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Title: La agitación en Irlanda (1858)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la caza de conspiradores montada en Irlanda por el gobierno Derby a instancias de los orangistas: las recompensas que crean a los confidentes y las sociedades que dicen descubrir, y las sociedades secretas agrarias como respuesta desesperada a la guerra de exterminio de los terratenientes contra los campesinos.
Author: Karl Marx
Date: 1858-12-24
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20La%20agitaci%C3%B3n%20en%20Irlanda
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de diciembre de 1858 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5530, del 11 de enero de 1859. Traducido del original inglés según* Marx and Engels on Ireland *(Moscú, 1971), en la transcripción del Marxists Internet Archive, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 668-672), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20The%20Excitement%20in%20Ireland).*

Londres, 24 de diciembre de 1858

Un gobierno que, como el actual ministerio británico, representa a un partido en decadencia siempre conseguirá librarse mejor de sus viejos principios que de sus viejas relaciones. Al instalarse en Downing Street, lord Derby[^1] decidió sin duda expiar los desatinos que en tiempos pasados habían hecho proverbial su nombre en Irlanda; y su versátil fiscal general para Irlanda, el señor Whiteside,[^2] no habría vacilado un instante en echar al viento los juramentos que lo ligaban a las logias orangistas.[^3] Pero el acceso de lord Derby al poder dio al mismo tiempo la señal para que una camarilla de la clase gobernante se precipitara a ocupar los puestos que acababa de dejar libres la expulsión forzosa de la otra camarilla. La formación del gabinete Derby trajo consigo que todos los cargos del gobierno hubieran de repartirse entre una abigarrada tripulación unida todavía por un nombre de partido que ha perdido todo sentido, y que marcha todavía bajo una bandera hecha jirones, pero que en realidad no tiene nada en común salvo los recuerdos del pasado, las intrigas de club y, sobre todo, la firme resolución de repartirse los panes y los peces de los cargos. Así, lord Eglinton,[^4] el don Quijote que quiso resucitar los torneos de caballería en la Inglaterra traficante de dinero, había de ser entronizado lord lugarteniente en el castillo de Dublín,[^5] y lord Naas,[^6] notorio como partidario temerario de los terratenientes irlandeses, había de ser su primer ministro. A la digna pareja, *arcades ambo*,[^7] sus superiores le encarecieron seriamente, sin duda, al salir de Londres, que acabara con sus manías, se portara como es debido y no pusiera en apuros a sus propios patronos con travesuras caprichosas. El camino de lord Eglinton al otro lado del canal estaba, no lo dudamos, empedrado de buenas intenciones, con la perspectiva de los oropeles virreinales bailando ante su mente infantil; mientras que lord Naas, a su llegada al castillo de Dublín, estaba decidido a cerciorarse de que el desalojo en masa de las fincas, la quema de las chozas y la expulsión despiadada de sus pobres moradores avanzaban al ritmo adecuado. Pero así como las necesidades de partido habían obligado a lord Derby a poner a los hombres equivocados en el lugar equivocado, las necesidades de partido falsearon en el acto la posición de esos hombres, fueran cuales fuesen sus intenciones individuales. Al orangismo se le había desairado oficialmente por su lealtad entrometida, el propio gobierno se había visto obligado a denunciar esta organización como ilegal, y se le había dicho sin muchos miramientos que ya no servía para nada en este mundo y que debía desaparecer. La mera llegada de un gobierno tory, la mera ocupación del castillo de Dublín por un Eglinton y un Naas, reavivó las esperanzas de los orangistas alicaídos. El sol volvió a brillar para los *true blues*;[^8] volverían a enseñorearse del país como en los días de Castlereagh,[^9] y el día de su venganza había amanecido visiblemente. Paso a paso, llevaron a los representantes de Downing Street, chapuceros, débiles y, por tanto, temerarios, de una posición falsa a otra, hasta que por fin una buena mañana el mundo se sobresaltó con una proclama del lord lugarteniente que ponía Irlanda (por así decirlo) en estado de sitio y hacía, por medio de recompensas de 100 y 50 libras, del oficio de espía, de confidente, de perjuro y de *agent provocateur* el oficio más lucrativo de la verde Erín. Apenas se habían fijado los carteles que anunciaban recompensas por el descubrimiento de sociedades secretas cuando un individuo infame llamado O'Sullivan, aprendiz de boticario en Killarney, denunció a su propio padre y a algunos muchachos de Killarney, Kenmare, Bantry y Skibbereen como miembros de una formidable conspiración que, en secreta inteligencia con filibusteros del otro lado del Atlántico, pretendía no solo, como el señor Bright,[^10] «americanizar las instituciones inglesas», sino anexionar Irlanda a la república modelo. En consecuencia, los detectives se afanaron por los condados de Kerry y Cork, hubo detenciones nocturnas, siguieron misteriosas denuncias; del suroeste la caza de conspiradores se extendió al nordeste, en el condado de Monaghan se produjeron escenas de farsa, y la alarmada Belfast vio a una docena de maestros de escuela, pasantes de abogado y dependientes de comercio llevados en procesión por las calles y encerrados en las cárceles. Lo que empeoraba la cosa era el velo de misterio echado sobre las actuaciones judiciales. Se denegó la fianza en todos los casos, las sorpresas de medianoche se convirtieron en la orden del día, todas las indagaciones se mantuvieron en secreto, se negaron sistemáticamente las copias de las denuncias en que se fundaban las detenciones arbitrarias, los magistrados a sueldo iban y venían en un torbellino de sus sitiales de jueces a las antecámaras del castillo de Dublín, y de toda Irlanda podía decirse lo que el señor Rea, abogado de los acusados en Belfast, observó respecto de esta ciudad: «Creo que la Constitución británica ha abandonado Belfast esta última semana».

Ahora bien, a través de todo este alboroto y de todo este misterio se trasluce cada vez más la ansiedad del gobierno, que había cedido a la presión de sus crédulos agentes irlandeses, juguetes a su vez en manos de los orangistas, por salir del atolladero sin perder a la vez su reputación y sus puestos. Al principio se pretendió que la peligrosa conspiración, que extendía sus ramificaciones del suroeste al nordeste por toda la superficie de Irlanda, salía del americanizante Phoenix Club.[^11] Luego se trataba de una resurrección del *ribbonism*;[^12] pero ahora es algo completamente nuevo, completamente desconocido y por eso tanto más espantoso. Puede juzgarse de los apuros a que se ve reducido el gobierno por las maniobras de *The Dublin Daily Express*, el órgano gubernamental, que día tras día regala a sus lectores falsos rumores de asesinatos cometidos, de hombres armados que merodean y de reuniones de medianoche. Para su profundo disgusto, los muertos vuelven de sus tumbas y protestan en sus propias columnas contra el modo en que el director ha dispuesto de ellos.

Puede que exista algo así como un Phoenix Club, pero en todo caso es un asunto muy pequeño, puesto que el propio gobierno ha juzgado oportuno ahogar a este fénix en sus propias cenizas. En cuanto al *ribbonism*, su existencia no dependió nunca de conspiradores secretos. Cuando, a fines del siglo XVIII, los protestantes *Peep-o'-Day Boys*[^13] se coaligaron para hacer la guerra a los católicos en el norte de Irlanda, surgió frente a ellos la sociedad de los *Defenders*. Cuando en 1791 los *Peep-o'-Day Boys* se fundieron en el orangismo, los *Defenders* se transformaron en *Ribbonmen*. Cuando por fin, en nuestros días, el gobierno británico desautorizó el orangismo, la sociedad de la Cinta, privada de su condición de vida, se disolvió voluntariamente. Los pasos extraordinarios dados por lord Eglinton pueden, en efecto, resucitar el *ribbonism*, como pueden hacerlo los actuales intentos de los orangistas de Dublín de poner a oficiales ingleses al frente de la policía irlandesa (*Irish Constabulary*) y llenar sus grados inferiores con sus propios partidarios. Por ahora no existen en Irlanda más sociedades secretas que las sociedades agrarias. Acusar a Irlanda de producir tales sociedades sería tan juicioso como acusar al bosque de producir setas. Los terratenientes de Irlanda se han confederado para una guerra diabólica de exterminio contra los *cotters*;[^14] o, como ellos dicen, se asocian para el experimento económico de limpiar la tierra de bocas inútiles. De los pequeños arrendatarios nativos hay que deshacerse con tan pocos miramientos como se deshace la criada de los bichos. Esos desdichados, en su desesperación, intentan una débil resistencia formando sociedades secretas, dispersas por el país e incapaces de lograr nada más allá de manifestaciones de venganza individual.

Pero si la conspiración que se persigue en Irlanda es una mera invención del orangismo, las primas ofrecidas por el gobierno pueden lograr dar forma y cuerpo a esa nada etérea. El sargento de reclutamiento no está más seguro de enganchar con su chelín y su ginebra a algunos de la chusma de la reina para el servicio de la reina, que una recompensa por el descubrimiento de sociedades secretas irlandesas lo está de crear las sociedades que han de descubrirse. De las entrañas de cada condado surgen en el acto bribones que, transformados en delegados revolucionarios, recorren los distritos rurales, alistan miembros, toman juramentos, denuncian a las víctimas, las llevan a la horca con sus juramentos y se embolsan el precio de la sangre. Para caracterizar a esta ralea de confidentes irlandeses y el efecto que tienen en ellos las recompensas del gobierno, bastará citar un pasaje de un discurso pronunciado por sir Robert Peel[^15] en la Cámara de los Comunes:

> «Cuando yo era secretario principal para Irlanda, se cometió un asesinato entre Carrick-on-Suir y Clonmel. Un señor... tenía una venganza mortal contra un señor..., y empleó a cuatro hombres, a dos guineas cada uno, para asesinarlo. Había un camino a cada lado del río Suir, de Carrick a Clonmel; y como apostó dos hombres en cada camino, era imposible que su víctima escapara. Fue, pues, vilmente asesinado, y el país quedó tan conmocionado por este crimen atroz que el gobierno ofreció una recompensa de 500 libras por el descubrimiento de cada uno de los asesinos. Y, ¿podrá creerse?, el miserable que sobornó a los cuatro asesinos fue el mismo hombre que vino a dar la información que condujo a su ejecución, y con estas manos pagué yo en mi despacho del castillo de Dublín la suma de 2.000 libras a aquel monstruo con figura humana.»

[^1]: Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido tory y primer ministro de febrero de 1858 a junio de 1859; como secretario principal para Irlanda (1830-1833) había aplicado una dura política de coerción.

[^2]: James Whiteside (1804-1876), fiscal general (*Attorney-General*) para Irlanda en 1858-1859.

[^3]: Orden de Orange, organización protestante y ultraconservadora fundada en 1795, que tomó su nombre de Guillermo III de Orange, vencedor de los católicos irlandeses en 1690.

[^4]: Archibald Montgomerie, conde de Eglinton (1812-1861), lord lugarteniente de Irlanda en 1852 y de 1858 a 1859; en 1839 organizó en su castillo de Escocia un torneo medieval que se hizo famoso por su fracaso.

[^5]: Sede del gobierno británico en Irlanda.

[^6]: Richard Southwell Bourke, lord Naas, más tarde conde de Mayo (1822-1872), secretario principal para Irlanda en 1852, de 1858 a 1859 y de 1866 a 1868.

[^7]: «Arcadios los dos» (Virgilio, *Bucólicas*, VII, 4): tal para cual.

[^8]: «Azules leales»: los tories intransigentes.

[^9]: Robert Stewart, vizconde de Castlereagh (1769-1822), secretario principal para Irlanda durante la represión de la insurrección de 1798 y la Unión de 1800.

[^10]: John Bright (1811-1889), dirigente librecambista y radical, que ponía como modelo las instituciones de los Estados Unidos.

[^11]: La Phoenix National and Literary Society, fundada en 1856 en Skibbereen; varios de sus miembros, como Jeremiah O'Donovan Rossa, ingresaron luego en la Hermandad Republicana Irlandesa (los fenianos).

[^12]: Movimiento de sociedades secretas campesinas católicas (*Ribbonmen*, por la cinta que llevaban como distintivo), activo en Irlanda desde comienzos del siglo XIX contra los terratenientes y los orangistas.

[^13]: «Los chicos del amanecer», banda protestante del Úlster que asaltaba al alba las casas de los católicos; los *Defenders* («defensores») fueron la organización católica que se les opuso.

[^14]: Jornaleros o pequeños campesinos que cultivaban una parcela mínima y vivían en una choza a cambio de trabajo o de una renta.

[^15]: Robert Peel (1788-1850), secretario principal para Irlanda de 1812 a 1818 y más tarde primer ministro.
