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Title: La nueva guerra china (1859)
Description: Cuatro correspondencias de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la derrota británica en el Peiho en junio de 1859: no fue China, sino Inglaterra, quien violó el Tratado de Tianjin, y detrás de la tercera guerra china está Palmerston, cuya política asiática, como prueban los documentos afganos falsificados, lleva treinta años haciéndole el juego a Rusia.
Author: Karl Marx
Date: 1859-09-13
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20La%20nueva%20guerra%20china
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*Escritas en inglés por Karl Marx en Londres el 13, el 16, el 20 y el 30 de septiembre de 1859 y publicadas en el* New-York Daily Tribune*, núms. 5750, 5754, 5761 y 5768, del 27 de septiembre y del 1, el 10 y el 18 de octubre de 1859. El original inglés de la primera correspondencia no tiene hoy fuente libre, y por eso toda la serie se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 508-524), sin su aparato editorial, cotejando las partes II a IV con el texto inglés según la transcripción de Harold Newson de* Marx on China, 1853-1860 *(Londres, 1951) en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Der%20neue%20chinesische%20Krieg).*

## I

Londres, 13 de septiembre de 1859

Cuando se felicitaba en Inglaterra, de forma general, por haber arrancado a los celestes[^1] el Tratado de Tianjin,[^2] traté de demostrar que Rusia era en realidad la única potencia que sacaba provecho de la rapaz guerra anglo-china, y que las ventajas comerciales que el tratado reportaba a Inglaterra eran harto insignificantes, mientras que, en el terreno político, ese tratado, lejos de traer la paz, hacía inevitable la reanudación de la guerra. La marcha de los acontecimientos ha confirmado plenamente estas opiniones. El Tratado de Tianjin pertenece ya al pasado, y el espejismo de la paz ha cedido ante la áspera realidad de la guerra.

Permítaseme exponer primero los hechos tal como los comunica el último correo terrestre.[^3] En compañía del señor de Bourboulon, el plenipotenciario francés, el honorable señor Bruce[^4] partió con una expedición británica que había de remontar el Peiho[^5] y acompañar a los dos enviados en su misión a Pekín. La expedición, al mando del almirante Hope,[^6] constaba de siete vapores, diez cañoneras, dos transportes de tropas y víveres y unos cientos de soldados de marina e ingenieros. Los chinos, por su parte, habían protestado contra que la misión tomara precisamente esa ruta. En consecuencia, el almirante Hope encontró la desembocadura del Peiho cerrada con estacas y pilotes y, después de esperar nueve días, del 17 al 25 de junio, en la boca de ese río, intentó forzar el paso, una vez que los plenipotenciarios se habían unido a la escuadra el 20 de junio. Al llegar ante la desembocadura del Peiho, el almirante Hope se había cerciorado de que los fuertes de Dagu, destruidos en la última guerra, estaban reconstruidos, hecho que, dicho sea *en passant*, debía haber sabido de antemano, puesto que lo había anunciado oficialmente la *Gaceta de Pekín*.

Cuando los británicos intentaron forzar la entrada del Peiho el 25 de junio, las baterías de Dagu se desenmascararon y, apoyadas por una fuerza mongola de, al parecer, 20.000 hombres, abrieron un fuego devastador sobre los barcos británicos. Se libró un combate en tierra y en el agua que terminó con la derrota completa de los agresores. La expedición tuvo que retirarse después de perder tres buques de guerra ingleses, el *Cormorant*, el *Lee* y el *Plover*, y 464 hombres entre muertos y heridos del lado británico, mientras que de los 60 franceses presentes 14 resultaron muertos o heridos. Murieron cinco oficiales ingleses y fueron heridos 23, y el propio almirante no salió ileso. Tras esta derrota, los señores Bruce y de Bourboulon regresaron a Shanghái, mientras la escuadra británica fondeaba en Dinghai, frente a Ningbo.

Cuando se recibieron en Inglaterra estas desagradables noticias, la prensa de Palmerston montó al punto en el león británico y lanzó un rugido unánime reclamando una venganza en toda regla. El *Times* de Londres se aplicó, naturalmente, a dar cierta apariencia de dignidad a sus llamamientos a los instintos sanguinarios de sus compatriotas, pero los órganos palmerstonianos de baja estofa hicieron de un modo grotesco el papel del *Orlando furioso*.[^7] Oigan, por ejemplo, al *Daily Telegraph* de Londres:

> «Gran Bretaña debe atacar la costa de China en toda su extensión, invadir la capital, echar al emperador de su palacio y procurarse una garantía material contra futuras agresiones... Debemos azotar con el gato de nueve colas a todo funcionario adornado de dragones que se atreva a tratar con desprecio nuestros emblemas nacionales... Todos y cada uno de ellos» (de los generales chinos) «deben ser colgados como piratas y asesinos del penol de un buque de guerra británico. Sería un espectáculo refrescante y saludable ver a una docena de canallas abotonados, con caras de caníbales y ropas de payaso, colgando a la vista de la población. De un modo u otro hay que infundir terror, pues de indulgencia ya hemos usado más que de sobra... Ahora hay que enseñar a los chinos a apreciar a los ingleses, que están por encima de ellos y que deberían ser sus amos... Debemos intentar ocupar por lo menos Pekín y, si procedemos con más valor, a ello debe seguir la conquista de Cantón para siempre. Podríamos conservar Cantón como poseemos Calcuta, convertirla en el centro de nuestro comercio en el Extremo Oriente, compensar así la influencia adquirida por Rusia en la frontera tártara del imperio y poner la primera piedra de un nuevo dominio.»

Permítaseme ahora volver de los delirios de los plumíferos de Palmerston a los hechos y descubrir, en la medida en que lo permiten las escasas informaciones de que hoy disponemos, el verdadero fondo de tan desagradable suceso.

Aun suponiendo que el Tratado de Tianjin prevea la entrada inmediata del enviado inglés en Pekín, hay que responder ante todo a la pregunta de si el gobierno chino, al oponerse a la entrada por la fuerza de una escuadra británica en el Peiho, violó ese tratado, que le había sido impuesto por una guerra de rapiña. Según se desprende de las noticias que ha traído el correo terrestre, el gobierno chino no protestó contra el envío de una misión británica a Pekín, sino contra la entrada de la flota de guerra británica en el Peiho. Propuso que el señor Bruce viajara a Pekín por tierra, sin la compañía de una flota de guerra que los celestes, con el bombardeo de Cantón todavía fresco en la memoria, solo podían ver como un instrumento de invasión. ¿Incluye el derecho del embajador francés a residir en Londres el derecho a forzar la entrada del Támesis al frente de una expedición francesa armada? Habrá que admitir, sin duda, que semejante interpretación de la admisión de un enviado británico en Pekín por parte de los ingleses resulta por lo menos tan curiosa como el descubrimiento que hicieron durante la última guerra china de que bombardear una ciudad de ese imperio no significaba hacer la guerra al imperio mismo, sino tan solo un conflicto local con una de sus provincias. En respuesta a las protestas de los celestes, los británicos, según su propia declaración, «tomaron todas las medidas para forzar en caso necesario el acceso a Pekín», remontando el Peiho con una escuadra lo bastante fuerte. Aun si los chinos hubieran estado obligados a dejar entrar en Pekín a un enviado británico pacífico, tenían sin duda derecho a resistir a la expedición armada de los ingleses. Al obrar así no violaron el tratado, sino que impidieron su violación.

Más aún. Aunque el Tratado de Tianjin concediera a los británicos el derecho abstracto a mantener una legación, queda por aclarar si lord Elgin[^8] no había renunciado por el momento al disfrute efectivo de ese derecho. Un examen de la *Correspondence relating to the Earl of Elgin's special mission to China, printed by command of Her Majesty*[^9] convencerá a cualquier lector imparcial, primero, de que la admisión del enviado inglés en Pekín no debía producirse ahora, sino en una *fecha muy posterior*; segundo, de que su derecho de residencia en Pekín estaba limitado por diversas cláusulas, y, por último, de que el dictatorial artículo III del texto inglés del tratado, referente a la admisión de los enviados, había sido modificado en el texto chino a petición del plenipotenciario chino. Esta discrepancia entre las dos versiones del tratado la admite el propio lord Elgin, quien, sin embargo, según dice,

> «se vio obligado por sus instrucciones a exigir a los chinos que aceptaran como versión válida de un acuerdo internacional un texto del que no entendían ni una sílaba».

¿Puede culparse a los chinos por haber obrado conforme al texto chino y no a la versión inglesa del tratado, que, según confiesa lord Elgin, se aparta algo «del sentido correcto del convenio»?

Para terminar, quiero señalar que el señor T. Chisholm Anstey,[^10] antiguo fiscal general británico en Hong Kong, en una carta dirigida al director del *Morning Star* de Londres, declara en toda regla:

> «El tratado, sea como sea, ha sido violado hace mucho por los actos de fuerza del gobierno británico y de sus subordinados, al menos en tal medida que la Corona de Gran Bretaña pierde con ello toda ventaja o privilegio que el tratado le concediera.»

Inglaterra, acosada por un lado por las dificultades en la India y armándose por otro para estar preparada en caso de una guerra europea, queda expuesta a grandes peligros por esta nueva catástrofe china, guisada probablemente por el mismo Palmerston. El resultado inmediato ha de ser la caída del gobierno actual, cuyo jefe fue el autor de la última guerra china, mientras que sus principales miembros votaron entonces una moción de censura contra su actual jefe por haber emprendido esa guerra.[^11] En todo caso, el señor Milner Gibson[^12] y la escuela de Manchester tendrán que retirarse de la actual coalición liberal o, lo que es harto improbable, obligar a su jefe, junto con lord Russell, el señor Gladstone y los peelistas de entre sus colegas, a plegarse a su propia política.

## II

Londres, 16 de septiembre de 1859

Para mañana está convocado un consejo de ministros que ha de decidir el rumbo que se tomará ante la catástrofe china. Las lucubraciones del *Moniteur* francés y del *Times* de Londres no dejan duda sobre las resoluciones a las que han llegado Palmerston y Bonaparte. Quieren una nueva guerra china. Según informaciones que me llegan de fuente fidedigna, el señor Milner Gibson, en el próximo consejo de ministros, impugnará en primer lugar la validez de los argumentos que se aducen para la guerra y, en segundo lugar, protestará contra toda declaración de guerra que no hayan aprobado previamente las dos Cámaras del Parlamento. Si su parecer es rechazado por mayoría de votos, saldrá del gabinete, dando así otra vez la señal de un nuevo y violento ataque contra el gobierno de Palmerston y para la ruptura de la coalición liberal que en su día provocó la caída del gabinete Derby. Se dice que Palmerston está algo nervioso por lo que se propone hacer el señor Milner Gibson, el único de sus colegas al que teme y al que ha calificado repetidas veces de hombre especialmente hábil «para sacar faltas». Es posible que reciban ustedes de Liverpool, al mismo tiempo que esta carta, las noticias sobre los resultados del consejo de ministros. Entretanto, sobre el verdadero alcance del asunto en cuestión se puede juzgar mejor, no por lo que se ha publicado, sino por lo que los órganos de Palmerston callaron deliberadamente en su primera publicación de las noticias llegadas con el último correo terrestre.

En primer lugar, callaron la noticia de que el tratado ruso ya estaba ratificado y de que el emperador de China había dado instrucciones a sus mandarines para recibir a los enviados norteamericanos y escoltarlos a la capital a fin de canjear los ejemplares ratificados del tratado con Norteamérica. Estos hechos se callaron con la intención de ahogar la sospecha, que por fuerza había de surgir, de que eran los enviados inglés y francés, y no la corte de Pekín, los responsables de los obstáculos que encontraban en el cumplimiento de su misión y que no encontraron ni sus colegas rusos ni los norteamericanos. La otra circunstancia, aún más importante, que el *Times* y los demás órganos de Palmerston callaron al principio, es el hecho, que ahora reconocen abiertamente, de que las autoridades chinas habían declarado que estaban dispuestas a conducir a Pekín a los enviados inglés y francés, que estaban de hecho esperándolos para recibirlos en una de las bocas del río y que les ofrecieron una escolta con tal de que consintieran en dejar atrás sus barcos y sus tropas. Como el Tratado de Tianjin no contiene ninguna cláusula que conceda a ingleses y franceses el derecho a remontar el Peiho con una escuadra de buques de guerra, es evidente que quienes violaron el tratado no fueron los chinos, sino los ingleses, y que estos estaban decididos de antemano a buscar pendencia poco antes de la fecha fijada para el canje de las ratificaciones. A nadie se le ocurrirá pensar que el honorable señor Bruce obrara bajo su propia responsabilidad al frustrar de este modo el fin declarado de la última guerra china; al contrario, no hizo más que ejecutar instrucciones secretas de Londres. Es cierto que el señor Bruce no fue enviado por Palmerston, sino por Derby; pero a este respecto basta con recordar que, durante el primer gobierno de sir Robert Peel, cuando lord Aberdeen era ministro de Asuntos Exteriores, sir Henry Bulwer, el embajador inglés en Madrid, buscó una pendencia con la corte española que le valió la expulsión de España,[^13] y que en los debates de la Cámara de los Lores sobre este «enojoso incidente» quedó probado que Bulwer, en lugar de seguir las instrucciones oficiales de Aberdeen, había obrado según las instrucciones secretas de Palmerston, que entonces estaba en la oposición.

Además, la prensa de Palmerston ha ejecutado en estos días una maniobra que, al menos para quienes conocen la historia secreta de la diplomacia inglesa de los últimos treinta años, no deja duda sobre quién es el verdadero autor de la catástrofe del Peiho y de la inminente tercera guerra anglo-china. El *Times* insinúa que los cañones emplazados en los fuertes de Dagu, que tantos estragos causaron en la escuadra británica, eran de origen ruso y estaban dirigidos por oficiales rusos. Otro órgano de Palmerston habla aún más claro. Cito:

> «Vemos ahora cuán estrechamente está entretejida la política de Rusia con la de Pekín; descubrimos grandes movimientos en el Amur; observamos las maniobras de grandes ejércitos de cosacos mucho más allá del lago Baikal, en el helado país de ensueño de los crepusculares confines del Viejo Mundo; seguimos el rastro de innumerables caravanas; vemos a un enviado especial ruso» (el general Muraviov, gobernador de Siberia Oriental)[^14] «abrirse camino, con designios secretos, desde la lejana Siberia Oriental hasta la inaccesible capital china; y bien puede la opinión pública de este país encenderse ante la idea de que influencias extranjeras han tenido parte en nuestra ignominia y en la muerte de nuestros soldados y marineros.»

Este es un viejo truco de lord Palmerston. Cuando Rusia quiso concluir un tratado de comercio con China, él, con la guerra del opio, echó a China en brazos de su vecino del norte; cuando Rusia pidió la cesión del Amur, él la consiguió con la segunda guerra china, y ahora que Rusia quiere consolidar su influencia en Pekín, improvisa la tercera guerra china. En todos sus tratos con los Estados asiáticos débiles, como China, Persia, el Asia central y Turquía, ha seguido siempre y sin excepción la regla de oponerse en apariencia a los designios de Rusia buscando pendencia, no con Rusia, sino con el Estado asiático de que se tratara, para enajenárselo a Inglaterra con agresiones de pirata y empujarlo por este rodeo a las concesiones que antes no había querido hacer a Rusia. Seguramente se volverá a examinar en esta ocasión toda la política asiática de Palmerston hasta la fecha, y por eso llamo especialmente la atención sobre los documentos afganos cuya publicación ordenó la Cámara de los Comunes el 8 de junio de 1859. Arrojan más luz sobre la funesta política de Palmerston y sobre la historia de la diplomacia de los últimos treinta años que todos los documentos publicados hasta ahora. En pocas palabras, se trata de lo siguiente: en 1838, Palmerston emprendió contra Dost Mohamed,[^15] soberano de Kabul, una guerra que llevó a la destrucción de un ejército inglés y que se inició con el pretexto de que Dost Mohamed había concertado con Persia y Rusia una alianza secreta contra Inglaterra. Como prueba de esta afirmación, Palmerston presentó en 1839 al Parlamento un libro azul cuyo contenido principal era la correspondencia del enviado británico en Kabul, sir A. Burnes,[^16] con el gobierno de Calcuta. Burnes fue asesinado en Kabul durante una insurrección contra los invasores británicos, pero, por desconfianza hacia el ministro británico de Asuntos Exteriores, había enviado a su hermano en Londres, el doctor Burnes, copias de algunas de sus cartas oficiales. Cuando en 1839 aparecieron los «Documentos afganos» preparados por Palmerston, el doctor Burnes acusó a Palmerston de haber «mutilado y falsificado la correspondencia del difunto sir A. Burnes» y, en apoyo de su afirmación, hizo imprimir algunos de los documentos auténticos. Pero no fue hasta el pasado verano cuando salió a la luz la verdad. Bajo el gabinete Derby, la Cámara de los Comunes ordenó, a propuesta del señor Hadfield, que se publicaran íntegramente todos los documentos afganos, y esta orden se cumplió de tal forma que dejó patente, hasta para el más simple, la exactitud de la acusación de que los documentos habían sido mutilados y falsificados *en interés de Rusia*. En la portada del libro azul figura lo siguiente:

> «Advertencia: La correspondencia, que en ediciones anteriores solo se reprodujo en extractos, se publica aquí íntegramente. Los pasajes omitidos van señalados entre corchetes {}.»

El nombre del funcionario que garantiza la fidelidad de la reproducción es «J. W. Kaye, secretario de los departamentos de asuntos políticos y secretos»,[^17] considerado el «fidedigno historiador de la guerra de Afganistán».

Un ejemplo bastará de momento para ilustrar las verdaderas relaciones de Palmerston con Rusia, contra la que pretende haber montado la guerra afgana. El agente especial ruso Vitkévich,[^18] que llegó a Kabul en 1837, traía a Dost Mohamed una carta del zar. Sir Alexander Burnes se hizo con una copia de la carta y la envió a lord Auckland, gobernador general de la India. En sus propios despachos y en varios documentos que adjuntó se alude a este hecho una y otra vez. Pero la copia de la carta del zar se suprimió por completo de los documentos que presentó Palmerston en 1839, y en todos los escritos que se referían a ella se hicieron los cambios necesarios para ocultar el hecho de que el «emperador de Rusia» tenía que ver con la misión a Kabul. Esta falsificación se cometió para hacer desaparecer la prueba de la relación del autócrata con Vitkévich, al que Nicolás, a su vuelta a San Petersburgo, tuvo a bien desautorizar formalmente. Así, por ejemplo, en la página 82 del libro azul se encuentra la traducción de una carta a Dost Mohamed que ahora dice así, con las palabras que Palmerston había suprimido originalmente entre corchetes:

> «Un enviado {del zar} de Rusia llegó {de Moscú} a Teherán y ha recibido el encargo de presentar sus respetos al sardar de Kandahar y dirigirse desde allí a la presencia del emir. Es portador de {mensajes confidenciales del emperador y de} cartas del embajador ruso en Teherán. El embajador ruso recomienda a este hombre como digno de toda confianza; tiene plenos poderes para negociar {en nombre del emperador y del embajador}, etc., etc.»

Estas falsificaciones, y otras semejantes que Palmerston cometió para proteger el honor del zar, no son la única curiosidad que revelan los «Documentos afganos». Palmerston justificó la invasión de Afganistán alegando que sir Alexander Burnes la había recomendado como medio adecuado para frustrar las intrigas rusas en el Asia central. Pero sir A. Burnes había hecho justamente lo contrario; y por eso en la edición palmerstoniana del «libro azul» se callaron todas sus objeciones en favor de Dost Mohamed y, a fuerza de mutilaciones y falsificaciones, el contenido de la correspondencia se volvió del revés. Este es, pues, el hombre que se dispone ahora a emprender una tercera guerra china con el pretexto, harto transparente, de frustrar los designios rusos en aquella región.

## III

Londres, 20 de septiembre de 1859

Que va a haber una nueva guerra en nombre de la civilización contra los celestes parece ya cosa decidida para la prensa inglesa en general. Sin embargo, desde la reunión del gabinete del sábado pasado, precisamente los periódicos que más habían clamado por sangre han cambiado notablemente de tono. Al principio, el *Times* de Londres, en un arrebato, al parecer, de entusiasmo patriótico, tronaba contra la doble traición cometida, por una parte, por cobardes mongoles que habían atraído a una trampa a ese *bonhomme*[^19] de almirante británico, camuflando cuidadosamente sus posiciones y sus cañones, y, por otra, por la corte de Pekín, que con un maquiavelismo aún más depravado había instigado a aquellos ogros mongoles a su malvada jugarreta. Es curioso que el *Times*, aunque agitado por las olas de la pasión, se las arreglara para suprimir, al publicar los informes originales, todos los pasajes que hablaban en favor de los chinos ya condenados. Confundir las cosas puede ser obra de la pasión, pero mutilarlas parece más bien obra de una mente fría. Sea como fuere, el 16 de septiembre, justo un día antes del consejo de ministros, el *Times* dio un golpe de timón y, sin muchas ceremonias, cortó una de las cabezas a su acusación bifronte.

> «*Tememos*», escribió, «que no podemos acusar de traición a los *mongoles* que opusieron resistencia a nuestro ataque a los fuertes del Peiho»;

pero luego, para compensar esta desagradable concesión, se aferró tanto más desesperadamente a «la arbitraria y pérfida violación de un tratado solemne por la *corte de Pekín*».

Tres días después, una vez celebrado el consejo de ministros, el *Times*, tras nuevas reflexiones, no encontraba

> «*ningún motivo para dudar* de que, si los señores Bruce y de Bourboulon hubieran pedido a los mandarines que los condujeran a Pekín, se les habría permitido proceder a la ratificación del tratado».

¿Qué queda entonces de la traición de la corte de Pekín? Ni la sombra. Pero en su lugar el *Times* tiene todavía dos reparos.

> «Es», dice, «bastante *dudoso* que, como medida *militar*, fuera prudente intentar llegar a Pekín con semejante escuadra. Es aún *más dudoso* que, como medida *diplomática*, fuera deseable recurrir a la fuerza.»

Este es el lamentable final de toda la tempestad de indignación a la que se había dejado arrastrar el «órgano principal». Pero, con la lógica que le es propia, el *Times* abandona las razones de la guerra sin abandonar la guerra misma. Otro periódico oficioso del gobierno, el *Economist*, que se distinguió por su apasionada justificación del bombardeo de Cantón, parece adoptar ahora, cuando el señor J. Wilson[^20] ha sido nombrado responsable de las finanzas de la India, una actitud más económica y menos retórica ante las cosas. El *Economist* dedica al tema dos artículos, uno político y otro económico. El primero termina con las frases siguientes:

> «Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, es evidente que el artículo del tratado que concedía a nuestro enviado el derecho a visitar Pekín o a residir allí había sido literalmente *impuesto* al gobierno chino; pero, si se estima que el cumplimiento de esta disposición es absolutamente necesario para nuestros intereses, creemos que habría sido muy posible obrar con consideración y paciencia al insistir en su ejecución. Sin duda podría alegarse que un gobierno como el chino tomaría la demora y la paciencia por signos de grave debilidad y que, por tanto, esa sería la política más perjudicial que podríamos seguir. Pero ¿hasta qué punto tenemos derecho, en virtud de este argumento, a apartarnos en el trato con estos gobiernos orientales de los principios que sin duda observaríamos frente a cualquier nación civilizada? Si les arrancamos una concesión desagradable valiéndonos de su miedo, quizá la política más consecuente sea obligarles también, valiéndonos de su miedo, al cumplimiento inmediato del tratado del modo más favorable para nosotros. Pero si no lo logramos, si entretanto los chinos vencen su miedo y, con una buena demostración de fuerza, insisten en que deliberemos con ellos sobre el modo de hacer efectivo nuestro tratado, ¿podemos en justicia acusarlos de traición? ¿No están practicando con nosotros, en realidad, nuestros propios métodos de persuasión? Puede que el gobierno chino se propusiera —y es muy probable que así sea— atraernos a esta trampa mortífera, y puede que nunca tuviera intención de cumplir el tratado. Si resulta así, debemos exigir reparación, y la exigiremos. Pero también podría resultar que la intención de defender la desembocadura del Peiho, para no exponerse de nuevo a una entrada por la fuerza como la de lord Elgin el año pasado, no fuera acompañada en absoluto del deseo de violar los artículos generales del tratado. Como las hostilidades partieron exclusivamente de nuestro lado y nuestros comandantes estaban, naturalmente, en condiciones de retirarse en cualquier momento del fuego mortífero, que se abrió solo para defender los fuertes, no podemos probar con certeza que los chinos tuvieran intención de violar el tratado. Mientras no tengamos en nuestras manos pruebas de un propósito deliberado de violar el tratado, creemos que tenemos buenas razones para reservar nuestro juicio, y deberíamos considerar si, en el trato con los bárbaros, no hemos aplicado principios apenas distintos de los que se han aplicado contra nosotros.»

En un segundo artículo sobre el mismo tema, el *Economist* se detiene en la importancia directa e indirecta del comercio inglés con China. En 1858, las exportaciones británicas a China habían subido a 2.876.000 libras esterlinas, mientras que el valor de las importaciones británicas de China había superado en cada uno de los tres últimos años una media de 9 millones de libras esterlinas, de modo que el comercio directo total de Inglaterra con China puede estimarse en unos 12 millones de libras esterlinas. Pero, además de estas relaciones comerciales directas, hay otras tres corrientes comerciales importantes a las que Inglaterra está más o menos estrechamente ligada en la esfera del intercambio: el comercio entre la India y China, el comercio entre China y Australia y el comercio entre China y los Estados Unidos.

> «Australia», escribe el *Economist*, «recibe todos los años de China grandes cantidades de té y no tiene nada que ofrecer a cambio que encuentre mercado en China. También Norteamérica recibe grandes cantidades de té y algo de seda, por un valor que supera con mucho el de sus exportaciones directas a China.»

Estos dos saldos a favor de China tiene que compensarlos Inglaterra, a la que se paga esta liquidación del intercambio con el oro de Australia y el algodón de los Estados Unidos. Por tanto, Inglaterra, independientemente de su propio saldo deudor con China, tiene que pagar también a ese país grandes sumas por el oro importado de Australia y por el algodón de Norteamérica. Ahora bien, China transfiere en gran parte a la India este saldo que le deben Inglaterra, Australia y los Estados Unidos, en pago de lo que ella debe a la India por el opio y el algodón. Señalemos *en passant* que las importaciones de la India procedentes de China no han alcanzado nunca hasta ahora la cifra de 1 millón de libras esterlinas, mientras que las exportaciones de la India a China le reportan casi 10 millones. De estas observaciones económicas saca el *Economist* la conclusión de que cualquier interrupción seria del comercio británico con China sería «una calamidad de mayor alcance de lo que a primera vista harían suponer las meras cifras de exportación e importación», y de que la dificultad derivada de semejante perturbación no solo se haría sentir en el comercio británico del té y de la seda, sino que tendría que «perjudicar» también a las transacciones británicas con Australia y los Estados Unidos. El *Economist* sabe muy bien, naturalmente, que durante la última guerra china el comercio no salió tan mal parado como se había temido, y que en el puerto de Shanghái no se vio perjudicado en absoluto. Pero luego señala «dos rasgos nuevos del presente conflicto» que podrían modificar sustancialmente los efectos de una nueva guerra china sobre el comercio. Estos dos rasgos nuevos serían el carácter «general de toda China», y no «local», del conflicto actual y el «éxito extraordinario» que los chinos habrían obtenido por primera vez sobre fuerzas europeas.

¡Qué distinto es este lenguaje del alegre grito de guerra que lanzó el *Economist* en tiempos del asunto de la lorcha![^21]

Como ya anuncié en mi última carta, el señor Milner Gibson presentó en el consejo de ministros su protesta contra la guerra y su amenaza de salir del gabinete si Palmerston obraba conforme a su decisión preconcebida, que el *Moniteur* francés había dejado escapar. Por el momento, Palmerston impidió toda escisión del gabinete y de la coalición liberal declarando que se concentrarían en aguas chinas las fuerzas indispensables para proteger el comercio británico, pero que no se tomaría ninguna decisión sobre la cuestión de la guerra antes de que llegaran informes más detallados del enviado británico. Así se aplazó la cuestión candente. Sin embargo, la verdadera intención de Palmerston puede descubrirse entre líneas en su periódico de escándalo, el *Daily Telegraph*, que en uno de sus últimos números escribe:

> «Si algún acontecimiento en el curso del año próximo llevara a una votación desfavorable para el gobierno, se apelará sin duda a los electores... La Cámara de los Comunes verá juzgada su labor por la decisión sobre la cuestión china, ya que a los malintencionados de oficio, encabezados por el señor Disraeli, hay que sumar a los cosmopolitas que declaran que los mongoles tenían toda la razón.»

Quizá tenga ocasión todavía de hablar del aprieto en que se encuentran los tories por haberse dejado arrastrar a firmar como responsables de unos acontecimientos que planeó Palmerston y que ejecutaron dos de sus instrumentos, lord Elgin y el señor Bruce (hermano de lord Elgin).

## IV

Londres, 30 de septiembre de 1859

En un artículo anterior afirmé que el conflicto del Peiho no había sido un incidente fortuito, sino que, por el contrario, lord Elgin lo había preparado de antemano, obrando conforme a instrucciones secretas de Palmerston y endosando a lord Malmesbury,[^22] el ministro tory de Asuntos Exteriores, el proyecto del noble vizconde, que por entonces era jefe de la oposición. Para empezar, la conjetura de que los «incidentes» de China surgen de «instrucciones» del actual primer ministro británico es tan poco nueva que ya durante los debates sobre la guerra de la lorcha la insinuó en la Cámara de los Comunes una persona tan bien informada como Disraeli y, cosa curiosa, la confirmó nada menos que el propio lord Palmerston. El 3 de febrero de 1857, el señor Disraeli advirtió a la Cámara con las siguientes palabras:

> «No puedo librarme de la idea de que los sucesos de China no se deben al pretexto alegado, sino en realidad a *instrucciones recibidas de Inglaterra* hace bastante tiempo. Si es así, a mi juicio ha llegado el momento en que la Cámara falta a su deber si no considera seriamente si no tiene medios para controlar una política cuyo mantenimiento sería, en mi opinión, funesto para los intereses de nuestro país.»

Y lord Palmerston respondió tranquilamente:

> «El muy honorable caballero dice que la marcha de los acontecimientos parece ser el resultado de *una política fijada de antemano por el gobierno inglés*. Eso es sin duda cierto.»

En el caso presente, basta un examen somero del libro azul *Correspondence relating to the Earl of Elgin's special missions to China and Japan, 1857-59* para ver que el incidente del 25 de junio en el Peiho estaba ya previsto por lord Elgin el 2 de marzo. En la página 484 de esta correspondencia encontramos los dos despachos siguientes:

> «*El conde de Elgin al contraalmirante sir Michael Seymour*[^23]

> *Furious*, 2 de marzo de 1859

> Señor: Con referencia a mi despacho a Vuestra Excelencia del 17 del mes pasado, me permito señalar que abrigo ciertas esperanzas de que la decisión tomada por el gobierno de Su Majestad en el asunto de la residencia permanente de un enviado británico en Pekín, que comuniqué ayer a Vuestra Excelencia en una conversación, pueda mover al gobierno chino a recibir de manera conveniente al representante de Su Majestad cuando se dirija a Pekín para el canje de las ratificaciones del Tratado de Tianjin. Es posible, sin embargo, que esta esperanza no se cumpla; en todo caso, supongo que *el gobierno de Su Majestad deseará* que el enviado vaya acompañado de *una fuerza imponente cuando se dirija a Tianjin*. En estas circunstancias, me permito someter a la consideración de Vuestra Excelencia si no sería aconsejable concentrar en Shanghái, en cuanto se presente la oportunidad, una escuadra de cañoneras *suficiente para esta empresa*, ya que es de esperar que el señor Bruce llegue pronto a China.

> Tengo el honor, etc.

> *Elgin and Kincardine*»

> «*El conde de Malmesbury al conde de Elgin*

> Ministerio de Asuntos Exteriores, 2 de mayo de 1859

> Milord: He recibido el despacho de Vuestra Excelencia del 7 de marzo de 1859 y tengo el encargo de comunicarle que el gobierno de Su Majestad aprueba la nota, de la que adjuntaba copia, en la que Vuestra Excelencia declaraba a los plenipotenciarios imperiales que el gobierno de Su Majestad no insistiría en que se fijara Pekín como residencia permanente del enviado de Su Majestad.

> El gobierno de Su Majestad aprueba también *su propuesta* al contraalmirante Seymour de concentrar una escuadra de cañoneras ante Shanghái para acompañar al señor Bruce *Peiho arriba*.

> Quedo, etc.

> *Malmesbury*»

Lord Elgin sabe, pues, de antemano que el gobierno británico «deseará» que una «fuerza imponente» de «cañoneras» acompañe a su hermano, el señor Bruce, Peiho arriba, y ordena al almirante Seymour que lo prepare todo «para esta empresa». El conde de Malmesbury, en su despacho del 2 de mayo, aprueba la propuesta que lord Elgin ha hecho al almirante. Toda la correspondencia muestra a lord Elgin como el amo y a lord Malmesbury como el lacayo. Mientras el primero toma constantemente la iniciativa y obra conforme a las instrucciones que recibió en su origen de Palmerston, sin esperar siquiera nuevas instrucciones de Downing Street, lord Malmesbury se contenta con atender a «los deseos» que le pone en la boca su arrogante subordinado. Asiente con la cabeza cuando Elgin afirma que no tienen derecho a navegar por los ríos chinos porque el tratado aún no está ratificado; asiente cuando Elgin opina que en la aplicación del artículo del tratado sobre la legación en Pekín deben mostrar gran indulgencia con los chinos; y asiente sin vacilar cuando Elgin, en abierta contradicción con sus propias afirmaciones anteriores, reclama el derecho a forzar el paso Peiho arriba con ayuda de una «imponente escuadra de cañoneras». Asiente lo mismo que Dogberry a lo que dice el escribano.[^24]

El triste papel que hace el conde de Malmesbury y su actitud servil se entienden fácilmente si se recuerda el griterío que levantaron el *Times* de Londres y otros periódicos influyentes, al llegar al poder el gabinete tory, sobre el gran peligro que amenazaba el brillante éxito en China que lord Elgin, bajo la dirección de Palmerston, tenía ya casi asegurado y que el gobierno tory probablemente haría fracasar, aunque solo fuera por despecho y para justificar su voto de censura con motivo del bombardeo de Cantón por Palmerston. Malmesbury se dejó intimidar por este griterío. Además, tenía ante los ojos y en el corazón la suerte de lord Ellenborough,[^25] que se había atrevido a oponerse abiertamente a la política india del noble vizconde y que, en pago de su patriótico valor, había sido sacrificado por sus propios colegas del gabinete Derby. En consecuencia, Malmesbury dejó toda la iniciativa a lord Elgin, poniendo así a este en condiciones de ejecutar el plan de Palmerston mientras los tories, sus adversarios oficiales, cargaban con la responsabilidad. Esta circunstancia es precisamente la que ha puesto ahora a los tories ante la desdichada alternativa de tener que decidir qué rumbo se ha de tomar en el asunto del Peiho. O tocan el tambor de guerra con Palmerston y lo mantienen así en el poder, o tienen que volver la espalda a Malmesbury, al que durante la última guerra de Italia colmaron de tan repugnantes lisonjas.

Esta alternativa es tanto más penosa cuanto que la amenaza de una tercera guerra con China es todo menos popular en los medios comerciales británicos. En 1857 montaron en el león británico porque esperaban grandes beneficios comerciales de una apertura violenta del mercado chino. Ahora, por el contrario, están muy irritados porque todos los frutos del tratado se les escapan de pronto de las manos. Saben que la situación en Europa y en la India, aun sin más complicaciones por una guerra china de grandes proporciones, es ya bastante amenazadora. No han olvidado que en 1857 las importaciones de té, artículo que se exportaba casi exclusivamente desde Cantón, entonces único teatro de la guerra, cayeron en más de 24 millones de libras de peso, y temen que esta interrupción del comercio por la guerra se extienda ahora a Shanghái y a otros puertos comerciales del Celeste Imperio. Tras una primera guerra china emprendida por los ingleses en interés del contrabando de opio y una segunda guerra librada en defensa de la lorcha de un pirata, para coronar la obra solo faltaba una guerra improvisada con el fin de imponer a China el engorro de legaciones permanentes en su capital.

[^1]: «Celestes» o «hijos del cielo»: nombre que la prensa europea daba a los chinos, por el «Celeste Imperio».
[^2]: Tratado impuesto a China por Gran Bretaña y Francia en junio de 1858, al final de la segunda guerra del opio; Rusia y los Estados Unidos firmaron tratados semejantes. Debía ratificarse en Pekín un año después.
[^3]: El correo de Oriente que llegaba a Inglaterra por Egipto, cruzando por tierra el istmo de Suez.
[^4]: Frederick Bruce (1814-1867), diplomático británico, hermano de lord Elgin, nombrado en 1859 enviado en China. Alphonse de Bourboulon (1809-1877), ministro plenipotenciario de Francia en China.
[^5]: El río Hai He, que desemboca en el golfo de Bohai y da acceso a Tianjin y, desde allí, a Pekín. Los fuertes de Dagu (Taku) guardaban su desembocadura.
[^6]: James Hope (1808-1881), almirante británico, jefe de la escuadra de China; fue herido en el ataque a los fuertes de Dagu.
[^7]: El poema caballeresco de Ludovico Ariosto (1516-1532), cuyo héroe enloquece de amor.
[^8]: James Bruce, conde de Elgin (1811-1863), alto comisario y plenipotenciario británico en China en 1857-1859, negociador del Tratado de Tianjin.
[^9]: «Correspondencia relativa a la misión especial del conde de Elgin a China, impresa por orden de Su Majestad», libro azul presentado al Parlamento en 1859.
[^10]: Thomas Chisholm Anstey (1816-1873), jurista y político británico, fiscal general de Hong Kong de 1856 a 1859, destituido tras enfrentarse a las autoridades de la colonia.
[^11]: En marzo de 1857 la Cámara de los Comunes aprobó una moción de censura contra la guerra de China emprendida por el gobierno de Palmerston, que disolvió la Cámara y ganó las elecciones. Votaron contra él, entre otros, Russell, Gladstone y Milner Gibson, ministros en su segundo gobierno desde junio de 1859.
[^12]: Thomas Milner Gibson (1806-1884), librecambista de la escuela de Manchester, presidente de la Junta de Comercio en el gobierno de Palmerston desde 1859.
[^13]: Henry Lytton Bulwer (1801-1872), embajador británico en Madrid desde 1843, expulsado por el gobierno de Narváez en 1848.
[^14]: Nikolái Muraviov (1809-1881), gobernador general de Siberia Oriental, que obtuvo de China en 1858, por el Tratado de Aigun, la orilla izquierda del Amur.
[^15]: Dost Mohamed Jan (1793-1863), emir de Kabul. La primera guerra anglo-afgana (1838-1842) acabó con la destrucción del ejército británico en la retirada de Kabul en enero de 1842.
[^16]: Alexander Burnes (1805-1841), explorador y diplomático británico, enviado en Kabul; murió asesinado en la insurrección de noviembre de 1841.
[^17]: John William Kaye (1814-1876), funcionario de la Compañía de las Indias Orientales y autor de una historia de la guerra de Afganistán (1851).
[^18]: Yan Vitkévich (1808-1839), oficial ruso de origen polaco, enviado a Kabul en 1837; se suicidó en San Petersburgo después de que su gobierno lo desautorizara.
[^19]: En francés en el original: «buenazo».
[^20]: James Wilson (1805-1860), economista, fundador del *Economist*; en 1859 fue nombrado miembro financiero del Consejo de la India y marchó a Calcuta.
[^21]: El apresamiento por las autoridades chinas, en octubre de 1856, de la lorcha *Arrow*, una embarcación de contrabandistas con matrícula de Hong Kong, sirvió de pretexto para el bombardeo de Cantón y la segunda guerra del opio.
[^22]: James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno tory de Derby (1858-1859).
[^23]: Michael Seymour (1802-1887), contraalmirante, jefe de la escuadra británica de China durante la segunda guerra del opio.
[^24]: En *Mucho ruido y pocas nueces* de Shakespeare (acto IV, escena 2), el necio alguacil Dogberry preside el interrogatorio de los detenidos asistido por un escribano, que es quien en realidad lo dirige.
[^25]: Edward Law, conde de Ellenborough (1790-1871), presidente del Consejo de Control de la India en el gabinete Derby; tuvo que dimitir en mayo de 1858 tras hacerse público un despacho suyo que censuraba la política de lord Canning en Oudh.
