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Title: El congreso de paz proyectado, 23 de abril (1859)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune: la presteza con que Luis Napoleón aceptó un congreso europeo sobre la cuestión italiana solo busca ganar el tiempo que Francia necesita para movilizar su ejército, más lento que el austriaco, y que Rusia necesita para preparar su revancha contra Austria; un análisis preciso de la formación de los cuartos batallones franceses y de la movilización austriaca.
Author: Friedrich Engels
Date: 1859-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20El%20congreso%20de%20paz%20proyectado%2C%2023%20de%20abril
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels a comienzos de abril de 1859 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5618, del 23 de abril de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 287-291), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Der beabsichtigte Friedenskongreß»), con la fecha de publicación añadida para distinguirlo del artículo homónimo de Marx. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Der%20beabsichtigte%20Friedenskongre%C3%9F%2C%2023.%20April).*

La presteza con que Luis Napoleón aceptó la propuesta de convocar un congreso para deliberar sobre la cuestión italiana[^1] era más de mal agüero que favorable a la paz de Europa. Cuando un monarca cuyos actos, durante los últimos seis meses, se han dirigido inequívocamente a la guerra da de repente un brusco giro y presta enseguida su consentimiento a una propuesta que aparentemente tiene por objeto mantener la paz, nuestra primera conclusión es que entre bastidores ocurren cosas que, si se conocieran, quitarían a su proceder la apariencia de incoherencia. Eso es lo que sucede también con el congreso europeo. Lo que a primera vista parecía un intento de mantener la paz resulta ser ahora un nuevo pretexto para ganar tiempo y completar los preparativos de guerra. El congreso apenas acaba de proponerse, y mientras no se ha decidido nada todavía sobre el lugar ni sobre las bases de la negociación, mientras la reunión, si es que llega a celebrarse, queda aplazada por lo menos hasta finales de abril, el ejército francés ha recibido la orden de reforzar cada regimiento con un cuarto batallón y de poner en pie de guerra seis divisiones francesas. Son hechos que merecen examinarse más de cerca.

La infantería francesa se compone, aparte de los cazadores, los zuavos, la Legión Extranjera, las tropas indígenas argelinas y otros cuerpos especiales, de ocho regimientos de la Guardia y cien regimientos de línea. Estos cien regimientos de línea tienen en tiempo de paz tres batallones cada uno, dos para el servicio activo y uno de depósito. La fuerza de un regimiento oscila, pues, entre 1.500 y 1.800 combatientes. Tiene además otros tantos soldados con licencia, si no más, a los que se llama enseguida a filas cuando el regimiento pasa al pie de guerra. En ese caso, los tres batallones juntos suman de 3.600 a 4.000 hombres. Si se descuentan de ellos de 500 a 600 hombres para el batallón de depósito, los dos batallones activos tendrían una fuerza de 1.500 a 1.700 hombres cada uno y resultarían, por tanto, sumamente pesados. Para hacer realmente utilizables a todos estos soldados instruidos es preciso, pues, formar enseguida en cada regimiento un nuevo batallón activo, con lo que la fuerza del batallón, la unidad táctica, queda reducida a unos 1.000 hombres, cifra media que se ha impuesto ahora en la mayoría de los ejércitos europeos. La formación de los cuartos batallones es por eso una condición necesaria para poner el ejército francés en pie de guerra y la única manera de dotarlo de los cuadros necesarios para poder encuadrar el número disponible de soldados instruidos. Esta circunstancia da a la formación de esos cuartos batallones una importancia especial: significa que se ha establecido la disposición para la guerra. La manera de formarlos es muy sencilla. Las compañías 5.ª y 6.ª de los tres batallones existentes (cada uno de los cuales tiene seis compañías) se reúnen en un cuarto batallón, mientras de las cuatro compañías restantes se sacan los oficiales y soldados necesarios para formar dos nuevas compañías en cada batallón. El nuevo batallón pasa al depósito, mientras el tercero se transforma en batallón activo. Contando la Guardia, los cazadores y otros cuerpos especiales, el número de batallones del ejército francés será entonces de unos 480, número suficiente para encuadrar unos 500.000 hombres; y si eso no bastara, los cuartos batallones podrían transformarse en batallones activos y sustituirse en los depósitos por quintos batallones de nueva formación. Este procedimiento se aplicó de hecho hacia el final de la guerra de Rusia,[^2] cuando el ejército contaba 545 batallones.

Que este paso del Gobierno francés no significa en realidad otra cosa que la disposición inmediata para la guerra lo demuestra otra medida que le siguió inmediatamente. Seis divisiones recibieron la orden de pasar al pie de guerra, es decir, de llamar a quienes estaban con licencia. Una división de infantería francesa se compone de cuatro regimientos, o dos brigadas de línea, y un batallón de cazadores a pie, es decir, de trece batallones en total con unos 14.000 hombres. Aunque no se especifican las seis divisiones, no es difícil adivinar a cuáles va dirigida la orden. Están en primer lugar las cuatro divisiones que se hallan ya en el Ródano, entre ellas la división del general Renault,[^3] que acaba de volver de Argelia; luego la división de Bourbaki,[^4] que tiene ahora orden de embarcar en Argelia; y por último una división del ejército de París que, según las noticias, ha recibido la orden de estar preparada para partir de inmediato. Estas seis divisiones suman unos 85.000 hombres de infantería, que junto con la artillería, la caballería y el tren necesarios formarían un ejército de algo más de 100.000 hombres, que puede considerarse el núcleo del ejército de Italia en la próxima campaña.

Ante el clamor general por la paz en Francia, la violenta agitación nacional y antifrancesa en Alemania y la actitud de Inglaterra, Luis Napoleón parece haber vacilado en dar un paso como la movilización de su ejército sin dar al mismo tiempo la impresión de que no estaba resuelto irrevocablemente a la guerra, sino que se conformaría con cualquier mejora de la situación en Italia que pudiera lograrse por medio de un congreso. Una ojeada a la historia de los preparativos militares confirma esta opinión y aporta nuevas pruebas de que esta maniobra de engaño entraba en sus planes.

Después de que la recepción de Año Nuevo en las Tullerías mostrara que su intención era provocar dificultades con Austria, empezó enseguida una especie de carrera de armamentos entre Francia y Cerdeña, por un lado, y Austria, por el otro. Pero enseguida se vio que la ventaja estaba del lado de Austria. Con una rapidez asombrosa se lanzó a Italia, en pocos días, todo un cuerpo de ejército. Cuando las noticias de concentraciones de tropas francesas y sardas tomaron un carácter aún más amenazador, los soldados con licencia del ejército austriaco de Italia fueron llamados en tres semanas y reincorporados a sus regimientos; al mismo tiempo se llamó también a filas a los licenciados y a los reclutas de las provincias italianas y se los envió a las guarniciones de sus respectivos cuerpos en el interior del país. Todo esto se hizo con una calma y una rapidez que son la mejor prueba de la perfección del sistema militar austriaco y de la excelente capacidad del ejército austriaco. Los austriacos, conocidos antes por su lentitud, su pedantería y su inmovilidad, habían demostrado ya de manera muy impresionante, por el modo en que Radetzky empleó sus tropas, que también sabían hacerlo de otra manera; pero un funcionamiento tan suave del mecanismo y una puesta a punto en un plazo tan corto difícilmente podían esperarse. Aquí no hacían falta nuevas formaciones de tropas; bastaba con completar los batallones activos de Italia, mientras la transformación de los batallones de depósito en batallones activos y la organización de nuevos depósitos se llevan a cabo muy en el interior de la monarquía, sin retrasar en modo alguno la puesta a punto del ejército activo.

También es cierto que Cerdeña no necesitaba nuevas formaciones; la organización de su ejército era suficiente. Con los franceses, en cambio, las cosas eran distintas. La movilización exigía bastante tiempo. La formación de los cuartos batallones tenía que preceder a la llamada de los licenciados. Además, en caso de atacar a Austria, Luis Napoleón tenía que tener en cuenta la posibilidad de una guerra con la Confederación Germánica. Así, mientras Austria, que solo está expuesta a un ataque por su frontera italiana o meridional y está cubierta por Alemania hacia el oeste, puede lanzar a Italia una parte muy grande de sus tropas y, si es necesario, entrar en guerra de inmediato, el Gobierno francés tiene que reunir primero todas las fuerzas de que dispone antes de poder aventurarse en operaciones ofensivas. Por eso era necesario reunir primero el nuevo reemplazo de 1859 y los 50.000 voluntarios con los que Francia cuenta por lo general en caso de guerra. Todo esto exige un tiempo considerable, y un comienzo precipitado de la campaña no interesaba en absoluto a Luis Napoleón. Si nos atenemos al famoso artículo del *Constitutionnel* sobre el ejército francés,[^5] que, como recordarán ustedes, procede directamente del propio Luis Napoleón, podemos comprobar que en él señaló finales de mayo como la fecha en que las tropas francesas alcanzarían unos 700.000 hombres. Hasta entonces, pues, Austria tendría una ventaja relativa sobre Francia; y como los acontecimientos iban camino de provocar una ruptura abierta, este congreso se convirtió en un medio excelente para ganar tiempo.

Pero hay otro punto que no debe perderse de vista. No cabe ninguna duda de que Rusia anda metida en el juego. Es evidente que se propone humillar a Austria y que una complicación en Europa occidental le da libertad de acción en el Danubio para recuperar lo que perdió con la paz de París.[^6] Que Rusia tiene sus propias miras sobre los principados rumanos, sobre Serbia y sobre la población eslava de Turquía lo demuestra la política que ha seguido últimamente en esos países. Rusia no tiene mejor medio de vengarse de Austria que renovar la agitación paneslavista entre los millones de eslavos austriacos mientras Austria está en guerra. Para poder hacer todo eso, y más si se presenta la ocasión, también Rusia tiene que concentrar sus tropas y hacer preparativos. Para ello necesita tiempo. Además, hace falta un pretexto para poder adoptar una actitud hostil pasiva hacia Austria, y en ningún sitio se encuentra tan buena ocasión de buscar una pequeña pendencia como en un congreso así. Este congreso, pues, si es que llega a celebrarse, no resultará más que «un engaño, una burla y una trampa»,[^7] en lugar de un intento serio, o al menos honrado, de mantener la paz. Apenas cabe dudar de que todas las grandes potencias se han convencido ya del todo de que el asunto entero será una mera formalidad que se cumple para engañar al público y para encubrir otros planes que todavía no deben salir a la luz.

[^1]: A propuesta de Rusia, en marzo de 1859 se planteó un congreso de las grandes potencias sobre la cuestión italiana; Francia lo aceptó enseguida. No llegó a reunirse: el 23 de abril Austria envió un ultimátum al Piamonte y a finales de mes empezó la guerra.

[^2]: La guerra de Crimea.

[^3]: Pierre-Hippolyte-Publius Renault (1807-1870), general francés.

[^4]: Charles-Denis Bourbaki (1816-1897), general francés.

[^5]: Artículo publicado en el *Constitutionnel* en febrero de 1859 sobre la fuerza del ejército francés, que se atribuyó a la inspiración directa del emperador.

[^6]: Por la paz de París (30 de marzo de 1856), que puso fin a la guerra de Crimea, Rusia perdió el sur de Besarabia y el protectorado sobre los Principados del Danubio.

[^7]: Expresión de lord Denman en su sentencia de 1844 en el proceso contra Daniel O'Connell: «a delusion, a mockery and a snare»; se hizo proverbial en Inglaterra.
