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Title: Fragmento del texto primitivo de la Contribución a la crítica de la economía política (1858)
Description: El borrador que Marx escribió en 1858 para el segundo capítulo y el comienzo del tercero de la Contribución a la crítica de la economía política: el dinero como medio de pago y dinero mundial, los metales preciosos, la ley de apropiación de la circulación simple —donde la libertad y la igualdad burguesas aparecen como producto del cambio de valores de cambio— y el paso del dinero al capital, que la versión impresa de 1859 ya no llegó a tratar.
Author: Karl Marx
Date: 1858-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Fragmento%20del%20texto%20primitivo%20de%20la%20Contribuci%C3%B3n%20a%20la%20cr%C3%ADtica%20de%20la%20econom%C3%ADa%20pol%C3%ADtica
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*Manuscrito redactado por Karl Marx en Londres entre agosto y mediados de noviembre de 1858, en dos cuadernos que él mismo designó B' y B'' (el segundo, en dos partes: B'' y B''II); es la primera versión, abandonada después, de los capítulos segundo y tercero de la* Contribución a la crítica de la economía política *de 1859. Publicado por primera vez como apéndice de los* Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie (Rohentwurf), *Berlín, Dietz, 1953, pp. 871-947. Traducido de la transcripción alemana del Marxists' Internet Archive, que sigue esa edición (el texto figura también en MEGA², II/2, 1980), por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas que Marx da en otras lenguas se traducen en el texto; cuando él mismo traduce o resume en alemán, se traduce su versión. Entre ||…| va la paginación del manuscrito; los corchetes dobles [[…]] son de Marx; los corchetes sencillos, añadidos de la edición de 1953 o nuestros. Las notas de Marx van señaladas como tales; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Fragment%20des%20Urtextes%20von%20Zur%20Kritik%20der%20politischen%20%C3%96konomie).*

## ||1a| Valor invariable del dinero[^1]

«Como medio de pago —dinero para sí—, el dinero ha de representar el valor como tal; pero en realidad no es más que un *quantum* idéntico de valor variable.»

## El dinero como dinero (moneda mundial, etc.)

El dinero es la negación del medio de circulación como tal, de la moneda. Pero al mismo tiempo la contiene como determinación suya: *negativamente*, en cuanto puede reconvertirse constantemente en moneda; *positivamente*, como moneda mundial, pero como tal es indiferente a la determinación formal y es esencialmente mercancía como tal, mercancía omnipresente, no determinada localmente. Esta indiferencia se expresa ahora, por una parte, en que ahora solo es dinero como oro y plata, no como signo, con la forma de la moneda. Por eso la *façon* [hechura] que el Estado da al dinero en la moneda no tiene valor; solo lo tiene su contenido metálico. Como tal mercancía general, como moneda mundial, no es necesario el retorno del oro y la plata al punto de partida, ni, en general, el movimiento de la circulación como tal. *Ejemplo*: Asia y Europa. De ahí los lamentos de los partidarios del sistema mercantil porque el oro desaparece entre los paganos y no refluye. (El entrar en circulación y en rotación de la propia moneda mundial, gradualmente, con el desarrollo del propio mercado mundial, no nos concierne todavía aquí.)

El dinero es la negación de sí mismo como mera realización de los precios de las mercancías, en la que la mercancía particular sigue siendo siempre lo esencial. Se convierte más bien en el precio realizado en sí mismo (en él mismo), y como tal en el representante material de la riqueza general.

El dinero está negado también en la determinación en que es solo medida de los valores de cambio. Pues él mismo es la realidad adecuada del valor de cambio, y lo es en su existencia metálica. La determinación de medida tiene que ponerse aquí en él mismo. Es su propia unidad, y la medida de su valor, la medida de sí mismo como riqueza, como valor de cambio, es la cantidad que representa de sí mismo. El número de su propia unidad de medida. Como medida, su número era indiferente; como medio de circulación, era indiferente su materialidad, la materia de su unidad; como dinero en esta tercera determinación, es esencial el número de sí mismo como un *quantum* material determinado (por ejemplo, el número de libras). Presupuesta su cualidad de riqueza general, ya no hay en él otra diferencia que la cuantitativa. Representa un más o un menos de la riqueza general según que se posea una magnitud de medida determinada de sí mismo en número mayor o menor. Si es la riqueza general, uno es tanto más rico cuanto más posee de él, y el único proceso adecuado es su *amontonamiento*. Por su concepto salía de la circulación. Ahora este retirarlo de la circulación, su *almacenamiento*, aparece como objeto esencial del afán de enriquecimiento y como el proceso esencial del enriquecerse. En el oro y la plata poseo la riqueza general en su forma pura; cuanto más amontono de ellos, más me apropio de la riqueza general. Si el oro y la plata son la riqueza general, como cantidades determinadas solo la representan en un grado determinado, es decir, de manera inadecuada. El todo tiene que empujar siempre más allá de sí mismo. Esta acumulación del oro y la plata, que se presenta como repetida sustracción de los mismos a la circulación, es a la vez la puesta a salvo de la riqueza general frente a la circulación, en la que se pierde constantemente al cambiarse por la riqueza particular, que acaba desapareciendo en el consumo.

* * *

*Apud Tragicos contraria sunt* δίκη y κέρδος [En los trágicos, la justicia y la ganancia son contrarias].

## Forma de la propiedad

La propiedad sobre el trabajo ajeno, mediada por la propiedad sobre el trabajo propio.

## [2. El dinero como medio de pago]

…||1| recibe. Toda particularidad de la relación entre ambos se ha borrado (en la relación solo se trata del valor de cambio como tal: del producto general de la circulación social), y con ella todas las relaciones políticas, patriarcales y de otra índole que nacen de la particularidad de la relación. Ambos se relacionan entre sí como personas abstractamente sociales, que solo representan una frente a otra el valor de cambio como tal. El dinero se ha convertido en el único *nexus rerum* [vínculo de las cosas] entre ellos, el dinero *sans phrase* [sin más]. El campesino ya no se presenta ante el terrateniente como campesino con su producto rural y su trabajo rural, sino como poseedor de dinero, pues por la venta el valor de uso inmediato ha sido enajenado y, por la mediación del proceso social, ha adoptado la forma indiferente. Así, por otra parte, el terrateniente ya no está con él en una relación como con el individuo torpe que produce en condiciones de vida particulares, sino con uno cuyo producto, el valor de cambio autonomizado, el equivalente general, el dinero, no se distingue del producto de ningún otro. Así desaparece la apariencia entrañable que envolvía la transacción en la forma anterior. La monarquía absoluta, ella misma ya producto del desarrollo de la riqueza burguesa hasta un grado incompatible con las viejas relaciones feudales, necesita, en correspondencia con el poder general y uniforme que tiene que ser capaz de ejercer en todos los puntos de la periferia, del *equivalente general* como palanca material de ese poder, de la riqueza en su forma siempre dispuesta para la acción, en la que es del todo independiente de relaciones particulares locales, naturales, individuales. Necesita la riqueza en la forma del dinero. Un sistema de prestaciones y entregas en especie da también a su empleo, en correspondencia con su carácter particular, el carácter de la particularidad. Solo el dinero es inmediatamente convertible en cualquier valor de uso particular. Por eso la monarquía absoluta trabaja activamente en la transformación del dinero en medio general de pago. Esta solo puede imponerse mediante una circulación forzada que hace circular los productos por debajo de su valor. Para ella es cuestión de vida o muerte la transformación de todos los impuestos en impuestos en dinero. Así pues, mientras que en un grado anterior la transformación de las prestaciones en prestaciones en dinero aparece como otras tantas liberaciones de relaciones de dependencia personal, como victorias de la sociedad burguesa, que se rescata con dinero contante de trabas que la entorpecen —un proceso que, por otra parte, desde el lado romántico, aparece como sustitución de los *lazos* de la humanidad, pintados de vivos colores, por relaciones dinerarias duras y sin alma—, en la época de la monarquía absoluta naciente, cuyo arte de las finanzas consiste en la transformación violenta de las mercancías en dinero, es en cambio el dinero el que es atacado por los propios economistas burgueses como la riqueza imaginaria a la que se sacrifica violentamente la riqueza natural. Por eso, mientras que Petty, por ejemplo, en el dinero como materia del atesoramiento no celebra en realidad más que el enérgico impulso general de enriquecimiento de la joven sociedad burguesa de Inglaterra, Boisguillebert, bajo Luis XIV, denuncia el dinero como la maldición general que agota las fuentes productivas reales de la riqueza y solo con cuyo destronamiento pueden ser restablecidos en su buen derecho de siempre el mundo de las mercancías, la riqueza real y el disfrute general de esta.[^2] No podía comprender aún que el mismo negro arte de las finanzas que arrojaba hombres y mercancías a la retorta alquímica para hacer oro evaporaba al mismo tiempo todas las relaciones e ilusiones que estorbaban el modo de producción burgués, para dejar como precipitado simples relaciones dinerarias, comunes relaciones de valor de cambio.

«En la época feudal, el pago al contado no era el único… nexo entre el hombre y el hombre. No solo como comprador y vendedor… sino en muchos sentidos, como soldado y capitán… como súbdito leal y señor, etc., se relacionaban entre sí el inferior y el superior. Con el triunfo final del dinero llegó un tiempo distinto.» (Th. *Carlyle*, *Chartism*, Londres, 1840, p. 58.)[^3]

El dinero es propiedad «impersonal». En él puedo llevar conmigo en el bolsillo el poder social general y la conexión social general, la sustancia social. El dinero pone el poder social como cosa en manos de la persona privada, que como tal ejerce ese poder. La conexión social, el metabolismo mismo, aparece en él como algo del todo exterior, que no guarda relación individual alguna con su poseedor, y por eso hace aparecer igualmente el poder que este ejerce como algo del todo fortuito, exterior a él.

||2| Sin anticipar más, esto está claro: las compras a plazo adquieren una extensión extraordinaria con el sistema de crédito. A medida que se desarrolla el sistema de crédito, y por tanto la producción basada en el valor de cambio, el papel que el dinero desempeña como medio de pago ganará en extensión frente al que desempeña como medio de circulación, como agente de la compra y la venta. En los países de modo de producción moderno desarrollado, y por tanto de sistema de crédito desarrollado, el dinero figura de hecho como moneda casi exclusivamente en el comercio al detalle y en el pequeño comercio entre productores y consumidores, mientras que en la esfera de las grandes transacciones comerciales aparece casi exclusivamente en la forma de *medio general de pago*. En la medida en que los pagos se compensan, el dinero aparece como forma evanescente, como medida meramente ideal, representada, de las magnitudes de valor cambiadas. Su intervención corpórea se limita a saldar los balances relativamente insignificantes.[^4] El desarrollo del dinero como medio general de pago va de la mano del desarrollo de una circulación superior, mediada, replegada sobre sí misma, puesta ya ella misma bajo control social, en la que queda suprimida la importancia exclusiva que el dinero posee sobre la base de la circulación metálica simple, por ejemplo en el atesoramiento propiamente dicho. Pero si sacudidas repentinas del crédito interrumpen el flujo de las compensaciones de pagos, el mecanismo de los pagos, de repente se exige el dinero como medio general de pago real, y se plantea la exigencia de que la riqueza exista por duplicado en toda su extensión, una vez como mercancía y otra como dinero, de modo que estos dos modos de existencia coincidan. En tales momentos de crisis el dinero aparece como la riqueza exclusiva, que como tal no se manifiesta, como en el sistema monetario, por ejemplo, en la depreciación meramente representada, sino en la depreciación activa de toda la riqueza material real. Frente al mundo de las mercancías, el valor ya solo existe en su forma adecuada y exclusiva de dinero. El desarrollo ulterior de este momento no corresponde a este lugar. Pero lo que sí corresponde aquí es que en los momentos de las crisis monetarias propiamente dichas aparece una contradicción inmanente al desarrollo del dinero como medio general de pago. No es como medida como se exige el dinero en tales crisis, pues como tal su presencia corpórea es indiferente; tampoco como moneda, pues no figura como moneda en los pagos; sino como valor de cambio autonomizado, como equivalente general presente en forma de cosa, como materiatura[^5] de la riqueza abstracta; en suma, enteramente en la forma en que es objeto del atesoramiento propiamente dicho: como dinero. Su desarrollo como medio general de pago encierra la contradicción de que el valor de cambio ha adoptado formas independientes de su modo de existencia como dinero y, por otra parte, su modo de existencia como dinero está puesto precisamente como el definitivo y el único adecuado.

En el dinero como medio de pago, a consecuencia de la compensación de los pagos, de su anularse como magnitudes positivas y negativas, el dinero puede aparecer como la forma meramente ideal de las mercancías, como ocurre con él en cuanto medida y en cuanto funciona en la fijación de los precios. La colisión viene de que, contra lo convenido, contra el supuesto general del comercio moderno, de repente, cada vez que se perturba el mecanismo de estas compensaciones y el sistema de crédito en que en parte descansa, el dinero tiene que estar presente y ser presentado en su forma real.

La ley de que la masa del dinero circulante está determinada por el precio total de las mercancías circulantes queda ahora completada: por el precio total de los pagos que vencen en una época dada, y por la economía de estos.

||3| Hemos visto que el cambio en el valor del oro y la plata no afecta a su función como medida de los valores, como dinero de cuenta. Este cambio de valor, en cambio, se vuelve de importancia decisiva para el dinero en su función de medio de pago. Lo que hay que pagar es un *quantum* determinado de oro o plata en el que, en el momento de cerrarse el contrato, estaba objetivado un valor determinado, es decir, un tiempo de trabajo determinado. Pero el oro y la plata cambian, como todas las demás mercancías, su magnitud de valor con el tiempo de trabajo requerido para producirlos: bajan o suben según baje o suba este. Por eso es posible, ya que la realización de la venta por parte del comprador no se produce sino más tarde que la enajenación de la mercancía vendida, que las mismas cantidades de oro o plata contengan un valor distinto, mayor o menor, que en el momento de cerrarse el contrato. Su cualidad específica de dinero, la de ser siempre equivalente general realizado y realizable, la de ser siempre cambiables por todas las mercancías en proporción a su propio valor, la conservan el oro y la plata con independencia del cambio de su magnitud de valor. Pero esta está sometida, *potentialiter* [en potencia], a las mismas fluctuaciones que la de cualquier otra mercancía. Que el pago se entregue, pues, en un equivalente real, es decir, en la magnitud de valor originariamente prevista, depende de que el tiempo de trabajo requerido para producir un *quantum* dado de oro o plata haya seguido siendo o no el mismo. La naturaleza del dinero, en cuanto encarnado en una mercancía particular, entra aquí en colisión con su función de valor de cambio autonomizado. Son conocidas las grandes revoluciones que, por ejemplo, en los siglos XVI y XVII provocó en todas las relaciones económicas la baja del valor de los metales preciosos, o, de modo semejante, aunque en menor escala, en la antigua república romana el alza del valor del cobre, en el que estaban contraídas las deudas de los plebeyos, entre la época [del primer denario de plata, en el año 485 de la fundación de Roma][^6] y el comienzo de la segunda guerra púnica. La exposición de la influencia del alza o la baja del valor de los metales preciosos, de la materia del dinero, sobre las relaciones económicas presupone el desarrollo de estas relaciones mismas, y por tanto no puede hacerse todavía en este lugar.

Esto resulta por sí solo: la baja del valor de los metales preciosos, es decir, del dinero, favorece siempre al que paga a costa del que recibe el pago; un alza de su valor, a la inversa.

La completa cosificación, el volverse exterior el metabolismo social sobre la base de los valores de cambio, aparece de manera palmaria en la dependencia de todas las relaciones sociales respecto de los costes de producción de unos productos naturales metálicos que, como instrumentos de producción, como agentes en la creación de la riqueza, carecen por completo de importancia.

## 3) El dinero como medio internacional de pago y de compra, como moneda mundial

El dinero es la *mercancía general* ya por ser la forma general que toda mercancía particular adopta ideal o realmente.

Como tesoro y como medio general de pago, el dinero se convierte en el medio general de cambio del mercado mundial; en la mercancía general, no solo por su concepto, sino por su modo de existencia. La forma nacional particular que recibe en su función de moneda queda despojada en su existencia como dinero. Como tal es cosmopolita.[^7] Puesto que, por la intervención del oro y la plata como valor de uso de la necesidad de enriquecimiento, de la riqueza abstracta, independiente de necesidades particulares, puede tener lugar un metabolismo social aun en el caso de que solo una de las naciones ||4| tenga necesidad inmediata de los valores de uso de la otra, el oro y la plata se convierten en agentes extraordinariamente eficaces en la creación del mercado mundial, en la extensión del metabolismo social por encima de todas las diferencias locales, religiosas, políticas y de raza. Ya entre los antiguos el atesoramiento por parte del Estado vale como fondo de reserva sobre todo para medios internacionales de pago, como equivalente siempre dispuesto en caso de malas cosechas y como fuente de subsidios en la guerra. (Jenofonte.)[^8] El gran papel que desempeña la plata americana como vínculo entre América, de donde emigra como mercancía a Europa para ser exportada desde allí a Asia, en especial a la India, como medio de cambio y depositarse allí en gran parte en la forma de tesoro, fue el hecho con cuya observación comenzó la lucha científica en torno al sistema monetario, al conducir a la lucha entre la Compañía de las Indias Orientales y la prohibición vigente en Inglaterra de exportar dinero (véase *Misselden*).[^9] En la medida en que el oro y la plata sirven en este intercambio internacional como mero medio de cambio, cumplen de hecho la función de la moneda, pero de la moneda despojada de su cuño, que, exista en la forma de moneda o en la de lingote, solo se estima por su peso metálico: no solo representa valor, sino que a la vez lo es. Que el oro y la plata, en esta determinación de *moneda mundial*, no describen necesariamente el movimiento circular, como la moneda propiamente dicha, sino que pueden seguir relacionándose unilateralmente, un lado como comprador y el otro como vendedor, es asimismo una de las observaciones que se impusieron enseguida en los años de infancia de la sociedad burguesa. De ahí el papel extraordinariamente importante que desempeña en la historia del desarrollo del mercado mundial, tanto en extensión como en profundidad, el descubrimiento de nuevos países productores de oro y plata, pues el valor de uso que producen es enseguida mercancía general y, por otra parte, junto con la posibilidad, les impone también enseguida, a causa de su naturaleza abstracta, la necesidad del intercambio basado en el valor de cambio.

Así como dentro de un círculo nacional dado de la sociedad burguesa el desarrollo del dinero como medio de pago crece con el desarrollo de las relaciones de producción en general, así ocurre con el dinero en su determinación de medio internacional de pago. Pero tanto en aquel círculo más estrecho como en este más general, su importancia solo resalta de manera palmaria en las épocas de perturbación del mecanismo de la compensación de pagos. El desarrollo del dinero en esta determinación ha crecido tanto desde 1825 —el crecimiento va naturalmente al mismo paso que la extensión y la intensidad del intercambio internacional— que los economistas más importantes de la época precedente, Ricardo por ejemplo, no tenían todavía ni idea del volumen en que una nación como Inglaterra, por ejemplo, puede necesitar dinero contante como medio internacional de pago. Mientras que para el valor de cambio en la figura de cualquier otra mercancía la necesidad particular del valor de uso particular en que está encarnado sigue siendo un presupuesto, para el oro y la plata como riqueza abstracta no existe semejante barrera. Igual que el hombre noble con que sueña el poeta, el dinero paga con lo que es, no con lo que hace.[^10] La posibilidad de la función de medio de compra y de medio de pago se mantiene naturalmente siempre latente en él. Como existencia en reposo, asegurada, del equivalente general, en la que es tesoro, no está limitado en ningún país por la necesidad que se tenga de él como medio de circulación, por el volumen en que se le requiere como medio de circulación, ni, en general, por ninguna necesidad de su uso inmediato. Su valor de uso, abstracto él mismo y puramente social, que extrae de su función de medio de circulación, aparece a su vez como un lado particular de su uso como *equivalente general*, como materia de la riqueza abstracta en general. Aparte de su valor de uso particular como metal y, por tanto, como materia prima de manufacturas, la totalidad de las distintas funciones que puede cumplir alternativamente dentro del metabolismo social, o en cuyo desempeño adopta él mismo distintas formas, como moneda, lingote, etc., aparece como otros tantos valores de uso suyos, que se resuelven todos en las distintas formas en que, como existencia abstracta y por eso adecuada del valor de cambio como tal, se enfrenta a su existencia en la mercancía particular.

Aquí solo hemos de considerar el dinero en sus determinaciones formales abstractas. Las leyes que regulan la distribución de los metales preciosos en el mercado mundial presuponen las relaciones económicas en su forma más concreta, que aún tenemos por delante. Lo mismo vale para toda circulación del dinero que este realiza como capital, no como mercancía general o equivalente general.

En el mercado mundial el dinero es siempre *valor realizado*. Es en su materialidad inmediata, como peso de metal precioso, como es magnitud de valor. Como moneda, su valor de uso coincide con su uso como mero medio de circulación, y por eso puede ser sustituido por un mero símbolo. Como moneda mundial queda de hecho desmonetizado. La exterioridad y la autonomización de la conexión social en el dinero frente a los individuos en sus relaciones individuales resalta en el oro y la plata ||5| como moneda mundial (como moneda [el dinero tiene] todavía carácter nacional). Y lo que celebran los primeros heraldos de la economía política en Italia es precisamente esta bella invención que hace posible un metabolismo general de la sociedad sin que los individuos se toquen individualmente.[^11] Como moneda, el dinero tiene un carácter nacional, local. Para servir como oro y plata, como medio internacional de cambio, tiene que ser refundido, o, si existe en forma acuñada, esta forma es indiferente y la moneda queda reducida puramente a su peso.

En el sistema de cambio internacional más desarrollado, el oro y la plata vuelven a aparecer enteramente en la forma en que desempeñan ya un papel en el trueque originario. El oro y la plata como medio de cambio, igual que el cambio mismo, no aparecen originariamente dentro del círculo estrecho de una entidad comunitaria social, sino allí donde esta termina, en su frontera, en los escasos puntos de su contacto con entidades comunitarias extrañas. Aparece así puesto como la mercancía como tal, la mercancía universal, que conserva en todos los lugares su carácter de riqueza. Según esta determinación formal, vale por igual en todos los lugares. Así es el representante *material* de la riqueza *general*. Por eso, en el sistema mercantil, el oro y la plata valen como medida del poder de las distintas entidades comunitarias. «En cuanto los metales preciosos se convierten en objetos del comercio, en equivalente universal de todas las cosas, se convierten también en medida del poder entre las naciones.» De ahí el sistema mercantil. (*Steuart*.)[^12]

La determinación del dinero de servir como medio *internacional* de cambio y de pago no es, en realidad, una determinación nueva que se añada a la de ser dinero en general, equivalente general, y por tanto tanto tesoro como medio de pago. En la determinación de equivalente general está contenida la determinación conceptual de mercancía general, aunque en cuanto tal el dinero solo se realiza como moneda mundial. Es primero como medio internacional de pago y de cambio como el oro y la plata (como ya se ha mencionado) aparecen en general como dinero, y es de esta manifestación suya de donde se abstrae su concepto de mercancía general. La limitación nacional, política, que el dinero recibe formalmente como medida en general (por la fijación de la unidad de medida y la división de esta unidad), y que en la moneda puede extenderse también al contenido en la medida en que signos de valor emitidos por el Estado sustituyen al metal real, es históricamente posterior a la forma en que el dinero aparece como mercancía general, como moneda mundial. ¿Pero por qué? Porque aquí aparece en general en su forma concreta de dinero. Ser medida y ser medio de circulación son funciones suyas en cuyo cumplimiento solo adopta formas de existencia particulares por la posterior autonomización de esas funciones. Tómese 1) la *moneda*: originariamente no es más que una porción determinada de oro por su peso; el cuño se añade como garantía, como denominador del peso, y así no cambia todavía nada; el cuño, la *façon*, es decir, la indicación del valor —signo autonomizado, símbolo del valor—, se convierte, por el mecanismo mismo de la circulación, de forma en sustancia; aquí interviene el Estado, pues semejante signo tiene que estar garantizado por el poder autonomizado de la sociedad, el Estado. Pero es en realidad como dinero, como oro y plata, como el dinero actúa en la circulación; ser moneda no es primero más que una mera función suya. En esta función se particulariza y puede sublimarse en puro signo de valor, que como tal necesita un reconocimiento legal y legalmente exigible. 2) La *medida*. Las unidades de medida del dinero y sus subdivisiones no son, en realidad, originariamente más que las porciones de peso de este como metal; como dinero posee la misma unidad de medida que como peso. Solo al desprenderse el valor nominal del valor real en las piezas de metal acuñadas que corresponden a esta división del peso se desprende la división de medida del oro y la plata como oro y plata de su división de medida como dinero, y porciones de peso determinadas de metal reciben nombres propios, en la medida en que valen como medida de valor, para esta función. Ahora bien, en el comercio mundial el oro y la plata solo se estiman por su peso, sin consideración a su cuño; es decir, se hace abstracción de ellos como moneda. En el comercio internacional aparecen enteramente en la forma, o en la carencia de forma, en que aparecen originariamente, y, donde sirven como medio de cambio, sirven, como originariamente también en la circulación interior, siempre a la vez como contravalor, precio realizado, equivalente real. Donde sirven así como moneda, como mero medio de cambio, sirven a la vez como representante del valor dotado él mismo de valor. Sus otras funciones, en cambio, son las mismas en que sirven en general como dinero: en la forma del tesoro (ya se conciba este como reserva de medios de vida asegurada para el futuro en cuanto a la materia, ya como riqueza en general), o como medio de pago general, independiente de las necesidades inmediatas de los agentes del cambio, que satisface solo su necesidad general o también su falta de necesidades. Como equivalente adecuado en reposo, que puede sustraerse a la circulación porque no es objeto de ninguna necesidad determinada, el dinero es ||6| reserva, seguro de medios de vida para el futuro en general: es la forma en que el que no tiene necesidades posee la riqueza, es decir, en que se posee el excedente, la parte de la riqueza que no se requiere inmediatamente como valor de uso, etc. Es tanto seguro de necesidades futuras como la forma de la riqueza que va más allá de la necesidad.

La forma del dinero como medio internacional de cambio y de pago no es, pues, en realidad, ninguna forma *particular* suya, sino solo una aplicación suya como dinero; son las funciones en las que actúa de la manera más llamativa en su forma simple y a la vez concreta de dinero, como unidad de medida y medio de circulación, y no como lo uno ni como lo otro. Es su forma más originaria. Solo aparece como *particular* junto a la *particularización* que puede adoptar en la llamada circulación interior, como medida y como moneda. En este carácter el oro y la plata desempeñan un papel importante en la creación del mercado mundial. Así la circulación de la plata americana de Occidente a Oriente, el lazo metálico entre América y Europa por un lado, entre América y Asia y entre Europa y Asia por el otro, desde el comienzo de la época moderna… Como moneda mundial, el dinero es esencialmente indiferente a su forma de medio de circulación, mientras que su material lo es todo. No aparece para el cambio del excedente, sino como saldo del excedente en el proceso de conjunto del cambio internacional. La forma coincide aquí inmediatamente con su función de ser *mercancía*, como la mercancía accesible en todas partes, *mercancía universal*.

Es indiferente que el dinero circule así acuñado o sin acuñar. Los *Mexican dollars* [táleros mexicanos], los *imperials of Russia* [imperiales de Rusia], son mera forma del producto de las minas sudamericanas y rusas. Lo mismo sirve el *sovereign* inglés, porque no paga *seignorage* [derechos de acuñación]. (*Tooke*.)

¿Cómo se comportan el oro y la plata con sus productores inmediatos, en los países donde son producto inmediato, objetivación de un modo particular del trabajo? En sus manos se producen inmediatamente como mercancía, es decir, como un valor de uso que no tiene valor de uso para su productor, sino que solo llega a tenerlo para él por su enajenación, por ser arrojado a la circulación. En sus manos solo puede ser tesoro más adelante, ya que no es producto de la circulación, no ha sido retirado de ella, sino que todavía no ha entrado en ella. De entrada solo es cambiable, en proporción al tiempo de trabajo que contiene, por las demás mercancías, junto a las cuales existe, sin embargo, como mercancía *particular*. Pero, por otra parte, como vale a la vez como producto del trabajo general, como personificación de este, lo que no es como producto inmediato, coloca a su productor en la posición privilegiada de presentarse enseguida como comprador, no como vendedor. Para apoderarse de él como dinero tiene que enajenarlo como producto inmediato, pero a la vez no necesita la mediación que necesita el productor de cualquier otra mercancía. Es vendedor aun en la forma de comprador. La ilusión de poder sacar de la tierra o de los lechos de los ríos, tirándole de las orejas, la riqueza general, y como tal capaz de satisfacer todas las necesidades, se muestra ingenuamente, por ejemplo, en la siguiente anécdota: «En el año 760 la gente pobre salió en masa a lavar oro en las arenas de los ríos al sur de Praga, y tres hombres eran capaces de extraer en un día un marco (media libra) de oro; y fue tan grande la consiguiente afluencia a “los placeres” que al año siguiente el país sufrió una hambruna.» (*Abhandlung von dem Alterthum des böhmischen Bergwerks* [Tratado sobre la antigüedad de la minería bohemia], de M. G. Körner, Schneeberg, 1758.)

El dinero, transmitido como oro, puede [ser] reacuñado en todas partes, en la forma de plata, como medio de circulación.

«El dinero tiene la cualidad de ser siempre cambiable por lo que mide.» (*Bosanquet*.) «El dinero puede comprar siempre otras mercancías, mientras que otras mercancías no siempre pueden comprar oro.» «Es preciso que haya una cantidad muy considerable de metales preciosos disponible y destinada a servir como el medio más cómodo de saldar los balances internacionales.» (*Tooke*.) Fue sobre todo como dinero internacional como el oro y la plata cautivaron en el siglo XVI, en el periodo de infancia de la sociedad burguesa, el interés exclusivo de los Estados y de la naciente economía política. El papel específico que el oro y la plata desempeñan en el intercambio internacional ha vuelto a quedar del todo claro y a ser reconocido por los economistas desde las grandes salidas de oro y las crisis de 1825, 1839, 1847 y 1857. Aquí son medio internacional de pago absoluto, exclusivo, como valor que es para sí, equivalente general. El valor tiene que transmitirse *in specie* [en metálico]; no puede transmitirse en ninguna otra forma de *merchandise* [mercancía]. «Puede contarse con que el oro y la plata… realicen, a su llegada, casi exactamente la suma que se necesita procurar»… «el oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías para tales ocasiones, por la circunstancia de estar universalmente en uso como *dinero*.» (Fullarton ve, pues, aquí que el valor se transmite en oro y plata como dinero, no en mercancías; que ||7| esta es una función específica suya como *dinero*, y por eso no tiene razón al decir que se transmiten como *capital*, introduciendo así ya relaciones que no vienen al caso. El capital puede transmitirse también en la forma de arroz, etc., de hilo, etc.) «No es en té, café, azúcar o índigo en lo que suelen contratarse para su pago las deudas, extranjeras o nacionales, sino en *moneda*; y por eso la remesa, sea en la moneda misma designada, sea en lingotes que puedan convertirse rápidamente en esa moneda a través de la ceca o del mercado del país al que se envían, tiene que ofrecer siempre al remitente el medio más seguro, inmediato y exacto de lograr su fin, sin riesgo de fracaso por falta de demanda o fluctuación del precio.» (Pp. 125-126, *Fullarton*, l. c.)[^13] «Cualquier otro artículo» (en el que lo que importa es el valor de uso particular, que no es dinero) «podría estar, en cantidad o en clase, fuera de la demanda habitual del país al que se envía.» (*Th. Tooke*, *An Inquiry into the Currency Principle etc.*, ed. Londres, 1844, [p. 10].)

La resistencia de los economistas a reconocer el dinero en esta determinación es un resto de la vieja polémica contra el sistema monetario.

El dinero como medio general internacional de compra y de pago no es una determinación nueva suya. Es más bien el mismo en una universalidad de manifestación que corresponde a la generalidad de su concepto; su modo de existencia más adecuado, en el que se acredita de hecho como la *mercancía universal*.

Según las distintas funciones que cumple el dinero, la misma pieza de dinero puede cambiar de lugar. Puede ser hoy moneda y mañana, sin cambiar su forma exterior de existencia, dinero, es decir, equivalente en reposo. El oro y la plata como existencia concreta del dinero se distinguen así esencialmente del signo de valor por el que pueden estar representados en la circulación interior: las monedas de oro y plata pueden refundirse en lingotes y adquirir así su forma indiferente frente a su carácter local de moneda, o bien, transformadas como moneda en dinero, servir solo como peso de metal. Pueden convertirse así en materia prima de artículos de lujo, o amontonarse como tesoro, o emigrar al extranjero como medio internacional de pago, donde vuelven a ser capaces de transformarse en la forma de la moneda nacional, de cualquier moneda nacional. Conservan su valor en cada una de estas formas. Con el signo de valor no ocurre así. Solo es signo donde vale como tal, y solo vale como tal donde tiene detrás el poder del Estado. Por eso está confinado en la circulación y no puede recaer en la forma indiferente en la que el oro y la plata son siempre valor ellos mismos y pueden, en posibilidad, adoptar igualmente cualquier cuño nacional, o servir, indiferentes a él, en su modo de existencia inmediato, como medio de cambio y material del atesoramiento, o también convertirse en mercancía. El dinero metálico no está confinado en ninguna de estas formas, sino que adopta cada una de ellas según lo condicione la necesidad o la tendencia del proceso de circulación. Está sobre todo, en la medida en que no se elabora como mercancía particular en objetos de lujo, en relación con la circulación, pero no solo la interior, sino la circulación mundial, y a la vez siempre en una forma autónoma frente a la absorción por ella. La moneda aislada como tal, es decir, como mero signo de valor, solo es por y en la circulación. Aun amontonada, solo puede amontonarse como moneda, ya que su poder termina en las fronteras del país. Aparte de las formas del atesoramiento que surgen del proceso mismo de la circulación y que propiamente no son más que puntos de reposo de este, a saber, como reserva de moneda destinada a la circulación o como reserva para pagos que hay que efectuar en la propia moneda del país, no puede hablarse aquí en absoluto de atesoramiento, es decir, no del atesoramiento propiamente dicho, ya que, como signo de valor, a la moneda le falta el elemento esencial del atesoramiento: ser riqueza independiente de la conexión social determinada, porque, aparte de su función social, es existencia inmediata del valor mismo, no valor meramente simbólico. Por eso las leyes que condicionan el signo de valor para que sea tal signo no condicionan el dinero metálico, ya que este no está confinado en la función de moneda.

Está claro, además, que el atesoramiento, es decir, la retirada del dinero de la circulación y su acumulación en ciertos puntos, es múltiple: amontonamiento temporal, que surge del mero hecho de la separación de compra y venta, es decir, del mecanismo inmediato de la circulación simple misma; amontonamiento de dinero que surge de la función del dinero como medio de pago; por último, atesoramiento propiamente dicho, que quiere retenerlo y guardarlo como la riqueza abstracta, o también solo como excedente de la riqueza existente sobre la necesidad inmediata y como garantía del futuro o protección frente a la paralización involuntaria de la circulación. Las últimas formas, en las que ||8| la autonomización, la existencia adecuada del valor de cambio, se contempla todavía solo en su forma inmediatamente cósica de oro, desaparecen cada vez más en la sociedad burguesa. Las formas modernas del atesoramiento, que surgen del mecanismo mismo de la circulación y son condiciones del cumplimiento de sus funciones, adquieren en cambio un desarrollo mayor, aunque adoptan formas distintas, que hay que considerar en el sistema bancario. Pero sobre la base de la circulación metálica simple se muestra que las distintas determinaciones en que funciona el dinero, o que el proceso de la circulación, del metabolismo social, deposita el oro y la plata contantes en formas tan diversas como tesoro en reposo, que, sin embargo, aunque la parte del dinero que existe como tal tesoro cambia constantemente sus elementos, y en toda la superficie de la sociedad tiene lugar un intercambio constante entre las porciones de dinero que cumplen esta o aquella función, que pasan de los tesoros a la circulación, nacional o internacional, o son absorbidas de la circulación en los depósitos de tesoro o transformadas en artículos de lujo, la función del dinero como medio de circulación nunca queda limitada por estos depósitos. La exportación o la importación de dinero vacía o llena alternativamente estos distintos depósitos, como lo hace el alza o la baja de los precios totales en la circulación interior, sin que la masa requerida por la circulación misma sea empujada por encima de su medida por la abundancia de oro y plata ni caiga por debajo de ella. Lo que no se requiere como medio de circulación es expulsado como tesoro, del mismo modo que el tesoro, en cuanto se requiere, es absorbido en la circulación. Por eso en los pueblos de circulación puramente metálica el atesoramiento se presenta también en las distintas formas, desde el individuo hasta el Estado, que custodia su tesoro público. En la sociedad burguesa este proceso queda reducido a las exigencias del proceso de producción de conjunto y adopta otras formas. Aparece como negocio particular, requerido por la división del trabajo en el proceso de conjunto de la producción, lo que en las situaciones más ingenuas se practica en parte como negocio de todos los particulares, en parte como negocio del Estado. La base, sin embargo, sigue siendo la misma: el dinero funciona continuamente en las distintas funciones desarrolladas, e incluso en la puramente ilusoria. Esta consideración de la circulación puramente metálica es tanto más importante cuanto que todas las especulaciones de los economistas sobre formas superiores, más mediadas, de la circulación dependen de la concepción de la circulación metálica simple. Se entiende 1) que cuando hablamos de aumento o disminución del oro y la plata se presupone siempre que su valor sigue siendo el mismo, es decir, que el tiempo de trabajo requerido para producirlos no ha cambiado. La baja o el alza de su magnitud de valor a consecuencia de la baja o el alza del tiempo de trabajo requerido para producirlos no ofrece en absoluto ninguna peculiaridad que los distinga de las demás mercancías, por mucho que pueda perjudicar a su función de medio de pago. 2) Los motivos que, aparte de la baja y el alza de los precios y de la necesidad de comprar mercancías a quienes no necesitan contramercancía alguna (como en épocas de hambruna, subsidios de guerra), abren los tesoros y vuelven a llenarlos, y por tanto la acción del tipo de interés, no pueden considerarse aquí, donde el dinero se considera todavía solo como dinero, no como forma del capital. La masa de oro y plata que se encuentra en un país tiene que ser, pues, y será siempre, sobre la base de la circulación metálica simple y del comercio general basado en el dinero contante, mayor que la masa de oro y plata que circula como moneda, aunque la proporción entre la porción de dinero que funciona como dinero y la que funciona como moneda cambiará en cantidad, y la misma pieza de dinero podrá cumplir alternativamente una u otra función, exactamente igual que las porciones que sirven a la circulación nacional y a la internacional alternarán en cantidad y se sustituirán en cualidad. Pero la masa del oro y la plata es depósito constante, canal de desagüe tanto como canal de suministro de ambas corrientes de la circulación, lo segundo, naturalmente, por ser lo primero.

* * *

Como valor de cambio, toda mercancía, por indivisible que sea su valor de uso, como, por ejemplo, el de una casa, es divisible a voluntad. En su precio existe como tal valor de cambio divisible, es decir, como valor estimado en dinero. Así puede venderse a voluntad, pieza a pieza, por dinero. Aunque inmueble e indivisible, la mercancía puede arrojarse así por parcelas a la circulación mediante títulos de propiedad ||9| sobre fracciones de ella. El dinero actúa así de manera disolvente sobre la propiedad inmueble e indivisible. «El dinero, medio de trocear la posesión en innumerables fragmentos y de consumirla pieza a pieza mediante el cambio.» (*Bray*.) Sin dinero, una masa de objetos no cambiables, inalienables, porque solo por el dinero adquieren una existencia independiente de la naturaleza de su valor de uso y de las relaciones de este. «Como las cosas inmuebles e invariables [habían de hacerse] cosas móviles y hechas para el cambio, entró en uso el dinero como regla y como medida (*square*), por la que estas cosas recibieron estimación y valor.» (*Free Trade*, Londres, 1622.)[^14] «La introducción del dinero, que compra todas las cosas… trae consigo la necesidad de la alienación legal» (*sc.* [a saber] de las fincas feudales). (P. 124, John Dalrymple, *An Essay towards a general history of feudal Property in Great Britain*, 4.ª ed., Londres, 1759.)[^15]

En realidad, todas las determinaciones en que aparece el dinero, como medida de valor, medio de circulación y dinero como tal, no expresan más que las distintas relaciones en que los individuos participan en la producción de conjunto o se relacionan con su propia producción como producción social. Pero estas relaciones de los individuos entre sí aparecen como *relaciones sociales* de las cosas.

* * *

«Las Cortes de 1593 dirigieron a Felipe II la siguiente representación: “Las Cortes de Valladolid del año 48 suplicaron a Vuestra Majestad que no permitiese más la entrada en el reino de velas, vidrios, joyerías, cuchillos y otras cosas semejantes que venían de fuera, para trocar estos artículos tan inútiles para la vida humana *por oro, como si los españoles fuesen indios*”.» (Sempéré.)[^16] «Todos esconden y entierran su dinero muy en secreto y muy hondo, pero sobre todo los *gentiles*» (los no mahometanos), «que son casi los únicos dueños del comercio y del dinero, infatuados como están con la creencia de que el oro y la plata que esconden durante su vida les servirán después de la muerte.» (Pp. 312-314, *François Bernier*, t. I, *Voyages contenant la description des états du Grand Mogol etc.*, París, 1830.) (En la corte de Aurangzeb.)[^17]

«Estos tienen un mismo designio y entregan su fuerza y su poder a la bestia… Y que nadie pueda comprar ni vender sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.» (*Apocalipsis*, Vulgata.)[^18]

«El gran efecto final del comercio no es la riqueza en general, sino preferentemente la abundancia de plata y oro…, que no son perecederos ni tan mudables como las demás mercancías, sino riqueza en todo tiempo y en todo lugar.» (Su carácter imperecedero no consiste, pues, solo en el carácter imperecedero de su material, sino en que siguen siendo siempre *riqueza*, es decir, en que persisten siempre en la determinación formal del valor de cambio.) «La abundancia de vino, grano, aves, carne, etc., son riquezas, pero *hic et nunc* [aquí y ahora]» (dependientes de su valor de uso particular). «Por eso la producción de tales mercancías, o el ejercicio de tal comercio, que provee a una comarca de oro y plata, es ventajosa por encima de todas las demás.» (Petty, *Political Arithmetick*, Londres, 1699, pp. [178-1]79.)[^19] «Solo el oro y la plata no son *perecederos*» (nunca dejan de ser valor de cambio), «sino que en todo tiempo y en todo lugar» [[la utilidad de los valores de uso particulares está determinada temporal y localmente, como las necesidades mismas que satisfacen]] «se estiman *como riqueza*; todo lo demás no es riqueza más que *pro hic et nunc* [para aquí y ahora].» (L. c., p. 196.) «La riqueza de cada nación consiste principalmente en su participación en el comercio exterior con el mercado mundial (*the whole commercial world* [el mundo comercial entero]), *rather than in the domestic trade* [más que en el comercio interior], mucho más que en el comercio interior de comestibles, bebidas y ropas, que aportan poco oro y plata, *riqueza universal* (*universal wealth*).» (P. 242.) Así como el oro y la plata son en sí la riqueza general, su posesión aparece también como producto de la circulación mundial, primero de la circulación limitada por vínculos naturales y éticos inmediatos.

Podría llamar la atención que Petty, que llama a la tierra madre y al trabajo padre de la riqueza, enseña la división del trabajo y en general, con genial osadía, atiende en todas partes al proceso de producción en lugar de al producto aislado, parezca aquí, sin embargo, enteramente preso en el lenguaje y en el modo de representación del sistema monetario. ||10| Pero no hay que olvidar que, según su presupuesto, como según el presupuesto burgués en general, el oro y la plata solo son la forma adecuada del contravalor, que solo puede apropiarse siempre mediante la enajenación de mercancías, es decir, mediante el *trabajo*. Practicar la producción por la producción, es decir, desarrollar las fuerzas productivas de la riqueza sin consideración a las barreras de la necesidad o del disfrute inmediatos, se expresa en Petty como producir y cambiar no por los goces perecederos en que se resuelven todas las mercancías, sino por el oro y la plata. Es el enérgico, desconsiderado y universal impulso de enriquecimiento de la nación inglesa en el siglo XVII lo que Petty expresa aquí y a la vez espolea.

*Primero, inversión del dinero:* de medio se convierte en fin y degrada a las demás mercancías:

«La materia natural del comercio es la mercancía (*merchandize*)… La materia artificial del comercio es el dinero… Aunque por naturaleza y por tiempo viene después de la mercancía, sin embargo, tal como ahora está en uso (en su empleo actual), se ha convertido en el guía (el jefe).» Así *Misselden*, comerciante londinense, en su escrito *Free Trade or the Means to make Trade florish*, Londres, 1622 (p. 7). Compara el cambio de rango entre el dinero y la mercancía con el destino de los dos hijos del viejo Jacob, que puso su mano derecha sobre el más joven y la izquierda sobre el mayor. (L. c.)[^20]

La oposición entre el dinero como tesoro y las mercancías, cuyo valor de cambio perece al cumplir su fin como valores de uso:[^21] «La causa general y remota de nuestra falta de dinero es el gran exceso de este reino en el consumo de mercancías de países extranjeros, que resultan para nosotros, en lugar de *commodities* [mercancías útiles], *discommodities* [estorbos], pues nos privan de otro tanto *tesoro* (*treasure*) que, de no ser así, se importaría en lugar de estos juguetes (*toys*)… Consumimos entre nosotros una abundancia demasiado grande de vinos de España, Francia, Renania y Levante; las pasas de España, las de Corinto del Levante, los *lawns*» (una clase de lienzo fino) «y *cambrics*» (otras clases *ejusdem* [de lo mismo]) «de Henao y los Países Bajos, las sedas de Italia, el azúcar y el tabaco de las Indias Occidentales, las especias de las Indias Orientales; nada de todo esto es para nosotros una necesidad absoluta, y sin embargo estas cosas se compran con dinero contante… Ya el viejo Catón decía: *Patrem familias vendacem, non emacem esse [oportet]* [el padre de familia ha de ser vendedor, no comprador].» (L. c., pp. 11-13.) «Cuanto más crecen las existencias de mercancías, más disminuyen las que existen como *tesoro* (*in treasure*).» (P. 23.)

Sobre la circulación que no retorna en el mercado mundial, especialmente en el comercio con Asia:

«El dinero disminuye por el comercio fuera de la cristiandad, con Turquía, Persia y las Indias Orientales. Estos ramos de comercio se llevan en su mayor parte con dinero contante, pero de manera distinta que los ramos del comercio de la cristiandad entre sí. Pues aunque el comercio dentro de la cristiandad se hace con dinero contante, el dinero queda siempre encerrado dentro de los límites de la cristiandad. Hay en efecto corriente y contracorriente, flujo y reflujo del dinero en el comercio que se lleva dentro de la cristiandad, pues unas veces abunda más en una parte y escasea en otra, según que un país tenga falta y otro abundancia: va y viene y gira en el círculo de la cristiandad, pero queda siempre encerrado en su línea. Pero el dinero con el que se comercia fuera de la cristiandad con los países antes dichos se gasta (*issued*) para siempre y nunca vuelve.» (L. c., pp. 19-20.) De manera semejante a Misselden se lamenta el más antiguo economista nacional alemán, el doctor Martín Lutero: «No se puede negar que comprar y vender es cosa necesaria, de la que no se puede prescindir y que puede usarse cristianamente, sobre todo en las cosas que sirven a la necesidad y a la honra. Pues así también los patriarcas vendieron y compraron ganado, lana, grano, mantequilla, leche y otros bienes. Son dones de Dios, que él da de la tierra y reparte entre los hombres. Pero el *comercio extranjero*, que trae de Calicut ||11| y de la India y semejantes mercancías, como esas sedas y orfebrerías preciosas y especias, que solo sirven para el lujo y para ningún provecho, y chupa el dinero al país y a la gente, no debería permitirse si tuviéramos un gobierno y unos príncipes. Pero de esto no quiero escribir ahora, pues creo que al final, cuando ya no tengamos dinero, tendrá que cesar por sí mismo, como también el adorno y la glotonería: ningún escrito ni enseñanza servirá de nada hasta que nos obliguen la necesidad y la pobreza. Dios nos ha arrojado a los alemanes a tal punto que tenemos que echar nuestro oro y nuestra plata en tierras extrañas, enriquecer a todo el mundo y quedarnos nosotros de mendigos. Inglaterra tendría menos oro si Alemania le dejara su paño, y el rey de Portugal también tendría menos si le dejáramos sus especias. Calcula tú cuánto dinero sale de tierras alemanas en una feria de Fráncfort sin necesidad ni motivo: te maravillarás de que aún quede un céntimo en tierras alemanas. Fráncfort es el agujero de la plata y del oro por donde sale de tierra alemana todo lo que mana y crece, se acuña o se bate entre nosotros: si se tapara el agujero, no habría que oír ahora la queja de que por todas partes no hay más que deudas y nada de dinero, y de que todas las tierras y ciudades están [cargadas de intereses y] arruinadas por la usura. Pero déjalo correr, que así ha de ir: ¡los alemanes tenemos que seguir siendo alemanes!, no cejamos hasta que no hay más remedio.» (*Bücher vom Kaufhandel und Wucher* [Libros sobre el comercio y la usura], 1524.)

*Boisguillebert*, que ocupa en la economía francesa exactamente la misma posición destacada que Petty en la inglesa, y que es uno de los adversarios más apasionados del sistema monetario, ataca el dinero en las distintas formas en que aparece como *valor exclusivo* frente a las demás mercancías: como *medio de pago* (en él, sobre todo en los impuestos) y como *tesoro*. (La existencia específica del valor en el dinero aparece como relativa falta de valor, como degradación de las demás mercancías.)

Los escritos de Boisguillebert citados proceden todos de la edición de sus obras reunidas a cargo de *Eugène Daire*: *Économistes financiers du XVIIIe siècle*, 1 vol., París, 1843.

«Como el oro y la plata no son ni han sido nunca una riqueza en sí mismos, no valen más que por relación, y solo en la medida en que pueden procurar las cosas necesarias para la vida, a las que sirven únicamente de prenda y de valoración, es indiferente tener más o menos de ellos, con tal de que puedan producir los mismos efectos.» (Cap. VII de la primera parte, *Le Détail de la France*, 1697.) La cantidad del dinero afecta a la riqueza nacional «*con tal de que haya bastante para sostener los precios contratados* de los géneros necesarios para la vida» (l. c., parte II, cap. XVIII, p. 209). (Boisguillebert enuncia, pues, aquí la ley de que la masa del medio circulante está determinada por los precios, y no a la inversa.) Que el dinero es mera forma de la mercancía misma se muestra en el comercio al por mayor, donde el cambio se efectúa sin intervención del dinero una vez que «*las mercancías están valoradas*»; «el dinero no es más que el *medio y el vehículo*, mientras que los géneros útiles para la vida son *el fin y el objetivo*» (l. c., p. 210). El dinero solo debe ser medio de circulación, siempre *móvil*; nunca debe convertirse en tesoro, en *inmueble*: debe estar «en un movimiento continuo, lo cual solo puede ser mientras es mueble…; pero en cuanto se vuelve *inmueble*…, todo está perdido» (l. c., parte II, cap. XIX, p. 213). En oposición a las finanzas, para las que el dinero aparecía como el único objeto: «*la ciencia financiera* no es más que el conocimiento profundo de los intereses de la agricultura y del comercio» (p. 241, l. c., parte III, cap. VIII). Boisguillebert, en efecto, solo atiende al contenido material de la riqueza, al disfrute, al valor de uso: «la verdadera riqueza… [es el] disfrute completo no solo de las necesidades de la vida, sino también de todo lo superfluo y de todo cuanto puede dar placer a los sentidos» (p. 403, *Dissertation sur la nature des richesses, de l'argent et des tributs*).

«Se ha hecho… un ídolo de estos metales» (el oro y la plata), «y, dejando a un lado el objeto y la intención para los que se los había llamado al comercio, a saber, para servir en él de prenda en el cambio y en la entrega recíproca…, casi se les ha dispensado de este servicio para hacer de ellos *divinidades*, a las que se han sacrificado y se sacrifican todos los días más bienes y necesidades preciosas, e incluso *hombres*, de los que jamás inmoló la ciega Antigüedad a esas falsas divinidades que durante tanto tiempo constituyeron todo el culto y toda la religión de la mayor parte de los pueblos.» (L. c., p. 395.) «La miseria de los pueblos no viene sino de que se ha hecho un amo, o más bien un tirano, de lo que era un esclavo.» (L. c.) Hay que romper esta «usurpación» y «restablecer las cosas en su estado natural» (l. c.). Con el afán abstracto de enriquecimiento, «la equivalencia en que él» (el dinero) «debe estar con todas las demás mercancías, para estar dispuesto a efectuar su cambio en cualquier momento, ha recibido enseguida un gran golpe» (p. 399). «He aquí, pues, al esclavo del comercio convertido en su amo… La facilidad que ofrece el dinero para servir a todos los crímenes le hace redoblar sus emolumentos a medida que la corrupción se adueña de los corazones; y es seguro que casi todas las fechorías serían desterradas de un Estado si se pudiera hacer otro tanto con [este] fatal metal.» (399.) La depreciación de las mercancías para convertirlas en dinero (venderlas por debajo de su valor) es la causa de toda la *misère* [miseria]. (Véase cap. V, l. c.) Y en este sentido dice: «el dinero… se ha convertido en el verdugo de todas las cosas» (p. 413, l. c.). Compara las artes financieras para hacer dinero [con] el «alambique que ha hecho evaporar una cantidad espantosa de bienes y de géneros para formar ese fatal extracto [para el amo]» (p. 419). Con la depreciación de los metales preciosos, «los géneros mismos serán restablecidos en su justo valor» (p. 422, l. c.). «El dinero… declara la guerra… a todo el género humano» (p. 417, l. c.). (Lo mismo *Plinio*, *Historia natural*, l. XXXIII, cap. II [sección 14].) En cambio:

*El dinero como moneda mundial*: «Tan difundida está por todo el globo terrestre la comunicación de los pueblos entre sí que casi puede decirse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad, en la que se celebra feria perpetua de toda mercancía, y donde cada hombre, sin salir de su casa, puede proveerse y gozar mediante el dinero de todo lo que la tierra, los animales y la industria humana producen en otras partes. ¡Maravillosa invención!» (P. 40, *Montanari* (Geminiano), *Della Moneta*, escrito *about* [hacia] 1683, en la colección de Custodi, *Parte antica*, t. III.)[^22]

«¿Y de qué patria, de qué linaje es este? Es rico.» (Ateneo, *Deipnosophistae*, l. IV, [sección] 49 [p. 159].)[^23]

Dice Demetrio de Falero sobre la extracción de oro de las minas:

«La codicia espera sacar de las entrañas de la tierra al mismísimo Plutón.» (L. c., [l.] VI, [sección] 23 [p. 233].)

«En el dinero está el primer origen de la avaricia… esta se fue encendiendo poco a poco en una especie de rabia, ya no avaricia, sino hambre de oro.» (*Plinio*, *Historia natural*, l. XXXIII, cap. III, [sección] XIV.)

> «Pues nada ha brotado entre los hombres tan funesto  
> como la moneda de plata. Ella arrasa  
> las ciudades, ella arroja a los hombres de sus casas;  
> ella instruye y pervierte los ánimos  
> honrados de los mortales para que se entreguen a acciones vergonzosas;  
> ella enseñó a los hombres a practicar la villanía  
> y a conocer la impiedad de toda obra.»

(Sófocles, *Antígona* [295-301].)

El dinero como riqueza puramente abstracta —en la que se extingue todo valor de uso particular y, por tanto, también toda relación individual entre el poseedor y la mercancía— pasa igualmente al poder del individuo singular como persona abstracta, comportándose de manera del todo ajena y exterior a su individualidad. Pero al mismo tiempo le da el poder general como poder privado suyo. Esta contradicción la ha [destacado] Shakespeare, *for instance* [por ejemplo]:

> «¡Oro! ¡Oro amarillo, reluciente, precioso!  
> […] Tanto de esto volverá lo negro blanco; lo feo, hermoso;  
> lo malo, bueno; lo vil, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente.  
> … ¿Qué es esto, dioses? Pues esto  
> arrancará de vuestro lado a vuestros sacerdotes y servidores;[^24]  
> quitará la almohada de debajo de la cabeza a los hombres robustos.  
> Este esclavo amarillo  
> atará y desatará religiones; bendecirá a los malditos;  
> hará adorar la lepra blanca; dará a los ladrones  
> título, reverencias y aprobación  
> en el banco de los senadores; él es  
> el que hace que la viuda marchita vuelva a casarse  
> … Ven, tierra maldita,  
> ramera común del género humano.»

(Shakespeare, *Timón de Atenas*, acto V.)[^25]

Lo que se entrega por todo y por lo que todo se entrega aparece como el medio general de prostitución.

## 4) Los metales preciosos como portadores de la relación dineraria

El proceso de producción burgués se adueña al principio de la circulación metálica como de un órgano heredado ya hecho, que se va transformando poco a poco, pero conserva siempre su construcción fundamental. La cuestión de por qué sirven de material del dinero el oro y la plata, y no otras mercancías, cae, pues, fuera de los límites del sistema burgués, y por eso nos limitamos a resumir sumariamente los puntos de vista más esenciales. La respuesta es sencilla: las propiedades naturales específicas de los metales preciosos, es decir, sus propiedades como valores de uso, corresponden a las funciones económicas que los capacitan, por delante de todas las demás mercancías, para ser portadores de la función del dinero.

Como el tiempo de trabajo mismo, el objeto que haya de valer como su encarnación específica tiene que ser capaz de representar diferencias puramente cuantitativas, de modo que se presupone la identidad, la uniformidad de la cualidad. Esta es la primera condición para que una mercancía funcione como medida de valor. Si estimo, por ejemplo, todas las mercancías en bueyes, pieles, grano, etc., tengo que medirlas en realidad en bueyes medios ideales, en pieles medias, en grano medio, puesto que un buey es cualitativamente distinto de otro buey, un grano de otro grano, una piel de otra piel: hay una diferencia en el valor de uso entre ejemplares de la misma especie. Esta exigencia de la ausencia de diferencias cualitativas, independientemente del tiempo y del lugar, y por tanto de la igualdad a igual cantidad, es la primera exigencia por este lado. La segunda, que se deriva igualmente de la necesidad de representar diferencias meramente cuantitativas, es una gran divisibilidad y la posibilidad de volver a reunir las partes, de modo que el equivalente general pueda trocearse según la magnitud del valor de la ||14| mercancía sin que con ello se perjudique su valor de uso. El oro y la plata, como cuerpos simples en los que solo tiene lugar una división cuantitativa, pueden representarse y reducirse a la misma ley. La identidad de la cualidad. Igualmente divisibles, igualmente capaces de volver a reunirse. Del oro puede decirse incluso que es el metal conocido más antiguo, el *primer metal descubierto*. La naturaleza misma, en los grandes lavaderos de oro de los ríos, se encarga de la obra del arte y no exige así del hombre, para encontrarlo, más que un trabajo muy tosco, sin ciencia ni instrumentos de producción desarrollados. «Los metales preciosos [son] uniformes en sus cualidades físicas, de modo que cantidades iguales de ellos deberían ser idénticas hasta el punto de no ofrecer motivo alguno para preferir unas a otras. No ocurre así con números iguales de cabezas de ganado ni con cantidades iguales de grano.» Además, el oro se encuentra más puro que todos los demás metales; en forma nativa, cristalina, aislado: «separado de los cuerpos que se presentan habitualmente», rara vez aleado con otro metal que no sea la plata. El oro, «aislado, individualizado»: «El oro se distingue notablemente de los demás metales, con muy pocas excepciones, por el hecho de que se encuentra en la naturaleza en su *estado metálico*» (los demás metales, en minerales de ellos (en su ser químico)). «El hierro y el cobre, el estaño, el plomo y la plata se descubren de ordinario en combinación química con oxígeno, azufre, arsénico o carbono; y los pocos casos excepcionales de estos metales en estado no combinado o, como se decía antes, *virgen*, deben citarse más bien como curiosidades mineralógicas que como producciones corrientes. El oro, en cambio, se encuentra siempre nativo o metálico… Además, el oro, por haberse formado en las rocas más expuestas a la acción atmosférica, se encuentra en los detritos de las montañas;… los fragmentos de estas rocas, desprendidos…, son llevados por las crecidas a los valles y convertidos en guijarros por la acción constante del agua corriente…» El oro, depositado por su peso específico. Se encuentra así en los lechos de los ríos y en los terrenos de aluvión. El oro de río, el primer oro que se encontró. (El lavado en los ríos, aprendido antes que la mina)… «El oro se presenta con la mayor frecuencia puro o, en todo caso, tan cerca de serlo que su naturaleza metálica puede reconocerse en el acto, tanto en los ríos como en los filones de cuarzo… Los ríos son, en efecto, grandes *artesas* naturales de lavado, que arrastran enseguida todas las partículas más ligeras y finas, mientras que las más pesadas se quedan prendidas contra obstáculos naturales o quedan atrás allí donde la corriente afloja su fuerza o su velocidad… En casi todos, quizá en todos los países de Europa, África y Asia, se han lavado desde… épocas tempranas cantidades mayores o menores de oro con dispositivos sencillos en los depósitos auríferos, etc.»[^26] El lavado de oro y la busca de oro, trabajos del todo sencillos, mientras que la minería (también, pues, la minería del oro) *is an art requiring the employment of capital* [es un arte que requiere el empleo de capital] y más ciencias y artes auxiliares que cualquier otra industria. [[El lavado del mineral, a cargo de la naturaleza.]]

El valor de cambio como tal presupone una sustancia común y todas las diferencias reducidas a diferencias meramente cuantitativas. En la función del dinero como medida, todos los valores se reducen primero a meros *quanta* distintos de la mercancía que mide. Así ocurre con los metales preciosos, que aparecen de este modo como la sustancia natural del valor de cambio como tal. «Los metales tienen esto de propio y singular: que solo en ellos todas las relaciones se reducen a una, que es su cantidad, pues no han recibido de la naturaleza cualidad diversa ni en su constitución interna ni en su forma y hechura externas.» (*Galiani*, l. c., p. 130.)[^27] (*Sameness of quality* [identidad de cualidad] en todas las partes del mundo; admiten una división mínima y un reparto exacto.) Esta diferencia meramente cuantitativa es igualmente importante para el dinero como medio de circulación (moneda) y como medio de pago, ya que no posee individualidad alguna una pieza singular de dinero, sino que lo importante es que se devuelva solo una cantidad igual de la misma materia, no *la misma* pieza: «El dinero solo se devuelve *en especie*, hecho que… distingue a este agente de toda otra maquinaria… indica la naturaleza de su servicio y prueba claramente la singularidad de su función.» (267, *Opdyke*.)[^28]

La diversidad de las funciones a las que sirve el dinero les permite representar sensiblemente el cambio de las determinidades formales del dinero. A la diversidad de las funciones a las que sirve el dinero, sea como mercancía general, moneda, materia prima de artículos de lujo, materia de la acumulación, etc., corresponde que el oro y la plata, por refundición, puedan reducirse siempre de nuevo a su estado puramente metálico, y pasar igualmente de este estado a cualquier otro; que el oro y la plata, por tanto, no estén ligados, como otras mercancías, a una forma de uso determinada que se les haya dado. El oro puede pasar de la forma de lingote a la de moneda, etc., y a la inversa, sin perder su valor como materia prima, ||15| sin poner en peligro los procesos de la producción y el consumo. Como *medio de circulación*, el oro y la plata tienen sobre otras mercancías la ventaja de que a su gran peso específico natural —representar relativamente mucha pesantez en poco espacio— corresponde un peso específico económico: encerrar (objetivar) relativamente mucho tiempo de trabajo, es decir, un gran valor de cambio, en poco espacio. Esto último está ligado, naturalmente, a su presencia relativamente escasa como objetos naturales. De ahí la facilidad del transporte, de la transmisión, etc. En una palabra, la facilidad de la circulación real, que es naturalmente la primera condición de su función económica de medio de circulación.

Por último, como existencia en reposo del valor, como materia del atesoramiento, su relativa indestructibilidad; su duración eterna, el no oxidarse al aire («el tesoro que no corroen la polilla ni la herrumbre»),[^29] su difícil fusión; en el oro en particular, su insolubilidad en los ácidos, salvo en el cloro libre (agua regia, una mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico). Como momento principal, por último, hay que destacar las *propiedades estéticas* del oro y la plata, que hacen de ellos representaciones inmediatas de la abundancia, del adorno, del boato, de las necesidades dominicales surgidas naturalmente, de la riqueza como tal. El brillo del color, la ductilidad, la capacidad de ser trabajados como herramientas y de servir igualmente a la glorificación o a otros objetos. El oro y la plata aparecen en cierto modo como luz en estado puro desenterrada del mundo subterráneo mismo. Aparte de su escasez, la gran blandura del oro y la plata los hace impropios como instrumentos de producción comparados con el hierro e incluso con el cobre (en el estado endurecido en que lo usaban los antiguos). Pero el valor de uso de los metales en gran escala está ligado a su papel en el proceso inmediato de producción. El oro y la plata están excluidos de él, del mismo modo que no son, en general, objetos de uso indispensables. «El dinero tiene que tener un valor (de uso) directo…, pero fundado en un *besoin factice* [necesidad ficticia]. Su materia no debe ser indispensable para la existencia del hombre, porque toda la cantidad que como moneda» [[en general como dinero, también en la forma del tesoro, está acumulada]] «no puede emplearse individualmente, tiene que circular siempre.» (*Storch*, t. II, pp. 113-114, l. c.)[^30] (Tampoco la parte que se acumula como tesoro puede emplearse «individualmente», puesto que la acumulación consiste en conservarla intacta.) Este es, pues, un lado, según el cual la naturaleza del valor de uso del oro y la plata consiste en ser algo *prescindible*, en no entrar ni en la satisfacción de la necesidad inmediata como objeto de consumo ni como agente en el proceso inmediato de producción. Es, en efecto, el lado según el cual el valor de uso del dinero no debe entrar en colisión con su función de tesoro (dinero) o de medio de circulación, la necesidad de él como valor de uso individual con la necesidad de él como dinero, en alguna de sus determinaciones, que brota de la circulación, de la sociedad misma. Este es solo el lado negativo.

Por polémica contra el dinero dice, pues, Pedro Mártir, que parece haber sido un gran amigo del chocolate, de los *bags of cacao* [sacos de cacao], que entre otras cosas servían también de dinero a los mexicanos (*De orbe novo*): «¡Oh, feliz moneda, que proporciona al género humano una bebida dulce y provechosa, y preserva a sus poseedores de la peste infernal de la avaricia, porque no puede enterrarse ni guardarse mucho tiempo!»[^31]

Por otra parte, el oro y la plata no son solo algo negativamente superfluo, es decir, objetos prescindibles, sino que sus propiedades estéticas, que hacen de [ellos] el material del boato, del adorno y del esplendor, los convierten en formas positivas de la abundancia o en medios de satisfacer necesidades que van más allá de lo cotidiano y de la desnuda necesidad natural. Por eso tienen en sí valor de uso, aparte de su función de dinero. Pero así como son representantes naturales de relaciones meramente cuantitativas —por la identidad de su cualidad—, también en su uso individual son representantes naturales inmediatos de la abundancia y, por tanto, de la riqueza como tal, tanto por sus propiedades estéticas naturales como por su carestía.

La *ductilidad*, una de las propiedades que capacitan al oro y la plata como material de adorno. Deslumbran la vista. El valor de cambio es primero el excedente de valores de uso necesarios destinado al cambio. Este excedente se cambia por lo superfluo como tal, es decir, por lo que va más allá del círculo de la necesidad inmediata; por lo dominical en oposición a lo cotidiano. El valor de uso expresa como tal, primero, la relación del individuo con la naturaleza; el valor de cambio *junto* al valor de uso, su dominio sobre los valores de uso de otros, su relación social: originariamente, a su vez, valores de un uso dominical, que va más allá de la necesidad inmediata.

El color *blanco* de la plata, que refleja todos los rayos de luz en su mezcla originaria; el *amarillo rojizo* del oro, que anula todos los rayos de color de la luz mezclada que cae sobre él y solo refleja el rojo.

Traer aquí lo dicho antes sobre los países productores de minas. [[*Grimm*, en su *Historia de la lengua alemana*, muestra la conexión de los nombres del oro y la plata con el color.]][^32]

||16| Hemos visto que el oro y la plata no cumplen la exigencia que se les plantea, como valor de cambio autonomizado, como dinero inmediatamente existente, de ser una *magnitud de valor* constante. Su naturaleza de mercancía particular entra aquí en conflicto con su función de dinero. Sin embargo, como ya observa Aristóteles, poseen una magnitud de valor más permanente que el promedio de las demás mercancías.[^33] Para la circulación metálica como tal, aparte del efecto general de una apreciación o depreciación de los metales preciosos sobre todas las relaciones económicas, tienen especial importancia las fluctuaciones de la relación de valor entre el oro y la plata, ya que constantemente sirven juntos como materia del dinero, sea en el mismo país, sea en países distintos. Las causas puramente económicas de este cambio sucesivo —las conquistas y otras convulsiones políticas, que ejercieron gran influencia sobre el valor relativo de los metales preciosos en el mundo antiguo, quedan fuera de la consideración meramente económica— hay que reducirlas al cambio del tiempo de trabajo requerido para producir cantidades iguales de estos metales. Este dependerá a su vez, por una parte, de las cantidades relativas en que se encuentran en la naturaleza y, por otra, de la mayor o menor dificultad que presenta apoderarse de ellos en estado metálico puro. De lo dicho anteriormente se desprende ya que el oro, cuya obtención como oro de río o de aluvión no exige trabajo minero ni combinación química o mecánica, fue descubierto antes que la plata a pesar de su mayor escasez absoluta, y durante mucho tiempo, a pesar de su mayor escasez absoluta, sigue relativamente depreciado frente a la plata. La afirmación de Estrabón de que en una tribu de árabes se daban 10 libras de oro por 1 libra de hierro y 2 libras de oro por 1 libra de plata no parece, pues, en modo alguno increíble.[^34] Por otra parte, está claro que, a medida que se desarrolla la fuerza productiva del trabajo social, la tecnología, y por tanto se encarece el trabajo simple, mientras al mismo tiempo se agotan los suministros originarios y superficiales de oro y se abre en todas direcciones la corteza terrestre, la presencia relativamente más rara o más frecuente de ambos metales influirá esencialmente en la productividad del trabajo, y el oro se apreciará frente a la plata. (Pero nunca es la proporción cuantitativa absoluta en que ambos se presentan en la naturaleza, aunque sea por lo general un momento esencial del tiempo de trabajo necesario para obtenerlos, sino este tiempo mismo lo que determina su valor relativo. Por eso, aunque según la Académie des Sciences de París (1842) la proporción de la plata al oro había de estimarse en 52 : 1, su relación de valor era solo de 15 : 1.)

Dado un determinado desarrollo de la fuerza productiva del trabajo social, el descubrimiento alternativo de nuevos yacimientos de oro o de plata tiene que inclinar la balanza de manera cada vez más decisiva, y el oro tiene frente a la plata la probabilidad de ser descubierto no solo en minas, sino en terrenos de aluvión. Por eso vuelve a haber toda la probabilidad de un movimiento inverso en la relación de valor, a saber, de una baja del valor del oro frente a la plata. La apertura de las minas de plata depende del progreso de la técnica y de la civilización general. Dado este una vez, todos los cambios se deciden por el descubrimiento de ricos yacimientos de plata o de oro. En conjunto encontramos la repetición del mismo movimiento en el cambio de la relación de valor entre el oro y la plata. Los dos primeros movimientos comienzan con la depreciación relativa del oro y terminan con su apreciación. El último comienza con su apreciación y parece encaminarse hacia su relación de valor originaria, más baja, con la plata. En la Asia antigua, la relación del oro con la plata era de 6 : 1 u 8 : 1 (en Manu, aún más baja)[^35] (esta última todavía a principios del siglo XIX en China y Japón); la de 10 : 1, la relación en tiempos de Jenofonte, puede considerarse la relación media de la Antigüedad media. En la época romana tardía —las minas de plata españolas abiertas por Cartago habían desempeñado en la Antigüedad aproximadamente el mismo papel que el descubrimiento de América en la época moderna— la relación es aproximadamente la misma que tras el descubrimiento de América, de 14 o 15 : 1, aunque en Roma encontramos a menudo una depreciación mayor de la plata.

En la Edad Media puede fijarse de nuevo la relación media, como en tiempos de Jenofonte, en 10 : 1, aunque precisamente en ella las desviaciones locales son extraordinariamente grandes. La relación media en los siglos que siguieron al descubrimiento de América es de 15 : 1 o 18 : 1. Los nuevos descubrimientos de oro hacen probable que la relación vuelva a reducirse a 10 : 1 u 8 : 1; en todo caso, un movimiento inverso en la relación de valor al que se produjo desde ||17| el siglo XVI. Entrar más a fondo en esta cuestión especial no es todavía oportuno aquí.

## 5) Manifestación de la ley de apropiación en la circulación simple

Las relaciones económicas de los individuos que son los sujetos del cambio han de concebirse aquí de manera simple, tal como aparecen en el proceso de cambio expuesto hasta ahora, sin referencia a relaciones de producción más desarrolladas. Las determinaciones formales económicas constituyen precisamente la determinidad en la que entran en intercambio entre sí (se enfrentan unos a otros).

«El trabajador tiene un derecho exclusivo sobre el valor que resulta de su trabajo.» (*Cherbuliez*, p. 48, *Riche ou pauvre*, París, 1841.)[^36]

Primero, los sujetos del proceso de cambio aparecen como *propietarios* de mercancías. Como sobre la base de la circulación simple solo existe un método por el que cada cual se convierte en propietario de una mercancía, a saber, mediante un nuevo equivalente, la propiedad sobre la mercancía *anterior* al cambio, es decir, la propiedad sobre la mercancía no apropiada por medio de la circulación, sobre la mercancía que más bien ha de entrar primero en la circulación, aparece como brotando inmediatamente del trabajo de su poseedor, y el trabajo, como el modo originario de apropiación. La mercancía como valor de cambio es solo producto, *trabajo objetivado*. Al mismo tiempo es, ante todo, objetividad de aquel cuyo trabajo se representa en ella; su propia existencia objetiva para otros, engendrada por él mismo. En el proceso de cambio simple, tal como se despliega en los distintos momentos de la circulación, no entra, ciertamente, la producción de las mercancías. Estas se presuponen más bien como valores de uso acabados. Tienen que existir antes de que comience el cambio, simultáneamente, como en la compra y la venta, o al menos en cuanto se consuma la transacción, como en la forma de la circulación en que el dinero vale como medio de pago. Simultáneamente o no, entran siempre en la circulación como existentes. *El proceso de nacimiento de las mercancías, y por tanto también su proceso originario de apropiación, cae, pues, fuera de la circulación.* Pero como solo por medio de la circulación, es decir, por la enajenación del equivalente propio, puede apropiarse uno ajeno, se presupone necesariamente el trabajo propio como proceso originario de apropiación, y la circulación, en realidad, solo como cambio recíproco de trabajo, que se ha encarnado en múltiples productos.

El trabajo y la propiedad sobre el resultado del trabajo propio aparecen, pues, como el presupuesto fundamental sin el cual no tendría lugar la apropiación secundaria por la circulación. *La propiedad basada en el trabajo propio* constituye, dentro de la circulación, *la base de la apropiación de trabajo ajeno*. En efecto, si consideramos de cerca el proceso de circulación, el presupuesto es que los agentes del cambio aparecen como propietarios de valores de cambio, es decir, de cantidades de tiempo de trabajo materializadas en valores de uso. *Cómo se han convertido en propietarios de estas mercancías* es un proceso que ocurre a espaldas de la circulación simple y que se ha extinguido antes de que esta comience. La propiedad privada es presupuesto de la circulación, pero el proceso de apropiación mismo no se muestra, no aparece dentro de la circulación, sino que más bien se le presupone. En la circulación misma, en el proceso de cambio tal como sale a la superficie de la sociedad burguesa, cada cual solo da en la medida en que toma, y solo toma en la medida en que da. Para hacer lo uno o lo otro tiene que *tener*. El procedimiento por el que se ha puesto en el estado de tener no constituye ninguno de los momentos de la circulación misma. Solo como propietarios privados de valor de cambio, sea en la forma de la mercancía, sea en la forma del dinero, son sujetos de la circulación. Cómo se han convertido en propietarios privados, es decir, cómo se han *apropiado trabajo objetivado*, es una circunstancia que no parece caer en absoluto dentro de la consideración de la circulación simple. Sin embargo, por otra parte, la mercancía es el presupuesto de la circulación. Y como desde su punto de vista las mercancías ajenas, y por tanto el *trabajo ajeno*, solo pueden apropiarse mediante la enajenación de las propias, desde su punto de vista el ||18| *proceso de apropiación de la mercancía* anterior a la circulación *aparece necesariamente como apropiación por el trabajo*. Como *la mercancía como valor de cambio no es más que trabajo objetivado*, y desde el punto de vista de la circulación, que no es ella misma más que el movimiento del valor de cambio, no puede apropiarse trabajo objetivado ajeno sino mediante el cambio de un equivalente, la *mercancía no puede ser de hecho más que objetivación del trabajo propio*, y así como este es de hecho el proceso fáctico de apropiación de productos naturales, aparece igualmente como el título jurídico de propiedad. La *circulación* solo muestra cómo esta apropiación inmediata, por la mediación de una *operación social, transforma la propiedad sobre el trabajo propio en propiedad sobre el trabajo social*.

Por eso todos los economistas modernos han proclamado el trabajo propio como el título originario de propiedad, de manera más económica o más jurídica, y *la propiedad sobre el resultado del trabajo propio como el presupuesto fundamental de la sociedad burguesa*. (*Cherbuliez*: véase más arriba. Véase también *A. Smith*.) El presupuesto mismo descansa en el *presupuesto del valor de cambio como la relación económica que domina el conjunto de las relaciones de producción y de intercambio*, y es, por tanto, él mismo un *producto* histórico de la sociedad burguesa, de la sociedad del valor de cambio desarrollado. Por otra parte, como al considerar relaciones económicas más concretas que las que representa la circulación simple parecen resultar leyes contradictorias, a todos los economistas clásicos hasta Ricardo inclusive les gusta dar por buena esa concepción, que *brota de la sociedad burguesa misma*, como ley general, pero desterrar su estricta realidad a los tiempos dorados en que todavía no existía *ninguna propiedad*. Por así decirlo, a los tiempos anteriores al pecado original económico, como Boisguillebert, por ejemplo. *De modo que se llegaría al extraño resultado de que la verdad de la ley de apropiación de la sociedad burguesa tendría que trasladarse a una época* en que esta *sociedad misma no existía aún*, y la ley fundamental de la propiedad, a la época de la ausencia de propiedad. Esta ilusión es transparente. La producción originaria descansa en entidades comunitarias surgidas naturalmente, dentro de las cuales el cambio privado solo aparece como excepción del todo superficial y accesoria. Pero con la disolución histórica de estas entidades comunitarias aparecen enseguida relaciones de dominio y servidumbre, relaciones de violencia, que están en flagrante contradicción con la apacible circulación de mercancías y con las relaciones que le corresponden. Sea como fuere, el proceso de circulación, tal como *aparece en la superficie* de la sociedad, no conoce otro modo de apropiación, y si en el curso de la investigación resultaran contradicciones, tendrían que derivarse, igual que *esta ley de la apropiación originaria por el trabajo, del desarrollo del valor de cambio mismo.*

*Presupuesta la ley de la apropiación por el trabajo propio*, y es este un presupuesto que brota de la consideración de la circulación misma, no un presupuesto arbitrario, se abre por sí solo en la circulación un reino de la libertad y la igualdad burguesas fundado en esta ley.

Si la apropiación de mercancías por el trabajo propio se presenta como la primera necesidad, el proceso social por el que este producto tiene que ponerse primero como valor de cambio y, como tal, volver a transformarse en valor de uso para los individuos se presenta como la segunda. Tras la apropiación por el trabajo o la objetivación del trabajo, su *venta o transformación en forma social aparece como la ley inmediata*. La circulación es el movimiento en el que el producto propio se pone como valor de cambio (dinero), es decir, como producto social, y el producto social como producto propio (valor de uso individual, objeto del consumo individual).

Ahora vuelve a estar claro:

Otro presupuesto del cambio, que concierne al conjunto del movimiento, es que sus sujetos producen subsumidos bajo la división del trabajo social. Las mercancías que han de cambiarse entre sí no son en realidad otra cosa que trabajo objetivado en valores de uso diferentes, objetivado, pues, de distintas maneras; son en realidad solo la existencia objetiva de la división del trabajo, objetivación de trabajos cualitativamente distintos, correspondientes a distintos sistemas de necesidades. Al producir *mercancía*, el presupuesto es que mi producto tiene, ciertamente, valor de uso, pero no para mí; no es para mí inmediatamente medio de vida (en el sentido más amplio), sino valor de cambio inmediato; solo se convierte en medio de vida después de haber adoptado en el dinero la forma del producto social general y de poder realizarse ahora en cualquier forma de trabajo ajeno, cualitativamente distinto. Por eso solo produzco para mí produciendo para la sociedad, cada uno de cuyos miembros trabaja a su vez para mí en otro círculo.

||19| Está claro, además, que el presupuesto de que los agentes del cambio producen valores de cambio presupone no solo la división del trabajo en general, sino una forma específicamente desarrollada de ella. En el Perú, por ejemplo, el trabajo también estaba dividido; lo mismo en las pequeñas entidades comunitarias indias que se bastan a sí mismas (*selfsupporting*). Pero esta es una división del trabajo que no solo no presupone la producción basada en el valor de cambio, sino, a la inversa, una producción más o menos directamente comunitaria. El presupuesto fundamental de que los sujetos de la circulación han producido valores de cambio, productos puestos inmediatamente bajo la determinidad social del valor de cambio, y de que, por tanto, han producido también subsumidos bajo una división del trabajo de configuración histórica determinada, encierra una masa de presupuestos que no brotan ni de la voluntad del individuo ni de su naturalidad inmediata, sino de condiciones y relaciones históricas por las que el individuo se encuentra ya *socialmente* determinado, como determinado por la sociedad; del mismo modo que este presupuesto encierra relaciones que se representan en otras relaciones de producción de los individuos que no son las simples en que se enfrentan en la circulación. El agente del cambio ha producido mercancía, y además para productores de mercancías. Esto implica, por una parte, que ha producido como individuo privado independiente, por propia iniciativa, determinado únicamente por su propia necesidad y sus propias capacidades, a partir de sí mismo y para sí mismo, no como miembro de una entidad comunitaria surgida naturalmente ni como individuo que participa inmediatamente como individuo social en la producción y que, por tanto, tampoco se relaciona con su producto como fuente inmediata de existencia. Pero, por otra parte, ha producido *valor de cambio*, un producto que solo por un proceso social determinado, por una metamorfosis determinada, se convierte en producto para él mismo. Ha producido, pues, ya dentro de una conexión, bajo condiciones de producción y relaciones de intercambio que solo han llegado a ser por un proceso histórico, pero que a él se le aparecen como necesidad natural. La independencia de la producción individual se completa así con una dependencia social, que encuentra su expresión correspondiente en la división del trabajo.

El *carácter privado* de la producción del individuo que produce valores de cambio aparece él mismo como producto histórico: *su aislamiento, su autonomización puntual dentro de la producción*, condicionados por una división del trabajo que a su vez descansa en toda una serie de condiciones económicas por las que el individuo está condicionado en todos los sentidos en su conexión con otros y en su propio modo de existencia.

Un arrendatario inglés y un campesino francés, en la medida en que la mercancía que venden son productos del suelo, están en la misma relación económica. Pero el campesino solo vende el pequeño excedente sobre la producción de su familia. La parte principal la consume él mismo; se relaciona, pues, con la mayor parte de su producto no como valor de cambio, sino como valor de uso, como medio inmediato de subsistencia. El arrendatario inglés, en cambio, depende por completo de la venta de su producto, y por tanto de este como mercancía, y por tanto del valor de uso social de su producto. Su producción está, pues, en toda su extensión, captada y determinada por el valor de cambio. Ahora está claro qué desarrollo tan distinto de las fuerzas productivas del trabajo, de su división, qué relaciones tan distintas de los individuos dentro de la producción se requieren para que el grano, por ejemplo, se produzca como mero valor de cambio y entre así por entero en la circulación; qué procesos económicos se requieren para hacer de un campesino francés un arrendatario inglés. Ad. Smith, en su desarrollo del valor de cambio, comete todavía el desacierto de retener como su forma adecuada la forma no desarrollada del valor de cambio, en la que este solo aparece todavía como excedente sobre el valor de uso producido para la propia subsistencia del productor, cuando no es más que una forma de su aparición histórica dentro de un sistema de producción todavía no captado por él como forma general. Pero en la sociedad burguesa tiene que concebirse como la forma dominante, de modo que *ha desaparecido toda relación inmediata de los productores con sus productos* como valores de uso; *todos los productos, como productos comerciales.* Tomemos un obrero de una fábrica moderna, por ejemplo de una fábrica de tejidos de algodón. Si no hubiera producido valor de cambio, no habría producido nada en absoluto, ya que no puede poner el dedo sobre un solo valor de uso tangible y decir: este es mi producto. Cuanto más multilateral se vuelve el sistema de las necesidades sociales y más unilateral la producción del individuo, es decir, con el desarrollo de la división social del trabajo, *se vuelve decisiva* la producción del producto como valor de cambio, o *el carácter del producto como valor de cambio.*

Un análisis de la forma específica de la división del trabajo, de las condiciones de producción en que esta descansa, de las relaciones económicas de los miembros de la sociedad en que se resuelven estas condiciones, mostraría que todo el sistema de la producción burguesa está presupuesto para que el valor de cambio aparezca en la superficie como simple punto de partida y el proceso de cambio, tal como se despliega en la circulación simple, como el metabolismo social simple, pero *que abarca toda la producción como todo el consumo.* Resultaría, pues, que ya están presupuestas *otras* relaciones de producción más complicadas, que chocan más o menos con la libertad y la independencia de los individuos, otras relaciones económicas entre ellos, para que se enfrenten en el proceso de circulación como los libres *productores privados en las relaciones simples de compras y ventas*, para que figuren como sus sujetos independientes. *Pero desde el punto de vista de la circulación simple, estas relaciones están borradas.* Considerada en sí misma, la división del trabajo aparece en ella de hecho solo en el resultado, en su presupuesto de que los sujetos del cambio producen mercancías distintas que corresponden a necesidades distintas, y de que, si cada uno depende de la producción de todos, todos dependen de su producción, al completarse recíprocamente, y de que así el producto de cada individuo es, por medio del proceso de circulación, hasta el importe de la magnitud de valor que posee, medio para participar en la ||20| producción social en general.

El producto es valor de cambio, *trabajo general objetivado*, aunque inmediatamente solo sea la objetivación del trabajo privado independiente del individuo.

Que la mercancía tenga que ser primero enajenada; la coacción para el individuo de que su producto inmediato no sea producto para él, sino que solo *llegue a serlo* en el proceso social de producción y tenga que adoptar esta forma general y, sin embargo, exterior; que el producto del trabajo particular tenga que acreditarse socialmente como objetivación del trabajo *general* adoptando la forma de la cosa —del *dinero*— que se presupone exclusivamente como objetividad inmediata del trabajo general; así como que, por este *very process* [mismo proceso], este trabajo social general se ponga como cosa exterior, como dinero: estas determinaciones constituyen el resorte, el pulso de la circulación misma. Las relaciones sociales que de ello surgen resultan, pues, inmediatamente de la consideración de la circulación simple y no están detrás de ella, como las relaciones económicas encerradas en la división del trabajo.

¿Por qué acredita el individuo su trabajo privado como trabajo general, y su producto como producto social general? Por el contenido particular de su trabajo, por su valor de uso particular, que es objeto de la necesidad de otro individuo, de modo que este cede a cambio su propio producto como equivalente. [[Que esto tenga que adoptar la forma del dinero es un punto que solo investigaremos más adelante: que esta transformación de la mercancía en dinero constituye ella misma un momento esencial de la circulación simple.]] Así, pues, por el hecho de que su trabajo es una particularidad en la totalidad del trabajo social, una rama particular que la completa. En cuanto el trabajo posee un contenido determinado por la conexión social —esta es la determinidad material y el presupuesto—, vale como trabajo general. La forma de la generalidad del trabajo se confirma por su realidad como miembro de una totalidad de trabajos, como modo de existencia particular del trabajo social.

Los individuos solo se enfrentan como propietarios de valores de cambio, como quienes se han dado mutuamente una existencia objetiva por su producto, la mercancía. Sin esta mediación objetiva no tienen relación alguna entre sí, consideradas las cosas desde el punto de vista del metabolismo social que tiene lugar en la circulación. Solo existen unos para otros de manera cósica,[^37] lo que no hace sino desarrollarse más en la relación dineraria, en la que su entidad comunitaria misma aparece frente a todos como una cosa exterior y por eso fortuita. Que la conexión social que surge del choque de los individuos independientes aparezca a la vez como necesidad cósica y como un lazo exterior frente a ellos representa *precisamente su independencia*, para *la cual la existencia social es, ciertamente, necesidad*, pero solo *medio, y por tanto aparece a los individuos mismos como algo exterior, en el dinero incluso como una cosa tangible*. Producen en y para la sociedad, como individuos sociales, pero a la vez esto aparece como mero medio de objetivar su individualidad. Como no están subsumidos bajo una entidad comunitaria surgida naturalmente ni, por otra parte, subsumen bajo sí la entidad comunitaria como individuos conscientemente comunitarios, esta tiene que existir frente a ellos, sujetos independientes, como algo igualmente independiente, exterior, fortuito, cósico. Esta es precisamente la condición para que, como personas privadas independientes, estén a la vez en una conexión social.

Así pues, como la división del trabajo [[en la que pueden resumirse las condiciones sociales de producción bajo las que los individuos producen valores de cambio]] solo aparece en el proceso de cambio simple, en la circulación, como 1) no producción de los medios inmediatos de subsistencia por el individuo mismo, por su trabajo directo; 2) en segundo lugar, como existencia del trabajo social general como una totalidad surgida naturalmente que se despliega en un círculo de particularidades, es decir, como el hecho de que los sujetos de la circulación poseen mercancías que se completan, cada una de las cuales satisface un lado de la necesidad social de conjunto del individuo, mientras que las relaciones económicas mismas que resultan de esta división determinada del trabajo están borradas, no hemos desarrollado más la división del trabajo en el desarrollo del valor de cambio, sino que solo la hemos tomado como un hecho idéntico al valor de cambio, que en realidad no hace sino expresar en forma activa, como particularización del trabajo, lo que la diversidad del valor de uso de las mercancías —y sin esta no habría cambio ni valor de cambio— expresa en forma cósica. En realidad, A. Smith, como antes que él otros economistas, Petty, Boisguillebert, los italianos, ([…?…]), allí donde enuncia la división del trabajo como correlativa del valor de cambio, no ha hecho otra cosa. Pero Steuart, por delante de todos, concibió la división del trabajo y la producción de valores de cambio como idénticas y, a diferencia loable de otros economistas, comprendió esto como una forma de la producción social y del metabolismo social mediada por un proceso histórico particular. Lo que A. Smith dice sobre la fuerza productiva de la división del trabajo es un punto de vista del todo heterogéneo, que no corresponde a este lugar, ni al lugar en que él lo ha puesto, y que además se refiere a un determinado grado de desarrollo de la manufactura y no se ajusta en absoluto al sistema fabril moderno. La división del trabajo de que aquí se trata es la división natural y *libre* dentro del conjunto de la sociedad, que se muestra como producción de valores de cambio, no la división del trabajo dentro de una fábrica (su análisis y combinación en una rama singular de la producción, sino la división social, que surge por así decirlo sin intervención de los individuos, de estas ramas de la producción mismas). La división del trabajo dentro de la sociedad correspondería más al principio de la división del trabajo ||21| dentro de una fábrica en el sistema egipcio que en el moderno. El repelerse del trabajo social en trabajos libres, independientes unos de otros y enlazados en una totalidad y unidad solo por una necesidad interna (no, como en aquella división, por un análisis consciente y una combinación consciente de lo analizado), y aquella división, son cosas del todo distintas y determinadas por leyes de desarrollo del todo distintas, por mucho que cierta forma de la una corresponda a cierta forma de la otra. Menos aún ha concebido A. Smith la división del trabajo, ni en aquella forma simple en que solo es la forma activa del valor de cambio, ni en la otra en que es una fuerza productiva determinada del trabajo, sino en aquella en que las oposiciones económicas de la producción, las determinidades sociales cualitativas bajo las que subsumidos se enfrentan los individuos como capitalista y asalariado, capitalista industrial y rentista, arrendatario y perceptor de la renta del suelo, etc., se conciben ellas mismas como las formas económicas de un modo determinado de la división del trabajo.

Cuando el individuo produce sus medios inmediatos de subsistencia, como, por ejemplo, en la mayor parte de los países donde perduran las relaciones agrícolas surgidas naturalmente, su producción no tiene carácter social y su trabajo no es trabajo social. Cuando el individuo produce como individuo privado —*y esta posición suya no es en absoluto producto de la naturaleza, sino resultado refinado* de un proceso social—, el carácter social se muestra en que está determinado en el contenido de su trabajo por la conexión social y solo trabaja como miembro de ella, es decir, para las necesidades de todos los demás —existe, pues, para él dependencia social—, pero él mismo escoge a su antojo este o aquel trabajo; su relación particular con el trabajo particular no está determinada socialmente; su antojo está naturalmente determinado por sus disposiciones naturales, sus inclinaciones, las condiciones naturales de producción en que se encuentra colocado, etc.; de modo que, en realidad, la particularización del trabajo, su despliegue social en una totalidad de ramas particulares, aparece por el lado del individuo de manera que su propia particularidad espiritual y natural se da a la vez la figura de una particularidad social. De su propia naturaleza y de sus presupuestos particulares brota para él la particularidad de su trabajo —primero objetivación de esta—, que, sin embargo, [él] sabe a la vez como afirmación de un sistema particular de necesidades y realización de una rama particular de la actividad social. La división del trabajo así concebida como reproducción social de la individualidad particular, que es así a la vez un miembro en el desarrollo total de la humanidad y que capacita al individuo, por medio de su actividad particular, para el disfrute de la producción general, para el disfrute social multilateral —esta concepción, tal como resulta desde el punto de vista de la circulación simple, que es, pues, confirmación de la libertad de los individuos y no su supresión—, sigue siendo la corriente en la economía burguesa.

Esta diversidad natural de los individuos y de sus necesidades constituye el motivo de su integración social como agentes del cambio. *D'abord* [ante todo], se enfrentan en el acto de cambio como personas que se reconocen recíprocamente como propietarios, como personas cuya voluntad impregna sus mercancías y donde la apropiación recíproca mediante la enajenación recíproca solo tiene lugar por su voluntad común, es decir, esencialmente por medio del contrato. Aquí entra el momento jurídico de la persona y de la libertad que está contenida en ella. Por eso en el derecho romano el *servus* [esclavo] está acertadamente determinado como aquel que no puede adquirir por el cambio. Además: está presente en la conciencia de los sujetos que cambian que cada uno solo es fin para sí mismo en la transacción; que cada uno solo es medio para el otro; por último, que la reciprocidad, según la cual cada uno es a la vez medio y fin, y solo alcanza su propio fin en la medida en que se convierte en medio para el otro, y solo se convierte en medio en la medida en que alcanza su fin —que esta reciprocidad es un *fact* [hecho] necesario, presupuesto como condición natural del cambio, pero que [como] tal es indiferente a cada uno de los dos sujetos del cambio y solo tiene interés para él en la medida en que es *su* interés. Es decir, el interés común, que aparece como contenido del acto de cambio en su conjunto, está ciertamente como hecho en la conciencia de ambas partes, pero como tal no es motivo, sino que existe, por así decirlo, solo a espaldas de los intereses singulares reflejados en sí. El sujeto puede tener, si quiere, además la edificante conciencia de que la satisfacción de su desconsiderado interés singular es precisamente la realización del interés singular superado, del interés general. Del acto mismo del cambio cada uno de los sujetos vuelve a sí mismo como fin último de todo el proceso, como sujeto que lo abarca. Con ello queda realizada, pues, la libertad completa del sujeto. Transacción voluntaria; violencia por ninguna parte; convertirse en medio para el otro solo como medio para sí mismo o como fin en sí mismo; por último, la conciencia de que el interés general o común no es más que la omnilateralidad del interés egoísta.

Si la circulación es así, en todos los sentidos, una realización de la libertad individual, su proceso, considerado como tal —pues las relaciones de la libertad no conciernen directamente a las determinaciones formales económicas del cambio, sino que se refieren a su forma jurídica o afectan al contenido, a los valores de uso o necesidades como tales—, es decir, considerado en sus determinaciones formales económicas, constituye la realización completa de la igualdad social. Como sujetos de la circulación son ante todo *agentes del cambio*, y que cada uno esté puesto en esta determinación, es decir, en la misma determinación, constituye precisamente su determinación social. Se enfrentan, en efecto, solo como valores de cambio subjetivados, es decir, como equivalentes vivientes, como iguales en valía. Como tales no solo son iguales: ni siquiera ||1|[^38] hay diferencia entre ellos. Solo se enfrentan como poseedores de valores de cambio y necesitados de cambio, como agentes del mismo trabajo social general e indiferente. Y además cambian valores de cambio de igual magnitud, pues se presupone que se cambian equivalentes. La igualdad de lo que cada uno da y toma es aquí momento expreso del proceso mismo. Así como se enfrentan como sujetos del cambio, así se acreditan en el acto de este. Como tal, el acto no es más que esta acreditación. Están puestos como agentes del cambio, y por tanto como iguales, y sus mercancías (objetos) como equivalentes. Solo cambian su existencia objetiva como existencia de igual valor. Ellos mismos valen lo mismo y se acreditan en el acto del cambio como iguales en valía e indiferentes unos frente a otros.[^39] Los equivalentes son la objetivación de un sujeto para el otro; es decir, ellos mismos valen lo mismo y se acreditan en el acto del cambio como iguales en valía e indiferentes unos para otros. Los sujetos solo son en el cambio iguales en valía unos para otros por los equivalentes, y se acreditan como tales por el intercambio de la objetividad en que el uno es para el otro. Como solo son unos para otros como sujetos de la equivalencia, como iguales en valía son a la vez indiferentes unos frente a otros. Su diferencia restante no les concierne. Su particularidad individual no entra en el proceso. La diversidad material del valor de uso de sus mercancías está borrada en la existencia ideal de la mercancía como precio, y en la medida en que esta diferencia material es motivo del cambio, son recíprocamente necesidad el uno del otro (cada uno representa la necesidad del otro) y necesidad satisfecha solo por la misma cantidad de tiempo de trabajo. Esta diversidad natural es el fundamento de su igualdad social, los pone como sujetos del cambio. Si la necesidad de A fuera la misma que la de B y la mercancía de A satisficiera la misma necesidad que la de B, no habría entre ellos relación alguna, en cuanto se trata de relaciones económicas (por el lado de su producción). La satisfacción recíproca de sus necesidades, por medio de la diversidad material de su trabajo y de su mercancía, hace de su igualdad una relación social plena y de su trabajo particular un modo de existencia particular del trabajo social en general.

En la medida en que entra el dinero, este está tan lejos de suprimir esta relación de igualdad que es de hecho su expresión real. Primero, en la medida en que funciona como elemento que pone los precios, como medida, es precisamente función del dinero poner también en cuanto a la forma las mercancías como cualitativamente idénticas, expresar su sustancia social idéntica, al no haber entre ellas más que diferencia cuantitativa. En la circulación, luego, la mercancía de cada uno aparece de hecho como lo mismo; recibe la misma forma social del medio de circulación, en la que está borrada toda particularidad del producto, y el propietario de cada mercancía se convierte en propietario de la mercancía de validez general, tangiblemente subjetivada. Aquí vale en sentido propio que el dinero *non olet* [no huele].[^40] Si el tálero que uno tiene en la mano ha realizado el precio de estiércol o de seda, no hay modo de notárselo, y toda diferencia individual, en la medida en que el tálero funciona como tálero, está borrada en la mano de su poseedor. Pero este borrarse es omnilateral, ya que todas las mercancías se transforman en moneda. La circulación pone a cada uno, en un momento determinado, no solo como igual al otro, sino como lo mismo, y su movimiento consiste en que cada uno, considerada la función social, ocupa alternativamente el lugar del otro. En la circulación, ciertamente, los agentes del cambio se enfrentan también cualitativamente, como comprador y vendedor, como mercancía y dinero, pero, por una parte, cambian de lugar, y el proceso consiste tanto en el poner desigual como en el superar el poner igual, de modo que lo último solo aparece como formal. El comprador se convierte en vendedor, el vendedor en comprador, y cada uno solo puede convertirse en comprador como vendedor. La diferencia formal existe para todos los sujetos de la circulación al mismo tiempo como metamorfosis sociales por las que [estos] han de pasar. Además, la mercancía es idealmente, como precio, tan dinero como el dinero que se le enfrenta. En el dinero como circulante mismo, al aparecer ora en una mano, ora en otra, e indiferente a este aparecer, la igualdad está puesta de manera cósica, y la diferencia como meramente formal. Cada uno aparece frente al otro como poseedor del medio de circulación, él mismo como dinero, en la medida en que se considera el proceso de cambio. La diversidad natural particular que había en la mercancía está borrada y es borrada constantemente por la circulación.

Si en general examinamos la relación social de los individuos dentro de su proceso económico, tenemos que atenernos simplemente a las determinaciones formales de este proceso mismo. Pero en la circulación no existe más diferencia que la de mercancía y dinero, y la circulación es igualmente el desaparecer constante de esta diferencia. La igualdad aparece aquí como producto social, igual que el valor de cambio en general es existencia social.

Como el dinero no es más que la realización del valor de cambio, y el sistema desarrollado del valor de cambio es sistema monetario, el sistema monetario no puede ser en realidad más que la realización de este sistema de la igualdad y la libertad.

En el valor de uso de la mercancía está contenido el lado individual particular de la producción (del trabajo) del agente del cambio; pero en su mercancía como valor de cambio todas las mercancías valen por igual como objetivación del trabajo social, indistinto, sin más; sus propietarios, como funcionarios de igual dignidad y de igual rango del proceso social.

||2| En lo que se refiere al dinero en su tercera función, se ha mostrado ya antes que, como material general de los contratos, como medio general de pago, suprime toda diferencia específica en las prestaciones y las iguala. Pone a todos como iguales ante el dinero, pero el dinero no es más que su propia conexión social objetivada. Como materia de la acumulación y del atesoramiento, podría parecer al principio suprimida la igualdad, al surgir la posibilidad de que un individuo se enriquezca más, adquiera más títulos sobre la producción general que el otro. Pero ninguno puede retirar dinero a costa del otro. Solo puede tomar en la forma del dinero lo que da en la forma de la mercancía. El uno disfruta el contenido de la riqueza; el otro se pone en posesión de su forma general. Si el uno se empobrece y el otro se enriquece, es cosa de su albedrío, de su espíritu de ahorro, su laboriosidad, su moral, etc., y no surge en absoluto de las relaciones económicas mismas, de las relaciones de intercambio en que los individuos se enfrentan en la circulación. Ni siquiera la herencia y otras relaciones jurídicas semejantes, que pueden prolongar las desigualdades así surgidas, menoscaban la igualdad social. Si la relación originaria del individuo A no está en contradicción con ella, esta contradicción no puede ciertamente producirse por el hecho de que el individuo A ocupe el lugar del individuo B, lo perpetúe. Es más bien un hacer valer la ley social más allá del límite natural de la vida; un afianzamiento de ella frente a la acción fortuita de la naturaleza, cuya intervención como tal sería más bien supresión de la libertad del individuo. Además, como el individuo, en esta relación, no es más que la individuación del dinero, es como tal tan inmortal como el dinero mismo. Por último, la actividad atesoradora es una idiosincrasia heroica, un fanatismo de la ascesis, que no se hereda naturalmente como la sangre. Como solo se cambian equivalentes, el heredero tiene que volver a arrojar el dinero a la circulación para realizarlo como disfrute. Si no lo hace, sigue sencillamente siendo un miembro útil para la sociedad y no le quita más de lo que le da. Pero la naturaleza de las cosas trae consigo que la prodigalidad, entonces, como dice Steuart, como «agradable *leveller* [nivelador]», vuelva a nivelar la desigualdad, de modo que esta misma aparece solo como evanescente.

El proceso del valor de cambio desarrollado en la circulación no solo respeta, pues, la libertad y la igualdad, sino que estas son su producto; él es su base real. Como ideas puras, son expresiones idealizadas de sus distintos momentos; desarrolladas en relaciones jurídicas, políticas y sociales, no son más que su reproducción en otras potencias. Esto se ha confirmado también históricamente. No solo la trinidad de propiedad, libertad e igualdad fue formulada por primera vez teóricamente sobre esta base por los economistas italianos, ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII. Solo se realizaron en la moderna sociedad burguesa. El mundo antiguo, al que el valor de cambio no sirvió de base de la producción, sino que más bien sucumbió por el desarrollo de este, produjo una libertad y una igualdad de contenido enteramente opuesto y esencialmente solo local. Por otra parte, como en el mundo antiguo, al menos en el círculo de los libres, se desarrollaron los momentos de la circulación simple, se explica que en Roma, y en especial en la Roma imperial, cuya historia es precisamente la historia de la disolución de la entidad comunitaria antigua, se desarrollaran las determinaciones de la persona jurídica, del sujeto del proceso de cambio, y se elaborara el derecho de la sociedad burguesa en sus determinaciones esenciales, que tuvo que hacerse valer sobre todo frente a la Edad Media como el derecho de la naciente sociedad industrial.

De ahí resulta el error de aquellos socialistas, especialmente los franceses, que quieren demostrar que el socialismo es la realización de las ideas burguesas que la Revolución francesa no descubrió, sino que puso históricamente en circulación, y se afanan en demostrar que el valor de cambio es *originariamente* (en el tiempo) o según su concepto (en su forma adecuada) un sistema de libertad e igualdad de todos, pero que ha sido falseado por el dinero, el capital, etc. O también que la historia ha hecho hasta ahora intentos fallidos de llevarlas a cabo en la forma que corresponde a su verdad, y ahora, como Proudhon, por ejemplo, pretenden haber descubierto una panacea con la que se entregaría la historia auténtica de estas relaciones en lugar de su historia falseada. El sistema del valor de cambio, y más aún el sistema monetario, son en realidad el sistema de la libertad y la igualdad. Pero las contradicciones que aparecen con un desarrollo más profundo son contradicciones inmanentes, complicaciones de esta propiedad, libertad e igualdad mismas, que ocasionalmente se trastocan en su contrario. Es un deseo tan piadoso como necio que, por ejemplo, el valor de cambio no se desarrolle de la forma de la mercancía y el dinero a la forma del capital, o que el trabajo que produce valor de cambio no se desarrolle hasta convertirse en trabajo asalariado. Lo que distingue a estos socialistas de los apologistas burgueses es, por un lado, el sentimiento de las contradicciones del sistema y, por otro, el utopismo de no comprender la diferencia necesaria entre la figura real y la figura ideal de la sociedad burguesa, y por eso emprender la tarea superflua de querer realizar a su vez la expresión ideal, la imagen luminosa transfigurada y ||3| reflejada que la realidad misma ha arrojado de sí como tal.

Frente a esta concepción se alza, por otro lado, la insulsa demostración de que las contradicciones contra esta concepción basada en la consideración de la circulación simple, en cuanto pasamos a estadios más concretos del proceso de producción y descendemos de la superficie a su profundidad, son en realidad mera apariencia. En efecto, se afirma, y se demuestra por *abstracción* de la forma específica de las esferas más desarrolladas del proceso social de producción, de las relaciones económicas más desarrolladas, que todas las relaciones económicas no son más que otros y otros nombres para las mismas relaciones de siempre del cambio simple, del cambio de mercancías, y de las determinaciones de la propiedad, la libertad y la igualdad que les corresponden. De la empiria, por ejemplo, se recoge que junto al dinero y la mercancía se encuentran todavía relaciones de valor de cambio en la forma del capital, del interés, de la renta del suelo, del salario, etc. Mediante el proceso de una abstracción muy barata, que deja caer a voluntad ora este, ora aquel lado de la relación específica, esta se reduce a las determinaciones abstractas de la circulación *simple*, y así se *demuestra* que las relaciones económicas en que se encuentran los individuos en aquellas esferas más desarrolladas del proceso de producción no son más que las relaciones de la circulación simple, etc. Es de esta manera como el señor Bastiat ha soldado su teodicea económica, las *Harmonies économiques*.[^41] Frente a la economía clásica de los Steuart, Smith y Ricardo, que tienen la fuerza de exponer sin miramientos las relaciones de producción en su forma pura, esta impotente y pomposa pintura de color de rosa se presenta como un progreso. Bastiat no es, sin embargo, el inventor de esta concepción armónica, sino que más bien la ha tomado del norteamericano Carey. Carey, en cuya concepción solo el Nuevo Mundo, del que es miembro, actuaba como fondo histórico, ha demostrado en las obras de muchos volúmenes de su primera época la «armonía» económica, que todavía es en todas partes reducción a las determinaciones abstractas del proceso de cambio simple, haciendo que estas relaciones simples sean falseadas en todas partes por el Estado, por un lado, y por la influencia de Inglaterra en el mercado mundial, por otro. En sí, las armonías están ahí. Pero dentro de los países no americanos están falseadas por el Estado, y en América misma por la forma más desarrollada en que se presentan estas relaciones, su realidad en el mercado mundial, en la forma de Inglaterra.[^42] Carey, para restablecerlas, no encuentra otro medio que llamar en su ayuda como ángel custodio al *diabolus* [diablo] que él mismo denuncia, al Estado, y apostarlo a la puerta del paraíso armónico: a saber, los aranceles proteccionistas. Pero como es un investigador, y no un literato como Bastiat, tuvo que ir más lejos en su última obra, «[*Slavery at home and abroad* (?)]».[^43] El desarrollo de América en los últimos 18 años ha asestado tal golpe a su concepción armónica que ahora ya no ve solo en la influencia exterior del Estado el falseamiento de las «armonías» «naturales», que sigue manteniendo en sí, sino en el ¡*comercio*! ¡Admirable resultado este, celebrar el valor de cambio como fundamento de la producción armónica y hacerlo luego suprimir en sus leyes inmanentes por la forma desarrollada del cambio, el comercio![^44] Es en esta forma desesperada como pronuncia el juicio dilatorio[^45] de que el desarrollo del valor de cambio armónico es desarmónico.

## ||4| 6) Paso al capital

Consideremos ahora el proceso de circulación en su totalidad. Consideremos primero el *carácter formal* de la circulación simple.

En realidad, la circulación solo representa el proceso formal en el que se median los dos momentos que en la mercancía coinciden inmediatamente y se separan inmediatamente, cuya unidad inmediata es ella: el valor de uso y el valor de cambio. La mercancía alterna en cada una de las dos determinaciones. En la medida en que la mercancía está puesta como precio, es, ciertamente, también valor de cambio, pero su existencia como valor de uso aparece como su realidad; su existencia como valor de cambio es solo relación suya, su existencia ideal. En el dinero es, ciertamente, también valor de uso, pero su existencia como valor de cambio aparece como su realidad, ya que el valor de uso, como valor de uso general, es solo ideal.

En la mercancía, el material tiene un precio; en el dinero, el valor de cambio posee un material.

Hay que considerar las dos formas de la circulación, W-G-W y G-W-G.[^46]

La mercancía que se ha cambiado por mercancía por medio del dinero sale de la circulación para consumirse como valor de uso. Su determinación de valor de cambio, y por tanto de mercancía, se ha extinguido. Ahora es *valor de uso* como tal. Pero si se autonomiza en el dinero frente a la circulación, solo representa ya la forma general, sin sustancia, de la riqueza y se convierte en un valor de uso inútil, oro, plata, en la medida en que no vuelve a entrar en la circulación como medio de compra o de pago. Es en realidad una contradicción que el valor de cambio autonomizado —la existencia absoluta del valor de cambio— sea aquella en la que está sustraído al cambio. La única realidad, económica, que posee el atesoramiento en la circulación es una realidad subsidiaria para la función del dinero como medio de circulación (en las dos formas de medio de compra y de pago): formar depósitos que permitan la expansión y la contracción de la *currency* [circulante] (es decir, la función del dinero como mercancía general).

En la circulación ocurren dos cosas. Se cambian equivalentes, es decir, magnitudes de valor iguales; pero al mismo tiempo se intercambian las determinaciones de los dos lados. El valor de cambio fijado en el dinero desaparece (para el dueño del dinero) en cuanto este se realiza en la mercancía como valor de uso; y el valor de uso existente en la mercancía desaparece (para su dueño) en cuanto su precio se realiza en el dinero. Por el simple acto del cambio, cada uno solo puede perderse en su determinación frente al otro en cuanto se realiza en él. Ninguno puede conservarse en una determinación al pasar a la otra.

La circulación, considerada en sí misma, es la *mediación de extremos presupuestos.* Pero no pone estos extremos. Como conjunto de la mediación, como proceso total ella misma, tiene que estar, pues, mediada. *Su ser inmediato es, por tanto, pura apariencia*. Es el *fenómeno de un proceso que ocurre a sus espaldas*. Ahora está negada en cada uno de sus momentos: como mercancía, como dinero y como relación de ambos, como cambio simple de ambos, como circulación.

La repetición del proceso desde ambos puntos, el dinero y la mercancía, no surge de las condiciones de la circulación misma. El acto no puede volver a encenderse por sí mismo. La circulación no lleva, pues, en sí misma el principio de la autorrenovación. Parte de momentos presupuestos, no de momentos puestos por ella misma. Las mercancías tienen que ser arrojadas a ella siempre de nuevo, y desde fuera, como combustible al fuego. De lo contrario, se extingue en la indiferencia. Se extinguiría en el dinero como resultado indiferente que, en la medida en que ya no estuviera en relación con mercancías, precios, circulación, habría dejado de ser dinero, de expresar una relación de producción; del que solo quedaría su existencia metálica, pero su existencia económica estaría aniquilada.

Al dinero como «forma general de la riqueza», como valor de cambio autonomizado, se enfrenta todo el mundo de la riqueza real. Es la pura abstracción de esta, y por eso, retenido así, magnitud imaginaria. Allí donde la riqueza general parece existir de manera enteramente material, tangible, como tal, solo tiene su existencia en mi cabeza, es pura quimera. Como representante material de la riqueza general, el dinero solo se realiza al ser arrojado de nuevo a la circulación y desaparecer frente a los modos particulares de la riqueza. En la circulación solo es real en la medida en que se entrega. Si quiero retenerlo, se evapora entre mis manos en un mero espectro de la riqueza. Hacerlo desaparecer es el único modo posible de asegurarlo como riqueza. La disolución de lo almacenado en goces perecederos es su realización. Puede volver a ser almacenado por otros individuos singulares, pero entonces el proceso vuelve a empezar de nuevo. La autonomía del dinero frente a la circulación es mera apariencia. El dinero se supera, pues, en su determinación de valor de cambio consumado.

En la circulación simple, el valor de cambio, en su forma de dinero, aparece como cosa simple, para la que la circulación es solo un movimiento exterior, o que está individualizada como sujeto en una materia particular. Además, ||5| la circulación misma aparece como un movimiento meramente formal: realización de los precios de las mercancías, cambio (en definitiva) de valores de uso distintos entre sí. Ambas cosas están presupuestas como punto de partida de la circulación: el valor de cambio de la mercancía, las mercancías de valor de uso distinto. Del mismo modo cae fuera de la circulación la sustracción de la mercancía por el consumo, es decir, su aniquilación como valor de cambio, y la sustracción del dinero, su autonomización, que es a su vez otra forma de su aniquilación. A la circulación le está presupuesto el *precio determinado* (el valor de cambio medido en dinero, es decir, este mismo, la magnitud de valor); ella solo le da en el dinero existencia formal. Pero el precio no *llega a ser* en ella.

La circulación simple, que es mero cambio de mercancía y dinero, como el cambio de mercancías en forma mediada, que avanza también hasta el atesoramiento, puede existir históricamente precisamente porque es solo movimiento mediador entre puntos de partida presupuestos, sin que el valor de cambio se haya apoderado de la producción de un pueblo, ni en toda su superficie ni en su profundidad. Pero al mismo tiempo se muestra históricamente cómo la circulación misma conduce a la producción burguesa, es decir, a la producción que pone valor de cambio, y se crea una base distinta de aquella de la que partía inmediatamente. El cambio del excedente es intercambio que pone cambio y valor de cambio. Pero se limita al acto mismo del cambio y discurre junto a la producción misma. Pero si se repite la aparición de los intermediarios que solicitan el cambio (lombardos, normandos, etc.) y se desarrolla un comercio continuado en el que los pueblos productores solo practican, por así decirlo, un comercio pasivo, porque el impulso a la actividad que pone el cambio viene de fuera y no de la configuración interna de la producción, entonces el *surplus* [excedente] de la producción no tiene que ser solo un excedente fortuito, ocasional, sino uno repetido constantemente, y así el producto mismo adquiere una tendencia dirigida a la circulación, a la posición de valores de cambio. Al principio el efecto es más bien material. Se amplía el círculo de las necesidades; el fin es la satisfacción de las nuevas necesidades y, por tanto, una mayor regularidad y un aumento de la producción. La organización de la producción interior misma está ya modificada por la circulación y el valor de cambio, pero todavía no captada por ellos ni en toda su superficie ni en toda su profundidad. Es este el llamado efecto civilizador del comercio exterior. Depende entonces, en parte, de la intensidad de este efecto exterior y, en parte, del grado del desarrollo interior hasta dónde el movimiento que pone valor de cambio se apodera del conjunto de la producción. En Inglaterra, por ejemplo, en el siglo XVI, el desarrollo de la industria neerlandesa dio a la producción inglesa de lana una gran importancia comercial, al tiempo que, por otra parte, crecía la necesidad, sobre todo, de mercancías neerlandesas e italianas. Para tener más lana para la exportación como medio de cambio, se transformó la tierra de labor en pasto de ovejas, se quebró el sistema de los pequeños arrendamientos y tuvo lugar toda aquella violenta revolución económica que lamenta (denuncia) Tomás Moro.[^47] La agricultura perdió, pues, el carácter de trabajo para el valor de uso —como fuente inmediata de subsistencia—, y el cambio de su excedente, su carácter exterior, hasta entonces indiferente para la construcción interna de las relaciones agrarias. La agricultura misma empezó a estar determinada en ciertos puntos puramente por la circulación, a transformarse en producción que pone puramente valor de cambio. Con ello no solo se transformó el modo de producción, sino que [se] disolvieron todas las viejas relaciones de población y de producción heredadas, las relaciones económicas que le correspondían. Así pues, a la circulación le estaba presupuesta aquí una producción que solo conocía el valor de cambio en la forma del excedente, del sobrante sobre el valor de uso; pero retrocedió hasta convertirse en una producción que solo tenía lugar con referencia a la circulación, en la producción que pone el valor de cambio como su objeto inmediato. Es este un ejemplo del retroceso histórico de la circulación simple al capital, al valor de cambio como forma que domina la producción.

El movimiento solo ataca así el *surplus* de la producción calculada para el valor de uso inmediato, y solo se desarrolla dentro de estos límites. Cuanto menos captada está todavía por el valor de cambio toda la estructura económica interna de la sociedad, tanto más aparecen [los pueblos productores] como extremos exteriores de la circulación, fijamente dados y que se comportan pasivamente frente a ella. El movimiento entero como tal aparece autonomizado frente a ellos como comercio intermediario, cuyos portadores, como los semitas en los intermundos del mundo antiguo, los judíos, lombardos y normandos en los de la sociedad medieval, representan alternativamente frente a ellos los distintos momentos de la circulación, el dinero y la mercancía. Estos son los mediadores del metabolismo social.

Pero aquí no nos ocupamos del paso histórico de la circulación al capital. La circulación simple es más bien una esfera abstracta del proceso de producción burgués de conjunto, que por sus propias determinaciones se acredita como momento, ||6| como mera forma de manifestación de un proceso más profundo que está detrás de ella, que resulta de ella tanto como la produce: el del capital industrial.

La circulación simple es, por una parte, el cambio de mercancías *existentes* y mera mediación de estos extremos situados fuera de ella y presupuestos a ella. Toda la actividad se limita a la actividad del cambio y a la posición de las *determinaciones formales* que recorre la mercancía como unidad de valor de cambio y valor de uso. Como tal unidad estaba presupuesta la mercancía, o un producto determinado cualquiera solo era *mercancía* como la unidad inmediata de estas dos determinaciones. Real como tal unidad, como mercancía, no lo es como ser en reposo (fijo), sino solo en el movimiento social de la circulación, en el que 1) las dos determinaciones de la mercancía, ser valor de uso y valor de cambio, se reparten en lados distintos. Para el vendedor se convierte en valor de cambio; para el comprador, en valor de uso. Para el vendedor es *medio de cambio*, es decir, lo contrario del valor de uso inmediato, por ser valor de uso para el otro, es decir, como valor de uso inmediato, individual, negado; pero, por otra parte, como *precio*, está medido su alcance como medio de cambio, su poder de compra. Para el comprador se convierte en valor de uso porque se realiza su precio, es decir, porque se realiza su existencia ideal como dinero. Solo porque él la realiza para el otro en la determinación del puro valor de cambio llega a ser para él mismo en la determinación del valor de uso. El valor de uso mismo aparece por duplicado: en manos del vendedor, como mera materiatura particular del valor de cambio, existencia del valor de cambio; para el comprador, en cambio, como *valor de uso como tal*, es decir, como objeto de la satisfacción de necesidades particulares; para ambos, como precio. Pero el uno quiere realizarla como precio, como dinero; el otro realiza el dinero en ella. Es específico de la existencia de la mercancía como medio de cambio que el valor de uso aparezca 1) como valor de uso inmediato (individual) superado, es decir, como valor de uso para los otros, para la sociedad; 2) como materiatura del valor de cambio para su poseedor. El desdoblamiento y la alternancia de la mercancía en las dos determinaciones, mercancía y dinero, es el contenido principal de la circulación. Pero la mercancía no se enfrenta simplemente al dinero, sino que su valor de cambio aparece en ella idealmente como dinero; como precio es dinero ideal, y el dinero frente a ella es solo la realidad de su propio precio. En la mercancía está también el valor de cambio como determinación ideal, como igualación ideal con el dinero; luego, en el dinero como moneda, recibe existencia abstracta, unilateral, pero evanescente, como mero valor; luego, el valor se extingue en el valor de uso de la mercancía comprada. Desde el momento en que la mercancía se convierte en simple valor de uso, deja de ser mercancía. Su existencia como valor de cambio se ha extinguido. Pero mientras se encuentra en la circulación está siempre puesta por duplicado, no solo porque existe como mercancía frente al dinero, sino porque existe siempre como mercancía con un precio, [con] un valor de cambio medido en la unidad de medida de los valores de cambio.

El movimiento de la mercancía a través de los distintos momentos, en los que es precio, se convierte en moneda y por último se transforma en valor de uso. *Está* presupuesta como valor de uso y valor de cambio, pues solo así es mercancía. Pero realiza *formalmente* estas determinaciones en la circulación, y precisamente porque, en primer lugar, como se ha dicho, recorre las distintas determinaciones; pero, en segundo lugar, porque en el proceso del cambio su ser como valor de uso y como valor de cambio está siempre repartido en dos lados, en los dos extremos del cambio. Su doble naturaleza se despliega en la circulación, y solo *llega a ser* en cada una de las condiciones presupuestas en ella por este proceso formal. La unidad de las dos determinaciones aparece como movimiento inquieto, que transcurre a través de ciertos momentos y es a la vez siempre bilateral. Siempre solo en esta relación social, de modo *que las distintas determinaciones de la mercancía no son en realidad más que relaciones alternantes en que se comportan los sujetos del cambio durante el proceso de cambio.* Pero este comportamiento aparece como una relación objetiva en la que los pone el contenido del cambio, su determinidad social, independientemente de su voluntad. En el precio, la moneda y el dinero, estas relaciones sociales aparecen como exteriores a ellos y subsumiéndolos bajo sí. La negación en una determinación de la mercancía es siempre su realización en la otra. Como precio está ya negada idealmente como valor de uso y puesta como valor de cambio; como precio realizado, es decir, como dinero, es valor de uso negado; como dinero realizado, es decir, como medio de compra superado, es valor de cambio negado, valor de uso realizado. Al principio es solo δυνάμει [en potencia] valor de uso y valor de cambio; solo se pone como ambas cosas en la circulación, y esta es precisamente el cambio de estas determinaciones. Así como es la alternancia y la contraposición, la circulación es siempre también la igualación de estas determinaciones.

Pero en la medida en que consideramos la forma W-G-W, el valor de cambio, sea en su forma de precio, sea en su forma de moneda, sea en la forma del movimiento de la igualación, del movimiento del cambio mismo, aparece solo como mediación evanescente. La mercancía se cambia finalmente por mercancía o, más bien, como la determinación de la mercancía se ha extinguido, se cambian entre sí valores de uso de cualidad distinta, y la circulación misma solo sirvió, por una parte, para hacer que los valores de uso cambien de manos según la necesidad y, por otra, para que cambien de manos en la medida del tiempo de trabajo contenido en ellos; ||7| para que se sustituyan en la medida en que son momentos de igual peso del tiempo de trabajo social general. Pero ahora las mercancías arrojadas a la circulación han alcanzado su fin. Cada una, en manos de su nuevo poseedor, deja de ser mercancía; cada una se convierte en objeto de la necesidad y, como tal, según su naturaleza, es consumida. Con ello la circulación ha llegado a su fin. No queda más que el medio de circulación como simple residuo. Pero como tal residuo pierde su determinación formal. Se desploma en su materia, que queda como ceniza inorgánica de todo el proceso. En cuanto la mercancía se ha convertido en valor de uso como tal, ha sido expulsada de la circulación, ha dejado de ser mercancía. No es, pues, por este lado del contenido (de la materia) por donde hemos de buscar las determinaciones formales que conducen más allá. El valor de uso solo llega a ser en la circulación lo que estaba presupuesto independientemente de ella, objeto de una necesidad determinada. Como tal fue y sigue siendo motivo material de la circulación, pero esta, como forma social, no lo toca en absoluto. En el movimiento W-G-W, lo material aparece como el contenido propiamente dicho del movimiento; el movimiento social, solo como mediación evanescente para satisfacer las necesidades individuales. El metabolismo del trabajo social. En este movimiento, la superación de la determinación formal, es decir, de las determinaciones que surgen del proceso social, aparece no solo como resultado, sino como fin; exactamente como el pleitear para el campesino, aunque no para el abogado. Para seguir, pues, la determinación formal ulterior que brota del movimiento mismo de la circulación, tenemos que atenernos al lado en que se desarrolla el lado formal, el valor de cambio como tal, y recibe determinaciones más profundas por el proceso mismo de la circulación. Es decir, al lado del desarrollo del dinero, a la forma G-W-G.

El valor de cambio, como *quantum* objetivado del tiempo de trabajo social, avanza, en la objetivación que recibe en la circulación, hasta su existencia como dinero, como tesoro y medio general de pago. Pero si el dinero se fija ahora en esta forma, su determinación formal se extingue igualmente; deja de ser dinero, se convierte en mero metal, en mero valor de uso, que, sin embargo, como no ha de servir como tal, en su cualidad metálica, es inútil, es decir, no se realiza como valor de uso en el consumo, como la mercancía.

Hemos visto cómo la mercancía realiza los momentos contenidos en ella negando siempre uno de ellos. Considerado el movimiento de la mercancía como tal, el valor de cambio existe idealmente en ella como precio; se convierte en medio de cambio abstracto en la moneda; pero en su realización final en la otra mercancía se extingue su valor de cambio y sale del proceso como simple valor de uso, objeto inmediato del consumo (W-G-W). Es este el movimiento de la mercancía en el que su existencia como valor de uso es el momento que abarca, y el movimiento no es en realidad sino que adopte precisamente la figura del valor de uso que corresponde a la necesidad, en lugar de aquella en que se encuentra como mercancía.

Si consideramos, en cambio, el desarrollo ulterior del valor de cambio en el dinero, en el primer movimiento solo llega a su existencia como dinero ideal o moneda, como unidad y número. Pero si reunimos ambos movimientos, se muestra que el dinero, que en el precio solo existe como unidad de medida ideal, como material representado del trabajo general, y en la moneda solo como signo de valor, existencia abstracta y evanescente del valor, representación materializada, es decir, símbolo, por último, en su forma de dinero, primero niega ambas determinaciones, pero las contiene también ambas como momentos, y a la vez se fija en una materiatura autónoma frente a la circulación, en relación constante con ella, aunque sea negativa.

*Lo que, considerada la forma de la circulación misma, llega a ser en ella, nace, se produce, es el dinero mismo, nada más.* Las mercancías se cambian en la circulación, pero no nacen en ella. El dinero como precio y como moneda es ya, ciertamente, producto propio de la circulación, pero solo formalmente. Al precio le está presupuesto el valor de cambio de la mercancía, del mismo modo que la moneda misma no es más que la forma autonomizada de la mercancía como medio de cambio, que estaba igualmente presupuesta. La circulación no crea el valor de cambio, ni tampoco su magnitud. Para que una mercancía se mida en dinero, el dinero y la mercancía tienen que relacionarse entre sí como valores de cambio, es decir, como objetivación del tiempo de trabajo. El valor de cambio de la mercancía solo recibe en el precio una expresión separada de su valor de uso; del mismo modo, el signo de valor solo nace del equivalente, de la mercancía como medio de cambio. Como medio de cambio, la mercancía ha de ser valor de uso, pero solo puede llegar a serlo por la enajenación, ya que no es valor de uso para aquel en cuyas manos es mercancía, sino para el que la adquiere por cambio como valor de uso. Su valor de uso para el poseedor de la mercancía consiste únicamente en su cambiabilidad, en su alienabilidad hasta el importe del valor de cambio representado en ella. Como medio general de cambio, por tanto, en la circulación solo se convierte en valor de uso como *subsistencia del valor de cambio*, y su valor de uso como tal se extingue. Esto aparece como un simple cambio formal: que el valor de cambio se ponga como precio o el medio de cambio como dinero. Toda mercancía, como valor de cambio realizado, es el dinero de cuenta de las demás mercancías, el elemento que les da precio, del mismo modo que toda mercancía como medio de cambio (pero aquí fracasa por el alcance en que es medio de cambio, pues solo sería medio de cambio frente al que posee la mercancía que necesita el agente del cambio, y tendría que convertirse, en una serie de cambios, en medio de cambio final; aparte de la *clumsiness* [torpeza] de este proceso, volvería a entrar en ||8| conflicto con su naturaleza de valor de uso, al tener que ser divisible en porciones para cumplir sucesivamente los distintos cambios en las proporciones requeridas) es medio de circulación, moneda. En el precio y la moneda, ambas determinaciones solo se transfieren a una mercancía. Esto aparece como mera simplificación. En las relaciones en que una mercancía es la medida de valor de todas las demás mercancías, es medio de cambio, equivalente, alienable por ellas; puede servir realmente como equivalente, como *medio de cambio*. El proceso de circulación solo da a estas determinaciones una forma más abstracta en el dinero como moneda y medio de cambio. La forma W-G-W, esta corriente de la circulación en la que el dinero solo figura como medida y moneda, aparece, pues, también solo como forma mediada del trueque, en cuya base y contenido nada ha cambiado. Por eso la conciencia reflexiva de los pueblos concibe el dinero en su determinación de medida y moneda como invenciones arbitrarias, introducidas convencionalmente por comodidad, porque las transformaciones que experimentan las determinaciones contenidas en la mercancía como unidad de valor de uso y valor de cambio son solo formales. El precio no es más que expresión determinada del valor de cambio, la expresión comprensible para todos que este adopta en el lenguaje de la circulación misma, del mismo modo que la moneda, que puede existir también en su existencia de mero símbolo, es solo expresión simbólica del valor de cambio, pero como medio de cambio sigue siendo solo medio para el cambio de la mercancía, y por eso no entra ningún contenido nuevo. El precio y la moneda surgen, ciertamente, también del intercambio; son en realidad las expresiones creadas por el intercambio, las expresiones de intercambio de la mercancía como valor de cambio y como medio de cambio.

Pero con el dinero ocurre otra cosa. Es producto de la circulación que, por así decirlo, contra lo convenido, ha brotado de ella.

No es una mera forma mediadora del cambio de mercancías. Es una forma del valor de cambio que brota del proceso de circulación, un producto social que se engendra por sí mismo a través de las relaciones en que entran los individuos en la circulación. En cuanto el oro y la plata (o cualquier otra mercancía) se han desarrollado como medida de valor y medio de circulación (sea este último en su forma corpórea o sustituido por un símbolo), se convierten en dinero sin intervención ni voluntad de la sociedad. Su poder aparece como un *fatum*, y la conciencia de los hombres, sobre todo en situaciones sociales que sucumben por un desarrollo más profundo de las relaciones de valor de cambio, se rebela contra el poder que adquiere frente a ellos una materia, una cosa, contra el dominio del metal maldito, que aparece como pura locura. Es en el dinero donde primero, y en la forma más abstracta y por eso más absurda, más incomprensible —una forma en la que toda mediación está superada—, aparece la transformación de las relaciones sociales recíprocas en una relación social fija, aplastante, que subsume a los individuos. Y la manifestación es tanto más dura cuanto que brota del presupuesto de las personas privadas libres, arbitrarias, atomísticas, que solo se relacionan entre sí en la producción por sus necesidades recíprocas. El dinero mismo contiene en sí la negación de sí como mera medida y moneda. [[En efecto, la mercancía, considerada para sí, ha de ser para su poseedor mera existencia del valor de cambio; para él su materiatura solo tiene el sentido de ser objetividad del tiempo de trabajo general, cambiable por cualquier otra objetividad de este; es decir, inmediatamente *equivalente general*, dinero. Pero este lado está oculto, aparece él mismo solo como un lado.]] Los filósofos antiguos, como también Boisguillebert, consideran esto como inversión, abuso del dinero, que de siervo se convierte en señor, deprecia la riqueza natural, suprime la proporción de los equivalentes. Platón, en su *República*, quiere retener por la fuerza el dinero como mero medio de circulación y medida, pero no dejar que se convierta en dinero como tal. Por eso Aristóteles considera la forma de la circulación W-G-W, en la que el dinero solo funciona como medida y moneda, un movimiento que él llama económico, como la natural y razonable, mientras que tacha la forma G-W-G, la crematística, de antinatural y contraria a su fin.[^48] Lo que aquí se combate no es más que el valor de cambio que se convierte en contenido y fin en sí mismo de la circulación, la autonomización del valor de cambio como tal; que el valor como tal se convierta en fin del cambio y adquiera forma autónoma, primero todavía en la forma simple, tangible, del dinero. [En el] vender para comprar, el valor de uso es el fin; en el comprar para vender, el valor mismo.

Ahora bien, hemos visto que el dinero no es en realidad más que medio de circulación suspendido en su función, ya sea que más tarde haya de entrar en la circulación como medio de compra o como medio de pago. En cambio, su comportamiento autónomo frente a la circulación, su retirada de ella, le roba ambos valores: su valor de uso, pues no ha de servir como metal; su valor de cambio, pues solo posee este valor de cambio como momento de la circulación, como el símbolo abstracto de su propio valor que las mercancías se oponen recíprocamente; como un momento del movimiento formal de la mercancía misma. Mientras permanece sustraído a la circulación, carece tanto de valor como si yaciera enterrado en el pozo de mina más profundo. Pero si vuelve a ||9| entrar en la circulación, se acaba su carácter imperecedero, el valor contenido en él perece en los valores de uso de las mercancías por las que se cambia, y vuelve a ser mero medio de circulación. Este es un momento. *Viene de la circulación como su resultado, es decir, como existencia adecuada del valor de cambio, como equivalente general que es para sí y persiste en sí.*

Por otra parte: como fin del cambio, es decir, como movimiento que tiene por contenido el valor de cambio, el dinero mismo, el único contenido es el aumento del valor de cambio, el amontonamiento de dinero. Pero en realidad este aumento es puramente formal. El valor no nace del valor, sino que el valor se arroja a la circulación en la forma de la mercancía para ser sustraído de ella en el valor inutilizable del tesoro.

«Rico eres, dicen todos; yo, en cambio, digo que eres pobre; / pues el uso es testigo de la riqueza.» [*Antología griega*, XI, 166, 1-2.][^49]

El enriquecimiento aparece así, por su *contenido*, como empobrecimiento voluntario. Solo la carencia de necesidades, la renuncia a la necesidad, la renuncia al valor de uso del valor tal como existe en la forma de la mercancía, hace posible amontonarlo en la forma del dinero. El movimiento real de la forma G-W-G no existe, en efecto, en la circulación simple, en la que los equivalentes solo se traducen de la forma de la mercancía a la del dinero y a la inversa. Si cambio un tálero por la mercancía del valor de un tálero, y esta de nuevo por un tálero, es un proceso sin contenido. En la circulación simple solo hay que considerar esto —el contenido de esta forma misma—, a saber, el dinero como fin en sí mismo. Que la forma como tal *se da* está claro; aparte de la cantidad, la forma dominante del comercio consiste en cambiar dinero por mercancía y mercancía por dinero. También puede ocurrir, y ocurre, que en este proceso el resultado no sea simplemente tanto dinero como el presupuesto. En un mal negocio puede salir menos de lo que entró. Aquí solo hay que considerar el significado; la determinidad ulterior no pertenece a la circulación simple misma. En la circulación simple misma, el aumento de la magnitud de valor, el movimiento en el que el crecimiento del valor mismo es el fin, solo puede aparecer en la forma del amontonamiento, mediado por W-G, por la venta constantemente renovada de la mercancía, no permitiendo al dinero recorrer su curso completo ni, una vez transformada la mercancía en él, dejar que vuelva a transformarse en mercancía. Por eso el dinero no aparece, como lo exige la forma G-W-G, como punto de partida, sino siempre solo como resultado del cambio. Solo es punto de partida en la medida en que, por parte del vendedor, la mercancía misma solo le vale *como* precio, como dinero que todavía ha de existir, y él la arroja en esta forma perecedera a la circulación para sacarla en su forma eterna. El valor de cambio era en realidad el presupuesto de la circulación, es decir, el dinero, e igualmente su existencia adecuada y el aumento de esta aparecen como resultado de la circulación, en la medida en que esta termina en el amontonamiento de dinero.

El dinero, pues, todavía en su determinación concreta de dinero, en la que es ya él mismo la negación de sí como mera medida y mera moneda, está negado en el movimiento de la circulación en el que fue puesto como dinero. Pero lo que con ello se niega es solo la forma abstracta en la que aparece en el dinero la autonomización del valor de cambio, y la forma abstracta del proceso de esta autonomización. Toda la circulación, desde el punto de vista del valor de cambio, está negada por no llevar en sí el principio de la autorrenovación.

La circulación parte de ambas determinaciones de la mercancía: de ella como valor de uso, de ella como valor de cambio. En la medida en que predomina la primera determinación, termina en la autonomización del valor de uso; la mercancía se convierte en objeto del consumo. En la medida en que predomina la segunda determinación, termina en la segunda determinación, en la autonomización del valor de cambio. La mercancía se convierte en dinero. Pero en esta última determinación solo llega a ser por el proceso de la circulación, y sigue relacionándose con la circulación. En esta última determinación se desarrolla ulteriormente como tiempo de trabajo general objetivado, en su forma social. Por este último lado tiene que hacerse, pues, también la determinación ulterior del trabajo social, que aparece primero como valor de cambio de la mercancía y luego como dinero. El valor de cambio es la forma social como tal; su desarrollo ulterior es, por tanto, el desarrollo ulterior del proceso social, o la profundización en él, que arroja la mercancía a su superficie.

Si partimos ahora, como antes de la mercancía, del valor de cambio como tal —su autonomización es el resultado del proceso de circulación—, encontramos:

1) El valor de cambio existe por duplicado, como mercancía y como dinero; este último aparece como su forma adecuada; pero en la mercancía, mientras sigue siendo mercancía, el dinero no se pierde, sino que existe como su precio. La existencia del valor de cambio se desdobla así: una vez en valores de uso, otra en dinero. Pero ambas formas se cambian, y por el mero cambio como tal el valor no se pierde.

2) Para que el dinero se conserve como dinero, tiene que ser capaz, del mismo modo que aparece como precipitado y resultado del proceso de circulación, ||10| de volver a entrar en él, es decir, de no convertirse en la circulación en mero medio de circulación, que desaparece en la forma de la mercancía frente al mero valor de uso. El dinero, al entrar en una determinación, no debe perderse en la otra, y por tanto tiene que seguir siendo dinero aun en su existencia como mercancía, y en su existencia como dinero existir solo como forma transitoria de la mercancía; no perder en su existencia como mercancía el valor de cambio, ni en su existencia como dinero la referencia al valor de uso. Su entrar en la circulación tiene que ser él mismo un momento de su permanecer consigo, y su permanecer consigo, un entrar en la circulación. El valor de cambio está, pues, determinado ahora como un proceso, ya no como mera forma evanescente del valor de uso, indiferente frente a este mismo como contenido material, ni como mera cosa en la forma del dinero; como relacionarse consigo mismo por medio del proceso de la circulación. Por otra parte, la circulación misma ya no como mero proceso formal en el que la mercancía recorre sus distintas determinaciones, sino que el valor de cambio mismo, y precisamente el valor de cambio medido en dinero, tiene que aparecer como presupuesto él mismo puesto por la circulación y, como puesto por ella, presupuesto a ella. La circulación misma tiene que aparecer como un momento de la producción de los valores de cambio (como proceso de la producción de los valores de cambio). En la autonomización del valor de cambio en el dinero no está puesta en realidad más que su indiferencia frente al valor de uso particular en que se incorpora. El equivalente general autonomizado es dinero, ya exista en la forma de la mercancía, ya en la del dinero. La autonomización en el dinero tiene que aparecer ella misma solo como un momento del movimiento, como resultado, ciertamente, de la circulación, pero destinado a empezarla de nuevo, no a persistir en esta forma.

El dinero, es decir, el valor de cambio autonomizado, que ha surgido del proceso de circulación como resultado y a la vez como impulso vivo de la circulación (aunque esto último sea solo en la forma limitada del atesoramiento), se ha negado como mera moneda, es decir, como mera forma evanescente del valor de cambio, como algo que se agota en la circulación; se ha negado igualmente como algo que se enfrenta autónomamente a ella. Para no petrificarse como tesoro, tiene que volver a entrar en la circulación del mismo modo que ha salido de ella, pero no como mero medio de circulación, sino que su existencia como medio de circulación, y por tanto su conversión en mercancía, tiene que ser ella misma mero cambio de forma, para volver a aparecer en su forma adecuada, como *valor de cambio adecuado*, pero a la vez como *valor de cambio multiplicado, aumentado, valorizado*. El valor que se *valoriza* en la circulación, es decir, que se multiplica, es en general el valor de cambio que es para sí, que recorre la circulación como fin en sí mismo. Esta *valorización, aumento cuantitativo del valor* —el único proceso por el que puede pasar el valor como tal—, solo aparece en el amontonamiento de dinero en oposición a la circulación, es decir, mediante su propia supresión. La circulación misma tiene que ponerse más bien como el proceso en el que el valor se conserva y se valoriza. Pero en la circulación el dinero se convierte en moneda y como tal se cambia por mercancía. Si este cambio no ha de ser solo formal —o el valor de cambio no ha de perderse en el consumo de la mercancía—, de modo que solo cambie la forma del valor de cambio, una vez su existencia general abstracta en el dinero, otra su existencia en el valor de uso particular de la mercancía, entonces el valor de cambio tiene que cambiarse realmente por valor de uso y la mercancía consumirse como valor de uso, pero conservarse en este consumo como valor de cambio; o su perecer tiene que perecer y ser él mismo solo medio del nacimiento de un valor de cambio mayor, de la reproducción y producción del valor de cambio: *consumo productivo*, es decir, consumo por el trabajo para objetivar el trabajo, para poner valor de cambio. La producción de valor de cambio no es en general más que producción de un valor de cambio mayor, multiplicación de este. Su simple reproducción cambia el valor de uso en que existe, como lo hace la circulación simple, pero no lo produce, no lo crea.

El valor de cambio autonomizado presupone la circulación como momento desarrollado y aparece como proceso constante que pone la circulación y vuelve constantemente de ella a sí mismo para ponerla de nuevo. El valor de cambio como movimiento que se pone a sí mismo ya no aparece como el movimiento meramente formal de los valores de cambio presupuestos, sino a la vez como produciéndose y reproduciéndose a sí mismo. La producción misma ya no existe aquí antes de sus resultados, es decir, presupuesta, sino que aparece como produciendo a la vez ella misma estos resultados; pero ya no pone el valor de cambio como algo que solo conduce a la circulación, sino que a la vez presupone la circulación desarrollada en su ||11| proceso.

Para autonomizarse, el valor de cambio tendría que no solo salir de la circulación como resultado, sino ser capaz de volver a entrar en ella, de conservarse en ella al convertirse en mercancía. En el dinero, el valor de cambio ha adquirido una forma autónoma frente a la circulación W-G-W, es decir, frente a su resolverse finalmente en mero valor de uso. Pero solo una forma negativa, evanescente o, si se fija, ilusoria. Solo existe en relación con la circulación y como posibilidad de entrar en ella. Pero pierde esta determinación en cuanto se realiza. Recae en sus dos funciones de medida y medio de circulación. Como mero dinero no va más allá de esta determinación. Pero al mismo tiempo está puesto también en la circulación que sigue siendo dinero, exista como tal o como precio de la mercancía. El movimiento de la circulación tiene que aparecer no como el movimiento de su desaparición, sino más bien como el movimiento de su ponerse real como valor de cambio, de su realización como valor de cambio. Si se cambia mercancía por dinero, la forma del valor de cambio, el valor de cambio puesto como valor de cambio, el dinero, solo persiste mientras se mantiene fuera del cambio en el que funciona como valor, mientras se sustrae a él; es, pues, realización puramente ilusoria de este, puramente ideal en esta forma, en la que la autonomía del valor de cambio existe tangiblemente.

El mismo valor de cambio tiene que convertirse en dinero, mercancía, mercancía, dinero: exigencia puesta por la forma G-W-G. En la circulación simple, la mercancía se convierte en dinero y luego en mercancía; es otra mercancía la que vuelve a ponerse como dinero. *El valor de cambio no se conserva en este cambio de su forma. Pero en la circulación está ya puesto que el dinero es ambas cosas, dinero y mercancía, y se conserva en el cambio de ambas determinaciones.*

En la circulación, el valor de cambio aparece por duplicado: una vez como mercancía, otra como dinero. Cuando está en una determinación, no está en la otra. Esto vale para cada mercancía particular; igualmente para el dinero como medio de circulación. Pero considerado el conjunto de la circulación, está implícito en ella que el mismo valor de cambio, el valor de cambio como sujeto, se pone una vez como mercancía y otra como dinero, y es precisamente el movimiento de ponerse en esta doble determinación y de conservarse en cada una de ellas como su contrario, en la mercancía como dinero y en el dinero como mercancía. Esto, que está presente en sí en la circulación simple, no está sin embargo puesto en ella.

Allí donde en la circulación simple las determinaciones se comportan autónomamente unas frente a otras, *positivamente*, como en la mercancía que se convierte en objeto del consumo, esta deja de ser momento del proceso económico; donde lo hacen *negativamente*, como en el dinero, se convierte en locura, en un trastorno que brota del proceso económico mismo.

No puede decirse que el valor de cambio se realice en la circulación simple, porque el valor de uso no se le enfrenta como tal, como valor de uso determinado por él mismo. A la inversa, el valor de uso como tal no se convierte él mismo en valor de cambio, o solo lo hace en la medida en que se le aplica como criterio exterior la determinación de los valores de uso de ser trabajo general objetivado. Su unidad todavía se separa inmediatamente, y su diferencia coincide todavía inmediatamente en uno. Ahora hay que poner que el valor de uso como tal llega a ser por el valor de cambio, y que el valor de cambio se media a sí mismo por el valor de uso. En la circulación simple solo teníamos dos determinaciones formalmente distintas del valor de cambio —el dinero y el precio de la mercancía—, y solo dos valores de uso materialmente distintos —W-W—, para los que el dinero es solo mediación evanescente del valor de cambio, una forma que adoptan pasajeramente. No tenía lugar una relación real entre valor de cambio y valor de uso. En el valor de uso existe, ciertamente, también el valor de cambio como precio (determinación ideal); en el dinero existe, ciertamente, también el valor de uso, como su realidad, su material. En un caso el valor de cambio era solo ideal; en el otro, el valor de uso. La mercancía como tal —su valor de uso particular— es, por eso, también solo motivo material del cambio, pero como tal cae fuera de la determinación formal económica; o la determinación formal económica es solo forma superficial, determinación formal que no penetra en el ámbito de la sustancia real de la riqueza ni se relaciona con ella como tal; por eso, si esta determinación formal ha de retenerse como tal en el tesoro, se transforma entre las manos en un producto natural indiferente, un metal, en el que se ha borrado también la última relación suya con la circulación. El metal como tal no expresa, naturalmente, ninguna relación social; también la forma de la moneda se ha extinguido en él, el último signo de vida de su significado social.

El valor de cambio, como presupuesto y resultado de la circulación, tal como ha salido de ella, tiene que volver a entrar en ella.

Ya hemos visto en el dinero, y en el atesoramiento se manifiesta, que el aumento del dinero, su multiplicación, [es] el único proceso de la forma de la circulación que es fin en sí mismo para el valor, es decir, que el valor autonomizado, que se conserva en la forma de valor de cambio (primero, dinero), es a la vez el proceso de su aumento; que su conservarse como valor es a la vez su ir más allá de su barrera cuantitativa, su ampliación como magnitud de valor, y que la autonomización del valor de cambio no [tiene] más contenido. La conservación del valor de cambio como tal por medio de la circulación aparece a la vez como su aumentar, y este es ||12| su autovalorización, su ponerse activo como valor que crea valor, como valor que se reproduce a sí mismo y se conserva en ello, pero a la vez poniéndose como valor, es decir, como plusvalía. Este proceso es todavía puramente formal en el atesoramiento. En la medida en que se considera al individuo, aparece como un movimiento sin contenido, que transforma la riqueza de una forma útil en una forma inútil, y por su determinación inservible. En la medida en que se considera el proceso económico en su conjunto, el atesoramiento solo sirve como una de las condiciones de la circulación metálica misma. Mientras el dinero sigue siendo tesoro, no funciona como valor de cambio; es solo imaginario. Por otra parte, el aumento —el ponerse como valor, el valor que por la circulación no solo se conserva, sino que se produce a partir de ella, es decir, se pone como plusvalía— es igualmente solo imaginario. La misma magnitud de valor que antes existía en la forma de la mercancía existe ahora en la forma del dinero; se amontona en esta última forma porque se renuncia a ella en la otra. Si se la quiere realizar, desaparece en el consumo. La conservación y el aumento del valor son, pues, solo abstractos, formales. Solo su forma está puesta en la circulación simple.

Como forma de la riqueza general, como valor de cambio autonomizado, el dinero no es capaz de otro movimiento que de uno cuantitativo: aumentarse. Por su concepto es el compendio de todos los valores de uso; pero como siempre solo es una magnitud de valor determinada, una suma determinada de oro y plata, su barrera cuantitativa está en contradicción con su cualidad. Por eso está en su naturaleza empujar constantemente más allá de su propia barrera. (Como riqueza que disfruta, por ejemplo en la época imperial romana, aparece por eso como derroche ilimitado, enloquecido, que busca elevar también el disfrute a su imaginaria ilimitación, es decir, que lo *traite* [trata], como tal forma de la riqueza, a la vez inmediatamente como valor de uso. Ensalada de perlas, etc.) Para el valor que se aferra a sí mismo como valor, aumentar coincide, pues, con conservarse, y solo se conserva empujando constantemente más allá de su barrera cuantitativa, que contradice su generalidad interior. El enriquecerse es así fin en sí mismo. La actividad del valor de cambio autonomizado que determina fines solo puede ser el enriquecimiento, es decir, el agrandamiento de sí mismo; la reproducción, pero no solo formal, sino de modo que se agrande en la reproducción. Pero, como magnitud de valor cuantitativamente determinada, el dinero es también solo representante limitado de la riqueza general, o representante de una riqueza limitada, que llega exactamente hasta donde llega la magnitud de su valor de cambio, medida exactamente por ella. No tiene, pues, en absoluto la capacidad que según su concepto general debería tener: comprar todos los goces, todas las mercancías, la totalidad de la riqueza material; no es un «*précis de toutes les choses*» [compendio de todas las cosas].[^50] Retenido como riqueza, como forma general de la riqueza, como valor que vale como valor, es, pues, el impulso constante a ir más allá de su barrera cuantitativa; proceso sin fin. Su propia vitalidad consiste exclusivamente en esto; solo se conserva como valor que vale para sí, distinto del valor de uso, *multiplicándose constantemente* por el proceso mismo del cambio. El valor activo solo es valor que pone plusvalía. La única función como valor de cambio es el cambio mismo. En esta función tiene, pues, que aumentarse, no por sustraerse a él, como en el atesoramiento. En este el dinero no funciona como dinero. Sustraído como tesoro, no funciona ni como valor de cambio ni como valor de uso; es tesoro muerto, improductivo. De él mismo no parte ninguna acción. Su aumento es un añadido exterior a partir de la circulación, al arrojar de nuevo mercancía a la circulación y traducir el valor de la forma de la mercancía a la forma del dinero, y poner[lo] luego a salvo como este último, es decir, al dejar en general de ser dinero. Pero si vuelve a entrar en la circulación, desaparece como valor de cambio.

El dinero que resulta de la circulación como valor de cambio adecuado y se ha autonomizado, pero que vuelve a entrar en la circulación, que se perpetúa y se valoriza (se multiplica) en ella y por ella, es *capital*. En el capital, el dinero ha perdido su rigidez y, de cosa tangible, se ha convertido en un proceso. El dinero y la mercancía como tales, igual que la circulación simple misma, ya solo existen para el capital como momentos particulares abstractos de su existencia, en los que aparece tan constantemente, pasando de uno a otro, como constantemente desaparece. La autonomización no aparece solo en la forma de que el capital, como valor de cambio abstracto autónomo —dinero—, se enfrenta a la circulación, sino en que esta es a la vez el proceso de su autonomización; en que sale de ella como autonomizado.

En la forma G-W-G está expresado que la autonomización del dinero ha de aparecer como proceso, tanto como presupuesto que como resultado de la circulación. Pero esta forma como tal no adquiere contenido en la circulación simple, no aparece ella misma como movimiento con contenido. Un movimiento de la circulación para el que el valor de cambio no es solo forma, sino el contenido y el fin mismos, y que por tanto es la forma del *valor de cambio en proceso* mismo.

En la circulación simple, el valor de cambio autonomizado, el dinero como tal, solo aparece siempre como resultado, *caput mortuum* [cabeza muerta] del movimiento.[^51] Tiene que aparecer igualmente como su presupuesto; su resultado como su presupuesto, y su presupuesto ||13| como su resultado.

El dinero tiene que conservarse como dinero, tanto en su forma de dinero como en la de mercancía; y el intercambio de estas determinaciones, el proceso en que recorre estas metamorfosis, tiene que aparecer a la vez como su proceso de producción, como creador de sí mismo, es decir, como aumento de su magnitud de valor. Como el dinero se convierte en mercancía, y la mercancía como tal es consumida necesariamente como valor de uso, [tiene que] perecer, este perecer tiene que perecer él mismo, este consumir consumirse a sí mismo, de modo que el consumo de la mercancía como valor de uso aparezca él mismo como un momento del proceso del valor que se reproduce a sí mismo.

El dinero y la mercancía, igual que la relación de ambos en la circulación, aparecen ahora tanto como simples presupuestos del capital como, por otra parte, como formas de existencia suyas; tanto como simples presupuestos elementales existentes para el capital como, por otra parte, como formas de existencia y resultados de este.

El carácter imperecedero que el dinero persigue al comportarse negativamente frente a la circulación (al sustraerse a ella) lo alcanza el capital, que se conserva precisamente entregándose a la circulación. El capital, como valor de cambio que presupone la circulación, que le está presupuesto y que se conserva en ella, adopta alternativamente los dos momentos contenidos en la circulación simple, pero no como en la circulación simple, pasando solo de una de las formas a la otra, sino siendo en cada una de las determinaciones a la vez la relación con la opuesta. Cuando aparece como dinero, esto ya no es más que la expresión unilateral abstracta de sí mismo como generalidad; al despojarse igualmente de esta forma, solo se despoja de su determinación opuesta (de la forma opuesta de la generalidad). Puesto como dinero, es decir, como esta forma opuesta de la generalidad del valor de cambio, está a la vez puesto en él que no ha de perder, como en la circulación simple, la generalidad, sino su determinación opuesta, o que solo la adopta de manera evanescente, es decir, que vuelve a cambiarse por la mercancía, pero como mercancía que expresa ella misma en su particularidad la generalidad del valor de cambio, y que por eso cambia constantemente su forma determinada.

La mercancía no es solo valor de cambio, sino valor de uso, y como tal tiene que ser consumida conforme a su fin. Al servir la mercancía como valor de uso, es decir, en su consumo, tiene que conservarse a la vez el valor de cambio y aparecer como el alma del consumo que determina su fin. El proceso de su perecer tiene que aparecer, pues, a la vez como proceso del perecer de su perecer, es decir, como proceso reproductor. El consumo de la mercancía, pues, no dirigido al disfrute inmediato, sino él mismo como un momento de la reproducción de su valor de cambio. El valor de cambio da así no solo la forma de la mercancía, sino que aparece como el fuego en el que se consume su sustancia misma. Esta determinación surge del concepto mismo del valor de uso. Pero en la forma del dinero, el capital aparecerá, por una parte, solo de manera evanescente, como medio de circulación y, por otra, como el estar puesto solo como momento, pasajeramente, de este en la determinidad del valor de cambio adecuado.

Por una parte, la circulación simple es presupuesto existente de la mercancía, y sus extremos, el dinero y la mercancía, aparecen como presupuestos elementales, como formas que en posibilidad se convierten en capital, o son meras esferas abstractas del proceso de producción del capital presupuesto. Por otra, vuelven a él como a su fondo o conducen a él. (Aquí el ejemplo histórico de más arriba.)

En el capital, el dinero, el valor de cambio autonomizado presupuesto, aparece no solo como valor de cambio, sino como valor de cambio autonomizado, como *resultado* de la circulación. Y, en efecto, no tiene lugar ninguna formación de capital antes de que la esfera de la circulación simple, aunque parta de condiciones de producción del todo distintas del capital mismo, se haya desarrollado hasta cierta altura. Por otra parte, el dinero está puesto como poniendo la circulación como el movimiento de su propio proceso, como movimiento de su propia realización del valor que se perpetúa y se valoriza. Como presupuesto, es aquí a la vez resultado del proceso de circulación y, como resultado, a la vez presupuesto de la forma determinada de este que se determinó como G-W-G (primero solo de esta corriente suya). Es unidad de mercancía y dinero, pero la unidad en proceso de ambos, y ni lo uno ni lo otro, así como tanto lo uno como lo otro.

Se conserva y se valoriza en y por la circulación. Por otra parte, el valor de cambio está presupuesto, ya no como valor de cambio simple, tal como existe como determinación simple en la mercancía antes de que esta entre en la circulación, o más bien como determinación solo mentada, ya que solo en la circulación se convierte de manera evanescente en valor de cambio. Existe en la forma de la *objetividad*, pero indiferente a que esta objetividad sea la del dinero o la de la mercancía. Viene de la circulación; la presupone, pues; pero parte a la vez de sí mismo como presupuesto frente a ella.

En el cambio real del dinero por mercancía, tal como lo expresa la forma G-W-G, como el ser real de la mercancía es su valor de uso, y la existencia real del valor de uso es su consumo, el valor de cambio mismo tiene que volver a surgir de la mercancía que se realiza como valor de uso, y el dinero y el consumo de la mercancía tienen que aparecer tanto como una forma de su conservación como de su autovalorización. La circulación aparece frente a él como momento del proceso de su propia realización.

||14| La existencia real de la mercancía, su existencia como valor de uso, cae fuera de la circulación simple. Así, el momento en que el consumo de la mercancía aparece como un momento de su autovalorización tiene que [entrar] en el proceso del capital.

Mientras el dinero, es decir, el valor de cambio autonomizado, solo se aferra a sí mismo frente a su opuesto, el valor de uso como tal, no es capaz en realidad más que de una existencia abstracta. En su opuesto, en su convertirse en valor de uso y en el proceso del valor de uso, el consumo, tiene que conservarse y crecer a la vez como valor de cambio, es decir, transformar el consumo del valor de uso mismo —su negación activa tanto como su posición— en la reproducción y producción del valor de cambio mismo.

En la circulación simple, cada mercancía aparece alternativamente como valor de cambio o como valor de uso. En cuanto se ha realizado como este último, sale de la circulación. En la medida en que la mercancía se fija como valor de cambio, en el dinero, tiende a la misma carencia de forma, pero como cayendo dentro de la relación económica. En todo caso, las mercancías solo tienen interés en la relación de cambio (circulación simple) en la medida en que tienen valores de cambio. Por otra parte, su valor de cambio solo tiene un interés pasajero, al superar la unilateralidad del valor de uso —la de ser valor de uso que existe solo *inmediatamente* para los individuos—: hace llegar el valor de uso a su destinatario; no cambia en el valor de uso más que ponerlo como valor de uso para los otros (los compradores). Pero en la medida en que el valor de cambio como tal se fija, en el dinero, el valor de uso solo se le enfrenta ya como caos abstracto; y precisamente por la separación de su sustancia se desploma sobre sí mismo y empuja fuera de la esfera del valor de cambio simple, cuyo movimiento más alto es la circulación simple y cuya consumación más alta es el dinero. Pero dentro de esta esfera misma la diferencia solo existe como distinción formal, superficial. El dinero en su fijeza más alta es a su vez mercancía.

## ||16| Capítulo tercero. El capital

### A. Proceso de producción del capital

### 1) Transformación del dinero en capital

Como resultado de la circulación simple, el capital existe primero en la forma simple del dinero. Pero la autonomía objetiva que, como tesoro, mantiene en esta forma frente a la circulación ha desaparecido. Más bien, en su existencia como dinero, expresión adecuada del equivalente general, solo está dicho que es indiferente a la particularidad de todas las mercancías y que puede adoptar cualquier forma de mercancía. No es esta o aquella mercancía, sino que puede metamorfosearse en cualquier mercancía y sigue siendo en cada una de ellas la misma magnitud de valor y valor que se relaciona consigo mismo como fin en sí mismo. El capital, que existe primero en la forma del dinero, no se queda, pues, frente a la circulación; tiene más bien que entrar en ella. Ni se pierde dentro de la circulación al pasar de la forma del dinero a la forma de la mercancía. Su existencia como dinero es más bien solo su existencia como el valor de cambio adecuado, que puede convertirse indiferentemente en cualquier clase de mercancía. En cada una sigue siendo valor de cambio que se aferra a sí mismo. Pero el capital solo puede ser valor de cambio autonomizado en cuanto está autonomizado frente a un tercero, en una relación con un tercero. [[Su existencia como dinero es ambas cosas: puede cambiarse por cualquier mercancía y, como valor de cambio general, no está ligado a la sustancia particular de ninguna mercancía; en segundo lugar, sigue siendo dinero aunque se convierta en mercancía; es decir, el material en que existe, no como objeto para la satisfacción del disfrute individual, sino como materiatura del valor de cambio, que solo adopta esta forma para conservarse y aumentar.]] Este tercero no son las mercancías. Pues el capital es dinero que pasa indiferentemente de su forma de dinero a la de cualquier mercancía sin perderse en ella como objeto del consumo individual. En lugar de excluirlo, todo el ámbito de las mercancías, todas las mercancías, aparecen como otras tantas encarnaciones del dinero. En lo que se refiere a la diversidad natural, material, de las mercancías, ninguna excluye que el dinero se implante en ella, la convierta en su propio cuerpo, ya que ninguna excluye la determinación del dinero en la mercancía. Todo el mundo objetivo de la riqueza aparece ahora como cuerpo del dinero, lo mismo que el oro y la plata, y la diferencia, solo formal, entre el dinero en la forma del dinero y su diferencia en la forma de la mercancía lo capacita por igual para adoptar una u otra forma, para pasar de la forma del dinero a la de la mercancía. (La autonomización consiste ya solo en que el valor de cambio se aferra a sí mismo como valor de cambio, exista en la forma del dinero o en la de la mercancía, y solo pasa a la forma de la mercancía para valorizarse a sí mismo.)

El dinero es ahora *trabajo objetivado*, posea la forma del dinero o la de una mercancía particular. Ningún modo de existencia objetiva del trabajo se enfrenta al capital, sino que cada uno de ellos aparece como posible modo de existencia de este, que puede adoptar por un simple cambio de forma, pasando de la forma del dinero a la forma de la mercancía. La única oposición al trabajo *objetivado* es el trabajo *no objetivado*; frente al trabajo *objetivado*, el trabajo *subjetivo*. O, frente al trabajo pasado en el tiempo, pero existente en el espacio, el trabajo vivo, presente en el tiempo. Como trabajo no objetivado presente en el tiempo (y por eso también todavía no objetivado), este solo puede existir como capacidad, posibilidad, facultad, como *capacidad de trabajo* del sujeto vivo. Frente al capital, como el trabajo objetivado que se aferra autónomamente a sí mismo, solo puede formar la oposición la capacidad de trabajo viva misma, y así el único cambio por el que el dinero puede convertirse en capital es el que su poseedor contrae con el poseedor de la capacidad de trabajo viva, es decir, con el obrero.

Como valor de cambio, el valor de cambio solo puede autonomizarse en general frente al valor de uso que se le enfrenta como tal. Solo en esta relación puede el valor de cambio como tal autonomizarse, estar puesto y funcionar como tal. En el dinero, el valor de cambio había de recibir esta autonomía por abstraerse del valor de uso, y la abstracción activa, el permanecer en oposición al valor de uso, aparecería aquí de hecho como el único método de conservar y aumentar el valor de cambio como tal. Ahora, en cambio, el valor de cambio ha de conservarse como valor de cambio en su existencia como valor de uso, en su existencia real, no solo formal, como valor de uso: conservarse como valor de cambio en el valor de uso como valor de uso y producirse a partir de él. La existencia real de los valores de uso es su negación real, su consumo, su ser aniquilados en el consumo. Es, pues, en esta su negación real como valores de uso, en esta negación ||17| inmanente a ellos mismos, donde el valor de cambio tiene que acreditarse, como conservándose frente al valor de uso, o más bien tiene que hacer de la existencia activa del valor de uso la confirmación del valor de cambio. No la negación en la que el valor de cambio, como precio, es mera determinación formal del valor de uso, en la que este queda idealmente superado, pero en realidad solo aparece en él el valor de cambio como determinación formal evanescente. Ni su fijación en el oro y la plata, donde una sustancia rígida y fija aparece como la existencia petrificada del valor de cambio. En el dinero está puesto, ciertamente, que el valor de uso es mera materiatura, realidad del valor de cambio. Pero es la existencia tangible, meramente mentada, de su abstracción. En cambio, en la medida en que el valor de uso como valor de uso, es decir, el consumo de la mercancía misma, se determina como poner el valor de cambio y mero medio para ponerlo, el valor de uso de la mercancía es en realidad solo ejercicio del valor de cambio en proceso. La negación real del valor de uso, que no existe en la abstracción de él, sino en su consumo (no en el quedarse tenso frente a él), esta su negación real, que es a la vez su realización como valor de uso, tiene que convertirse, pues, en el acto de autoafirmación, de autoactividad del valor de cambio. Pero esto solo es posible en la medida en que la mercancía es consumida por el trabajo, en que su consumo mismo aparece como objetivación del trabajo y, por tanto, como posición de valor. Así pues, para conservarse y ejercerse no solo formalmente, como en el dinero, sino en su existencia real como mercancía, el valor de cambio objetivado en el dinero tiene que apropiarse el trabajo mismo, cambiarse por él.

El valor de uso ya no es para el dinero un artículo de consumo en el que se pierde, sino solo el valor de uso por el que se conserva y aumenta. *Para el dinero como capital no existe otro valor de uso*. Es precisamente esta su relación como valor de cambio con el valor de uso. El único *valor de uso que puede formar una oposición y un complemento al dinero como capital es el trabajo*, y este existe en la capacidad de trabajo, que existe como sujeto. Como capital, el dinero solo es en relación con el no capital, la negación del capital, solo en relación con la cual es capital. *El no capital real es el trabajo mismo.* El primer paso para que el dinero se convierta en capital es su cambio por la capacidad de trabajo, para transformar, por medio de esta, el consumo de las mercancías, es decir, su posición y negación reales como valores de uso, a la vez en ejercicio del valor de cambio.

El cambio por el que el dinero se convierte en capital no puede ser el cambio con mercancías, sino con su opuesto conceptualmente determinado, con la mercancía que se encuentra frente a él en oposición conceptualmente determinada: el trabajo.

Al valor de cambio en la forma del dinero se enfrenta el valor de cambio en la forma del valor de uso particular. Pero todas las mercancías particulares, como modos de existencia particulares del trabajo objetivado, son ahora indiferentemente expresión del valor de cambio, a la que el dinero puede pasar sin perderse. No es, pues, por el cambio con estas mercancías, ya que ahora puede presuponerse indiferentemente que existe en una u otra forma, por lo que el dinero podría perder su carácter simple. Sino por el cambio con, en primer lugar, la única forma del valor de uso que él mismo no es inmediatamente —a saber, el trabajo no objetivado— y, a la vez, con el valor de uso inmediato para él como valor de cambio en proceso: de nuevo, el trabajo. Es, pues, solo por el cambio del dinero con el trabajo como puede efectuarse su transformación en capital. *El valor de uso por el que puede cambiarse el dinero, como capital en posibilidad, solo puede ser el valor de uso a partir del cual el valor de cambio mismo llega a ser, se engendra y se aumenta. Y este no es más que el trabajo.* El valor de cambio solo puede realizarse como tal enfrentándose al valor de uso, no a este o aquel, sino al valor de uso en relación con él mismo. Este es el trabajo. La capacidad de trabajo misma es el valor de uso cuyo consumo coincide inmediatamente con la objetivación del trabajo, es decir, con la posición del valor de cambio. Para el dinero como capital, la capacidad de trabajo es el valor de uso inmediato por el que tiene que cambiarse. En la circulación simple, el contenido del valor de uso era indiferente, ||18| caía fuera de la relación formal económica. Aquí es un momento económico esencial de ella. Pues el valor de cambio solo está determinado primero como valor de cambio que se aferra a sí mismo en el cambio por el hecho de cambiarse con el valor de uso que, por su propia determinación formal, se le enfrenta.

La condición de la transformación del dinero en capital es que el *dueño* del dinero pueda cambiar dinero por la capacidad de trabajo ajena como mercancía. Es decir, que dentro de la circulación se ofrezca en venta la capacidad de trabajo como mercancía, pues dentro de la circulación simple los agentes del cambio solo se enfrentan como compradores y vendedores. La condición es, pues, que el obrero ofrezca en venta su capacidad de trabajo como mercancía que ha de usarse: es decir, el obrero libre. La condición es que el obrero, en primer lugar, disponga de su capacidad de trabajo como propietario libre, se relacione con ella como mercancía; para ello tiene que ser su propietario libre. Pero, en segundo lugar, que ya no tenga que cambiar su trabajo en la forma de otra mercancía, de trabajo objetivado, sino que la única mercancía que tiene para ofrecer, para vender, sea precisamente su capacidad de trabajo viva, existente en su corporeidad viva; que las condiciones de la objetivación de su trabajo, las condiciones objetivas de su trabajo, existan, pues, como propiedad ajena, como mercancías que se encuentran en la circulación del otro lado, fuera de él mismo. Que el poseedor de dinero —o el dinero, pues de momento el primero no es para nosotros, en el proceso económico mismo, más que la personificación del segundo— *encuentre* la capacidad de trabajo en el mercado, dentro de los límites de la circulación, como mercancía, este presupuesto, del que partimos aquí y del que parte la sociedad burguesa en su proceso de producción, es evidentemente el resultado de un largo desarrollo histórico, el resumen de muchas revoluciones económicas, y presupone la desaparición de otros modos de producción (relaciones sociales de producción) y un desarrollo determinado de las fuerzas productivas del trabajo social. El proceso histórico pasado determinado que está dado en este presupuesto se formulará con más precisión al considerar más a fondo la relación. Pero este grado histórico de desarrollo de la producción económica —cuyo producto mismo es ya *el obrero libre*— es presupuesto del nacimiento y, más aún, de la existencia del capital como tal. Su existencia es el resultado de un largo proceso histórico en la configuración económica de la sociedad. En este punto se muestra de manera determinada que la forma dialéctica de la exposición solo es correcta cuando conoce sus límites. De la consideración de la circulación simple resulta *para nosotros* el concepto general del capital, porque dentro del modo de producción burgués la circulación simple misma solo existe como presupuesto del capital y presuponiéndolo. Que resulte de ella no hace del capital la encarnación de una idea eterna, sino que lo muestra tal como en la realidad, solo como forma *necesaria*, ||19| tiene primero que desembocar en el trabajo que pone valor de cambio, en la producción basada en el valor de cambio.

Es de importancia esencial retener este punto: que la relación, tal como se presenta aquí como relación de circulación simple —perteneciendo todavía por entero a ella y empujando más allá de los límites de la circulación simple solo por el valor de uso específico de las mercancías cambiadas—, no es más que relación de dinero y mercancía, de los equivalentes en la forma de los dos polos opuestos tal como aparecen en la circulación simple. Dentro de la circulación, el cambio entre capital y trabajo, tal como existe él mismo como mera relación de circulación, no es el cambio entre dinero y trabajo, sino el cambio entre *dinero* y la *capacidad de trabajo viva.* Como valor de uso, la capacidad de trabajo solo se realiza en la actividad del trabajo mismo, pero exactamente del mismo modo que en una botella de vino que se compra el valor de uso solo se realiza al beber el vino. El trabajo mismo cae tan poco en el proceso de circulación simple como la bebida. El vino, como capacidad, δυνάμει [en potencia], es algo bebible, y comprar el vino es apropiarse de algo bebible. Así, comprar la capacidad de trabajo es la facultad de disponer del trabajo. Como la capacidad de trabajo existe en la vitalidad del sujeto mismo y solo se manifiesta como exteriorización vital propia de este, la compra de la capacidad de trabajo, la apropiación del título al uso de esta, pone naturalmente, durante el acto del uso, al comprador y al vendedor en una relación distinta de la que se da con el trabajo objetivado, que existe como objeto fuera del productor. Esto no menoscaba la relación de cambio simple. Es solo la naturaleza específica del valor de uso que se compra con el dinero —a saber, que su consumo, el consumo de la capacidad de trabajo, es producción, tiempo de trabajo que objetiva, consumo que pone valor de cambio; que su existencia real como valor de uso es creación del valor de cambio— lo que hace del cambio entre dinero y trabajo el cambio específico G-W-G, en el que el valor de cambio mismo está puesto como fin del cambio y el *valor de uso comprado es inmediatamente valor de uso para el valor de cambio, es decir, valor de uso que pone valor*. Es indiferente que el dinero se considere aquí como simple medio de circulación (medio de compra) o como medio de pago. En la medida en que alguien que me vende, por ejemplo, el valor de uso de su capacidad de trabajo durante 12 horas, su capacidad de trabajo por 12 horas, solo me la ha vendido realmente cuando, si insisto en ello, ha trabajado 12 horas, solo al final de las 12 horas me ha entregado su capacidad de trabajo por 12 horas, está en la naturaleza de la relación que el dinero aparezca aquí como medio de pago; que compra y venta no se realicen inmediatamente a la vez por ambos lados. Lo importante aquí es solo *que el medio de pago, el medio general de pago, sea dinero*, y que el obrero, por tanto, no entre con el comprador, por un modo de pago particular surgido naturalmente, en relaciones distintas de las de la circulación. Transforma su capacidad de trabajo inmediatamente en el equivalente general, como poseedor del cual mantiene en la circulación general la misma relación —el alcance de su magnitud de valor— que cualquier otro; y del mismo modo la riqueza general, la riqueza en su forma social general y como posibilidad de todos los goces, es el fin de su venta.[^52]

[^1]: (Nota de Marx.) En la cubierta del cuaderno B', Marx anotó: «*Propiedad estética del oro.* “… pero el oro resplandece como fuego ardiente en la noche, por encima de toda soberbia riqueza.”» (Píndaro, *Olímpicas*, I, 1-2; en griego, seguido de una versión latina.)

[^2]: Sir William Petty (1623-1687), fundador de la economía política clásica en Inglaterra; Pierre Le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), su contemporáneo francés, magistrado en Ruan, crítico de la política fiscal de Luis XIV.

[^3]: Thomas Carlyle, *Chartism*, Londres, 1840, cap. VI. Marx resume el pasaje en alemán; traducimos su versión.

[^4]: (Nota de Marx.) «Para probar qué poco», dice Mr. Slater (de la casa Morrison, Dillon & Co., … cuyas transacciones están entre las mayores de la metrópoli), «dinero real… entra en las operaciones del comercio», da un «análisis de una serie continua de transacciones comerciales que asciende a varios millones al año y que puede considerarse una buena muestra del comercio general del país. Las proporciones de cobros y pagos se han reducido a la escala de solo 1.000.000 de libras; en el año 1856 fueron como sigue: *Cobros:* en letras de banqueros y letras de cambio pagaderas a plazo, 533.596; en cheques de banqueros, etc., pagaderos a la vista, 357.715; en billetes de bancos provinciales, 9.627; en billetes del Banco de Inglaterra, 68.554; en oro, 28.089; en plata y cobre, 1.486; en giros postales, 933; [total], 1.000.000 de libras. *Pagos:* letras de cambio pagaderas a plazo, 302.674; cheques contra banqueros de Londres, 663.672; billetes del Banco de Inglaterra, 22.743; oro, 9.427; plata y cobre, 1.484; [total], 1.000.000 de libras.» (P. LXXI, *Report from the Select Committee on the Bank Acts etc.*, 1 de julio de 1858.)

[^5]: *Materiatur*: término acuñado por Marx (de *Materie*, materia) para la existencia material en que toma cuerpo una determinación económica; lo traducimos por «materiatura».

[^6]: El año 485 *ab urbe condita* corresponde al 269 a. C.

[^7]: (Nota de Marx.) Este carácter cosmopolita del dinero llamó la atención de los antiguos. «¿De qué patria, de qué linaje es este? Es *rico*.»

[^8]: Jenofonte (h. 430-354 a. C.), en el opúsculo *Poroi* (*Sobre los ingresos*), aconseja a Atenas reunir una reserva de plata.

[^9]: Edward Misselden (1608-1654), comerciante inglés, autor de *Free Trade or the Means to make Trade florish* (1622) y *The Circle of Commerce* (1623), en la polémica sobre la exportación de plata por la Compañía de las Indias Orientales.

[^10]: Alusión al dístico de Schiller *Unterschied der Stände* [Diferencia de estamentos]: «Hay nobleza también en el mundo moral. Las naturalezas vulgares / pagan con lo que hacen; las nobles, con lo que son.»

[^11]: (Nota de Marx.) El dinero aparece aquí, de hecho, como su *entidad comunitaria* existente como cosa fuera de ellos.

[^12]: Sir James Steuart (1712-1780), *An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy*, Londres, 1767. Marx cita mezclando el inglés y el alemán.

[^13]: John Fullarton, *On the Regulation of Currencies*, 2.ª ed., Londres, 1845. Thomas Tooke (1774-1858), economista inglés, autor de una *History of Prices*.

[^14]: Es el título abreviado del escrito de Misselden citado más arriba. Marx traduce o resume en alemán estas dos citas inglesas; traducimos su versión.

[^15]: John Dalrymple (1726-1810), jurista e historiador escocés.

[^16]: Juan Sempere y Guarinos, *Considérations sur les causes de la grandeur et de la décadence de la monarchie espagnole*, París, 1826. Marx da la representación de las Cortes en la versión francesa de Sempere; «el año 48» es 1548.

[^17]: François Bernier (1620-1688), médico y viajero francés que vivió en la India entre 1658 y 1669; Aurangzeb (1618-1707), emperador mogol desde 1658.

[^18]: Apocalipsis 17, 13 y 13, 17, en la versión latina de la Vulgata.

[^19]: William Petty, *Political Arithmetick*, escrita hacia 1676 y publicada en 1690. Marx traduce al alemán las citas de Petty, intercalando algunas expresiones inglesas.

[^20]: Génesis 48, 13-14: Jacob bendice a sus nietos Efraín y Manasés cruzando las manos.

[^21]: (Nota de Marx.) Y doctrina de la renuncia.

[^22]: Geminiano Montanari (1633-1687), astrónomo y economista italiano. Pietro Custodi publicó en Milán, entre 1803 y 1816, la colección *Scrittori classici italiani di economia politica*, en una *Parte antica* y una *Parte moderna*.

[^23]: Ateneo de Náucratis (siglos II-III), autor del *Banquete de los sabios* (*Deipnosophistae*). Demetrio de Falero (h. 350-280 a. C.), político y filósofo ateniense.

[^24]: (Nota de Marx.) Lo mismo en el *Pluto* de Aristófanes.

[^25]: El pasaje está en el acto IV, escena 3, de *Timón de Atenas*.

[^26]: Marx extracta y resume en inglés, intercalando palabras alemanas, varias páginas de una obra sobre el oro que no nombra.

[^27]: Ferdinando Galiani (1728-1787), *Della Moneta* (1751), en la colección de Custodi, *Parte moderna*, t. III.

[^28]: George Opdyke, *A treatise on political economy*, Nueva York, 1851.

[^29]: Mateo 6, 19-20.

[^30]: Henri Storch (1766-1835), *Cours d'économie politique*, San Petersburgo, 1815. Marx traduce al alemán, dejando una expresión francesa.

[^31]: Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), humanista italiano al servicio de la corte española, autor de *De orbe novo decades*, crónica del descubrimiento de América.

[^32]: Jacob Grimm, *Geschichte der deutschen Sprache* [Historia de la lengua alemana], Leipzig, 1848.

[^33]: Aristóteles, *Ética a Nicómaco*, V, 5.

[^34]: Estrabón, *Geografía*, libro XVI.

[^35]: Las *Leyes de Manu*, código sánscrito de la antigua India.

[^36]: Antoine-Élisée Cherbuliez (1797-1869), economista suizo, discípulo de Sismondi.

[^37]: *Sachlich*: «cósico», es decir, como cosas o por medio de cosas, en oposición a la relación personal; *Versachlichung*, «cosificación».

[^38]: Aquí empieza el cuaderno B''.

[^39]: Juego de palabras: *Gleichgeltende* (los que valen lo mismo, equivalentes) y *Gleichgültige* (los indiferentes).

[^40]: *Pecunia non olet*, «el dinero no huele»: frase atribuida al emperador Vespasiano a propósito del impuesto sobre las letrinas.

[^41]: Frédéric Bastiat (1801-1850), *Harmonies économiques*, París, 1850. Henry Charles Carey (1793-1879), economista norteamericano, defensor del proteccionismo.

[^42]: (Nota de Marx.) Por ejemplo: es armónico que dentro de un país la producción patriarcal deje paso a la industrial, y el proceso de disolución que acompaña a este desarrollo solo se concibe por su lado positivo. Pero se vuelve desarmónico cuando la gran industria inglesa pone fin con espanto a las formas patriarcales o pequeñoburguesas de la producción nacional extranjera. La concentración del capital dentro de un país y el efecto disolvente de esta concentración solo le ofrecen lados positivos. Pero los efectos del capital inglés concentrado, que él denuncia como el monopolio de Inglaterra, sobre los otros capitales nacionales son la desarmonía misma.

[^43]: Los corchetes y la interrogación son de la edición de 1953. La obra de Carey a que se refiere Marx es *The Slave Trade, Domestic and Foreign: Why it Exists, and How it May Be Extinguished*, Filadelfia, 1853.

[^44]: (Nota de Marx.) Carey es, en efecto, el único economista original de América, y lo que da a sus obras su gran importancia es que en ellas subyace materialmente en todas partes la sociedad burguesa en su realidad más libre y más amplia. En forma abstracta expresa las grandes relaciones americanas, y precisamente en oposición al viejo mundo. El único fondo real de Bastiat es la pequeñez de las relaciones económicas francesas, que asoman por todas partes sus largas orejas entre sus armonías y frente a las cuales se formulan como «exigencias de la razón práctica» las relaciones de producción inglesas y americanas idealizadas. Por eso Carey es rico en investigaciones propias, *bona fide* [de buena fe], por así decirlo, sobre cuestiones económicas específicas. Donde Bastiat, excepcionalmente, aparenta descender de sus lugares comunes coquetamente pulidos a la consideración de categorías reales, por ejemplo en la renta del suelo, se limita a copiar a Carey. Por eso, mientras que este combate principalmente las contradicciones contra su concepción armónica en la forma en que las desarrollaron los propios economistas clásicos ingleses, Bastiat pleitea contra los socialistas. La concepción más profunda de Carey encuentra en la economía misma la oposición que, como armonista, tiene que combatir, mientras que el razonador vanidoso y sabelotodo la ve solo fuera.

[^45]: Lectura dudosa del manuscrito; los editores de 1953 indican que puede leerse también «dialéctico».

[^46]: Seguimos las letras de Marx, como en la *Contribución*: W, *Ware* (mercancía); G, *Geld* (dinero).

[^47]: Tomás Moro, *Utopía* (1516), libro I, sobre los cercamientos: las ovejas que «devoran a los hombres».

[^48]: Platón, *República*, II, 371b; Aristóteles, *Política*, I, 8-10, donde distingue la economía, administración de la casa, de la crematística, el arte de hacer dinero.

[^49]: El dístico va en griego en el original.

[^50]: Expresión de Boisguillebert.

[^51]: *Caput mortuum*, «cabeza muerta»: en la alquimia, el residuo inútil que queda en la retorta tras la destilación.

[^52]: Aquí se interrumpe el manuscrito. En la página siguiente solo figura el título «Trabajo productivo y trabajo improductivo».
