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Title: El ejército británico en la India (1858)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre el saqueo de Lucknow y de Delhi, convertido por los británicos en sistema, que ha deshecho la disciplina de su ejército cuando la guerra de guerrillas y el verano indio más la exigen.
Author: Friedrich Engels
Date: 1858-06-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20El%20ej%C3%A9rcito%20brit%C3%A1nico%20en%20la%20India
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 4 de junio de 1858 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5361, del 26 de junio de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción de Tony Brown en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 493-496), por la Escuela de marxismo, 2026. La MEW lo titula «El ejército inglés en la India». Se suprimen dos «[...]» añadidos por la transcripción, que faltan en la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20The%20British%20Army%20in%20India).*

Nuestro indiscreto amigo, el señor William Russell, del *Times* de Londres,[^1] se ha dejado llevar recientemente por su amor a lo pintoresco hasta ilustrar por segunda vez el saqueo de Lucknow, en un grado que otros no encontrarán muy halagador para el carácter británico. Ahora resulta que también Delhi fue «saqueada» en muy considerable medida, y que, además del Kaisarbagh,[^2] la ciudad de Lucknow en general contribuyó a recompensar al soldado británico por sus privaciones y sus heroicos esfuerzos anteriores. Citamos al señor Russell:

> «Hay compañías que pueden jactarse de tener en sus filas soldados rasos con miles de libras. Supe de uno que se ofreció tan campante a prestar a un oficial la suma que quisiera si deseaba comprar la capitanía. Otros han enviado grandes sumas a sus allegados. Antes de que esta carta llegue a Inglaterra, más de un diamante, más de una esmeralda y de una delicada perla habrán contado su historia, de un modo muy tranquilo y agradable, del asalto y saqueo del Kaisarbagh. *Más vale que las bellas damas que los lucen* ... *no vieran cómo se ganaron esas relucientes alhajas ni las escenas en que se halló el tesoro....* Algunos de estos oficiales han hecho, literalmente, *su fortuna...* Hay ciertos cofrecillos en estuches de uniforme abollados que contienen *fincas en Escocia y en Irlanda*, y acogedores pabellones de pesca y de caza en todos los rincones del mundo frecuentados por la caza o por el salmón.»

Esto explica, pues, la inactividad del ejército británico tras la conquista de Lucknow. La quincena dedicada al pillaje estuvo bien empleada. Oficiales y soldados entraron en la ciudad pobres y llenos de deudas y salieron de pronto enriquecidos. Ya no eran los mismos hombres; y sin embargo se esperaba que volvieran a su antiguo deber militar, a la sumisión, a la obediencia callada, a la fatiga, a las privaciones y al combate. Pero eso es imposible. El ejército, licenciado para el pillaje, ha cambiado para siempre; ninguna voz de mando, ningún prestigio del general puede volver a hacer de él lo que fue. Escuchemos de nuevo al señor Russell:

> «Es curioso observar cómo las riquezas desarrollan la enfermedad; cómo el botín afecta al hígado y qué estragos tremendos pueden causar en la familia, entre los más próximos y queridos, unos pocos cristales de carbono. ... El peso del cinturón lleno de rupias y de mohures de oro[^3] que el soldado raso lleva a la cintura le asegura que la visión» (de una cómoda independencia en su tierra) «puede hacerse realidad, y no es de extrañar que le moleste el “¡a formar, ahí, a formar!”. ... Dos battas,[^4] dos partes del botín de guerra, el saqueo de dos ciudades y muchas “rebañaduras por el camino” han hecho a algunos de nuestros hombres demasiado ricos para soportar a gusto la vida de soldado.»

En consecuencia, nos enteramos de que más de 150 oficiales han presentado su dimisión a sir Colin Campbell:[^5] proceder singularísimo en un ejército frente al enemigo, que en cualquier otro ejército iría seguido, en veinticuatro horas, de la expulsión deshonrosa y de los más severos castigos, pero que, suponemos, en el ejército británico se considera un acto muy propio de «un oficial y un caballero» que acaba de hacer fortuna de golpe. En cuanto a los soldados rasos, con ellos la cosa es distinta. El botín engendra el deseo de más botín; y si no hay más tesoros indios a mano, ¿por qué no saquear los del gobierno británico? Así, dice el señor Russell:

> «Se han volcado de forma sospechosa dos furgones del tesoro escoltados por una guardia europea, de los que faltaban unas cuantas rupias, y *los pagadores muestran preferencia por los indígenas para el delicado servicio de escolta*.»

Muy bien, por cierto. ¡El hindú o el sij es más disciplinado, menos ladrón y menos rapaz que ese incomparable modelo de guerrero, el soldado británico! Pero hasta ahora solo hemos visto actuar al británico individual. Echemos ahora una ojeada al ejército británico «saqueando» en su calidad colectiva:

> «Cada día crece el botín de guerra, y se calcula que las ventas producirán 600.000 libras. Se dice que *la ciudad de Cawnpore está llena del botín de Lucknow*, y si pudieran calcularse los daños causados a los edificios públicos, la destrucción de la propiedad privada, la depreciación de las casas y las tierras y los efectos de la despoblación, se vería que *la capital de Oudh ha sufrido una pérdida de cinco o seis millones de libras esterlinas*.»

Las hordas calmucas de Gengis Kan y de Tamerlán, que caían sobre una ciudad como una nube de langosta y devoraban todo lo que encontraban a su paso, debieron de ser una bendición para un país en comparación con la irrupción de estos soldados británicos cristianos, civilizados, caballerosos y gentiles. Aquellas al menos pasaban pronto en su curso errático; pero estos metódicos ingleses traen consigo a sus agentes del botín, que convierten el saqueo en un sistema, registran lo saqueado, lo venden en subasta y vigilan con ojo avizor que no se defraude al heroísmo británico ni una tilde de su recompensa. Observaremos con curiosidad las aptitudes de este ejército, con la disciplina relajada por los efectos del pillaje al por mayor, en un momento en que las fatigas de una campaña en la estación cálida exigen la disciplina más rigurosa.

Los hindúes, con todo, deben de estar a estas alturas aún menos preparados para la batalla en regla que en Lucknow, pero esa no es ahora la cuestión principal. Mucho más importante es saber qué se hará si los insurrectos, tras un simulacro de resistencia, vuelven a trasladar el teatro de la guerra, por ejemplo a Rajputana, que dista mucho de estar sometida. Sir Colin Campbell tiene que dejar guarniciones en todas partes; su ejército de campaña se ha reducido a menos de la mitad de las fuerzas que tenía ante Lucknow. Si ha de ocupar Rohilkhand, ¿qué fuerzas disponibles le quedarán para la campaña? La estación cálida se le ha echado encima; en junio las lluvias habrán puesto fin a las operaciones activas y dado respiro a los insurrectos. Las bajas de soldados europeos por enfermedad habrán aumentado día tras día desde mediados de abril, cuando el tiempo se hizo agobiante; y los jóvenes traídos a la India el invierno pasado sucumbirán al clima en número mucho mayor que los veteranos de las campañas indias que el verano pasado combatieron a las órdenes de Havelock y Wilson.[^6] Rohilkhand no es más el punto decisivo de lo que lo fue Lucknow, o Delhi. La insurrección, es verdad, ha perdido casi toda su capacidad para las batallas campales; pero es mucho más temible en su forma dispersa actual, que obliga a los ingleses a arruinar su ejército a fuerza de marchas y de intemperie. Véanse los muchos nuevos centros de resistencia. Está Rohilkhand, donde se ha reunido la masa de los antiguos cipayos; está el nordeste de Oudh, más allá del Ghaghara, donde han tomado posición las gentes de Oudh; está Kalpi, que por ahora sirve de punto de concentración a los insurrectos de Bundelkhand. Lo más probable es que dentro de unas semanas, si no antes, nos enteremos de que han caído Bareilly y Kalpi. Lo primero tendrá poca importancia, pues servirá para absorber casi todas las fuerzas disponibles de Campbell, si no todas. Kalpi, amenazada ahora por el general Whitlock,[^7] que ha llevado su columna de Nagpur a Banda, en Bundelkhand, y por el general Rose,[^8] que se acerca desde Jhansi y ha derrotado a la vanguardia de las fuerzas de Kalpi, será una conquista más importante; librará a la base de operaciones de Campbell, Cawnpore, del único peligro que la amenaza, y quizá le permita así reforzar en cierta medida sus fuerzas de campaña con las tropas que queden libres. Pero es muy dudoso que haya bastantes para hacer algo más que limpiar Oudh.

Así, el ejército más fuerte que Inglaterra haya concentrado nunca en un solo punto de la India está de nuevo disperso en todas direcciones y tiene por delante más trabajo del que puede hacer con comodidad. Los estragos del clima durante los calores y las lluvias del verano tienen que ser terribles; y sea cual sea la superioridad moral del europeo sobre los hindúes, es muy dudoso que la superioridad física de los hindúes para arrostrar el calor y las lluvias de un verano indio no vuelva a ser el medio de destruir las fuerzas inglesas. Por ahora son pocas las tropas británicas en camino hacia la India, y no se piensa enviar grandes refuerzos antes de julio y agosto. Hasta octubre y noviembre, por tanto, Campbell no tiene más que ese único ejército, que se funde rápidamente, para sostenerse. ¿Y si entretanto los hindúes insurrectos logran levantar en rebelión Rajputana y el país de los marathas? ¿Y si se sublevaran los sijs, de los que hay 80.000 al servicio británico, que reclaman para sí todo el honor de las victorias y cuyo ánimo no es del todo favorable a los británicos?

En suma, a los británicos parece aguardarles en la India por lo menos otra campaña de invierno, y no podrá hacerse sin otro ejército venido de Inglaterra.

[^1]: William Howard Russell (1820-1907), corresponsal de guerra del *Times* en Crimea y, en 1858, en la India.

[^2]: El Kaisarbagh, conjunto de palacios de los reyes de Oudh en Lucknow, saqueado tras la toma de la ciudad en marzo de 1858.

[^3]: Moneda de oro de la India británica, que valía quince rupias.

[^4]: Batta: plus de campaña que se pagaba a las tropas en la India; aquí, gratificación extraordinaria concedida por una campaña.

[^5]: Sir Colin Campbell (1792-1863), luego lord Clyde, comandante en jefe de las tropas británicas en la India de 1857 a 1860.

[^6]: Sir Henry Havelock (1795-1857), general británico, que socorrió Lucknow en septiembre de 1857 y murió allí en noviembre; Archdale Wilson (1803-1874), general británico, que mandó el asedio y el asalto de Delhi en septiembre de 1857.

[^7]: George Cornish Whitlock (1798-1868), general del ejército de Madrás, al mando de una columna en Bundelkhand en 1858.

[^8]: Sir Hugh Rose (1801-1885), general británico, al mando de la Fuerza de Campaña de la India Central, que tomó Jhansi en abril de 1858 y Kalpi en mayo.
