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Title: La justicia histórica (1859)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune que reconstruye la batalla de Solferino: tres cuerpos austriacos alejados del combate, una línea de doce millas sin profundidad y un avance perezoso; a los austriacos no los batieron los franceses, sino la imbecilidad presuntuosa de su emperador.
Author: Friedrich Engels
Date: 1859-07-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20La%20justicia%20hist%C3%B3rica
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 6 de julio de 1859 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5692, del 21 de julio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 405-409), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Historische%20Gerechtigkeit).*

Después de haber publicado todos los partes oficiales recibidos sobre la batalla de Solferino, entre ellos muchas cartas de los dos cuarteles generales, incluida la excelente correspondencia especial del *Times* de Londres, y de haber dado a conocer esos documentos a nuestros lectores, ya es hora de exponer las verdaderas causas por las que Francisco José perdió la batalla y Napoleón III la ganó.

Cuando el emperador austriaco volvió a cruzar el Mincio para atacar, tenía a su disposición nueve cuerpos de ejército que, descontadas las guarniciones de las fortalezas, aparecieron en el campo de batalla con una fuerza media de cuatro brigadas de infantería cada uno, es decir, treinta y seis brigadas en total, cada una de 5.000 a 6.000 hombres por término medio. Sus fuerzas de ataque sumaban, pues, unos 200.000 hombres de infantería. Esa fuerza, aunque bastaba de sobra para justificar el movimiento de tropas, era inferior a la del enemigo o, a lo sumo, casi igual, pues este contaba con diez brigadas de infantería piamontesas y veintiséis francesas. Desde Magenta los franceses han recibido grandes refuerzos de licenciados y de reclutas instruidos, que se incorporaron a sus regimientos. Sus brigadas eran sin duda más fuertes que las de los austriacos, cuyos refuerzos consistían en dos cuerpos de ejército frescos (el décimo y el undécimo), con lo que había aumentado el número de brigadas, pero no su fuerza. La infantería del ejército aliado, partiendo de sus efectivos completos (170.000 franceses, 75.000 sardos) y descontando las pérdidas de unos 30.000 hombres desde el comienzo de la campaña, puede estimarse en ese momento en unos 215.000 hombres. En su ataque los austriacos contaban con la rapidez de la maniobra y la sorpresa, con el ardiente deseo de sus tropas de vengar la derrota de Magenta y demostrar que no eran inferiores a sus adversarios, y con la fuerza de las posiciones que podrían recuperar avanzando rápidamente sobre las alturas de detrás de Castiglione. Eso estaba ciertamente justificado, pero solo a condición de que mantuvieran sus tropas lo más juntas posible y avanzaran con rapidez y energía. No se cumplió ninguna de esas condiciones.

En lugar de avanzar con todas sus fuerzas entre Peschiera y Volta para asegurarse toda la cadena de alturas hasta Lonato y Castiglione y dejar la protección de la llanura de Guidizzolo a la caballería y quizá a un cuerpo de infantería, dejaron un cuerpo, el segundo, en Mantua para protegerla de un posible golpe de mano del cuerpo del príncipe Napoleón, que se suponía cerca. Pero si la guarnición de Mantua no bastaba para defender la fortaleza más fuerte de Europa contra un ataque irregular sin la ayuda de un cuerpo adicional, tenía que ser en verdad una guarnición muy rara. Sin embargo, al parecer no fue esa la razón que retuvo al segundo cuerpo en Mantua. En efecto, otros dos cuerpos, el undécimo y el décimo, fueron destacados para envolver el flanco derecho de los aliados por Asola, una ciudad del Chiese a unas seis millas al suroeste de Castelgoffredo y tan alejada del campo de batalla que en cualquier caso tenían que llegar demasiado tarde. El segundo cuerpo, según parece, estaba destinado a cubrir los flancos y la retaguardia de esta columna envolvente frente a la posible llegada del príncipe Napoleón e impedir así que la envolvieran a ella. Todo el plan es tan de la vieja escuela austriaca, tan complicado, tan ridículo para cualquiera que esté acostumbrado a trazar planes de batalla, que sin duda hay que absolver al estado mayor austriaco de toda responsabilidad por este invento. Nadie más que Francisco José y su ayudante, el conde Grünne, podía idear semejante anacronismo. Así se logró mantener tres cuerpos alejados del combate. Los seis restantes se emplearon como sigue: el octavo (Benedek), entre Pozzolengo y el lago de Garda, para mantener una posición de colinas cuyo centro y llave era San Martino; el quinto (Stadion) ocupaba Solferino; el séptimo (Zobel), San Cassiano; el primero (Clam-Gallas), Cavriana. Al sur, en la llanura, el tercero (Schwarzenberg) avanzaba por la carretera principal de Goito a Castiglione por Guidizzolo, y el noveno (Schaffgotsch), más al sur, hacia Medole. Esta ala se lanzó hacia delante para hacer retroceder a la derecha aliada y ofrecer apoyo al décimo y al undécimo cuerpo cuando llegaran, si es que llegaban.

De este modo, los seis cuerpos que de verdad combatieron y que constituían en lo esencial el ejército combatiente austriaco se estiraron en una línea de 12 millas de largo, lo que daba a cada cuerpo por término medio 2 millas o 3.540 yardas de frente. En una línea tan larga no podía haber profundidad. Pero ese no fue el único error grave. El tercer y el noveno cuerpo avanzaban desde Goito, donde estaba también su línea de retirada; los cuerpos contiguos, el primero y el séptimo, tenían su línea de retirada en Valeggio. Una mirada al mapa muestra que eso da una retirada excéntrica; a esa circunstancia hay que atribuir sin duda en lo esencial el escaso efecto que lograron los dos cuerpos de la llanura.

Este despliegue erróneo, hecho para las veinticuatro brigadas austriacas o, si suponemos que Benedek recibió refuerzos de la guarnición de Peschiera, veinticinco o veintiséis, se hizo aún más erróneo por la lentitud del avance. Una marcha forzada el 23, cuando se volvió a cruzar el Mincio, habría llevado al ejército austriaco concentrado a mediodía ante las posiciones avanzadas de los aliados en Desenzano, Lonato y Castiglione y le habría permitido empujar a los aliados hasta el Chiese antes de anochecer y empezar así la batalla con un éxito austriaco; pero el punto más avanzado que se alcanzó en las colinas fue Solferino, a solo seis millas del Mincio. En la llanura, las tropas que avanzaban llegaron hasta Castelgoffredo, a diez millas del Mincio; pero con las órdenes adecuadas habrían podido llegar hasta el Chiese. Además, el avance del 24 debía empezar, en lugar de al amanecer, ¡a las nueve! Así ocurrió que los aliados, que se pusieron en marcha a las dos de la mañana, cayeron sobre los austriacos entre las cinco y las seis. Las consecuencias eran inevitables. Treinta y tres brigadas fuertes contra veinticinco o veintiséis débiles (todas habían combatido antes y habían sufrido grandes pérdidas) no podían dar más que una derrota austriaca. Solo Benedek, con sus cinco o seis brigadas, resistió todo el día frente al ejército piamontés, cuyas diez brigadas, salvo la Guardia, combatieron todas; y habría mantenido su posición si la retirada general del centro y del ala izquierda no lo hubiera obligado a replegarse también. En el centro, el quinto y el primer cuerpo (ocho brigadas) sostuvieron Solferino contra el cuerpo de Baraguay d’Hilliers (seis brigadas) y la Guardia (cuatro brigadas) hasta pasadas las dos, mientras el séptimo cuerpo (cuatro brigadas) tenía en jaque a las cuatro brigadas de Mac-Mahon. Tomado por fin Solferino, la Guardia avanzó sobre San Cassiano y obligó así al séptimo cuerpo austriaco a abandonar su posición. La caída de Cavriana, hacia las cinco de la tarde, decidió entonces la suerte de la batalla en el centro y obligó a los austriacos a retirarse. En la izquierda austriaca, el tercer y el noveno cuerpo libraron un combate sin plan contra el cuerpo de Niel y una división (Renault) del de Canrobert, hasta que por la tarde otra división (Trochu) de este último cuerpo entró en línea y rechazó a los austriacos hacia Goito. Aunque estas ocho brigadas austriacas tuvieron enfrente desde el principio una fuerza casi igual, habrían podido hacer mucho más de lo que hicieron. Con un avance resuelto de Guidizzolo sobre Castiglione habrían podido aliviar al séptimo cuerpo en San Cassiano y apoyar así indirectamente a los defensores de Solferino; pero como su línea de retirada iba a Goito, cada paso adelante las dejaba al descubierto, y actuaron con una prudencia del todo fuera de lugar en semejante batalla; la culpa, sin embargo, es de quienes ordenaron la retirada sobre Goito.

Los aliados tenían en combate a todos sus hombres, salvo tres brigadas, dos del cuerpo de Canrobert y una de la Guardia piamontesa. Pero si fue necesario emplear todas sus reservas, salvo esas tres brigadas, para lograr una victoria arrancada a duras penas y tras la cual no hubo persecución, ¿cómo se habría desarrollado la batalla si Francisco José hubiera podido emplear además sus tres cuerpos de ejército, que andaban errantes muy lejos, en el sur? Supongamos que hubiera dado un cuerpo a Benedek, puesto otro detrás de Solferino y San Cassiano como reserva y guardado otro detrás de Cavriana como reserva general: ¿cuál habría sido el resultado de la batalla? No puede caber la menor duda. Tras repetidos y vanos esfuerzos por tomar San Martino y Solferino, el centro piamontés y francés habría sido roto por un avance final y contundente de toda la línea austriaca, y los austriacos, en lugar de retirarse al Mincio, habrían terminado la jornada a orillas del Chiese. No fueron batidos por los franceses, sino por la presuntuosa imbecilidad de su propio emperador. Abrumados por la superioridad numérica del adversario y por la miseria de su propio mando, se retiraron sin embargo sin quebrantarse, no cedieron más que el campo de batalla y se mostraron menos propensos al pánico de lo que hasta ahora lo había sido cualquier otro ejército.
