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Title: Mazzini y Napoleón (1858)
Description: Artículo de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la carta abierta de Mazzini a Napoleón III: el jefe de los formalistas republicanos, que solo miraba la forma política del Estado, desciende por fin a las realidades económicas del Segundo Imperio, y Marx recuerda que todo progreso de la historiografía moderna ha venido de bajar de la superficie política a las profundidades de la vida social.
Author: Karl Marx
Date: 1858-03-30
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Mazzini%20y%20Napole%C3%B3n
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 30 de marzo de 1858 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5321, del 11 de mayo de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 420-424), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen tres erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Mazzini%20und%20Napoleon).*

El señor Mazzini ha dirigido hace poco al emperador francés una carta que, desde el punto de vista literario, tiene que ocupar sin duda el primer lugar entre sus escritos.[^1] Quedan pocas huellas de aquel patetismo falso, aquella grandeza ampulosa y aquella prolijidad, aquel misticismo profético tan característicos de muchos de sus escritos y que encarnan en cierto modo los rasgos peculiares de la escuela de la literatura italiana que él fundó. Se advierte también una ampliación de sus ideas. Mazzini aparecía hasta ahora como el jefe de los formalistas republicanos de Europa. Interesados exclusivamente en la forma política del Estado, no tenían ojos para la organización de la sociedad sobre la que descansa la superestructura política. Ufanos de un falso idealismo, consideraban indigno de ellos informarse de los hechos económicos. Nada hay más fácil que ser idealista a costa de otros. Un hombre ahíto puede muy bien arrugar la nariz ante el materialismo de los hambrientos que piden pan vulgar en lugar de ideas sublimes. A los triunviros de la República Romana de 1848,[^2] que dejaron a los campesinos de la Campaña en un estado de esclavitud mucho peor que el de sus antepasados de la Roma imperial, les venía muy bien poder explayarse sobre la degradación intelectual del campo.

Todo progreso real en la historiografía moderna se ha logrado descendiendo de la superficie política a las profundidades de la vida social. Al investigar las distintas fases de desarrollo de la propiedad de la tierra en la antigua Roma, Dureau de La Malle[^3] ha dado la clave de los destinos de aquella ciudad conquistadora del mundo, al lado de la cual las consideraciones de Montesquieu sobre su grandeza y su decadencia[^4] parecen casi la declamación de un colegial. El venerable Lelewel,[^5] con su laboriosa investigación de las condiciones económicas que convirtieron al campesino polaco de hombre libre en siervo, ha contribuido más a aclarar el sojuzgamiento de su patria que todo el enjambre de escritores cuyo capital intelectual se reduce a una denuncia de Rusia. También el señor Mazzini se digna ahora detenerse en las realidades sociales, en los intereses de las distintas clases, en la exportación y la importación, en los precios de los artículos de primera necesidad, en los alquileres y en otras cosas tan vulgares; quizá le haya impresionado la gran sacudida, si no mortal, que ha recibido el Segundo Imperio, no de los manifiestos de los comités democráticos, sino de la crisis comercial que empezó en Nueva York para extenderse al mundo entero. Solo cabe esperar que no se quede en este punto, sino que, libre de falso orgullo, pase a reformar todo su catecismo político a la luz de la ciencia económica. Su carta a Luis Napoleón empieza con esta vigorosa interpelación:

> «Se acerca la hora en que se cumplirá su destino; la marea imperial está visiblemente en reflujo. También usted lo siente. Todas las medidas que ha tomado en Francia desde el 14 de enero, todas esas notas y requerimientos diplomáticos que desde aquel día fatal ha esparcido a los cuatro vientos, delatan la inquietud del terror. Un sentimiento de la más violenta angustia mortal, que recuerda los tormentos de Macbeth, le roe el alma y se manifiesta en todo lo que hace o dice. Un presentimiento se le insinúa en lo más hondo: que se acerca la *summa dies et ineluctabile fatum*.[^6] El "señor de Glamis, señor de Cawdor y rey"[^7] —el pretendiente, el presidente y el usurpador— están juzgados. El hechizo se ha roto. La conciencia de la humanidad se ha despertado, le mira fijamente, implacable, le desafía, examina con cuidado sus actos y le pide cuentas de sus promesas. Desde este momento su destino está sellado. Puede que viva todavía meses; años, ya no».

Después de anunciar así el hundimiento del Segundo Imperio, Mazzini compara la situación económica actual de Francia con las ardientes promesas de prosperidad general de Napoleón:

> «Cuando se apoderó ilegalmente del poder, prometió, como en expiación de su origen, conducir a la paz a la Francia inquieta, agitada y agitadora. ¿Encarcelar, amordazar, desterrar es *gobernar*? ¿Es el gendarme un maestro? ¿Es el soplón un apóstol de la moralidad y de la confianza mutua? Dijo al campesino francés inculto que con su Imperio empezaría para él una nueva era y que las cargas bajo las que gime desaparecerían todas, una tras otra. ¿Ha desaparecido siquiera *una*? ¿Puede mostrar una sola mejora en su suerte, se ha suprimido un solo elemento de la tributación? ¿Puede explicar cómo es que el campesino se inscribe ahora en la Marianne?[^8] ¿Puede negar que la absorción de los fondos antes destinados a la agricultura por los canales de la especulación industrial que usted ha abierto ha privado al labrador de la posibilidad de obtener anticipos para comprar aperos y mejorar la tierra? Cebó al obrero extraviado declarando que sería el *empereur du peuple*, una especie de Enrique IV remozado, que le daría trabajo constante, salarios altos y *la poule au pot*.[^9] ¿No está precisamente ahora algo cara *la poule au pot* en Francia? ¿No están aún más caros el alquiler y algunas de las cosas más necesarias para vivir? Ha trazado, derribado y reconstruido calles nuevas, nuevas vías de comunicación, proyectadas según las necesidades estratégicas de su política de opresión. ¿Pero pertenece la mayoría de la clase obrera al favorecido ramo de la construcción? ¿Puede poner patas arriba París y las principales ciudades de provincias indefinidamente para procurar al *prolétaire* una fuente de trabajo y de ganancia? ¿Puede siquiera soñar con hacer de un recurso tan artificial y pasajero un sustituto del progreso regular y normal y de la producción remuneradora? ¿Tiene ahora la demanda de productos un nivel satisfactorio? ¿No están ahora en París sin trabajo tres quintas partes de los ebanistas, carpinteros y mecánicos? A la burguesía, fácil de asustar y fácil de embelesar, le susurró al oído sueños fantásticos, esperanzas de una actividad industrial duplicada, de nuevas fuentes de beneficio, del Eldorado de una exportación animada y de un tráfico internacional. ¿Dónde están? Con usted, el estancamiento pesa sobre la vida creadora de Francia, los pedidos comerciales disminuyen, el capital empieza a retirarse. Como el bárbaro, taló el árbol para coger la fruta. Ha atizado artificialmente una especulación salvaje, inmoral, que todo lo promete y nada cumple; con proyectos gigantescos, hinchados, anunciados a bombo y platillo, atrajo a París los ahorros de los pequeños capitalistas de los cuatro rincones de Francia y los sustrajo a las únicas fuentes verdaderas y permanentes de la riqueza nacional: la agricultura, el comercio y la industria. Esos ahorros fueron devorados, desaparecieron en manos de unas pocas docenas de grandes especuladores; se derrocharon sin medida en lujo improductivo o se pusieron a salvo en el extranjero, sin ruido y con cautela —podría citar a miembros de su familia—. La mitad de esos proyectos se ha hundido en el olvido y en la nada. Algunos de sus autores viajan por el extranjero, por precaución. Se encuentra frente a una burguesía descontenta, todos sus recursos normales están agotados, sobre usted pesa la pesadilla de haber gastado unos quinientos millones de francos en obras públicas improductivas en todas las ciudades importantes de Francia; tiene un déficit patente de trescientos millones en su último presupuesto; la ciudad de París está extraordinariamente endeudada; y no puede mostrar ninguna salida, salvo un nuevo empréstito de ciento sesenta millones, y no en su nombre —no tendría éxito—, sino en el del propio consejo municipal, y para cubrir los intereses habría que llevar las barreras del odiado *octroi*[^10] hasta las fortificaciones exteriores. El remedio pesará gravemente sobre la clase obrera y pondrá en su contra a los arrabales hasta ahora adictos. Ha llegado al fin de sus invenciones artificiales; en adelante, todo lo que emprenda para dominar las dificultades financieras de su situación será un paso más en el descenso a la ruina. Hasta ahora ha vivido de una serie ilimitada de empréstitos y créditos; ¿pero dónde está su garantía de que se le prolongue el crédito? Roma y Napoleón saquearon un mundo; usted no tiene más que Francia para saquear. Los ejércitos de Roma y de Napoleón vivían de la conquista; el suyo no puede. Podrá soñar con la conquista, pero no puede ni se atreve a lanzarse a ella. Los dictadores romanos y su tío mandaban ejércitos conquistadores; por mucho que le gusten los uniformes de gala dorados, dudo de su capacidad para mandar siquiera unos cuantos batallones concentrados».

De las perspectivas materiales del Segundo Imperio, Mazzini pasa a las morales y, naturalmente, se siente algo consternado al resumir las pruebas de que la libertad no viste la librea bonapartista. La libertad, no solo en sus formas corporales, sino en su alma misma, en su vida intelectual, se ha encogido al contacto vulgar de estos resurreccionistas de una época pasada. En consecuencia, los representantes de la Francia intelectual, que no se han distinguido en modo alguno por una excesiva delicadeza de conciencia política y que nunca han dejado de agruparse en torno a cualquier régimen, desde el regente hasta Robespierre, desde Luis XIV hasta Luis Felipe, desde el Primer Imperio hasta la Segunda República, se han apartado en masa, por primera vez en la historia de Francia, de un gobierno establecido.

> «De Thiers a Guizot, de Cousin a Villemain, de Michelet a Jean Reynaud, la Francia intelectual retrocede ante su contacto mancillador. Sus hombres son Veuillot, el defensor de la noche de San Bartolomé y de la Inquisición, Granier de Cassagnac, el valedor de la esclavitud de los negros, y otros de su calaña. Para encontrar a un hombre digno de apoyar su folleto dirigido a Inglaterra, ha tenido que buscar a uno que es renegado del legitimismo y renegado del republicanismo».[^11]

Mazzini da luego con el verdadero significado de los sucesos del 14 de enero al declarar que los proyectiles que no alcanzaron al emperador atravesaron el Imperio y dejaron al descubierto la vaciedad de sus jactancias.

> «Hace muy poco presumía ante Europa de poseer el corazón de Francia, que, tranquila, feliz e inquebrantable, lo alababa como su salvador. Pasaron unos meses, se oyó la explosión de la calle Le Peletier, y ahora, tras siete años de dominio ilimitado, declara con sus medidas de represión salvajes y precipitadas, con sus llamamientos a Europa, mitad amenazadores, mitad suplicantes, con el despiece militar del país que ha llevado a cabo, con un espadón en el Ministerio del Interior, con un ejército abrumador y concentrado, tras haber purgado las filas nacionales de todos los hombres dirigentes temidos, que no puede vivir y reinar si Francia no se convierte en una inmensa Bastilla y Europa en una simple comisaría de la policía imperial... Sí, el Imperio ha resultado ser una mentira. Usted, señor, lo formó a su imagen. Con la excepción de Talleyrand, nadie en Europa ha mentido más que usted en los últimos cincuenta años; y *ese* es el secreto de su poder pasajero».

A continuación se recapitulan las mentiras del salvador de la sociedad desde 1831, cuando se unió al movimiento insurreccional de la población romana contra el papa como a «una causa santa», hasta 1851, cuando, pocos días antes del *coup d'état*, dijo al ejército: «No les pediré nada que vaya más allá de mi derecho, reconocido por la Constitución», y hasta el mismo 2 de diciembre, cuando el resultado final de sus proyectos de usurpación estaba todavía indeciso y proclamó que «era su deber proteger la república». Y, por último, Mazzini le dice a Napoleón sin rodeos que sin Inglaterra la revolución lo habría vencido hace mucho tiempo. Después de refutar la afirmación de Napoleón de haber fundado la alianza entre Francia e Inglaterra, termina con estas palabras:

> «Diga lo que diga la diplomacia hipócrita y fingida, usted, señor, está ahora solo en Europa».

[^1]: Giuseppe Mazzini, *Lettera a Luigi Napoleone* (Londres, 1858), publicada también en inglés en la prensa de Londres.

[^2]: Mazzini, Carlo Armellini y Aurelio Saffi, que gobernaron la República Romana proclamada en febrero de 1849.

[^3]: Adolphe Dureau de La Malle (1777-1857), autor de una *Économie politique des Romains* (1840).

[^4]: Montesquieu, *Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence* (1734).

[^5]: Joachim Lelewel (1786-1861), historiador y revolucionario polaco, emigrado tras la insurrección de 1830-1831.

[^6]: «El día supremo y el destino ineludible» (Virgilio, *Eneida*, II, 324).

[^7]: Shakespeare, *Macbeth*, acto I, escena 3.

[^8]: Sociedad secreta republicana francesa, difundida sobre todo en el campo.

[^9]: «La gallina en el puchero»: el deseo atribuido a Enrique IV de que todo campesino pudiera comerla los domingos.

[^10]: Impuesto municipal de consumos sobre las mercancías que entraban en la ciudad.

[^11]: El folleto *Napoléon III et l'Angleterre* (1858), atribuido a Louis de La Guéronnière.
