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Title: La locura del rey de Prusia, 23 de octubre (1858)
Description: Primera correspondencia de Marx desde Berlín para el New-York Daily Tribune sobre la locura de Federico Guillermo IV: los recuerdos que la delataban desde 1848, la comedia que la reina y la camarilla representaron en su nombre y la figura de la reina Isabel, «dulce madre del país» de la contrarrevolución.
Author: Karl Marx
Date: 1858-10-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20La%20locura%20del%20rey%20de%20Prusia%2C%2023%20de%20octubre
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*Escrito en inglés por Karl Marx (fechado en Berlín el 2 de octubre de 1858) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5462, del 23 de octubre de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción del* Tribune *publicada en marxists.org, cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 594-597), por la Escuela de marxismo, 2026. Es el primero de dos artículos con el mismo título; añadimos tras una coma la fecha de publicación en el* Tribune *para distinguirlos. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20The%20King%20of%20Prussia%27s%20Insanity%2C%20October%2023).*

Berlín, 2 de octubre de 1858

En uno de sus cuentos, el novelista alemán Hauff[^1] narra cómo toda una pequeña ciudad chismosa y amiga del escándalo se vio sacada una buena mañana de su habitual estado de autocomplacencia al descubrir que el primer dandi, el león, en suma, del lugar, no era más que un mono disfrazado. El pueblo prusiano, o parte de él, parece estar en este momento bajo la impresión, todavía menos agradable, de que durante todos estos veinte años pasados lo ha gobernado un loco. Por lo menos acecha en el ánimo del público la sospecha de que a los fieles «súbditos» prusianos se les ha hecho tragar una gran mistificación dinástica de este tipo. Desde luego no es, como quieren John Bull y sus hábiles redactores, la conducta del rey durante la guerra rusa lo que ha hecho nacer tales recelos. Su abstención de aquella farsa sangrienta se considera, al contrario, el acto político más cuerdo del que puede jactarse Federico Guillermo IV.[^2]

Si un hombre, en cualquier condición de la vida, por humilde que sea, resulta de pronto lo contrario de lo que se le creía, por lo general sus vecinos, furiosos y engañados, no dejan de hojear su historia, rebuscar viejas anécdotas, recordar cada vez que algo no iba bien en el sujeto, coser los raros retazos y los cabos sueltos del pasado y llegar por fin a la morbosa satisfacción de que deberían haberlo sabido desde siempre. Así, ahora se recuerda —y puedo atestiguar el hecho por conocimiento personal— que el doctor Jacobi,[^3] médico jefe del manicomio renano de Siegburg, fue llamado de repente a Berlín en mayo de 1848 por el señor Camphausen,[^4] entonces jefe del ministerio, para asistir al rey, que, según se dijo entonces, padecía una inflamación cerebral. El sistema nervioso de Su Majestad, según susurraban en círculos muy confidenciales los mirmidones del flamante gabinete, había quedado duramente sacudido por las jornadas de marzo, y sobre todo por la escena en que el pueblo lo puso cara a cara con los cuerpos de los ciudadanos muertos a consecuencia de un malentendido premeditado,[^5] obligándolo a descubrirse ante aquellos cadáveres ensangrentados y aún calientes e implorar su perdón. Que Federico Guillermo se repuso después no cabe duda, pero en modo alguno está claro que no haya quedado sujeto, como Jorge III,[^6] a recaídas periódicas. Algunas excentricidades ocasionales de su conducta se pasaron por alto con tanta mayor ligereza cuanto que se sabía que era muy dado a las libaciones que en otro tiempo enloquecían a las sacerdotisas de cierto dios de Tebas.[^7]

En octubre de 1855, sin embargo, cuando visitó la Prusia renana con el pretexto de colocar las primeras piedras del nuevo puente que había de construirse sobre el Rin en Colonia, corrieron extraños rumores sobre él. Con la cara encogida, las piernas flojas, el vientre abultado y una expresión de inquieta ansiedad en los ojos, parecía el espectro de lo que había sido. Mientras peroraba, titubeaba, tropezaba con sus propias palabras, perdía de vez en cuando el hilo de la frase y parecía en todo incómodo, mientras la reina, pegada a su lado, vigilaba con ansiedad todos sus movimientos. Contra sus costumbres de antes, no recibía a nadie, no hablaba con nadie y no iba a ninguna parte si no era en compañía de la reina, que se había vuelto inseparable de él. Tras su regreso a Berlín se filtraron de vez en cuando extraños rumores (*on dits*) sobre las agresiones físicas que, en súbitos arrebatos de cólera, había infligido a sus propios ministros, incluso a Manteuffel.[^8] Para adormecer la atención pública, se dijo que el rey padecía hidropesía. Después se hicieron cada vez más frecuentes las noticias de los percances que sufría en sus propios jardines de Sanssouci, unas veces hiriéndose un ojo contra un árbol, otras lastimándose una pierna contra una piedra, y ya a comienzos de 1856 se insinuaba aquí y allá que padecía ataques pasajeros de locura. Se decía sobre todo que se figuraba ser un suboficial que aún tenía que pasar la prueba de lo que en la jerga técnica del sargento instructor prusiano se llama *Übungsmarsche* [marchas de instrucción]. De ahí que soliera correr él solo carreras de mal agüero por sus parques de Sanssouci y Charlottenburg.

Estos y otros recuerdos de un período de diez años se están enlazando ahora con cuidado. ¿Por qué, se pregunta, no se le habría hecho pasar al pueblo prusiano durante todo ese tiempo a un demente por rey, si ahora se confiesa que, por lo menos durante los últimos dieciocho meses, se mantuvo en el trono a Federico Guillermo IV a pesar de su enfermedad mental, y si, a consecuencia de las disputas entre los miembros de la familia real, se han puesto públicamente al descubierto los juegos de manos que hacían en su nombre la reina y los ministros? En los casos de locura debida a reblandecimiento cerebral, los pacientes suelen gozar de intervalos lúcidos hasta el momento mismo de la muerte. Tal es el caso del rey de Prusia, y este carácter peculiar de su locura ha brindado las oportunidades adecuadas para los fraudes cometidos.

La reina, siempre vigilando a su marido, aprovechaba cada intervalo lúcido de su mente para mostrarlo al pueblo o hacerlo intervenir en actos públicos, y lo adiestraba para representar el papel que había de desempeñar. A veces sus cálculos se veían cruelmente frustrados. En presencia de la reina de Portugal, que, como recordarán ustedes, celebró su boda en Berlín *per procura*,[^9] el rey debía asistir públicamente a las ceremonias religiosas. Todo estaba listo, y ministros, ayudantes de campo, cortesanos, embajadores extranjeros y la propia novia lo esperaban, cuando de pronto, pese a los desesperados esfuerzos de la reina, lo asaltó la alucinación de creerse él mismo el novio. Algunas extrañas observaciones que dejó caer sobre su singular destino de volver a casarse en vida de su primera esposa y sobre la inconveniencia de que él (el novio) apareciera con uniforme militar no dejaron a quienes lo exhibían más salida que suspender el espectáculo anunciado.

La audacia de las operaciones de la reina puede deducirse del siguiente incidente. Existe aún en Potsdam una vieja costumbre según la cual los pescadores pagan una vez al año al rey un antiguo tributo feudal en pescado. En esa ocasión la reina, para probar a los hombres del pueblo la falsedad de los rumores que entonces circulaban libremente sobre el estado de la mente real, se atrevió a invitar a los principales de ellos a una comida de pescado presidida por el propio rey. La comida, en efecto, transcurrió bastante bien: el rey murmuró unas palabras aprendidas de memoria, sonrió y, en conjunto, se comportó como es debido. La reina, temiendo que se estropeara una escena tan bien montada, se apresuró a dar a los invitados la señal de retirarse, cuando de pronto el rey se levantó y con voz de trueno exigió que lo pusieran en la sartén. El cuento árabe del hombre convertido en pez se hizo realidad en él. Fue precisamente por indiscreciones así —y arriesgarse a ellas era una de las necesidades del juego de la reina— por lo que la comedia se vino abajo. No necesito decir que ningún revolucionario habría podido inventar mejor método para desacreditar la realeza. La propia reina, princesa bávara[^10] y hermana de la tristemente célebre Sofía de Austria[^11] (la madre de Francisco José), nunca había sido sospechosa para el gran público de ser la cabeza de la camarilla de Berlín. Antes de 1848 se la conocía por el nombre de la «dulce madre del país» (*die milde Landesmutter*), se suponía que no ejercía ninguna influencia pública y que, por la inclinación natural de su espíritu, permanecía del todo ajena a la política. Había algunas murmuraciones sobre su supuesto catolicismo secreto y algunas burlas por su jefatura suprema de la mística Orden del Cisne, fundada en su honor por el rey,[^12] pero esa era toda la provisión de maledicencias públicas que tuvo que soportar. Tras la victoria del pueblo en Berlín, el rey apeló a su indulgencia en nombre de la «dulce madre del país», y la apelación no cayó en saco roto entre su auditorio. Desde la contrarrevolución, sin embargo, la estima pública por la hermana de Sofía de Austria ha sufrido un cambio paulatino. La persona en cuyo nombre se había obtenido la magnanimidad del pueblo victorioso resultó hacer oídos sordos a las madres y hermanas cuyos hijos y hermanos habían caído en manos de la contrarrevolución victoriosa. Mientras la «dulce madre del país» parecía consentir la broma monárquica de hacer fusilar en Saarlouis a unos pobres milicianos (*Landwehrleute*) el día del cumpleaños del rey de 1850,[^13] en un momento en que el crimen cometido por aquellos hombres, el de defender los derechos del pueblo, parecía ya olvidado, todo su caudal de religiosidad sentimental lo gastaba en homenajes públicos a las tumbas de los soldados caídos en su ataque contra el pueblo desarmado de Berlín y en actos semejantes de ostentación reaccionaria. Sus violentas disputas con la princesa de Prusia[^14] se convirtieron también poco a poco en tema de comentario público, pero parecía muy natural que ella, que no tenía hijos, guardara rencor a la altiva esposa del sucesor legítimo del rey. Volveré sobre el asunto.

[^1]: Wilhelm Hauff (1802-1827), escritor alemán. El cuento es «Der junge Engländer» («El joven inglés», también conocido como «El mono como hombre»).
[^2]: Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840. Desde octubre de 1857, por su enfermedad, lo sustituía su hermano Guillermo, príncipe de Prusia.
[^3]: Maximilian Jacobi (1775-1858), psiquiatra, director del manicomio de Siegburg, cerca de Bonn.
[^4]: Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero renano, jefe del gobierno liberal prusiano de marzo a junio de 1848.
[^5]: Tras los combates de barricadas del 18 y 19 de marzo de 1848 en Berlín, la multitud llevó los cadáveres de los caídos al patio del palacio real y obligó al rey a descubrirse ante ellos. Los combates habían empezado con dos disparos de la tropa contra la multitud reunida ante el palacio, que el gobierno presentó como un malentendido.
[^6]: Jorge III (1738-1820), rey de Gran Bretaña desde 1760, que sufrió repetidos ataques de locura.
[^7]: Las bacantes o ménades, sacerdotisas de Dioniso (Baco), dios del vino, nacido según el mito en Tebas.
[^8]: Otto von Manteuffel (1805-1882), jefe del gobierno prusiano de 1850 a 1858.
[^9]: Estefanía de Hohenzollern-Sigmaringen (1837-1859) se casó por poderes en Berlín, en abril de 1858, con el rey Pedro V de Portugal.
[^10]: Isabel Luisa de Baviera (1801-1873), esposa de Federico Guillermo IV.
[^11]: Sofía de Baviera (1805-1872), archiduquesa de Austria, madre del emperador Francisco José y figura influyente en la corte vienesa.
[^12]: Federico Guillermo IV restableció en 1843 la medieval Orden del Cisne como asociación de beneficencia.
[^13]: La Landwehr era la milicia de reservistas del ejército prusiano. El cumpleaños de Federico Guillermo IV era el 15 de octubre.
[^14]: Augusta de Sajonia-Weimar (1811-1890), esposa del príncipe Guillermo de Prusia, hermano y heredero del rey.
