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Title: El tratado británico-chino (1858)
Description: Artículo de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el Tratado de Tianjin de 1858 entre Gran Bretaña y China: la legalización del comercio del opio, que acabará arruinando el monopolio indio, una indemnización mezquina, cláusulas comerciales ilusorias y la verdadera ganancia de la guerra, que se lleva Rusia con el valle del Amur.
Author: Karl Marx
Date: 1858-09-28
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20El%20tratado%20brit%C3%A1nico-chino
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de septiembre de 1858 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5455, del 15 de octubre de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción de marxists.org, cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 584-589), que da la fecha y la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. En la tabla, la MEW da otras cifras en algunas casillas (1849, cuarta columna: 6.500.000; 1851, segunda y cuarta: 4.500.000 y 11.500.000; 1856, segunda y cuarta: 6.100.000 y 25.800.000) y rotula las columnas como exportaciones británicas a Cantón y Shanghái e importaciones británicas desde esos puertos; seguimos el texto inglés salvo dos erratas evidentes de la transcripción. El título es el del texto inglés; la MEW lo titula «Der britisch-chinesische Vertrag». Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20The%20British%20and%20Chinese%20Treaty).*

El resumen oficial del tratado anglo-chino que el gabinete británico ha presentado por fin al público añade, en conjunto, bien poco a la información que ya se había transmitido por otros conductos. El primero y el último artículo contienen, en realidad, los puntos del tratado de interés exclusivamente inglés. Por el primer artículo quedan «derogados» «el Tratado Suplementario y los reglamentos generales de comercio» estipulados tras la conclusión del Tratado de Nankín.[^1] Aquel tratado suplementario disponía que los cónsules ingleses residentes en Hong Kong y en los cinco puertos chinos abiertos al comercio británico cooperasen con las autoridades chinas en caso de que algún barco inglés llegase con opio a bordo dentro del ámbito de su jurisdicción consular. Se imponía así a los comerciantes ingleses una prohibición formal de importar la droga de contrabando, y el gobierno inglés se constituía en cierta medida en uno de los aduaneros del Celeste Imperio. Que la segunda guerra del opio[^2] terminara quitando las trabas con que la primera guerra del opio aún aparentaba frenar el tráfico de opio parece un resultado del todo lógico y una consumación devotamente reclamada por aquella parte del público mercantil británico que entonó los aplausos más vigorosos a los fuegos artificiales de Palmerston en Cantón.[^3] Mucho nos equivocamos, sin embargo, si este abandono oficial por parte de Inglaterra de su hipócrita oposición al comercio del opio no acaba llevando a consecuencias del todo contrarias a las esperadas. Al comprometer al gobierno británico a cooperar en la supresión del tráfico de opio, el gobierno chino había reconocido su incapacidad para hacerlo por su cuenta.

El Tratado Suplementario de Nankín fue un esfuerzo supremo y bastante desesperado por librarse del comercio del opio con ayuda extranjera. Fracasado este esfuerzo, y proclamado ahora el fracaso, legalizado ya el tráfico de opio en lo que a Inglaterra se refiere, poca duda puede quedar de que el gobierno chino ensayará un método que le recomiendan a la vez consideraciones políticas y financieras, a saber: legalizar el cultivo de la adormidera en China y gravar con derechos el opio extranjero importado. Sean cuales sean las intenciones del actual gobierno chino, las circunstancias mismas en que lo ha puesto el Tratado de Tianjin[^4] todas le señalan ese camino.

Una vez efectuado ese cambio, el monopolio del opio de la India, y con él el erario indio, recibirán un golpe mortal, mientras que el tráfico británico de opio se reducirá a las dimensiones de un comercio corriente y muy pronto resultará ruinoso. Hasta ahora ha sido un juego en el que John Bull jugaba con dados cargados. Haber frustrado su propio objetivo parece, pues, el resultado más evidente de la guerra del opio número dos.

Después de declarar a Rusia una «guerra justa», la generosa Inglaterra renunció, al concluirse la paz, a exigir indemnización alguna por sus gastos de guerra. Como, por otra parte, ha sostenido todo el tiempo que estaba en paz con la propia China, no puede menos de hacerle pagar unos gastos ocasionados, en opinión de sus propios ministros actuales, por la piratería de su parte. Sin embargo, las primeras noticias de los quince o veinte millones de libras esterlinas que debían pagar los celestes resultaron un calmante para la conciencia británica más escrupulosa, y el *Economist* y los redactores de artículos financieros en general se entregaron a cálculos muy agradables sobre los efectos beneficiosos de la plata sycee[^5] en la balanza comercial y en la reserva metálica del Banco de Inglaterra. Pero, ¡ay!, las primeras impresiones que la prensa palmerstoniana se había tomado tanto trabajo en producir y cultivar eran demasiado tiernas para resistir el choque de la información real.

Un «artículo separado dispone que se pague una suma de dos millones de taeles» «por las pérdidas sufridas por súbditos británicos a causa de la mala conducta de las autoridades chinas en Cantón, y otra suma de dos millones de taeles por» los gastos de la guerra. Ahora bien, estas sumas juntas ascienden solo a 1.334.000 libras, mientras que en 1842 el emperador de China tuvo que pagar 4.200.000 libras, de las que 1.200.000 eran indemnización por el opio de contrabando confiscado y 3.000.000 por los gastos de la guerra. Bajar de 4.200.000 libras, con Hong Kong por añadidura, a unas simples 1.334.000 no parece, después de todo, un negocio próspero; pero lo peor está aún por decir. Puesto que, dice el emperador chino, la vuestra no fue una guerra con China, sino solo una «guerra provincial» con Cantón, probad vosotros mismos a sacar de la provincia de Guangdong los daños que vuestros amables vapores de guerra me han obligado a adjudicaros. Entretanto, vuestro ilustre general Straubenzee[^6] puede conservar Cantón como garantía material y seguir haciendo de las armas británicas el hazmerreír incluso de los soldados chinos. Los lúgubres sentimientos del optimista John Bull ante estas cláusulas que gravan el pequeño botín de 1.334.000 libras se han desahogado ya en gemidos audibles.

«En lugar de poder retirar nuestros 53 buques de guerra —dice un periódico londinense— y verlos volver triunfantes con millones de plata sycee, podemos contar con la grata necesidad de enviar un ejército de 5.000 hombres para reconquistar y mantener Cantón y ayudar a la flota a llevar adelante esa guerra provincial que ha declarado el sustituto del cónsul. Pero ¿no tendrá esta guerra provincial más consecuencias que desviar nuestro comercio de Cantón hacia otros puertos chinos?… ¿No dará su continuación [la de la guerra provincial] a Rusia una gran parte del comercio del té? ¿No podrían el continente y la propia Inglaterra llegar a depender de Rusia y de los Estados Unidos para su té?»

La inquietud de John Bull por los efectos de la «guerra provincial» sobre el comercio del té no es del todo gratuita. Por los *Commercial Tariffs* de Macgregor[^7] puede verse que en el último año de la anterior guerra china Rusia recibió en Kiajta[^8] 120.000 cajas de té.

El año siguiente a la conclusión de la paz con China, la demanda rusa bajó un 75 por ciento y solo llegó a 30.000. En todo caso, los costes que aún tendrán los británicos para someter a Guangdong hincharán de tal modo el debe de la balanza que esta segunda guerra de China difícilmente se pagará a sí misma, que es la mayor falta en que, como observa con razón el señor Emerson,[^9] puede incurrir cualquier cosa a juicio de los británicos.

Otro gran éxito de la invasión inglesa se halla en el artículo 51, según el cual el término «bárbaro» «no se aplicará» al gobierno británico ni a los súbditos británicos «en ningún documento oficial chino emitido por las autoridades chinas». Puesto que las autoridades chinas se dan a sí mismas el nombre de celestes, ¡qué humilde no ha de parecerles John Bull, que, en lugar de exigir que se le llame divino u olímpico, se contenta con arrancar de los documentos oficiales el carácter que representa la palabra bárbaro!

Los artículos comerciales del tratado no dan a Inglaterra ninguna ventaja de la que no vayan a gozar sus rivales y, por el momento, se disuelven en promesas vagas que en su mayor parte no valen el pergamino en que están escritas. El artículo 10 estipula:

«Los barcos mercantes británicos estarán autorizados a comerciar por el Gran Río (Yangtsé), pero, en el actual estado de agitación del valle alto y del bajo, no se abrirá al comercio ningún puerto, con excepción de Zhenjiang, que se abrirá un año después de la firma del tratado. Cuando se restablezca la paz, los barcos británicos serán admitidos a comerciar en aquellos puertos, hasta Hankou y no más de tres, que el ministro británico determine tras consultar con el secretario de Estado chino».

Por este artículo los británicos quedan de hecho excluidos de la gran arteria comercial de todo el imperio, de «la única vía —como observa con razón el *Morning Star*— por la que pueden hacer llegar sus manufacturas al interior». Si se portan como niños buenos y ayudan al gobierno imperial a desalojar a los rebeldes[^10] de las regiones que ahora ocupan, entonces podrán acaso navegar por el gran río, pero solo hasta determinados puertos. En cuanto a los nuevos puertos marítimos abiertos, de «todos» los puertos que se anunciaron al principio han quedado reducidos a cinco, que se suman a los cinco del Tratado de Nankín, y, como observa un periódico londinense, «son por lo general remotos o insulares». Además, a estas alturas debería estar desacreditada la ilusión de que el crecimiento del comercio es proporcional al número de puertos abiertos. Considérense los puertos de las costas de Gran Bretaña, o de Francia, o de los Estados Unidos: ¿cuán pocos de ellos se han convertido en verdaderos emporios comerciales? Antes de la primera guerra china los ingleses comerciaban exclusivamente con Cantón. La concesión de cinco nuevos puertos, en vez de crear cinco nuevos emporios comerciales, ha trasladado poco a poco el comercio de Cantón a Shanghái, como puede verse por las cifras siguientes, sacadas del Libro Azul parlamentario sobre el comercio de diversas plazas en 1856-1857. Hay que recordar al mismo tiempo que las importaciones de Cantón incluyen las importaciones destinadas a Amoy y a Fuzhou,[^11] que se transbordan en Cantón.

| | Comercio británico de importación: Cantón | Comercio británico de importación: Shanghái | Comercio británico de exportación: Cantón | Comercio británico de exportación: Shanghái |
|---|---|---|---|---|
| 1844 | 15.500.000 $ | 2.500.000 $ | 17.900.000 $ | 2.300.000 $ |
| 1845 | 10.700.000 | 5.100.000 | 27.700.000 | 6.000.000 |
| 1846 | 9.900.000 | 3.800.000 | 15.300.000 | 6.400.000 |
| 1847 | 9.600.000 | 4.300.000 | 15.700.000 | 6.700.000 |
| 1848 | 6.500.000 | 2.500.000 | 8.600.000 | 5.000.000 |
| 1849 | 7.900.000 | 4.400.000 | 11.400.000 | 6.600.000 |
| 1850 | 6.800.000 | 3.900.000 | 9.900.000 | 8.000.000 |
| 1851 | 10.000.000 | 5.400.000 | 13.200.000 | 11.600.000 |
| 1852 | 9.900.000 | 4.600.000 | 6.500.000 | 11.400.000 |
| 1853 | 4.000.000 | 3.900.000 | 6.500.000 | 13.300.000 |
| 1854 | 3.300.000 | 1.100.000 | 6.000.000 | 11.700.000 |
| 1855 | 3.600.000 | 3.400.000 | 2.900.000 | 19.900.000 |
| 1856 | 9.100.000 | 6.200.000 | 8.200.000 | 23.800.000 |

Que las «cláusulas comerciales» del tratado «son insatisfactorias» es la conclusión a la que llega el *Daily Telegraph*, el más abyecto adulador de Palmerston; pero se ríe por lo bajo del «punto más brillante del programa», a saber: «que un ministro británico podrá establecerse en Pekín, mientras un mandarín se instalará en Londres y quizá invite a la reina a un baile en Albert Gate». Por mucho que John Bull se entregue a esta diversión, no cabe duda de que toda la influencia política que se ejerza en Pekín corresponderá a Rusia, que, en virtud del último tratado,[^12] posee un nuevo territorio tan grande como Francia y que, en gran parte en su frontera, dista solo 800 millas de Pekín. No es en modo alguno una reflexión consoladora para John Bull la de que él mismo, con su primera guerra del opio, procuró a Rusia un tratado que le concedía la navegación del Amur y el libre comercio en la frontera terrestre, mientras que con su segunda guerra del opio la ha ayudado a obtener la inestimable franja comprendida entre el golfo de Tartaria y el lago Baikal, región tan codiciada por Rusia que desde el zar Alejo Mijáilovich[^13] hasta Nicolás siempre intentó conseguirla. Tan hondo sintió el *Times* de Londres esa punzada que, al publicar las noticias de San Petersburgo, que exageraban mucho las ventajas obtenidas por Gran Bretaña, se cuidó bien de suprimir la parte del telegrama que mencionaba la adquisición por Rusia, mediante tratado, del valle del Amur.

[^1]: El Tratado de Nankín (29 de agosto de 1842) puso fin a la primera guerra del opio: China cedió Hong Kong y abrió al comercio británico los puertos de Cantón, Amoy, Fuzhou, Ningbo y Shanghái. El tratado suplementario de Humen (1843) completó sus cláusulas comerciales.
[^2]: La segunda guerra del opio (1856-1860), emprendida por Inglaterra y Francia contra China.
[^3]: El bombardeo de Cantón por la flota británica en octubre y noviembre de 1856, con el que empezó la segunda guerra del opio, respaldado por el gobierno de Palmerston.
[^4]: Tratado firmado en Tianjin (Tientsin) en junio de 1858 por China con Inglaterra, Francia, Rusia y los Estados Unidos.
[^5]: Lingotes de plata de ley que circulaban en China como medio de pago.
[^6]: Charles van Straubenzee (1812-1892), general británico que mandaba las tropas de tierra en China y ocupaba Cantón desde comienzos de 1858.
[^7]: John Macgregor (1797-1857), estadístico y político británico, autor de *Commercial Tariffs and Regulations of the Several States of Europe and America* (1841-1850).
[^8]: Kiajta, ciudad rusa en la frontera con Mongolia, centro del comercio terrestre entre Rusia y China.
[^9]: Ralph Waldo Emerson (1803-1882), escritor estadounidense, autor de *English Traits* (1856), un libro sobre los ingleses.
[^10]: Los insurrectos taiping, que dominaban entonces buena parte del valle del Yangtsé.
[^11]: El texto inglés dice «Pochow», errata por Foochow (la MEW lee «Futschou»), hoy Fuzhou, uno de los cinco puertos abiertos en 1842.
[^12]: El Tratado de Aigun (mayo de 1858), por el que China reconoció a Rusia la orilla izquierda del Amur.
[^13]: Alejo Mijáilovich (1629-1676), zar de Rusia desde 1645.
