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Title: Signos de los tiempos (1858)
Description: Correspondencia de Marx desde París para el New-York Daily Tribune sobre el proceso de Orsini y el doble juego de Bonaparte, que le arrancó con falsas promesas una carta útil contra Austria antes de mandarlo a la guillotina, las detenciones en masa y la conducta de los oficiales de Chalon, primer síntoma del descontento del ejército.
Author: Karl Marx
Date: 1858-03-11
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1858%20Signos%20de%20los%20tiempos
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*Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 11 de marzo de 1858) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5285, del 30 de marzo de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 407-411), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1858%20Zeichen%20der%20Zeit).*

París, 11 de marzo de 1858

En Chalon-sur-Saône hubo el sábado 6 de marzo por la noche un levantamiento republicano de poca monta; el miércoles 10 de marzo por la noche se celebró en esa ciudad una reunión de sediciosos; desde el 24 de febrero, décimo aniversario de la revolución de Febrero, se practican detenciones en masa tan al estilo de las razias argelinas que, como dice el *Punch* de Londres, pronto no quedarán en Francia más que dos clases, presos y carceleros; ha aparecido un folleto oficioso, *Napoleón III e Inglaterra*, y al mismo tiempo el *Moniteur* ha publicado extractos de la correspondencia de Napoleón I; y, por último, medio París ha estado en pie para asegurarse un sitio de espectador en la ejecución de Orsini,[^1] que todavía no se ha producido. Si se empieza por el último plato de este menú del Imperio, hay que observar que, por una coincidencia de circunstancias no generalmente conocida, la cuestión del «traslado a la eternidad» de Orsini, como dice la cínica expresión *cockney*, ha tomado proporciones aún más funestas que la ejecución de los amotinados de Buzançais en tiempos de Luis Felipe.[^2] En aquel caso se alzó en el pueblo una tempestad de indignación, porque aquel acto sangriento, aunque se hizo por vía judicial y con todas las formalidades del derecho francés, dejó al descubierto los rasgos más odiosos del hipócrita régimen de Luis Felipe. Al duque de Praslin se le había recetado veneno para ahorrarle la vergüenza de una muerte de criminal,[^3] mientras que estos *émeutiers*[^4] de la miseria, campesinos medio muertos de hambre que habían cometido un homicidio en un tumulto provocado por la exportación de grano, fueron entregados sin piedad al verdugo. Orsini, en cambio, ha confesado virilmente su participación en el atentado y ha asumido toda la responsabilidad. Ha sido condenado conforme a la ley y, por mucha simpatía que sienta por él la masa de la población de París, en su condena no hay en sí nada que pueda perjudicar especialmente al Segundo Imperio. Pero las circunstancias que acompañan al asunto cambian por completo su aspecto. Durante todo el proceso, la curiosidad de París se vio excitada por la extraordinaria manera de conducirlo, sin ejemplo en los anales de los procesos políticos de Francia.

En el escrito de acusación se emplearon términos suaves y moderados. A los hechos sacados a la luz por el *juge d'instruction*[^5] solo se aludió de un modo vago, mientras que los largos y repetidos interrogatorios de la policía, que en tales procesos suelen tener un papel principal, se dejaron de lado por completo. Cuanto menos se hablara de ellos, mejor: tal parecía ser la opinión dominante. Por primera vez se trató decentemente a un acusado en un tribunal imperial. No hubo, como dice un testigo presencial, «prácticamente ninguna amenaza, intimidación ni intento de soltar discursos declamatorios». A Jules Favre,[^6] el abogado de Orsini, ni siquiera se le llamó al orden cuando se atrevió a dar rienda suelta a sus sentimientos con estas palabras:

> «Odio la violencia cuando no está consagrada al servicio del derecho. Si hubiera una nación tan desdichada que se encontrara en manos de un déspota, el puñal no rompería sus cadenas. Dios conoce y cuenta las horas de debilidad del déspota, y reserva a los tiranos catástrofes más ineludibles que el puñal del asesino».

Tampoco el murmullo de aprobación que siguió dio ocasión al presidente, el señor Delangle,[^7] para intervenir indignado conforme a la ley. Y no era eso todo. Se había filtrado que la carta que Orsini había escrito al emperador la había llevado el propio Jules Favre a las Tullerías y que el emperador la había examinado, que habría tachado dos frases y dado permiso para publicarla. Pero apenas se dictó la sentencia contra Orsini, se lo trató con la mayor dureza y, cuando pidió permiso para «poner en orden sus papeles», se le respondió poniéndole en el acto la *camisole de force*.[^8]

Es evidente, pues, que aquí se ha jugado un doble juego infernal. Orsini tenía revelaciones que hacer —y se las había hecho a Pietri—[^9] sobre la participación de Napoleón en el movimiento carbonario y sobre las promesas firmes que, incluso después del *coup d'état*, cuando todavía dudaba sobre el rumbo que había de seguir, había hecho a los patriotas italianos. Para que Orsini se interesara en moderarse y evitar así un gran escándalo público, se le hicieron promesas de indulto que nadie pensó nunca en cumplir. Este modo de proceder no es nuevo en los anales del Segundo Imperio. El lector recordará quizá el proceso de Berryer,[^10] hijo del célebre abogado francés y legitimista. Lo que entonces se discutía eran unos fraudes relacionados con una sociedad por acciones, los Docks Napoléon. Pues bien, Berryer padre tenía un brazado de documentos que probaban que el príncipe Napoleón y la princesa Matilde[^11] se habían lucrado en gran escala con los mismos chanchullos que habían llevado a su hijo al banquillo. Si Berryer, el mayor maestro de la oratoria francesa —un arte que depende por entero del movimiento, del tono, de los ojos y de los gestos del orador, y que convierte en llamas elocuentes, en descargas eléctricas, cuando se oyen, palabras que parecen apagadas cuando se ven impresas—, si él hubiera sacado y comentado esos documentos, el trono imperial se habría tambaleado. Por consiguiente, se le indujo a abstenerse: intervinieron los más allegados al emperador y le ofrecieron, al precio de su silencio, la absolución segura de su hijo. Accedió, el hijo fue condenado, y padre e hijo quedaron engañados. La misma maniobra se ha repetido con igual éxito en el caso de Orsini. Pero no es eso todo. No solo se le indujo a ahorrar a Bonaparte un escándalo terrible, sino también a romper su silencio y comprometerse en interés de Bonaparte. Se le insinuaron las inclinaciones secretas del emperador en favor de la libertad de Italia y así se le llevó a escribir su carta. Luego se representó la escena con Jules Favre. La carta de Orsini se reprodujo en el *Moniteur*. Con ello se quería asustar a Austria, mostrándole inequívocamente hasta qué punto Bonaparte sigue siendo capaz de dirigir las aspiraciones patrióticas de los italianos, para que se mostrara dócil a las exigencias de Bonaparte. A Austria incluso se la ofendió. La cabeza de Orsini ha de aplacar su enojo y, a cambio, Austria ha de hacerse todavía más odiosa en Italia y ahogar los débiles gérmenes de la libertad de prensa en Viena. Esta es, sea acertada o no, la interpretación general que se da al caso Orsini.

En cuanto a la *émeute* de Chalon, no es más que un síntoma de advertencia. Aunque toda virilidad se hubiera extinguido en Francia, la gente se sublevaría por puro instinto de conservación. Morir en una lucha callejera o pudrirse en Cayena: tal es la alternativa que les queda. Los pretextos con que se practican las detenciones —y toda detención puede llevar a Cayena, como todos los caminos llevan a Roma— pueden ilustrarse con un solo caso. Es sabido que hace algún tiempo fueron detenidos tres juristas de París. El tribunal, o más bien el colegio de abogados, tomó cartas en el asunto y se dirigió al ministro de Justicia; la respuesta fue que no podían darse explicaciones, pero que aquellos tres señores habían sido detenidos por «intrigas y maquinaciones» durante las elecciones de París de hacía diez meses.[^12] Si la *émeute* de Chalon responde, pues, evidentemente al curso natural de las cosas, la conducta que en esta ocasión mostraron los oficiales de la guarnición casa mal con los feroces mensajes que el ejército francés tuvo que enviar por orden al *Moniteur*. Los cuarteles están en la orilla derecha del Saona, mientras que los oficiales viven sobre todo en la orilla izquierda, donde se produjo el levantamiento. En lugar de correr a ponerse al frente de sus hombres para defender el Imperio, dieron prudentemente algunos pasos diplomáticos para averiguar si se había proclamado o no la república en París. Ni siquiera el *Moniteur* se atreve a ocultar del todo el hecho. Escribe:

> «*Los oficiales de la guarnición, que habían acudido a la subprefectura* para *informarse* de los rumores que ya circulaban, se abrieron paso espada en mano».

La *Patrie* intenta tergiversar el penoso incidente escribiendo que aquellos oficiales tan deseosos de saber querían «detener al subprefecto, en caso de que se pusiera del lado de la república»; pero lo cierto es que corrieron a ver al subprefecto para preguntarle si era verdad que en París se había proclamado la república. Solo cuando lo negó creyeron oportuno mostrar su celo profesional. Castellane ya ha salido de Lyon para investigar su conducta. En una palabra, el ejército da síntomas de descontento. La manera en que se exhibió al ejército en el *Moniteur* y se le hizo objeto de las risas de toda Europa, para dejarlo luego simplemente de lado por complacer a John Bull; su despiece en cinco ejércitos, que Bonaparte llevó a cabo por miedo a tener que poner su mando supremo en manos de Pélissier, que ahora se ha enfriado con su amo; las cartas despectivas con que Changarnier y Bedeau[^13] han rechazado el permiso de regresar a Francia; el ascenso a un puesto de confianza extraordinario de Espinasse, a quien se detesta en los cuarteles desde el asunto de la Dobrudja; y, por último, ese oscuro presentimiento de un próximo cambio de marea que siempre ha distinguido a las bayonetas pensantes de Francia: todo ello ha contribuido a enajenar a los calculadores jefes del ejército. Junto al asunto de Chalon, la conducta del general Mac-Mahon[^14] en el Senado francés da testimonio de este cambio singular y bastante inesperado. Sus observaciones sobre la *loi des suspects*[^15] fueron muy francas, y su voto fue el único en contra entre los lacayos galoneados de Bonaparte.

[^1]: Felice Orsini (1819-1858), revolucionario italiano, autor del atentado con bombas contra Napoleón III del 14 de enero de 1858. Fue condenado a muerte el 26 de febrero y guillotinado el 13 de marzo de 1858.

[^2]: En enero de 1847, durante la carestía, los campesinos de Buzançais (Indre) asaltaron los graneros y mataron a un propietario; tres de ellos fueron guillotinados en abril de 1847.

[^3]: El duque de Choiseul-Praslin, par de Francia, asesinó a su mujer en agosto de 1847 y murió envenenado en prisión antes del juicio ante la Cámara de los Pares; se dijo entonces que se le había facilitado el veneno.

[^4]: «Amotinados».

[^5]: «Juez de instrucción».

[^6]: Jules Favre (1809-1880), abogado y político republicano.

[^7]: Claude Alphonse Delangle (1797-1869), primer presidente del tribunal imperial de París, que presidía el tribunal de lo criminal en este proceso; poco después, ministro del Interior y de Justicia.

[^8]: «Camisa de fuerza».

[^9]: Pierre-Marie Pietri (1809-1864), prefecto de policía de París hasta marzo de 1858.

[^10]: Pierre-Antoine Berryer (1790-1868), abogado, orador y diputado legitimista.

[^11]: Napoleón José Carlos Bonaparte, el príncipe Napoleón (1822-1891), y su hermana Matilde (1820-1904), primos de Napoleón III.

[^12]: Las elecciones al Cuerpo Legislativo de junio de 1857, en las que París eligió a varios diputados republicanos.

[^13]: Nicolas Changarnier (1793-1877) y Marie-Alphonse Bedeau (1804-1863), generales desterrados tras el golpe de Estado de 1851.

[^14]: Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), general, más tarde mariscal y presidente de la República.

[^15]: «Ley de sospechosos»: la ley de seguridad general de febrero de 1858, que permitía internar o deportar sin juicio a los condenados políticos anteriores.
