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Title: El encierro de lady Bulwer-Lytton (1858)
Description: Crónica de Marx desde Londres para el New-York Daily Tribune sobre el internamiento de lady Bulwer-Lytton en una casa de locos por obra de su marido, ministro del gobierno de Derby: el silencio de la camarilla literaria, la intriga de Palmerston tras la indignación y las lettres de cachet que la ley de locos pone en manos de quien pueda pagar a dos médicos.
Author: Karl Marx
Date: 1858-07-23
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20El%20encierro%20de%20lady%20Bulwer-Lytton
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 23 de julio de 1858 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5393, del 4 de agosto de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 527-532), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Die%20Einkerkerung%20der%20Lady%20Bulwer-Lytton).*

*Londres*, 23 de julio de 1858

El gran escándalo Bulwer, que el *Times* de Londres creía «felizmente» tapado con un arreglo amistoso de familia, dista mucho de haberse acallado. Es verdad que, pese al gran interés de partido que estaba en juego, la prensa de la capital, salvo unas pocas excepciones insignificantes, hizo cuanto estuvo en su mano para tapar el caso con una conspiración de silencio, porque sir Edward Bulwer[^1] es uno de los jefes de la camarilla literaria que reina sobre las cabezas de los periodistas londinenses de manera más despótica de lo que pueden hacerlo incluso los vínculos de partido, y los señores de la literatura no tienen en general el valor necesario para desafiar en público la cólera de la camarilla. El *Morning Post* fue el primero en informar al público de que los amigos de lady Bulwer[^2] persistían en el propósito de llevar el caso ante los tribunales; el *Times* de Londres reprodujo la breve nota del *Morning Post*, y ni siquiera el *Advertiser*,[^3] que desde luego no tiene ninguna posición literaria que arriesgar, se atrevió a ir más allá de unos pocos y escuálidos extractos de la *Somerset Gazette*. Hasta la influencia de Palmerston resultó por el momento inútil: no pudo arrancar nada a sus vasallos literarios; y cuando apareció la insulsa carta de disculpa del hijo de Bulwer,[^4] todos esos guardianes públicos de la libertad individual declararon su suprema satisfacción y desaprobaron toda nueva intromisión indelicada en ese «penoso asunto». La prensa tory, naturalmente, ha gastado hace tiempo toda su indignación moral a propósito de lord Clanricarde,[^5] y la prensa radical, que recibe sus inspiraciones más o menos de la Escuela de Manchester, evita con cuidado causar al gobierno actual la menor molestia. Pero junto a la prensa respetable o seudorrespetable de la metrópoli hay una prensa no respetable, enteramente dominada por sus patronos políticos, que, sin una posición literaria que la refrene, está siempre dispuesta a sacar dinero del privilegio de la prensa a la libertad de expresión y aprovecha ávidamente toda ocasión de aparecer a los ojos del público como la más alta representante de la hombría. Por otra parte, una vez despertados los instintos morales de la masa del pueblo, ya no hará falta seguir maniobrando. Una vez llevada la opinión pública a un estado de excitación moral, hasta el *Times* de Londres puede arrojar la máscara de la reserva y, con el corazón sangrando, naturalmente, asestar un golpe al gobierno de Derby pronunciando el veredicto de la «opinión pública» incluso sobre un jefe literario como sir Edward Bulwer-Lytton.

Las cosas toman ahora exactamente ese giro. Que lord Palmerston es el secreto director de escena del espectáculo, como insinuamos desde el principio, es ahora *un secret qui court les rues*,[^6] como dicen los franceses.

> «*On dit*», escribe un semanario de Londres, «que lady Palmerston[^7] se ha mostrado en este asunto la mejor amiga de lady Bulwer-Lytton. Todos recordamos cómo los tories tomaron partido por el señor Norton cuando lord Melbourne tuvo disgustos a causa de la esposa de ese caballero.[^8] Donde las dan las toman: es juego limpio. Pero, si lo pensamos bien, es bastante triste para nuestros tiempos encontrarse con un secretario de Estado que usa la influencia de su cargo para cometer actos de opresión, o ver cómo la esposa de un ministro lanza contra un gobierno a la esposa de otro ministro.»

Ocurre a menudo que la verdad solo se cuela en algún rincón de la prensa británica por los caminos torcidos de la intriga política. El aparentemente noble estremecimiento ante un verdadero ultraje no es, al fin y al cabo, más que una mueca calculada; y solo se apela a la justicia pública para alimentar la malicia personal. Si de los valientes caballeros del tintero hubiera dependido, lady Bulwer habría podido quedarse para siempre en un manicomio de Londres; habrían podido deshacerse de ella con menos ruido que en San Petersburgo o en Viena; los usos de la etiqueta literaria le habrían negado todo medio de recobrar sus derechos, de no haber sido por la feliz circunstancia de que el ojo agudo de Palmerston la eligió como filo de la cuña con la que quizá pueda partirse el gobierno tory.

Un breve análisis de la carta que el hijo de Bulwer dirigió a los periódicos de Londres bastará para aclarar el verdadero estado del caso. El señor Robert Bulwer-Lytton empieza declarando que ha de darse crédito a su

> «simple declaración desde el primer momento», porque es «el hijo de lady Bulwer-Lytton, con el mayor derecho a hablar en su interés y, evidentemente, con los mejores medios de información».

Pues bien, este hijo tan tierno no se ha ocupado de su madre ni ha mantenido correspondencia con ella; no la había visto en casi diecisiete años, hasta que la encontró en la asamblea electoral de Hertford, con motivo de la reelección de su padre. Cuando lady Bulwer salió de la asamblea electoral y fue a ver al alcalde de Hertford para pedirle el uso del ayuntamiento como sala de conferencias, el señor Robert Bulwer-Lytton envió un médico a casa del alcalde con el encargo de examinar el estado mental de su madre. Cuando después, en Londres, su madre fue secuestrada en casa del señor Hale Thompson, en Clarges Street, y su prima, la señorita Ryves, corrió a la calle y suplicó al señor Lytton, que esperaba fuera, que interviniera y prestara ayuda para que no se llevaran a su madre a Brentford, el señor Lytton se negó fríamente a tener nada que ver con el asunto. Después de haber actuado primero como uno de los principales actores de la conspiración tramada por su padre, cambia ahora de bando y se presenta como el abogado natural de su madre. En segundo lugar, el señor Lytton alega que su madre «nunca fue llevada, ni por un momento, a un manicomio», sino, al contrario, a la «casa particular» de un cirujano, el señor Robert Gardiner Hill. Esto no es más que un pobre subterfugio. Como la «Wyke House» que dirige el señor Hill no pertenece legalmente a la categoría de los «asilos», sino a la de las «casas autorizadas de la capital», es exacto, a la letra, que lady Bulwer no fue arrojada a un «asilo de locos», sino a una casa de locos.

El cirujano Hill, que comercia con la «locura» por su cuenta y riesgo, ha salido también con una disculpa en la que declara que lady Bulwer nunca estuvo encerrada, sino que, por el contrario, tuvo el placer de disponer de un *brougham*[^9] en el que, durante su estancia forzosa en casa de él, iba casi todas las tardes a Richmond, Acton, Hanwell o Isleworth. El señor Hill olvida comunicar al público que el «tratamiento mejorado de los locos» que practica responde exactamente a la recomendación oficial de los comisionados para la locura.[^10] Las muecas amables, la indulgencia sonriente, el engatusamiento infantil, la cháchara untuosa, los guiños de entendido y la jovialidad afectada de una cuadrilla de guardianes amaestrados pueden volver loca a una mujer sensible tanto como las duchas, las camisas de fuerza, los vigilantes brutales y las celdas oscuras. Sea como fuere, las protestas del señor cirujano Hill y del señor Lytton se reducen simplemente a que lady Bulwer fue tratada en efecto como una loca, solo que según las reglas del sistema nuevo en lugar del antiguo.

> «Me puse en comunicación constante con mi madre», dice el señor Lytton en su carta, «... y cumplí las instrucciones de mi padre, que me hizo partícipe sin reservas de todos sus planes... y me encareció seguir en todo el consejo de lord Shaftesbury sobre lo que fuera mejor y más conveniente para lady Lytton.»

Lord Shaftesbury[^11] es, como se sabe, el general en jefe de esa hueste guerrera que tiene su cuartel general en Exeter Hall.[^12] Combatir los olores de un asunto sucio con el olor de su santidad podría considerarse un *coup de théâtre* digno del genio inventivo de un novelista. Más de una vez se ha empleado a lord Shaftesbury en este sentido, por ejemplo en el asunto de China y en el complot de Cambridge House.[^13] Pero el señor Lytton solo hace al público una confidencia a medias; de lo contrario habría declarado abiertamente que, inmediatamente después del secuestro de su madre, una carta imperiosa de lady Palmerston echó por tierra los planes de sir Edward y le movió a «seguir el consejo de lord Shaftesbury», quien, por una desdicha señalada, resulta ser el yerno de Palmerston y, al mismo tiempo, el presidente de los comisionados para la locura. El señor Lytton prosigue en sus deliberados intentos de engaño y declara:

> «Desde el momento en que mi padre se sintió obligado a aprobar esas medidas que han sido objeto de tantas tergiversaciones, se preocupó de obtener la opinión de los médicos más experimentados y capaces, para que mi madre no estuviera sometida a la reclusión ni un momento más de lo estrictamente justificado. Tal fue el encargo que me hizo.»

De la formulación evasiva de este pasaje, torpe a sabiendas, se desprende, pues, que sir Edward Bulwer consideró necesario un dictamen médico autorizado, no para recluir a su esposa como loca, sino para dejarla libre como *mentis compos*.[^14] En realidad, los médicos con cuyo consentimiento fue secuestrada lady Bulwer eran cualquier cosa menos «los médicos más experimentados y capaces». Los sujetos empleados por sir Edward fueron un tal señor Ross, boticario de la City, al que su licencia para vender drogas parece haber convertido de repente en una lumbrera de la psicología, y un tal señor Hale Thompson, que había tenido que ver antes con el hospital de Westminster, pero que es un perfecto desconocido en el mundo científico. Solo cuando empezó a ejercerse una suave presión desde fuera y sir Edward sintió con inquietud que tenía que retroceder, se dirigió a personas de reputación médica. Su hijo ha publicado sus certificados; pero ¿qué prueban? El doctor Forbes Winslow,[^15] director del *Journal of Psychological Medicine*, a quien antes habían consultado los asesores jurídicos de lady Bulwer, certifica, «tras haber examinado el estado mental de lady Bulwer-Lytton», que lo encontró de tal modo «que justifica su liberación de toda reclusión». Pero lo que había que probar al público no era si estaba justificada la liberación de lady Bulwer, sino, al contrario, si lo estaba su encierro. El señor Lytton no se atreve a tocar este punto delicado y decisivo. ¿No se reiría cualquiera de un alguacil que, acusado del encarcelamiento ilegal de un británico nacido libre, alegara en su defensa que no había cometido ninguna falta al poner en libertad a su preso? Pero ¿ha sido lady Bulwer puesta de veras en libertad?

> «Mi madre», prosigue el señor Lytton, «*está ahora conmigo*, libre de toda reclusión y a punto de salir de viaje por poco tiempo, por deseo propio, acompañada por mí y por una amiga y pariente de su propia elección.»

La carta del señor Lytton está fechada en «Park Lane, núm. 1», es decir, en la residencia de su padre en la ciudad. ¿Ha sido, pues, lady Bulwer trasladada de su lugar de cautiverio en Brentford a un lugar de cautiverio en Londres y entregada en persona a un enemigo encarnizado? ¿Quién garantiza que está «libre de toda reclusión»? Cuando firmó el arreglo propuesto, en todo caso, no estaba libre de reclusión, sino que languidecía bajo el sistema mejorado del médico Hill. La circunstancia más importante es esta: mientras sir Edward ha hablado, lady Bulwer ha guardado silencio. Ninguna declaración suya, tan dada como es a la actividad literaria, ha llegado a los ojos del público. Un relato escrito por ella misma sobre el trato que recibió fue hábilmente sustraído a la persona a la que iba dirigido.

Sea cual sea el acuerdo al que hayan llegado los esposos, para el público queda en pie la cuestión de si, al amparo de la ley sobre los locos, individuos sin escrúpulos que pueden pagar honorarios tentadores a dos médicos hambrientos pueden expedir *lettres de cachet*.[^16] Otra cuestión es esta: ¿se permite a un ministro dar por zanjado un crimen público mediante un arreglo privado? Ahora se ha filtrado que en el curso de este año, al investigar la situación en un asilo de Yorkshire, los comisionados para la locura descubrieron a un hombre que, en pleno uso de sus facultades mentales, había estado encerrado varios años y escondido en un sótano. A una pregunta que el señor Fitzroy[^17] hizo sobre este caso en la Cámara de los Comunes, el señor Walpole[^18] respondió que no había encontrado «ningún expediente sobre ese hecho», respuesta que niega el expediente, pero no el hecho. Que no se quiere dejar las cosas así puede verse por el anuncio del señor Tite[^19] de que

> «al comienzo de la próxima legislatura propondría la creación de una comisión especial que examinara la aplicación de la ley sobre los locos».

[^1]: Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), novelista y político conservador, ministro de las Colonias en el gobierno de Derby (1858-1859).

[^2]: Rosina Bulwer-Lytton (1802-1882), novelista, separada de su marido desde 1836. En junio de 1858, tras interrumpir un acto electoral de su marido en Hertford, fue internada por orden de este en un establecimiento privado para locos de Brentford; la campaña de prensa obligó a liberarla a las pocas semanas.

[^3]: *The Morning Advertiser*, diario londinense de los taberneros, de tendencia radical.

[^4]: Robert Bulwer-Lytton (1831-1891), diplomático y poeta, hijo de Edward y Rosina; más tarde virrey de la India.

[^5]: Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), político whig; en 1858 Palmerston lo nombró lord del Sello Privado pese a un escándalo judicial que había comprometido su reputación, lo que contribuyó a la caída del gabinete.

[^6]: Un secreto que corre por las calles; un secreto a voces.

[^7]: Emily Lamb, lady Palmerston (1787-1869), hermana de lord Melbourne y viuda de lord Cowper antes de casarse con Palmerston.

[^8]: En 1836 George Norton demandó a lord Melbourne, entonces primer ministro whig, por adulterio con su esposa, la escritora Caroline Norton; Melbourne fue absuelto.

[^9]: Tipo de coche cerrado de caballos, llamado así por lord Brougham.

[^10]: Los comisionados para la locura (*Commissioners in Lunacy*), autoridad creada en 1845 para inspeccionar los manicomios de Inglaterra y Gales.

[^11]: Anthony Ashley-Cooper, conde de Shaftesbury (1801-1885), político tory y filántropo evangélico, presidente de los comisionados para la locura; estaba casado con una hija de lady Palmerston de su primer matrimonio.

[^12]: Exeter Hall, salón de actos del Strand, en Londres, donde celebraban sus reuniones las sociedades religiosas y filantrópicas evangélicas.

[^13]: Cambridge House, residencia londinense de Palmerston.

[^14]: Dueña de su razón (de la fórmula latina *compos mentis*).

[^15]: Forbes Benignus Winslow (1810-1874), médico especialista en enfermedades mentales.

[^16]: Órdenes reales de prisión sin juicio del Antiguo Régimen francés.

[^17]: Henry Fitzroy (1807-1859), diputado whig, subsecretario de Interior en el gobierno de Palmerston.

[^18]: Spencer Horatio Walpole (1806-1898), ministro del Interior en el gobierno de Derby (1858-1859).

[^19]: William Tite (1798-1873), arquitecto y diputado liberal.
