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Title: Europa en 1858 (1858)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre el despertar político de 1858 en Rusia, Prusia, Alemania, Italia, Francia e Inglaterra tras el sudario que cubrió el continente desde el golpe de diciembre de 1851; una burguesía enriquecida por diez años de negocios vuelve a sentir sus cadenas políticas, y el año recuerda a 1846, víspera de la revolución.
Author: Friedrich Engels
Date: 1858-11
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Europa%20en%201858
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels a finales de noviembre de 1858 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5514, del 23 de diciembre de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción del* Tribune *del Marxists Internet Archive, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 654-658), por la Escuela de marxismo, 2026. El tercer párrafo de la transcripción se divide en dos, como en la MEW, y se corrigen dos erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Europe%20in%201858).*

La segunda mitad del año 1858 ha presenciado en Europa un peculiar resurgir de la actividad política. Desde el 2 de diciembre de 1851[^1] hasta mediados del presente año, el continente europeo estuvo, políticamente hablando, como cubierto por un sudario. A las potencias que, por la gracia de los ejércitos, habían salido victoriosas de la gran contienda revolucionaria se les había dejado gobernar a su antojo, hacer y deshacer, guardar o quebrantar las leyes a su capricho. Las instituciones representativas se habían degradado por todas partes a una mera farsa; apenas había en parte alguna oposición parlamentaria; la prensa estaba amordazada; y de no haber sido por alguna explosión repentina de vez en cuando, un levantamiento en Milán, un desembarco en Salerno, un motín en Chalon, un atentado contra la vida de Luis Napoleón;[^2] de no haber sido por algunos procesos políticos en Angers[^3] y en otros lugares, en los que el viejo espíritu revolucionario se recreó por una breve hora, costara lo que costase, en una afirmación de sí mismo ruidosa y sorprendente, se habría podido pensar que el continente europeo había renunciado a toda idea de vida política tras el experimento de 1848, y que el despotismo militar, el gobierno de los Césares, era aceptado en general como la única forma de gobierno practicable. Incluso en Inglaterra el espíritu de reforma política había ido constantemente a menos. La legislación judicial, comercial y administrativa, esta última con una indudable tendencia a la centralización, ocupaba la atención del Parlamento. Los intentos de mantener vivo un movimiento político popular fracasaron del modo más señalado: el partido reformista de la clase media se quedó tranquilamente dormido y sufrió una derrota inmensa en las elecciones generales de lord Palmerston de 1857,[^4] mientras que el cartismo se había hecho pedazos por completo.

De todas las naciones europeas, Rusia fue la primera en despertar de este letargo político. La guerra de Crimea, aunque terminó sin ninguna pérdida muy sustancial de territorio, ni, en lo que toca a Oriente, siquiera de prestigio, había humillado sin embargo su orgullo. Por primera vez se había visto obligada a abandonar el principio de que nunca vuelve a soltar las tierras que se anexiona.[^5] Todo su sistema de administración, en su rama más perfecta, la militar, se había venido abajo por completo y había tenido que reconocerse como un fracaso. La obra en la que Nicolás había trabajado día y noche durante veinticinco años se había desmoronado con las murallas y los fuertes de Sebastopol. Y sin embargo, con el estado político existente en el país, no era posible otro sistema de administración que el sistema burocrático exclusivo y exagerado que existía. Para sentar las bases de un sistema mejor, Alejandro II tuvo que recurrir a la idea de emancipar a los siervos. Tenía que luchar con dos adversarios formidables: la nobleza y esa misma burocracia a la que pretendía reformar contra su voluntad y que, al mismo tiempo, había de servir de instrumento de sus designios. Para apoyarle no tenía más que la tradicional obediencia pasiva de esa masa inerte de siervos y comerciantes rusos a la que hasta entonces se había excluido incluso del derecho a pensar en su situación política. Para que ese apoyo le sirviera, se vio obligado a crear una especie de opinión pública y al menos la sombra de una prensa. En consecuencia, se aflojó la censura y se invitó a una discusión cortés, bienintencionada y de buenos modales; se permitieron incluso críticas leves y educadas de los actos de los funcionarios públicos. El grado de libertad de debate que existe hoy en Rusia parecería ridículamente pequeño en cualquier país de Europa excepto Francia; pero aun así, para quienes conocieron la Rusia de Nicolás, el paso adelante parece enorme, y, unido a las dificultades que necesariamente surgen de la emancipación de los siervos, este despertar a la vida política de las clases más instruidas de Rusia está lleno de buenos augurios.

El siguiente resurgir político tuvo lugar en Prusia. Cuando el rey se retiró temporalmente del gobierno activo, pronto se supo que su trastorno mental era incurable y que tarde o temprano habría que nombrar regente a su hermano, con plenos poderes. Este período intermedio dio lugar a cierta agitación que, so pretexto de reclamar una regencia definitiva, iba dirigida de hecho contra la existencia de un ministerio impopular. Cuando, hace dos meses, se estableció por fin la regencia, cambió el ministerio y se eligió una nueva Cámara de Representantes, el movimiento político, tanto tiempo represado, se abrió paso en el acto y echó de la Cámara a la antigua mayoría casi hasta el último hombre. A dónde llevará en definitiva toda la actual manifestación en Prusia es algo que se ha analizado en estas columnas en ocasiones anteriores; aquí solo tenemos que registrar el hecho de que el resurgir político se ha producido.

La existencia de un movimiento así no podía pasar inadvertida en el resto de Alemania. De hecho, se hace sentir ya en los Estados más pequeños; y los cambios de ministerio, los desplazamientos de mayorías y las vacilaciones de la política se desarrollarán sin duda a medida que el movimiento de Prusia tome una forma más definida. Y no solo en la morralla de las monarquías alemanas, sino también en Austria empieza este movimiento a sentirse seriamente. El partido constitucional de Austria no tiene por ahora ninguna posibilidad de inducir al gobierno a ensayar por segunda vez las instituciones representativas; así que el único medio que tiene de mantener la cuestión ante el público es elogiar el «retorno a un sano gobierno constitucional» en Prusia; y en verdad es asombroso lo popular que se ha hecho Prusia de golpe en Austria y en el sur de Alemania. Pero, sea cual sea su expresión, el movimiento existe incluso en Austria.

Otro foco de agitación es Italia. Aunque relativamente tranquila desde la paz con Rusia, era seguro que el contagio político, ayudado por las intrigas bonapartistas, se extendería a esta nación inflamable. En Lombardía ha vuelto a empezar el viejo movimiento contra el tabaco;[^6] a la duquesa de Parma[^7] le conviene permitir que la Ristori[^8] declame contra los austriacos con el disfraz de Judit predicando la guerra santa contra los asirios, y eso al alcance del oído de la guarnición austriaca de Piacenza. La posición del ejército francés de ocupación en Roma y la del gobierno papal se hacen igualmente difíciles. Nápoles está incluso a punto de alzarse y, para colmo, Víctor Manuel de Cerdeña invita a sus generales a estar preparados, pues es posible que en la primavera tengan que oler de nuevo la pólvora.

Hasta Francia ha sido presa de este nuevo espíritu. El artículo de Montalembert contra el bonapartismo[^9] fue una prueba palmaria de que la vida renace entre las clases medias francesas. Ahora parece que no solo Montalembert tenía preparado otro ensayo, sino que también el señor Falloux, exministro de Luis Napoleón,[^10] va a salir con un enérgico artículo contra el estado de cosas existente. El proceso de Montalembert se convierte en una protesta solemne de las celebridades parlamentarias de Francia contra el sistema actual y en una declaración de que aún aspiran a la restauración del gobierno parlamentario. De Broglie, Odilon Barrot, Villemain[^11] y otros muchos hombres de esa clase estaban presentes, y Berryer[^12] habló por todos ellos cuando, al amparo de esa inviolabilidad que hasta cierto punto acompaña a los alegatos forenses de un abogado, exclamó:

> «¡No, nunca y por ningún concepto renegaremos de nuestro pasado! Tenéis a este país en muy poco. Vosotros mismos admitís que es cambiante e inconstante. ¿Qué garantía tenéis, entonces, de que no volverá un día a esas instituciones que ha amado y bajo las cuales ha vivido medio siglo? ¡Ah, nuestras fuerzas están muy agotadas por nuestras largas luchas, por nuestras dolorosas pruebas, por la amargura de nuestros desengaños! Pero no importa: cuando nuestro país nos necesite, nos encontrará siempre en nuestros puestos. Nos consagraremos a él con el mismo ardor, la misma perseverancia y el mismo desinterés que en otros tiempos, y el último grito de nuestra voz moribunda será: "¡Libertad y Francia!"»

Sin duda, nadie se atrevería a una declaración de guerra tan abierta contra el conjunto de las instituciones existentes en Francia si no hubiera fuera un partido fuerte que diera al orador su apoyo moral. Por último, encontramos incluso en Inglaterra una agitación reformista resucitada y la casi certeza de que esta cuestión tendrá que mantenerse ahora ante el Parlamento, de una u otra forma definida, hasta que se apruebe una medida que altere sustancialmente el equilibrio de los partidos y ataque con ello los cimientos de la venerable pero desvencijada Constitución británica.

Ahora bien, ¿qué hay en el fondo de este movimiento uniforme y, hasta ahora, extraordinariamente armonioso en casi todos los países de Europa? Cuando las sacudidas volcánicas de 1848 pusieron de repente ante los ojos de las asombradas clases medias liberales de Europa el gigantesco espectro de una clase obrera armada que luchaba por su emancipación política y social, las clases medias, para las que la posesión segura de su capital tenía una importancia inmensamente mayor que el poder político directo, sacrificaron ese poder, y todas las libertades por las que habían luchado, para asegurarse el aplastamiento de la revolución proletaria. La clase media se declaró políticamente menor de edad, incapaz de llevar los asuntos de la nación, y se avino al despotismo militar y burocrático. Llegó entonces esa expansión espasmódica de las manufacturas, las minas, los ferrocarriles y la navegación a vapor, esa época de los Crédits mobiliers,[^13] de las burbujas de las sociedades por acciones, de la estafa y el agiotaje, en la que la clase media europea trató de compensar sus derrotas políticas con victorias industriales, su impotencia colectiva con la riqueza individual. Pero con su riqueza creció su poder social y, en la misma proporción, se ensancharon sus intereses; volvieron a sentir las cadenas políticas que se les habían impuesto. El movimiento actual en Europa es la consecuencia natural y la expresión de este sentimiento, unido a esa vuelta de la confianza en su propio poder sobre sus obreros que han traído diez años de tranquila actividad industrial. El año 1858 se parece mucho al año 1846, que también inició un resurgir político en la mayor parte de Europa y se distinguió también por una serie de príncipes reformadores que, dos años después, fueron arrastrados, impotentes, por la acometida del torrente revolucionario que ellos mismos habían desatado.

[^1]: El golpe de Estado de Luis Bonaparte.

[^2]: El levantamiento mazziniano de Milán del 6 de febrero de 1853; el desembarco de Carlo Pisacane en Sapri, en la provincia de Salerno, en junio de 1857; el levantamiento republicano de Chalon-sur-Saône de marzo de 1858, y el atentado de Felice Orsini contra Napoleón III del 14 de enero de 1858.

[^3]: Proceso contra los participantes en el intento de levantamiento de los obreros de las canteras de pizarra de los alrededores de Angers, en agosto de 1855.

[^4]: Elecciones de marzo-abril de 1857, convocadas por Palmerston tras su derrota parlamentaria por la guerra de China, en las que perdieron sus escaños los dirigentes de la escuela de Manchester, Cobden y Bright.

[^5]: Por el tratado de París de 1856 Rusia tuvo que ceder a Moldavia el sur de Besarabia, en la desembocadura del Danubio.

[^6]: En enero de 1848 los milaneses dejaron de fumar para boicotear el monopolio austriaco del tabaco; la protesta acabó en choques sangrientos con la tropa, preludio de la insurrección de marzo.

[^7]: Luisa María Teresa de Borbón-Artois (1819-1864), regente del ducado de Parma desde 1854 en nombre de su hijo menor de edad.

[^8]: Adelaide Ristori (1822-1906), actriz trágica italiana; *Judit* es la tragedia de Paolo Giacometti, una de sus grandes creaciones.

[^9]: Charles de Montalembert (1810-1870), dirigente del partido católico, publicó en octubre de 1858 en *Le Correspondant* el artículo «Un debate sobre la India en el Parlamento inglés», cuyo elogio de las instituciones parlamentarias británicas era una crítica apenas velada del régimen bonapartista; fue procesado y condenado en noviembre de 1858.

[^10]: Alfred de Falloux (1811-1886), legitimista, ministro de Instrucción Pública en 1848-1849, bajo la presidencia de Luis Napoleón.

[^11]: Victor de Broglie (1785-1870), Odilon Barrot (1791-1873) y Abel-François Villemain (1790-1870), políticos de la monarquía de Julio y de la Segunda República.

[^12]: Pierre-Antoine Berryer (1790-1868), abogado y orador legitimista, defensor de Montalembert en el proceso.

[^13]: Bancos de inversión al modo de la Société générale de Crédit mobilier francesa, fundada en 1852 por los hermanos Pereire.
