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Title: Las perspectivas de guerra en Europa (1859)
Description: Correspondencia de Marx desde París para el New-York Daily Tribune tras la salida de Año Nuevo de Luis Bonaparte contra Austria: los movimientos de tropas en Italia, Francia y Prusia, las maniobras bursátiles de las Tullerías, la dependencia de los gobiernos del dinero de Londres y las razones que empujan a Rusia y a Bonaparte hacia la guerra o los retienen.
Author: Karl Marx
Date: 1859-01-11
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20Las%20perspectivas%20de%20guerra%20en%20Europa
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*Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 11 de enero de 1859) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5547, del 31 de enero de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 168-171), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Die%20Kriegsaussichten%20in%20Europa).*

París, 11 de enero de 1859

La respuesta del emperador de Austria al insólito saludo de Año Nuevo que le envió desde París el «sobrino holandés de la batalla de Austerlitz»[^1] y el discurso inaugural del excelente Víctor Manuel ante las cámaras sardas[^2] no han contribuido en absoluto a calmar el miedo a la guerra en Europa. En todos los centros del mercado de dinero el barómetro marca «tormenta». El rey de Nápoles se muestra de repente magnánimo y antirruso: pone en libertad a una serie de presos políticos, destierra a Poerio y a los suyos[^3] y niega a Rusia un depósito de carbón en el Adriático; se pelea con los *Tedeschi* [alemanes], y la cruzada contra los fumadores de puros austriacos sigue adelante en Milán, Lodi, Cremona, Brescia, Bérgamo, Parma y Módena, mientras que en Pavía se han suspendido por orden del gobierno las clases de la universidad; Garibaldi, llamado a Turín, ha recibido el encargo de reorganizar la Guardia Nacional; en Turín se forma un nuevo cuerpo de unos 15.000 cazadores, y las obras de fortificación de Casale se impulsan con la mayor rapidez. Un ejército austriaco de unos 30.000 hombres, un *corps d'armée* completo (el tercero), habrá entrado entretanto en el reino lombardo-véneto, y el conde Gyulay,[^4] un general de la escuela de Radetzky y un hombre con el instinto de un Haynau,[^5] ha llegado ya a Milán para quitar las riendas de las manos al apacible, bondadoso pero débil archiduque Fernando Maximiliano. En Francia los movimientos de tropas están a la orden del día, mientras el emperador despliega un celo inconmensurable en las pruebas del nuevo cañón en Vincennes. El gobierno prusiano ha implantado por fin su nuevo sistema de libertad pidiendo dinero al Parlamento para aumentar el ejército permanente y convertir la *Landwehr*[^6] en un apéndice de las tropas de línea. Con nubes tan visibles en el horizonte de Europa, hay que asombrarse del descenso relativamente insignificante de las cotizaciones en la Bolsa de Londres, que suele indicar el pulso de la sociedad europea con más claridad que los observatorios financieros de París y del resto del continente.

Al principio, los perspicaces observadores de la Bolsa de Londres no se mostraron del todo reacios a considerar la salida de Año Nuevo de Napoleón como una maniobra especulativa de su augusto aliado. En efecto, en cuanto los valores franceses empezaron a bajar, la gente se precipitó atropelladamente al templo de Baal para deshacerse a cualquier precio de títulos del Estado y de acciones del Crédit Mobilier y de los ferrocarriles. Después de que se arruinara una parte de los especuladores que contaban con el alza de los títulos, el 6 de enero la Bolsa de París repuntó de repente un poco a raíz del rumor de que una declaración del gobierno en el *Moniteur* iba a quitar hierro a las palabras de «Su Majestad» al embajador austriaco. Esa declaración apareció en efecto el viernes 7 de enero; los títulos del Estado subieron, y muchos especuladores allegados a las Tullerías se embolsaron precisamente ese viernes ganancias extraordinarias. Así se resarcieron estos caballeros, de la manera más barata, de sus gastos en regalos de Año Nuevo. Una conspiración parecida parecía fraguarse ahora en Londres, y la frustró no una astucia extraordinaria de los financieros británicos, sino su poder secreto sobre algunos gestores financieros de los *menus plaisirs* [placeres menudos] del Elíseo. La relativa estabilidad de los valores británicos se debe sobre todo a otra circunstancia, menos halagüeña para Luis Napoleón, pero tanto más característica del estado de cosas en Europa. Ningún confesor conoce mejor los puntos vulnerables del corazón de una bella penitente que los hombres del dinero de Chapel Street,[^7] Lombard Street y Threadneedle Street conocen el sitio donde les aprieta el zapato a los potentados europeos. Saben que Rusia necesita un empréstito de unos 10 millones de libras esterlinas; que Francia, pese al superávit previsto en su presupuesto, que sin embargo siempre está en futuro, necesita dinero con urgencia; que Austria espera una aportación de al menos 6 u 8 millones de libras; que la pequeña Cerdeña quiere un empréstito no solo para emprender una nueva cruzada italiana, sino también para pagar las viejas deudas de la guerra de Crimea, y que las testas coronadas y los militares tienen que obtener del saco del dinero inglés una suma total de 30 millones de libras esterlinas antes de que los ejércitos puedan marchar, antes de que pueda correr la sangre y tronar el cañón. Para llevar a cabo todas esas operaciones financieras hacen falta por lo menos dos meses, de modo que, aun prescindiendo de las consideraciones militares, la guerra, si llega, tendrá que aplazarse hasta la primavera.

Pero sería un gran error sacar de ahí la conclusión precipitada de que la dependencia de las hienas de la guerra respecto de la buena voluntad de los pacíficos capitalistas les impedirá con seguridad lanzarse a la lucha. Ahora que el tipo de interés apenas llega al 2½ %, que hay más de 40 millones en oro inmovilizados en los sótanos de los bancos de Inglaterra y de Francia y que reina una desconfianza general hacia la especulación comercial, hasta el diablo, si quisiera contratar un empréstito para una nueva campaña, colocaría con toda seguridad sus obligaciones por encima de la par, tras algunas vacilaciones pudorosas y un par de conferencias hipócritas.

Las circunstancias que pueden evitar la guerra europea son las mismas que empujan hacia ella. Rusia, tras sus brillantes éxitos diplomáticos en Asia, se afana por restablecer su supremacía en Europa. Igual que el discurso de la Corona de la pequeña Cerdeña se redactó en realidad en París, la salida de Año Nuevo de Bonaparte (el Pequeño)[^8] no fue sino el eco de una consigna dada en San Petersburgo. Con Francia y Cerdeña llevadas de los andadores de San Petersburgo, Austria amenazada, Inglaterra aislada y Prusia indecisa, la influencia rusa daría el tono en caso de guerra, al menos durante algún tiempo. Rusia podría mantenerse al margen, dejar que Francia y Austria se desangraran en la guerra y acabar «allanando» las dificultades de esta última potencia, que hasta ahora le cerraba el camino hacia el sur y se oponía a su propaganda paneslavista. Tarde o temprano el gobierno ruso podría intervenir, conjurar sus dificultades interiores con una guerra exterior y permitir al poder imperial, gracias a un éxito en el extranjero, quebrar la resistencia de la nobleza en el interior. Pero, por otra parte, la presión financiera provocada por la guerra de Crimea se triplicaría con ello, y la nobleza, a la que habría que recurrir en semejante apuro, obtendría nuevas armas de ataque y de defensa, mientras que el campesinado, con las promesas incumplidas ante los ojos, exasperado por nuevas dilaciones, nuevas levas y nuevos impuestos, se vería empujado a los brazos de la revuelta abierta. Austria teme la guerra, desde luego, pero naturalmente pueden arrastrarla a ella. Bonaparte, por su parte, ha llegado muy probablemente a la acertada conclusión de que ahora se le ofrece la ocasión de jugar su triunfo. *Aut Caesar aut nihil!* [¡O César o nada!] La gloria raída del Segundo Imperio se desvanece rápidamente, y hace falta sangre para volver a consolidar ese gigantesco fraude. ¿Y en qué mejor papel que el de libertador de Italia, y en qué condiciones más favorables que la neutralidad forzosa de Inglaterra, el apoyo secreto de Rusia y la servidumbre abierta del Piamonte, podría esperar nunca tener éxito? Pero, por otra parte, el partido clerical protesta enérgicamente en Francia contra la cruzada impía, y la burguesía le recuerda su palabra: *L'Empire c'est la paix* [el Imperio es la paz].[^9] El mero hecho de que Inglaterra y Prusia tengan que mantenerse neutrales por el momento las convertiría en árbitros en el curso de la guerra, y bastaría una sola derrota en las llanuras lombardas para que doblaran las campanas por el falso imperio.

[^1]: Luis Napoleón, sobrino de Napoleón I, el vencedor de Austerlitz. «Holandés» alude a su padre, Luis Bonaparte, rey de Holanda, y al rumor que atribuía su paternidad a un almirante holandés. El saludo es la frase dirigida al embajador austriaco Hübner en la recepción de Año Nuevo de 1859.

[^2]: El discurso de la Corona de Víctor Manuel II del 10 de enero de 1859, en el que el rey declaró no ser insensible al «grito de dolor» que le llegaba de tantas partes de Italia.

[^3]: Carlo Poerio (1803-1867), liberal napolitano, ministro en 1848, condenado a presidio en 1849; en enero de 1859 fue indultado junto con otros presos políticos a cambio de su destierro a América.

[^4]: Ferenc Gyulay (1798-1868), general austriaco, comandante en jefe en Italia en 1859, derrotado en Magenta.

[^5]: Julius von Haynau (1786-1853), general austriaco conocido por la brutalidad de la represión en Italia y en Hungría en 1848-1849.

[^6]: Reserva militar prusiana formada por los hombres que ya habían servido en el ejército de línea; la palabra va en alemán en el original inglés.

[^7]: Así en la MEW; probablemente Capel Court, sede de la Bolsa de Londres. Lombard Street era la calle de los banqueros, y Threadneedle Street, la del Banco de Inglaterra.

[^8]: Alusión al panfleto de Victor Hugo *Napoléon le Petit* (1852).

[^9]: Frase del discurso de Luis Bonaparte en Burdeos el 9 de octubre de 1852, poco antes de proclamarse emperador.
