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Title: El inminente empréstito indio (1858)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune: el empréstito que necesita la Compañía de las Indias Orientales tras la sublevación india, el juego de manos parlamentario que convirtió su deuda en deuda del pueblo indio y la perspectiva de un nuevo aumento de la deuda nacional británica.
Author: Karl Marx
Date: 1858-01-22
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20El%20inminente%20empr%C3%A9stito%20indio
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 22 de enero de 1858 (fecha de la crónica) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5243, del 9 de febrero de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del* Tribune *hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 378-381), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana de la MEW. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20The%20Approaching%20Indian%20Loan).*

Londres, 22 de enero de 1858

La animación del mercado monetario de Londres, resultado de la retirada de una masa enorme de capital de las inversiones productivas ordinarias y de su consiguiente traslado a los mercados de valores, se ha visto algo amortiguada en la última quincena por la perspectiva de un inminente *empréstito indio* por un importe de ocho o diez millones de libras esterlinas. Este empréstito, que ha de emitirse en Inglaterra y que el Parlamento ha de autorizar en cuanto se reúna en febrero, es necesario para atender a las reclamaciones de los acreedores metropolitanos de la Compañía de las Indias Orientales, así como a los gastos extraordinarios en material de guerra, pertrechos, transporte de tropas, etc., que ha exigido la sublevación india. En agosto de 1857, antes de la prórroga del Parlamento, el gobierno británico había declarado solemnemente en la Cámara de los Comunes que no se pensaba en tal empréstito, pues los recursos financieros de la Compañía eran más que suficientes para hacer frente a la crisis. La agradable ilusión que así se le endosó a John Bull se disipó, sin embargo, muy pronto, cuando se filtró que, mediante un procedimiento de carácter muy dudoso, la Compañía de las Indias Orientales había echado mano de una suma de unos 3.500.000 libras esterlinas que distintas compañías le habían confiado para la construcción de ferrocarriles indios, y que, además, había tomado prestado en secreto 1.000.000 de libras esterlinas del Banco de Inglaterra y otro millón de los bancos por acciones de Londres. Preparado así el público para lo peor, el gobierno ya no vaciló en quitarse la máscara y en confesar la necesidad del empréstito por medio de artículos semioficiales en el *Times*, el *Globe* y otros órganos gubernamentales.

Cabe preguntar por qué hace falta un acto especial del poder legislativo para lanzar un empréstito así, y luego por qué tal acontecimiento causa la menor aprensión, cuando, por el contrario, en las circunstancias actuales toda salida para el capital británico, que ahora busca en vano una inversión lucrativa, debería considerarse una bendición caída del cielo y un freno de lo más saludable a la rápida depreciación del capital.

Es sabido que la existencia comercial de la Compañía de las Indias Orientales terminó en 1834, cuando se le cortó la principal fuente de beneficios comerciales que le quedaba: el monopolio del comercio con China. En consecuencia, como los tenedores de acciones de la Compañía habían obtenido sus dividendos, al menos nominalmente, de los beneficios comerciales de esta, se había hecho necesario un nuevo arreglo financiero respecto de ellos. El pago de los dividendos, hasta entonces a cargo de los ingresos comerciales de la Compañía, se trasladó a sus ingresos políticos. A los propietarios de acciones de las Indias Orientales había que pagarles con las rentas que la Compañía percibía en su calidad de gobierno, y, por ley del Parlamento, el capital indio, que ascendía a 6.000.000 de libras esterlinas al diez por ciento de interés, se convirtió en un capital que no podía liquidarse sino a razón de 200 libras por cada 100 de acciones. Dicho de otro modo, el capital original de la Compañía, de 6.000.000 de libras esterlinas, se convirtió en un capital de 12.000.000 al cinco por ciento de interés, a cargo de las rentas procedentes de los impuestos del pueblo indio. La deuda de la Compañía de las Indias Orientales se transformó así, por un juego de manos parlamentario, en una deuda del pueblo indio. Existe, además, una deuda de más de 50.000.000 de libras esterlinas contraída por la Compañía en la India y a cargo exclusivamente de las rentas del Estado de aquel país; pues los empréstitos de esta clase contraídos por la Compañía en la propia India se han considerado siempre fuera del ámbito de la legislación parlamentaria, al igual que las deudas contraídas por el gobierno colonial, por ejemplo, en Canadá o en Australia.

En cambio, a la Compañía de las Indias Orientales le estaba prohibido contraer deudas con interés en la propia Gran Bretaña sin la sanción especial del Parlamento. Hace algunos años, cuando la Compañía se puso a establecer ferrocarriles y telégrafos eléctricos en la India, solicitó autorización para emitir bonos indios en el mercado de Londres, petición que se le concedió hasta un importe de 7.000.000 de libras esterlinas, que debían emitirse en bonos al 4 por ciento de interés, garantizados solo con las rentas del Estado indio. Al comienzo de la sublevación de la India, esa deuda en bonos ascendía a 3.894.400 libras esterlinas, y la misma necesidad de acudir de nuevo al Parlamento muestra que la Compañía de las Indias Orientales ha agotado durante la insurrección india su facultad legal de tomar prestado en la metrópoli.

Ahora bien, no es ningún secreto que, antes de recurrir a este paso, la Compañía de las Indias Orientales había abierto un empréstito en Calcuta, que, sin embargo, resultó un completo fracaso. Esto prueba, por una parte, que los capitalistas indios están muy lejos de considerar las perspectivas de la supremacía británica en la India con el mismo optimismo que distingue a la prensa de Londres, y, por otra, exaspera los sentimientos de John Bull hasta un grado poco común, porque sabe del inmenso atesoramiento de capital que se ha venido produciendo en los últimos siete años en la India, adonde, según una relación publicada hace poco por los señores Haggard & Pixley, se embarcaron en 1856 y 1857, solo desde el puerto de Londres, metales preciosos por valor de 21.000.000 de libras. El *Times* de Londres, en el tono más persuasivo, ha enseñado a sus lectores que

«de todos los incentivos para la lealtad de los nativos, el de hacerlos nuestros acreedores era el menos dudoso; mientras que, por otra parte, entre un pueblo impulsivo, reservado y avaro, ninguna tentación al descontento o a la traición podía ser más fuerte que la que crea la idea de que se le cobran impuestos cada año para enviar dividendos a ricos acreedores de otros países».

Los indios, sin embargo, no parecen entender la belleza de un plan que no solo restablecería la supremacía inglesa a costa del capital indio, sino que al mismo tiempo, por un camino indirecto, abriría al comercio británico los tesoros acumulados por los nativos. Si de verdad los capitalistas indios tuvieran tanto apego al dominio británico como todo buen inglés tiene por artículo de fe afirmar, no podría habérseles brindado mejor ocasión de demostrar su lealtad y de librarse de su plata. Como los capitalistas indios cierran sus tesoros, John Bull tiene que hacerse a la idea de la cruel necesidad de sufragar él mismo, al menos en primera instancia, los gastos de la insurrección india, sin ningún apoyo de los nativos. El empréstito inminente, además, no es más que un precedente, y parece la primera hoja de un libro que lleva por título «Deuda angloindia en la metrópoli». No es ningún secreto que lo que la Compañía de las Indias Orientales necesita no son ocho millones, ni diez millones, sino de veinticinco a treinta millones de libras, y aun eso solo como primer plazo, no para gastos que hayan de hacerse, sino para deudas ya vencidas. El déficit de ingresos de los tres últimos años ascendió a 5.000.000 de libras esterlinas; el tesoro saqueado por los insurrectos hasta el pasado 15 de octubre, a 10.000.000, según los datos del *Phoenix*, periódico gubernamental indio; la pérdida de ingresos en las provincias del nordeste a consecuencia de la rebelión, a 5.000.000, y los gastos de guerra, a 10.000.000 por lo menos.

Es verdad que empréstitos sucesivos de la Compañía india en el mercado monetario de Londres elevarían el valor del dinero e impedirían la creciente depreciación del capital, es decir, una nueva baja del tipo de interés; pero esa baja es precisamente lo que se necesita para la reactivación de la industria y el comercio británicos. Todo freno artificial que se ponga al movimiento descendente del tipo de descuento equivale a un encarecimiento del coste de producción y de las condiciones del crédito, que el comercio inglés, en su débil estado actual, se siente incapaz de soportar. De ahí el clamor general de angustia al anunciarse el empréstito indio. Aunque la sanción del Parlamento no añada al empréstito de la Compañía ninguna garantía imperial, también esa garantía tendrá que concederse si no se puede obtener dinero en otras condiciones; y, pese a todas las distinciones sutiles, en cuanto el gobierno británico sustituya a la Compañía de las Indias Orientales, la deuda de esta se fundirá con la deuda británica. Un nuevo aumento de la ya grande deuda nacional parece ser, por tanto, una de las primeras consecuencias financieras de la sublevación india.
