las provincias polacas. La remonta de los caballos, en cambio, merece especial atención. En Inglaterra, donde toda la caballería no necesita en tiempo de guerra más de 10.000 caballos, el gobierno no tiene dificultad en comprarlos; pero, para asegurar al servicio la ventaja de caballos que no hayan trabajado hasta cerca de los 5 años, se compran potros de 3 años, criados la mayoría en Yorkshire, y se mantienen a costa del gobierno en depósitos hasta que están en condiciones de servir. El precio que se paga por los potros (de 20 a 25 libras esterlinas) y la abundancia de buenos caballos en el país hacen de la británica, sin duda, la caballería mejor montada del mundo. En Rusia hay una abundancia de caballos parecida, aunque la raza es inferior a la inglesa. Los oficiales de remonta compran los caballos al por mayor en las provincias meridionales y occidentales del imperio, sobre todo a tratantes judíos; revenden los que no sirven y entregan a cada regimiento los que son de su color (en un regimiento ruso todos los caballos son del mismo color). Al coronel se le considera, por así decirlo, propietario de los caballos; a cambio de una suma global que se le paga, tiene que mantener el regimiento bien montado. Se espera que los caballos duren 8 años. Antiguamente se sacaban de las grandes yeguadas de Volinia y Ucrania, donde viven del todo salvajes; pero domarlos para la caballería era tan difícil que hubo que renunciar a ello. En Austria los caballos se compran en parte, pero la mayoría los proporcionan desde hace poco las yeguadas del Estado, que pueden ceder cada año más de 5.000 caballos de caballería de 5 años. En caso de un esfuerzo extraordinario, un país tan rico en caballos como Austria puede contar con los mercados del interior. Prusia, hace 60 años, tenía que comprar en el extranjero casi todos sus caballos, pero hoy puede montar toda su caballería, de línea y de *Landwehr*,[^4] en el interior. Para la línea, las comisiones de remonta compran los caballos a los 3 años y los envían a depósitos hasta que tienen edad para el servicio; hacen falta 3.500 al año. En caso de movilización de la caballería de la *Landwehr*, todos los caballos del país, como los hombres, pueden ser requisados para el servicio, aunque se paga por ellos una indemnización de 40 a 70 dólares. En el país hay tres veces más caballos útiles de los que pueden hacer falta. Francia es, de todos los países europeos, el peor provisto de caballos. La raza, aunque a menudo buena e incluso excelente para el tiro, no sirve por lo general para la silla. Hace mucho que existen yeguadas del Estado (*haras*), pero sin el éxito que han tenido en otras partes; en 1838 estas yeguadas y los depósitos de remonta anejos no pudieron proporcionar al servicio 1.000 caballos, comprados o criados por el Estado. El general La Roche-Aymon[^5] consideraba que no había en total en Francia 20.000 caballos de 4 a 7 años aptos para la caballería. Aunque los depósitos y las yeguadas han mejorado mucho últimamente, siguen sin bastar para abastecer plenamente al ejército. Argelia proporciona una raza espléndida de caballos de caballería, y los mejores regimientos del ejército, los *chasseurs d'Afrique*, se montan exclusivamente con ellos, pero los demás regimientos apenas reciben ninguno. Así, en caso de movilización, los franceses se ven obligados a comprar en el extranjero, a veces en Inglaterra, pero sobre todo en el norte de Alemania, donde no consiguen los caballos de mejor clase, aunque cada uno les cuesta cerca de 100 dólares. Muchos caballos desechados de los regimientos de caballería alemanes acaban en las filas francesas, y en conjunto la caballería francesa, exceptuados los *chasseurs d'Afrique*, es la peor montada de Europa.

La caballería es esencialmente de dos clases: pesada y ligera. Lo que de verdad distingue a ambas está en los caballos. Los caballos grandes y poderosos no pueden trabajar bien junto con caballos pequeños, ágiles y rápidos. Los primeros actúan en la carga con menos rapidez, pero con más peso; los segundos actúan más por la velocidad y el ímpetu del ataque y son además mucho más aptos para el combate individual y la escaramuza, para los que los caballos pesados o grandes no son lo bastante manejables ni inteligentes. Hasta aquí la distinción es necesaria; pero la moda, el capricho y la imitación de ciertos uniformes nacionales han creado numerosas subdivisiones y variedades que no tendría interés detallar. La caballería pesada, al menos en parte, lleva en la mayoría de los países una coraza, que, sin embargo, está lejos de ser a prueba de bala; en Cerdeña, su primera fila lleva lanza. La caballería ligera va armada en parte con sable y carabina y en parte con lanza. La carabina es de ánima lisa o rayada. En la mayoría de los casos se añaden pistolas al armamento del jinete; solo la caballería de los Estados Unidos lleva revólver. El sable es recto o curvo en mayor o menor grado; el primero es preferible para herir de punta y el segundo para herir de filo. La cuestión de las ventajas de la lanza sobre el sable sigue en discusión. Para el combate cuerpo a cuerpo es sin duda preferible el sable; y en la carga la lanza, salvo que sea demasiado larga y pesada para manejarla, apenas puede actuar, pero en la persecución de caballería rota resulta de lo más eficaz. Entre los pueblos de jinetes, casi todos confían en el sable; hasta el cosaco abandona su lanza cuando tiene que combatir contra los diestros espadachines de Circasia. La pistola no sirve más que para un disparo de señal; la carabina no es muy eficaz, aunque sea rayada, y nunca será de mucha utilidad real mientras no se adopte una de retrocarga; el revólver es en manos hábiles un arma temible para el cuerpo a cuerpo; pero la reina de las armas de la caballería sigue siendo un buen sable, afilado y manejable.

Además de la silla, la brida y el jinete armado, el caballo de caballería tiene que llevar una maleta con ropa de repuesto, utensilios de campamento, avíos de limpieza y, en campaña, también víveres para el jinete y forraje para sí mismo. El total de esta carga varía según los ejércitos y las clases de caballería entre 250 y 300 libras con el equipo pesado de marcha, un peso que parecerá enorme si se compara con lo que tienen que llevar los caballos de silla particulares. Esta sobrecarga de los caballos es el punto más débil de toda caballería. En todas partes se necesitan grandes reformas a este respecto. El peso de los hombres y del equipo puede y debe reducirse, pero mientras dure el sistema actual, siempre hay que tener en cuenta esta rémora de los caballos cuando se juzga la capacidad de esfuerzo y de resistencia de la caballería. La caballería pesada, compuesta de hombres fuertes pero, a ser posible, relativamente ligeros, montados en caballos fuertes, debe actuar sobre todo por la fuerza de una carga sólida y bien cerrada. Esto exige potencia, resistencia y cierto peso físico, aunque no tanto que la haga pesada de manejar. Sus movimientos deben ser rápidos, pero no más de lo compatible con el mayor grado de orden. Una vez formada para el ataque, debe sobre todo cabalgar en línea recta hacia delante; pero todo lo que se cruce en su camino debe ser barrido por su carga. Los jinetes no necesitan ser individualmente tan buenos como los de la caballería ligera; pero tienen que dominar por completo sus caballos y estar acostumbrados a cabalgar derecho hacia delante y en una masa bien cerrada. Sus caballos, por tanto, deben ser menos sensibles a la pierna y no tener los cuartos traseros demasiado metidos debajo; deben alargar bien el trote y estar acostumbrados a mantenerse bien juntos en un galope largo y sostenido. La caballería ligera, en cambio, con hombres más ágiles y caballos más rápidos, tiene que actuar por su rapidez y su ubicuidad. Lo que le falta en peso tiene que suplirlo con velocidad y actividad. Cargará con el mayor ímpetu; pero, cuando convenga, fingirá huir para caer sobre el flanco del enemigo con un súbito cambio de frente. Su mayor velocidad y su aptitud para el combate individual la hacen especialmente apta para la persecución. Sus jefes necesitan un golpe de vista más rápido y más presencia de ánimo que los de la caballería pesada. Los hombres tienen que ser individualmente mejores jinetes: deben tener sus caballos perfectamente dominados, pasar de la parada al galope tendido y volver a detenerse en un instante, girar con rapidez y saltar bien; los caballos deben ser resistentes y rápidos, ligeros de boca y obedientes a la pierna, manejables en los giros y, sobre todo, domados para trabajar a galope corto, con los cuartos traseros bien metidos debajo. Además de los ataques rápidos de flanco y de retaguardia, las emboscadas y la persecución, la caballería ligera tiene que hacer la mayor parte del servicio de puestos avanzados y de patrullas de todo el ejército; por eso la aptitud para el combate individual, cuyo fundamento es una buena equitación, es una de sus exigencias principales. En línea, los hombres cabalgan menos apretados, para estar siempre preparados para los cambios de frente y otras evoluciones.

Los ingleses tienen nominalmente 13 regimientos de caballería ligera y 13 de pesada (dragones, húsares, lanceros; solo los dos regimientos de *Life Guards* son coraceros); pero en realidad toda su caballería, por su composición y su instrucción, es caballería pesada, y apenas hay diferencia en la talla de hombres y caballos. Para el verdadero servicio de caballería ligera siempre han empleado tropas extranjeras: alemanes en Europa e irregulares indígenas en la India. Los franceses tienen tres clases: caballería ligera, húsares y cazadores, 174 escuadrones; caballería de línea, lanceros y dragones, 120 escuadrones; caballería de reserva, 78 escuadrones, coraceros y carabineros. Austria tiene 96 escuadrones de caballería pesada, dragones y coraceros, y 192 de ligera, húsares y lanceros. Prusia tiene, en la línea, 80 escuadrones de caballería pesada, coraceros y lanceros, y 72 de ligera, dragones y húsares, a los que en caso de guerra pueden añadirse 136 escuadrones de lanceros del primer llamamiento de la *Landwehr*. El segundo llamamiento de la caballería de la *Landwehr* difícilmente se formará nunca por separado. La caballería rusa se compone de 160 escuadrones pesados, coraceros y dragones, y 304 ligeros, húsares y lanceros. Se ha abandonado la formación del cuerpo de dragones destinado a servir alternativamente a caballo y como infantería, y los dragones se han incorporado a la caballería pesada. La verdadera caballería ligera de los rusos son, sin embargo, los cosacos, de los que siempre tienen más que suficientes para todo el servicio de puestos avanzados, de reconocimiento y de carácter irregular de sus ejércitos. En el ejército de los Estados Unidos hay 2 regimientos de dragones, 1 de fusileros montados y 2 llamados de caballería; se ha recomendado que todos ellos se llamen regimientos de caballería. La caballería de los Estados Unidos es en realidad una infantería montada.

La unidad táctica de la caballería es el escuadrón, que comprende tantos hombres como la voz y la autoridad inmediata de un solo jefe pueden dominar durante las evoluciones. La fuerza de un escuadrón varía de 100 hombres (en Inglaterra) a 200 (en Francia); los de los demás ejércitos están también dentro de estos límites. Cuatro, 6, 8 o 10 escuadrones forman un regimiento. Los regimientos más débiles son los ingleses (de 400 a 480 hombres); los más fuertes, los de la caballería ligera austriaca (1.600 hombres). Los regimientos fuertes tienden a ser difíciles de manejar; los demasiado débiles quedan muy pronto reducidos por una campaña. Así, la brigada ligera británica en Balaklava, menos de dos meses después de abrirse la campaña, contaba en 5 regimientos de 2 escuadrones cada uno apenas 700 hombres, justo la mitad que un solo regimiento ruso de húsares en pie de guerra. Formaciones particulares son: entre los británicos, la *troop* o medio escuadrón, y entre los austriacos, la división o escuadrón doble, un eslabón intermedio que es lo único que permite a un solo jefe dominar sus fuertes regimientos de caballería.

Hasta Federico el Grande, toda la caballería formaba por lo menos en 3 filas. Él fue el primero en formar a sus húsares en 2 filas, en 1743, y en la batalla de Rossbach formó del mismo modo a su caballería pesada. Después de la guerra de los Siete Años, todos los demás ejércitos adoptaron esta formación, que es la única que se usa hoy. Para las evoluciones, el escuadrón se divide en 4 divisiones; la conversión de la línea a la columna abierta por divisiones y el paso de la columna a la línea forman la evolución principal y fundamental de todas las maniobras de caballería. La mayoría de las demás evoluciones solo sirven o para la marcha (la marcha de flanco de a tres, etc.) o para casos extraordinarios (la columna cerrada por divisiones o por escuadrones). La acción de la caballería en la batalla es eminentemente un choque cuerpo a cuerpo; su fuego tiene una importancia subordinada; el acero —sable o lanza— es su arma principal, y toda la acción de la caballería se concentra en la carga. Por eso la carga es el criterio de todos los movimientos, evoluciones y posiciones de la caballería. Todo lo que dificulta la facilidad de cargar es defectuoso. El ímpetu de la carga se produce concentrando el máximo esfuerzo del hombre y del caballo en su momento culminante, el momento del contacto efectivo con el enemigo. Para conseguirlo es preciso acercarse al enemigo con una velocidad que crezca gradualmente, de modo que los caballos solo alcancen su velocidad máxima a poca distancia del enemigo. Ahora bien, ejecutar semejante carga es poco más o menos lo más difícil que puede pedirse a la caballería. Es sumamente difícil conservar un orden y una solidez perfectos en un avance a un aire creciente, sobre todo si hay que recorrer mucho terreno no del todo llano. Aquí se ve la dificultad y la importancia de cabalgar en línea recta; pues si cada jinete no va derecho a su punto, se produce en las filas una presión que pronto se propaga del centro a los flancos y de los flancos al centro; los caballos se excitan y se inquietan, entran en juego su desigual velocidad y su distinto temperamento, y pronto toda la línea avanza desperdigada en cualquier cosa menos una alineación recta, y con cualquier cosa menos aquella solidez cerrada que es lo único que puede asegurar el éxito. Luego, al llegar frente al enemigo, es evidente que los caballos intentarán negarse a lanzarse contra la masa, parada o en movimiento, que tienen delante, y que los jinetes tienen que impedírselo; de lo contrario, la carga fracasará con seguridad. Por eso el jinete no solo tiene que estar firmemente resuelto a romper la línea enemiga, sino que tiene que ser además dueño absoluto de su caballo. Los reglamentos de los distintos ejércitos dan reglas diversas sobre el modo de avanzar de la caballería que carga, pero todos coinciden en que la línea, si es posible, empieza a moverse al paso, luego al trote, a galope corto de 300 a 150 yardas del enemigo, aumentando gradualmente hasta el galope, y a toda velocidad de 20 a 30 yardas del enemigo. Todos estos reglamentos, sin embargo, admiten muchas excepciones: el estado del terreno, el tiempo, la condición de los caballos, etc., deben tenerse en cuenta en cada caso práctico. Si en una carga de caballería contra caballería los dos bandos llegan realmente a chocar, lo que es con mucho el caso menos frecuente en los combates de caballería, los sables sirven de poco durante el choque mismo. Es el impulso de una masa lo que rompe y dispersa a la otra. El elemento moral, el valor, se transforma aquí de golpe en fuerza material: el escuadrón más valiente cabalgará con la mayor confianza en sí mismo, resolución, rapidez, cohesión y solidez. Por eso ninguna caballería puede hacer grandes cosas si no tiene arrojo en abundancia. Pero en cuanto se rompen las filas de un bando, entran en juego los sables, y con ellos la equitación individual. Al menos una parte de la tropa victoriosa tiene que renunciar también a su formación táctica para segar con el sable la cosecha de la victoria. Así, la carga afortunada decide de golpe el combate; pero si no la siguen la persecución y el combate individual, la victoria sería relativamente estéril. Es esta inmensa superioridad del bando que ha conservado su cohesión y su formación tácticas sobre el que las ha perdido lo que explica que a la caballería irregular, por buena y numerosa que sea, le resulte imposible derrotar a la caballería regular.

No cabe duda de que, en lo que toca a la equitación y la esgrima individuales, ninguna caballería regular se ha acercado nunca a los irregulares de los pueblos de jinetes guerreros de Oriente; y, sin embargo, la peor de las caballerías regulares europeas los ha derrotado siempre en el campo de batalla. Desde la derrota de los hunos en Châlons (451) hasta la sublevación de los cipayos de 1857, no hay un solo caso en que los espléndidos pero irregulares jinetes de Oriente hayan roto un solo regimiento de caballería regular en una verdadera carga. Sus enjambres irregulares, que cargan sin concierto ni cohesión, no pueden hacer mella en la masa sólida y rápida. Su superioridad solo puede manifestarse cuando la formación táctica de los regulares se ha roto y llega el turno del combate de hombre a hombre; pero la carrera salvaje de los irregulares hacia sus adversarios no puede conseguir ese resultado. Solo cuando la caballería regular, en la persecución, ha abandonado su formación en línea y se ha enzarzado en combates individuales, los irregulares, volviéndose de pronto o aprovechando el momento favorable, la han derrotado; de hecho, esta estratagema ha constituido casi toda la táctica de los irregulares contra los regulares desde las guerras de los partos y los romanos. No hay mejor ejemplo de ello que el de los dragones de Napoleón en Egipto, sin duda la peor caballería regular que existía entonces, que derrotó en todos los casos a los más espléndidos jinetes irregulares, los mamelucos. Napoleón decía de ellos que 2 mamelucos eran decididamente superiores a 3 franceses; que 100 franceses equivalían a 100 mamelucos; que 300 franceses vencían por lo general a 300 mamelucos, y que 1.000 franceses derrotaban siempre a 1.500 mamelucos.[^6] Por grande que sea en una carga la superioridad del cuerpo de caballería que mejor conserva su formación táctica, es evidente que incluso ese cuerpo queda, tras la carga afortunada, relativamente desordenado. El éxito de la carga no es igual de decisivo en todos los puntos; muchos hombres están irremisiblemente enzarzados en combates individuales o en la persecución, y solo una porción relativamente pequeña, que pertenece sobre todo a la segunda fila, sigue en algo parecido a una línea. Es el momento más peligroso para la caballería: un cuerpo muy pequeño de tropas de refresco lanzado contra ella le arrebataría la victoria de las manos. Por eso reunirse con rapidez después de una carga es el criterio de una caballería realmente buena, y en este punto fallan no solo las tropas jóvenes, sino también otras experimentadas y valientes. La caballería británica, que monta los caballos más fogosos, es especialmente propensa a írseles de las manos a sus jefes, y casi en todas partes lo ha pagado caro (por ejemplo, en Waterloo y en Balaklava). Al tocarse a reunión, la persecución se deja por lo general a algunas divisiones o escuadrones designados para este servicio, expresamente o por los reglamentos generales, mientras la masa de las tropas vuelve a formar para estar preparada ante cualquier eventualidad. Pues el estado de desorganización en que, después de una carga, quedan incluso los vencedores es motivo suficiente para tener siempre en la mano una reserva que pueda lanzarse en caso de fracaso del primer intento; y por eso la primera regla de la táctica de caballería ha sido siempre no empeñar nunca a la vez más que una parte de las fuerzas disponibles. Este empleo general de las reservas explica el carácter variable de los grandes combates de caballería, en que la marea de la victoria va y viene y uno y otro bando son derrotados por turno, hasta que las últimas reservas disponibles hacen valer la fuerza de su orden intacto contra la masa desordenada y agitada y deciden la acción. Otra circunstancia muy importante es el terreno. Ninguna arma depende tanto del terreno como la caballería. Un suelo pesado y profundo reduce el galope a un galope corto lento; un obstáculo que un jinete aislado salvaría sin mirarlo puede romper el orden y la solidez de la línea; y un obstáculo fácil de salvar para caballos frescos hará caer a animales que llevan trotando y galopando sin comer desde el amanecer. Además, un obstáculo imprevisto, al detener el avance y obligar a un cambio de frente y de formación, puede poner toda la línea al alcance de los ataques de flanco del enemigo. Un ejemplo de cómo no deben hacerse los ataques de caballería fue la gran carga de Murat en la batalla de Leipzig. Formó 14.000 jinetes en una sola masa profunda y avanzó contra la infantería rusa, que acababa de ser rechazada en un ataque contra la aldea de Wachau. La caballería francesa se acercó al trote; a unas 600 u 800 yardas de la infantería aliada pasó a galope corto; en el terreno blando los caballos se cansaron pronto, y el impulso de la carga se había agotado cuando llegaron a los cuadros. Solo fueron arrollados unos pocos batallones que habían sufrido mucho. Rodeando los demás cuadros, la masa siguió galopando a través de la segunda línea de infantería, sin hacer ningún daño, y llegó por fin a una línea de estanques y ciénagas que detuvo su avance. Los caballos estaban completamente reventados, los hombres en desorden, los regimientos mezclados e imposibles de dominar; en este estado, dos regimientos prusianos y los cosacos de la guardia, menos de 2.000 hombres en total, los sorprendieron por los flancos y los hicieron retroceder a todos en completa confusión. En este caso no hubo ni una reserva para los imprevistos ni ninguna consideración adecuada del aire y de la distancia; el resultado fue la derrota.

La carga puede hacerse en diversas formaciones. Los tácticos distinguen la carga *en muraille*, cuando los escuadrones de la línea que carga no tienen intervalos entre sí o los tienen muy pequeños; la carga con intervalos, cuando hay de 10 a 20 yardas de escuadrón a escuadrón; la carga *en échelon*, cuando los escuadrones sucesivos se desprenden uno tras otro desde un ala y llegan así al enemigo no a la vez, sino sucesivamente, forma que puede reforzarse mucho con un escuadrón en columna abierta detrás y por fuera del escuadrón que forma el primer escalón; y por último, la carga en columna. Esta última se opone esencialmente a todos los modos de cargar anteriores, que no son sino variantes del ataque en línea. La línea fue la forma general y fundamental de todas las cargas de caballería hasta Napoleón. En todo el siglo XVIII solo encontramos a la caballería cargando en columna en un caso: cuando tenía que abrirse paso a través de un enemigo que la rodeaba. Pero Napoleón, cuya caballería se componía de hombres valientes pero malos jinetes, tuvo que suplir con algún recurso nuevo las imperfecciones tácticas de sus tropas montadas. Empezó a lanzar su caballería a la carga en columnas profundas, obligando así a las primeras filas a avanzar y arrojando de una vez sobre el punto de ataque elegido muchos más jinetes de los que habría podido lanzar un ataque en línea. El afán de actuar con masas se convirtió para Napoleón, en las campañas que siguieron a la de 1807, en una especie de monomanía. Inventó formaciones de columnas absolutamente monstruosas, que, al tener éxito por casualidad en 1809, se mantuvieron en las campañas posteriores y contribuyeron a hacerle perder más de una batalla. Formaba columnas de divisiones enteras, de infantería o de caballería, colocando batallones y regimientos desplegados uno detrás de otro. Esto se probó por primera vez con caballería en Eckmühl, en 1809, donde 10 regimientos de coraceros cargaron en columna, con 2 regimientos desplegados al frente y otras 4 líneas iguales detrás, a distancias de unas 60 yardas. Con infantería se formaron en Wagram columnas de divisiones enteras, con un batallón desplegado detrás de otro. Tales maniobras podían no ser peligrosas frente a los austriacos de entonces, lentos y metódicos, pero en todas las campañas posteriores y frente a enemigos más activos terminaron en derrota. Ya hemos visto el lamentable fin que tuvo la gran carga de Murat en Wachau, con la misma formación. El desastroso resultado del gran ataque de infantería de D'Erlon en Waterloo se debió a que se hizo con esta formación. Con la caballería, la columna monstruosa es especialmente defectuosa, porque absorbe los recursos más valiosos en una sola masa pesada que, una vez lanzada, escapa sin remedio a todo control y, sea cual sea el éxito que tenga de frente, queda siempre a merced de cuerpos más pequeños, bien en la mano, que se lancen contra sus flancos. Con los elementos de una de esas columnas podrían prepararse una segunda línea y una o dos reservas, cuyas cargas quizá no tendrían al principio tanto efecto, pero que con su repetición obtendrían sin duda a la larga mayores resultados con menores pérdidas. De hecho, en la mayoría de los ejércitos esta carga en columna se ha abandonado o se ha conservado como mera curiosidad teórica, mientras que para todos los fines prácticos los grandes cuerpos de caballería se forman en varias líneas a intervalos de carga, que se apoyan y se relevan unas a otras durante un combate prolongado. Napoleón fue también el primero en formar su caballería en masas de varias divisiones, llamadas cuerpos de caballería. Como medio de simplificar la transmisión de las órdenes en un gran ejército, semejante organización de la caballería de reserva es de todo punto necesaria; pero cuando se mantuvo en el campo de batalla, cuando estos cuerpos tenían que actuar en bloque, nunca dio resultados adecuados. De hecho, fue una de las causas principales de aquella defectuosa formación en columnas monstruosas de que ya hemos hablado. En los ejércitos europeos actuales se conserva en general el cuerpo de caballería, y en los ejércitos prusiano, ruso y austriaco hay incluso formaciones normales y reglas generales establecidas para la acción de un cuerpo semejante en el campo de batalla, todas basadas en la formación de una primera y una segunda línea y una reserva, con indicaciones para la colocación de la artillería a caballo agregada a ese cuerpo.

Hasta aquí solo hemos hablado de la acción de la caballería en cuanto se dirige contra la caballería. Pero uno de los fines principales para los que se emplea esta arma en la batalla, de hecho su empleo principal hoy en día, es su acción contra la infantería. Hemos visto que en el siglo XVIII la infantería apenas formaba nunca el cuadro contra la caballería en la batalla. Recibía la carga en línea, y si el ataque se dirigía contra un flanco, unas cuantas compañías conversaban hacia atrás, *en potence*,[^7] para hacerle frente. Federico el Grande ordenó a su infantería no formar nunca el cuadro salvo cuando la caballería sorprendiera a un batallón aislado; y si en tal caso formaba el cuadro, «puede marchar derecho contra la caballería enemiga, ahuyentarla y, sin hacer caso de sus ataques, seguir hasta su destino». Las delgadas líneas de infantería de aquellos tiempos recibían la carga de la caballería con plena confianza en el efecto de su fuego, y en efecto la rechazaban con bastante frecuencia; pero donde llegaban a romperse, el desastre era irreparable, como en Hohenfriedberg y en Zorndorf. Hoy, cuando la columna ha sustituido a la línea en tantos casos, la regla es que la infantería, siempre que sea posible, forme el cuadro para recibir a la caballería. Hay, es cierto, numerosos ejemplos en las guerras modernas en que una buena caballería ha sorprendido a infantería en línea y ha tenido que huir ante su fuego; pero son la excepción. La cuestión ahora es si la caballería tiene una probabilidad razonable de romper cuadros de infantería. Las opiniones están divididas; pero parece admitirse en general que, en circunstancias ordinarias, una infantería buena e intacta, no quebrantada por la artillería, tiene muchas probabilidades a su favor frente a la caballería, mientras que con soldados de infantería jóvenes, que han perdido el filo de su energía y su firmeza por una dura jornada de combate, por grandes pérdidas y por una larga exposición al fuego, una caballería resuelta lleva las de ganar. Hay excepciones, como la carga de los dragones alemanes en García Hernández (en 1812), donde cada uno de 3 escuadrones rompió un cuadro francés intacto;[^8] pero por regla general a un jefe de caballería no le parecerá aconsejable lanzar a sus hombres contra una infantería así. En Waterloo, las grandes cargas de Ney con la masa de la caballería de reserva francesa contra el centro de Wellington no pudieron romper los cuadros ingleses y alemanes, porque estas tropas, bastante resguardadas detrás de la cresta de la loma, habían sufrido muy poco con el cañoneo anterior y estaban casi todas como intactas. Tales cargas, por tanto, solo son adecuadas para la última fase de una batalla, cuando la infantería está ya bastante quebrantada y agotada, tanto por el combate efectivo como por la pasividad bajo un fuego de artillería concentrado. Y en esos casos actúan de manera decisiva, como en Borodino y en Ligny, sobre todo cuando las apoyan, como en ambos casos, reservas de infantería.

No podemos entrar aquí en los diversos servicios que la caballería puede tener que prestar en los puestos avanzados, las patrullas, las escoltas, etc. Algunas palabras sobre la táctica general de la caballería sí pueden tener cabida, sin embargo. Como la infantería se ha convertido cada vez más en el pilar de las batallas, las maniobras del arma montada están necesariamente más o menos subordinadas a las de aquella. Y como la táctica moderna se funda en la combinación y el apoyo mutuo de las tres armas, se sigue que, al menos para una parte de la caballería, toda acción independiente queda por completo descartada. Por eso la caballería de un ejército se divide siempre en dos cuerpos distintos: caballería divisionaria y caballería de reserva. La primera se compone de jinetes agregados a las diversas divisiones y cuerpos de infantería y a las órdenes del mismo jefe que ellos. En la batalla, su cometido es aprovechar cualquier momento favorable que se presente para obtener una ventaja, o desembarazar a su propia infantería cuando la atacan fuerzas superiores. Su acción es naturalmente limitada, y su fuerza no basta para actuar con independencia alguna. La caballería de reserva, la masa de la caballería del ejército, ocupa la misma posición subordinada respecto de toda la infantería del ejército que la caballería divisionaria respecto de la división de infantería a la que pertenece. En consecuencia, la caballería de reserva se mantendrá en la mano hasta que se presente un momento favorable para un gran golpe, ya sea para rechazar un gran ataque de infantería o de caballería del enemigo, ya para ejecutar una carga propia de carácter decisivo. Por lo dicho más arriba se verá que el empleo adecuado de la caballería de reserva se da por lo general en las últimas fases de una gran batalla; pero entonces puede ser decisivo, y a menudo lo ha sido. Éxitos tan inmensos como los que obtuvo Seydlitz con su caballería están hoy completamente descartados; pero aun así, en la mayoría de las grandes batallas de los tiempos modernos el papel desempeñado por la caballería ha influido de manera muy sustancial. Pero la gran importancia de la caballería está en la persecución. Una infantería apoyada por la artillería no tiene por qué desesperar frente a la caballería mientras conserve su orden y su firmeza; pero una vez rota, no importa por qué causa, es presa de los jinetes que se lanzan contra ella. No hay forma de huir de los caballos; aun en terreno difícil, los buenos jinetes saben abrirse paso; y una persecución enérgica de un ejército vencido por la caballería es siempre el mejor y el único modo de asegurarse todos los frutos de la victoria. Así, por mucha que sea la supremacía que la infantería ha conquistado en las batallas, la caballería sigue siendo un arma indispensable y lo será siempre; y hoy, como antes, ningún ejército puede salir a la liza con una probabilidad razonable de éxito si no tiene una caballería que sepa a la vez montar y combatir.

[^1]: *Dimachae* («que combaten de dos maneras»): jinetes de Alejandro armados para combatir a caballo o a pie.
[^2]: Combate de Dannigkow, cerca de Magdeburgo, durante la campaña de primavera de 1813; el original escribe «Danigkow».
[^3]: Sir William Napier (1785-1860), autor de una *History of the War in the Peninsula* (1828-1840).
[^4]: *Landwehr*: la reserva territorial prusiana, formada por los hombres que habían cumplido el servicio activo.
[^5]: El original escribe «Laroche-Aymond». Antoine-Charles de La Roche-Aymon (1772-1849), general francés que sirvió también en el ejército prusiano y escribió sobre la caballería ligera.
[^6]: La frase se atribuye a Napoleón en sus recuerdos de Santa Elena.
[^7]: *En potence* («en escuadra»): formación en que una parte de la línea gira hacia atrás formando ángulo con el resto para cubrir el flanco.
[^8]: El 23 de julio de 1812, al día siguiente de la batalla de Salamanca (los Arapiles), los dragones pesados de la Legión Alemana del Rey, al servicio británico, rompieron cuadros de la retaguardia francesa.
