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Title: El pánico monetario en Europa (1859)
Description: Correspondencia de Marx y Engels desde París para el New-York Daily Tribune sobre el pánico bursátil de enero de 1859: los tres motivos que empujan a Luis Napoleón contra Austria (Rusia, la sentencia de muerte de los carbonarios tras el atentado de Orsini y la penuria de dinero), la guerra por el Rin como su última carta y los armamentos franceses y austriacos que escapan ya a su control.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1859-01-13
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20El%20p%C3%A1nico%20monetario%20en%20Europa
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*Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en París el 13 de enero de 1859) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5548, del 1 de febrero de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 172-176), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Die%20Geldpanik%20in%20Europa).*

París, 13 de enero de 1859

El pánico en las bolsas europeas todavía no ha remitido y, según un cálculo muy prudente, los títulos del Estado han perdido unos 300.000.000 de dólares. Mientras los títulos públicos franceses, sardos y austriacos han bajado un 5 por ciento, las acciones ferroviarias de esos mismos países han caído entre un 15 y un 35 por ciento, y las lombardo-vénetas, casi un 50 por ciento. Salvo Londres, todas las bolsas europeas cuentan ya con la guerra. No tengo motivos para cambiar las opiniones que expresé antes sobre este asunto. Estoy convencido de que Luis Napoleón no se propone hacer realmente la guerra, de que no aspira más que a una victoria diplomática sobre Austria, combinada con una buena redada para él y su séquito de aventureros en la Bolsa de París. El tono estridente de la prensa bonapartista y de esa venal recolectora de chismes que es la *Indépendance Belge*, y la jactancia con que se anuncian los preparativos militares, demuestran de sobra que el objetivo que se persigue no es la lucha, sino la intimidación. Hasta el corresponsal del *Times* de Londres admite ya que se ha vuelto a permitir a los aduladores de la corte, cargados de deudas, desplumar, y en una escala más monstruosa que nunca, a los especuladores «respetables» y a los pequeños accionistas de toda Francia jugando a la baja en una medida nunca vista. Se dice que solo el conde de Morny[^1] ganó en este juego hasta el 5 de enero no menos de 2.000.000 de francos, y el total del dinero trasladado de los bolsillos de la burguesía a los de los aventureros bonapartistas debe de ascender a un múltiplo de esa suma.

Hay tres motivos que empujan a Luis Napoleón a buscar las simpatías italianas y a adoptar una actitud amenazadora frente a Austria. El primero es Rusia, que desde la paz de París[^2] lo ha manejado constantemente como a una marioneta. El segundo es poco conocido, porque Napoleón y su corte hacen lo posible por ocultarlo a los ojos del público, aunque su existencia es un hecho probado. Desde el atentado de Orsini,[^3] tanto antes como después de su ejecución, el emperador francés ha recibido mensajes de la *venta* suprema de los carbonarios italianos.[^4] A esa sociedad secreta había pertenecido él en 1831. Se le recordó qué juramentos prestó al entrar en ella, cómo los rompió y cómo castigan las leyes de la sociedad a un traidor como él. Cuando Orsini estaba todavía en la cárcel, se advirtió a Luis Napoleón que, si lo hacía ejecutar, esos atentados contra su vida se repetirían hasta que uno triunfara. Tras la ejecución de Orsini se le entregó una sentencia de muerte oficial dictada contra él por la *venta*. El ánimo supersticioso[^5] del aventurero afortunado quedó terriblemente afectado por esa sentencia de un tribunal secreto. Sus nervios, que veinte años de entrenamiento nocturno en la mesa de juego no habían vuelto de hierro, sino correosos y duros como el cuero, no estaban a la altura de la visión constante de la espada de Damocles. Esta misteriosa intervención de un poder invisible, desde luego, pero que él conocía por su experiencia de años anteriores y, más tarde, por la pistola de Pianori[^6] y las bombas de Orsini, era especialmente apta para trastornar el juicio de un hombre para quien en la historia no había más causalidad que la política corriente del día al servicio del propio provecho, y por lo demás solo el obrar misterioso de alguna influencia fatalista que se burla de toda indagación racional y a menudo eleva a un charlatán declarado al poder supremo. Este miedo constante a ser asesinado ha contribuido mucho a la serie de torpezas palpables que caracterizan los últimos doce meses de su reinado. Para escapar a su destino, pues cree en la omnipotencia de los magnicidas italianos con la misma firmeza que en las palabras de las gitanas en las carreras de Epsom, había que dar una prenda al poder invisible. Así se publicaron las cartas de Orsini en una versión falseada, para poder presentarlas como un legado sagrado que obligaba a Luis Napoleón a realizar las esperanzas de los italianos. Pero los carbonarios no se contentaban tan fácilmente: han recordado una y otra vez al condenado que la sentencia de muerte sigue pendiendo sobre él y que debe hacer algo para obtener el indulto.

Por último, también la situación de Luis Napoleón en la propia Francia se ha vuelto en los últimos tiempos cada vez más difícil. La gran pregunta de dónde sacar el dinero se le presenta cada día más amenazadora. No hay perspectivas de un empréstito, porque la deuda pública ha crecido tan deprisa que no cabe ni hablar de ello. El Crédit Mobilier y el Crédit Foncier, la recaudación de millones con el pretexto de emplearlos en drenajes y riegos, repoblaciones forestales y diques, todo eso ya se hizo una vez y no podía repetirse. Pero lo difícil de la situación exige más dinero. Su propio derroche y, sobre todo, las necesidades cada día mayores de la banda codiciosa de soldados, funcionarios y aventureros cuya fidelidad tiene que comprar de nuevo a diario convierten para él la cuestión del dinero en una cuestión de vida o muerte, y desde el punto de vista puramente pecuniario, en el apuro extremo, una guerra con la perspectiva de empréstitos forzosos, de botín y de contribuciones de guerra de los territorios conquistados parece la única salida que le queda. Pero no es solo la cuestión financiera; es la inseguridad general de su posición en Francia; es la conciencia de que, aunque es emperador por la gracia del ejército, no debe rebasar ciertos límites en la lucha contra la opinión pública, tanto de la burguesía como de la clase obrera; de que, porque es emperador por la gracia del ejército, tiene que obedecer su voluntad. Por todo ello, a él y al resto del mundo les resultaba claro desde hacía mucho que su último triunfo en el peligro extremo es una guerra, y precisamente una guerra para reconquistar la orilla izquierda del Rin. No es imprescindible que esa guerra empiece en el propio Rin. Al contrario, ese territorio puede conquistarse en Italia, o su conquista puede empezar en Italia, igual que la primera conquista de esas provincias se hizo posible gracias a las victorias del general Bonaparte en Lombardía.

Semejante guerra es inevitablemente la última carta de Luis Napoleón. Se lo juega todo a ella y, como jugador experimentado, sabe muy bien cuán pocas probabilidades tiene. Sabe, por mucho que intente parecer callado y misterioso, que todo el mundo conoce, y conoce desde el primer día de su toma del poder, cuál es su última carta. Sabe que con sus aires de esfinge ya no puede engañar a nadie en este punto. Sabe que ninguna potencia europea toleraría semejante ampliación del territorio francés y que la amistad de Rusia es casi tan de fiar como su propio juramento. Para un hombre como él, que ha dado tal desarrollo a la divisa de Luis XV, *Après moi le déluge* [Después de mí, el diluvio], y que sabe cómo será ese diluvio, cada hora es una ganancia positiva e inestimable, porque le permite frenar, entretener y engañar a los jugadores que lo rodean.

Pero al mismo tiempo la partida no está en sus manos; hay necesidades que pueden obligarle a jugar su gran triunfo mucho antes del momento que él desearía. En Francia se lleva a cabo desde hace por lo menos tres meses un rearme de proporciones colosales. Después de licenciar a un número considerable de soldados veteranos, se llamó a filas a todos los reclutas del año 1858, concretamente 100.000 en lugar de los 60.000 de otros años de paz. La actividad desplegada en todos los arsenales y talleres militares ha sido tal que todos los altos oficiales están convencidos desde hace tres meses de que se prepara una campaña seria. Ahora nos enteramos de que se han encargado a las fundiciones del Estado 75 baterías, es decir, 450 cañones del nuevo modelo de Luis Napoleón (de 12 libras ligeros); de que se han introducido nuevas balas de fusil mejoradas (inventadas por el señor Nessler, sucesor oficial de Minié);[^7] de que los batallones de cazadores se han reforzado de 400 a 700 hombres, y los regimientos de línea, de 900 o 1.000 a 1.300 hombres, con 60.000 hombres de los depósitos (donde se habían formado los reclutas); de que en Tolón se ha acumulado el material para una campaña y se han fijado dos campamentos cuya ubicación aún no se conoce. Es fácil adivinar dónde estarán. Uno estará cerca de Lyon o en el sur, junto a Tolón, y el otro cerca de Metz, como ejército de observación frente a Prusia y la Confederación Germánica. Todo esto, naturalmente, ha excitado al máximo el espíritu guerrero del ejército, y se cuenta con la guerra con tanta seguridad que los oficiales ya no encargan ropa de paisano, convencidos de que durante mucho tiempo solo tendrán ocasión de llevar uniforme.

Mientras esto sucede en Francia, en el Piamonte tenemos a un rey que antes de Navidad comunicó a sus generales que se mantuvieran preparados, porque quizá olerían la pólvora antes de la primavera, y que ahora inaugura sus cámaras con un discurso tan lleno de verborrea patriótica italiana en general y de alusiones al mal gobierno de Austria que o bien está resuelto a la guerra, o tendrá que resignarse a que el mundo entero lo declare un perfecto necio. En Lombardía, en Roma y en los ducados reina una agitación que solo puede compararse con la que precedió al estallido de 1848; la población parece desafiar a las tropas extranjeras y no preocuparse más que de mostrar su desprecio absoluto por la autoridad existente y de proclamar su firme convicción de que los austriacos tendrán que abandonar Italia en un par de meses. A todo ello Austria responde reforzando con mucha calma su ejército en Lombardía. Este se componía de tres cuerpos de ejército, el 5.º, el 7.º y el 8.º, en total unos 100.000 hombres. Ahora, como informé en mi último artículo, el 3.º está en camino para unirse a él. Seis regimientos de infantería (30 batallones), cuatro batallones de cazadores tiroleses, dos regimientos de caballería, seis baterías y todo el estado mayor y el tren de ingenieros del 3.er cuerpo de ejército están en camino o han llegado ya, según se dice, a Lombardía. Eso eleva las fuerzas a 130.000 o 140.000 hombres, que en la posición entre el Adigio y el Mincio serán capaces de resistir por lo menos a un enemigo dos veces más numeroso.

Así se acumula en todas partes el material inflamable. ¿Es Luis Napoleón el hombre capaz de mantener todo eso bajo su control? No lo es; la mayor parte escapa por completo a su poder. Supongamos que estalla un levantamiento en Lombardía, en Roma o en alguno de los ducados, o que el general Garibaldi hace una incursión en la parte inmediatamente limítrofe del territorio vecino y subleva a la población: ¿podrá resistirse a ello el Piamonte, podrá resistirse Luis Napoleón? ¿Es posible ordenar al ejército francés, después de haberle casi prometido la conquista de Italia, donde sería recibido como libertador, que se quede quieto con las armas bajadas mientras las tropas austriacas apagan a pisotones las brasas ardientes de la insurrección italiana? Ese es el quid de la cuestión. El curso de los acontecimientos en Italia escapa ya al control de Luis Napoleón, y el curso de los acontecimientos en Francia puede escapar también a su control en cualquier momento.

[^1]: Charles de Morny (1811-1865), hermanastro de Napoleón III, organizador del golpe de Estado de 1851 y presidente del Cuerpo Legislativo, conocido por sus especulaciones bursátiles.

[^2]: La paz de París del 30 de marzo de 1856, que puso fin a la guerra de Crimea.

[^3]: Felice Orsini (1819-1858), revolucionario italiano, atentó contra Napoleón III el 14 de enero de 1858 con bombas que mataron a ocho personas; fue guillotinado el 13 de marzo de 1858.

[^4]: En la jerga de los carbonarios, la *vendita* o *venta* era la célula básica de la sociedad secreta, y la *alta venta*, su dirección. Luis Napoleón participó con ellos en la insurrección de la Romaña de 1831.

[^5]: La MEW dice «Gerücht» («rumor»), errata evidente por «Gemüt» («ánimo»), que es lo que traducimos.

[^6]: Giovanni Pianori (1827-1855), revolucionario italiano que disparó contra Napoleón III en los Campos Elíseos el 28 de abril de 1855 y fue ejecutado.

[^7]: Claude-Étienne Minié (1804-1879), oficial francés, inventor de la bala que lleva su nombre; Xavier Nessler la perfeccionó.
