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Title: La cuestión de la abolición de la servidumbre en Rusia (1858)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la emancipación de los siervos en Rusia: la resistencia de la nobleza, la ley histórica de que ninguna clase oprimida se libera sin dañar a la que vive de su opresión, los incendios y motines campesinos y el riesgo para el zar de una asamblea de la nobleza.
Author: Karl Marx
Date: 1858-10-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20La%20cuesti%C3%B3n%20de%20la%20abolici%C3%B3n%20de%20la%20servidumbre%20en%20Rusia
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 1 de octubre de 1858 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5458, del 19 de octubre de 1858, como editorial. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 590-593), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El artículo apareció sin título; el que lleva es de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Die%20Frage%20der%20Aufhebung%20der%20Leibeigenschaft%20in%20Ru%C3%9Fland).*

La cuestión de la servidumbre parece tomar en este momento un giro serio en Rusia, como mejor se ve en el paso extraordinario al que se ha visto empujado el zar Alejandro II al convocar en San Petersburgo una especie de representación general de la nobleza para deliberar sobre la abolición de la servidumbre. La actividad del Comité Principal para la cuestión campesina[^1] había sido prácticamente estéril y solo había dado lugar a violentas disputas entre sus propios miembros, disputas en las que el gran duque Constantino,[^2] presidente de ese comité, se había puesto con el partido de la vieja Rusia contra el zar. La mayoría de los comités de la nobleza de las provincias,[^3] por su parte, parecen haber aprovechado esta ocasión de deliberar oficialmente sobre las medidas preparatorias de la emancipación de los campesinos única y exclusivamente para frustrar esa medida. Hay, sin duda, entre la nobleza rusa un partido favorable a la abolición de la servidumbre, pero no solo está en minoría numérica, sino que además está dividido en las cuestiones más importantes. Declararse contra la servidumbre, pero no admitir la emancipación más que en condiciones que la degraden a un simple engaño: esta actitud parece estar de moda incluso entre la nobleza liberal rusa. En realidad, esta resistencia abierta a la emancipación, o este apoyo tibio a ella, no es sino demasiado natural en los viejos partidarios de la servidumbre. La pérdida de ingresos, la disminución del valor de sus fincas y una seria restricción del poder político a cuyo ejercicio se han acostumbrado todos esos numerosos pequeños autócratas que giran en torno al gran autócrata como su centro: tales son las consecuencias inmediatas que prevén, y difícilmente cabe esperar de ellos que las acojan con gran entusiasmo. A consecuencia de la incertidumbre reinante sobre si se avecina una depreciación de las tierras, en algunas provincias se ha hecho ya imposible obtener préstamos con garantía de bienes raíces. Una gran parte de la propiedad territorial de Rusia está hipotecada al Estado, y los terratenientes se preguntan cómo van a cumplir sus obligaciones con el gobierno. Muchos tienen deudas privadas que gravan sus fincas. Un gran número vive de los tributos de sus siervos que se han establecido en las ciudades como comerciantes, industriales, artesanos y obreros.[^4] Estos ingresos desaparecerían, naturalmente, con la abolición de la servidumbre. Además, hay pequeños boyardos que poseen un número muy limitado de siervos, pero, en proporción, una extensión de tierra todavía menor. Si cada siervo, como ha de ocurrir en caso de emancipación, recibe un pedazo de tierra, los dueños de esos siervos quedarán reducidos a la mendicidad. Desde el punto de vista de los grandes terratenientes, la emancipación de los campesinos se considera casi como una renuncia a su poder político. Una vez emancipados los siervos, ¿qué barrera real les queda a los grandes terratenientes frente a la arbitrariedad del zar? Y además, ¿qué será de los impuestos que Rusia tan urgentemente necesita, cuya cuantía depende del valor real de la tierra? ¿Qué será de los campesinos de la Corona?[^5] Todas estas cuestiones se discuten y ofrecen muchas posiciones fuertes tras las que plantan sus tiendas los partidarios de la servidumbre. Esta historia es tan vieja como la historia de los pueblos. En efecto, no se puede emancipar a la clase oprimida sin perjudicar a la clase que vive de su opresión y sin trastornar al mismo tiempo toda la superestructura del Estado, que descansa sobre tan mísera base social. Cuando llega la hora de semejante cambio, se muestra al principio un gran entusiasmo, se intercambian alegremente felicitaciones por la buena voluntad recíproca, con palabras solemnes sobre el amor general al progreso, etcétera. Pero en cuanto los hechos han de ocupar el lugar de las palabras, algunos retroceden, temerosos de los espíritus que invocaron, mientras la mayoría declara su resolución de luchar por sus intereses reales o imaginarios. Solo bajo la presión de la revolución o como resultado de una guerra han sido capaces los gobiernos legítimos de Europa de abolir la servidumbre. El gobierno prusiano no se atrevió a pensar en emancipar a los campesinos hasta que languideció bajo el yugo de hierro de Napoleón;[^6] y aun entonces resolvió la cuestión de tal manera que en 1848 hubo que ocuparse de ella una vez más; y todavía hoy sigue siendo, aunque bajo forma distinta, una cuestión que habrá de resolver una revolución futura. En Austria no fueron ni el gobierno legítimo ni la buena voluntad de las clases dominantes los que resolvieron esta cuestión, sino la revolución de 1848 y la insurrección de los húngaros. En Rusia, Alejandro I y Nicolás intentaron, no por razones de humanidad, sino por razón de Estado, cambiar por vía pacífica la situación de las masas populares, pero ambos fracasaron. Hay que añadir, ciertamente, que después de la revolución de 1848-1849 Nicolás abandonó sus propios planes anteriores de emancipación y se hizo celoso partidario del conservadurismo. En cuanto a Alejandro II, difícilmente pudo elegir entre despertar o no a los elementos dormidos. La herencia de guerra que le dejó su padre exigía de las masas populares rusas sacrificios inauditos, cuya magnitud puede juzgarse por un simple hecho: entre 1853 y 1856 la suma de papel moneda sin cobertura en circulación subió de trescientos treinta y tres millones a unos setecientos millones de rublos, y todo este aumento del papel moneda no representaba en realidad más que impuestos anticipados. Alejandro II no hizo más que seguir el ejemplo de Alejandro I, que durante la guerra contra Napoleón entretuvo a los campesinos con promesas de emancipación. Además, la pasada guerra terminó en una derrota vergonzosa, al menos a ojos de los siervos, de quienes no cabe esperar que entiendan los secretos de la diplomacia. E inaugurar su nuevo reinado con derrotas y humillaciones manifiestas y romper luego las promesas hechas a los campesinos durante la guerra era un paso demasiado peligroso incluso para el zar.

Cabe dudar de que incluso Nicolás, con guerra de Oriente o sin ella, hubiera estado en condiciones de aplazar más tiempo esta cuestión. Alejandro II, desde luego, no podía, pero suponía —y la suposición no era del todo infundada— que los nobles, todos ellos acostumbrados a someterse, no retrocederían ante sus órdenes e incluso tendrían a honra que se les permitiera, por medio de diversos comités, desempeñar un papel en este gran drama. Estos cálculos, sin embargo, han resultado falsos. Por otra parte, los campesinos, que tenían ideas exageradas de lo que el zar pensaba hacer por ellos, empezaron a perder la paciencia al ver la lentitud con que procedían sus señores. Los incendios que han estallado en algunas provincias son señales de alarma inequívocas. Se sabe además que tanto en la Gran Rusia como en las regiones que antes pertenecieron a Polonia han estallado disturbios acompañados de escenas terribles, lo que ha llevado a la nobleza a abandonar el campo por las ciudades, donde, al amparo de murallas y guarniciones, puede burlarse de sus esclavos enfurecidos. En estas circunstancias, Alejandro II ha creído oportuno convocar algo así como una asamblea de los estamentos. ¿Y si esta asamblea se convierte en un punto de inflexión en la historia de Rusia? ¿Y si los nobles insisten en su propia emancipación política como condición previa de cualquier concesión que hagan al zar en lo tocante a la emancipación de sus siervos?

[^1]: El Comité Principal para los asuntos campesinos, creado en San Petersburgo a comienzos de 1858 a partir del comité secreto que Alejandro II había formado el año anterior para preparar la reforma.
[^2]: El gran duque Constantino Nikoláievich (1827-1892), hermano de Alejandro II, que en realidad figuró entre los impulsores de la reforma.
[^3]: Los comités provinciales de nobles que, por los rescriptos imperiales de 1857-1858, debían elaborar proyectos de emancipación en cada provincia (*guberniya*).
[^4]: Se refiere al *obrok*, el tributo en dinero o en especie que el siervo pagaba a su señor y que le permitía trabajar por cuenta propia, a menudo en la ciudad.
[^5]: Los campesinos de las tierras del Estado, personalmente libres pero sujetos a tributos y a la administración estatal.
[^6]: Las reformas de Stein y Hardenberg, iniciadas con el edicto de octubre de 1807 tras la derrota de Prusia ante Napoleón.
